sábado, 7 de marzo de 2009

La Exhibicionista


Era una noche calurosa en la que no podía dormir. La ventana de mi habitación era muy pequeña, por lo que decidí asomarme en el balcón de la sala para tomar un poco más de aire. Tenía unos 15 o 16 años y vivía en el segundo piso de un edificio pequeño en una calle poco transitada, sobre todo a esa hora de la madrugada.

Abrí el ventanal de par en par y me recogí el cabello en una cola de caballo. Contemplé el limitado paisaje y me di cuenta de cuán silenciosa estaba la noche. Miré hacia el edificio de enfrente y observé todas las ventanas apagadas. Todos dormían, así que aproveché la soledad nocturna para quitarme el camisón de dormir.

Despojada de toda la ropa, asomé mi torso hacia fuera del balcón, intentando absorber cualquier partícula de aire en el ambiente. Fue entonces cuando un movimiento casi imperceptible captó mi atención: uno de los autos estacionados en la acera no estaba vacío. Había alguien allí, pero me era muy difícil distinguirlo.

Asustada, tapé mis senos con los brazos y di un paso atrás, pero la curiosidad fue más fuerte y me volvió a acercar. Enfoqué mejor la vista y pude apreciar a un hombre sentado en el asiento del conductor. Un movimiento acompasado y rítmico me hizo entender rápidamente lo que estaba haciendo. Se masturbaba mientras me veía.

Lo que al principio fue miedo y curiosidad se transformó de inmediato en una pícara lujuria. Estaba en la seguridad de mi hogar, mis padres dormían profundamente y yo podía ofrecerle un buen espectáculo a un conductor nocturno, necesitado y febril.

Me acerqué entonces sin miedo al borde de la baranda y comencé a acariciarme los pechos con ambas manos; me ensalivaba los dedos y con sus puntas circundaba mis pezones rosados y en extremo erectos. Mis pechos eran bastante grandes para mi edad, y sabía que eran hermosos pues se parecían a muchos de los que había visto en una revista porno que un día le había descubierto a mi hermano debajo de su colchón.

Mis movimientos no estaban estudiados, tampoco los había visto en ninguna parte. Ahora, con la perspectiva del tiempo, pienso que en aquel momento se estaba despertando mi sexualidad más salvaje y natural.

De tanto en tanto buscaba con la mirada al conductor anónimo y veía su cara difusa e irreconocible y su brazo agitándose a un ritmo cada vez más frenético, hasta que vi que el movimiento paró del todo; escuché el encendido del motor y vi a mi conductor cuando me lanzaba un beso al aire y hacía con la mano un gesto de agradecimiento.

Años más tarde, estaba en segundo semestre de la universidad y compartía un apartamento con dos compañeras en una zona muy cercana al campus y por ende, repleta de estudiantes. Un viernes por la noche, una de mis amigas y yo nos preparábamos para salir a bailar. Indecisas sobre qué ponernos, paseábamos desnudas de una habitación a la otra, intercambiándonos ropa, zapatos y accesorios.

El sonido de un silbido llamó mi atención afuera. Me asomé por la ventana, miré hacia abajo y no vi a nadie, pero un segundo antes de retirarme de la ventana vi un breve destello de luz en una ventana del edificio del frente, en un piso más o menos al mismo nivel del mío. No quise quedarme desnuda frente a la ventana observando, así que sin hacer ningún movimiento brusco, me retiré de allí, di un par de vueltas en mi habitación y apagué la luz. Con todo a oscuras me acerqué nuevamente a la ventana y miré hacia aquélla donde había visto el destello. Comprendí entonces que lo que había visto era el reflejo del lente de unos binoculares que apuntaban directamente a las ventanas de mi habitación y la de mi compañera. Alguien estaba dándose banquete con nuestra indecisión para vestirnos.

El juego me pareció divertido y acepté jugarlo e, incluso, darle un giro más excitante. Encendí de nuevo la luz y comencé a ponerme crema en todo el cuerpo, lenta y sensualmente y siempre ubicada de frente a la ventana y debajo de la lámpara. Pocos minutos después apareció mi amiga con una blusa en la mano y colocándosela sobre el torso, para que yo le dijera cómo se le veía. Me acerqué a ella y con la excusa de ponérsela mejor, tomé la blusa y la ponía y quitaba de su cuerpo, tocándola al descuido a ratos, poniéndome por detrás de ella para sujetarle los tirantes, casi abrazándola, pegando mi cuerpo desnudo al de ella; todo lo suficientemente discreto para que mi amiga no pensara que me había vuelto loca, pero lo suficientemente sugerente como para que mi vecino pudiera imaginarse cualquier cosa que lo excitara salvajemente.

Cuando mi amiga salió de mi habitación, caminé lentamente hacia mi ventana; con mi mano soné un beso y lo lancé con un soplido hacia la ventana oscura de mi espectador que, sorprendido, se retiró de un salto y desapareció.

