domingo, 2 de abril de 2017

Cena de tres pasos


Nunca le había pasado esto de ser encarada en el baño de un restaurant serio y formal por una desconocida.

Ya había tenido encuentros cercanos del tercer tipo, y hasta más, en antros de mala muerte, borracha hasta el tuétano y siempre con candidatos del sexo opuesto: machos con los que ya había intercambiado miradas, sonrisas o hasta algunos pasos alocados en una atiborrada, oscura y sudorosa pista de baile. Ese era, básicamente, el objetivo final de aquellas noches locas de copas y polvos. Nunca tan bien aplicado el término, pues en esas noches de lujuria, abundaban el sexo y la coca.

Pero esas anécdotas nocturnas ya formaban parte de la historia. Ahora era una mujer madura, a la que no le atraían ni los antros, ni la música estridente, ni los encuentros furtivos con desconocidos. Tampoco buscaba amor, ni una relación duradera en el tiempo, pero disfrutaba mucho más de una amena charla -cena y vino por medio- con un buen candidato que le calentara primero el oído, luego el cerebro y, finalmente, si los planetas se alineaban, los genitales. Si astrológicamente el plan impedía ese tercer y último paso, al menos los otros dos la llevarían de regreso a casa con un buen sabor de boca.

La noche del pasado viernes, Martina estaba en una de esas cenas-citas de tres pasos (entrada-principal-postre/oído-cerebro-clítoris) en un elegante restaurant de la ciudad, lleno de turistas gracias a las recomendaciones de los recepcionistas de los hoteles y la publicidad poco original de los planos turísticos gratuitos. El lugar, demasiado iluminado y ruidoso, no ayudaba a crear una atmósfera romántica ni seductora, por lo que la conversación en la mesa era escasa, dificultosa y aburrida. Así que entre cada sorbo de vino y cada bocado de risotto, Martina se dedicaba a mirar a los comensales de las mesas cercanas y distraerse con su hobby favorito: crearle una historia a cada quien.

De esa forma encontró al galán engominado sin alianza en el dedo, con la viuda joven y dispuesta a todo; al octogenario y su señora a quien los hijos y nietos le celebraban las bodas de oro; la sesentona que se cree de veinte, enfundada en animal print, con la piel como cuero seco de tanta cama solar y dientes estrepitosamente blancos; y, más allá, dos mujeres contemporáneas, demasiado bien arregladas para ser locales: las típicas turistas cuarentonas, amigas del trabajo o de la infancia, regalándose un viaje a un lugar desconocido donde descansar, conocer y comer bien. Todos estaban en lo suyo, nadie reparaba en el recorrido de Martina, pero cuando pasó la mirada por la mesa de las dos turistas, una de las dos, tal vez tan aburrida como ella, también la miró fijamente.

Martina apartó de inmediato la mirada y retomó la charla con su acompañante; bebió un sorbo de vino y se acomodó el mechón de pelo que surcaba su frente, el típico acto reflejo cuando estaba nerviosa. Pero como si tuviera un disparador automático, empezó a mirar constantemente hacia esa mesa, encontrando siempre la devolución del vistazo. Directo, sostenido, decidido. Martina se sentía intimidada, avergonzada, un calor húmedo le recorría todo el cuerpo, pero no podía dejar de mirar. La charla en su mesa se hacía cada vez menos interesante, por lo que a la altura del plato principal ya su oído no atendía a su compañero, sino que intentaba posarse dos mesas más allá, junto a las dos mujeres. Así pudo saber que no hablaban español. Poco podía leer en sus labios, carnosos y glaseados…

¿Francés? No… ¡Portugués!... ¡Claro! si esta ciudad está desbordada de brasileros, se dijo.

Martina desistió de entender algo de lo que hablaban y comenzó a estimular su cerebro con cada detalle de lo que veía…las uñas perfectamente pintadas, el cabello ondulado y con rayitos dorados, pulseras de plata que tintineaban en cada movimiento, un escote sugerente mas no atrevido que atisbaban unas tetas aún firmes y esa sonrisa… la sonrisa pícara del que se sabe observado y le gusta, la sonrisa segura del que ya tiene perfectamente planeado el siguiente paso.

