domingo, 2 de octubre de 2011

!!!GRACIAS!!!



El contador de mi página dice que ya tengo más de 30.000 hits y eso es mucho!! Vamos, es mucho si tomamos en cuenta que a lo largo de estos casi cuatro años este blog ha sido más una catarsis, un depósito de mis ideas y pensamientos, que un sitio para compartir masivamente. Cero publicidad. Sólo lo he recomendado a mis más allegados; tal vez ellos son los que han hecho el buen trabajo.
Blogesfera, de España, y mucho más recientemente, Bitácoras.com son los dos únicos sitios en donde cuelgo el "ping" de que una nueva nota ha sido posteada.
Ahora, con las nuevas y buenas mejoras de Blogger, puedo ver el perfil de mis lectores y me quedo realmente impactada al ver que gente de tantos lugares y por tantas insospechadas vías llega, fortuita o intencionalmente, a mis letras.
No puedo sino estar agradecida. Más de 30.000 hits significan para mí más de 30.000 toques a las puertas de mi más íntimo mundo, ese que comparto con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor éxito, con la única intención de hacer del erotismo un mundo real, accesible, placentero, mucho más elevado que el mediocre terreno de lo morboso y lo fútil.
Eroti-k-mente existirá mientras existan en mí las ganas de vivir con, por y para el placer, no sólo carnal, sino -y sobre todo- mental, que es el que a fin de cuentas, hace que todo lo demás logre activarse.
Gracias por ser lectores Eroti-k-mente posibles: lectores con Inteligencia Erótica, dispuestos a leer Erotismo Inteligente.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Mañanero



Durante varios años, en una época no muy remota, tuve un café en donde los desayunos se hicieron muy populares. En la carta -original y diseñada por los propios socios- había un sándwich al que decidimos llamar “El Mañanero”, porque traía todo lo que usualmente se desayuna en mi país, pero dentro de dos rebanadas de pan: jamón, queso a la plancha, tocineta (bacon, panceta) crujiente y un huevo frito.

Nada más delicioso y nutritivo que comenzar el día con un desayuno completo, compacto y sencillo. Nada más estimulante y disparador de endorfinas para el resto del día, que comenzarlo con una sesión de sexo suave, tibio y sin pretensiones. Por eso ahora, en retrospectiva, pienso que el nombre que le dimos a aquel sándwich no pudo ser más acertado.

Por mucho tiempo pensé que eso de tener sexo al despertar era un fastidio total. Claro, cuando te lo imaginas un día de semana, donde tienes que pararte temprano para ir al trabajo, dejar a los niños en la escuela, preparar desayunos, etc.; cuando ese acto entre sábanas arrugadas se convierte en minutos preciosos que estás dejando de usar en dormir “cinco minutitos más”, arreglarte mejor el cabello o disfrutar con más calma el café, ese mañanero lógicamente pasa a ser lo que los gringos llaman “a pain in the ass”, literalmente.

Pero algo muy distinto es tener ese sándwich caliente, con diversidad de texturas en su interior, como el preludio de un domingo en el que no tienes hora para levantarte, donde despiertas justo cuando tus ojos se abren porque ya no quieren estar más tiempo cerrados y volteas hacia el otro lado de la cama y encuentras el cuerpo tibio y rotundo de un hombre –sobre todo cuando no es lo usual, cuando no lo nombras como “el monigote que ronca a mi lado de lunes a lunes”- y tus primeros movimientos hacen que él despierte también y abra un brazo para atraerte hacia su cuerpo y entrelaza sus piernas con las tuyas. Es allí cuando empieza a cocinarse el mejor Mañanero de todos los tiempos.

Las tiras de cerdo comienzan a crujir en las brasas, la clara de huevo hace burbujas en la sartén, el queso se derrite en la plancha y el pan se tuesta al punto exacto. El café comienza a regalar su aroma desde el fuego bajo y las naranjas recién exprimidas le agregan al todo un toque de frescura imprescindible…

Aún medio dormidos, los cuerpos se reconocen entre mechones de cabello desordenados; los labios se encuentran y las lenguas se funden aliviando la sequedad de tantas horas pegadas al paladar. Allí, en ese momento,  no importa nada. Ya no preocupa no estar maquillada o incluso que los restos de mascara circunden tenebrosamente los ojos; no importa que los dientes no estén debidamente cepillados, ni que la barba raspe. En ese momento lo único que se siente es el calor debajo de las sábanas, el rayito de tenue luz filtrándose por la persiana y esa mano que busca la tuya hasta encontrarla y llevarla en un largo paseo hasta el centro de aquel cuerpo que minutos antes reposaba en total relax. Una exploración a ciegas, para encontrar lo que ya conocemos, pero que nunca deja de sorprendernos: un mástil que se repotenció durante la noche y que en la mañana se te ofrece en todo su esplendor; una cueva húmeda y febril que se abre como flor con el más leve toque de dedos ajenos.

Irremediablemente, alguien cabalga al otro, o lo embiste de lado cual experto torero y así, sin aspavientos, sin acrobacias ni deslumbramientos, comienza a prepararse el más delicioso desayuno en donde partes del cuerpo crujen, mientras otras se esponjan, donde el aroma a sexo comienza a desperezarse entre las sábanas y el hambre de dar y recibir placer se cocina a fuego lento.

Las sensaciones a esa hora del día y bajo esas circunstancias, son distintas. Más vívidas; podría decirse que más emotivas y menos estereotipadas, pero terriblemente eróticas! Tal vez sea porque la mente aún no despierta del todo y no está “en guardia” para hacer su despliegue de histrionismo. No es momento para posturas o clichés, ni para plantearse el desafío de “quedar bien”. Es el momento para sentir; así de simple. Sin guiones, sin posturas ensayadas, sin el glamour de la lencería fina ni artificios de peliculita porno.

Por ello para mí, un buen Mañanero es definitorio, y no sólo visto bajo la lupa cortoplacista de “pasar bien el día”, sino mucho más allá. El Mañanero te quita la careta, te expone tal y como eres, te enfrenta al otro en tu peor facha: hinchada, despeinada y con mal aliento. Si aún así, eres capaz de excitar y excitarte por el que está frente a ti en iguales condiciones, entonces se ha dado un gran paso. Se ha degustado el mejor sándwich de la historia. Ese, que con ingredientes comunes, sin grandes pretensiones, pero con la cocción justa y la sazón perfecta, te lleva indefectiblemente a creer que has llegado a las puertas del cielo.

