sábado, 9 de mayo de 2009

Mother's Day en Blanco y Negro






Fedora había decidido pasar un Día de la Madres diferente. Dejó a su hijo con la abuela para que celebrara el típico y monótono fin de semana que transcurriría igual que todos los años sin modificación alguna: el sábado comprar los regalos en medio de la multitud frenética, ir al supermercado a comprar lo necesario para el día siguiente, y culminar con un domingo largo y espeso entre el olor de los fogones, el delicioso pero pesado almuerzo y una tarde interminable de dominó para los hombres, bingo para las mujeres y siesta para los niños de la familia.

Esta vez, de sólo pensarlo, a Fedora le daba sueño. Por eso no le importó lo que pensara nadie y, luego de depositar al nieto consentido en los brazos de la abuela, siguió camino al aeropuerto a tomar un avión que la llevaría a una cercana y a la vez remota isla del este caribeño. Tan sólo estaba a cuarenta minutos en avión, pero allí todo era distinto, desde el inglés con acento extraño y los automóviles con volante a la derecha, hasta el olor a especies del aire y las pieles más oscuras que alguna vez Fedora hubiera visto.

Aún en el aeropuerto, antes de partir, se había topado con una mujer -seguramente una nativa de regreso a su destino- que casualmente se sentó junto a ella en la sala de espera. Fedora sintió curiosidad por esa piel tan negra y tan brillante como ébano laqueado. Era una mujer delgada pero fuerte, maciza, con una cintura de avispa y unas nalgas redondas y respingadas que se meneaban libremente debajo de su falda ligera, como si no llevara nada que las sostuviera; sus labios eran inmensos y carnosos, así como sus senos, naturales, hermosos. A través de su fina blusa de algodón orgánico se intuían unos pezones inmensos, rugosos, apetitosos. Su cabello estaba plagado de un millón de trenzas de hilo semejante a su color natural, que le llegaban a la cintura. Fedora no podía dejar de verla, mientras desenredaba con sus largos dedos de uñas pulidas aquella crin intentando acomodarla de alguna manera, y se imaginaba el cuerpo de esa diosa africana desnudo y brillando en una oscuridad absoluta, iluminada sólo por su perfecta dentadura y lo blanco de sus ojos muy abiertos, mientras se inclinaba sobre ella para besarle el cuerpo también desnudo, transparente, ridículamente pálido e incrédulo, acariciado involuntariamente por el millón de trenzas como cascadas de seda.

Tal sería la cara de Fedora en medio de aquel impuro pensamiento, que la chica se quedó mirándola fijamente con una sonrisa en los labios. Fedora reaccionó con “delay” y sólo atinó a decirle: “me encanta tu cabello”. Esa simple frase dio pie a una larga conversación que se desarrolló sin esfuerzos, gracias a la simpatía y elocuencia de aquella mujer de piel de luna nueva.

En los minutos que esperaban para entrar al avión y en los otros que siguieron a bordo, al sentarse juntas, Fedora supo que Elaine era secretaria del agregado consular de su isla en Venezuela, que viajaba cada dos fines de semana para visitar a su familia, pero sobre todo, para estar con su novio Glenford, con quien llevaba ya cinco felices años.

Fedora la escuchaba y le hacía más y más preguntas, sólo para entretenerse con su español tan divertido y con el movimiento de sus gruesísimos labios que a ratos mordisqueaba sin razón aparente con sus dientes perfectos. No podía evitar quedarse mirando fijamente aquella boca tan oscura por fuera y tan rosada por dentro, el blanco amarillento del contorno de sus negrísimos ojos y la palidez de la palma de sus manos, señales inequívocas de que por dentro, todos somos iguales. Se perdía en aquellos labios hinchados y se preguntaba qué se sentiría besarlos. Fedora tenía una boca carnosa, pero junto a la de Elaine, seguramente se perdería en el primer beso.

