miércoles, 10 de julio de 2013

De peces y galletitas...



Era la fría mañana de un sábado de julio en la estación de ómnibus de Retiro. Cada semana se me hacía más difícil madrugar, luego de cinco días de intenso trabajo en la oficina, para rodar poco más de una hora y llegar a la aún más fría ciudad de La Plata, meterme en un sucucho que mal llamaban salón de clases y pasar todo el día escuchando más doctrina que conocimientos en aquel posgrado que había decidido tomar. No veía la hora de terminar ese suplicio. Por suerte, faltaban solo dos semanas para culminar –con éxito o sin él- mi primer semestre.

Lo que más me pesaba era levantarme tan temprano un sábado y tener que soportar el inclemente frío que hacía trizas mis huesitos tropicales. Cuatro capas de ropa con las que luego no podía lidiar cuando entraba al autobús o al salón de clases, debidamente calefaccionados.

Pero esa mañana sentí algo distinto en el aire, más allá de la particular acústica en las inmediaciones de la estación del tren. Es muy fácil para mí imaginar lo que fue esta ciudad en su verdadera época dorada, pero en Retiro, es aún más fácil: el reloj de la torre en la plaza, las fachadas antiguas, la calle adoquinada… casi puedo escuchar el ruido de las carretas y los caballos a través de la espesa neblina y, al fondo, los ruidos del puerto repleto de inmigrantes. Imaginaba todo eso, como cada vez que caminaba hacia el andén, pero ese sábado, además de mis desvaríos, había algo más.


Compré, como cada sábado, el boleto de ida y vuelta y me fui a la plataforma 21 a esperar el ómnibus de la Nueva Chevalier vía a La Plata, directo por la autopista. Me esperaba una hora de camino que aprovecharía para intentar leer la bibliografía recomendada la semana anterior, y que yo fui aplazando día tras día.

No me senté a esperar la llegada del bus, necesitaba caminar de un lado al otro de la estación para mantener mis músculos con algo de calor. Largos metros que recorría con rapidez una y otra vez con las manos enfundadas dentro del abrigo. Al regreso de mi segunda vuelta, levanté la mirada del piso como si un anzuelo hubiese enganchado mis párpados, halándolos hacia arriba y obligando a mis pupilas a enfocar en línea recta hacia el pescador que, desde el banco de madera, maniobraba su caña para que yo, su pez escurridizo, llegara sin problemas hasta él.

Y así fue. Casi sin voluntad, pero sin despegar la mirada de aquellos ojos grises como el agua turbia, caminé como una autómata y me senté a su lado en el banco. De inmediato extendió su brazo para mostrarme su “caña de pescar”, que en realidad no era otra cosa que un paquete tubular de galletitas dulces que gentilmente me ofreció, a lo cual –por supuesto- me negué.

-Hace frío, ¿no? , me dijo intentando iniciar algún tipo de conversación.

- Umjú , contesté, dejando muy en claro mi negativa a establecer dialogo alguno, pero cual pez fuera del agua, yo boqueaba buscando respirar y mis entrañas saltaban haciéndome tiritar de una forma incontrolable. Hacía frío, sí. Pero la reacción de mi cuerpo era desmedida. Sabía que caminar disimularía mis temblores, pero una atracción magnética me pegaba al banco de madera y al cuerpo tibio y perfumado de mi vecino pescador.

Había mucho ruido en la abarrotada terminal, pero yo sólo escuchaba sus fuertes mandíbulas triturando el amasijo harinoso y los latidos de mi corazón, que bailaba al ritmo de tambores africanos, a mayor volumen que los anuncios en los parlantes de la estación. Rezaba porque llegara pronto mi bus, y sobre todo, porque no fuera el mismo de mi vecino de banco… o ¿tal vez rogaba por justamente lo contrario?

Finalmente llegó mi ómnibus y yo salí eyectada del banco para ser la primera en entrar. Busqué un asiento entre las últimas filas, al lado de la ventana, al tiempo que empezaba a quitarme las múltiples capas de ropa y me erguía cada tanto para ver a los que iban entrando. Sin darme cuenta fui relajándome y hasta me burlé de mi misma, por la reacción tan descontrolada e inusual ante el “pescador” de miradas.