Feliz domingo y buen provecho…


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tsunami



Como en las películas de acción y suspenso, de repente todo ruido externo desapareció, tal  y como sucede cuando se nos tapan los oídos o nos lanzamos a una piscina. El mundo se detuvo por un segundo, y solo sentía mi respiración y el latido de mi corazón que aceleraba su ritmo y rebotaba en mis sienes…
Como en los terremotos, una inusual  calma anunció lo que vendría después.

Como un tsunami, las aguas se retiraron por completo, dejando al descubierto  las más vastas depresiones, superficies jamás exploradas, desiertos bajo el mar. En silencio se fue, lejos, desnudando lo más profundo, aniquilando todo antiguo habitante, exponiendo sin pudor mi geografía más salvaje.

El centro de la tierra rugió; sonidos guturales agitaron mi garganta, lenguas de fuego me recorrieron de arriba abajo, de adentro hacia afuera. Mi cuerpo ardía. Y en el justo momento en que creía morir, todo aquello que se había ido volvió con una fuerza inusitada.

Una ola gigantesca se gestó en el centro de nuestros cuerpos. Lisa, esbelta y encopetada de espuma, la vimos venir desde lontananza y nos montamos en ella. Con ojos muy abiertos y manos entrelazadas, entramos en el inmenso túnel azul profundo a una velocidad de vértigo. Surfeamos, danzamos, cabalgamos, volamos y, finalmente, llegando a la orilla, nos fundimos con esa acuosidad invasora, enérgica, convirtiéndonos en salobre líquido que bebimos mutuamente, empapándolo todo, anegándonos de placer compartido, arrasando todo a nuestro paso.

Yazgo sin fuerzas a la orilla de mi cama. Tiemblo por el cansancio y por los últimos corrientazos del placer. Sonrío sin importarme el estropicio y miro sobre mi hombro, a la espera de la próxima ola.

viernes, 26 de agosto de 2011

Irónico destino



De pequeño siempre iba a misa, estudiaba en colegio de curas y la inercia lo había llevado a creer fielmente en una Iglesia bastante dura y castradora.
Creció y, por ley natural, fue alejándose de la doctrina eclesiástica, hasta que un período de fuertes conflictos en lo económico, laboral y hasta en lo sentimental, lo hicieron sentir que se derrumbaba y se refugió de nuevo en la fe católica para restablecer sus resquebrajados cimientos y conseguir fuerzas para luchar y seguir.
Pero en el fondo, su verdadera personalidad chocaba con ese “deber ser” impuesto por monjes de fachada célibe y pensamientos más pecaminosos que los de cualquier mortal, pero con licencia enviada desde El Vaticano para poder condenar –y paradójicamente- perdonar cualquier desvío de alguna de las ovejas de su redil.
Era culpable de ser un hombre apasionado, amante del placer carnal, libidinoso y mujeriego, aunque fuera solo con el pensamiento.
Cuando me conoció, atravesaba justo ese momento de fe exacerbada. Portaba un crucifijo en el pecho e iba a misa cada domingo, pero sentados en alguna terraza de verano, revolvía su café con esa sonrisa sardónica que murmuraba entre dientes piropos subidos de tono.
Era un hombre casado, con hijos. Una hermosa familia. Mi últimísima intención era destruirla. Pero ¡DIOS! Cómo deseaba ese cuerpo moreno y magro, cómo soñaba con arrastrar mis uñas por aquellos cabellos apretados, cortísimos y exageradamente canosos para la edad que portaban. Cómo me hipnotizaban esos labios carnosos y oscuros que escondían unos dientes otrora perfectos y hoy manchados de por vida por el café y la nicotina. Contemplaba sus manos largas de uñas perfectas, y las imaginaba recorriendo mi cuerpo, enjugando el imperceptible manto de sudor que me plagaba con solo sentirlo cerca. Me veía, en un acto de locura, arrancando aquel crucifijo inquisidor que se balanceaba cual trapecista en su lampiño pecho y lanzándolo a un lugar lejano donde sus brazos tan abiertos no pudieran atrapar a esta pecadora impenitente.
Jamás sucedía nada de esto. Y sabía que era mejor así. Pero nuestras ganas eran evidentes. La corriente que producía la cercanía de nuestros cuerpos era casi visible; el deseo podía tocarse en el ambiente que nos circundaba cada vez que nos cruzábamos en algún lugar de mi diminuto pueblo.
Conversábamos, reíamos. Pretendíamos conocernos de muchos años, pero en realidad poco sabíamos el uno del otro. Con nuestra usual picardía bromeábamos y nos invitábamos a descubrir juntos nuestros estratégicos tatuajes y contarnos sus historias; él me explicaba lo sabroso que era dormir “empiernao”, “enmuslao” en los crudos inviernos y yo solo podía reír nerviosa. No podía evitar imaginarlo en mi cama un domingo tempranito, y sentirlo pegado a mi cuerpo, con sus piernas entrelazadas con las mías, mientras sentía lentamente un tercer invitado pidiendo espacio en esa tibia y húmeda fiesta bajo las frazadas, al tiempo que yo, con mi hospitalidad de siempre, le daba abrigo y protección.
Nuestras vidas y caminos, así como nuestros planes y demandas eran diametralmente opuestos; sin embargo el destino nos juntaba cada tanto en alguna esquina para prodigarnos miradas cómplices, tocaditas “inocentes” y largos abrazos de despedida. Uno que otro domingo, recibía un bisilábico mensaje de texto dándome “La Paz”… ¿Por qué me pensaba cuando estaba en misa? ¿Era acaso una forma de compartir su pecado o más bien de desafiar aquello que consideraba prohibido? No lo sé. Lo único que sé es que su Paz me intranquilizaba y en esas cinco letras, en apariencia tan inofensivas, yo intentaba reconstruir frases tácitas.
Al cabo de muchos años llegó la hora de abandonar mi pueblo, dejando atrás un mundo que se había quedado demasiado quieto para mí. Enterré recuerdos, borré números telefónicos, no me despedí de casi nadie. Pero el destino me hizo una irónica mueca. Ayer volvimos a tropezarnos en la telaraña de callejones que conforma ahora mi nueva ciudad. Parecía que el tiempo no había pasado ni por él ni por lo que su presencia produce en mi humanidad. Unos anteojos más modernos y el cabello aún más nevado son los únicos cambios de su imagen. Por mi parte, sigo sintiendo el mismo corrientazo que, lejos de expelerme, me acerca a él de forma irremediable, que me hace abrazarlo apretado, hundir mi nariz en su cuello y respirar esa mezcla de sudor, cal y las trazas casi imperceptibles del perfume puesto temprano en la mañana.







