jueves, 28 de abril de 2011

Exhortación


¿Quién te crees que eres? ¿Acaso piensas que puedes llegar así, sin siquiera conocerme, y avasallarme con tu actitud desenfadada y segura? ¿Es que piensas que me seduce tu manera ruda y hasta torpe de tomarme por el brazo, tus comentarios machistas y tu porte de galán de telenovela barata?


¿Qué te pasa? ¿En cuál país creciste, en qué era naciste que piensas que me excita la forma como halas mi cabello, estrujas mi piel y muerdes mis labios?


¿Qué no te han enseñado modales? ¿Ningún buen amigo ha conversado contigo sobre cómo nos gusta a las mujeres que seamos tratadas? Te sientes muy seguro de ti, tal vez te ha funcionado con otras, pero conmigo te has equivocado.


Pero… ¿Qué coño haces? ¿A dónde me llevas? ¿Qué hay en esa habitación? ¿De verdad piensas que voy a dejar que me tomes entre tus brazos a la fuerza, que me sometas a tu antojo? ¿Crees que no voy a lograr zafarme de tus garras de macho patán?


No me inmovilices…, no! No, no, no… por favor, no resoples en mi cuello, no introduzcas tu lengua húmeda y lasciva en mi oreja, no te atrevas a darme órdenes como si estuvieras cantándome canciones de cuna. ¡No soy tu sirvienta!


¡Dios! No me coloques de esta forma sobre la mesa, no! No soporto sentir tus gotas de sudor como caen sobre mi espalda y se deslizan lentamente hasta el frío tope de mármol.


No quiero jugar tu juego, no podrás someterme. No es así como me gusta que me amen, no es de esta forma que obtendrás algo de mí, no más que indignación y rabia.


Mi piel se eriza al sentir el vapor de tu exhalación a micras de distancia de mi piel. Arqueo la espalda, empino el culo, intento en vano sacar astillas del frío mármol que se empaña dibujando el contorno de mi cuerpo desnudo y expectante.


No conseguirás nada de mí, aún cuando estoy escuchando cómo abres la hebilla de tu cinturón y bajas lentamente la cremallera del pantalón. No puedo verte, pero intuyo cada movimiento y te repito…no conseguirás nada de mí.


De pronto mis ojos casi se salen de sus órbitas…la habitación se inunda con mi grito ahogado por tu mano inmensa y ruda, así como mi culo se anega con tu portento erguido y romo, carnoso y brutal. Dos lágrimas gordas saltan y salpican la mesa, confundiéndose con tu sudor y el mío. Te quedas quieto un par de segundos, supongo que recreándote con mi cuerpo y sus miles de músculos, todos en tensión.


Paradójicamente, te vuelves más paternal. Acomodas mis desordenados mechones de cabello, acaricias mi cuello y mi espalda y me pides que me relaje, al tiempo que tus movimientos ya no son enérgicos, sino sinuosos y acompasados, muy lentos… prácticamente imperceptibles.


Logras cambiarme, ya no hay insultos, ya no hay reclamos. Sólo una yegua amansada bajo un jinete ejemplar. Poco a poco mis músculos van soltándose, al tiempo que puedo sentir cada milímetro de tu invasión. Con mis ojos muy cerrados, logro medir la longitud, el diámetro de tu asta, durísima y caliente, sentir su humedad viscosa que le permite deslizarse sin dificultad dentro de mis secas y estrechas paredes.


Ahora soy yo la que te pide más. Y tú, como siempre, tienes todo el control. Ahora no te mueves, ya no eres el macho que me sometió hace unos minutos; solo esperas deliberadamente a que me muera de deseo. Como puedo, empino mis caderas para sentirte más adentro, succiono para no dejarte escapar. Sólo cuando tú lo decides, justo cuando yo estoy a punto de morir de deseo, comienzas a galoparme como si fuera un caballo de cristal.


Avanzas al trote, apuras el paso, yo gimo, grito, lloro, pero ahora, de puro placer. En el segundo exacto lo sacas y explotas sobre mis blancas nalgas, que ahora parecen de nácar. Te subes el pantalón y te largas sin decirme ni una sola palabra.


¿Quién te crees que eres? ¿Acaso piensas que puedes venir así, con tu aire de macho latino irresistible, seducirme, someterme en contra de mi voluntad y luego irte sin siquiera darme tu nombre, sin preguntarme si estoy bien, sin decirme si nos volveremos a ver? Esto no se le hace a una dama. ¡Juro que te encontraré!

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