sábado, 13 de junio de 2009

Hondo Silencio




Cayendo la tarde, Paula y David habían quedado agotados de discutir por una pelea que comenzó con la decisión de qué preparar para la cena y terminó sacando viejos trapos al sol, sobre infidelidades, supuestos engaños, monotonías y cansancios.

En el fondo, Paula y David se amaban con el mismo ardor de sus primeros años, pero ambos se habían cansado de buscar las brasas humeantes y atizarlas en busca de la pasión perdida entre deberes, deudas, niños y compromisos sociales.

Aquella tarde David optó por salir de la casa sin decir nada, dejando a Paula con mil palabras atropellándose en su lengua, una cebolla en la mano y las lágrimas a punto de estallar.

- ¡Estoy harto de escucharte!, fue lo único que dijo David antes de tirar la puerta tras de sí.

Paula, orgullosa y herida, después de rumiar su frustración y aliñarla con especies de la cocina, decidió que nunca más diría una palabra delante de su esposo.

Así de rotunda y drástica era Paula, así de apasionada y febril en todos los actos de su vida. Así cocinaba platos de Chef para doce personas, así dejaba la casa limpia y lustrada, así redactaba impecables informes para su jefe, así atendía dedicadamente a sus invitados, así amaba con desenfreno a su marido en la cama. De modo que no era descabellado pensar que, en efecto, Paula pudiera enmudecer por el resto de sus días, sólo para facilitarle las cosas a su marido.

Terminó de preparar la cena y comió con los niños; los ayudó a terminar sus deberes, preparó las meriendas del día siguiente, acomodó los uniformes y hasta escogió del ropero la combinación que llevaría al día siguiente a una importante reunión de trabajo. Tomó un largo baño, se exfolió la piel, se rasuró las piernas, se frotó el cabello con una cucharada de aceite de oliva, y David seguía sin aparecer.

Comenzó a impacientarse. Era la primera vez que pasaba algo parecido, así que desconocía por completo el protocolo en situaciones semejantes. Estuvo tentada a llamarlo al móvil, pero eso traicionaba su promesa de no hablarle más. Pensó llamarlo y no hablar, pero David sabría que era ella y quedaría como una niña estúpida ante tal acto. Así que no le quedó otra opción que esperar. Esperó viendo la televisión, leyendo una novela, jugando solitario en la computadora, fumando en el balcón, alimentando los peces, cambiando el orden de los cojines del sofá, actualizando su agenda, comiendo algo de las sobras de la cena, esperando en la ventana la llegada de su hombre... recordando los buenos momentos con David, su perfume de hombre limpio, las ondas de su cabello enredadas en sus manos, su mueca facial en la aproximación del orgasmo, el calor de sus jugos dentro de ella...

Paula se perdió en aquellos recuerdos vívidos y tan placenteros, que no escuchó el sonido de la puerta cuando David entró sigilosamente para no despertar a nadie. Eran las 4 de la mañana y Paula miraba sin mirar hacia la calle, con una mano acariciando su cuello y la otra refregando la entrepierna húmeda y llena de recuerdos.

Desde el pasillo del hall David notó la pose de su mujer y entendió lo que pasaba. Venía con el propósito de tomar la misma actitud con la que encontrara a Paula. Si ella le hablaba en buen tono, él le contestaría igual; si pretendía seguir discutiendo, lo encontraría dispuesto a dar la pelea; si no le hablaba, él también callaría. Pero nunca pensó encontrarse con una mujer caliente y deseosa de sexo. No estaba preparado para ese escenario.

Sin embargo, al ver la silueta de Paula a través de las transparencias de su lencería, sus curvas recortadas por la luz de la calle, sus caderas redondas por haber parido tres hijos, sus piernas contorneadas y firmes, su larga cabellera acariciándole la espalda, pronto recordó a la novia de la universidad, a aquella mujer llena de fuego que lo cautivó con su sonrisa, su actitud decidida y desenfadada y su desbordante sensualidad.

David caminó sigilosamente hasta la ventana. Faltando pocos centímetros para llegar hasta el cuerpo de Paula, aún imbuido en pensamientos húmedos y pecaminosos, ella lo intuyó e intentó voltearse, pero David apuró el paso atrapando sus manos para dejarlas en el lugar exacto donde se encontraban segundos antes: la izquierda en su nuca, la derecha en su pubis.