Salimos de la estación y saqué de mi bolso las fotocopias para comenzar a estudiar. Al tomar la autopista, me sobresaltó una mano que, desde atrás, se coló entre la rendija de mi asiento y el de al lado, que permanecía vacío. Una mano masculina portando un paquete tubular de galletas, y una voz que, muy cerquita, me susurraba:

-Ahora que tiene menos frío, ¿me aceptaría una galletita?

Siempre me pareció gracioso que los argentinos no le digan galletas a las galletas. No importa su tamaño, sean dulces o saladas, rellenas o simples, todas son “galletitas”, así, con el diminutivo incluso impreso en el empaque. Pero este hombre, de voz gruesa y melodiosa, hizo que me recorriera un corrientazo desde la nuca hasta el coxis cuando dijo esa palabra, lenta, arrastrada y picarona… “gaasheetitaaa”. Casi como reacción al shock eléctrico que causaron sus palabras, agarré una y le di las gracias sin voltear.

Dos minutos después, la mano volvió a aparecer y le dije “No, gracias” con un tono nervioso y titubeante. Cinco minutos después, la mano apareció de nuevo, esta vez despojada del carbohidrato empacado y se posó sin titubear sobre mi hombro. Me sobresalté. Quise evadirla pero sentí el mismo magnetismo que minutos atrás me había paralizado en el banco del andén. Pesca de arrastre, pensé. Esta vez lanzó sobre mí una red invisible y me dejó sin voluntad de movimiento. Entonces me dejé tocar, y los tambores retomaron su estruendo.

Estaba paralizada entre el miedo y el placer, y él entendió eso como el permiso para dar el siguiente paso. Su mano suave y tibia pasó a través de mis cabellos buscando mi cuello y lo acarició con ternura. Luego me masajeó el lóbulo y calcó con su dedo índice el espiral de mi oreja. Rastrilló con sus yemas mi cuero cabelludo, desordenando mi cabello y mis sensaciones.

Cerré los ojos y me dediqué solo a sentir. Ya no era una mano, sino las dos, que desde atrás me tocaban con firmeza y a la vez con una ternura implacable. Él ya no estaba sentado, sino parado en la fila trasera, aprovechando la relativa soledad de los últimos puestos. De pie su movilidad era mayor y sus brazos parecían ahora un par de bicheros rodeando mis hombros, deslizándose hasta mis pechos, primero por encima de la camisa, luego por debajo de ella.

Mis pezones durísimos y rugosos se erosionaban debajo de sus palmas ásperas de pescador experimentado. Dos corales rosa en el fondo del mar. Mis manos ahora podían moverse, pero en su dirección: alcé los brazos y tomé los suyos, fuertes y musculosos, y seguía con ellos el ritmo de aquél masaje que ablandaba rápidamente mi postura de “chica decente” y me entregaba a la energía desmesurada e incontrolable de su cuerpo desconocido, pero deseado. 

De pronto pararon las caricias. Temí que alguien nos hubiese descubierto. Pero la pausa fue para sentarse a mi lado. Me miraba con una sonrisa tan dulce como sus “gashetitas” y yo boqueaba como un pez fuera del agua, creyendo agonizar.

Su brazo se extendió y el botón de mi jean saltó de inmediato. La cremallera se deslizó sola, como si el calor que emanaba desde mi centro, hubiera derretido el metal. Sin preámbulos ni códigos, metió sus cuatro dedos por debajo de mi ropa interior, delgadísima y ya empapada, y comenzó a masajearme como un verdadero experto. En forma de cortos espasmos, mis orgasmos llegaron rápidos y encadenados, húmedos y silenciosos… lisos como el asfalto que crujía debajo de las ruedas del pesado autobús.

Su mano salió bañada de mis aguas saladas y furiosas. Yo arranqué una hoja de mis fotocopias para secarla…

Sería justo esa la hoja que contendría la respuesta a la primera pregunta que me hizo el profesor apenas entré al salón, tarde, caminado con piernas de trapo, el pelo hecho un nudo y un calor de verano que nadie más parecía notar.

Ya decía yo, que esa mañana de sábado tenía algo distinto.

lunes, 24 de junio de 2013

Maestros del placer


Dile a un pintor que pinte un paisaje, y dale para ello un pincel de un pelo y la cabeza de un alfiler.
Pídele a un escritor que escriba su obra maestra, y ofrécele sólo un centímetro de papel.
Dale a un escultor un bloque de mármol y una cuchara, o a un bailarín, una cornisa para bailar.
Algunos no podrán darte nada, otros harán un vano intento y claudicarán. Sólo unos pocos, los verdaderos artistas, pondrán conocimiento, voluntad, inspiración e ingenio, para lograr un resultado insuperable.
Ahora pídele a un hombre que te lleve al cielo únicamente con posar su lengua sobre el milimétrico y escurridizo botón de tu cuerpo.
Unos no podrán darte nada, otros harán un vano intento y claudicarán. Sólo unos pocos, los verdaderos artistas, pondrán conocimiento, voluntad, inspiración e ingenio, para lograr un resultado insuperable.