Cuando Elaine desviaba la mirada de los ojos de Fedora, para recordar algo u observar al descuido a su rededor, Fedora aprovechaba para escudriñar con la mirada el nacimiento de sus senos grandes, lisos y pulidos, sus piernas contorneadas y sus pies de uñas de sangre, encarcelados en unas sandalias chatas con incrustaciones de caracoles blancos. Miraba sus pies negros enmarcados en blanco y luego miraba los propios, tan blancos y enfundados en zapatillas negras. Unos junto a los otros, parecían el teclado de un piano viejo y desgastado.

Justo al aterrizar, Fedora invitó a Elaine a tomarse un trago con ella esa noche en el bar del hotel. “Ve con tu novio”, le dijo, a lo cual la morena asintió encantada.

Fedora se chequeó en el hotel, dejó su equipaje y salió a caminar para conocer un poco la pintoresca isla. Muy cerca encontró un pequeño centro comercial y no pudo resistir entrar para comprar algunos “souvenirs”. En la tercera o cuarta tienda en la que entró, ya sin muchos ánimos de encontrar algo que le gustara, un caballero muy amable la recibió en un casi perfecto español; Fedora se mostró muy agradecida, pues el inglés caribeño le resultaba inentendible.

- ¿Cómo supo que hablaba español?, le preguntó Fedora.
- Por su color de piel no es de aquí, y por su forma de caminar tan sensual, tenía que ser latina, le respondió el hombre con picardía y una gran sonrisa de perfecta y blanquísima dentadura –será genético esto?, pensó-.

Pensó que también estaría en los genes de esta gente la elocuencia, pues el tendero no escatimó en elogios, comentarios y adjetivos, tanto para Fedora como para la mercancía que le mostraba. Más por agradecimiento a su amabilidad, que por gustarle realmente la mercancía, Fedora decidió comprar allí los regalos que llevaría de vuelta a las madres de la familia.

- ¿Cuándo regresas a tu país?, le preguntó el hombre.
- Mañana mismo, vine sólo por pasar un Día de la Madre diferente, respondió Fedora, e inmediatamente pensó que no sería mala idea invitarlo también a una copa esa noche, para así tener una pareja junto a Elaine y su novio. –Si quieres seguimos esta agradable conversación en el bar de mi hotel esta noche a las ocho, ¿te parece?
- Allí estaré, respondió el hombre mientras embolsaba la mercancía.

Más que gustarle, a Fedora le intrigaba aquel hombre, su piel tan oscura y lampiña que provocaba recorrerla con labios y lengua como a un chocolate a medio derretir. Se preguntaba si aquella piel tendría el mismo aroma, el mismo sabor que el de sus hombres conocidos, de tan diversos colores y tonalidades, pero ninguno como estos isleños. Mientras caminaba hacia el hotel, fantaseaba con que las copas de la noche la desinhibieran lo suficiente como para intentar tal degustación, imaginaba el color, el tamaño y la textura del miembro del tendero; seguramente no le cabría en la boca de lo grande y grueso que sería; duro, morado como berenjena y con el glande ligeramente más claro, redondo, suave al tacto, salado al gusto, delicioso…

Llegó al hotel con el tiempo justo para darse una larga ducha caliente y vestirse para sus recién conocidos amigos. Se puso un vestido corto de tirantes blanco y negro y unas sandalias playeras. Un grupo de Steelband amenizaba la noche tropical en el bar, mientras que algunas parejas de europeos que notablemente llevaban bastante tiempo bebiendo, bailaban sin ritmo ni vergüenza. Le provocaba una copa de vino blanco, pero recordó que debía entonarse bien si quería que alguna de sus fantasías del día se cumpliera, por lo que pidió entonces un Tequila Sunrise bien cargado.

