miércoles, 19 de diciembre de 2012

Encuentro de ex alumnas



La clase del 97 del Colegio de las Esclavas de María del Perpetuo Socorro decidió aprovechar los avances tecnológicos y las redes sociales para contactarse entre sí y organizar un reencuentro, como celebración de los 15 años de haber culminado el Bachillerato, para muchos, la época más feliz de cualquier ser humano.

De 45 niñas que fuimos en su momento, logramos contactar a 32 y de ésas, 25 vivían aún en la ciudad o sus alrededores. Convocamos entonces el encuentro, en un populoso y tradicional restaurante del centro donde se han servido durante décadas las mejores carnes de la capital. Un interminable salón de mesas repletas de comensales a toda hora, flanqueadas por humeantes parrilleras portátiles que desprendían el delicioso aroma de la grasa derretida sobre el carbón.

A la hora pautada el encuentro parecía estar destinado al fracaso, pero lentamente fueron llegando “las niñas” que ya no lo eran tanto, pero que seguían siendo las mismas de siempre. Sus principales características seguían intactas: la chistosa, la presumida, la tímida, la rebelde… A los diez minutos todas estábamos hablando como si teníamos 15 minutos sin vernos, y no 15 años.

Fue curioso ver cómo, casi de forma espontánea, fueron haciéndose sub grupos idénticos a los que teníamos cuando adolescentes y comprendí que nunca esa selección había sido azarosa, sino completamente natural y obediente tan sólo a la similitud de caracteres e intereses.

De esa forma terminamos en un rincón de la larga mesa las mismas chicas de antaño: Alba, Blanca, Clara, Diana y yo, Nieves. Nos autodenominamos siempre como “Las Claritas” porque paradójicamente nuestros nombres denotaban luz, aunque en realidad, nuestros nombres no nos definían muy bien, no sólo porque no éramos precisamente rubias, sino porque, por ejemplo, Alba siempre llegaba tarde a clase, Clara era la peor explicándose y yo odiaba el invierno.

Pero allí estábamos “Las Claritas” después de 15 años, riéndonos de nuestros recuerdos y actualizando los chismes. Una casada, la otra divorciada, otra madre soltera de gemelos, yo viuda prematura y Blanca, la eterna soltera. En realidad, no nos sorprendía; Blanca siempre fue muy tímida y callada, nunca le conocimos pretendiente y algunas veces, hasta llegamos a pensar que era lesbiana por su modo hosco y para nada coqueto, que compensaba con una inteligencia superlativa y un don de gente como pocos.

Los temas no se agotaban jamás. El resto de las ex compañeras fueron despidiéndose una a una y nosotras cinco seguíamos dándole a la “sin hueso”. Pasamos del café de la sobremesa al té de la tarde y al aperitivo de la cena, sintiéndonos de nuevo adolescentes.

Ya con las luces del restaurante encendidas y los meseros vistiendo las mesas para la nueva tanda de clientes, llegó el infaltable tema entre mujeres: los hombres y el sexo. No extrañó para nada que las casadas lo abordaran con desinterés y resignación, las divorciadas con resentimiento y las solteras, entre las que me incluyo, con entusiasmo y picardía.

Tópicos como el tamaño del pene, la frecuencia en el sexo, el uso de juguetitos y otras perversidades fueron tan típicos que parecíamos sacadas de una escena de “Sex and the City”. ¿Qué le vamos a hacer? ¡Así de predecibles podemos llegar a ser las mujeres entre mujeres!

Los minutos siguieron pasando; del Campari pasamos al whisky y “alguito para picar” y de un tópico libidinoso a otro aún más subido de tono.

Es un hecho, comprobado científicamente, que mientras más sexo tienes, más sexo encuentras”, dijo Clara con su ya famosa actitud circunspecta, y prosiguió la explicación: “no necesariamente tener sexo con un hombre, el sólo hecho de excitarte hace que tu cuerpo libere feromonas, y ese es el perfume más atrayente para los hombres, que en definitiva, no son otra cosa que machos en la búsqueda de una hembra en celo”, sentenció.

Tal vez sea cierto”, dijo Alba en tono desolado, “yo tengo como 10 meses que no me acerco ni por accidente a una pija y la verdad es que ni el conserje del edificio voltea a mirarme cuando lo saludo en la mañana”.

De inmediato Clara se sintió dueña de la conversación y continuó explicando sus teorías auto comprobadas: “Yo todos los viernes en la noche, luego de bañarme, en vez de perfumarme me hago una buena paja, me visto y salgo. Y debo confesar que nunca regreso sola a casa”, contó guiñándonos el ojo.
Ahora que lo pienso, creo que tienes razón, Clara”, dijo Alba entrecerrando los ojos. “Creo que a mí me ha pasado algo parecido: cuando estoy cachonda y me he masturbado o he estado con mi amante de turno, luego me llueven los hombres como si fuera un imán. Y cuando estoy sola, triste y de bajón, no se me acercan ni las moscas”.

