sábado, 7 de marzo de 2015

Entre Cielo y Tierra no hay nada oculto…



… dice el refrán, y yo lo certifico. Muy pocas veces he publicado material de terceros en mi Blog, únicamente cuando realmente vale la pena. Ésta es una de ellas. 
 
La Tierra da muchas vueltas y el Cielo siempre la envuelve. En el medio está el Aire que oxigena la vida, que fabrica los sueños, que alienta posibilidades, que explora galaxias, que reafirma esencias.
 
Diez, veinte, cien años después, la historia será la misma. Gracias a su autor por dejármela leer y permitirme compartirla. ¡Gracias, Maestro!

El relato que leerán a continuación esperó casi una década para salir de un cajón –o del archivo secreto de alguna computadora- y ver la luz, más allá de los tres pares de pupilas que, en su momento, pudieron leerlo por ser partícipes de la historia.


El Juego

Salí de la borrasca corporativa, llena de acciones y reacciones, sólo para llamar por teléfono y transportarme a mi mundo alterno, donde no dejo de ser yo, sino que, básicamente, lo soy más. Ese es mi juego diario, siempre simple, pero a veces parece que sólo yo lo entiendo.

A través del teléfono le propuse a la representante del Cielo si estaba dispuesta a formar parte de un universo distinto, que no es paralelo, sino que simplemente coexiste con el normal. La invité a un mundo que resalta sus luminarias y que podría crear nuevas estaciones en el planeta Tierra.

Su disposición al juego nunca deja de sorprenderme. Su capacidad histórica de seducir con una palabra o cualquiera de sus brillos, no se encuentra en su separación física del mundo, sino en la gnosis profunda que tiene de mis entrañas. Quizás porque son volátiles como las suyas, o porque vienen de la misma fuente emocional. Su “sí” directo y reafirmante de pactos pasados, fue suficiente detonante para la explosión de la tarde.

Por su parte, La Tierra es más lenta, pero dispuesta a fertilizar las ideas y las sensaciones profundas. Inteligente y analítica, prefiere esperar por los deseos de los pisatarios. Su movimiento de traslación la atrajo hacia mí y fue atrapada por mi mayor masa e intuición.
El Compartir

Recuerdo que cuando la volví a ver, luego de veinte años, vi que llevaba consigo el desequilibrio propio de quienes no se reconocen en un espejo o se protegen en demasía del sol que tanto ilumina al Cielo.

Vale la pena aclarar que la reconocí como una igual rápidamente, a pesar de su superficie diferente. Era notable que había logrado mantener exitosamente su simplicidad original, haciendo que los vientos soplasen hacia donde ella quisiese, moldeando perfectamente su cápsula de muñeca de porcelana.

A ella le propuse el mismo juego cósmico de no ver como contradicciones sus hermosos contrastes. Le propuse buscar el erotismo donde le fuese propicio y no donde simplemente le fuese permitido. También aceptó sin dudas, pero no sin temblar en una nueva escala.

El juego parecía haber comenzado, pero sin reglas. Por eso puse una de inmediato. Pedí a la Tierra llamar al Cielo por teléfono, en un movimiento celeste que parecía inapropiado. “Pónganse ustedes de acuerdo para nuestro encuentro, yo llegaré más tarde”.

Las primeras lecturas de la propuesta le daban error a la controlada Tierra, pero mantuvo abiertas sus posibilidades de jugar a un trío amoroso. Ser ella la que llamara a la otra dama, hacía que no hubiese vuelta atrás, la transformaba en cómplice y de ahí en adelante no podía ser sino culpable de todos los cargos. Sólo pensar en ello le daba calambres en las piernas y estremecimiento en sus partes íntimas.

La invitación telefónica puso de ánimo de inmediato a la representante del Cielo e inundó el ambiente con su sudor de olor agreste, lleno de esencias excitantes y sabores femeninos que invitan a libar, pero eso sería mucho más tarde.

Un profundo ritual de belleza íntima se apoderó de Cielo y Tierra: la primera depiló sus partes femeninas de todo vello, para atraer bocas y caricias sin reservas; ambas entregaron a artesanas sus pies y manos, para prepararse a disfrutar de fetiches lujuriosos; la Tierra podó a conciencia su monte de Venus rojo brillante, con el que esperaba sorprender hasta a los más avezados alienígenas, y el Cielo se tocó hasta alcanzar orgasmos pueriles concentrándose en las imágenes que aún estaban por venir.

