miércoles, 29 de abril de 2009

Un domingo en la playa



Relato ganador del Segundo Lugar en el 3er. Concurso Sexo Para Leer de la Revista Urbe Bikini, Venezuela




Algunos de mis seguidores ya conocen de este premio e incluso han leído el relato. De hecho es el segundo año consecutivo que gano el segundo lugar en el mismo concurso.
Estaba esperando que fuera publicado en la edición de abril de la revista para colgarlo aquí, y además poner la ilustración que lo acompaña. Lamentablemente la ilustración no me gustó, me pareció grotesca y no refleja en absoluto el espíritu del relato. Por otra parte, olvidaron colocar mi nombre como autora, lo cual será subsanado con una Fe de Erratas en la edición de junio. Y como no hay mal que por bien no venga, la omisión me permitió la oportunidad de hablar con el editor, quien me propuso publicar otro de mis relatos en dicha edición. Por lo pronto, aquí se los dejo, tal como salió en la revista, pero con una fotografía que me parece mucho más bonita y acorde con la historia...




La osadía y travesura de Eva se juntaron con la perversa y creativa sexualidad de Él, formando una dupla muy particular. Calzaban como piezas de un gran rompecabezas en el que amor, sexo, deseo y fantasías se mezclaban en colores tornasolados, confusos para aquellos que miraban desde afuera.

Él tenía su pareja -una morena pequeña de senos grandes, culo firme y muchos celos de su hombre- por lo que su relación con Eva debía ser secreta. Ella era una mujer madura, emancipada, guerrera y guardiana de su libertad; el principal valor era el respeto de los espacios. Esta relación poco ortodoxa los excitaba y liberaba, les permitía experimentar sin falsos pudores, incrementaba sus ganas de fantasear y los impulsaba a forzar las barreras de lo convencional.

Una mañana de domingo, coincidieron en la playa; Eva sola, Él con su pareja que, inocente de todo, escogió sentarse a escasos metros de su... “rival”… O se podría decir más bien, de su socia?

Estaban lo suficientemente cerca como para no perder detalle de ningún movimiento y lo suficientemente lejos como para no levantar sospechas. Además, la playa estaba bastante concurrida, cosa que les provocaba mayor excitación, al saberse secretamente conectados en medio de una multitud ignorante de aquel chorro incontenible de energía que fluía entre esos seres aparentemente desconocidos.

Con lentes oscuros y un libro como escudo, Eva observó cuando su hombre se quitó la franela dejando al descubierto su espalda tatuada, sus músculos definidos, sus brazos que abrasan y se derriten de placer al contacto de un beso. También pudo ver con detalle a su esposa, su piel acanelada, su cabello rizado, los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, su busto generoso, su cintura de mulata, su vientre plano y sus nalgas apretadas y redondas, expuestas sin censura en un hilo dental. Le gustó lo que vio... Por un momento quiso tenerla cerca, besar su piel lisa y prieta, perderse entre sus tetas, lamerla, comérsela despacito como se come un fino bombón.

La pareja comenzó un ritual de acicalamiento, doblando la ropa, extendiendo las toallas sobre la arena, colocándose mutuamente protector solar... Eva, mientras tanto, pasaba páginas sin leer, con la mirada clavada en ellos.

Cuando Él, como atento marido, se colocó tras su esposa para masajearla con protector 15, pocos metros más acá se desencadenó una explosión de poros encendidos. Sintió Eva las manos de su hombre, resbalando aceitosas por su espalda, bajando hasta sus nalgas, rozando suavemente la rendija que en tantas ocasiones había sido ungida con profanos aceites. Sintió sus manos tibias y expertas deslizándose hacia su cintura, clavándose en sus caderas, atrayéndolas para que sintieran y a la vez encubrieran su miembro erecto. Sintió también su aliento, muy cerca de su cuello, y su voz pausada preguntándole “¿qué quieres que haga?”...

“Quiero que me excites, quiero verte con ella
respondió telepáticamente. Comenzó entonces un flirteo discreto pero evidente para Eva, única espectadora de aquella función privada en la que la protagonista participaba sin saber, como en un juego de cámara escondida que hacía la escena aún más excitante.

