domingo, 31 de julio de 2011

Respira profundo y Relájate (Parte 2 y 3)




Después de la consulta


Antes de vestirse, Ximena pasó al baño. Orinó profusamente, se refrescó la cara, justo como lo hacía en las esporádicas noches en las que jugaba con su clítoris y, mientras veía en el espejo su rostro enrojecido por el placer, comenzó a entender lo que la doctora había querido decir con eso de “su primer orgasmo”. Aquello que sentía en su cama era apenas el preámbulo, la antesala de este placer mayor que había sentido nada más y nada menos, que en la camilla ginecológica, bajo la conducción de las expertas manos de su doctora. Al principio sintió mucha vergüenza, pero de inmediato la invadió una sensación de extrema felicidad. Sonrió, se acomodó los desordenados mechones de pelo sobre la frente, se vistió y pasó a la oficina de Pieretti, quien la esperaba llenando los evidentes datos faltantes en su historia médica.

- Hubo algo que olvidé preguntarte al principio, le dijo Pieretti a su paciente. ¿Alguna vez has tenido relaciones sexuales?


Ximena bajó la mirada, avergonzada, y apenas hizo un leve gesto de negación con la cabeza.


- Lo que sientes no es nada grave, prosiguió la doctora. Clínicamente estás perfecta. Pero tu cuerpo pide a gritos tener sexo, disfrutar orgasmos. Eres un volcán dando sus primeros avisos de erupción, y ante eso no hay nada que hacer, sino dejar salir toda esa lava contenida. Sólo así lograrás sentirte mejor.


- Pero…. Es que yo no tengo marido doctora, ni siquiera novio formal, argumentó Ximena.


- Para curarte no necesitas ni lo uno ni lo otro, le respondió la galena con una sonrisa compasiva. Simplemente necesitas un hombre, o varios… o una mujer… incluso podrías ser tú misma, aprendiendo algunas técnicas que veo desconoces. Pero la mejor cura, la más rápida y satisfactoria la tendrías, de seguro, con alguien más que, como yo hace unos minutos, te ayude a descargar esa energía que tienes reprimida dentro del cuerpo y que ya no te hace bien guardar.


Ximena miraba a su doctora con la atención de un niño a su maestra. No se perdía ningún detalle, pero al mismo tiempo no le parecía sencilla la cristalización de sus instrucciones. Ante el gesto de confusión de Ximena, Pieretti continuó su discurso, tomándola de la mano:


- Mira, no es tan complicado como parece. Eres una mujer joven y hermosa. No necesitas tener un novio formal ni mucho menos un marido para satisfacer el deseo de tu cuerpo. Simplemente tienes que soltarte, relajarte, así como lo acabas de hacer conmigo, relajar no sólo el cuerpo, sino también la mente, para que puedas conocer hombres que te ayuden, como te he ayudado yo.


La conversación se prolongó por más de dos horas, en la que la ginecóloga se convirtió en una suerte de sicóloga, que intentó derrumbar uno a uno los muros que Ximena y su estricta educación religiosa le habían construido en la mente y la actitud. No era fácil para ella aceptar estos nuevos preceptos, pero se había sentido tan bien, tan liberada y tan feliz en aquella extraña camilla, que quería con toda sus ganas poder absorber las enseñanzas de su terapeuta, conseguir un hombre y lograr entregarle sus preciados y cohibidos orgasmos.


Cuando Pieretti creyó que era suficiente sermón y notó a Ximena bastante decidida, la acompañó hasta la puerta y la despidió con un suave beso en la boca. “Eso estuvo de más”, pensó la doctora, pero tantas horas hablando de desinhibición, también le habían hecho mella.


