miércoles, 5 de mayo de 2010

Sin Toalla



Si no fuera porque era imposible que lo supiera, hubiese jurado que estaba tomándole el pelo cuando Franco le escribió por el Blackberry diciéndole que estaba de vuelta en la ciudad y que vivía exactamente en la misma calle en la que ella acababa de mudarse. Cincuenta mil kilómetros cuadrados de casas y edificios amontonados y, sin saberlo, compartían las mismas coordenadas desde hace casi el mismo tiempo.


Ella tenía veinticinco días viviendo en su nuevo departamento y él había decidido regresar y probar de nuevo suerte con el negocio gastronómico hace un par de semanas. El encuentro virtual también fue extrañamente fortuito. Aunque ambos estaban en sus respectivas listas de contactos, jamás se escribían más allá de un eventual chiste en cadena. Sin embargo, la noche del martes sonó la atorrante chicharrita del BB para mostrar únicamente un mensaje con la palabra “test” en un color morado, distinto al negro habitual de todos los mensajes.


Extrañada y curiosa, ella respondió con un saludo neutral, a lo que él respondió con sus típicas frases en extremo inteligentes, como redactadas con anterioridad para no descuidar ningún detalle, no sólo sintáctico o morfológico, sino sobre todo, semiológico. Franco escogía las palabras perfectas para decir mucho sin decir nada, o para insinuar todo pero con la coartada perfecta que pudiera luego defenderlo de un posible “mal entendido”. Esa perspicacia, esa sutil picardía, era tal vez lo que más le gustaba a ella de Franco. Realmente no era lo que pudiera llamarse “su tipo”: de poca estatura, tez blanquísima y ojos “azul piscina”, Franco era demasiado rubio para su gusto. Pero había un “no sé qué” que le atraía de él y estaba, definitivamente en su intelecto, en su habilidad para responder preguntas incómodas, en el difícil equilibrio entre callar y hablar más de la cuenta.


Aunque colegas y compañeros de trabajo por un breve período, fue luego de ambos renunciar que tuvieron la oportunidad de conocerse un poco mejor, tomando uno que otro café o compartiendo algún estreno de cine. Franco tenía la capacidad de hacerla sentir alegre, bonita, importante… y esa noche del martes, Franco también logró hacerla sentir deseada.

Luego de intercambiar varias líneas de asombro por la recién conocida vecindad, comenzaron los típicos halagos y los mensajes cifrados que insinuaban la posibilidad de visitarse, conocer los recién estrenados departamentos y compartir algún café… Todo envuelto en ese halo subyacente en el que lo dicho y lo pensado se mezclaban, dando como resultado una sonrisa nerviosa, un cálido rubor y un deseo que comenzaba a despertarse casi sin notarlo… en ambos.


- Tendrás que cuidarte cuando pases en toalla hacia tu cuarto… ahora puedo verte, dijo él.

- Ahora que lo sé, esconderé la toalla, respondió ella junto a una carita sonriente.


Desde aquella noche del martes, todas las noches ella camina desnuda del baño a la habitación y en ese momento -y no en otro- es que decide acercarse a la ventana, echar un último vistazo a la calle vacía y oscura y cerrar las ventanas. Desde entonces, todas las noches y justo en ese momento –y no en otro- ella recibe un mensaje en su Blackberry, siempre distinto, siempre escurridizo, pero siempre letal. Ella se acuesta, y en ese momento –y no en otro- cierra los ojos para zambullirse en los “azul piscina” de Franco, navegar por sus corrientes cálidas y abruptas y dormirse mojada de placer… y sin toalla.