domingo, 24 de julio de 2011

Respira profundo y Relájate




Parte 1: La visita al ginecólogo

Ella era bastante descuidada con su salud. Tenía por lo menos cinco años que no iba al odontólogo y jamás había asistido a un chequeo ginecológico. Por suerte, nunca lo había necesitado por dolencias extrañas, pero últimamente estaba sintiendo algunas molestias y su madre no dejó de atormentarla hasta que decidió tomar el teléfono y pedir el turno con la Dra. Pieretti, la ginecóloga de su amiga y vecina Montse, quien se la recomendó a ojos cerrados.


Ximena no sabía muy bien con qué se encontraría en la consulta, ni qué tendría que hacer o decir. Supuso que la auscultarían como cuando estaba pequeña y su madre la llevaba al pediatra; le escucharían los pulmones y le verían la garganta con un bajalengua. “Tú solo relájate”, le dijo Montse. “Si te relajas y respiras profundo no sentirás nada incómodo, además es muy rápido y la Dra. Pieretti es un amor”, concluyó.


En su juventud más temprana llegó a tener un novio, que luego la abandonó por su mejor amiga. Nunca más tuvo suerte con los hombres, a pesar de su natural belleza, marcada por su blanquísima piel y su cabellera negra y brillante. Debajo de sus ropas anchas y un tanto pasadas de moda, podían advertirse un par de pechos de exacto tamaño como para tomarlos completos con las manos, redondos, suaves y firmes al tacto, seguramente muy blancos y de pezones desteñidos. Socialmente, siempre fue una chica simpática y encantadora. Pero no se sabe si por mala fortuna o por un inconsciente rechazo, todo hombre que se le acercaba, al poco tiempo salía expelido como corcho de Champagne, y nunca más se le volvía a ver por sus predios.


Xime ya no era una joven estudiante, tampoco una joven mujer. Entraba dignamente en su madurez, pero en medio de una soledad que solo alivianaba la presencia de su madre y de su perra, y las caricias que furtivamente y con algo de culpa, se propiciaba en la oscuridad de la noche, entre sus sábanas ausentes de placer.


Ella no sabía a ciencia cierta lo que hacía, ni que aquella práctica esporádica pero infaltable, tenía un nombre puesto en los libros y conocido por todos, menos por ella. Creía simplemente que así como recordaba que a su padre le gustaba acariciarse el bigote como un acto hipnótico, a ella le gustaba acariciar el suave vello de su pubis hasta encontrar casi por accidente su abultado y sobresaliente clítoris, entre la tibia selva arremolinada. Llegada allí, lo enmarcaba entre su dedo índice y medio que a modo de tijera, lo intentaba “cortar”, presionándolo suavemente, haciéndolo más visible, inflándolo, llenándolo de sangre y de placer.


Más avanzado el acto, cuando sin saber muy bien por qué, su respiración se agitaba y todo su cuerpo empezaba a cubrirse de diminutas gotas de sudor, entonces sentía la imperiosa necesidad de darle pequeñas y repetidas palmaditas a ese trocito de carne que asomaba rojo y brillante, aplastarlo, frotarlo enérgicamente, mientras sus piernas se tensaban y su cuerpo todo se contorneaba sin control.



Luego, con su pijama empapada y su cabello desordenado, se sentaba largamente en el retrete a esperar que las intensas ganas de orinar pudieran materializarse en un potente chorro; se refrescaba con agua del grifo y se acostaba, sumergiéndose de inmediato en un profundo y reparador sueño. Eso, solo eso, era lo que Ximena hacía; mucho menos era lo que sabía con precisión sobre el sexo y sobre la bomba de tiempo que, entre sus piernas, había estado haciendo tic tac durante décadas.


Llegó el día de la consulta y le hicieron pasar a un diminuto toilllete:


-Orine. Quítese toda la ropa, póngase esta bata, salga por esa puertita y se acuesta en la camilla, le indicó la enfermera sin mucho tacto. - La doctora viene enseguida, sentenció.


-¿Toda la ropa?, preguntó Xime con los ojos muy abiertos. –¿La panty también?


La enfermera sonrió como si fuera un chiste y le dijo, “sí claro, la panty también”. Le guiñó el ojo y salió de la habitación.


Ximena se quitó cada pieza de su vestuario y la dobló con infinita paciencia, colocándola una sobre la otra en un minúsculo estante. Se colocó la bata de papel, buscando sin éxito algún botón para cerrarla. Se la cruzó con las manos y caminó hasta la camilla, la cual notó muy corta y estrecha; si se acostaba las piernas le colgaban, si se subía y acomodaba las piernas, tenía que sentarse. Optó por la segunda opción y esperó incómoda la llegada de la doctora.



Una serie de preguntas de muy corta respuesta antecedieron al examen. La historia médica de Ximena se limitaba a responder a qué edad tuvo su primera menstruación y cómo habían sido sus reglas a lo largo del tiempo. No hijos, no partos, no abortos, no cirugías de ningún tipo, no antecedentes clínicos, no alergias. No relaciones tampoco, aunque esto no lo preguntó Pieretti y por supuesto, tampoco lo dijo la paciente.


