jueves, 31 de diciembre de 2009

Feliz Año Nuevo


Era una noche fresca y despejada de fin de año en una ciudad del sur del continente. Sara vacacionaba allí con su mejor amigo, Diego. En verdad eran muy buenos amigos, nunca había pasado de allí, pero en esos días de playa y turismo sin complicaciones, Sara había llegado a sentir una sorpresiva atracción por él. Sin embargo, no había pasado nada; Sara no estaba segura de ser correspondida en esos sentimientos tan inesperados y no se atrevía a dar ningún paso.

Esa noche vieja, decidieron recibir el año como lo hacía la mayoría de los locales: en la plaza central de la ciudad, llena de gente con botellas de vino en mano, haciendo el conteo final para confundir abrazos de conocidos y desconocidos.

Llegaron al lugar cerca de las 10 de la noche. Una plaza pequeña que empezaba a llenarse de gente de lo más variopinta: familias enteras que preparaban una especie de picnic en el césped, parejas de enamorados, grupúsculos de jóvenes con modas y tendencias indescifrables, hombres mayores solos, con sus mascotas o sus amantes y hasta indigentes que deambulaban recogiendo botellas vacías para reciclar.

El lugar era hermoso, lleno de luces que se enredaban en los troncos de los árboles, pero que sin embargo no iluminaban del todo la explanada que cada vez se llenaba de más y más gente. Era una especie de “Time Square” sin nieve, sin frío paralizador y sin ropas pesadas… un verdadero paraíso, pero a Sara la intimidaba por no conocer a nadie a su rededor. A ratos cruzaba algunas miradas con los más cercanos vecinos y no todas eran tranquilizadoras; pensaba intrigada en cómo sería la vida de cada una de esas personas, sobre todo aquellas que estaban solas en el momento más emblemático del año. Por suerte, ella estaba con Diego y eso la hacía sentir protegida.

Pronto se acabaron las dos botellas de vino espumante que habían llevado para recibir las doce, y apenas eran las once y veinte de la noche, así que Diego decidió separarse de su amiga para encontrar algún lugar cercano donde comprar un par de botellas más. Sara no quería quedarse sola, pero Diego la tranquilizó: “no me tardaré nada, no te preocupes”, le dijo, rodeándola con sus brazos por la cintura y dándole un beso en la boca que a Sara dejó sin aliento, no sólo por la sorpresa, sino por la suavidad y la tibieza infinita de esos labios nuevos que tanto había querido probar.

Diego se alejó y Sara se quedó en el medio de la plaza abarrotada de gente con una sonrisa tonta en los labios… Se distrajo mirando algunos fuegos artificiales que ya comenzaban a surcar el negrísimo cielo austral cuando, unos minutos más tarde, sintió que una mano la tomaba por la cintura desde atrás y la otra le levantaba el livianísimo vestido de algodón que llevaba… Esas manos la aproximaron repentinamente a un cuerpo masculino, grande y rudo y Sara pudo sentir en sus caderas el bulto inmenso y erecto que aún entre el pantalón parecía querer hurgar entre las nalgas lisas y hermosas de la chica. Sara pensó que el vino espumante y el anonimato que significaba estar allí entre una masa desconocida de gente, había finalmente desinhibido a Diego para dar el paso definitivo, y simplemente se dejó llevar, para demostrarle que los sentimientos eran correspondidos.

Aquellas manos varoniles y toscas escudriñaron por debajo de la panty y comenzaron a juguetear con cada pliegue, hendidura o prominencia que encontrara en el camino, mientras que Sara le facilitaba los accesos, abriendo las piernas y empujando con sus nalgas para frotar aquella inmensidad que, repentinamente, sintió carne con carne, tibia, roma, húmeda y turgente.

Faltaban sólo cinco minutos para las 12 de la medianoche… y Sara no podía imaginar mejor manera de recibir el año que con ese chorro de sensaciones que la acaloraban y la hacías sudar y sonreír al mismo tiempo… La muchedumbre se apretaba cada vez más entre sí, haciéndolos a ellos casi invisibles y facilitando una penetración de por sí generosa y sin reservas… Las manos masculinas ahora apretaban senos y nalgas, acariciaban cuello y cabellos y se introducían en la boca de Sara que succionaba y mordisqueaba rítmicamente con cada balanceo de sus caderas hundidas en un falo por demás complaciente.