Después de los masajes, los besos furtivos y la evidencia eréctil imposible de disimular, la pareja decidió entrar al mar. Eva hizo lo propio -guardando siempre prudente distancia- para no perderse ni una toma de su cortometraje particular. Dentro del agua pudo apreciar a la pareja estrechamente abrazada y no necesitó más estímulo que su propia imaginación para completar la parte sumergida de sus cuerpos, con seguridad tocándose, masturbándose y hasta penetrándose, mientras Él le contaba lo maravilloso de hacer un trío con otra mujer, situación colocada hasta entonces en la repisa más alta de sus fantasías no cumplidas.

Desde afuera todo parecía estar en perfecta normalidad. Ellos se bañaban abrazados y unos metros más adentro, el cuerpo de una mujer flotaba, al tiempo que el dedo medio jugueteaba con su clítoris hasta expeler una corriente cálida que temperaba las frías y tranquilas aguas de la bahía.

La pareja salió del agua contenta y sonriente; tomados de la mano caminaron en dirección a los baños. Eva terminó su trabajo dactilar, se acomodó el bikini y salió chapoteando tras ellos.

Apenas entró al baño de damas escuchó a la pareja dentro de uno de los amplios cubículos. Se agachó para mirar y sólo vio los pies de Él, haciendo movimientos de equilibrio, empinándose y cayendo sobre sus talones con fuerza, al ritmo de los jadeos femeninos que se ahogaban entre besos.

Eva se acercó sigilosamente y posó su mano sobre la puerta, la cual cedió con suavidad, dejando al descubierto la erótica imagen de dos cuerpos perfectos, acoplados, ensartados, excitados no sólo por el acto en sí, sino por la prohibida y peligrosa situación.

Cuando voltearon para mirar a la intrusa, la reacción de ambos fue antagónica. La bella morena intentó zafarse de los brazos de su marido, en una mezcla de susto y vergüenza, pero Él la atrajo con más fuerza hacia su cuerpo, clavándole sin piedad aquel miembro que no podía estar más duro, al tiempo que siseaba muy cerca de su oído, tratando de tranquilizarla.

De inmediato, y antes que la mágica visión se desvaneciera, Eva levantó sus manos en son de paz y dijo: “tranquilos, sólo quiero mirar, si ustedes me lo permiten”...

Las miradas se cruzaron y tras unos segundos aceptaron de buena gana el trato. Les encantaba ser vistos; sobre todo a Él, si quién lo veía era su secreta y verdadera Mujer; prohibida, anónima, pero absolutamente SUYA, más aún que aquella dentro de la cual navegaba, ahogándola de pasión.

Eva se acomodó discretamente en un ángulo de aquel cubículo sexual y sin pedir permiso ni perder tiempo, se quitó el bikini y comenzó a tocarse frenéticamente, mientras veía las nalgas de su amado, tensándose con cada embestida, los pies femeninos a modo de cinturón, las manos de ella rodeando su cuello y más allá, un rostro desencajado de placer, borroso entre rizos húmedos de sal, mordisqueando sus propios labios y lanzando miradas clandestinas hacia la vulva húmeda y palpitante de su invitada de honor.

Él lo advirtió enseguida. La escena se estaba tornando cada vez más excitante. Murmuraban... era poco lo que Eva escuchaba pero era evidente que Él estaba ayudándola a fantasear y a excitarse aún más. Mientras Él más susurraba, la respiración se aceleraba, y su cabeza se movía en señal de asentimiento.

Fue entonces cuando Él, con su esposa aún cabalgándolo, dio dos pasos hacia atrás para pegar su dorso al cuerpo de Eva que seguía recostada y con sus dedos caracoleándole el pubis. Sintió que sus pechos se derretían al contacto de esa espalda perfecta y conocida. El balanceo de su cuerpo penetrando al otro, la invitaba a participar en esa danza delirante. Él volteó su cara y le dijo a Eva: “mi esposa quiere besarte, dice que tienes unos labios hermosos”...

Entonces Eva se despegó rápidamente de la pared y se colocó junto al cuerpo suspendido y pequeño, sudoroso y tenso de aquella mujer. Con ternura retiró de su rostro el cabello chorreante de sudor y agua de mar y colocando una mano en su nuca, la atrajo hacia ella. Primero fueron besos suaves y cortos, infantiles; pero en seguida se convirtieron en apasionados y profundos, arabesco de lenguas, mordiscos, exploración... Todo bajo la mirada estupefacta y excitadísima del hombre compartido.

