miércoles, 10 de julio de 2013

De peces y galletitas...



Era la fría mañana de un sábado de julio en la estación de ómnibus de Retiro. Cada semana se me hacía más difícil madrugar, luego de cinco días de intenso trabajo en la oficina, para rodar poco más de una hora y llegar a la aún más fría ciudad de La Plata, meterme en un sucucho que mal llamaban salón de clases y pasar todo el día escuchando más doctrina que conocimientos en aquel posgrado que había decidido tomar. No veía la hora de terminar ese suplicio. Por suerte, faltaban solo dos semanas para culminar –con éxito o sin él- mi primer semestre.

Lo que más me pesaba era levantarme tan temprano un sábado y tener que soportar el inclemente frío que hacía trizas mis huesitos tropicales. Cuatro capas de ropa con las que luego no podía lidiar cuando entraba al autobús o al salón de clases, debidamente calefaccionados.

Pero esa mañana sentí algo distinto en el aire, más allá de la particular acústica en las inmediaciones de la estación del tren. Es muy fácil para mí imaginar lo que fue esta ciudad en su verdadera época dorada, pero en Retiro, es aún más fácil: el reloj de la torre en la plaza, las fachadas antiguas, la calle adoquinada… casi puedo escuchar el ruido de las carretas y los caballos a través de la espesa neblina y, al fondo, los ruidos del puerto repleto de inmigrantes. Imaginaba todo eso, como cada vez que caminaba hacia el andén, pero ese sábado, además de mis desvaríos, había algo más.


Compré, como cada sábado, el boleto de ida y vuelta y me fui a la plataforma 21 a esperar el ómnibus de la Nueva Chevalier vía a La Plata, directo por la autopista. Me esperaba una hora de camino que aprovecharía para intentar leer la bibliografía recomendada la semana anterior, y que yo fui aplazando día tras día.

No me senté a esperar la llegada del bus, necesitaba caminar de un lado al otro de la estación para mantener mis músculos con algo de calor. Largos metros que recorría con rapidez una y otra vez con las manos enfundadas dentro del abrigo. Al regreso de mi segunda vuelta, levanté la mirada del piso como si un anzuelo hubiese enganchado mis párpados, halándolos hacia arriba y obligando a mis pupilas a enfocar en línea recta hacia el pescador que, desde el banco de madera, maniobraba su caña para que yo, su pez escurridizo, llegara sin problemas hasta él.

Y así fue. Casi sin voluntad, pero sin despegar la mirada de aquellos ojos grises como el agua turbia, caminé como una autómata y me senté a su lado en el banco. De inmediato extendió su brazo para mostrarme su “caña de pescar”, que en realidad no era otra cosa que un paquete tubular de galletitas dulces que gentilmente me ofreció, a lo cual –por supuesto- me negué.

-Hace frío, ¿no? , me dijo intentando iniciar algún tipo de conversación.

- Umjú , contesté, dejando muy en claro mi negativa a establecer dialogo alguno, pero cual pez fuera del agua, yo boqueaba buscando respirar y mis entrañas saltaban haciéndome tiritar de una forma incontrolable. Hacía frío, sí. Pero la reacción de mi cuerpo era desmedida. Sabía que caminar disimularía mis temblores, pero una atracción magnética me pegaba al banco de madera y al cuerpo tibio y perfumado de mi vecino pescador.

Había mucho ruido en la abarrotada terminal, pero yo sólo escuchaba sus fuertes mandíbulas triturando el amasijo harinoso y los latidos de mi corazón, que bailaba al ritmo de tambores africanos, a mayor volumen que los anuncios en los parlantes de la estación. Rezaba porque llegara pronto mi bus, y sobre todo, porque no fuera el mismo de mi vecino de banco… o ¿tal vez rogaba por justamente lo contrario?

Finalmente llegó mi ómnibus y yo salí eyectada del banco para ser la primera en entrar. Busqué un asiento entre las últimas filas, al lado de la ventana, al tiempo que empezaba a quitarme las múltiples capas de ropa y me erguía cada tanto para ver a los que iban entrando. Sin darme cuenta fui relajándome y hasta me burlé de mi misma, por la reacción tan descontrolada e inusual ante el “pescador” de miradas.

