jueves, 22 de enero de 2009

Buenas Obras...



Justo cuando el reloj marcó las seis de la tarde Julio se encontraba impecablemente vestido sentado en una mesa visible del Café acordado previamente. Las manos repasando una y otra vez el peinado y la mirada de reojo a la puerta cada diez segundos delataban su impaciencia. Cualquiera medianamente perspicaz lo hubiera notado; además de esa leve sonrisa, como quien recuerda vagamente alguna pícara travesura. Era la segunda vez que vería a Martha.

Ciertamente, Julio dejaba correr los minutos que lo separaban del inminente encuentro recordando aquella tarde de abril en la que, sin proponérselo, la conoció tanto.

Martha y Julio vivían en ciudades extrapoladas y sus posibilidades de conocerse eran casi nulas. Él era un joven y emprendedor industrial que comenzaba a levantar su propio negocio de importaciones; viajaba mucho, pero nunca al triste pueblo donde Martha, enviada por la oficina estatal de sanidad, administraba vacunas a niños raquíticos y aliviaba con los escasos recursos de los que disponía los males más comunes de su comunidad.

Tan distintos en sus oficios y tan similares en sus deseos, Martha y Julio se conocieron en medio de una catástrofe nacional: un terremoto en la zona septentrional del país los había llevado a ambos al aeropuerto nacional, él para llevar una importante donación de ropa para los damnificados, ella para aportar su ayuda como médico general. Ambos se montaron en el mismo avión, se sentaron juntos y tuvieron oportunidad de conocerse durante el vuelo y compartir algunos temas filosóficos y otros no tanto.

Al aterrizar, un taxi esperaba por Julio, quien se ofreció para llevar a Martha hasta el hotel, que, “casualmente”, era el mismo en el que se hospedaría Julio. En realidad, Martha no tenía ningún hotel reservado; pensaba llegar directamente hasta el lugar de la tragedia y ponerse a trabajar sin más. Pero haber conocido a Julio y haber sentido un avispero hirviendo en la boca del estómago, dejó espacio en su alma altruista, para la mujer ávida y sexual que también era.

Cuando el recepcionista le dijo a Martha que no aparecía en la lista de reservados, ella fingió estar un poco molesta con la situación, pero dijo entender que, en momentos de tanta confusión, existiera tal desorden. Encogió los hombros con resignación y dijo: “No vine aquí a dormir, sino a ayudar; ya encontraré algún lugar donde ducharme, que es lo único que necesitaré luego de un largo día de trabajo”.

Julio presenció toda la situación y no pudo hacer más que ofrecer su habitación para guardar el ligero equipaje de Martha y para que se aseara y descansara un poco, siempre que ello no la hiciera sentir incómoda. Martha aceptó, supuestamente apenada.

Luego de registrarse caminaron por el largo pasillo hasta la última habitación. El aire podía cortarse y con cada paso marcado en el piso de madera, se sentía el latir apresurado del corazón de Julio que miraba a la joven doctora caminando delante con una sensualidad que lo hipnotizaba.

Podía imaginar sus nalgas firmes balanceándose debajo de aquella ligera falda hippie; su larga y ondulada cabellera bailaba el mismo golpe de tambor de sus caderas, despidiendo un silvestre olor de aire limpio. Pero lo que más le gustaba a Julio era la piel canela y lisa de Martha, como recién untada con la cera más fina de un panal celestial. La piel de Martha era como un terciopelo finísimo, sin vellos, sin marcas, ni lunares ni pecas. Un mar de bronce infinito en el cual él soñaba, a sólo pasos de su habitación, con recorrer con sus manos, con sus labios, con su cuerpo todo.

Pero él era más bien tímido, no se atrevía a dar ningún paso que pudiera ponerlo ante los ojos de su recién conocida amiga como un acosador o un baboso. Por el contrario, quería inspirarle confianza, pues sabía por experiencia que ese es el primer paso necesario en toda mujer “seria”, y para Julio, Martha era una de ellas.

Para su sorpresa, justo cuando el botones terminó de dar las consabidas explicaciones sobre el uso del aire acondicionado, el control del televisor y el agua caliente del baño, luego de descorrer las cortinas, verificar el tono en el teléfono y recitar los números de extensión del ama de llaves, room service y llamadas locales, creyendo que mientras más explicara mayor sería su propina, Martha emprendió camino al cuarto de baño despojándose previamente de sus sandalias y desabrochando sin vergüenza alguna el botón de su holgada falda, la cual no tardó ni un segundo en caer al piso, revelando de inmediato lo que segundos antes Julio había visualizado como una premonición.

- No te importa que me dé un duchazo de una vez, verdad?, preguntó relajada. Hace un calor del demonio y quiero comenzar la faena lo más fresca posible.

- Po, po, poorr sssuppuesto que no, contestó torpemente Julio.


Martha dejó la puerta del baño deliberadamente entreabierta y Julio veía sin querer ver cómo se iba despojando de su camiseta de algodón y del sujetador, dejando al aire un par de maravillosas y firmes tetas, redondas como naranjas, pero con una caída natural que las hacía más provocadoras para tomarlas, una en cada palma y levantarlas hacia una boca que se hacía agua de sólo imaginar aquellos pezones morenos y duros jugueteando entre dientes y lengua.

A través del espejo Martha reconoció los ojos de su espía. Comenzó a hablar con un tono de voz un poco más alto para poder ser escuchada a pesar del ruido de la ducha recién abierta.

- Qué pena me da contigo, Julio. Apenas conociéndote y ya estoy hasta estrenándote la ducha. Espero que no te importe en verdad. Soy una total abusadora. Tal vez venías con ganas de refrescarte y no te dejé tiempo a nada. Si quieres puedes entrar, eh? No tengas pena. Mientras me ducho al menos debo dejarte la oportunidad para lavarte las manos o la cara.