A esos “Da Vincis” del placer, a esos “Cervantes” del Cunnilingus, a esos maestros del sexo oral, dedico mi post de hoy. 
No importa cuánto tiempo pase, son imposibles de olvidar.

lunes, 13 de mayo de 2013

Perfección


La prueba de que la naturaleza (o Dios, si lo prefieren) logró su momento de perfección cuando creó a la mujer, está en el hecho de que el clítoris existe única y exclusivamente para proporcionarnos placer. Ni más ni menos.
Siempre he pensado en el clítoris como en el pene femenino que, en lugar de crecer hacia afuera, se desarrolló entre la más obscura y húmeda intimidad femenina y que, precisamente por no estar expuesto al roce y contacto constante, ha hecho que conserve intacta su total sensibilidad, siendo ésta bastante mayor que la del órgano masculino.
Mi clítoris fue mi primer amor cuando aún ni sabía darle un nombre. Siempre discreto pero siempre alerta, dispuesto a darme placer en cualquier momento y lugar. Regordete, rozagante y bonachón, sin mezquindad me ayuda a subir a zancadas los escalones del placer sexual. Atleta de altísimo rendimiento, nunca ha necesitado de mucho para llegar a la meta, entregándome con una sonrisa el trofeo de ganador.
Esta es la semana sobre la Concientización del Clítoris, y a propósito quiero compartir un video que arroja cifras que te pondrán a pensar y seguramente te colocarán en un grupo reducido de privilegiad@s.
Si eres de las mujeres que, como yo, aman, entienden, consienten y son felices con su clítoris, o si eres hombre, y tienes a tu lado a una de estas selectísimas damas, te invito a que mires el video, tomes conciencia de la gran ventaja que tenemos entre nuestras piernas, lo aprovechemos, lo disfrutemos y lo agradezcamos. Si estás en el otro grupo, míralo también y trata de hacer algo para que cada día podamos ser más las honradas por ese placer íntimo, personal y único.
Mínimamente los invito a tomar conciencia de la realidad en este tema y si quieren, a ser multiplicadores de este mensaje.

Amo mi clítoris... Yo soy PERFECTA!


domingo, 31 de marzo de 2013

"RESURRECTANDO"




Todo comenzó con un café… un inocente café al finalizar la clase de tango. No sé por qué existe esa falsa creencia de que si te invitan a un café, nada “malo” puede pasar, que siendo una cita vespertina y frente a una bebida no alcohólica, existen menos riesgos de pasar barreras. Pero yo ya venía encendida desde aquel abrazo en mitad del salón, cuando su mano fuerte rodeó mi cintura y me llevó a través de la pista como si fuera una pluma, cuando olí el perfume suave de sus cabellos y comprobé que su estatura y su complexión se habían hecho a mi medida, al menos para bailar tango.

“Un jarrito apenas cortado”, pedí al mozo que debía tener ochocientos años atendiendo en ese lugar ancestral y de arquitectura exquisita, uno de esos salones que hacen que sea muy fácil imaginar la majestuosidad que debió tener Buenos Aires en los ‘40 y ’50. Él pidió un té en hebras y comenzamos a charlar para conocernos un poco más. El café me sabía a gloria pura, pero no me daba cuenta yo que estaba endulzado por los terrones de azúcar que salían de su boca con cada sonrisa juguetona ante cualquier comentario mío. Sus ojos de oliva apenas surcados por finísimas arrugas me miraban fijamente, destilando un aceite extra virgen que iba lubricando mi deseo minuto a minuto.  

El café y el té se entibiaron en la mesa, con la misma rapidez con la que se fue calentando la conversación, se acercaban sin querer los torsos y, al menos mi sangre, parecía hervir a borbotones ante aquella proximidad. Sentía que tan sólo teníamos 5 minutos conversando, pero ya la calle estaba oscura y comenzaban a llegar los clientes para la cena. Sin preguntarme nada, pidió al mozo una botella de vino, casualmente uno de mis malbec preferidos. También sentí que la bebimos instantáneamente. Con este hombre el tiempo tenía otro ritmo, como tenía otro ritmo su cadencia en el baile, su hablar pausado, y hasta la velocidad con la que parpadeaban sus rizadas pestañas negras al mirarme.

