jueves, 2 de julio de 2009

La Historia tras el tatuaje 2

Matilde regresó totalmente renovada de su viaje de vacaciones. Jamás pensó que aquella decisión de tatuarse el vientre le traería cinco días de diversión y sexo desenfrenado con dos hombres, por separado y juntos. A veces se sentía como una recién iniciada en las drogas: loca, desenfrenada, incrédula de que pudiera haber tanto placer en el mundo y que ella se lo estuviera perdiendo. Pero tenía a Saúl y a Luis, dos hedonistas por naturaleza que amaban la vida y veían el sexo como la forma más natural y lógica de expresar sus deseos más íntimos y primitivos.

Saúl, el mesero del bar latino, era apenas un chico; tal vez no pasaba de los 25 años. Su energía y vitalidad la hacían recordar a la Matilde adolescente que se fue desdibujando conforme llegaron los compromisos laborales, la familia y la imagen que cuidar. Luis, sin embargo, lucía mayor que la propia Matilde, tal vez entrando a sus cuarenta, interesante, sereno, con completo control de su vida y con la sonrisa permanente de aquel que logra ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Buena parte de su filosofía y actitud le impactó a Matilde aquella noche en que la masturbó delicadamente para que se relajara y permitiera tatuarle un rosal en su vientre. Aquel orgasmo lento pero avasallante desencadenó el giro que dio no sólo la semana de vacaciones de Matilde en Miami, sino su vida misma y su forma de encararla.

Una semana de libertad total, de bailar y beber mojitos hasta la madrugada, de dormir hasta mediodía y tomar el sol en South Beach hasta que éste se cansaba de tostarla y se acostaba en el mar, la apartaron por completo de su cotidianidad. Noches interminables de experimentación, de dejarse llevar por la lujuria y la experiencia de aquellos hombres tan hermosos y distintos entre sí, de sentir en su propia piel cosas que creía estaban sólo en las páginas de los libros eróticos que le robaba a su hermana, le causaron a Matilde un shock sin precedentes de vuelta al caos de su trabajo, que se había acumulado a niveles himaláyicos sobre la superficie de su escritorio.

En un principio la invadió el pánico. Pensó que tal vez no había sido buena idea ausentarse tantos días de la oficina y que necesitaría muchas horas extras para poner en orden aquel campo de batalla. Pero Matilde ya no era la misma; por primera vez había decidido irse de viaje sola, y contra todo pronóstico, había estado más acompañada que nunca, no sólo por la presencia del par de amigos iniciadores, sino porque inéditamente, Matilde había logrado acompañarse a sí misma.

Borró enseguida de su mente cualquier pensamiento recriminatorio, respiró profundo y se dio cuenta que nada era realmente urgente, si había logrado sobrevivir tantos días dentro de su oficina sin que nadie lo moviera. Así que echó un ojo fugaz a algunas carpetas, las colocó en exacta posición y decidió ir al café de la esquina a desayunar algo.

Caminando por entre los pasillos repletos de cubículos tabicados a media altura y oficinas de paredes de vidrio, observaba cómo sus compañeros de trabajo -algunos que tal vez nunca habían cruzado palabra con ella- volteaban a mirarla. Era como si se leyera en su frente todo el sexo que había tenido en Miami, como si su taconear reprodujera todos los gritos de placer que Saúl y Luis arrancaron de su garganta, como si los colores de su tatuaje se reflejaran en su cuerpo entero y aquellas rosas despidieran desde su vientre un perfume embriagador. Y de alguna manera, así era. Matilde era otra persona ahora, y se notaba.

En el ascensor se encontró a Luis Miguel, el director de Compras de la corporación. Siempre le había gustado aquel hombre, pero nunca había pasado de los buenos días o buenas tardes en el ascensor. Antes de su viaje, a Matilde le gustaba su piel aceitunada, su pelo canoso cortado casi a ras y el perfume varonil que usaba y que dejaba impregnada aquella pequeña cabina incluso después de haber salido de ella.

Pero ahora Matilde veía otras cosas. Observaba de reojo sus largos dedos e imaginaba los recovecos a los que podría llegar dentro de ella, arrancándole orgasmos aún en gestación. Dio un paso atrás y pudo mirar su hermoso trasero, disimulado por la chaqueta, pero evidentemente firme. También miró sus orejas, pequeñas en comparación al tamaño de su cabeza, deliciosas para recorrerlas con sus labios de arriba hacia abajo, terminando en un travieso mordisco en el lóbulo que lo hiciera saltar de sorpresa y un tanto de dolor. El trayecto entre el piso ocho y la planta baja fue suficiente para que Matilde lo imaginara estrujándola contra las paredes del ascensor, ahogándola con su lengua y con sus manos apretándole los senos y arrugándole la blusa de seda recién estrenada.

Pero repito. Matilde era otra mujer, y por eso se atrevió a decirle: “Disculpa, acabo de mirar en mi escritorio una orden de compra para Mac Dickens, pero acabo de llegar de una reunión en Philadelphia y tengo proveedores bastante más competitivos; voy camino al café de la esquina, si no estás muy apurado, podría adelantarte algo de lo que investigué”.

Luis Miguel aceptó encantado. Se sentaron en una mesa del fondo y Matilde lo pudo ver más de cerca: sus labios carnosos y el gesto que hacían sus comisuras mientras hablaba, sus uñas perfectas y oh… ¿qué veía?, ¿acaso era un tatuaje aquello que sobresalía entre la pulsera de su reloj y el puño de su camisa? Matilde no pudo disimular su curiosidad y Luis Miguel lo notó; siguió el recorrido de su mirada y vio que se posaba en la tinta negra que se asomaba en su muñeca.

- Sí, es un tatuaje -dijo sonriendo-. ¿Te sorprende? Tal vez no parezca hombre de tener tatuajes, pero los tengo. Sólo que a veces tenemos que “tapar” lo que verdaderamente somos.

Matilde estaba perpleja, pero a duras penas le pudo decir que tal perplejidad no se debía a que él tuviera un tatuaje, sino que ella también lo tenía y que apenas comenzaba a pensar exactamente como él.

- ¿Qué tienes tatuado? -le preguntó ella-.
- En este brazo tengo un tigre, pero en este otro tengo un dragón… la fuerza y la inteligencia. ¿Y tú? ¿Dónde y qué te tatuaste?, -repreguntó Luis Miguel-. Y Matilde vio la oportunidad perfecta para trasladar todo aquello que había vivido en Miami a su nueva vida en casa.
- Me encantaría que lo adivinaras… -dijo pausadamente y con una sonrisa pícara-.

Luis Miguel entendió el juego y lo siguió.

- Pues si fue tu primera vez, seguramente no te aventuraste con algo grande… tal vez un símbolo chino –típico entre principiantes- en el tobillo.

Matilde levantó las botas de su pantalón y le mostró sus tobillos limpios de toda tinta.

- Mmmmm…. Entonces seguramente al comienzo de la espalda, un lugar sexy, pero discreto y femenino.

El juego le estaba gustando a Matilde, aunque sospechaba que mientras estuviera allí, no podría llegar muy lejos. Sin embargo, rotó en la silla poniéndose de espaldas a su interlocutor, con una mano elevó la mata de pelo rojizo y con la otra bajó el cuello de su camisa, dejando al descubierto su cuello y el comienzo de su espalda, tan sólo tatuada de pecas que a Luis Miguel le provocó besar.

- Me rindo –dijo-.
- No puedes rendirte tan pronto. Hagamos algo: antes de irte esta tarde, pasa por mi oficina en el ocho, así te doy tiempo para que pienses y aprovecho de darte la información de los nuevos proveedores.

Luis Miguel entendió todo y aceptó de inmediato.