Nada ha cambiado en su vida: ni la mujer, ni el trabajo, ni el crucifijo en su pecho. Y en la mía ha cambiado todo. Todo, menos el deseo inmenso de amanecer abrazada a él…

domingo, 31 de julio de 2011

Respira profundo y Relájate (Parte 2 y 3)




Después de la consulta


Antes de vestirse, Ximena pasó al baño. Orinó profusamente, se refrescó la cara, justo como lo hacía en las esporádicas noches en las que jugaba con su clítoris y, mientras veía en el espejo su rostro enrojecido por el placer, comenzó a entender lo que la doctora había querido decir con eso de “su primer orgasmo”. Aquello que sentía en su cama era apenas el preámbulo, la antesala de este placer mayor que había sentido nada más y nada menos, que en la camilla ginecológica, bajo la conducción de las expertas manos de su doctora. Al principio sintió mucha vergüenza, pero de inmediato la invadió una sensación de extrema felicidad. Sonrió, se acomodó los desordenados mechones de pelo sobre la frente, se vistió y pasó a la oficina de Pieretti, quien la esperaba llenando los evidentes datos faltantes en su historia médica.

- Hubo algo que olvidé preguntarte al principio, le dijo Pieretti a su paciente. ¿Alguna vez has tenido relaciones sexuales?


Ximena bajó la mirada, avergonzada, y apenas hizo un leve gesto de negación con la cabeza.


- Lo que sientes no es nada grave, prosiguió la doctora. Clínicamente estás perfecta. Pero tu cuerpo pide a gritos tener sexo, disfrutar orgasmos. Eres un volcán dando sus primeros avisos de erupción, y ante eso no hay nada que hacer, sino dejar salir toda esa lava contenida. Sólo así lograrás sentirte mejor.


- Pero…. Es que yo no tengo marido doctora, ni siquiera novio formal, argumentó Ximena.


- Para curarte no necesitas ni lo uno ni lo otro, le respondió la galena con una sonrisa compasiva. Simplemente necesitas un hombre, o varios… o una mujer… incluso podrías ser tú misma, aprendiendo algunas técnicas que veo desconoces. Pero la mejor cura, la más rápida y satisfactoria la tendrías, de seguro, con alguien más que, como yo hace unos minutos, te ayude a descargar esa energía que tienes reprimida dentro del cuerpo y que ya no te hace bien guardar.


Ximena miraba a su doctora con la atención de un niño a su maestra. No se perdía ningún detalle, pero al mismo tiempo no le parecía sencilla la cristalización de sus instrucciones. Ante el gesto de confusión de Ximena, Pieretti continuó su discurso, tomándola de la mano:


- Mira, no es tan complicado como parece. Eres una mujer joven y hermosa. No necesitas tener un novio formal ni mucho menos un marido para satisfacer el deseo de tu cuerpo. Simplemente tienes que soltarte, relajarte, así como lo acabas de hacer conmigo, relajar no sólo el cuerpo, sino también la mente, para que puedas conocer hombres que te ayuden, como te he ayudado yo.


La conversación se prolongó por más de dos horas, en la que la ginecóloga se convirtió en una suerte de sicóloga, que intentó derrumbar uno a uno los muros que Ximena y su estricta educación religiosa le habían construido en la mente y la actitud. No era fácil para ella aceptar estos nuevos preceptos, pero se había sentido tan bien, tan liberada y tan feliz en aquella extraña camilla, que quería con toda sus ganas poder absorber las enseñanzas de su terapeuta, conseguir un hombre y lograr entregarle sus preciados y cohibidos orgasmos.


Cuando Pieretti creyó que era suficiente sermón y notó a Ximena bastante decidida, la acompañó hasta la puerta y la despidió con un suave beso en la boca. “Eso estuvo de más”, pensó la doctora, pero tantas horas hablando de desinhibición, también le habían hecho mella.


El tratamiento


Ximena no pudo pegar un ojo aquella noche, recordando lo sentido en el consultorio, las palabras de su doctora, incluso, aquel beso de despedida, suave y húmedo, tierno y pasional a la vez. Se tocó con sus manos de tijera, como siempre, y obtuvo los resultados de siempre. Pero ya no era lo mismo. Ahora sabía que existía otro tipo de sensación, otro nivel de placer que no lograba conseguir con su práctica y entonces pensó, que las mismas actitudes conseguirían siempre los mismos resultados. Era urgente tomar acciones, cambiar rutinas y derribar esquemas mentales si quería tener de nuevo un minero con casco y linterna iluminando el techo de su caverna de sal.


A la mañana siguiente, como todos los días, desayunó y salió a pasear a su perra. “Ya estoy cayendo en la misma rutina”, pensó, pero de inmediato se contestó a sí misma que si Canela no salía, se orinaría dentro de la casa. Era imposible cambiar esa rutina, pero sí era posible cambiar la ruta. En vez de llevarla a la plazoleta de la esquina, decidió andar unas cuadras más y llegar hasta la caminería que bordea el río, donde todos los ejecutivos, estudiantes, modelos y amas de casa, van a ejercitarse cada mañana.


Intentó correr un poco con Canela, pero ninguna de las dos estaba en forma y, a los pocos metros, ambas jadeaban sudorosas, así que prefirió sentarse en uno de los bancos alineados a lo largo del sendero. Poco a poco fue recuperando el aliento, al tiempo que observaba el atlético cuerpo de los hombres y los senos y glúteos operados de las mujeres. Ambos le producían la misma atención y el mismo fetiche. Bien podría estar abrazada a aquellas anchísimas espaldas o besando las siliconadas tetas de la platinada rubia que corría en sentido contrario. Sin darse cuenta comenzó a excitarse; automáticamente cruzó sus piernas y colocó entre ellas la mano con la que sostenía la gruesa correa canina. Arriba, bien arriba, justo en el triángulo que formaba la elástica tela del pantalón deportivo en el pubis, allí puso Ximena la correa de Canela y su mano empuñada.


Algún movimiento extraño debió estar haciendo, pues captó la atención de un joven, de unos 35 años, guapo, alto y atlético que corría sin poder dejar de mirarla; tanto, que no advirtió un desnivel en el camino que lo hizo trastabillar y caerse. Se dobló el pie derecho; su cara denotaba un intenso dolor.


Ximena y Canela corrieron a asistirlo. Ella lo ayudó a incorporarse y el chico llegó saltando en un solo pie hasta el banco que segundos antes sólo ocupaban Ximena y su deseo.


