martes, 29 de mayo de 2012

Nubes de domingo

La tarde del domingo, encapotada, espesa y gris, sólo invitaba a permanecer debajo del edredón de plumas, con las piernas entrelazadas, viendo alguna película zonza o desmenuzando el diario.

Yo hacía lo primero, él lo segundo, hasta que un movimiento disfrazado de involuntario, me dejó con la palma de mi mano izquierda posada sobre su miembro inerte y gelatinoso, que invitaba a jugar con él, como con un pequeño bloque de arcilla suave para moldear.

Mi mano se convirtió en experta escultora, y en pocos segundos estaba listo mi capolavoro: un falo romo, gordo y tibio, que fraguaba de inmediato bajo mis dedos.

Mi fijación oral, producida tal vez por haber tomado leche en biberón, por mucho más tiempo del considerado prudente, me llevó automáticamente a medir, a palpar, a admirar con mi cavidad bucal, mi reciente creación escultórica. Perfecta. ¡Toda una obra de arte! Su circunferencial contundencia casi cuarteaba la comisura de mis labios y mi afán de devorar hacía que la esponjosa punta tocara intermitentemente mi campanilla, haciéndola “sonar” emitiendo ecos guturales y rítmicos con cada engullida.

"Sólo quiero jugar", le dije, como anticipándole que no quería que me penetrara por tercera, cuarta vez en lo que iba de mañana. "Yo también", me respondió el, agregando: "súbete acá, yo también quiero jugar"

Las cortinas, totalmente descorridas, dejaban pasar la poca luz de ese mediodía cubierto de nubes bajas y oscuras. Una fina llovizna esmerilaba la ventana. Por un momento pensé parar mi degustación para darle a la escena mayor privacidad, pero después, la remota posibilidad de que algún vecino pudiera vernos en un perfecto "69" me excitó aún más. Tal vez podríamos hacer nuestra labor humanitaria del fin de semana, alegrándole el domingo a alguien más, así que me subí sin demoras sobre mi semental, abriendo bien los muslos para encajar mi pelvis entre su boca y su nariz. 

Comenzamos, como siempre, con besos suaves y lamidas casi tiernas que, más que humedecernos, lo que hicieron fue llenarnos la boca de nuestro jugos, tan conocidos y deliciosos, tan dulces y amargos, tan sedosos y punzantes a la vez.

De pronto, un movimiento inédito me sorprendió: su larga y puntiaguda lengua, esa misma que hace estragos en mi boca, mi paladar y mi garganta con cada beso, hizo un giro extraño, ayudada por labios y dientes. No sabía si era agradable o no; sólo sabía que había sido muy intenso. Soltó y continuó con besos ingenuos sobre mis labios, pero justo cuando empezaba a acostumbrarme a esa cómoda y conocida sensación, arremetió de nuevo. No mordía, pero hincaba; no chupaba, pero fruncía. Ese giro infrecuente producía sobre mi clítoris olas de placer que me hacían tensar las piernas e intentar alejarme de aquel corrientazo. Pero él lo detenía en el momento justo y comenzaba entonces a soplar delicadamente aire tibio dentro de mi vagina, o a acariciarme el culo con sus suaves dedos.

Así jugó conmigo por minutos que me parecieron horas… largas horas de un placer extremo, primitivo y demencial. Yo olvidé mi parte del juego, era imposible pensar en otra cosa que no fuera intentar asimilar esa sensación tan rara, demasiado fuerte para soportarla y al mismo tiempo, demasiado nueva y aguda como para perdérmela. Era como tocar una herida abierta con la yema de un dedo; como si en ese pequeño mordisco en el que lograba desnudar mi semilla y exprimir sus taninos, llegara de un envión a morder el mismísimo centro de mi alma.

Nunca antes me había sentido tan expuesta y dominada por mis propias sensaciones. Nunca más volveré a ser tan suya como en ese glorioso instante en el que mi mente se nubló, al tiempo que el cielo porteño se despejaba.