Nunca sabré si fue la mezcla de cafeína y alcohol, o el efecto narcótico que me producía su presencia…bah, tampoco puedo culpar de todo lo que pasó a factores externos… en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí gritaba sin remilgos que quería todo de ese hombre, aunque fuera por un fugaz momento, más allá de lo que dura un tango.  Era con él con quien quería sacudirme tanta modorra, tanta rutina, tanta mojigatería que llevaba pegada a la piel desde hace mucho, pero sobre todo, desde que comenzó esta Semana Santa eterna que me había tomado por sorpresa con mucho trabajo por hacer y poco dinero para inventar. La ciudad desierta y un calor poco usual para estos albores otoñales, jugaban en mi contra y me hacían sentir cada día una pesada cruz a cuestas y una corona de espinas a la hora de intentar cumplir con mis tareas retrasadas. Usé cualquier excusa para dilatarlas el jueves y el viernes santo y ayer…sábado de Gloria, había ido a mi clase de tango con la intención de despabilarme un poco y regresar a casa a retomar lo postergado… pero no me había percatado lo que en realidad significaba eso de “Sábado de Gloria”… hasta que los primeros acordes de Canaro sonaron en la pista y este hombre me abrazó para no soltarme…...hasta hoy.

Sí….

Luego del malbec, vino la milonga. Tango tras tango nuestras ropas se humedecían y nuestros cuerpos se pegaban más y más. Los pies me dolían y estaba verdaderamente exhausta, pero no quería separarme de él… Tal vez lo intuyó, o él también quería lo mismo, pero casi adivinando mis pensamientos, pagó la cuenta, me tomó del brazo y salimos del lugar.

Comenzamos a caminar la Avenida de Mayo… ¡Dios! no sé si es más hermosa de día o de noche. La brisa fresca me daba en la cara, devolviéndome un poco la sobriedad. Caminábamos tomados de la mano y riéndonos de cualquier cosa, cuando de repente, a las pocas cuadras, su mano hizo un giro que me forzó en su dirección. Cuando tuve chance de entender algo, ya estábamos en el salón de su departamento, tirados sobre el sofá de cuero que chillaba ante cada movimiento de nuestros cuerpos húmedos y medio desnudos ya.

Había sido una noche distinta, sin duda. Pero lo mejor aún estaba por llegar. El reloj marcaba las 3 de la madrugada del domingo de Resurrección y yo sin saberlo, me preparaba para renacer. La que saldría de allí, horas más tarde, nunca más sería la misma que entró.

El ritmo acompasado y cadencioso de aquel hombre sobre la pista de baile, se convirtió en una fruición feroz en la que bocas, torsos, brazos y piernas se fundían y confundían en posiciones que yo sólo creía posibles en el Kama Sutra Ilustrado de mi biblioteca… Su barba de lija enrojecía mi cuerpo con cada beso; sus manos, que más temprano me habían sostenido ingrávida, ahora me arañaban y sus dedos curiosos buscaban recovecos que ni yo ya recordaba tener. Nada de lo que aquella noche sentí, podía catalogarse dentro de los convencionalismos. No diré que todo me sorprendió, o que lo desconociera, pero lo que sí me sorprendía y, si se quiere, me intimidaba, era la naturalidad con la que él se desenvolvía, sin preguntar, sin pedir permiso, sin siquiera detenerse en mi mirada, buscando algún gesto de aprobación o desaprobación, sin importarle si me gustaba o no semejante posesión de cada centímetro de mi cuerpo, ausente de cualquier protocolo. Pero me gustaba, me encendía, me hacía jugar su juego y entregarme; lanzarme sin el temor de que pudiera no abrirse el paracaídas.


El cuerpo me ardía, las piernas me temblaban en cualquier posición y ya no quedaba ningún centímetro de mi cuerpo que él no hubiera explorado con minuciosidad. Me sentía desfallecer, de cansancio y de placer… y creo que por una fracción de segundos morí, pues no recuerdo en qué momento pasé del sofá al suelo, boca abajo y asida como podía de los largos flecos peludos de la mullida alfombra. Sin mediar palabra, sin tantear mi disposición, lo siguiente que sentí y lo que me trajo de nuevo a la vida fue su tiesa e hirviente asta penetrándome el culo, con la misma cadencia e intencionalidad que tuvo en el salón de clases y en la milonga horas atrás, con la misma determinación y confianza de que sabía cómo guiarme hasta el final.

