sábado, 18 de febrero de 2017

Más que un masaje


Llegué a la puerta de la habitación 305 sin tener muy claro con qué me iba a encontrar. Sabía, claro está, que del otro lado de la puerta me esperaba él, a quien sólo había visto un par de veces en agradables cenas románticas, rociadas con burbujas y palabras de dobles, triples, cuádruples sentidos que nos habían hecho arder. Hasta ese momento, nada más allá de un intenso beso de despedida había sucedido realmente, pero era lógico pensar que ya, en esta tercera cita, habría que avanzar. Y él avanzó…¡vaya que sí avanzó! El viernes pasado me mandó un whatsapp que decía: “8 pm en la 305 de mi hotel de siempre. Te quitaré la ropa y el cansancio de toda la semana”. Y allí estaba yo, obediente como siempre, a las 8:03, golpeando la puerta y temblando por dentro, mezcla de nervios y de un deseo irrefrenable.

Demoró un poco en abrir y eso me puso impaciente. Justo cuando me disponía a golpear por segunda vez y más fuerte, abrió la puerta y casi golpeé su frente con mis nudillos. Sonreímos los dos. Él vestía la gruesa bata de paño típica de un “cinco estrellas”; su rizado cabello negro azabache estaba dividido en finos mechones que terminaban en diminutas gotas de agua que resbalaban como en un tobogán y caían en el cuello afelpado. Sus dientes blanquísimos sonreían, pero más lo hacían sus ojos, verdaderamente contentos de verme.
Me sentí un poco ridícula con tanto maquillaje, joyas y tacos altos, ante él, casi desnudo y sin más artilugios que su olor a limpio. Sin dudas, él lucía mucho más hermoso que yo, que había pasado 3 horas intentando parecerme a cualquier cosa menos a mí misma.
Allí mismo, bajo el dintel de la puerta, me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con un beso que me pareció demasiado largo para ser el primero de la noche. No me quedaba claro qué debía hacer, cómo debía actuar, qué esperaba él de mí a esa temprana altura de la noche. Abalanzarme sobre él y quitarme enseguida la ropa para estar “a tono” me parecía un acto demasiado parecido al de una prostituta, pero quedarme empinada a diez centímetros de mis propios pies y con tanto artificio, me hacía sentir como si llevara un disfraz de dama pudorosa y mojigata que nunca debió haber pisado la mullida alfombra de aquella habitación. Me debatía entre parecer natural, pero no tanto como para dar la idea de que esta fuera para mí una práctica habitual.
La suite era amplia, cómoda y hermosamente amoblada. Me senté en el amplio sillón lleno de almohadones, mientras el conectaba su Ipod a unos pequeños parlantes portátiles y hacía sonar a Nina Simone… nada más apropiado… Fish in the sea you know how I feel… River running free you know how I feel.

Descorchó una botella de espumante “Blanc de Noir” Brut Nature… con ese color que recuerda al almíbar de un dulce de durazno, pero que en la lengua astringe y chispea en la garganta… Me acercó una copa y brindamos…Bebimos el primer sorbo mientras Nina hablaba por mí…It's a new dawn, it's a new day, it's a new life for me.Ohh… And I'm feeling good.

Hablamos de mi día, de mi semana, de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Yo hablaba de más. Él me miraba fijamente, escuchaba y sonreía en la justa medida para hacerme entender que no era burla, sino fascinación por estar allí conmigo. A él le hipnotizaba verme gesticular, la forma en que se movían mis labios al pronunciar las vocales redondas y el pliegue de mis comisuras al sonreír… a mí me fascinaba ver sus ojos brillantes posados en mis labios como una mariposa en busca de néctar sobre una flor…revoloteando alrededor de mi rostro, pero siempre posándose al final sobre mi boca.

“Has tenido una semana complicada”, me dijo, al tiempo que se paraba y caminaba por detrás del sillón para tomarme del cuello con ambas manos y comenzar a acariciarlo suavemente. “Te voy a hacer un masaje, para que te relajes”, continuó, mientras las yemas de sus diez dedos escudriñaban por dentro de mi melena y me la desordenaban totalmente. ¡Al diablo la peluquería!

“¿Quieres?”, me preguntó. Y yo sólo pude soltar un gemido que quiso parecerse a un sí… porque tan solo con ese toque mágico de sus dedos en mi cabeza, yo ya no podía articular palabra. Mis ojos se habían cerrado dejando tal vez una pequeña línea blanca a la vista que ponía en total evidencia lo poseída que ya estaba por la voluntad de aquel hombre.