El joven se reclinó en el banco, Ximena se sentó y tomó la pierna lastimada, colocándola sobre su regazo. Inmediatamente le aflojó la zapatilla, le bajó la media y vio el tobillo hinchado. Le preguntó: “¿Vives cerca?”, el hombre negó con la cabeza en un gesto adolorido. Con mucho cuidado, Ximena le quitó la zapatilla y la media, y utilizó esta a modo de vendaje para hacerle un poco de presión al tendón lastimado. Le pidió que se recostara para que la pierna quedara un poco en alto y no le doliera tanto y le dijo: “Quédate tranquilo, relájate y respira profundo, ya pronto mejorarás”.


Casi impulsivamente, Ximena comenzó a conversar con el chico, al tiempo que improvisaba una serie de masajes que comenzaban en el arco del pie, y terminaban mucho, muchísimo más arriba de la zona afectada. El “cómo te llamas” fue del pie a la pantorrilla; el “cuántos años tienes”, del pie a la rodilla; el “a qué te dedicas”, del pie a la mitad del muslo y el “qué es lo que más te gusta de una mujer” abarcó desde el pie hasta la ingle de Ricardo, 37 años y corredor de bolsa, a quien le encanta la determinación en las mujeres.

Veinte minutos después, el tobillo no era la parte más hinchada del cuerpo de Ricardo. Ahora su miembro latía, rojo y erecto debajo del pantaloncillo y entre las manos inexpertas pero activas de Ximena, mientras Canela observaba curiosa, sin entender muy bien lo que estaba pasando. Ricardo buscó los senos turgentes y redondos por debajo de la camisa de Ximena y comenzó a estrujarlos como un par de naranjas dulces. A ninguno de los dos les parecía importar la mirada de los deportistas que continuaban su camino, algunos asombrados, la mayoría envidiosos de no ser ellos los protagonistas de la erótica escena.


Al poco tiempo, aquellos cuerpos comenzaron a pedir cosas que no podían darse en aquel escenario, por lo que Ximena ofreció su hombro para ayudar a caminar a Ricardo, y fueron, andando lentamente con Canela escoltándolos, hasta la casa.


La madre había ido oportunamente al mercado, así que Ximena llevó a su “paciente” directo a la habitación, aquella donde sus incipientes orgasmos chorreaban espesos por el papel tapiz de las paredes, por la translúcida tela de las cortinas, y pendían de las lágrimas de cristal de la lámpara en el techo. Acostó a Ricardo cuidadosamente sobre la cama. El la atrajo con sus brazos y ella se abalanzó sobre su cuerpo definido y sudoroso. Se miraron fijamente y se besaron por primera vez. Fue un beso pastoso, lento y profundo que a Ximena la erizó por dentro.


Comenzó la lucha interna entre el deber ser y lo que su cuerpo pedía a gritos, que era lo mismo que su doctora le había diagnosticado. Deseaba ser poseída por aquel hombre, deseaba ser penetrada en cuerpo y mente y despojarse de tanta mojigatería que la estaba enfermando por dentro. Pero estaba tensa, asustada, indecisa.


Ricardo lo advirtió y le dijo: “Por notar tu deseo evidente, me lesioné. Sé que necesitas algo que yo puedo darte; ahora sólo respira profundo y relájate. Te prometo que te va a gustar”.


Como una sumisa paciente, tal como lo hizo el día anterior en el consultorio, Ximena se despojó de toda su ropa y se tendió boca arriba en la cama; cerró sus ojos, respiró profundo y comenzó a sentir los suaves pétalos de las violetas en sus mejillas, la brisa rozándole la cara, el olor a chocolate caliente... y sonrió relajada.



Ricardo besó suavemente su boca entreabierta, se subió a la cima de aquel deseo virgen y lo conquistó con la mayor de las ternuras; milímetro a milímetro recorriendo la cálida caverna y mirando los gestos de aquel placer recién estrenado.


Con codos y rodillas se balanceó sobre su potranca unas cuantas veces, hasta que empezó a notar las señales inequívocas del deseo creciente: labios carnosos, frente perlada, fosas ensanchadas, cuellos enrojecido, grandes pupilas que no miran a nadie, uñas clavadas en los glúteos, pidiendo más intensidad. Ricardo acataba obediente, ensimismado en la belleza de aquel rostro enajenado de pureza, barnizado de placer, algo que no había visto nunca en ninguna de las mujeres que había poseído, que no eran pocas. Esta mezcla de éxtasis profundo y deseo virginal lo sobrecogió de inmediato y, en pocos minutos, acompaño el verdadero primer orgasmo de Ximena, con chorros incontenibles del más impoluto semen.


Ya no eran los dedos de tijera de Xime, ni el punzante instrumento de Pieretti; ahora, un tratamiento de carne y sangre ponía todo en orden dentro del cuerpo y la mente de esta virgen a los cuarenta, que flotaba exhausta en una orilla de su propia cama repitiéndose a sí misma, una y mil veces: “estoy curada”.

domingo, 24 de julio de 2011

Respira profundo y Relájate




Parte 1: La visita al ginecólogo

Ella era bastante descuidada con su salud. Tenía por lo menos cinco años que no iba al odontólogo y jamás había asistido a un chequeo ginecológico. Por suerte, nunca lo había necesitado por dolencias extrañas, pero últimamente estaba sintiendo algunas molestias y su madre no dejó de atormentarla hasta que decidió tomar el teléfono y pedir el turno con la Dra. Pieretti, la ginecóloga de su amiga y vecina Montse, quien se la recomendó a ojos cerrados.


Ximena no sabía muy bien con qué se encontraría en la consulta, ni qué tendría que hacer o decir. Supuso que la auscultarían como cuando estaba pequeña y su madre la llevaba al pediatra; le escucharían los pulmones y le verían la garganta con un bajalengua. “Tú solo relájate”, le dijo Montse. “Si te relajas y respiras profundo no sentirás nada incómodo, además es muy rápido y la Dra. Pieretti es un amor”, concluyó.


En su juventud más temprana llegó a tener un novio, que luego la abandonó por su mejor amiga. Nunca más tuvo suerte con los hombres, a pesar de su natural belleza, marcada por su blanquísima piel y su cabellera negra y brillante. Debajo de sus ropas anchas y un tanto pasadas de moda, podían advertirse un par de pechos de exacto tamaño como para tomarlos completos con las manos, redondos, suaves y firmes al tacto, seguramente muy blancos y de pezones desteñidos. Socialmente, siempre fue una chica simpática y encantadora. Pero no se sabe si por mala fortuna o por un inconsciente rechazo, todo hombre que se le acercaba, al poco tiempo salía expelido como corcho de Champagne, y nunca más se le volvía a ver por sus predios.


