viernes, 26 de agosto de 2011

Irónico destino



De pequeño siempre iba a misa, estudiaba en colegio de curas y la inercia lo había llevado a creer fielmente en una Iglesia bastante dura y castradora.
Creció y, por ley natural, fue alejándose de la doctrina eclesiástica, hasta que un período de fuertes conflictos en lo económico, laboral y hasta en lo sentimental, lo hicieron sentir que se derrumbaba y se refugió de nuevo en la fe católica para restablecer sus resquebrajados cimientos y conseguir fuerzas para luchar y seguir.
Pero en el fondo, su verdadera personalidad chocaba con ese “deber ser” impuesto por monjes de fachada célibe y pensamientos más pecaminosos que los de cualquier mortal, pero con licencia enviada desde El Vaticano para poder condenar –y paradójicamente- perdonar cualquier desvío de alguna de las ovejas de su redil.
Era culpable de ser un hombre apasionado, amante del placer carnal, libidinoso y mujeriego, aunque fuera solo con el pensamiento.
Cuando me conoció, atravesaba justo ese momento de fe exacerbada. Portaba un crucifijo en el pecho e iba a misa cada domingo, pero sentados en alguna terraza de verano, revolvía su café con esa sonrisa sardónica que murmuraba entre dientes piropos subidos de tono.
Era un hombre casado, con hijos. Una hermosa familia. Mi últimísima intención era destruirla. Pero ¡DIOS! Cómo deseaba ese cuerpo moreno y magro, cómo soñaba con arrastrar mis uñas por aquellos cabellos apretados, cortísimos y exageradamente canosos para la edad que portaban. Cómo me hipnotizaban esos labios carnosos y oscuros que escondían unos dientes otrora perfectos y hoy manchados de por vida por el café y la nicotina. Contemplaba sus manos largas de uñas perfectas, y las imaginaba recorriendo mi cuerpo, enjugando el imperceptible manto de sudor que me plagaba con solo sentirlo cerca. Me veía, en un acto de locura, arrancando aquel crucifijo inquisidor que se balanceaba cual trapecista en su lampiño pecho y lanzándolo a un lugar lejano donde sus brazos tan abiertos no pudieran atrapar a esta pecadora impenitente.
Jamás sucedía nada de esto. Y sabía que era mejor así. Pero nuestras ganas eran evidentes. La corriente que producía la cercanía de nuestros cuerpos era casi visible; el deseo podía tocarse en el ambiente que nos circundaba cada vez que nos cruzábamos en algún lugar de mi diminuto pueblo.
Conversábamos, reíamos. Pretendíamos conocernos de muchos años, pero en realidad poco sabíamos el uno del otro. Con nuestra usual picardía bromeábamos y nos invitábamos a descubrir juntos nuestros estratégicos tatuajes y contarnos sus historias; él me explicaba lo sabroso que era dormir “empiernao”, “enmuslao” en los crudos inviernos y yo solo podía reír nerviosa. No podía evitar imaginarlo en mi cama un domingo tempranito, y sentirlo pegado a mi cuerpo, con sus piernas entrelazadas con las mías, mientras sentía lentamente un tercer invitado pidiendo espacio en esa tibia y húmeda fiesta bajo las frazadas, al tiempo que yo, con mi hospitalidad de siempre, le daba abrigo y protección.
Nuestras vidas y caminos, así como nuestros planes y demandas eran diametralmente opuestos; sin embargo el destino nos juntaba cada tanto en alguna esquina para prodigarnos miradas cómplices, tocaditas “inocentes” y largos abrazos de despedida. Uno que otro domingo, recibía un bisilábico mensaje de texto dándome “La Paz”… ¿Por qué me pensaba cuando estaba en misa? ¿Era acaso una forma de compartir su pecado o más bien de desafiar aquello que consideraba prohibido? No lo sé. Lo único que sé es que su Paz me intranquilizaba y en esas cinco letras, en apariencia tan inofensivas, yo intentaba reconstruir frases tácitas.
Al cabo de muchos años llegó la hora de abandonar mi pueblo, dejando atrás un mundo que se había quedado demasiado quieto para mí. Enterré recuerdos, borré números telefónicos, no me despedí de casi nadie. Pero el destino me hizo una irónica mueca. Ayer volvimos a tropezarnos en la telaraña de callejones que conforma ahora mi nueva ciudad. Parecía que el tiempo no había pasado ni por él ni por lo que su presencia produce en mi humanidad. Unos anteojos más modernos y el cabello aún más nevado son los únicos cambios de su imagen. Por mi parte, sigo sintiendo el mismo corrientazo que, lejos de expelerme, me acerca a él de forma irremediable, que me hace abrazarlo apretado, hundir mi nariz en su cuello y respirar esa mezcla de sudor, cal y las trazas casi imperceptibles del perfume puesto temprano en la mañana.







Nada ha cambiado en su vida: ni la mujer, ni el trabajo, ni el crucifijo en su pecho. Y en la mía ha cambiado todo. Todo, menos el deseo inmenso de amanecer abrazada a él…

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