La velada transcurrió con más miradas furtivas. Martina intentando no evidenciar que su interés total estaba fuera del metro cuadrado de su mesa y la brasilera de ojos grandes y sonrisa astuta, abiertamente insinuándosele con su lenguaje corporal de mulata experta en estas lides. ¡Todo esto era tan raro para ella! En un lugar tan público, tan iluminado, tan lleno de gente tranquila que simplemente disfrutaba su cena, y ella revolucionada por la mirada de una mujer a tres metros de su mesa y sin entender una jota de lo que hablaba!

Llegó la hora de la cuenta y el limoncello, y Martina decidió pasar por el “toilette” antes de partir con su amigo a degustar el tercer paso de la cita…

Cuando salió del retrete rumbo al espejo para retocarse el maquillaje, encontró a la mulata y su sonrisa amplia mirándola de cuerpo entero.

Você é uma menina muito bonita, e eu quero provar tudo”, le dijo mientras se le acercaba al cuello y se lo lamía suave y lentamente. Martina solo entendió lo de “bonita”, pero esa forma de hablar como cantando una bossa-nova le ablandó las piernas… Ella intentó decirle que nunca había tenido nada con una mujer, pero que le agradaba la idea, que no sabía qué hacer con su amigo allá afuera, esperándola y mil cosas más… pero solo podía balbucear, porque los besos de la mulata, que ahora se alternaban entre sus orejas y sus labios, al compás de suaves caricias debajo de la falda, le nublaban el entendimiento y le adormecían el habla.


Siga-me… dijo la brasilera, tomando a Martina de la mano. Salieron rápidamente del baño, rumbo a la cocina del restaurant… la caminaron apresuradamente de punta a punta ante la mirada perpleja de cocineros y ayudantes, hasta atravesar la puerta trasera que las condujo a un callejón estrecho y oscuro donde las esperaba su otra amiga en un taxi para conducirlas al comienzo del mejor “tercer paso” en toda la vida de Martina.

sábado, 11 de marzo de 2017

Llegué

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-          ¿Quién es?
-          Soy yo…
-          ¿Quién es yo?
-          Labios que besan tus pies… pétalos de suave flor que te acariciarán el alma…carne suave como terciopelo…lengua bífida de fuego…lanza que te abrirá en dos para unirte en el cielo…
Hazme pasar. Estoy listo para entrar y cabalgar en tus delicias… derretirme entre tus mitades, fundirme contigo en una danza enajenada que nos lleve y nos traiga a donde nadie sabe.
Quédate así, no te muevas, no me distraigas con tus idas y vueltas… Sólo inhala profundamente y, al exhalar, regálame la melcocha de tu cuerpo, la miel de tu sexo, el merengue batido y azucarado de tus labios…todos…
Déjame entrar y salir…salir y entrar… entrar y salir de nuevo. No me llevaré nada, no te dejaré nada más que el placer infinito que merece tu ser, todo…

sábado, 18 de febrero de 2017

Más que un masaje


Llegué a la puerta de la habitación 305 sin tener muy claro con qué me iba a encontrar. Sabía, claro está, que del otro lado de la puerta me esperaba él, a quien sólo había visto un par de veces en agradables cenas románticas, rociadas con burbujas y palabras de dobles, triples, cuádruples sentidos que nos habían hecho arder. Hasta ese momento, nada más allá de un intenso beso de despedida había sucedido realmente, pero era lógico pensar que ya, en esta tercera cita, habría que avanzar. Y él avanzó…¡vaya que sí avanzó! El viernes pasado me mandó un whatsapp que decía: “8 pm en la 305 de mi hotel de siempre. Te quitaré la ropa y el cansancio de toda la semana”. Y allí estaba yo, obediente como siempre, a las 8:03, golpeando la puerta y temblando por dentro, mezcla de nervios y de un deseo irrefrenable.