Xime ya no era una joven estudiante, tampoco una joven mujer. Entraba dignamente en su madurez, pero en medio de una soledad que solo alivianaba la presencia de su madre y de su perra, y las caricias que furtivamente y con algo de culpa, se propiciaba en la oscuridad de la noche, entre sus sábanas ausentes de placer.


Ella no sabía a ciencia cierta lo que hacía, ni que aquella práctica esporádica pero infaltable, tenía un nombre puesto en los libros y conocido por todos, menos por ella. Creía simplemente que así como recordaba que a su padre le gustaba acariciarse el bigote como un acto hipnótico, a ella le gustaba acariciar el suave vello de su pubis hasta encontrar casi por accidente su abultado y sobresaliente clítoris, entre la tibia selva arremolinada. Llegada allí, lo enmarcaba entre su dedo índice y medio que a modo de tijera, lo intentaba “cortar”, presionándolo suavemente, haciéndolo más visible, inflándolo, llenándolo de sangre y de placer.


Más avanzado el acto, cuando sin saber muy bien por qué, su respiración se agitaba y todo su cuerpo empezaba a cubrirse de diminutas gotas de sudor, entonces sentía la imperiosa necesidad de darle pequeñas y repetidas palmaditas a ese trocito de carne que asomaba rojo y brillante, aplastarlo, frotarlo enérgicamente, mientras sus piernas se tensaban y su cuerpo todo se contorneaba sin control.



Luego, con su pijama empapada y su cabello desordenado, se sentaba largamente en el retrete a esperar que las intensas ganas de orinar pudieran materializarse en un potente chorro; se refrescaba con agua del grifo y se acostaba, sumergiéndose de inmediato en un profundo y reparador sueño. Eso, solo eso, era lo que Ximena hacía; mucho menos era lo que sabía con precisión sobre el sexo y sobre la bomba de tiempo que, entre sus piernas, había estado haciendo tic tac durante décadas.


Llegó el día de la consulta y le hicieron pasar a un diminuto toilllete:


-Orine. Quítese toda la ropa, póngase esta bata, salga por esa puertita y se acuesta en la camilla, le indicó la enfermera sin mucho tacto. - La doctora viene enseguida, sentenció.


-¿Toda la ropa?, preguntó Xime con los ojos muy abiertos. –¿La panty también?


La enfermera sonrió como si fuera un chiste y le dijo, “sí claro, la panty también”. Le guiñó el ojo y salió de la habitación.


Ximena se quitó cada pieza de su vestuario y la dobló con infinita paciencia, colocándola una sobre la otra en un minúsculo estante. Se colocó la bata de papel, buscando sin éxito algún botón para cerrarla. Se la cruzó con las manos y caminó hasta la camilla, la cual notó muy corta y estrecha; si se acostaba las piernas le colgaban, si se subía y acomodaba las piernas, tenía que sentarse. Optó por la segunda opción y esperó incómoda la llegada de la doctora.



Una serie de preguntas de muy corta respuesta antecedieron al examen. La historia médica de Ximena se limitaba a responder a qué edad tuvo su primera menstruación y cómo habían sido sus reglas a lo largo del tiempo. No hijos, no partos, no abortos, no cirugías de ningún tipo, no antecedentes clínicos, no alergias. No relaciones tampoco, aunque esto no lo preguntó Pieretti y por supuesto, tampoco lo dijo la paciente.


Finalmente, llegó la hora del examen; varios minutos tomó que Ximena se acomodara de manera apropiada en aquella camilla, que más parecía una silla de montar con unos estribos dispuestos de manera muy extraña, que la dejaban expuesta y un tanto avergonzada. Ella insistía en juntar sus rodillas, intentando sin éxito tapar sus genitales, pero la doctora insistía en despegarlas, diciéndole que se relajara, que se pusiera flojita, que si quería cerrara los ojos y respirara profundo.


Allí recordó Ximena las recomendaciones de su amiga: “relájate y respira profundo”, y así lo hizo. Pensó en su jardín de niña, en las violetas que arrancaba y acariciaba con sus mejillas, en el olor a chocolate caliente en las tardes de invierno, mientras la doctora preparaba con profusión de gel acuoso el instrumento fálico del ecógrafo. Respiró profundo la paciente, esperando sentir el disco helado del estetoscopio en su pecho, pero lo que sintió fue algo frío, húmedo y punzante entre sus piernas.


Las primeras décimas de segundo fueron de susto, sorpresa y dolor. Un gritito ahogado y un pequeño brinco sobre la camilla, así como una casi imperceptible resistencia del instrumento para entrar en la cavidad vaginal, pusieron en alerta a la Dra. Pieretti. “¿Será posible que esta mujer sea virgen?”, pensó y de inmediato repitió el mantra a su paciente: “Tranquila, relájate, respira profundo, ya vamos a terminar”.


Con la siguiente inhalación de Ximena el instrumento entró por completo en su cuello uterino, y lo que antes había sido un breve grito comenzó a tornarse en murmullos agónicos de placer y respiraciones desacompasadas. La doctora observaba detenidamente los surcos grises que dibujaban las ondas en el monitor, pero los extraños sonidos que emitía su paciente, hicieron que volteara por un momento a mirar su rostro, que claramente reflejaba un placer inédito e inusitado. Ximena estaba gozando, lo decía su cara, sus labios mordidos, sus ojos en blanco, sus manos arrugando la sabana de papel y sobre todo, lo decía la agitación que se veía en la pantalla, donde ese pasillo oscuro que era la cavidad genital de Ximena, parecía iluminarse con aquel instrumento largo y romo, y abrazarlo como quien recibe a un huésped sorpresivo pero esperado durante toda la vida.


Entendió Pieretti que su paciente no conocía de estas sensaciones, que no había tenido nunca antes algo semejante dentro de ella. Agradeció ser ella, con su experiencia médica y su tendencia lésbica, la que hubiera hecho el hallazgo y decidió ayudar en silencio, como buena médica y mejor mujer, a su necesitada paciente. Rápidamente revisó que el endometrio y los ovarios estuvieran sanos y normales y luego se dedicó a proporcionarle a su paciente el primero de sus orgasmos.


- Eso es, así vas muy bien, le dijo y continuó indicándole con palabras lentas y voz muy suave: Sigue respirando profundo y relájate, que ya vamos a terminar. Vas muy bien…buena chica… bueeenaaa chica.