Esa simple y compleja sensación de dos bocas de mujer besándose con fruición las llevó al éxtasis instantáneo. Un orgasmo corto, intermitente, escurridizo, casi imperceptible... diferente; producido más por los ojos y por la mente que por los cuerpos mismos. Él, con la sola imagen tan sensual de sus dos mujeres unidas por un beso, se vino detrás de sus hembras en un espasmo largo, copioso y estremecedor.

Inmediatamente Eva se puso el bikini y regresó a su tumbona intentando ocultar la mueca de placer. Ellos se quedaron un par de minutos más en el baño: su esposa aún a horcajadas, aturdida, asombrada. Con la mayor de las ternuras, Él le preguntó: “¿te gustó?”, y ella contestó decidida: “Nunca nada me había gustado tanto”.

Una corriente de agua helada sobresaltó a Eva. La tarde caía y la marea crecida había enterrado su tumbona en la orilla. Mojada de sus jugos y del agua de mar, recogió sus cosas y se marchó, sonriente y satisfecha.


domingo, 19 de abril de 2009

Estoy, estás...


Estoy…
Como el banco de la plaza en el que nunca te sientas, pero dispuesto a ofrecerte descanso cuando lo desees;
Como el perro callejero que olfatea la basura de tu casa esperando encontrar algo de tu olor;
Como los colores del atardecer, siempre a la misma hora, pero siempre distintos;
Como el farol que alumbra tu calle: nunca lo ves, pero ilumina todas tus madrugadas;
Como el café que tomas en la mañana, tan necesario para arrancar el día;
Estoy: con mi corazón abierto y mis ganas de ti intactas, con mi promesa inquebrantable de amarte con el cuerpo, con la mente y el corazón, con mis ansias perennes de ser mujer a través de ti.

Estás…
Como el pilar donde reposa el dintel de mis deseos;
Como el mejor libro de mi biblioteca, que siempre es bueno volver a leer y que siempre leo de forma diferente;
Como el paisaje azul y rojo que contemplo entre las nubes, sintiendo el calor de tu mano apretando la mía;
Como las notas de un pentagrama mudo, a la espera de una audición;
Como tus huellas en mi alma, en mi casa, en mi colchón;
Estás: con el recuerdo vivo de tus caricias, con el toque suave de tus labios, con la mirada indescifrable de tus ojos en el momento exacto de entregarme tu amor…

viernes, 10 de abril de 2009

Qué Pecado!!



- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
- Absuélvame Padre, porque he pecado.
- Tranquila hija, Dios te escucha y te perdonará. Dime, ¿hace cuánto que no te confiesas?
- Pues… tengo 26 años… hice la Primera Comunión cuando tenía como 11… eso quiere decir que tengo unos 15 años sin confesarme, Padre. Estoy en el pueblo visitando a mi abuela y me ha obligado a confesarme por ser Semana Santa. Y bueno… caminando hacia acá tuve que pensar qué pecados podía haber cometido.
- Todos cometemos pecados constantemente, hija mía… de palabra, obra u omisión. Pero Dios siempre escucha y perdona, así que no temas, es Él quien te está escuchando ahora. A ver, cuéntame tus pecados.
- Está bien, Padre. Lo intentaré. Resulta que tengo mi novio en la ciudad, mi novio de toda la vida. Ocho años hace… desde la secundaria pues. Yo lo quiero y él me quiere a mí. Realmente nos llevamos bien y estamos planeando casarnos cuando ambos terminemos nuestros estudios de especialización. Hace una semana que llegué al pueblo, por las vacaciones de primavera y para estar un tiempo con mi abuela, que creo no le falta mucho para despedirse de este mundo…
- Al grano hija, tengo aún mucha gente que perdonar…
- Si, si… claro, disculpe. Fue la noche siguiente a mi llegada cuando vi aquel chico en el bar, al otro lado de la barra. Aún no entiendo cómo alguien tan apuesto estaba solo en aquel lugar.
- Cccjjjummmmm, cjmmmm…
- Disculpe… el caso Padre es que él me miraba y yo, por más que intentaba desviar la vista hacia otro lugar, siempre terminaba topándome con sus ojos. Yo comencé a sentir un calor tremendo, sentía las orejas calientes y el cabello suelto me empezaba a molestar, así que fui al baño a refrescarme la cara con agua y hacerme una cola. Cuando salí me topé de frente con el chico, que sin mediar palabra alguna, me tomó de la cintura, me atrajo hacia él y me dio el beso más apasionado que hombre alguno puede darle a una mujer. Sin dejar de abrazarme y besarme empujó con mi cuerpo la puerta del baño y entramos trastabillando. Continuamos besándonos y tocándonos por todas partes con tal excitación que por un momento olvidé a mi novio, dónde estaba y hasta quién era yo. Hasta que la puerta se abrió de nuevo y vi entrar a la vecina de mi abuela. Paramos enseguida, yo me tomé unos segundos para componerme y salí inmediatamente del baño y del bar… No…
- Eeeehhh….está…está bien, hija mí..mía. Reza 10 Padres Nuestros y 10 Ave Marías y arrepiéntete de corazón de tus pecados… Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… puedes ir en paz.
- Gracias Padre…. (…) qué extraño…. El cura me puso la penitencia sin haber escuchado mi pecado. Me interrumpió justo en el momento en que le iba a decir que no entiendo cómo pude ser tan tonta y no haber tomado la mano de aquel hermoso chico para llevármelo lejos de allí a terminar lo que él empezó… ¿Cómo pude desaprovechar ese momento?? ¡QUÉ PECADO!!!