Julio respondía tartamudeando y con monosílabos, mientras Martha insistía.

- Que sí hombre, que no te pares por mí. Pasa que ya yo estoy dentro de la ducha. Por favor sí? No me hagas sentir mal.

Ante la insistencia Julio entró al cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo, sólo para complacer a su amiga, cuya silueta pegada a la delgada cortina de baño dejaba poco a la imaginación. Julio observaba la sinuosidad de su cuerpo separado de su vista por un milímetro de tela plástica que súbitamente se descorrió haciéndolo dar un brinco de puro susto.

Martha quería un jabón, pero al ver el rostro impávido de Julio, mezcla de sorpresa, miedo de saberse descubierto y una incontrolable excitación –evidentísima, por cierto, a la altura de su entrepierna-, Martha optó por salir de la ducha y goteando hilos de agua tibia, tomó a Julio por la corbata y lo tiró fuertemente hacia su cuerpo mojado.

Julio no podía despreciar tan exquisito manjar puesto, sin pedirlo, en bandeja de plata. Pero no era hombre de estar acostumbrado a tan frontales ataques y no sabía bien qué hacer. Se debatía entre el “deber ser” y lo que sus hormonas de macho le ordenaban.

Martha permanecía inmóvil con su cuerpo goteando frente al de Julio, aún tomado por la corbata. “Qué? Tienes miedo de mojarte? No estás sanforizado o acaso eres de azúcar? Preguntaba pícaramente Martha. Julio no respondía, sólo balbuceaba sílabas sin sentido e intentaba contener una risita nerviosa que ya hasta a él le resultaba insoportable y fuera de lugar.

- Hagamos algo, dijo Martha. No quiero morirme de una pulmonía y mucho menos de la vergüenza. Yo entraré de nuevo a la ducha y tú harás lo que desees... volver a la habitación, salir de ella, continuar lavándote las manos... lo realmente quieras. Sea lo que sea, aquí no habrá pasado nada.

Julio sólo logró asentir, mientras un temblor en sus labios intentaba sacar palabras de su boca que no podían llegar a formarse en un cerebro atiborrado de impulsos sexuales. Todo lo que Julio podía decir, estaba concentrado en su pene, erectísimo, robusto y urgido de placer.

Tal vez pasaron unos cinco minutos en los que Martha no escuchaba ningún ruido que la orientara sobre lo que había decidido hacer Julio. Y era porque Julio aún permanecía sobre un charco de agua, parado frente a la cortina blanca traslúcida que contorneaba el cuerpo de su amante, intentando pensar.

Es ahora o nunca -se dijo a sí mismo-. Si no actúo quedaré como un pendejo y no podré verle a la cara nunca más". Comenzó a desvestirse rápidamente, torpemente, trastabillando, dejando la ropa sobre el charco de agua que minutos atrás y antes que él, había acariciado el cuerpo de su potencial amada.

Su estado nervioso lo hacía parecer un principiante y lo era en cierto modo. Nunca antes le había sucedido algo como esto. Tanta excitación le hizo olvidar quitarse las medias, y con ellas, ridículamente entró a la ducha para encontrar frente a sus ojos atónitos, el más hermoso cuerpo de mujer.

Una Afrodita tropical lo recibió con labios húmedos. Su piel brillaba como seda con hilos de plata que la bordaban de arriba a abajo. Ella lo miró con párpados pesados y lo recibió con una sonrisa ahogada. Sus tibios brazos lo acercaron hacia ella, hacia su cuerpo receptivo, hacia el agua purificadora y cómplice.

No te pares por nada... -le dijo jadeante al oído- p o r n a d a, repitió tajante y lentamente. Julio sintió que el piso se le movía. Tal vez era una réplica del terremoto o era tanta excitación en tan pocos centímetros cuadrados.

Julio y Martha se amaron con la fuerza de mil volcanes y la ingenuidad de la primera vez; con una pasión inédita y desconocida, pero a la vez, con el ritmo y la cadencia de quienes se conocen de siglos. Sin torpezas, sin estragos, Julio la poseyó por todos los rincones y con todas sus armas. Dedos, manos, boca, nariz, lengua, pene...traron en Martha una y otra vez haciéndola gemir de placer. Por delante primero, por detrás después, al unísono luego, recreándose en su piel erizada y mojada, en su espalda arqueada evidenciando sus vértebras como piedritas de un camino hacia el placer, en sus manos buscando equilibrio en la llave del agua caliente, en sus rizos negros e infinitos, colgando hacia el desagüe, en sus diminutos y perfectos pies, empinados para igualar la altura de su hombre y facilitar la penetración.

El agua se enfrió, pero el ambiente ardía. Los espejos se empañaron y ya no devolvían ninguna imagen. No era necesario, ya todo estaba visto y hecho. Martha sonreía agradecida mientras Julio chapoteaba con sus medias empapadas hacia la habitación. Exhausto, feliz, vacío pero completísimo, pensando... “nunca una obra de caridad había sido tan bien recompensada”...

Con una pícara sonrisa y la mirada perdida en un punto del horizonte, encontró Martha a Julio, quien parecía ya haberse olvidado de tan importante cita.

5 comentarios:

moonlight dijo...

Un relato exquisito

unno dijo...

me gusta tu blog...
besos.

Erotismo dijo...

cada día escribes mejor... me ha encantado!

Juank dijo...

mmmmm... encantador hasta el final.

La Negra dijo...

Amiga mía. Qué belleza de historia! Quedé enamorada.