Pieretti comenzó a trabajar el ecógrafo como nunca antes lo había hecho con paciente alguna. Ya no era un instrumento de exploración médica, sino un consolador que metía y sacaba con cierta suavidad, empujando el mango del mismo hacia abajo, de manera que la punta, como la linterna del casco de un minero, apuntara al techo de la recién explorada galería, descubriera y despertara la más preciada gema de aquella cavidad: su punto G. Para facilitar aún más las cosas, la doctora utilizaba su mano libre para acariciar los senos de Ximena, apretar sus botones rosa, y luego bajar hasta su vientre y aplastarlo hasta casi sentir en la palma de su mano, la punta redondeada del improvisado dildo.


El ritmo de penetración se aceleraba al mismo tiempo que los jadeos de Ximena, quien resoplaba y emitía una especie de silbido acompasado con el mete-saca en el que se había convertido el “examen ginecológico”, hasta que Pieretti sintió los espasmos de un orgasmo que casi propulsaron por sí solos el aparato fuera del cuerpo de su paciente, junto a intermitentes chorros de un líquido transparente e inodoro que empaparon la sábana de papel.


La ginecóloga terminó su labor sanadora, tomando algunas servilletas para secar las partes de su paciente, que recién abría los ojos y le decía a la doctora: “tengo la cara dormida y la boca seca, tampoco siento las manos… ¿estoy muy mal, doctora? Pieretti sonrió con ternura y le dijo:


- Por el contrario, estás muy bien. Simplemente acabas de tener tu primer orgasmo.


Ximena la miró con ojos de confusión e incredulidad. Pieretti sonrió de nuevo, le dio una palmadita juguetona en uno de sus muslos desnudos y húmedos y le dijo: "Vístete, te espero en la sala de al lado para conversar".


(Continuará)


Nota de la escritora: Por primera vez mi relato se engalana con fotografías originales (1 y 2), realizadas especialmente para este blog por mi amigo y talentoso fotógrafo José González "aka" Venezolion, a quien agradezco infinitamente su colaboración. Los invito a conocer más de su extraordinario portfolio en www.venezolion.tumblr.com

viernes, 15 de julio de 2011

Soñando despierta

Fotos de Pedro Gonzáles

Afuera llueve, y dentro de la oficina se siente esa pastosa impaciencia de un viernes por la tarde. Tecleo y cliqueo como autómata y, por un momento, me pierdo entre las letras del monitor y me veo contigo, en una playa de mi isla, contemplando el atardecer rojo y naranja, arropados por una suave brisa tibia.

Habíamos estado todo el día al sol y la piel nos ardía. Tú reposas en tu tumbona y yo me acerco. Abres las piernas para que pueda sentarme y recostarme sobre tu cuerpo. Me rodeas con tus brazos, cubriendo mis senos con tus suaves manos, y nos quedamos así, sin hablar, sintiendo el lento vaivén de tu respirar al compás de las olas, observando ambos el horizonte, hasta que el mar se traga por completo al sol.

Mil deseos pedidos en un instante... pero ¿qué hago pidiendo cosas que ya se están cumpliendo?

Entonces, simplemente pediré no despertarme de este sueño.

jueves, 2 de junio de 2011

Aventura Extrema




Entregarme casi sin conocerte y lanzarme de inmediato a la aventura de explorarte.

Subir primero tus laderas, contemplarte desde bien arriba; recorrer centímetro a centímetro tu vasta geografía: selvas tupidas, suaves planicies, húmedas estepas, tibios volcanes. Sentir la ardiente brasa de tus manos sobre mi cuerpo… acostarme a placer sobre el mullido colchón de tus labios. Desafiar la maleza hasta toparme accidentalmente con tímidos picos, endurecidos al tacto, mientras a lo lejos escucho el suave sonido del viento que exhala tu suspiro involuntario.

Decidirme luego a cabalgar tus vastísimos paisajes, hasta perderme de vista, hasta no encontrarme ni siquiera dentro de mí misma. Verme por dentro y darme cuenta que soy exactamente igual que por fuera, exactamente igual a mi entorno…exactamente igual a ti. Confundirme, mimetizarme con el ritmo desbocado de tu corazón que palpita y retumba entre mis piernas apretadas.

Sentir el vértigo de la caída y no poder hacer otra cosa que gritar y sonreír, con la certeza de que ese rumbo inevitable, más temprano que tarde, me impulsará de nuevo hacia la cima. Todo gira a mi alrededor… ¿o soy yo la que he girado? En este bungee de emociones ya no tengo referencias; no hay suelo ni cielo, mucho menos paredes que me contengan. Sólo hay espacio, un espacio infinito en el que no caben nuestras ganas de dar y recibir placer.

Ahora te contemplo desde abajo. Eres cielo sin nubes en el que me reflejo como en un espejo. Tus ojos traducen mi deseo, y en los míos descifras el camino hacia la salida de un laberinto en el que preferirías perderte por siempre. El peso de tu cuerpo me recuerda que, aunque lo parezca, aun no hemos salido de esta atmósfera grave que nos mantiene adheridos a una realidad, cada vez más mágica.

El viento sopla fuerte en mi cara, la adrenalina de la caída libre me seca la garganta y humedece mis ojos. Grito, giro, estallas, te absorbo… se abre finalmente el paracaídas que nos deposita a salvo en tierra de nadie, en tierra nuestra, para trazar nuestras propias coordenadas y hacer un fuego incipiente que nos aliente a volver, una y otra vez, a atizarlo y a no dejar que muera.

Duermo exhausta sobre tu hierba suave, acariciada por la brisa de tus manos, arropada con tu ternura y arrullada con tu respiración.

lunes, 23 de mayo de 2011

French Kiss


Es extraña la reacción en cadena que desata un simple beso en la boca. Es posible que en nuestras sociedades occidentales se sobrevalore tal acto o se le adjudique connotaciones netamente sexuales, cuando a lo mejor no es así. Recuerdo haber escuchado hace poco a un ponente de la Nueva Era diciendo que en las remotas tribus de “no-sé-donde”, los nativos se acarician TODO el cuerpo al hacer el amor, sin fetichismos de ningún tipo, demostrando así que los “civilizados” somos quienes hemos puesto especial énfasis en ciertas partes del cuerpo en detrimento de otras que podrían ser igualmente erógenas o susceptibles de atención, sexualmente hablando.