Ni un solo quejido salió de mi boca. Mis ojos se cerraron suavemente, volví a sentir el olor a limpio de sus cabellos y nuevamente me dejé llevar en la ahora acotada pista de mi circunferencia anal, donde él bailó como los Dioses, arrancándole viruta al piso y a mí, decenas de orgasmos en serie, o tal vez fue uno solo que no terminó jamás.

Eran las tres de la tarde cuando salí de aquel lugar. La luz del sol doblegó mis párpados y mi cuerpo, aunque adolorido por semejante refriega, vibraba todo de pura felicidad. En definitiva era otra, más viva, más alegre, literalmente RESURRECTA.



miércoles, 13 de febrero de 2013

Amor desordenado

En junio pasado les comenté en este blog, la apertura de la octava edición del concurso de relatos eróticos "Karma Sensual", del que fui ganadora en la tercera edición y jurado en la cuarta. En esta oportunidad, la consigna era "Me desordenas, amor", una alusión directa al poema erótico de la escritora cubana Carilda Oliver Labra.
Después de cinco años, me animé de nuevo a participar en este concurso que en gran medida fue el que me hizo dar el paso de crear este blog y hacer de la escritura erótica más que un hobbie, una forma de comunicación.
Para mi sorpresa, el pasado 8 de enero recibí la noticia de haber quedado, nuevamente, entre la docena de finalistas que tendremos el honor y la alegría de ser publicados en un libro que será editado por Ediciones Literarte.

A continuación les dejo el relato en cuestión, esperando les guste.