Años más tarde, cuando la tecnología avanzó lo suficiente como para tener cámaras en las computadoras, me volví una adicta a los “video chats”. Me encantaba que me vieran, que me desearan, que me dijeran lo bella que me veía y, sobre todo, poder ver yo también cuánto excitaba a hombres, mujeres y parejas… Mi afición se tornó casi en una adicción que me desvelaba noches completas, por lo que al poco tiempo decidí parar en seco tales prácticas.

Un día, hace no mucho, llegué a mi oficina luego del almuerzo y me senté a trabajar en la computadora. De repente se abrió una ventana de chat, de un programa que no sabía que tenía instalado. Alguien llamado Miguel782 me saludaba. Sin entender muy bien qué pasaba, respondí el saludo y las subsiguientes frases introductorias.

Pregunté si lo conocía; respondió que no, pero que quería conocerme. Me preguntó si tenía cámara y le dije que no, que estaba en mi sitio de trabajo. Me pidió que me describiera; yo lo hice mejorando, por supuesto, algunas de mis características físicas… Sus respuestas eran inteligentes y con un toque de humor que me hacían quedarme allí, conversando con Miguel782, en lugar de terminar mi informe urgente.


El desconocido supo cómo encenderme en pocos minutos, diciéndome lo que me haría si me tuviera enfrente y pidiéndome que yo le describiera lo que sentiría. De pronto me dijo “tócate… ¿te estás tocando?”… yo le respondí que sí, aunque obviamente no lo estaba haciendo.

- No me mientas, me escribió… no te estás tocando, puedo sentirlo… quiero que te toques, quiero que mojes tus dedos con saliva, abras mucho tus piernas, hagas a un lado tu ropa interior y te toques para mí…

- No puedo, estoy en mi oficina, le respondí.

- Claro que puedes, siempre se puede. Vamos!! Quiero que me regales un orgasmo pequeño y húmedo para celebrar nuestro primer encuentro…

La idea me pareció divertida. Además, estaba super excitada y no me venía mal descargar toda esa presión. Así que me levanté de mi silla, caminé hacia la puerta, la cerré con seguro y volví a sentarme.

- Está bien, me tocaré, le escribí a mi interlocutor.

- Bien!! Como no podrás escribir, quiero que hagas lo que yo te vaya pidiendo.

Yo imaginaré cada uno de tus movimientos y también me tocaré recreándote aquí, frente a mí.

La situación me daba algo de risa, pero recordaba mis mejores tiempos de exhibicionista y me excitaba a más no poder. Así que fui siguiendo una a una las instrucciones de Miguel782.

- Quiero que desabotones tu blusa y me saques tus pechos fuera del sostén…

Cómo sabría él que llevaba blusa de botones, pensé… pero lo hice sin dudar.

- Ahora quiero que con tus pechos acaricies el teclado, que tus pezones rocen las teclas…

Lo hice, y hasta escribí con ellos unas pocas letras sin sentido.

- Mójate los labios, que hermosos labios tienes… bésame… sii, así, dame tu lengua… mmmm

Yo hacía todo lo que Miguel782 me pedía como si lo tuviera enfrente. De hecho cerraba los ojos y lo imaginaba, casi lo sentía allí, dentro de mi pequeño cubículo.

- Bien, muy bien… ahora quiero que mojes tus dedos y acaricies tu pubis… no me gustan depilados, apuesto que el tuyo está delicadamente recortado, mas no depilado…

Me sorprendía con esos comentarios tan atinados, como si me conociera realmente. Tal vez me conocía, pero… quién podría ser?

Hice lo que me pidió y acaricié mi pubis con mis dedos húmedos.

- Baja, baja un poco más… tócate allí, en ese botoncito rosa que te gusta tanto. Quiero verlo… quiero ver cómo se torna más rojo, más grande y brillante… imagina que no son tus dedos sino mi lengua la que te recorre toda…
Así estuvo mi cyber amante por unos 15 minutos, hasta que yo, con gemidos ahogados para que no traspasaran la delgada tabiquería, acabé en un loco orgasmo.

Con algo de vergüenza me despedí rápidamente y cerré aquella conversación para dirigirme al baño, lavarme y recuperar la compostura.

Cuando regresé a mi oficina encontré el monitor de la computadora apagado y pegado sobre él un “post-it” escrito a mano que decía:

Mi orgasmo de hoy fue el más delicioso de todos, tal vez porque “hoy” creías que no te veía. Fue más dulce que aquél del balcón, más intenso que el de la universidad… definitivamente eres increíble. Besos, tu voyeur”.

Caí en la silla temblando. Por mi mente pasaron los recuerdos en cámara rápida, recordando incluso aquellos episodios de adolescente, que había olvidado por completo. Había estado exhibiéndome toda la vida a la misma persona…!

3 comentarios:

Lydia dijo...

Muy buena la historia de la exhibicionista y como se ha ido adaptando a los medios y a la tecnología... jeje...

Anís dijo...

Me ha gustado mucho, un beso desde Venezuela

Narrador Tristán dijo...

Felicidades. La historia es muy excitante. A mí también me gusta tanto mostrarme como observar. No hay nada tan bello y lujurioso como compartir la excitación con un desconocido. Enhorabuena.