martes, 8 de junio de 2010

Sin Toalla (2da. parte)


Dos semanas llevaba el juego de ping pong que Franco mantenía con ella cada noche, enviándole mensajes a su Blackberry, justo en el momento de aproximarse a la ventana, totalmente desnuda, para correr las cortinas. Aquellos mensajes, y el té que bebía cada noche justo antes de acostarse, la arropaban tibiamente, sumiéndola en un sueño profundo y reparador. Algunas veces los mensajes de texto de Franco iban acompañados de alguna fotografía sugerente…primeros planos de piel que ponían su imaginación a volar y a recrear mentalmente el resto del plano fotografiado.

Para imaginar con todos los sentidos, ella se acostaba boca abajo, en su posición preferida para sentir el roce de su mano o una almohada y la presión ahogada en su bajo vientre; con ojos cerrados y el cuerpo tenso podía sentir el perfume de Franco, la caricia de los suaves vellos de su pecho en los labios, el sabor de su lengua almibarada que se acercaba a besarla… la sensación iba in crescendo, y entonces la refriega aumentaba hasta alcanzar los más deliciosos espasmos que plagaban su cuerpo de un sudor perlado que parecía añadirle más luminosidad a su piel, a juzgar por el magnífico aspecto que lucía al despertar con el alba.

Pocas veces ella respondía los mensajes de Franco… eran tan certeros y sublimes a la vez, que cualquier respuesta hubiera degradado sus múltiples significados e intenciones subyacentes. Por suerte, Blackberry tenía la maravillosa capacidad de “delatar” al lector, con una pequeña “R” que indicaba que el mensaje había sido leído. Lo que no sabía Franco era cuán hondo podía tocar esa “R” en su cuerpo de mujer Repleta de deseo, Redundante de pasión, Recubierta de sensualidad, Resteada a la aventura de compartir sus Renovadas sensaciones con aquel Romeo virtual que espiaba desde alguna ventana oscura el momento en que el Recato y la Reserva se escapaban por la ventana dejando entrar, justo antes de correr las cortinas, aquella Ráfaga de erotismo inusitado.

Dos semanas de juego libidinoso e infantil a la vez, movían a Franco y su objeto voyeurista entre la ingenuidad de los actos y la osadía de los pensamientos. Era una eficaz calistenia para la imaginación, pero empezaban a necesitar más que eso. Sus cuerpos le pedían, primero con susurros y luego a gritos, completar lo que en los sesos comenzaba con tan buen pie. Fue entonces cuando Franco comenzó a solicitar audiencia a través de sus mensajes de texto. Con sutileza y mucha cautela iba tanteando el terreno incierto y desconocido de aquella enigmática silueta obscura que sólo se convertía en trazos firmes dentro del pensamiento de Franco, cuando combinaba los recuerdos de aquella compañera de trabajo, con los rasgos desdibujados de la ventana y los toques que sus fantasías podían añadir.

Un par de mensajes durante el día, en un tono más cotidiano, surtieron efectos mágicos. Parecía que la luz del sol disipaba en ella la rigidez enigmática de la noche; respondía relajadamente, compartían algún chiste y -lo más importante- se mostraba ante Franco sin disimulos. Fue así como Franco logró, finalmente, encontrar una rendija abierta en aquellas pesadas cortinas, para asomarse cuidadosamente en el fascinante mundo de tan hermosa mujer…

Continuará.

No hay comentarios: