lunes, 23 de febrero de 2009

Una toma en picado



Apenas despertando, sintió los ojos arenosos, los brazos dormidos y la lengua áspera. Yacía boca arriba. Su sueño había sido tan pesado que no tenía idea de dónde estaba ni qué hora era. Abrió los ojos a duras penas y lo primero que vio fue una hermosa pintura que colgaba del techo justo frente a ella. La componía una chica blanquísima y delgada que le resultó deslumbrante y atractiva, abrazando a dos hombres, uno a cada lado, igualmente desnudos e igual de deslumbrantes. Uno era moreno y fornido, el otro un poco más claro pero bronceado, un poco menos atlético, sin llegar a ser gordo. La chica, con las piernas estiradas una sobre la otra y los brazos en cruz, flanqueada por aquellos hombres que dormían plácidamente acurrucados en su regazo, parecía un “i” encerrada entre corchetes.

A medida que contemplaba la pintura sus sentidos iban despertándose poco a poco y comenzó a recordar todo lo que pocas horas antes había experimentado. Giró su rostro hacia la derecha y luego hacia la izquierda; una vez más miró hacia el techo y fue cuando entendió que lo que creía una pintura, era más bien un espejo que reflejaba su propio cuerpo y el de su par de amantes exhaustos luego de una afanosa jornada.

Todo empezó a repetirse en su mente, de atrás hacia adelante y en cámara rápida. Sus ojos se paseaban por el espejo como quien mira una película de acción, mientras en el rostro de aquella chica se dibujaba una sonrisa de satisfacción y placer.

Realmente había sido una noche larga y extenuante, pero el sueño profundo le había devuelto la energía y también las ganas de repetir algunas escenas, tal vez para comprobar que todo aquello no había sido un sueño.

Sentía que sus brazos pesaban una tonelada, pero era el peso de las cabezas de sus sementales que los inmovilizaban. Intentó zafarse suavemente de aquellos pesados grilletes, cuidando no despertar a sus guardianes y con cuidadosa lentitud reacomodó sus extremidades estirándolas a lo largo de su propio cuerpo. Su sonrisa permanecía intacta y luminosa, pero ahora sus ojos despedían un brillo pícaro y delatador.

Hurgó entre las entrepiernas de sus compañeros hasta encontrar un par de miembros tímidos y flácidos, justo como a ella le gustaba tenerlos, quizás por lo difícil de encontrarlos en ese estado y por lo triunfante que se sentía al lograr, ella solita, hacerlos crecer como en un acto de magia. Comenzó a acariciarlos suavemente, con ternura y abnegación. Los dueños de aquellos manubrios comenzaron a contornearse y cambiar de posición. Ella giraba su cabeza hacia un lado y hacia el otro, encontrándose frente a frente con sus rostros que comenzaban a despabilarse; luego miraba de nuevo al techo, donde el espejo le devolvía la imagen de su propia película, en la que era productora, directora y actriz principal.

Rápidamente comenzó la transformación. Los pequeños y aterciopelados penes se iban convirtiendo en duros falos calientes que apenas cabían dentro de las palmas de aquella chica. A medida que cambiaba el tamaño de sus trofeos, ella aceleraba el ritmo del masaje, apretando intermitentemente las cabezas rojas y henchidas, haciendo derramar diminutas gotas de un líquido espeso y transparente que ella utilizaba para lubricar y mejorar el efecto de su poderosa terapia activadora.

A este punto, los dueños de aquellos hermosos instrumentos de placer estaban totalmente despiertos y excitados y ya participaban en la escena con labios, dientes y manos, recorriendo el delicado cuerpo de la espigada mujer, poniéndolo a punto, completando la labor que ya muy bien cumplía lo que veían sus ojos y lo que sentían sus manos.



Ella seguía dirigiendo su película de una sola toma, miraba por el visor de su cámara, daba instrucciones precisas que eran cabalmente cumplidas y no perdía ni un detalle de aquel lujurioso guión. Cambió de posición para arrodillarse entre los dos hombres y, sin dejar de frotar sus arietes, se acercaba a uno y a otro escupiéndolos, ensalivándolos, lamiéndolos, besándolos con suavidad, hincándoles algún diente, succionando sus cabezas, jugueteando con la punta de su lengua en las diminutas boquitas que las coronaban.

Escuchaba al mismo tiempo los sonidos guturales que formaban el “soundtrack” de su producción: gemidos y respiraciones entrecortadas que se mezclaban con el chasquido de sus besos, alguna que otra nalgada y el dedo de alguno de ellos, exprimiendo el placentero y dulce jugo que manaba de su carnosa y madura vulva.

Los cuerpos de sus dos hombres yacían de lado mirando hacia ella, siempre al centro de la acción. Ella les pidió que se acercaran más y más… y un poco más, hasta que los pies y las rodillas de ambos pudieran tocarse. Visto desde el espejo, parecían una “V” mayúscula con ella acunada en su vértice, en cuclillas y tomándolos por el centro de sus cuerpos, por el centro de sus energías vitales, por el mero centro donde nace el placer que sostiene al mundo.

Ellos le besaban el culo, la masturbaban, la acariciaban y movían sus cuerpos en un vaivén demencial que provocaban en ella asombrosos espasmos. Su habilidad era tal que podía variar el ritmo de una mano u otra, según sintiera que alguno de sus compañeros estaba más próximo a acabar. Ambos penes, estaban a poco menos de cinco centímetros de su rostro; ella se movía de izquierda a derecha propiciándoles placer intermitente e infinito a sus dueños que, agradecidos y voluntariosos, introdujeron cada uno y al mismo tiempo, los dedos índices y medios de las manos que le quedaban libres. Ella también ayudaba con sus caderas oscilantes y pronto la escena se convirtió en un baile frenético cuyo compás iba “in crescendo”.