Sin dejar de acariciarme, dio la vuelta al sillón y se colocó frente a mí, digitando ahora sobre mi cara, bordeando mis ojos, presionando suavemente mis globos oculares, mis mejillas, dándole pequeños pellizcos a los lóbulos de mis orejas, rozando mis labios, casi sin tocarlos; haciendo la presión justa y necesaria en cada parte de mi rostro para sentir mensajes diferentes que producían una sola respuesta en mí: entrega total y unas ganas irrefrenables de avanzar, de sentir más.

Me tomó por los codos y me ayudó a incorporarme. Casi sin darme cuenta cómo ni cuándo, se habían ido la timidez y la angustia por parecer una buena-chica-no-tan-buena… Mientras me conducía hacia el dormitorio también se fueron los zapatos charolados, las pulseras tintineantes y la blusa de seda en un paseo que fue dejando su estela, como Hansel y Gretel, a lo largo de toda la suite. Me acercó la copa a los labios y sorbí un trago más, al tiempo que los hermanitos perdidos en el bosque seguían dejando su rastro de ropa por toda la habitación. La oscura voz de Nina Simone seguía alumbrando el sendero que ya habíamos comenzado a transitar.

Desnuda y entregada, me tiré boca abajo y de forma transversal en la cama súper King Size con doble pillow top y un edredón de plumas de ganso que me hizo sentir como si caía, literalmente, sobre una nube blanca y espumosa. Mi cuerpo se hundió y quedé allí, atravesada en la cama y dispuesta a lo que viniera. ¡Qué importaban a esas alturas el peinado, el maquillaje, la pose! Allí mi único atavío era el perfume que horas antes me había colocado en las muñecas, detrás de las orejas y detrás de las rodillas, tal como me había enseñado mi hermana hace tantos años “porque es el lugar donde late el pulso y el aroma se potencia”, me decía. No sabía ella, y tampoco yo, que en ese momento el pulso me latía en todo el cuerpo y el costoso perfume francés había mutado a un almizcle espeso que se desparramó por toda la cama, llamando al sexo y al amor.

Boca abajo y con la cara hundida en la nube de plumas, era toda piel. No veía, no escuchaba más que a Nina que allá, desde el fondo de la habitación decía “I've got life, I've got my freedom.And I'm gonna keep it, and nobody's gonna take it away”. ¿Me lo decía Nina… o se lo decía yo?

Sus manos tibias me sorprendieron al posarse, llenas de aceite esencial de lavanda, sobre mis hombros… Lentamente, comenzaron a resbalar a lo largo de mi espalda en movimientos que variaban de lineales a circulares, modulando la presión: fuerte sobre mi columna vertebral, más suave hacia los costados, casi imperceptible cuando llegaban a mis caderas. Subían y bajaban a ritmo acompasado, pero no siempre igual: a veces subían rápido y bajaban lento, otras veces al revés, y, eso sí, cada vez bajaban más y más, abarcando con sus grandes palmas mis contundentes nalgas y abriendo, distraídamente, ambas mitades como quien quiere cortar un melón para sorber toda su dulzura de miel.

Paró sólo unos segundos, los suficientes para dar la vuelta hasta el otro lado del colchón y retomar su labor desde los pies hacia arriba. 
Deteniéndose en cada dedo, en cada pliegue entre ellos, presionando el arco de cada pie, los talones, caracoleando sobre los gemelos, presionando fuertemente la parte posterior de mis muslos, resbalando con todos sus antebrazos hasta llegar, otra vez como sin darse cuenta, a chocar son sus puños cerrados contra la contundencia de mis nalgas.

Pidió permiso para abrir mis piernas en un ángulo que le permitiera colocarse de rodillas entre ellas. Desde allí, el sensual alcance del masaje iba desde la mitad de mis muslos, que agarraba con las manos abiertas, hacia arriba. Lentamente pero con ahínco, subía milímetro a milímetro y sus dedos pulgares entraban sin timidez entre mis nalgas, abriéndose cada vez más paso, quedándose cada vez más tiempo, llegando cada vez más hondo.

Hasta Nina Simone dejó de cantar para acercarse a observar aquella maravilla. Una mujer de espaldas, abandonada a la voluntad de un hombre de rodillas, con sus manos juntas como para rezar un credo cristiano, pero balanceándose hacia adelante y hacia atrás como un judío leyendo su Torá. En definitiva, un solo acto de fe. La expiación de todos los pecados, la lectura de mil salmos en susurros, quejidos y el sonido viscoso de los dedos entrando y saliendo de todas las hendiduras que iban encontrando a lo largo de su corta travesía que terminó en un AMÉN de orgasmos ahogados entre mi boca y el plumón, entre mis poros embebidos de sudor, almizcle y aceite de lavanda y entre los pringados dedos de mi amante que, sin darme tregua, me pidió dulcemente me diera vuelta en la cama para continuar “quitándome el cansancio de la semana”. La noche apenas comenzaba…