Está bien. Puedo estar de acuerdo con eso. Pero nadie podrá discutirme que el contacto de una boca con otra produce en cada uno de sus dueños una sensación incomparable. Nadie en su sano juicio podrá decirme que se siente lo mismo al juntar una mano con otra, o con cualquier parte del cuerpo, que esa explosión incontenible que se desata cuando dos pares de labios se encuentran a ojos cerrados.

Quién no recuerda su primer beso, sin importar cuánto tiempo haya pasado? Incluso hay muchos que podrían revivirlo y sentirlo nuevamente como si estuviera sucediendo. Y no hablemos únicamente del primer beso “francés” en cada una de nuestras historias personales. Hablemos incluso del primer beso en cualquiera de las relaciones que hayamos podido tener a lo largo de nuestra vida adulta. En líneas generales, sigue siendo muy similar. Ya sea que se suceda en una primera cita o en posteriores, hay que admitir que, una vez dado el gran paso del contacto labial y lingual, el panorama cambia radicalmente. Es como si en un literal cerrar y abrir de ojos, te encontrarás con otro hombre -u otra mujer, según el caso- frente a ti. Analicémoslo.

Al igual que cuando teníamos 15, es un paso que nunca estamos seguros de estar dándolo en el momento indicado. Cuando, por ejemplo, llega la hora de la despedida bajo el portón de la casa, seguimos viendo la escena en cámara lenta para calcular con la mayor precisión posible, y sin que se note vacilación alguna, la intención del otro; si la cabeza se ladea lo suficiente como para que el beso caiga en la mejilla o si por el contrario la embestida es más frontal y sólo nos queda cerrar los ojos y esperar el inevitable y a veces tan ansiado contacto. En esos escasos milisegundos, que siempre nos parecen horas, no importa si tenemos 18 o 40, seguimos sintiendo el miedo al rechazo, a la inoportunidad, a que a la otra persona no le guste o, peor aún, a que a nosotros no nos guste el resultado de tan importante lance. Por mucho que nos encantaría poder dejarnos llevar por lo que sentimos, en ese momento nos preocupan más los errores que pudiéramos cometer: tocar o no tocar?, dónde?, cómo?, besar con lengua, o sólo labios? Qué tanta lengua? Por cuánto tiempo? Y al mismo tiempo tenemos que estar lo suficientemente atentos como para poder percibir qué reacción está teniendo la otra persona y hacer la lectura respectiva para no quedarnos cortos ni tampoco sobrepasarnos.

Si felizmente, todos los escollos y pruebas son superados con éxito y ambos actores quedan satisfechos con el beso en cuestión, pasemos entonces al segundo inmediatamente posterior. Es como si nuestro cerebro tuviese un segundo exacto de “delay” y es entonces, en ese preciso, instante cuando volvemos a pasar la película, cuadro a cuadro y en cámara lenta, de lo que acaba de suceder. Sentimos la suavidad de los otros labios en los nuestros, la humedad de la lengua, la tibieza del aliento, el calor del abrazo. Es allí cuando el corazón se acelerara, los oídos retumban y las piernas se aflojan. Y en paralelo se desata en el centro de nuestro cuerpo toda una reacción química-hormonal, que yo prefiero llamar “pasión”. Después de eso, ya nada es igual.

Con un beso se sella un pacto tácito, pero plagado de códigos compartidos, tal vez no todos convenientes, pero definitivamente ineludibles. Es como si, todo contacto visual o de piel que hubo antes de ese mágico momento, fuera tan solo parte de la combinación, y el beso fuera ese último giro de rosca para abrir la caja fuerte del corazón.

Después de un buen beso es imposible no sonreír, no suspirar, y por supuesto, no querer seguir besando sin parar. Después de un beso cambia el lenguaje, el trato, la intención. Te distiendes y comienzas a ser verdaderamente tú con la otra persona. Tal vez la verdadera y total intimidad se alcance luego del sexo, pero en mi opinión, el primer beso, sin importar en qué momento de la relación se dé, marca un claro antes y después. El beso es un gran faro que ilumina una estrecha y sinuosa carretera que antes estaba en total obscuridad. El beso abre las compuertas que permiten llenar el alma de sentimientos. Y que no me joroben los científicos con aquello de sublimar un “french kiss”. Nadie podrá discutirme que es de lo más romántico y erótico que existe!

jueves, 28 de abril de 2011

Exhortación


¿Quién te crees que eres? ¿Acaso piensas que puedes llegar así, sin siquiera conocerme, y avasallarme con tu actitud desenfadada y segura? ¿Es que piensas que me seduce tu manera ruda y hasta torpe de tomarme por el brazo, tus comentarios machistas y tu porte de galán de telenovela barata?


¿Qué te pasa? ¿En cuál país creciste, en qué era naciste que piensas que me excita la forma como halas mi cabello, estrujas mi piel y muerdes mis labios?


¿Qué no te han enseñado modales? ¿Ningún buen amigo ha conversado contigo sobre cómo nos gusta a las mujeres que seamos tratadas? Te sientes muy seguro de ti, tal vez te ha funcionado con otras, pero conmigo te has equivocado.


Pero… ¿Qué coño haces? ¿A dónde me llevas? ¿Qué hay en esa habitación? ¿De verdad piensas que voy a dejar que me tomes entre tus brazos a la fuerza, que me sometas a tu antojo? ¿Crees que no voy a lograr zafarme de tus garras de macho patán?


No me inmovilices…, no! No, no, no… por favor, no resoples en mi cuello, no introduzcas tu lengua húmeda y lasciva en mi oreja, no te atrevas a darme órdenes como si estuvieras cantándome canciones de cuna. ¡No soy tu sirvienta!


¡Dios! No me coloques de esta forma sobre la mesa, no! No soporto sentir tus gotas de sudor como caen sobre mi espalda y se deslizan lentamente hasta el frío tope de mármol.


No quiero jugar tu juego, no podrás someterme. No es así como me gusta que me amen, no es de esta forma que obtendrás algo de mí, no más que indignación y rabia.


Mi piel se eriza al sentir el vapor de tu exhalación a micras de distancia de mi piel. Arqueo la espalda, empino el culo, intento en vano sacar astillas del frío mármol que se empaña dibujando el contorno de mi cuerpo desnudo y expectante.


No conseguirás nada de mí, aún cuando estoy escuchando cómo abres la hebilla de tu cinturón y bajas lentamente la cremallera del pantalón. No puedo verte, pero intuyo cada movimiento y te repito…no conseguirás nada de mí.


