lunes, 23 de mayo de 2011

French Kiss


Es extraña la reacción en cadena que desata un simple beso en la boca. Es posible que en nuestras sociedades occidentales se sobrevalore tal acto o se le adjudique connotaciones netamente sexuales, cuando a lo mejor no es así. Recuerdo haber escuchado hace poco a un ponente de la Nueva Era diciendo que en las remotas tribus de “no-sé-donde”, los nativos se acarician TODO el cuerpo al hacer el amor, sin fetichismos de ningún tipo, demostrando así que los “civilizados” somos quienes hemos puesto especial énfasis en ciertas partes del cuerpo en detrimento de otras que podrían ser igualmente erógenas o susceptibles de atención, sexualmente hablando.

Está bien. Puedo estar de acuerdo con eso. Pero nadie podrá discutirme que el contacto de una boca con otra produce en cada uno de sus dueños una sensación incomparable. Nadie en su sano juicio podrá decirme que se siente lo mismo al juntar una mano con otra, o con cualquier parte del cuerpo, que esa explosión incontenible que se desata cuando dos pares de labios se encuentran a ojos cerrados.

Quién no recuerda su primer beso, sin importar cuánto tiempo haya pasado? Incluso hay muchos que podrían revivirlo y sentirlo nuevamente como si estuviera sucediendo. Y no hablemos únicamente del primer beso “francés” en cada una de nuestras historias personales. Hablemos incluso del primer beso en cualquiera de las relaciones que hayamos podido tener a lo largo de nuestra vida adulta. En líneas generales, sigue siendo muy similar. Ya sea que se suceda en una primera cita o en posteriores, hay que admitir que, una vez dado el gran paso del contacto labial y lingual, el panorama cambia radicalmente. Es como si en un literal cerrar y abrir de ojos, te encontrarás con otro hombre -u otra mujer, según el caso- frente a ti. Analicémoslo.

Al igual que cuando teníamos 15, es un paso que nunca estamos seguros de estar dándolo en el momento indicado. Cuando, por ejemplo, llega la hora de la despedida bajo el portón de la casa, seguimos viendo la escena en cámara lenta para calcular con la mayor precisión posible, y sin que se note vacilación alguna, la intención del otro; si la cabeza se ladea lo suficiente como para que el beso caiga en la mejilla o si por el contrario la embestida es más frontal y sólo nos queda cerrar los ojos y esperar el inevitable y a veces tan ansiado contacto. En esos escasos milisegundos, que siempre nos parecen horas, no importa si tenemos 18 o 40, seguimos sintiendo el miedo al rechazo, a la inoportunidad, a que a la otra persona no le guste o, peor aún, a que a nosotros no nos guste el resultado de tan importante lance. Por mucho que nos encantaría poder dejarnos llevar por lo que sentimos, en ese momento nos preocupan más los errores que pudiéramos cometer: tocar o no tocar?, dónde?, cómo?, besar con lengua, o sólo labios? Qué tanta lengua? Por cuánto tiempo? Y al mismo tiempo tenemos que estar lo suficientemente atentos como para poder percibir qué reacción está teniendo la otra persona y hacer la lectura respectiva para no quedarnos cortos ni tampoco sobrepasarnos.

Si felizmente, todos los escollos y pruebas son superados con éxito y ambos actores quedan satisfechos con el beso en cuestión, pasemos entonces al segundo inmediatamente posterior. Es como si nuestro cerebro tuviese un segundo exacto de “delay” y es entonces, en ese preciso, instante cuando volvemos a pasar la película, cuadro a cuadro y en cámara lenta, de lo que acaba de suceder. Sentimos la suavidad de los otros labios en los nuestros, la humedad de la lengua, la tibieza del aliento, el calor del abrazo. Es allí cuando el corazón se acelerara, los oídos retumban y las piernas se aflojan. Y en paralelo se desata en el centro de nuestro cuerpo toda una reacción química-hormonal, que yo prefiero llamar “pasión”. Después de eso, ya nada es igual.

Con un beso se sella un pacto tácito, pero plagado de códigos compartidos, tal vez no todos convenientes, pero definitivamente ineludibles. Es como si, todo contacto visual o de piel que hubo antes de ese mágico momento, fuera tan solo parte de la combinación, y el beso fuera ese último giro de rosca para abrir la caja fuerte del corazón.

Después de un buen beso es imposible no sonreír, no suspirar, y por supuesto, no querer seguir besando sin parar. Después de un beso cambia el lenguaje, el trato, la intención. Te distiendes y comienzas a ser verdaderamente tú con la otra persona. Tal vez la verdadera y total intimidad se alcance luego del sexo, pero en mi opinión, el primer beso, sin importar en qué momento de la relación se dé, marca un claro antes y después. El beso es un gran faro que ilumina una estrecha y sinuosa carretera que antes estaba en total obscuridad. El beso abre las compuertas que permiten llenar el alma de sentimientos. Y que no me joroben los científicos con aquello de sublimar un “french kiss”. Nadie podrá discutirme que es de lo más romántico y erótico que existe!

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