El tratamiento


Ximena no pudo pegar un ojo aquella noche, recordando lo sentido en el consultorio, las palabras de su doctora, incluso, aquel beso de despedida, suave y húmedo, tierno y pasional a la vez. Se tocó con sus manos de tijera, como siempre, y obtuvo los resultados de siempre. Pero ya no era lo mismo. Ahora sabía que existía otro tipo de sensación, otro nivel de placer que no lograba conseguir con su práctica y entonces pensó, que las mismas actitudes conseguirían siempre los mismos resultados. Era urgente tomar acciones, cambiar rutinas y derribar esquemas mentales si quería tener de nuevo un minero con casco y linterna iluminando el techo de su caverna de sal.


A la mañana siguiente, como todos los días, desayunó y salió a pasear a su perra. “Ya estoy cayendo en la misma rutina”, pensó, pero de inmediato se contestó a sí misma que si Canela no salía, se orinaría dentro de la casa. Era imposible cambiar esa rutina, pero sí era posible cambiar la ruta. En vez de llevarla a la plazoleta de la esquina, decidió andar unas cuadras más y llegar hasta la caminería que bordea el río, donde todos los ejecutivos, estudiantes, modelos y amas de casa, van a ejercitarse cada mañana.


Intentó correr un poco con Canela, pero ninguna de las dos estaba en forma y, a los pocos metros, ambas jadeaban sudorosas, así que prefirió sentarse en uno de los bancos alineados a lo largo del sendero. Poco a poco fue recuperando el aliento, al tiempo que observaba el atlético cuerpo de los hombres y los senos y glúteos operados de las mujeres. Ambos le producían la misma atención y el mismo fetiche. Bien podría estar abrazada a aquellas anchísimas espaldas o besando las siliconadas tetas de la platinada rubia que corría en sentido contrario. Sin darse cuenta comenzó a excitarse; automáticamente cruzó sus piernas y colocó entre ellas la mano con la que sostenía la gruesa correa canina. Arriba, bien arriba, justo en el triángulo que formaba la elástica tela del pantalón deportivo en el pubis, allí puso Ximena la correa de Canela y su mano empuñada.


Algún movimiento extraño debió estar haciendo, pues captó la atención de un joven, de unos 35 años, guapo, alto y atlético que corría sin poder dejar de mirarla; tanto, que no advirtió un desnivel en el camino que lo hizo trastabillar y caerse. Se dobló el pie derecho; su cara denotaba un intenso dolor.


Ximena y Canela corrieron a asistirlo. Ella lo ayudó a incorporarse y el chico llegó saltando en un solo pie hasta el banco que segundos antes sólo ocupaban Ximena y su deseo.


El joven se reclinó en el banco, Ximena se sentó y tomó la pierna lastimada, colocándola sobre su regazo. Inmediatamente le aflojó la zapatilla, le bajó la media y vio el tobillo hinchado. Le preguntó: “¿Vives cerca?”, el hombre negó con la cabeza en un gesto adolorido. Con mucho cuidado, Ximena le quitó la zapatilla y la media, y utilizó esta a modo de vendaje para hacerle un poco de presión al tendón lastimado. Le pidió que se recostara para que la pierna quedara un poco en alto y no le doliera tanto y le dijo: “Quédate tranquilo, relájate y respira profundo, ya pronto mejorarás”.


Casi impulsivamente, Ximena comenzó a conversar con el chico, al tiempo que improvisaba una serie de masajes que comenzaban en el arco del pie, y terminaban mucho, muchísimo más arriba de la zona afectada. El “cómo te llamas” fue del pie a la pantorrilla; el “cuántos años tienes”, del pie a la rodilla; el “a qué te dedicas”, del pie a la mitad del muslo y el “qué es lo que más te gusta de una mujer” abarcó desde el pie hasta la ingle de Ricardo, 37 años y corredor de bolsa, a quien le encanta la determinación en las mujeres.

Veinte minutos después, el tobillo no era la parte más hinchada del cuerpo de Ricardo. Ahora su miembro latía, rojo y erecto debajo del pantaloncillo y entre las manos inexpertas pero activas de Ximena, mientras Canela observaba curiosa, sin entender muy bien lo que estaba pasando. Ricardo buscó los senos turgentes y redondos por debajo de la camisa de Ximena y comenzó a estrujarlos como un par de naranjas dulces. A ninguno de los dos les parecía importar la mirada de los deportistas que continuaban su camino, algunos asombrados, la mayoría envidiosos de no ser ellos los protagonistas de la erótica escena.