De pronto mis ojos casi se salen de sus órbitas…la habitación se inunda con mi grito ahogado por tu mano inmensa y ruda, así como mi culo se anega con tu portento erguido y romo, carnoso y brutal. Dos lágrimas gordas saltan y salpican la mesa, confundiéndose con tu sudor y el mío. Te quedas quieto un par de segundos, supongo que recreándote con mi cuerpo y sus miles de músculos, todos en tensión.


Paradójicamente, te vuelves más paternal. Acomodas mis desordenados mechones de cabello, acaricias mi cuello y mi espalda y me pides que me relaje, al tiempo que tus movimientos ya no son enérgicos, sino sinuosos y acompasados, muy lentos… prácticamente imperceptibles.


Logras cambiarme, ya no hay insultos, ya no hay reclamos. Sólo una yegua amansada bajo un jinete ejemplar. Poco a poco mis músculos van soltándose, al tiempo que puedo sentir cada milímetro de tu invasión. Con mis ojos muy cerrados, logro medir la longitud, el diámetro de tu asta, durísima y caliente, sentir su humedad viscosa que le permite deslizarse sin dificultad dentro de mis secas y estrechas paredes.


Ahora soy yo la que te pide más. Y tú, como siempre, tienes todo el control. Ahora no te mueves, ya no eres el macho que me sometió hace unos minutos; solo esperas deliberadamente a que me muera de deseo. Como puedo, empino mis caderas para sentirte más adentro, succiono para no dejarte escapar. Sólo cuando tú lo decides, justo cuando yo estoy a punto de morir de deseo, comienzas a galoparme como si fuera un caballo de cristal.


Avanzas al trote, apuras el paso, yo gimo, grito, lloro, pero ahora, de puro placer. En el segundo exacto lo sacas y explotas sobre mis blancas nalgas, que ahora parecen de nácar. Te subes el pantalón y te largas sin decirme ni una sola palabra.


¿Quién te crees que eres? ¿Acaso piensas que puedes venir así, con tu aire de macho latino irresistible, seducirme, someterme en contra de mi voluntad y luego irte sin siquiera darme tu nombre, sin preguntarme si estoy bien, sin decirme si nos volveremos a ver? Esto no se le hace a una dama. ¡Juro que te encontraré!

domingo, 17 de abril de 2011

Veintidós Orgasmos Santos



Magdalena era su nombre. Irónico para esa época del año, cuando se recuerda la muerte y resurrección de Jesucristo, para algunos el Mesías, para otros un líder espiritual y hasta político de épocas muy remotas y confusas que la Iglesia Católica ha retorcido a su antojo y conveniencia, al punto de no poder separar ya los hechos de las leyendas, la Verdad del terror.

La misma María Magdalena, que durante siglos ha sido representada como una prostituta nefasta, es apenas en épocas recientes cuando comienza a aparecer –gracias a ciertas investigaciones- como la verdadera compañera de Jesús, su principal discípulo y tal vez, hasta su esposa.

Esta Magdalena del nuevo milenio, se había autocondenado a sentir remordimiento por ser dueña de una exacerbada sexualidad por la que muchos la llamaban puta y la trataban como tal. Ella se sentía infeliz, pues lo único que quería era un hombre a quien amar y que la amara y la respetara en su esencia, que la entendiera tal como era, en lugar de criticarla o intentarla cambiar y, si acaso era posible, que tuviera su misma concepción de la vida, de la pasión y del amor.

Ya andaba en sus cuarenta; un reciente divorcio la colocaba en el punto de partida de una nueva vida independiente y autosuficiente, en la que ya no buscaría un esposo, sino la felicidad como un vehículo para llegar al verdadero AMOR, con todas sus mayúsculas.

No fue fácil llegar a este punto; una y otra vez retrocedía y sin darse cuenta estaba de nuevo sentada frente a un hombre, tomando un café, compartiendo una cena o un polvo fugaz y pensando “tal vez éste sí sea”... para darse cuenta días o semanas más tarde, que ese no era el camino.

Magdalena transitó la Vía Dolorosa mil veces hasta que logró resucitar –no en tres días, por desgracia- y subir al cielo de su propia identidad como una Diosa del sexo, del placer y del Amor. Aún no lo sabía, pero rápidamente numerosos adeptos, fervorosos creyentes e incondicionales seguidores le hicieron darse cuenta que en realidad había logrado completar el nivel básico en el que muchos pasan la vida, para avanzar un peldaño hacia la satisfacción real, interna y sagrada.

Y aquél Viernes Santo, mientras miles de feligreses llenaban las iglesias con olor a cera e incienso, Magdalena llenaba su habitación con olor a sudor, saliva y semen, las tres ofrendas que su más afanado devoto le prodigaba. Mientras cientos de cristianos caminaban de rodillas hasta el templo en pago de alguna promesa, ella se ponía de cuclillas, o tumbada sobre su espalda con las piernas muy, muy abiertas para recibir la certeza de un placer infinito y casi místico.

Aquél Viernes Santo, en el santuario sagrado de su cama, Magdalena contó cada uno de los orgasmos que bañaban su vulva y corrían por su culo salpicando el cuerpo de su adorador.Fueron veintidós, a lo largo de cuatro horas de procesión sin tregua por un millón de estaciones de placer y delicias, antes que muriera ahogada con los brazos en cruz, en un último suspiro acompasado en dos gargantas secas.

Veintidós orgasmos santos, que la acercaron más a su propia religión hedonista y gnóstica, trashumante y mística, pragmática y divina.

jueves, 31 de marzo de 2011

Sexo


Hoy pasas por mi lado y sigues de largo sin verme.

Te escabulles rápidamente entre la gente y a ratos llegas a perderte del todo de mi vista.

Pero te conozco tanto, desde hace tanto y con tanto detalle, que puedo seguirte a ojos cerrados, oliendo tu aroma, escuchando tus pasos, sintiendo tu calor.

Acelero el paso, te mimetizas entre la gente.

Me aturdo, me confundo, trastabillo, casi agonizo, hasta que te veo colar entre la multitud en el andén del metro.

Con dificultad me escabullo entre el gentío y, justo con el último pitar del vagón, logro alcanzar la punta de tu abrigo.

Las puertas se cierran y yo me aferro al trozo de tela como un náufrago a su tabla.

Camino…corro a la misma velocidad del tren que acelera y comienza a perderse en la garganta profunda y oscura del túnel.

Finalmente, mi persistencia y mis fuerzas agotadas logran arrancar un retazo de esa tela vieja que tanto necesito para calentar mis nieves casi perpetuas.

Con ellas en la mano -como un trofeo largamente disputado- exhausta y hambrienta, me marcho a casa a masturbarme…