domingo, 29 de marzo de 2009

Taroterapia


Esmeralda se publicitaba como una Tarotista-Espiritista de fama mundial. Su consultorio era la trastienda de un lúgubre local de sahumerios y velones del centro de la ciudad; sin embargo, al entrar allí era fácil olvidar el calor, el olor nauseabundo de inciensos y tabacos y el desorden de santos y efigies amontonadas sin orden en aquel tarantín. A modo de tienda árabe, al mejor estilo de las Mil y Una Noches, Esmeralda había decorado los escasos seis metros cuadrados de su consultorio con alfombras persas de pésima imitación, pañuelos de seda, cómodos almohadones y una tabla casi a ras del piso donde desplegaba con elaborada parsimonia sus cartas del Tarot, sus caracoles, runas, baraja española o lo que el cliente solicitara para “visualizar” su futuro.

Se había hecho famosa entre el público masculino, particularmente escéptico ante este tipo de prácticas nada ortodoxas. Precisamente por esa recién ganada fama, Laura había decidido a llevar a la consulta a su novio Javier, el cual estaba confundido, estresado y desganado desde hacía semanas.

- Silvia me ha dicho que desde que su marido comenzó a consultarse con esa tal Esmeralda, le ha cambiado totalmente el humor, ahora se le ve animado y optimista y eso ha influido positivamente en su rendimiento en el trabajo, le comentaba Laura a Javier con inusitado entusiasmo.

Javier, con los ojos fijos en el partido de fútbol de la Champion que transmitía la televisión, se encogía de hombros como a quien le da lo mismo hacer o no lo que aquella voz femenina y filosa le conminaba.

Así, casi sin darse cuenta, fue a parar Javi, de la mano de Laura, a aquel cuartucho del centro. Allí se encontraba, incrédulo aún, con las piernas cruzadas a modo de yoga sobre un almohadón, con Laura a su derecha y Esmeralda mirándolo fijamente, al otro lado del mesón.

Esmeralda parecía una auténtica gitana. Piel rojiza, ojos verdes, cabello negro largo, medio cubierto por una pañoleta con flecos. En realidad, el color de la piel era fabricado en un salón de bronceado, usaba lentes de contacto de última generación que los hacía ver muy naturales y usaba una peluca cuyas raíces burdas ocultaba hábilmente con la pañoleta. Zarcillos, cadenas y pulseras de oropel completaban el cuadro, acompañando sonoramente cada movimiento al barajar las grandes cartas con dibujos absurdos que a Javi le intrigaban, pues era la primera vez que los veía. Pero lo que más le intrigaba a Javi era su busto firme y aprisionado entre una blusa exageradamente descotada, según su parecer.Eran unas tetas redondas y turgentes; hermosas, a decir verdad. Javi no podía dejar de mirarlas y ver como las múltiples cadenas que rodeaban el cuello de aquella extraña mujer se movían como serpientes en arena movediza con cada uno de sus gestos.

Laura, por otra parte, se distraía mirando la pintura de un Buda que decoraba la única pared de aquel cuartucho –otra era una ventana tapizada con papel de regalo para filtrar la luz del sol, otra un inmenso estante de roble, que dividía la estancia de lo que parecía ser un polvoriento depósito de mercancía y la otra una pesada cortina de terciopelo rojo que hacía las veces de puerta en aquel extraño “consultorio”.

Mientras barajaba, Esmeralda explicaba a sus clientes que la eficacia de su trabajo radicaba realmente en la conexión espiritual que lograra establecer con el consultado, por lo que le pidió a Javi que se relajara, abriera su mente y se entregara a la experiencia. Javi y Laura cruzaron las miradas, la de él, burlona, la de ella, de reprimenda.

- ¿Quién se consulta?, preguntó la espiritista, aún barajando con los ojos cerrados.

- “Él, -contestó Laura- yo sólo vine a acompañarlo”. Entonces Javi dijo en voz alta su nombre completo y comenzó la sesión.

Esmeralda desparramó media docena de cartas sobre la mesa; respiraba profunda y ruidosamente. Con cada inhalación sus pechos subían como la marea a las cinco de la tarde, y al exhalar sólo bajaban unos milímetros, como si mantuvieran dentro todo el aire de los pulmones de su dueña.

La mayor parte del tiempo tenía los ojos cerrados; únicamente los abría para mirar las figuras en la mesa y luego subir la mirada directo a los ojos de Javi para hacerle algún comentario o pregunta sobre su vida privada. Javi fue metiéndose sin darse cuenta en aquel juego “espiritual”. No sabía si era el fuerte olor a sándalo del incienso que ardía sobre el estante, los comentarios excesivamente punzantes de la tarotista –“eres un hombre muy caliente”, “estás comprometido, pero no estás seguro de lo que quieres en tu vida sentimental”, etc.- o aquellas tetas que parecían pedirle a gritos que las liberaran de aquella cárcel de algodón, pero Javi sudaba copiosamente, sentía la lengua pegada al paladar y su respiración se entrecortaba inexplicablemente. Con medio mazo de cartas ya sobre la mesa, ahora Javi reconocía una fuerte excitación y su miembro erecto, muy húmedo y rígido, luchaba entre el jean y un cojín que había tomado para que Laura no notara la evidente erección.

