miércoles, 20 de mayo de 2009

Dentro de ti...



Cómo quisiera ser parte del aire que respiras, ser respirada por ti e introducirme en tu interior; viajar como pequeña partícula de oxígeno por todo tu cuerpo tan conocido, tan mío y quedarme agazapada en un descuido, alojada en tu cerebro, en esa parte donde se guardan los pensamientos más recurrentes y los sentimientos más afianzados. Explorar ese laberíntico pasadizo de ideas que no dejan de correr de un lado a otro, de explotar en forma de corrientazos luminosos y cascadas de luz; contemplar curiosa y divertida ese amasijo de cosas que pasan por tu mente en una simple fracción de segundo y finalmente encontrarme allí, como quien encuentra un gran espejo.
Mirarme joven, espigada, sonriente y activa, tal como tus ojos me vieron la primera vez y como siguieron viéndome siempre, aún con el paso del tiempo. Desnuda, desinhibida ante ti, esperando tu abrazo, tu caricia certera, tu beso suave que más que tocar mis labios se dejaban tocar por ellos para llevarte a un éxtasis especial y único.
Me veo allí, en un cuarto de hotel limpio y sin lujos, con la luz eterna del día y el tiempo siempre corto para amarnos. Me observas y sonríes; no eres capaz de decir algún cumplido, pero ya no importa: estoy dentro de ti y escucho tus pensamientos. No sabía que me amaras tanto. ¿Por qué nunca lo dijiste?
Tus manos tocan mis pechos y tu lengua los recorre suavemente. Círculos de saliva fría endurecen mis pezones que entonces muerdes con malicia mientras subes la mirada para observar mis gestos de dolor. Subes besándome por el centro de mi pecho, por mi cuello hasta mi boca nuevamente. Te encanta mi boca; alguna vez me lo dijiste, pero ahora, en tu mente, puedo entender todas las sensaciones que podía producir un solo beso mío en toda tu humanidad. Por eso siempre fue mi boca personaje activo de nuestros encuentros, ya fuera para besarte a ti o para besar a otra. “Nada como el beso de una mujer” solía decirte, y tú lo entendías perfectamente, no sólo porque mis labios te embrujaban, sino porque observar a dos mujeres unidas por un largo y apasionado beso te hacía llegar al cielo, a ese mismo cielo donde apuntaba tu pene enhiesto y las pupilas de tus ojos cuando lo engullía por completo como un delicioso manjar.
Allí estás, recordando una y otra vez nuestros míticos encuentros. A solas, con otra, con dos más… dirigiendo la orquesta de gemidos, sensaciones y orgasmos; vigoroso, creativo, audaz. Confiado y confiable, seguro de mí, a salvo. Sin temor a ser juzgado por nada, sin pensar que nada estaba mal. Libre, sin frenos, auténticamente tú. Llevándome una y otra vez hasta la claraboya del ático a ver las estrellas, esas que sólo tú y yo alcanzábamos a ver.
Me amas, te amo. El orgasmo llega como bocanadas de aire fresco que condensan el calor empañando los espejos. Sábanas empapadas de sudor, saliva y semen, los tres platos de nuestra generosa degustación de placer.
Luego todo acaba rápidamente. Ducha, ropa, peine y chicle. Salimos del momentáneo paraíso eterno para introducirnos en la breve realidad de nuestras vidas ficticias. Si te he visto no me acuerdo. Y así es, hasta nuestro próximo encuentro.
Espera… qué veo? Es acaso eso una lágrima que huye rauda por tu mejilla? El deber ser pudo más que tus teorías y sistemas. Gigante con pies de arcilla, Partenón de pilares desgastados. No habrá próximo encuentro. Te entristece saber que no me verás más.
¿Cómo hago ahora para salir? Ya no quiero estar más aquí…

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