miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tsunami



Como en las películas de acción y suspenso, de repente todo ruido externo desapareció, tal  y como sucede cuando se nos tapan los oídos o nos lanzamos a una piscina. El mundo se detuvo por un segundo, y solo sentía mi respiración y el latido de mi corazón que aceleraba su ritmo y rebotaba en mis sienes…
Como en los terremotos, una inusual  calma anunció lo que vendría después.

Como un tsunami, las aguas se retiraron por completo, dejando al descubierto  las más vastas depresiones, superficies jamás exploradas, desiertos bajo el mar. En silencio se fue, lejos, desnudando lo más profundo, aniquilando todo antiguo habitante, exponiendo sin pudor mi geografía más salvaje.

El centro de la tierra rugió; sonidos guturales agitaron mi garganta, lenguas de fuego me recorrieron de arriba abajo, de adentro hacia afuera. Mi cuerpo ardía. Y en el justo momento en que creía morir, todo aquello que se había ido volvió con una fuerza inusitada.

Una ola gigantesca se gestó en el centro de nuestros cuerpos. Lisa, esbelta y encopetada de espuma, la vimos venir desde lontananza y nos montamos en ella. Con ojos muy abiertos y manos entrelazadas, entramos en el inmenso túnel azul profundo a una velocidad de vértigo. Surfeamos, danzamos, cabalgamos, volamos y, finalmente, llegando a la orilla, nos fundimos con esa acuosidad invasora, enérgica, convirtiéndonos en salobre líquido que bebimos mutuamente, empapándolo todo, anegándonos de placer compartido, arrasando todo a nuestro paso.

Yazgo sin fuerzas a la orilla de mi cama. Tiemblo por el cansancio y por los últimos corrientazos del placer. Sonrío sin importarme el estropicio y miro sobre mi hombro, a la espera de la próxima ola.

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