Caía ya la noche cuando Matilde lograba al fin poner cierto orden en su oficina. El departamento ya estaba vacío y en penumbras. El toc toc en el tabique de vidrio la sobresaltó. Desde la puerta

Luis Miguel le dijo:

- Se me ha ocurrido algo para adivinar dónde tienes tu hermoso tatuaje.
- A ver…. –le contestó ella, intrigada y cómplice de antemano-.
- Si es algo reciente, debe tener relieve, tal vez aún algo de costra. Te propongo que apagues la luz… yo buscaré a tientas y con mi lengua el sitio exacto de tu obra de arte.

Matilde no respondió. Sólo se acercó a la puerta, apagó la luz, tomó al creativo hombre por la corbata y lo atrajo hacia ella en un largo y apasionado beso.

- Está bien -le dijo sonriendo-. Acabo de certificar tu lengua. Está en condiciones de inspeccionar mi cuerpo.

Luis Miguel la recostó en el escritorio aún lleno de papeles y carpetas, se arrodilló, la descalzó y comenzó a besarle la planta de los pies.

- !Nadie se tatúa allí! -dijo Matilde-.
- Ssshhh… -la acalló Luis Miguel-. Por obvio y predecible estoy aquí, así que deja que lo intente todo…

Aún arrodillado, siguió besándola en los tobillos. “Ya te enseñé los tobillos…” – “Sssshhhh…” – “Jajajaja”… A Matilde le estaba divirtiendo el juego, pero a medida que subía y cuando llegó a sus rodillas, también le comenzó a excitar.

Los pantalones no subían más, así que Luis Miguel los desabrochó y ayudó a quitárselos. La puso de espaldas, con sus manos apoyadas sobre la mesa; le acarició las nalgas y le besó el coxis y las caderas… No sentía nada y su intriga fue creciendo. Recorrió su cintura, el camino sinuoso de su columna, sus omoplatos… nada. Mientras besaba y lamía, Luis Miguel acariciaba con experticia los senos de Matilde, por debajo de la blusa. Matilde estaba ya ardiendo de deseo.

La puso de nuevo frente a él, le besó con pasión los labios para luego bajar por su cuello y recorrerlo con su lengua bajando hasta sus hombros. Lamió su brazo derecho chupando uno a uno sus delgados dedos. Sabía que sus manos no estaban tatuadas, pero a esas alturas ya él lo que quería era comérsela toda. Hizo lo mismo con su brazo y su mano izquierda y volvió a su boca, mientras su mano fue directamente hasta su vulva cubierta de encaje negro. Llegó con precisión de experto a su punto más sensible, pero Matilde lo paró en seco, le sostuvo la mano, dejó de besarlo y le dijo: “Imposible que esté tatuada allí. Termina tu tarea y luego tendrás tu recompensa”.

Luis Miguel continuó entonces; desabotonó la blusa de seda y besó la poca piel que aún no había explorando en aquella mujer. Sus hermosos senos que resplandecían en la oscuridad, delimitando claramente la zona no bronceada; sus pezones oscuros y duros, que mordisqueó con gula; sus costillas marcadas y el hoyuelo de su ombligo. Volvió a arrodillarse y tomó a su mujer por las nalgas, atrayéndolo hacia él para lamer su bajo vientre. Y allí lo encontró, finalmente, explayado y surcado de líneas rugosas. Tal vez era por la sensibilidad exacerbada de la zona, o porque el deseo de Matilde ya no cabía en ella, pero justo en el momento en que su invitado encontró lo buscado, ella ya se ahogaba en gemidos.



Flanqueado por los huesos de su cadera, una enredadera de flores multicolores le daba la bienvenida a una eterna primavera en el vientre de Matilde. Luis Miguel besó todos y cada uno de sus pétalos y hojas, hasta que ella, sedienta de él, le desabrochó el pantalón diciéndole: “Vamos, es hora de regar estas flores desde la raíz…”

1 comentario:

Lydia dijo...

Genial historia y muy interesante aventurarse en ese juego de adivinar donde lleva una un tatuaje...jejeje... me lo tengo que pensar... has invadido de morbo toda la estancia...