domingo, 5 de abril de 2009

Veintidós Orgasmos Santos



Magdalena era su nombre. Irónico para esa época del año, cuando se recuerda la muerte y resurrección de Jesucristo, para algunos el Mesías, para otros un líder espiritual y hasta político de épocas muy remotas y confusas que la Iglesia Católica ha retorcido a su antojo y conveniencia, al punto de no poder separar ya los hechos de las leyendas, la Verdad del terror.

La misma María Magdalena, que durante siglos ha sido representada como una prostituta nefasta, es apenas en épocas recientes cuando comienza a aparecer –gracias a ciertas investigaciones- como la verdadera compañera de Jesús, su principal discípulo y tal vez, hasta su esposa.

Esta Magdalena del nuevo milenio, se había autocondenado a sentir remordimiento por ser dueña de una exacerbada sexualidad por la que muchos la llamaban puta y la trataban como tal. Ella se sentía infeliz, pues lo único que quería era un hombre a quien amar y que la amara y la respetara en su esencia, que la entendiera tal como era, en lugar de criticarla o intentarla cambiar y, si acaso era posible, que tuviera su misma concepción de la vida, de la pasión y del amor.

Ya andaba en sus cuarenta; un reciente divorcio la colocaba en el punto de partida de una nueva vida independiente y autosuficiente, en la que ya no buscaría un esposo, sino la felicidad como un vehículo para llegar al verdadero AMOR, con todas sus mayúsculas.

No fue fácil llegar a este punto; una y otra vez retrocedía y sin darse cuenta estaba de nuevo sentada frente a un hombre, tomando un café, compartiendo una cena o un polvo fugaz y pensando “tal vez éste sí sea”... para darse cuenta días o semanas más tarde, que ese no era el camino.

Magdalena transitó la Vía Dolorosa mil veces hasta que logró resucitar –no en tres días, por desgracia- y subir al cielo de su propia identidad como una Diosa del sexo, del placer y del Amor. Aún no lo sabía, pero rápidamente numerosos adeptos, fervorosos creyentes e incondicionales seguidores le hicieron darse cuenta que en realidad había logrado completar el nivel básico en el que muchos pasan la vida, para avanzar un peldaño hacia la satisfacción real, interna y sagrada.

Y aquél Viernes Santo, mientras miles de feligreses llenaban las iglesias con olor a cera e incienso, Magdalena llenaba su habitación con olor a sudor, saliva y semen, las tres ofrendas que su más afanado devoto le prodigaba. Mientras cientos de cristianos caminaban de rodillas hasta el templo en pago de alguna promesa, ella se ponía de cuclillas, o tumbada sobre su espalda con las piernas muy, muy abiertas para recibir la certeza de un placer infinito y casi místico.

Aquél Viernes Santo, en el santuario sagrado de su cama, Magdalena contó cada uno de los orgasmos que bañaban su vulva y corrían por su culo salpicando el cuerpo de su adorador. Fueron veintidós, a lo largo de cuatro horas de procesión sin tregua por un millón de estaciones de placer y delicias, antes que muriera ahogada con los brazos en cruz, en un último suspiro acompasado en dos gargantas secas.

Veintidós orgasmos santos, que la acercaron más a su propia religión hedonista y gnóstica, trashumante y mística, pragmática y divina.

3 comentarios:

el secreto de monalisa dijo...

Dios que caliente! me ha encantado, y es que es así, una transita no en busca de un marido sino en busca de ese amor!

Erotismo dijo...

santísima semana la que ha pasado ella.... que buena manera de "recogerse" una.

La Negra dijo...

Este relato me trajo una memoria. Qué risa!!!!