jueves, 11 de abril de 2019

La mueca


Aún recuerdo claramente la expresión de su cara en ese preciso instante.

El tiempo logra borrar recuerdos, hacerlos difusos, idealizar algunos, demonizar otros. Pero los rasgos, los detalles, se van perdiendo.

Pero esta evocación pareciera afinarse, perfilarse, hacerse cada vez más nítida con el paso del tiempo: su cara en el momento justo de la explosión; la transformación de su rostro en el breve antes, el fugaz durante y el corto después del Big Bang.

Muchos hombres habían estado sobre mí antes que él…otros tantos vinieron después. Ninguno con ese semblante ante el orgasmo inminente.

Al principio me asusté. ¿Le duele algo? ¿Se siente mal? Quería preguntarle, pero claramente no era el mejor momento. Después me di cuenta de que no, no era dolor. O tal vez sí, el dolor de saber que en una fracción de segundo acabaría la maravilla. Pero era dolor mezclado con angustia, felicidad, deleite.

Angustia por querer llenar todos mis espacios, sin que quedara un solo resquicio donde no dejara su huella indeleble. “Fulano was here”, quería dejar escrito en todas mis paredes, como para que le quedara claro a todo aquel que viniera a visitar luego mis cavernas, que había un colono previo.

Felicidad de poder encontrar el camino tan fácilmente, porque sin dudas, yo era una mujer fácil de recorrer: sin prejuicios, sin “hasta aquí llego yo”, sin condiciones ni reglas absurdas, sin celos, sin preguntas incómodas, sin corazones heridos, sin “¿me vas a llamar mañana?”. Y yo sé que eso él lo agradecía, lo valoraba, lo hacía feliz.

Deleite infinito sobre las carnes mullidas y generosas que le brindaba mi cuerpo, dentro de la boca húmeda y experta, a través de mis ojos diáfanos que inspiraban confianza, y a la vez respeto.

Sí… esa mueca está grabada a fuego en mi memoria. Allí, en el fondo, donde se guardan los recuerdos memorables que se llenan de polvo en ocasiones, pero que con soplar un par de veces recobran sus tonos vívidos, su realismo, tal como acabo de hacer yo, y por lo que ahora escribo esto.

Él nunca supo ni sabrá que esa mueca fue, todas las veces, mi mejor regalo y una gran lección. Yo me entregaba, sí… ¡Vaya si me entregaba! Lo daba TODO, pero siempre manteniendo una especie de pose en la que sabía, por previos ensayos, que me veía bien, potable, con control de lo que el otro pudiera ver en mí.

Pero él, en realidad, era quien se entregaba completo. En ese instante fugaz se paraba el tiempo, se olvidaba todo, estallaba el mundo y frente al estruendo, mostraba todos los dientes, sacaba la lengua, expandía sus fosas nasales, blanqueaba los ojos… explotaba dentro de mí y se creaba allá, en el fondo de mi universo, una nueva y pequeña galaxia.