Las preguntas de Esmeralda eran agujas lanzadas a un globo, que al explotar sólo emitían monosílabos de los labios de Javi. Los temas cada vez se ponían más directos y comprometedores, más insinuantes y sexuales y ya hasta a la despistada de Laura le estaba incomodando la situación.

Esmeralda recogió las tarjetas de la mesa y volvió a barajarlas, esta vez frenéticamente, mientras murmuraba una especie de oración, un mantra o algo por el estilo, con los ojos a medio cerrar, dibujando una intimidante medialuna blanca detrás de sus párpados maquillados al carbón.

Seguidamente colocó el mazo entre sus manos, se quedó quieta y en silencio por unos segundos, siempre con los ojos cerrados; luego se llevó el fajo de cartas hacia su pecho, haciendo con ellas la señal de la cruz: Padre en la garganta, Hijo en la boca del estómago, Espíritu en el pezón izquierdo y Santo en el pezón derecho. Javi notó que estaban erectos y firmes como su pene y su deseo. Amén, con un beso suave y lento que desarmó a Javi de toda voluntad para disimular su delirio. Para finalizar el ritual, Esmeralda se acercó a Javi, por encima del tablón que fungía de mesa y con las cartas aún entre sus manos, le hizo también la señal de la cruz sobre su pecho. Javi pudo ver fijamente el verde bosque de sus ojos, el ligero sudor que perlaba su frente, percibió el aroma de su pelo y casi pudo sentir el palpitar de las venas de su cuello, si no hubiese sido por la estridencia con la que latían sus venas todas, llenando de sangre cada cavidad de su cuerpo incrédulo que ahora quería convertirse en el más fiel y devoto creyente de aquella hermosa mujer.

A estas alturas, Laura comenzaba a mostrar signos inequívocos de su incomodidad; por más ingenua que fuera, la lujuria que se respiraba en aquel cuartucho casi podía palparse. El lenguaje corporal de la chica demostraba su desasosiego: carraspeaaba la garganta, cambiaba intermitentemente las piernas cruzadas y su columna se irguió más de lo normal.

Esmeralda también notó la tensión y con la misma voz profunda y calmada de siempre, que inspiraba respeto y ceremonia, le pidió a Laura con amabilidad pero a la vez con autoridad que los dejara solos a ella y a Javi para la última parte de la sesión.

A disgusto, pero sin atreverse a discutir, Laura descorrió la pesada cortina de terciopelo rojo y salió hacia la maloliente tienda. Pronto el calor y la creciente clientela en aquel sucucho, la obligó a traspasar la puerta de la calle y esperar a Javi en la acera del frente, junto a un puesto de chicha.

Javi estaba evidentemente nervioso y la tarotista lo había notado desde el principio. Lo miró fijamente a los ojos y le preguntó sin rodeos: “¿Qué te trajo hasta aquí?”

Entre sonrisas nerviosas, tartamudeos eternos y cambios de pose, Javi logró articular una frase medianamente coherente: “Pues... varios amigos la han recomendado y al parecer han cambiado favorablemente su actitud luego de visitarla”, dijo.

- ¿Y tú quieres cambiar tu actitud?, preguntó Esmeralda, mientras se levantaba lentamente del almohadón, le daba la vuelta al mesón y se colocaba frente a su cliente, mirándolo desde arriba.

- Bueno... eehh... yo no... jeje... Más bien mi novia, Laura.

- Y... ¿te ha dicho ella por qué quiere que tú cambies de actitud?, inquirió de nuevo la gitana.

- No... no me ha dicho nada, pero evidentemente hay algo de mí que no la tiene del todo satisfecha o que piensa que podría mejorar. De otro modo no estaría aquí.

- Ya... respondió Esmeralda. Se agachó muy cerca de él y le dijo con tono suave: Pues bien, yo te voy a explicar por qué estás aquí, te voy a develar el secreto de por qué tus amigos han mejorado...

Acto seguido, Esmeralda desató el fino cordón de seda que entrelazaba su camisa de algodón y tiró hacia abajo el escote, dejando totalmente al descubierto la hermosura de sus pechos bronceados y de pezones oscuros y duros como botones de carey. En ese instante Javi entendió que no estaban aprisionados dentro de la blusa, sino que eran tan turgentes, redondos, apretados y firmes, que aún liberados de la tela parecían estallar.