Como si lo hubieran planeado, el orgasmo comenzó a aproximarse con la cuenta regresiva del diez al uno que anunciaba el clímax de la noche, y las doce campanadas del reloj de la catedral acompañaron a doce espasmos que derramaron doce gotas de esperma dentro de la dulce y febril cavidad. Inmediatamente el gozo paró, el hombre se retiró y ella, sorteando empujones y abrazos gozosos de la gente, logró darse la vuelta a tiempo para mirar la espalda de un hombre ancho y ralo que desaparecía entre la multitud.

Sara miró hacia todas las direcciones buscando desesperadamente a Diego, hasta que lo vio aproximarse rápidamente y con cara de preocupación, desde el otro extremo de la plaza. Con una botella de espumante en cada mano, llegó hasta su amiga, la abrazó, la besó nuevamente con la misma dulzura de minutos atrás y le dijo: "Discúlpame por haberte dejado sola justo en este momento; la tienda era un caos de gente y no pude llegar a tiempo… Feliz Año, amiga…".

miércoles, 25 de noviembre de 2009

JUGANDO A GANAR



Comenzando apenas a conocerla, notó que era de esas mujeres que siente con toda la piel y disfruta de los prolegómenos tanto o más que del acto en sí, por lo que aceptó las reglas tácitas del juego y se sumergió en aquel cuerpo suave y ligeramente perfumado, para explorarlo centímetro a centímetro con los ojos, con las yemas de los dedos, con los labios, con los dientes, con el peso todo de su cuerpo abriéndose camino entre la mente femenina, compleja, entreverada, volátil e intensa.

Poco a poco fue encontrando los puntos exactos que la hacían temblar, contener el aire y soltarlo en ruidosas bocanadas, entre labios tensos y dientes apretados. Besó suavemente sus labios y sus párpados semi cerrados entregados a un placer anticipado, recorrió con la punta de su lengua el lóbulo de sus orejas pequeñas y bien formadas, y notó cómo su cabeza se inclinaba ligeramente, inconscientemente, dejando expuesto su cuello incitador. La respuesta fue inmediata y avasallante al masajearlo con labios y lengua, por lo que se quedó allí largo rato, llevándola al paroxismo.

Muchos minutos después bajó hasta su pecho; acurrucándose entre sus senos como un lactante, se asió a uno de los pezones con la vehemencia del que no fue amamantado. El pequeño botón de placer se inflamó duplicando su tamaño, triplicando su color, cuadruplicando su capacidad de sentir un goce sin límites. Ella jadeaba y se estremecía como si fuera penetrada, y en efecto lo estaba, en lo más profundo de su mente, allí… donde en realidad se fabrican los más intensos orgasmos…

Pudo haberla penetrado en ese momento, de hecho se moría por hacerlo, pero sabía que esa noche el juego era otro, con otras reglas y otros resultados. Se arrodilló frente a ella y tomó cierta distancia para contemplarla absorta, lejana, totalmente entregada a las terapias amatorias. Le encantaba verla disfrutando, pero mejor le hacía sentir el hecho de saber que era él quien le proporcionaba semejante placer.

Bebió un poco de agua y salpicó algunas gotas sobre el vientre desnudo de su compañera, que se agitaba sobre el colchón. El contraste del frío líquido sobre la piel hirviente, unido al volcán de deseo que bullía más adentro, en sus entrañas, le produjo espasmos incontrolables. Él se apresuró a secarla con su mano grande y laboriosa, y se le ocurrió tocar el hoyuelo prohibido de su ombligo, intocable por alguna extraña y desconocida razón. Lo que también desconocía era que en este nuevo juego, con nuevas reglas y nuevos resultados, tocar el ombligo de su mujer ocasionaría en esta oportunidad un ardor desatado, intenso e inexplicable, como si la penetración de la punta de aquél dedo índice se extrapolara al pene en su vulva, a la lengua en su boca, al amor en su corazón…

Inusitadas sensaciones, tal vez irrepetibles, inundaron el cuerpo de aquella mujer tendida en la cama sin otro contacto físico que el dedo de su amante en el mero centro de su anatomía... La lujuria restante fue expulsada en un vapor húmedo que invadió todo su cuerpo, dejando un rastro empapado con la forma de su cuerpo sobre el colchón.