A la mitad del segundo trago ya hasta sentía ganas de bailar junto a los europeos. Fue cuando reconoció de lejos la figura de Elaine acercándose al bar y, dos pasos más atrás, al tendero; en ese momento se dio cuenta que no sabía su nombre; ahora no sabría cómo presentarlo ante Elaine. Fedora hizo señas y ambos sonrieron iluminando automáticamente el salón. Elaine abrazó a Fedora con entusiasmo y la besó en la mejilla. Fedora pudo sentir la turgencia de los cuatro senos chocando entre sí y la humedad de los suaves e inmensos labios en su rostro; ambas cosas la excitaron de inmediato, pero debió salir rápidamente de aquella sensación para saludar al hombre que esperaba su turno detrás de Elaine.

Fedora se acercó al hombre con la intención de abrazarlo y besarlo también, pero un milisegundo antes de tomar tal iniciativa, escuchó la voz de Elaine que le decía: “Te presento a mi novio, Glenford”…

El frenazo del impulso que llevaba Fedora se escuchó por encima del sonido de los tambores martillados del Steelband. Los escasos quince centímetros que separaban su rostro del de Glenford, hicieron que Fedora reconociera en la sonrisa masculina más nervios y sorpresa que la alegría que había intuido cuando lo vio entrar.

La primera media hora transcurrió en medio de un ambiente tenso entre Fedora y Glenford, mientras Elaine, inocente de todo, hablaba sin parar. A Fedora le molestaba mucho que aquel hombre, comprometido con una buena mujer, coqueteara con otra y aceptara invitaciones. “Todos son iguales”, se decía a sí misma. Pero cinco Tequilas Sunrise hicieron que poco a poco y con el transcurrir de la noche, Fedora se relajara y se divirtiera con aquella encantadora pareja.

Ellos tomaban un coctel hecho con una bebida local, tan caliente como el tequila, pero más dulce y por lo tanto, mucho más peligrosa. Era casi media noche; Elaine y Glenford conversaban y a ratos se besaban y compartían caricias cada vez más audaces. Glenford, parado detrás del taburete donde se sentaba su novia, le acariciaba el cuello e iba bajando su mano hasta meterla sin ningún pudor por dentro del escote de Elaine, mientras observaba fijamente los ojos de Fedora. Nadie parecía intimidarse, por lo que Fedora intentó dar un paso más y comenzó a acariciarse la rodilla y el muslo, subiendo cada vez un poco más.

De pronto se dio cuenta que la conversación se había detenido segundos atrás; Glenford introducía su rosada lengua dentro de la oreja de Elaine y su mano frotaba fuertemente el botón negro de su seno; ambos miraban a Fedora, cuyos dedos entraban y salían de su entrepierna sin disimulo. Disparada por un gatillo invisible en donde el arma es el deseo y el alcohol la munición, Fedora increpó:

- Los invito a probar una botella de vino australiano que compré esta tarde… ¿vamos a mi habitación?

Sin mediar más palabras, los tres tomaron rumbo a la habitación, Glenford en medio, abrazando a ambas damas. Una parecía el negativo de la otra: labios carnosos, senos generosos, anchas caderas, hermosos pies… Glenford sonreía. Fedora había trasmutado su molestia en un deseo incontenible; Elaine se divertía al ver que había encontrado –muy fácilmente esta vez- una mujer con la cual disfrutar junto a su novio.

Fedora se sentó en el sillón a masturbarse viendo a aquellos gigantes amándose en su cama. Redondeces negras recortadas sobre la blancura de las sábanas, como moras sobre crema batida. Observó los pezones de Elaine y no evitó el impulso de chuparlos, e hizo lo propio cuando descubrió entre la oscuridad el portentoso falo de Glenford… tal como lo había imaginado. En una bacanal de voluptuosidades, Fedora descubrió que esa piel tan oscura y atractiva, olía diferente al sudar y sabía diferente a todo lo conocido, como diferentes fueron sus orgasmos esa noche y –definitivamente- el amanecer de aquel Día de las Madres.

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