jueves, 9 de abril de 2009

domingo, 5 de abril de 2009

Veintidós Orgasmos Santos



Magdalena era su nombre. Irónico para esa época del año, cuando se recuerda la muerte y resurrección de Jesucristo, para algunos el Mesías, para otros un líder espiritual y hasta político de épocas muy remotas y confusas que la Iglesia Católica ha retorcido a su antojo y conveniencia, al punto de no poder separar ya los hechos de las leyendas, la Verdad del terror.

La misma María Magdalena, que durante siglos ha sido representada como una prostituta nefasta, es apenas en épocas recientes cuando comienza a aparecer –gracias a ciertas investigaciones- como la verdadera compañera de Jesús, su principal discípulo y tal vez, hasta su esposa.

Esta Magdalena del nuevo milenio, se había autocondenado a sentir remordimiento por ser dueña de una exacerbada sexualidad por la que muchos la llamaban puta y la trataban como tal. Ella se sentía infeliz, pues lo único que quería era un hombre a quien amar y que la amara y la respetara en su esencia, que la entendiera tal como era, en lugar de criticarla o intentarla cambiar y, si acaso era posible, que tuviera su misma concepción de la vida, de la pasión y del amor.

Ya andaba en sus cuarenta; un reciente divorcio la colocaba en el punto de partida de una nueva vida independiente y autosuficiente, en la que ya no buscaría un esposo, sino la felicidad como un vehículo para llegar al verdadero AMOR, con todas sus mayúsculas.

No fue fácil llegar a este punto; una y otra vez retrocedía y sin darse cuenta estaba de nuevo sentada frente a un hombre, tomando un café, compartiendo una cena o un polvo fugaz y pensando “tal vez éste sí sea”... para darse cuenta días o semanas más tarde, que ese no era el camino.

Magdalena transitó la Vía Dolorosa mil veces hasta que logró resucitar –no en tres días, por desgracia- y subir al cielo de su propia identidad como una Diosa del sexo, del placer y del Amor. Aún no lo sabía, pero rápidamente numerosos adeptos, fervorosos creyentes e incondicionales seguidores le hicieron darse cuenta que en realidad había logrado completar el nivel básico en el que muchos pasan la vida, para avanzar un peldaño hacia la satisfacción real, interna y sagrada.

Y aquél Viernes Santo, mientras miles de feligreses llenaban las iglesias con olor a cera e incienso, Magdalena llenaba su habitación con olor a sudor, saliva y semen, las tres ofrendas que su más afanado devoto le prodigaba. Mientras cientos de cristianos caminaban de rodillas hasta el templo en pago de alguna promesa, ella se ponía de cuclillas, o tumbada sobre su espalda con las piernas muy, muy abiertas para recibir la certeza de un placer infinito y casi místico.

Aquél Viernes Santo, en el santuario sagrado de su cama, Magdalena contó cada uno de los orgasmos que bañaban su vulva y corrían por su culo salpicando el cuerpo de su adorador. Fueron veintidós, a lo largo de cuatro horas de procesión sin tregua por un millón de estaciones de placer y delicias, antes que muriera ahogada con los brazos en cruz, en un último suspiro acompasado en dos gargantas secas.

Veintidós orgasmos santos, que la acercaron más a su propia religión hedonista y gnóstica, trashumante y mística, pragmática y divina.