Como si no hubiese sido suficiente tanta dedicación y tanto detalle, él la tomó de las manos, la sentó frente a él, cuerpo con cuerpo y la rodeó con brazos y piernas, con una ternura infinita, aireando su espalda mojada y acomodando sus cabellos desordenados. Ella jamás olvidó aquel juego en el que nadie apostó y todos ganaron…


domingo, 15 de noviembre de 2009

MUJERES CON TODO


Me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que el venezolano es de todo Latinoamérica, el individuo con más mezclas. Tal vez sea por encontrarse nuestro país en la mera entrada del continente, por su rica y diversificada inmigración del siglo pasado, además de estar relativamente cerca –o por lo menos más cerca que otros- de culturas tan distintas a la latina como la de Estados Unidos y Canadá. La cercanía de las islas del Caribe también le ha dado al venezolano ese salero adicional –como si fuera necesario- que nos vuelve tan diversos como interesantes.

El venezolano ama el rock y la balada casi tanto como a la salsa y el merengue. Las emisoras de radio difunden mucha música en inglés, pero también mucha en español y hasta en italiano y todas nos las aprendemos, aunque no entendamos lo que dicen.

El andar de las mujeres venezolanas es ya casi una etiqueta que nos identifica en cualquier parte del mundo: un caminar que lleva en nuestras caderas el son de nuestra música, el calor de nuestra tierra y el sabor de nuestro trópico.

Ni hablar de la comida. En Venezuela no hay estaciones, por lo que podemos y nos gusta comer de todo en cualquier época del año. Comemos y producimos tanto carnes como pescados, frutas de colores y sabores impensables, vegetales generosos, pero también platillos y combinaciones heredadas de otras tierras.

En la época navideña, el plato típico es la Hallaca, una especie de pastel hecho con harina de maíz que encierra un sinfín de ingredientes como res, cerdo y gallinas, aceitunas, alcaparras y uvas pasas, producto de la mezcla de la comida española, con las costumbres de los esclavos e indígenas locales. Una explosión de sabores que rememora a través del paladar nuestros más felices días de infancia y la mejor cocina materna.

En el amor, las venezolanas somos consecuentes con nuestra forma de ser: variada, rica y completa. Enemigas del sexo rápido y monótono, buscamos, auspiciamos y consentimos cualquier destello de creatividad que nos sorprenda y nos invite a conocer nuevas sensaciones. Amamos el reto de sentir más en cada nuevo encuentro y llegar a territorios poco explorados. Somos participativas y entusiastas. Nos gusta recibir placer, pero nos encanta darlo. No damos nada por sentado y cada orgasmo debe ser digno de ser colgado en el cuadro de honor.

A las venezolanas nos gusta el amor dedicado y pasional, enemistado con lo mecánico o lo autómata, con el sexo “de librito”, lo cursi o lo predecible. Sentimos con todos los sentidos y con cada poro de nuestra piel. No tenemos zonas erógenas, porque somos TODA una zona erógena en la que cada centímetro de piel recibe y refleja diversas sensaciones.

Así como con la música y con la comida, en el amor y en el sexo las venezolanas somos “Mujeres con Todo”. El que haya conocido alguna me dará la razón y seguramente la tendrá en el más elevado dintel de sus recuerdos y emociones.

¡Viva Venezuela, Viva la mujer Venezolana!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Evocación




Me muero por tenerte otra vez entre mis brazos con tu ímpetu y tu locura.

Beberme la sal de tu cuerpo y sentir nuevamente tus ríos febriles.

