domingo, 18 de septiembre de 2011

El Mañanero



Durante varios años, en una época no muy remota, tuve un café en donde los desayunos se hicieron muy populares. En la carta -original y diseñada por los propios socios- había un sándwich al que decidimos llamar “El Mañanero”, porque traía todo lo que usualmente se desayuna en mi país, pero dentro de dos rebanadas de pan: jamón, queso a la plancha, tocineta (bacon, panceta) crujiente y un huevo frito.

Nada más delicioso y nutritivo que comenzar el día con un desayuno completo, compacto y sencillo. Nada más estimulante y disparador de endorfinas para el resto del día, que comenzarlo con una sesión de sexo suave, tibio y sin pretensiones. Por eso ahora, en retrospectiva, pienso que el nombre que le dimos a aquel sándwich no pudo ser más acertado.

Por mucho tiempo pensé que eso de tener sexo al despertar era un fastidio total. Claro, cuando te lo imaginas un día de semana, donde tienes que pararte temprano para ir al trabajo, dejar a los niños en la escuela, preparar desayunos, etc.; cuando ese acto entre sábanas arrugadas se convierte en minutos preciosos que estás dejando de usar en dormir “cinco minutitos más”, arreglarte mejor el cabello o disfrutar con más calma el café, ese mañanero lógicamente pasa a ser lo que los gringos llaman “a pain in the ass”, literalmente.

Pero algo muy distinto es tener ese sándwich caliente, con diversidad de texturas en su interior, como el preludio de un domingo en el que no tienes hora para levantarte, donde despiertas justo cuando tus ojos se abren porque ya no quieren estar más tiempo cerrados y volteas hacia el otro lado de la cama y encuentras el cuerpo tibio y rotundo de un hombre –sobre todo cuando no es lo usual, cuando no lo nombras como “el monigote que ronca a mi lado de lunes a lunes”- y tus primeros movimientos hacen que él despierte también y abra un brazo para atraerte hacia su cuerpo y entrelaza sus piernas con las tuyas. Es allí cuando empieza a cocinarse el mejor Mañanero de todos los tiempos.

Las tiras de cerdo comienzan a crujir en las brasas, la clara de huevo hace burbujas en la sartén, el queso se derrite en la plancha y el pan se tuesta al punto exacto. El café comienza a regalar su aroma desde el fuego bajo y las naranjas recién exprimidas le agregan al todo un toque de frescura imprescindible…

Aún medio dormidos, los cuerpos se reconocen entre mechones de cabello desordenados; los labios se encuentran y las lenguas se funden aliviando la sequedad de tantas horas pegadas al paladar. Allí, en ese momento,  no importa nada. Ya no preocupa no estar maquillada o incluso que los restos de mascara circunden tenebrosamente los ojos; no importa que los dientes no estén debidamente cepillados, ni que la barba raspe. En ese momento lo único que se siente es el calor debajo de las sábanas, el rayito de tenue luz filtrándose por la persiana y esa mano que busca la tuya hasta encontrarla y llevarla en un largo paseo hasta el centro de aquel cuerpo que minutos antes reposaba en total relax. Una exploración a ciegas, para encontrar lo que ya conocemos, pero que nunca deja de sorprendernos: un mástil que se repotenció durante la noche y que en la mañana se te ofrece en todo su esplendor; una cueva húmeda y febril que se abre como flor con el más leve toque de dedos ajenos.

Irremediablemente, alguien cabalga al otro, o lo embiste de lado cual experto torero y así, sin aspavientos, sin acrobacias ni deslumbramientos, comienza a prepararse el más delicioso desayuno en donde partes del cuerpo crujen, mientras otras se esponjan, donde el aroma a sexo comienza a desperezarse entre las sábanas y el hambre de dar y recibir placer se cocina a fuego lento.

Las sensaciones a esa hora del día y bajo esas circunstancias, son distintas. Más vívidas; podría decirse que más emotivas y menos estereotipadas, pero terriblemente eróticas! Tal vez sea porque la mente aún no despierta del todo y no está “en guardia” para hacer su despliegue de histrionismo. No es momento para posturas o clichés, ni para plantearse el desafío de “quedar bien”. Es el momento para sentir; así de simple. Sin guiones, sin posturas ensayadas, sin el glamour de la lencería fina ni artificios de peliculita porno.

Por ello para mí, un buen Mañanero es definitorio, y no sólo visto bajo la lupa cortoplacista de “pasar bien el día”, sino mucho más allá. El Mañanero te quita la careta, te expone tal y como eres, te enfrenta al otro en tu peor facha: hinchada, despeinada y con mal aliento. Si aún así, eres capaz de excitar y excitarte por el que está frente a ti en iguales condiciones, entonces se ha dado un gran paso. Se ha degustado el mejor sándwich de la historia. Ese, que con ingredientes comunes, sin grandes pretensiones, pero con la cocción justa y la sazón perfecta, te lleva indefectiblemente a creer que has llegado a las puertas del cielo.

Feliz domingo y buen provecho…


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tsunami



Como en las películas de acción y suspenso, de repente todo ruido externo desapareció, tal  y como sucede cuando se nos tapan los oídos o nos lanzamos a una piscina. El mundo se detuvo por un segundo, y solo sentía mi respiración y el latido de mi corazón que aceleraba su ritmo y rebotaba en mis sienes…
Como en los terremotos, una inusual  calma anunció lo que vendría después.

Como un tsunami, las aguas se retiraron por completo, dejando al descubierto  las más vastas depresiones, superficies jamás exploradas, desiertos bajo el mar. En silencio se fue, lejos, desnudando lo más profundo, aniquilando todo antiguo habitante, exponiendo sin pudor mi geografía más salvaje.

El centro de la tierra rugió; sonidos guturales agitaron mi garganta, lenguas de fuego me recorrieron de arriba abajo, de adentro hacia afuera. Mi cuerpo ardía. Y en el justo momento en que creía morir, todo aquello que se había ido volvió con una fuerza inusitada.

Una ola gigantesca se gestó en el centro de nuestros cuerpos. Lisa, esbelta y encopetada de espuma, la vimos venir desde lontananza y nos montamos en ella. Con ojos muy abiertos y manos entrelazadas, entramos en el inmenso túnel azul profundo a una velocidad de vértigo. Surfeamos, danzamos, cabalgamos, volamos y, finalmente, llegando a la orilla, nos fundimos con esa acuosidad invasora, enérgica, convirtiéndonos en salobre líquido que bebimos mutuamente, empapándolo todo, anegándonos de placer compartido, arrasando todo a nuestro paso.

Yazgo sin fuerzas a la orilla de mi cama. Tiemblo por el cansancio y por los últimos corrientazos del placer. Sonrío sin importarme el estropicio y miro sobre mi hombro, a la espera de la próxima ola.