Finalmente se logró la sincronía total. Tres orgasmos estallaron al unísono, tres gritos anunciaron el “The End”. Tres chorros de placer bañaron el cuerpo femenino: dos en el rostro lechoso y empegostado, uno más entre sus piernas, ligero tibio y torrencial.

Con el último suspiro de placer, ella se acurrucó como un ovillo entre las cuatro piernas de sus lanceros, que la rodearon con el resto de sus cuerpos sudorosos y exhaustos. El espejo empañado reflejaba desde arriba el espiral en el que ella era el centro y sus amantes las capas concéntricas de un placer infinito.

CORTEN!! Se imprime…

martes, 3 de febrero de 2009

EROTISMO Vs. pornografía




La pornografía es una de las industrias más grandes y rentables del mundo occidental. Y para muestra, algunos botones:
* El 10% de los ingresos de cadenas de hoteles como Hilton, Marriot o Westin proviene de las películas eróticas pagadas en sus habitaciones.
* Según 'The New York Times Magazine', la industria de la pornografía ingresa más dinero que la NBA o cualquier deporte profesional de EEUU.

La industria pornográfica mueve, sólo en la Unión Americana, cerca de 13,000 millones de dólares anuales, desde películas censura “X” (más de 11.000 cintas sólo en el 2004, por ejemplo) hasta sitios de internet, pasando por clubes para hombres, revistas y toda una gama de productos creados para dar rienda suelta al apetito sexual. En muchos países existen Festivales de Cine Erótico y cada vez son más completas y frecuentes los salones internacionales que congregan a cientos de expositores del área para conocer y dar a conocer lo último en la materia.

Wikipedia define al cine porno como aquel en el que explícitamente se muestran los genitales mientras se realiza el acto sexual y cuyo propósito es el de excitar al espectador.

Ahora bien, he escuchado a muchas personas –hombres y mujeres- criticar las películas porno. Algunos creen que son fingidas y antinaturales (ni hablar de las llamadas “softcore” en las que ni siquiera se muestran los genitales y las escenas de sexo llegan a ser, en muchos casos, tediosas, bastante falsas y poco creíbles).

Pienso que lo que le gusta a los hombres –y a muchas mujeres- del cine porno es el ideal de perfección que se muestra en ellas: mujeres físicamente perfectas, lujuriosas, desinhibidas y dispuestas a todo, hombres bien dotados y capaces de satisfacer a plenitud, incansables y portentosos. A otros les gusta poder ver materializadas en la pantalla alguna de sus fantasías –tríos, orgías, relaciones homosexuales, etc.) y los más audaces las utilizan como una guía audiovisual para repetir “en vivo” lo que los actores realizan ante las cámaras.

Confieso que veo con cierta frecuencia alguna película porno, pero también debo admitir que cada vez me excito menos con ellas. Siento que al ver un par, ya las he visto todas: Escenas redundantes en las que TODAS las mujeres son delgadísimas con tetas “siliconeadas”, que nunca se quitan las sandalias de tacón aguja o las botas de cuero y plataforma y que gimen exactamente de la misma manera. Chicas que jamás ponen la cara fea cuando llega el orgasmo y que sólo dicen “Oh yes!” en momentos en los que esa frase se queda cortísima; hombres que sólo penetran, dan nalgadas y besan tetas como machos autómatas, como si no existiera otra forma de darle placer a una mujer.

El cine porno estereotipa, pone a veces metas difíciles de alcanzar que pueden llegar a causar estrés y frustración, y a fin de cuentas, aporta poco a la creatividad y a la exploración del infinito mundo de los placeres del cuerpo.

Como dice el cineasta “underground” español Jesús Franco “El porno es el erotismo hecho por imbéciles. Digamos que, en esta vida, el que más y el que menos ha tenido la oportunidad de echar un polvo, así que no es algo muy especial. El erotismo, sin embargo, es un elemento más esencial y más complejo. Al sistema no le gusta el erotismo porque le da miedo, es un sentimiento muy profundo que hay que conocer y practicar y que no debemos confundir con tonterías. Y no hay que sentir rechazo por él, porque es un mundo de sugerencias maravillosas en el que todo puede ser posible (…) En la atmósfera hay mucho erotismo. En el cine, muy poco. Hasta que la gente no sea más civilizada seguirá siendo un género restringido a unos pocos.

Comulgo absolutamente con Franco, y con Carmen Riera, escritora catalana que al hablar del erotismo opina: “Como feminista me dejan perpleja esas actitudes exentas de juego, de ironía, de sutilidad, ese aquí te pillo aquí te mato. El erotismo sugiere, no evidencia. Lo evidente tiene poco interés. Se están olvidando, sobre todo las propias mujeres, que nos son propios los prolegómenos más que la búsqueda del orgasmo. Hoy creo que chicos y chicas se han unificado, y no por la igualdad”.

La industria del porno mueve millones de dólares a nivel mundial. Sin duda mueve también algunos cerebros y muchos órganos genitales alrededor del orbe. Yo sólo sueño con el día en el que el Erotismo tenga, aunque sea, una décima parte del protagonismo del porno y también –¿por qué no?- de sus dividendos. ¡A ver si al fin logro vivir de lo que más me gusta hacer!