Tomó la izquierda, la besó dulcemente y la sustituyó por sus labios y su lengua que se dedicaron a besar y lamerle el cuello con suavidad y lujuria, mientras él dirigía esa mano libre hasta su miembro, erecto y alerta entre sus pantalones.

Los recuerdos de Paula habían borroneado la rabia, pero para ella una promesa era sagrada, aunque haya sido hecha para sí misma. Había jurado no hablar y esa decisión sería inquebrantable. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de la respiración de su hombre, por el suave vaivén de su lengua, por el movimiento de su bestia enjaulada que sentía moverse entre su mano.

David conocía aquel cuerpo de mujer mejor que el suyo propio, así que se dispuso a tocar uno a uno todos los botones que le encendían el placer y le proporcionaban siempre extraordinarios orgasmos.

Rápidamente David despojó a su mujer de la liviana ropa que la cubría y llevó sus manos a sus senos, turgentes y desafiantes. Tocó con las yemas de sus índices los duros pezones erectos y sensibles, hundiéndolos al nivel de sus areolas oscuras y rugosas. Repitió este movimiento varias veces para luego pellizcarlos, tomando finalmente la absoluta rotundidad entre sus manos ahuecadas, acariciándolos, apretándolos, masajeándolos con fruición.

David esperaba que su mujer le recriminara algo, o incluso que le pidiera perdón por la pelea de horas antes, pero en su lugar, encontraba un largo e inusual silencio que lo desconcertaba un poco.

Prosiguió su tarea, bajando sus manos en una lenta expedición por el vientre, la cintura, las caderas de Paula, hasta llegar a la maravillosa redondez de sus nalgas. Paula sentía un placer peculiar cuando la acariciaban allí y David sabía perfectamente cómo llevarla al clímax. Las caricias debían ser en extremo sutiles, casi un roce imperceptible y siempre en la parte baja de las nalgas, justo en el pliegue que las separa de los muslos, a todo lo largo y hacia adentro, hacia el ano, en ese vértice de líneas que delimitan la zona de un placer profundo y diferente a todo lo conocido.

Paula arqueó su espalda y acercó aún más su culo al cuerpo de David, a su asta erguida, a sus manos laboriosas y expertas que ahora hurgaban una entre sus pantalones para sacar al monstruo de su prisión de tela, y la otra entre las nalgas de Paula, buscando con sus dedos previamente lubricados con los propios fluidos de su vulva, el culo apretado y tibio.

Jugueteó con su culo hasta que la respiración de su amada le indicó el momento justo de excitación para penetrarla sin resistencia. Fue entonces cuando David hizo que apoyara sus codos sobre el marco de la ventana y abriera las piernas, exponiendo totalmente la caverna oscura y grandiosa donde a él tanto le gustaba extraviarse.

Cual periscopio, David dirigió con delicadeza y precisión su verga lisa y latente introduciéndola de a micras por aquel conducto que ayudaba con succiones y movimientos lentos a tragarse deliciosamente a su presa. Minuto a minuto los movimientos aumentaban de velocidad y de fuerza, hasta que poco después, no se veía nada de aquel pene y el cuerpo de Paula danzaba al compás de los sonidos guturales que salían de su garganta o de algún lugar aún más profundo de su hermosa anatomía.

Sus senos colgantes bailaban hacia todas direcciones, mientras David tomaba la negra y larga cabellera de Paula, como quien monta una yegua a pelo y la cabalga con maestría. Paula sentía desfallecer con cada orgasmo, intenso, hondo como su silencio, interminable, mítico. Las piernas le fallaban a ratos, y entonces David las sostenía elevándolas como una carretilla, mientras ella se asía al marco de la ventana con manos, dedos y uñas. Cuando recuperaba un poco las fuerzas, volvía a sostenerse por sí misma y entonces sus manos buscaban frenéticas el clítoris y se frotaba con aquel néctar que salía desde lo más profundo de su cuerpo y chorreaba por su entrepierna como cataratas de placer puro.

Así estuvieron por largo rato, sin mirarse, sin decirse ni una palabra. Sólo amándose, resarciendo errores, expiando culpas, redimiendo sus pecados de omisión y desidia, hasta que David explotó en un mar de semen que bañó las nalgas, la espalda, los muslos de su única y amada mujer...

Caminaron de la mano hasta el baño, se asearon juntos y se acostaron a dormir, en el más absoluto silencio. El más hondo de todos, el más placentero y productivo de los silencios.