Finalmente, llegó la hora del examen; varios minutos tomó que Ximena se acomodara de manera apropiada en aquella camilla, que más parecía una silla de montar con unos estribos dispuestos de manera muy extraña, que la dejaban expuesta y un tanto avergonzada. Ella insistía en juntar sus rodillas, intentando sin éxito tapar sus genitales, pero la doctora insistía en despegarlas, diciéndole que se relajara, que se pusiera flojita, que si quería cerrara los ojos y respirara profundo.


Allí recordó Ximena las recomendaciones de su amiga: “relájate y respira profundo”, y así lo hizo. Pensó en su jardín de niña, en las violetas que arrancaba y acariciaba con sus mejillas, en el olor a chocolate caliente en las tardes de invierno, mientras la doctora preparaba con profusión de gel acuoso el instrumento fálico del ecógrafo. Respiró profundo la paciente, esperando sentir el disco helado del estetoscopio en su pecho, pero lo que sintió fue algo frío, húmedo y punzante entre sus piernas.


Las primeras décimas de segundo fueron de susto, sorpresa y dolor. Un gritito ahogado y un pequeño brinco sobre la camilla, así como una casi imperceptible resistencia del instrumento para entrar en la cavidad vaginal, pusieron en alerta a la Dra. Pieretti. “¿Será posible que esta mujer sea virgen?”, pensó y de inmediato repitió el mantra a su paciente: “Tranquila, relájate, respira profundo, ya vamos a terminar”.


Con la siguiente inhalación de Ximena el instrumento entró por completo en su cuello uterino, y lo que antes había sido un breve grito comenzó a tornarse en murmullos agónicos de placer y respiraciones desacompasadas. La doctora observaba detenidamente los surcos grises que dibujaban las ondas en el monitor, pero los extraños sonidos que emitía su paciente, hicieron que volteara por un momento a mirar su rostro, que claramente reflejaba un placer inédito e inusitado. Ximena estaba gozando, lo decía su cara, sus labios mordidos, sus ojos en blanco, sus manos arrugando la sabana de papel y sobre todo, lo decía la agitación que se veía en la pantalla, donde ese pasillo oscuro que era la cavidad genital de Ximena, parecía iluminarse con aquel instrumento largo y romo, y abrazarlo como quien recibe a un huésped sorpresivo pero esperado durante toda la vida.


Entendió Pieretti que su paciente no conocía de estas sensaciones, que no había tenido nunca antes algo semejante dentro de ella. Agradeció ser ella, con su experiencia médica y su tendencia lésbica, la que hubiera hecho el hallazgo y decidió ayudar en silencio, como buena médica y mejor mujer, a su necesitada paciente. Rápidamente revisó que el endometrio y los ovarios estuvieran sanos y normales y luego se dedicó a proporcionarle a su paciente el primero de sus orgasmos.


- Eso es, así vas muy bien, le dijo y continuó indicándole con palabras lentas y voz muy suave: Sigue respirando profundo y relájate, que ya vamos a terminar. Vas muy bien…buena chica… bueeenaaa chica.


Pieretti comenzó a trabajar el ecógrafo como nunca antes lo había hecho con paciente alguna. Ya no era un instrumento de exploración médica, sino un consolador que metía y sacaba con cierta suavidad, empujando el mango del mismo hacia abajo, de manera que la punta, como la linterna del casco de un minero, apuntara al techo de la recién explorada galería, descubriera y despertara la más preciada gema de aquella cavidad: su punto G. Para facilitar aún más las cosas, la doctora utilizaba su mano libre para acariciar los senos de Ximena, apretar sus botones rosa, y luego bajar hasta su vientre y aplastarlo hasta casi sentir en la palma de su mano, la punta redondeada del improvisado dildo.


El ritmo de penetración se aceleraba al mismo tiempo que los jadeos de Ximena, quien resoplaba y emitía una especie de silbido acompasado con el mete-saca en el que se había convertido el “examen ginecológico”, hasta que Pieretti sintió los espasmos de un orgasmo que casi propulsaron por sí solos el aparato fuera del cuerpo de su paciente, junto a intermitentes chorros de un líquido transparente e inodoro que empaparon la sábana de papel.


La ginecóloga terminó su labor sanadora, tomando algunas servilletas para secar las partes de su paciente, que recién abría los ojos y le decía a la doctora: “tengo la cara dormida y la boca seca, tampoco siento las manos… ¿estoy muy mal, doctora? Pieretti sonrió con ternura y le dijo:


- Por el contrario, estás muy bien. Simplemente acabas de tener tu primer orgasmo.


Ximena la miró con ojos de confusión e incredulidad. Pieretti sonrió de nuevo, le dio una palmadita juguetona en uno de sus muslos desnudos y húmedos y le dijo: "Vístete, te espero en la sala de al lado para conversar".


(Continuará)


Nota de la escritora: Por primera vez mi relato se engalana con fotografías originales (1 y 2), realizadas especialmente para este blog por mi amigo y talentoso fotógrafo José González "aka" Venezolion, a quien agradezco infinitamente su colaboración. Los invito a conocer más de su extraordinario portfolio en www.venezolion.tumblr.com

2 comentarios:

BravaTravels dijo...

Excelente articulo y las fotos son perfectas :d cuanto talento siga usando ese fotografo que le da vida a sus articulos :D gracias

dharmageisha dijo...

Me encanto.. un relato dulce y nostalgico. fotos muy buenas mucho talento unido, Felicitaciones