Demoró un poco en abrir y eso me puso impaciente. Justo cuando me disponía a golpear por segunda vez y más fuerte, abrió la puerta y casi golpeé su frente con mis nudillos. Sonreímos los dos. Él vestía la gruesa bata de paño típica de un “cinco estrellas”; su rizado cabello negro azabache estaba dividido en finos mechones que terminaban en diminutas gotas de agua que resbalaban como en un tobogán y caían en el cuello afelpado. Sus dientes blanquísimos sonreían, pero más lo hacían sus ojos, verdaderamente contentos de verme.
Me sentí un poco ridícula con tanto maquillaje, joyas y tacos altos, ante él, casi desnudo y sin más artilugios que su olor a limpio. Sin dudas, él lucía mucho más hermoso que yo, que había pasado 3 horas intentando parecerme a cualquier cosa menos a mí misma.
Allí mismo, bajo el dintel de la puerta, me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con un beso que me pareció demasiado largo para ser el primero de la noche. No me quedaba claro qué debía hacer, cómo debía actuar, qué esperaba él de mí a esa temprana altura de la noche. Abalanzarme sobre él y quitarme enseguida la ropa para estar “a tono” me parecía un acto demasiado parecido al de una prostituta, pero quedarme empinada a diez centímetros de mis propios pies y con tanto artificio, me hacía sentir como si llevara un disfraz de dama pudorosa y mojigata que nunca debió haber pisado la mullida alfombra de aquella habitación. Me debatía entre parecer natural, pero no tanto como para dar la idea de que esta fuera para mí una práctica habitual.
La suite era amplia, cómoda y hermosamente amoblada. Me senté en el amplio sillón lleno de almohadones, mientras el conectaba su Ipod a unos pequeños parlantes portátiles y hacía sonar a Nina Simone… nada más apropiado… Fish in the sea you know how I feel… River running free you know how I feel.

Descorchó una botella de espumante “Blanc de Noir” Brut Nature… con ese color que recuerda al almíbar de un dulce de durazno, pero que en la lengua astringe y chispea en la garganta… Me acercó una copa y brindamos…Bebimos el primer sorbo mientras Nina hablaba por mí…It's a new dawn, it's a new day, it's a new life for me.Ohh… And I'm feeling good.

Hablamos de mi día, de mi semana, de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Yo hablaba de más. Él me miraba fijamente, escuchaba y sonreía en la justa medida para hacerme entender que no era burla, sino fascinación por estar allí conmigo. A él le hipnotizaba verme gesticular, la forma en que se movían mis labios al pronunciar las vocales redondas y el pliegue de mis comisuras al sonreír… a mí me fascinaba ver sus ojos brillantes posados en mis labios como una mariposa en busca de néctar sobre una flor…revoloteando alrededor de mi rostro, pero siempre posándose al final sobre mi boca.

“Has tenido una semana complicada”, me dijo, al tiempo que se paraba y caminaba por detrás del sillón para tomarme del cuello con ambas manos y comenzar a acariciarlo suavemente. “Te voy a hacer un masaje, para que te relajes”, continuó, mientras las yemas de sus diez dedos escudriñaban por dentro de mi melena y me la desordenaban totalmente. ¡Al diablo la peluquería!

“¿Quieres?”, me preguntó. Y yo sólo pude soltar un gemido que quiso parecerse a un sí… porque tan solo con ese toque mágico de sus dedos en mi cabeza, yo ya no podía articular palabra. Mis ojos se habían cerrado dejando tal vez una pequeña línea blanca a la vista que ponía en total evidencia lo poseída que ya estaba por la voluntad de aquel hombre.

Sin dejar de acariciarme, dio la vuelta al sillón y se colocó frente a mí, digitando ahora sobre mi cara, bordeando mis ojos, presionando suavemente mis globos oculares, mis mejillas, dándole pequeños pellizcos a los lóbulos de mis orejas, rozando mis labios, casi sin tocarlos; haciendo la presión justa y necesaria en cada parte de mi rostro para sentir mensajes diferentes que producían una sola respuesta en mí: entrega total y unas ganas irrefrenables de avanzar, de sentir más.