TRES EN LA GUARIDA


Mariela era una mujer de mediana edad, divorciada y emancipada. Con la madurez de sus años, gozaba a plenitud la libertad que le proporcionaban su solvencia económica y la ventaja de tener a los hijos a muchos kilómetros de distancia. Vivía en un apartamento frente al mar, al que ella denominaba “La Guarida”: un lugar donde descansar entre viajes e inspirarse para pintar sus maravillosas vistas de azul oceánico. La Guarida era casi un santuario; sólo entraban allí los miembros de una estricta, corta pero suficiente lista de amigos.
Muchos creían que estaba sola, pero en la vida de Mariela había un hombre enigmático y misterioso. Javier era su nombre, y la causa del misterio era, por supuesto, la existencia de una tercera persona; muchas apariencias que mantener y muchas monedas que pelear a la hora de un hipotético divorcio, eran las razones por las que su relación seguía siendo secreta, a pesar de los años. Se veían en La Guarida las pocas veces que el tiempo y los compromisos le permitían coincidir, por lo que sus encuentros eran escasos, pero siempre intensos y apasionados, a puerta cerrada y gargantas abiertas.
Luego de tantos años de fuego compartido, se conocían muy bien, se amaban con total libertad y respetaban sus vidas privadas, paralelas, al margen de los encuentros entre aquellas cuatro paredes en las que, aseguraban, “vivían la vida real”.
El grado de confianza y complicidad que tenían le permitía a cada uno conocer en detalle las intimidades del otro sin que existiera ningún tipo de reproche o disgusto. Solían contarse sus “novedades” en medio del más apasionado y desenfrenado acto sexual. Mariela entendía cuán parecidas -y distintas a la vez- podían ser ella y la esposa de Javier: la manera de proporcionarle placer a su hombre, las frases que gritaban en medio del orgasmo y hasta la forma y longitud de sus canales, debido a las posiciones adoptadas para sentir hasta el tope la virilidad de Javier. Por su parte, él desarrollaba una intensidad inusual en el sexo cuando Mariela le contaba su más reciente aventura. Era una mezcla de celos con deseo y el orgullo de saber que “esa” capaz de proporcionar placer a otro hombre, era totalmente suya.
Javier estaba en viaje de negocios fuera de la ciudad. Mariela no sabía a ciencia cierta cuándo regresaba, como no sabía nada a ciencia cierta de la vida de Javier fuera de las paredes de La Guarida. Estaba muy caliente, era viernes por la noche y tenía ganas de drenar su impaciencia con alguien, así que tomó su agenda telefónica y llamó a Mariano, un viejo amigo al que veía poco, pero que nunca se negaba a una noche con Mariela. Mariano era un amante admirable: preguntaba poco, acariciaba mucho y no reprochaba el abandono al que Mariela lo sometía de tanto en tanto.
Mariano llegó a La Guarida con su sonrisa de comercial de pasta dentífrica y una botella de Champagne que rápidamente descorcharon y bebieron. La segunda la libaron en la habitación, mezclada con sus propios sudores, al compás de un sexo cadencioso que dibujaba sonrisas en el rostro y en el alma de Mariela. La tercera la mezclaron al amanecer con un poco de jugo de naranja mientras preparaban algo rápido para comer y reponer energías. A medio vestir jugaban con la barra de mantequilla cuando se abrió la puerta de entrada y se dibujó la silueta de Javier y su equipaje. Había adelantado 24 horas su vuelo para poder estar todo un día con Mariela.
Mariano no tenía idea de la existencia de Javier, la expresión de su rostro era indescriptible: sorpresa, desconcierto y aceptación de lo peor. Pero lo que sucedió a continuación fue para él un verdadero “knock out”. Mariela los presentó sin pompas, se estrecharon manos y miradas sin recelo; luego Javier tomó a Mariela por la cintura y casi levantándola en vilo le plantó un beso profundo e interminable, mientras un Mariano atónito y en calzones, miraba la escena.
La pareja intercambió unas breves frases al oído que Mariano no pudo escuchar. Luego Mariela aclaró:
-          Mariano, Javier es mi amante, pero quédate tranquilo, él conoce todo de mí, me da total libertad y me acepta como soy. Es más, ahora que la casualidad nos ha reunido a los tres acá, creo que sería interesante que todos nos conociéramos un poco…mejor…, comentó sugerente, al tiempo que le extendía a Javier una copa de Champagne para ponerlo a tono.
Las horas siguientes transcurrieron con el despuntar del alba, mimosas y sonrisas. Con la sabiduría que sólo dan los años, Mariela supo engranar las dos poleas que minutos más tarde pondrían marcha a su motor sexual. Javier se sabía seguro desde su posición de macho dominante y Mariano se reconocía como un actor invitado, pero pieza clave de toda la trama.
Un quinto corcho de Champagne se estrelló contra la pared. Los señores sentados en el sofá, recibían el néctar burbujeante de la boca de Mariela. En el tercer beso líquido, se abrazó a sus cuellos, los atrajo hacia ella y se fundieron en un sorbo triple, húmedo y efervescente. Casi de inmediato la verga de Mariano se empinó hasta asomarse por la liga del calzón, pidiendo a gritos liberación. Mariela le dijo a Javier: “hasta ahora sólo eran historias, ahora puedes verme haciéndole a otro lo que más te gusta que te haga a ti”. Tomó el mástil endurecido de su amigo y lo engulló con movimientos lentos y envolventes; primero el suave y rojo capuchón, pasando sus labios y lengua por todo el tronco entreverado de venas azules y latentes, hasta que las comisuras ensalivadas chocaron con el incipiente y lacio vello testicular. Mariano hacía rato que había perdido la conciencia del espacio y la compañía, y yacía con los ojos en blanco entregado a la maravillosa sensación que le succionaba hasta las entrañas, mientras que Javier, igualmente empalado, se apresuró a despojarse de toda la ropa y se colocó muy cerca de su amante, para poder apreciar en primera fila la magistral demostración de técnica y pasión.
Sin despegarse ni un milímetro de su delicioso bocadillo, Mariela se asió a su otro mástil de proporciones inmensurables con una mano que rápidamente se lubricó con las propias emanaciones de Javier, excitado como jamás en su vida. Largos minutos estuvo Mariela demostrando su destreza oral y manual, alternando intensidades y maniobras, según viera aproximarse o alejarse el impulso de cada uno de sus invitados.
Cuando notó que aquello podía –literalmente- salírsele de las manos, los incorporó y los llevó, tomados del pene, hasta la habitación diciéndoles: “Ustedes son mi fuente de placer y yo la suya; hagamos de éste un día inolvidable”.
Las siguientes, fueron ocho horas de pasión sin frenos, interrumpida sólo por breves descansos para retomar fuerzas. El tabú y la vergüenza se escondieron en el armario a compartir sus miserias, llenando la habitación de libertad, complicidad y el más increíble e inexplorado de los placeres.