El menage a trois había comenzado desde hacía rato y se estaba disfrutando acaloradamente, aunque nadie se había encontrado todavía.

Las Miradas

El tiempo no era mi amigo esa tarde, parecía correr en mi contra. El trabajo se complicaba, luego las calles se confundían en mi cabeza, todo se confabulaba para que no llegase a tiempo a mi cita con las representantes del Cielo y la Tierra, pero a la vez eso les daba a ellas tiempo para saldar sus agendas, marcar territorios, construir confianza, no en balde era un experimento inédito para una de ellas.

Llegué a duras penas, con la lengua afuera del estrés, pero con sólo confirmar que había llegado al sitio indicado, hizo que mi corazón se comportara como un radar, mandando señales y esperando a que los ecos dibujaran las figuras de dos mujeres hermosas.

Llegar a aquel edificio me hizo percatar de una extraña transición. La normalidad con que me miró el portero, la displicencia con la que me ignoraron unas ancianas que salían a pasear y el beso amigo que me dio la Tierra, me confundieron por minutos. Al llegar al apartamento, la actitud de coctel, era también evidente, a pesar de que era obvio que algunas confesiones intimas ya habían sido escuchadas, dichas e intuidas. Las miré profundamente, las medí en toda su extensión y vi su intención de seguir la tangente por donde iban, a pesar de coincidir en sus ganas y apetitos. No fui transigente e hice algo contrario a mis maneras: ser totalmente directo, osado, casi pornográfico. Las invité a mirar y a mirarse.

Mi primera invitación fue preguntarle al Cielo, si alguna vez había visto en un amanecer temprano en la mañana o en un atardecer, un tenue rojo de luces diversas, tonos dramáticos, pero de brillos definitivamente rojos.

Mi pregunta fue respondida con un silencio cómplice, que recorrió de pupila a pupila, trasegando posibilidades. La Tierra, con velocidad desconocida hasta entonces, le dijo al cielo “¿quieres ver?”, y la respuesta fue lapidaria: “Para eso estamos, no?” Esa respuesta inició un inusitado temblor en la Tierra, quien se quitó sus pantalones de una manera magistral y dejó ver su carnoso monte marciano (por rojo, nada más) para la delicia de los cuatro ojos restantes. Demostró sin ambigüedades que era una pelirroja de verdad.

Ella, a pesar de su movimiento osado, estaba de piernas cerradas y expectantes. Yo, en mi nueva actitud, las abrí para que el Cielo pudiera mirar sin restricciones la bellamente dibujada vagina de la Tierra e iluminar la tarde con su cara de excitación. El Cielo complementó a la Tierra con palabras elogiosas que sólo hablaban de la aceptación de la situación y de la promesa de todo lo que estaba por venir. La Tierra no dejaba de mirar a los ojos del Cielo para verificar que no se perdía de nada, que veía todo, que casi se relamía con futuras imágenes de libación y disfrute de esa miel que se empezaba a dejar ver.

Ambas en diferentes formas me retaron con una mirada de… “y tu qué?”. Pues las complací sin restricciones y lo saqué, erecto como estaba, ante la aceptación de todos mis juegos. La Tierra lo hizo suyo con su boca, pero sin perder de vista los ojos del Cielo, buscando respuestas a sus inquietudes y mayor excitación para su propio disfrute.

El Cielo tenía su mirada de puta retenida clavada en la acción sin hacer caso de los espectadores, con sus piernas cruzadas, como abrazando un orgasmo para que no se le fuera impunemente, sin pilotarlo a través de su turbulento azul. La contemplación paraba por momentos para chupar entre ambas con energía mi pene que era eco de sus fantasías, y mi radar empezó a captar pulsaciones de felicidad desconocida y distinta, que sólo dos mujeres inteligentes, premeditadas y decididas, pueden dar.

Los pies fueron objeto de miradas capciosas que revelaban el por qué habían sido tan cuidadosamente preparados. Eran parte de un paisaje erótico que sólo estaba in crescendo y sin posibilidades de mitigación.

Las miradas estaban hambrientas, querían ver más y mejores momentos. Llegó la invitación a ir al “cuarto de los sueños”. Era un sitió que se había preparado para el deleite, pero más para la relajación que para la agitación, sin embargo, la piel del sofá, las luces quedas, los motivos orientales, eran una invitación al sexo también.

Los cuerpos ya desnudos se tocaban, chupaban y acariciaban ante la mirada activa de los intrigantes del trío, que si bien gozaban de las caricias que se prodigaban, obtenían un “sur plus” de lo que veían y escuchaban.

Primero el Cielo disfrutó de cómo yo atacaba a la Tierra desde atrás, y luego de cómo la Tierra me montó como a un potro salvaje, pero que por su experiencia sabe medir su sabiduría en muecas y arcadas. El Cielo, como en un atardecer, unió su cara, ya roja, a la Tierra y preparó su ano con saliva, para introducir sus dedos y ocasionar un caos interno que culminó en un grito: “Me están cogiendo por todos lados”.

Pero el punto culminante de la tarde de miradas, llegó cuando tomé al El Cielo por sus caderas, lo puse en uno de los pasamanos del sofá de piel y lo penetré con alevosía, con las rodillas al aíre y cara de placer. Miradas de profunda satisfacción coronaron a la Tierra, que participaba con sus manos y boca en aquel festín de humores, sabores y visiones. Para ese momento, los orgasmos se podían contar con los dedos de ambas manos…

El Compartir

La Tierra nos invitó a su habitación. Allí nos esperaba una luz pícara que dejaba ver todos los detalles. Muchas almohadas para apuntalar cualquier resquicio que quedara al aire y sábanas dispuestas a dar resguardo nuestro sudor. Era una habitación pequeña, incongruente con los apetitos de la Tierra y las expectativas morbosas del resto del grupo. Pero ya nada importaba ante el derrumbe de caricias que mediaban la ausencia de conversación de las tres almas presentes.

Allí, aquellas dos hembras compartieron a un hombre, tomando turnos para observar y ser observadas, amar y ser amadas, pero en una cercanía provocadora que les hacía sentir que nunca dejaban de ser partícipes, penetradas, besadas...

El punto de conexión eran las bocas, sin duda, pues los besos profundos se alternaban sin importar quién era objeto de arremetidas taurinas. De hecho, llegó un momento que no sabía dónde empezaba yo y dónde seguían mis acompañantes, me sentía entregado a su placer inédito. Un esclavo exacerbado por las circunstancias, un ángel perdonador y dador de vida que se concentraba en una sensación de orar en sus vaginas y de ser templo para sus cuerpos.


Todas las partes se encontraban en éxtasis, como una orquesta en su momento de clímax, pero el cual es prolongado ad infinitum o, por lo menos, mucho más allá de mis fuerzas físicas.

El Cielo se perdió en su inmensidad de sensaciones, se volteó y se dejó penetrar con toda disposición, mostrando su retaguardia anhelante de refriega, mientras que por sus ojos pasaban cometas y estrellas.

El momento culminante de este compartir fue cuando la Tierra, aceptaba los besos ardientes del Cielo en su sexo, como un atardecer en la Isla de Skye, en Escocia, un día de primavera y con buen tiempo: el placer se dejaba ver a kilómetros de distancia. Para contar los orgasmos hacían ya falta los dedos de los pies. Pero, aunque parezca imposible, lo mejor de la Tierra estaba por venir.

En su apretado sexo, el mío la hizo venir 4 veces seguidas, a punta de persistencia y malos pensamientos. Yo no pude sino sacarlo de ella y perder completamente el juicio dentro del Cielo. Totalmente frenético, apenas pude esperar a su último orgasmo para regarme dentro de su cuerpo y dudar para siempre sobre quién era el verdadero protagonista de esa tarde.

El Cielo volvió a sus alturas celestes y yo llamé al planeta Tierra para confirmar si todo había sido cierto; ella me respondió que aún se encontraba envuelta, entre aquellas sábanas impregnadas de toda nuestra esencia. No pude sino pensar que era un privilegio ser parte de ese Universo.





No hay comentarios: