lunes, 2 de febrero de 2015

Mi Vecina


Conocí a mi vecina del piso de arriba hace unos cuantos meses cuando, totalmente fuera de sí, golpeaba con un palo de escoba desde su balcón al balcón de arriba y vociferaba como una enajenada. Yo me asomé para ver qué pasaba y, con un poco de vergüenza ajena, volví a entrar rápidamente. Ella vio cuando me asomé y (con vergüenza propia) bajó hasta mi puerta y tocó el timbre, un poco para excusarse por la descabellada acción cometida minutos antes, y un poco también buscando algún apoyo moral a su desesperación.

Al parecer, su vecino de arriba ponía música a un volumen muy alto; lo más desesperante de todo eran los efectos sonoros de los videojuegos hasta altas horas de la noche que no la dejaban descansar. Me preguntó si yo los escuchaba. Francamente no. Su piso amortiguaba el estruendo… Se lo comía ella solita.

Desde entonces nos reconocemos en el ascensor, nos saludamos, ella juguetea con mi perro, yo pregunto lacónicamente si la situación con su vecino mejoró y no mucho más. Mi vecina es una mujer de mediana edad, de buena contextura física, cabellos oscuros, mirada penetrante y voz aguda y chillona. Podría decir que es una mujer agradable, simpática y bonita sin superlativos. Asumí que vivía sola, pues todos los departamentos de este edificio son chicos y porque nunca la he visto acompañada. Pensaba además –un poco machista yo–que, de tener una pareja, debía ser ésta quien solucionara el impasse con el vecino.

Las quejas y los gritos cesaron por un tiempo. Pero desde hace algunas semanas, comencé a escucharla de nuevo. Otra vez vociferando con su tono agudo, otra vez enajenada, sacada, pero con algunas diferencias: mi vecina ya no grita en el balcón ni golpea nada con el palo de la escoba. 

Mi vecina ahora grita sobre su cama y el palo que la golpea ya no es el de una escoba sino el de un hincha de Boca Juniors al que sólo se le escucha la voz en dos oportunidades: cuando los “bosteros” hacen un gol y cuando se viene a mares dentro de ella.

Yo no puedo evitar imaginarla. Como la conozco puedo recrearla perfectamente. Su apartamento es exactamente igual al mío, por lo que ella hace el amor, literalmente, sobre mí. Sus gemidos y el chirriar de las patas de la cama que parecieran querer hacer una zanja en el piso, me dan todas las herramientas que necesito para unirme a ellos y lograr un orgasmo entre tres.

Me encanta sentir el momento exacto en el que él se vacía. Saber que en ese preciso instante se está descargando tantísima energía, la más primigenia y pura, la que mantiene al mundo dando vueltas. Una energía tan avasalladora que es capaz de lograr que las paredes de mi vagina –a todas luces, más gruesas que las de mi humilde morada– se contraiga a 4 metros de distancia.

Me alegra saber que mi vecina disfruta, tanto que ya no le importan los ruidos externos. Sus gritos lo absorben y su amargura se convierte en placer.

Pero sobre todo me gusta saber cuándo lo hace, qué horarios prefiere, cuál es el ritmo que la vuelve loca, cuánto duran sus orgasmos… una especie de “voyeurismo auditivo” mucho más potente que cualquier imagen en alta definición.


Con los gemidos finales limpio mis dedos y sonrío al pensar qué barata sale mi diversión. 

¡Hasta la próxima, vecina!