Me tomó por los codos y me ayudó a incorporarme. Casi sin darme cuenta cómo ni cuándo, se habían ido la timidez y la angustia por parecer una buena-chica-no-tan-buena… Mientras me conducía hacia el dormitorio también se fueron los zapatos charolados, las pulseras tintineantes y la blusa de seda en un paseo que fue dejando su estela, como Hansel y Gretel, a lo largo de toda la suite. Me acercó la copa a los labios y sorbí un trago más, al tiempo que los hermanitos perdidos en el bosque seguían dejando su rastro de ropa por toda la habitación. La oscura voz de Nina Simone seguía alumbrando el sendero que ya habíamos comenzado a transitar.

Desnuda y entregada, me tiré boca abajo y de forma transversal en la cama súper King Size con doble pillow top y un edredón de plumas de ganso que me hizo sentir como si caía, literalmente, sobre una nube blanca y espumosa. Mi cuerpo se hundió y quedé allí, atravesada en la cama y dispuesta a lo que viniera. ¡Qué importaban a esas alturas el peinado, el maquillaje, la pose! Allí mi único atavío era el perfume que horas antes me había colocado en las muñecas, detrás de las orejas y detrás de las rodillas, tal como me había enseñado mi hermana hace tantos años “porque es el lugar donde late el pulso y el aroma se potencia”, me decía. No sabía ella, y tampoco yo, que en ese momento el pulso me latía en todo el cuerpo y el costoso perfume francés había mutado a un almizcle espeso que se desparramó por toda la cama, llamando al sexo y al amor.

Boca abajo y con la cara hundida en la nube de plumas, era toda piel. No veía, no escuchaba más que a Nina que allá, desde el fondo de la habitación decía “I've got life, I've got my freedom.And I'm gonna keep it, and nobody's gonna take it away”. ¿Me lo decía Nina… o se lo decía yo?

Sus manos tibias me sorprendieron al posarse, llenas de aceite esencial de lavanda, sobre mis hombros… Lentamente, comenzaron a resbalar a lo largo de mi espalda en movimientos que variaban de lineales a circulares, modulando la presión: fuerte sobre mi columna vertebral, más suave hacia los costados, casi imperceptible cuando llegaban a mis caderas. Subían y bajaban a ritmo acompasado, pero no siempre igual: a veces subían rápido y bajaban lento, otras veces al revés, y, eso sí, cada vez bajaban más y más, abarcando con sus grandes palmas mis contundentes nalgas y abriendo, distraídamente, ambas mitades como quien quiere cortar un melón para sorber toda su dulzura de miel.

Paró sólo unos segundos, los suficientes para dar la vuelta hasta el otro lado del colchón y retomar su labor desde los pies hacia arriba. 
Deteniéndose en cada dedo, en cada pliegue entre ellos, presionando el arco de cada pie, los talones, caracoleando sobre los gemelos, presionando fuertemente la parte posterior de mis muslos, resbalando con todos sus antebrazos hasta llegar, otra vez como sin darse cuenta, a chocar son sus puños cerrados contra la contundencia de mis nalgas.

Pidió permiso para abrir mis piernas en un ángulo que le permitiera colocarse de rodillas entre ellas. Desde allí, el sensual alcance del masaje iba desde la mitad de mis muslos, que agarraba con las manos abiertas, hacia arriba. Lentamente pero con ahínco, subía milímetro a milímetro y sus dedos pulgares entraban sin timidez entre mis nalgas, abriéndose cada vez más paso, quedándose cada vez más tiempo, llegando cada vez más hondo.

Hasta Nina Simone dejó de cantar para acercarse a observar aquella maravilla. Una mujer de espaldas, abandonada a la voluntad de un hombre de rodillas, con sus manos juntas como para rezar un credo cristiano, pero balanceándose hacia adelante y hacia atrás como un judío leyendo su Torá. En definitiva, un solo acto de fe. La expiación de todos los pecados, la lectura de mil salmos en susurros, quejidos y el sonido viscoso de los dedos entrando y saliendo de todas las hendiduras que iban encontrando a lo largo de su corta travesía que terminó en un AMÉN de orgasmos ahogados entre mi boca y el plumón, entre mis poros embebidos de sudor, almizcle y aceite de lavanda y entre los pringados dedos de mi amante que, sin darme tregua, me pidió dulcemente me diera vuelta en la cama para continuar “quitándome el cansancio de la semana”. La noche apenas comenzaba…