Quiero que un chorro de voz inunde tu habitación, ahogándome en un orgasmo antológico y que no me des tregua para comenzar sin descanso a remar aguas arriba una y otra vez.

Deseo morir de cansancio aún dentro de tu cuerpo, dormirme como una niña en tu regazo y crecer de tu mano hasta morir de placer... junto a ti.

sábado, 24 de octubre de 2009

Petting...






Es media mañana. Un haz de luz se cuela a través del grueso cortinaje y comienza a desperezarme. No sé si es eso o es el calor que empieza a producir mi propio cuerpo repleto de deseo, lo cierto es que comienzo a despojarme del plumón y las sábanas, quedándome desnuda sobre la cama, atravesada por la espada de luz que pareciera escanear mis deseos más profundos. Me estiro, me retuerzo… comienzo a acariciarme. Es inevitable. La piel es el órgano más extenso del cuerpo humano y sin duda, al que más provecho le saco. No hay nada que disfrute más que el contacto de mi piel con lo que sea: una suave y fría seda, mi propia mano, unos labios ajenos…

Mis manos me recorren como siempre, reconociendo cada centímetro de mi anatomía y sus imperfecciones que son mi marca, mi etiqueta, lo que me distingue y me diferencia. Aquella vieja cicatriz, el suave relieve de mi tatuaje, el lóbulo de mis orejas, mi vientre acolchado, mis anchas caderas, mi vulva lampiña… ALTO! Debo parar… no dispongo de mucho tiempo. Él llegará para el almuerzo y debo alistarme.

Me levanto, llego al cuarto de baño y comienza mi ritual, ese que me hace sentir más sensual, que me acerca a su encuentro y me pone a punto. Abro las llaves y la tina comienza a llenarse de agua, así como mi corazón de latidos retumbantes. Agrego las mejores sales… esas que guardo para ocasiones especiales y que –no sé por qué- siempre me traen buena suerte. Sándalo, rosas y un toque de eucalipto llenan el aire caliente. Pongo algo de música… Diane Krall se me antoja. Recojo mi cabello y entro sin mediar en esa cama de lava líquida que me atonta y me activa a la vez.

El protocolo es siempre el mismo, y sin embargo, es siempre nuevo y diferente… excitante. Lentamente, al compás de la sensual música paso la esponja por mi cuerpo, esmerándome en aquellos puntos que me producen más placer… el cuello, la curva en la que reposan mis senos, mi espalda, mis nalgas, mis tobillos, mis pies… Creo que todo mi cuerpo me produce un placer incontrolable!

Poco a poco me doy la vuelta y apoyo mis codos del fondo de la tina. Coloco la esponja entre mis muslos y la aprieto y restriego tan fuerte que, aún bajo el agua, soy capaz de exprimirle hasta la última gota…

“I’ve got you under my skin
I've got you deep in the heart of me
So deep in my heart,
that you're really a part of me
I've got you under my skin”
Diane Krall pareciera estar mirándome y leyendo mis pensamientos, mientras yo exprimo mi esponja y empapo mis ganas de sentir más y más…

Llega un mensaje a mi Blackberry… “voy en camino, el tráfico tal vez me retrase un poco, pero espero llegar cuanto antes, no te vistas…”

Salgo de la tina y me pongo mi bata de paño blanca. Desempaño el espejo y comienzo a peinarme. Los gruesos dientes del peine abren decenas de surcos en mi negra cabellera, masajean mis pensamientos y los desenredan también. Hoy es un día de fiesta, un día de adoración a los cuerpos, al más puro acto de SENTIR. Sonrío adelantándome a lo que vendrá, un verdadero banquete para mi sentido preferido: el tacto.

Unjo mi cuerpo con cremas y aceites, lo cubro con su perfume preferido, ese que es tan suave que pareciera activar su más ancestral gen de macho alfa y lo vuelve loco incluso antes de cruzar la puerta de mi casa. Cambio mi bata de paño blanca por la de seda negra; del calor al frío. Mi piel se eriza, mis pezones se endurecen marcando su ubicación exacta a través de la tela. Estoy lista, alerta, dispuesta.