Esmeralda abrió en abanico el mazo de cartas y le pidió a Javi que escogiera una al azar. “Esta carta develará el secreto”, le dijo mientras la tomaba en su mano, desechando el resto. Luego la colocó de canto en el centro de su pecho, introduciéndola lentamente en la raja de sus senos y dejándola suspendida allí, inmóvil, asfixiada entre el canela de su piel y el aroma lejano de la leche tibia que algún día brotó de sus pezones. Entonces la espiritista –ahora Diosa del amor ante los ojos del converso- tomó a Javi por la nuca y lo acercó hacia su pecho, incitándolo a que tomara la carta con sus labios.

Para lograrlo, Javi tuvo que bucear entre el atolón de aquella suave piel gitana, ahogado por sus carnes, hasta tocar fondo y salir a la superficie desorientado y jadeante, con la carta entre sus labios como snorkel de salvación. Hubiera muerto feliz si el ataúd llevaba el nombre de Esmeralda; quiso permanecer el resto de la tarde anclado en aquellos senos, pero el vestigio de cordura que aún le quedaba le hacía pensar en Laura, al otro lado de la cortina, sin saber que su novia disfrutaba despreocupada de su segunda chicha con leche condensada.

Pero allí estaba Javi, jadeando de deseo, bañado en sudor y con la carta entre sus labios. Parecía más un perro obediente y juguetón que un hombre en celo.

Esmeralda, aún agachada junto a Javi, acercó sus labios a los de él y sin tocarlos, tomó sensualmente la baraja, mordiéndola con suavidad. Luego la agarró y la miró: “Los Enamorados” -dijo-, seres opuestos que se desean y se atraen mutuamente. Alto voltaje de atracción e incertidumbre, que llega casi a la obsesión. Pasiones que pueden coronarse en amor verdadero o espejismos engañosos... He aquí el secreto, la razón del cambio, entiendes?, le preguntó.

Javi estaba confundido, excitado, trastornado. Titubeó y la miró buscando aclaratorias. Esmeralda se las dio.

- La idea es que mis clientes salgan de aquí plenamente satisfechos, renovados, recargados, o como dices tú: con otra “actitud”. Pon atención, le advirtió.

La gitana continuaba de cuclillas frente a él. Lentamente comenzó a subirse la falda amplia y larga que hasta ahora ocultaba un par de largas y contorneadas piernas y unos pies de diosa griega perfectamente cuidados dentro de unas sandalias sin tacón, amarradas al tobillo. Quedó entonces al descubierto una vulva grandiosa, libre de la prisión de cualquier lencería, de cualquier bello púbico, de cualquier indeseado pudor.

Esmeralda tomó la carta de Los Enamorados y la introdujo entre sus labios mayores como moneda en una alcancía. Poco a poco entraba y salía, cada vez más húmeda y blanda, sometida por los jugos de aquella vulva granate.

Javi miraba la escena, salivando y jadeando, agarrando a su bestia erecta a través del pantalón y masajeándola torpemente, intentando hacerle espacio en aquella apretada cárcel de tela.

En pocos minutos la carta era un engrudo inservible y eran ahora los largos dedos de la espiritista los que indicaban el camino: hacia el norte, hacia el centro, hacia el núcleo de la vida misma.

Javi no aguantaba más, ya no pensaba en Laura y el peligro de su posible regreso. Desabrochó torpemente su pantalón y cuando Esmeralda escuchó el sonido del cierre del pantalón, salió de inmediato del trance, se paró súbitamente y acomodó su ropa, poniendo todo nuevamente en su lugar.

Con la misma parsimonia de siempre, con su mismo tono tajante e intimidante, le dijo a Javi mientras caminaba hasta su almohadón: “Ha terminado la sesión por hoy; si quieres conocer más, deberás apuntar otra cita; ven solo la próxima vez”.

Javi intentó insistir, pero un único y definitivo gesto de la mano y una mirada de láser, lo paralizó en el acto, devolviéndolo hacia la puerta aterciopelada que lo separaba –sólo momentáneamente- del Paraíso.

Aún atolondrado Javi puso orden en su ropa y cabellos mientras salía de la tienda en busca de Laura. Desde ese día el cambio en la actitud de Javi fue más que notorio. Necesitó, claro está, muchas sesiones con la gran tarotista Esmeralda para reconocer que estaba final y completamente recuperado.

5 comentarios:

Ulises Navegante dijo...

Increíblemente precioso y excitante, qué gusto encontrar tu espacio y leerte, te estaré visitando, un beso!

Ged dijo...

Magnífico relato!

Jezz dijo...

lindo blog, me ha encantado encontrar tu blog, visítame talvez te guste lo que tengo

MentesSueltas dijo...

Hermoso descubrimiento tu espacio... volvere.

Te abrazo
MentesSueltas.

La Negra dijo...

Amiga mía, feliz de volver a leerte.
Este cuento es deseo puro! Eres una maravilla! Besos.