domingo, 31 de marzo de 2013

"RESURRECTANDO"




Todo comenzó con un café… un inocente café al finalizar la clase de tango. No sé por qué existe esa falsa creencia de que si te invitan a un café, nada “malo” puede pasar, que siendo una cita vespertina y frente a una bebida no alcohólica, existen menos riesgos de pasar barreras. Pero yo ya venía encendida desde aquel abrazo en mitad del salón, cuando su mano fuerte rodeó mi cintura y me llevó a través de la pista como si fuera una pluma, cuando olí el perfume suave de sus cabellos y comprobé que su estatura y su complexión se habían hecho a mi medida, al menos para bailar tango.

“Un jarrito apenas cortado”, pedí al mozo que debía tener ochocientos años atendiendo en ese lugar ancestral y de arquitectura exquisita, uno de esos salones que hacen que sea muy fácil imaginar la majestuosidad que debió tener Buenos Aires en los ‘40 y ’50. Él pidió un té en hebras y comenzamos a charlar para conocernos un poco más. El café me sabía a gloria pura, pero no me daba cuenta yo que estaba endulzado por los terrones de azúcar que salían de su boca con cada sonrisa juguetona ante cualquier comentario mío. Sus ojos de oliva apenas surcados por finísimas arrugas me miraban fijamente, destilando un aceite extra virgen que iba lubricando mi deseo minuto a minuto.  

El café y el té se entibiaron en la mesa, con la misma rapidez con la que se fue calentando la conversación, se acercaban sin querer los torsos y, al menos mi sangre, parecía hervir a borbotones ante aquella proximidad. Sentía que tan sólo teníamos 5 minutos conversando, pero ya la calle estaba oscura y comenzaban a llegar los clientes para la cena. Sin preguntarme nada, pidió al mozo una botella de vino, casualmente uno de mis malbec preferidos. También sentí que la bebimos instantáneamente. Con este hombre el tiempo tenía otro ritmo, como tenía otro ritmo su cadencia en el baile, su hablar pausado, y hasta la velocidad con la que parpadeaban sus rizadas pestañas negras al mirarme.

Nunca sabré si fue la mezcla de cafeína y alcohol, o el efecto narcótico que me producía su presencia…bah, tampoco puedo culpar de todo lo que pasó a factores externos… en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí gritaba sin remilgos que quería todo de ese hombre, aunque fuera por un fugaz momento, más allá de lo que dura un tango.  Era con él con quien quería sacudirme tanta modorra, tanta rutina, tanta mojigatería que llevaba pegada a la piel desde hace mucho, pero sobre todo, desde que comenzó esta Semana Santa eterna que me había tomado por sorpresa con mucho trabajo por hacer y poco dinero para inventar. La ciudad desierta y un calor poco usual para estos albores otoñales, jugaban en mi contra y me hacían sentir cada día una pesada cruz a cuestas y una corona de espinas a la hora de intentar cumplir con mis tareas retrasadas. Usé cualquier excusa para dilatarlas el jueves y el viernes santo y ayer…sábado de Gloria, había ido a mi clase de tango con la intención de despabilarme un poco y regresar a casa a retomar lo postergado… pero no me había percatado lo que en realidad significaba eso de “Sábado de Gloria”… hasta que los primeros acordes de Canaro sonaron en la pista y este hombre me abrazó para no soltarme…...hasta hoy.

Sí….

Luego del malbec, vino la milonga. Tango tras tango nuestras ropas se humedecían y nuestros cuerpos se pegaban más y más. Los pies me dolían y estaba verdaderamente exhausta, pero no quería separarme de él… Tal vez lo intuyó, o él también quería lo mismo, pero casi adivinando mis pensamientos, pagó la cuenta, me tomó del brazo y salimos del lugar.

Comenzamos a caminar la Avenida de Mayo… ¡Dios! no sé si es más hermosa de día o de noche. La brisa fresca me daba en la cara, devolviéndome un poco la sobriedad. Caminábamos tomados de la mano y riéndonos de cualquier cosa, cuando de repente, a las pocas cuadras, su mano hizo un giro que me forzó en su dirección. Cuando tuve chance de entender algo, ya estábamos en el salón de su departamento, tirados sobre el sofá de cuero que chillaba ante cada movimiento de nuestros cuerpos húmedos y medio desnudos ya.

Había sido una noche distinta, sin duda. Pero lo mejor aún estaba por llegar. El reloj marcaba las 3 de la madrugada del domingo de Resurrección y yo sin saberlo, me preparaba para renacer. La que saldría de allí, horas más tarde, nunca más sería la misma que entró.

El ritmo acompasado y cadencioso de aquel hombre sobre la pista de baile, se convirtió en una fruición feroz en la que bocas, torsos, brazos y piernas se fundían y confundían en posiciones que yo sólo creía posibles en el Kama Sutra Ilustrado de mi biblioteca… Su barba de lija enrojecía mi cuerpo con cada beso; sus manos, que más temprano me habían sostenido ingrávida, ahora me arañaban y sus dedos curiosos buscaban recovecos que ni yo ya recordaba tener. Nada de lo que aquella noche sentí, podía catalogarse dentro de los convencionalismos. No diré que todo me sorprendió, o que lo desconociera, pero lo que sí me sorprendía y, si se quiere, me intimidaba, era la naturalidad con la que él se desenvolvía, sin preguntar, sin pedir permiso, sin siquiera detenerse en mi mirada, buscando algún gesto de aprobación o desaprobación, sin importarle si me gustaba o no semejante posesión de cada centímetro de mi cuerpo, ausente de cualquier protocolo. Pero me gustaba, me encendía, me hacía jugar su juego y entregarme; lanzarme sin el temor de que pudiera no abrirse el paracaídas.


El cuerpo me ardía, las piernas me temblaban en cualquier posición y ya no quedaba ningún centímetro de mi cuerpo que él no hubiera explorado con minuciosidad. Me sentía desfallecer, de cansancio y de placer… y creo que por una fracción de segundos morí, pues no recuerdo en qué momento pasé del sofá al suelo, boca abajo y asida como podía de los largos flecos peludos de la mullida alfombra. Sin mediar palabra, sin tantear mi disposición, lo siguiente que sentí y lo que me trajo de nuevo a la vida fue su tiesa e hirviente asta penetrándome el culo, con la misma cadencia e intencionalidad que tuvo en el salón de clases y en la milonga horas atrás, con la misma determinación y confianza de que sabía cómo guiarme hasta el final.

Ni un solo quejido salió de mi boca. Mis ojos se cerraron suavemente, volví a sentir el olor a limpio de sus cabellos y nuevamente me dejé llevar en la ahora acotada pista de mi circunferencia anal, donde él bailó como los Dioses, arrancándole viruta al piso y a mí, decenas de orgasmos en serie, o tal vez fue uno solo que no terminó jamás.

Eran las tres de la tarde cuando salí de aquel lugar. La luz del sol doblegó mis párpados y mi cuerpo, aunque adolorido por semejante refriega, vibraba todo de pura felicidad. En definitiva era otra, más viva, más alegre, literalmente RESURRECTA.