El tiempo que queda antes que suene la puerta es apenas el justo para exprimir unas naranjas y sacar una botella de champagne de la nevera. Lo recibo en el hall con las dos copas de mimosa en la mano y mi mejor sonrisa. Como siempre, no me besa en los labios… de hecho no me besa… recorre mi rostro con el dorso de su mano, sintiendo la lanilla de mis vellos; luego me retira el cabello hacia atrás y recorre con sus dedos el laberíntico cartílago de mis orejas y baja hasta el cuello para finalmente apretarme fuertemente los hombros, como para que salga de mi breve trance y vuelva con él.

Ya conozco el juego, pero no deja de tomarme por sorpresa una y otra vez. Como el mejor de los bailarines, es él quien marca el compás y yo sólo me dejo llevar en esta danza de sensaciones que siempre tiene buen final.

Estoy hambriento”, me dice… por lo que camino hasta la cocina y comienzo a prepararle algo rápido. Mientras corto unos tomates, él me abraza por detrás y toma con sus manos el cuchillo, colocándolo sobre mi pecho, por el canto no cortante. Aún así, se siente el filo del metal frío recorriendo desde mi garganta hacia abajo, en línea recta, pasando por el nacimiento de mis senos, camino a mi ombligo. Yo no miro, sólo siento esa mezcla de nervios y excitación que tanto me gusta y que él consigue en mí tan fácilmente.

Con un sólo movimiento seco e inesperado, corta con el cuchillo la cinta que cerraba mi bata. Doy un pequeño brinco e intento mirar, zafarme. Pero él me atrae hacia su cuerpo y con la mano libre me toma por el mentón y no me permite bajar la cabeza. Recordé que con él siempre estoy a salvo, así que me rindo a su juego. Cierro los ojos y me dedico a sentir… al fin y al cabo, de eso se trata todo.

Percibo su aliento pegado a mi cuello, humedeciéndolo con palabras lentas y suaves, casi inentendibles, pero que suenan a instrucciones o tal vez a un mantra que me abre poco a poco a él, a sus intenciones, a su juego morboso de tocarme y nada más. Siento su cuerpo calentando mi espalda, su arma abultada y camuflajeada entre la ropa, apuntando directamente hacia mi culo. Siento también el frío metal recorriendo mi bajo abdomen y una pegajosa humedad entre mis piernas.

Finalmente suelta el cuchillo y toma en su lugar las dos mitades del tomate que yo acababa de cortar. Me da la vuelta y los estruja sobre mis puntiagudos senos, haciendo correr jugo y semillas que él lame con artificio. Aún con los medios tomates a manera de brassiere, comienza a mordisquearlos, mordiendo también mis pezones endurecidos. “Es la mejor ensalada que he comido en mi vida”, dice, mientras yo aprieto los dientes, un poco por dolor y mucho por excitación.

Casi sin darme cuenta, me lleva hasta el comedor y me acuesta delicadamente sobre la mesa. Estira la mano y alcanza su copa, para derramar luego unas gotas de mimosa en la depresión que hace el hueso de la clavícula en mi garganta. Como un gatito en su plato de leche, bebe de mi cuello, pasando repetidamente su lengua y haciéndome retorcer del placer.

Más... –le pido- bebe más...” Y él obedece, pero esta vez, bebe de mi ombligo. Luego me pone de costado, levanta mi brazo y deposita unas gotas en mi axila, que sorbe con fruición mientras mira mi cara abstraída de placer. Un cuarto de vuelta más y me coloca boca abajo, atravesada en diagonal a lo largo de la mesa. Separa mucho mis piernas, haciendo que se salgan de la tabla de madera. Se coloca en el ángulo inferior para contemplar la hermosa vista de mi vulva rosa y brillante, palpitando de deseo.

Comienza a acariciarme los pies, subiendo por las piernas y parando en los sitios exactos que me producen más placer: las corvas, el pliegue entre mis muslos y mis nalgas y por supuesto, la entrada de mi cueva tibia. Justo al llegar allí mi cuerpo se tensa, y él toma eso como un aviso, para bajar nuevamente hasta mis pies y retomar el recorrido, poniéndome en un estado frenético.