Es así, créanme lo que les digo –concluyó Clara-. Yo lo adopté como práctica habitual y es infalible”.
No había pasado ni una hora de esta conversación, cuando el mesonero se acercó con una ronda de tragos y una nota que le entregó a Clara. La invitación venía del otro lado del salón, donde unos hombres ataviados de traje y corbata, tenían un after office muy entretenido. Cruzamos miradas y alzamos los vasos en señal de aceptación y agradecimiento. Por supuesto, sucedió lo predecible: A los 5 minutos, uno de los caballeros se acercó y luego de presentarse, arrastró una silla de la mesa contigua y se sentó ¿al lado de quién? Pues sí, al lado de Clara. En ese momento perdimos a nuestra amiga, porque no hubo más conversación que no fuera para el atractivo bussinessman.

Minutos más tarde, se acercó el segundo hombre y como un acto ensayado, hizo exactamente lo mismo que su predecesor y se sentó al lado de Alba. Diana, Nieves y yo nos mirábamos sorprendidas. Yo recordé lo que habíamos estado hablando y se me ocurrió interrumpir la entretenida conversación: “Clara, ¿te acuerdas el perfume aquel que usabas siempre antes de salir? ¿Aún lo usas?”

Por supuesto”, respondió, entendiendo el doble sentido de la pregunta. Y Alba la secundó de inmediato con un sonoro “!Yo también!”. Cómplices, todas reímos.

Tanto líquido ingerido comenzó a hinchar mi vejiga a límites incontrolables, así que me paré para ir al baño y de inmediato Blanca se ofreció a acompañarme. En ese momento realicé que el “líquido” había hecho otros estragos en mi humanidad. Blanca y yo caminamos el largo trecho que nos separaba del baño, agarradas la una de la otra para no trastabillar y hacer un papelón de borrachas en el lugar, otra vez lleno de gente y parrilleras humeantes.

El baño de damas estaba atestado. Todos los retretes ocupados y fila de féminas esperando. En la cola, apretando las rodillas para no mearme (¿por qué haremos ese gesto cuando tenemos ganas de orinar, como si el uréter estuviera en la rótula?), Blanca me preguntó:  “¿Tú crees que sea cierta esa teoría de Clara?”. Le contesté que me parecía lógica, pero que no creía que fuese tan infalible. Sin ir muy lejos, yo había estado con un hombre justo antes de llegar al restaurante, y sin embargo, allí estaba, tan sola como ella en la mesa, mientras que nuestras amigas ya tenían compañía.

La cola fue avanzando y cuando se desocupó el siguiente retrete, era tanta nuestra angurria que convinimos en entrar juntas para no esperar más. Lo que sucedió luego aún está borroso en mi mente, pero recuerdo que Blanca se bajó el pantalón y no pude evitar mirarla “allá abajo”. Creo que tampoco pude disimular mi sorpresa cuando vi, entre una vulva velluda, cómo se asomaba un pequeño pene, del tamaño de mi dedo anular. Blanca, sentada en el retrete, se abría los labios con ambas manos y me mostraba su secreto mejor guardado. Ahora entendía tantas cosas! Su hosquedad, su timidez, su masculinidad. ¡Blanca era HERMAFRODITA!

Las ganas de orinar desaparecieron en el acto. Supongo que todo se evaporó en el sudor que me invadió dentro de aquél minúsculo espacio en el que me encontraba con mi amiga de la infancia y con una total desconocida al mismo tiempo.

Blanca no dejaba de acariciar su pitito y mirarme, y yo no podía despegar la vista de aquello que se me antojaba extraño, pero hermoso y terriblemente provocador. Estaba paralizada, no sabía qué hacer, ni qué tanto esa ida conjunta al baño había sido producto de la casualidad. Entendí que no cuando Blanca tomó mi mano y la acercó para que yo la relevara en la tarea de masturbarla.

A dos dedos trémulos le siguieron los otros tres, y más atrás mis labios y mi lengua curiosa. Lo de Blanca bien podía ser un pene pequeño o un clítoris híper desarrollado, unos labios prominentes o unos discretos testículos. No sabía y no me atrevía a preguntar. Yo sólo exploraba y saboreaba sus jugos. Metía mis dedos en su vagina, suave, mullida y húmeda y chupaba con vehemencia ese apéndice erecto y tibio. ¡Era tener lo mejor de ambos mundos latiendo en un solo cuerpo!

Mi orgasmo fue brutal. Con la mente más que con el cuerpo. Con lo que hacía más que con lo que me hicieron, que por la incómoda posición, no alcanzó a más que unos besos y una buena fricción de tetas. Yo terminé con la barbilla chorreando y mis labios chasqueando sobre su vulva como la carne en las brasas, allá afuera.

Luego de limpiarnos, orinar (finalmente) y reencontrar la compostura, salimos del retrete. Lavado de manos y boca y salir con ese ademán de que “Aquí no ha pasado nada”, que lo que dice a gritos es “aquí pasó de todo”. Yo caminaba con excesiva rapidez y demasiado erguida. Blanca me seguía de cerca. A mitad de camino me tomó la mano y me susurró al oído: “¿Viste?, después de todo, creo que la teoría de Clara sí era cierta”.