Al poco tiempo, aquellos cuerpos comenzaron a pedir cosas que no podían darse en aquel escenario, por lo que Ximena ofreció su hombro para ayudar a caminar a Ricardo, y fueron, andando lentamente con Canela escoltándolos, hasta la casa.


La madre había ido oportunamente al mercado, así que Ximena llevó a su “paciente” directo a la habitación, aquella donde sus incipientes orgasmos chorreaban espesos por el papel tapiz de las paredes, por la translúcida tela de las cortinas, y pendían de las lágrimas de cristal de la lámpara en el techo. Acostó a Ricardo cuidadosamente sobre la cama. El la atrajo con sus brazos y ella se abalanzó sobre su cuerpo definido y sudoroso. Se miraron fijamente y se besaron por primera vez. Fue un beso pastoso, lento y profundo que a Ximena la erizó por dentro.


Comenzó la lucha interna entre el deber ser y lo que su cuerpo pedía a gritos, que era lo mismo que su doctora le había diagnosticado. Deseaba ser poseída por aquel hombre, deseaba ser penetrada en cuerpo y mente y despojarse de tanta mojigatería que la estaba enfermando por dentro. Pero estaba tensa, asustada, indecisa.


Ricardo lo advirtió y le dijo: “Por notar tu deseo evidente, me lesioné. Sé que necesitas algo que yo puedo darte; ahora sólo respira profundo y relájate. Te prometo que te va a gustar”.


Como una sumisa paciente, tal como lo hizo el día anterior en el consultorio, Ximena se despojó de toda su ropa y se tendió boca arriba en la cama; cerró sus ojos, respiró profundo y comenzó a sentir los suaves pétalos de las violetas en sus mejillas, la brisa rozándole la cara, el olor a chocolate caliente... y sonrió relajada.



Ricardo besó suavemente su boca entreabierta, se subió a la cima de aquel deseo virgen y lo conquistó con la mayor de las ternuras; milímetro a milímetro recorriendo la cálida caverna y mirando los gestos de aquel placer recién estrenado.


Con codos y rodillas se balanceó sobre su potranca unas cuantas veces, hasta que empezó a notar las señales inequívocas del deseo creciente: labios carnosos, frente perlada, fosas ensanchadas, cuellos enrojecido, grandes pupilas que no miran a nadie, uñas clavadas en los glúteos, pidiendo más intensidad. Ricardo acataba obediente, ensimismado en la belleza de aquel rostro enajenado de pureza, barnizado de placer, algo que no había visto nunca en ninguna de las mujeres que había poseído, que no eran pocas. Esta mezcla de éxtasis profundo y deseo virginal lo sobrecogió de inmediato y, en pocos minutos, acompaño el verdadero primer orgasmo de Ximena, con chorros incontenibles del más impoluto semen.


Ya no eran los dedos de tijera de Xime, ni el punzante instrumento de Pieretti; ahora, un tratamiento de carne y sangre ponía todo en orden dentro del cuerpo y la mente de esta virgen a los cuarenta, que flotaba exhausta en una orilla de su propia cama repitiéndose a sí misma, una y mil veces: “estoy curada”.

3 comentarios:

Vance Rose dijo...

No sabes cómo desearía que los blogs de relatos eróticos se multiplicasen por la red.

Genial conocer el tuyo. ¡Te leo!

dharmageisha dijo...

Diooooos... la mejor cura para todo.

GudèLu dijo...

Nada mejor que dar con una buena doctora que te sepa entender... ella, como mujer, te sabrá dar buenos consejos para esa "primera vez" y sin mandartelo, llegarás al mejor tratamiento en el que te encontrarás con tu primera sorpresa.

A tus PIES