Cuando ya estoy a punto de estallar, él da la vuelta y se coloca en el otro ángulo de la mesa. Me toma la cabeza con sus manos y coloca mi cara justo frente a sus caderas. Puedo oler su aroma de hombre, ácido, penetrante y varonil. Mis labios logran sentir sus durezas a través de la gabardina negra del pantalón. Intento con mis manos bajar el cierre, pero él me detiene en seco. Sólo puedo mirar, oler y sentir lo que él quiera que yo sienta. Nada más, nada menos.

Recuesta mi cabeza sobre mis propios brazos y comienza a masajear con sus gruesas manos mi cuero cabelludo, desenredando con sus dedos mis cabellos desordenados y haciendo presión en ciertos puntos estratégicamente marcados –y sólo conocidos por él- que me producen una sensación de emborrachamiento y entrega total. Una especie de hipnosis que me pone tonta pero alerta al unísono, como ajena a mí misma, pero dueña absoluta de mis propias sensaciones. El masaje se extiende también hacia el cuello y los hombros, la frente y las sienes. A ratos siento su miembro abultado tropezar contra el tope de mi cabeza, contribuyendo con el masaje integral que mueve todas mis neuronas.

No sé si es mi imaginación que vuela o es que en efecto sus dedos controlan mis pensamientos y sensaciones, pero comienzo a excitarme de una manera sobrenatural. Soy capaz de sentir todo mi cuerpo aprisionado sobre la mesa y a la vez flotando en la habitación. Las manos que me peinan y me despeinan comienzan a sentirse en todos los lugares donde estuvieron minutos antes; siento sus dientes en mis senos, su lengua en mi garganta, su cuerpo sobre el mío y su falo penetrándome sin piedad.

Aunque él está totalmente vestido y frente a mí, puedo sentir su cuerpo desnudo y caliente arropando el mío, danzando con frenesí, llevándome al clímax. Yo sigo recostada, con mis ojos cerrados y mi respiración apenas perceptible, pero al mismo tiempo estoy ensartada, jadeante y exhausta, a un nanosegundo del Big Bang mayor, el mejor de mis orgasmos. Uno silente y avasallante, que me remonta a lo que fui en otra vida y me asoma a lo que seré en la siguiente, pero que al mismo tiempo me deja acostada sobre una dura mesa, catatónica y sin voluntad, mientras mi amante sale sigilosamente por la puerta.


domingo, 30 de agosto de 2009

!!SORPRESA!!