Salimos de la estación y saqué de mi bolso las fotocopias para comenzar a estudiar. Al tomar la autopista, me sobresaltó una mano que, desde atrás, se coló entre la rendija de mi asiento y el de al lado, que permanecía vacío. Una mano masculina portando un paquete tubular de galletas, y una voz que, muy cerquita, me susurraba:

-Ahora que tiene menos frío, ¿me aceptaría una galletita?

Siempre me pareció gracioso que los argentinos no le digan galletas a las galletas. No importa su tamaño, sean dulces o saladas, rellenas o simples, todas son “galletitas”, así, con el diminutivo incluso impreso en el empaque. Pero este hombre, de voz gruesa y melodiosa, hizo que me recorriera un corrientazo desde la nuca hasta el coxis cuando dijo esa palabra, lenta, arrastrada y picarona… “gaasheetitaaa”. Casi como reacción al shock eléctrico que causaron sus palabras, agarré una y le di las gracias sin voltear.

Dos minutos después, la mano volvió a aparecer y le dije “No, gracias” con un tono nervioso y titubeante. Cinco minutos después, la mano apareció de nuevo, esta vez despojada del carbohidrato empacado y se posó sin titubear sobre mi hombro. Me sobresalté. Quise evadirla pero sentí el mismo magnetismo que minutos atrás me había paralizado en el banco del andén. Pesca de arrastre, pensé. Esta vez lanzó sobre mí una red invisible y me dejó sin voluntad de movimiento. Entonces me dejé tocar, y los tambores retomaron su estruendo.

Estaba paralizada entre el miedo y el placer, y él entendió eso como el permiso para dar el siguiente paso. Su mano suave y tibia pasó a través de mis cabellos buscando mi cuello y lo acarició con ternura. Luego me masajeó el lóbulo y calcó con su dedo índice el espiral de mi oreja. Rastrilló con sus yemas mi cuero cabelludo, desordenando mi cabello y mis sensaciones.

Cerré los ojos y me dediqué solo a sentir. Ya no era una mano, sino las dos, que desde atrás me tocaban con firmeza y a la vez con una ternura implacable. Él ya no estaba sentado, sino parado en la fila trasera, aprovechando la relativa soledad de los últimos puestos. De pie su movilidad era mayor y sus brazos parecían ahora un par de bicheros rodeando mis hombros, deslizándose hasta mis pechos, primero por encima de la camisa, luego por debajo de ella.

Mis pezones durísimos y rugosos se erosionaban debajo de sus palmas ásperas de pescador experimentado. Dos corales rosa en el fondo del mar. Mis manos ahora podían moverse, pero en su dirección: alcé los brazos y tomé los suyos, fuertes y musculosos, y seguía con ellos el ritmo de aquél masaje que ablandaba rápidamente mi postura de “chica decente” y me entregaba a la energía desmesurada e incontrolable de su cuerpo desconocido, pero deseado. 

De pronto pararon las caricias. Temí que alguien nos hubiese descubierto. Pero la pausa fue para sentarse a mi lado. Me miraba con una sonrisa tan dulce como sus “gashetitas” y yo boqueaba como un pez fuera del agua, creyendo agonizar.

Su brazo se extendió y el botón de mi jean saltó de inmediato. La cremallera se deslizó sola, como si el calor que emanaba desde mi centro, hubiera derretido el metal. Sin preámbulos ni códigos, metió sus cuatro dedos por debajo de mi ropa interior, delgadísima y ya empapada, y comenzó a masajearme como un verdadero experto. En forma de cortos espasmos, mis orgasmos llegaron rápidos y encadenados, húmedos y silenciosos… lisos como el asfalto que crujía debajo de las ruedas del pesado autobús.

Su mano salió bañada de mis aguas saladas y furiosas. Yo arranqué una hoja de mis fotocopias para secarla…

Sería justo esa la hoja que contendría la respuesta a la primera pregunta que me hizo el profesor apenas entré al salón, tarde, caminado con piernas de trapo, el pelo hecho un nudo y un calor de verano que nadie más parecía notar.

Ya decía yo, que esa mañana de sábado tenía algo distinto.

3 comentarios:

nosotros dos dijo...

Tus relatos siempre dejan un "gustito" a prohibido, dulce y tropical, a pesar del frío...
besos
ella de "nosotros dos"

Anónimo dijo...

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