Verónica y Diego celebraban su segundo aniversario de noviazgo.
Diego le tenía una gran sorpresa preparada a su novia: una cena con velas y champán, preparada por sus propias manos en la intimidad de su apartamento de soltero. Toda una novedad, si se toma en cuenta que a Verónica le incomodaba un poco aquél “hogar” en el que decía podía oler el perfume de todas las mujeres que habrían pasado por allí, y que Diego no cocinaba más que un huevo frito y roto alguna mañana desvelada luego de amar a su novia con intensidad y pasión. Además de la cena y el ambiente romántico, Diego tenía otra sorpresa preparada para su amada, pero de ésta última no asomó nada para no arruinarla ni predisponer a Verónica.
Dejó el ambiente listo en el departamento, la comida a fuego muy bajo y salió a buscar a Verónica que lo esperaba impaciente y hermosamente ataviada en el hall de su edificio, a pocas cuadras del suyo.
Regresaron de inmediato. Cuando Diego abrió la puerta de la entrada, Verónica quedó maravillada por el olor a eucalipto que inundaba el ambiente, venido de inmensos ramos de rosas multicolores que, acompañadas de este follaje mentolado, se esparcían por toda la estancia. Sólo la luz de las velas iluminaba el lugar y un jazz cadencioso acompañaba sus pasos hacia la pequeña sala. Allí, junto al sonido grave del trombón, encontró a aquella chica de piernas infinitas y actitud tímida, sentada en el puf de cuero blanco. Tenía una copa flauta a medio llenar con champán, que bebió de un sorbo antes de ser presentada por Diego:
- Vero, te presento a Gaby. Gaby es una amiga de la infancia que tenía muchísimo tiempo sin ver. Hace poco nos tropezamos por casualidad y estuvimos conversando. Resulta que descubrí que comparte muchas de nuestras fantasías y curiosidades… y es alguien completamente confiable.
Acercándosele a Verónica, la tomó por la cintura cariñosamente y le dijo en secreto: “Por fin tenemos lo que tanto habíamos buscado”, y la besó en la oreja con malicia.
Verónica estaba un poco aturdida. No estaba preparada para encontrar a un tercero –fuera quien fuera- en la celebración íntima de su aniversario. Pero al mismo tiempo veía frente a sus ojos a la cristalización de uno de sus mayores y más antiguos deseos: estar con una mujer y al mismo tiempo con el hombre que amaba.
Diego llegó con nuevas copas llenas. Verónica se apresuró a beberla y pidió otra de inmediato, mientras Gaby no articulaba palabra. Solo se observaban. Verónica con curiosidad, Gaby con un poco de incomodidad y vergüenza. Al final, ésta última habló:
- Siempre he sentido curiosidad por estar con una mujer… nunca he pasado de un beso inocente en alguna borrachera universitaria… quizás por miedo. Pero si eres la novia de Diego, eso me da la seguridad que necesito…
Vero asintió y Diego apresuró a las dos damas a sentarse en la mesa antes que la comida se arruinara.
La cena sirvió para distender el ambiente; anécdotas, risas y chistes, acompañaron al delicioso rissotto, los calamares y la ensalada mediterránea. Básicamente Diego ponía al tanto a Gaby sobre su novia y su relación: cómo se habían conocido, qué les gustaba compartir… cuáles eran sus fantasías. Gaby escuchaba y asentía interesada y muy de vez en cuando participaba con alguna anécdota coincidente.
Destapaban ya la cuarta botella de champán para acompañar el postre: fresas flameadas, que Diego sugirió degustaran en la alfombra del salón. “Voy a alimentar a mis chicas”, dijo, tomando el bowl completo y poniendo uno a uno los rojos frutos almibarados en las bocas de sus invitadas. Deliberadamente hizo que parte del empalagoso líquido se derramara en la blusa de Verónica, y ella misma tomó la iniciativa de quitársela. Posteriormente fue Gaby la pringada, con un hilo pegajoso que rodó por entre su escote… y nuevamente fue Verónica, la diligente, quien se encargó de limpiarla…con su lengua. Lamió el dulce del almíbar y sintió el aún más dulce perfume de su piel, la suavidad de sus pechos redondos y firmes y la respiración nerviosa de la “recién iniciada”. Todo esto la excitó demasiado. La limpieza de un pequeño hilo de dulce tardó más de lo normal y se convirtió en una lamida frenética que avanzó buscando entre el sostén los aprisionados bombones de chocolate que eran los pezones de Gaby.
Diego dejó por un momento el bowl repleto de fresas para ayudar a desvestir a aquellas dos hermosuras de mujer, una prácticamente desconocida, la otra, la mujer que más amaba en la vida. Muy pronto estaban desprovistas de toda la ropa y Diego contemplaba extasiado a aquellas mujeres besándose y acariciándose con fruición. Retomó el bowl de fresas, hundió su dedo índice en el almíbar para untarlo alrededor de las aureolas de sus mujeres, para pintar sus labios y ver cómo eran devorados por los de la otra mujer, sensual, hambrienta, totalmente desinhibida… Luego tomó una fresa y la colocó en la vulva de Gaby, entre sus labios, mientras un hilo rojizo de almíbar afresado se mezclaba con sus propios jugos ácidos de pura excitación. Diego pretendía comerse aquel par de frutos maduros y así marcar su entrada en escena, pero Vero sin darle chance, se abalanzó como loba hambrienta, para comerse no solo la fresa dulce, sino besar y mordisquear las áreas cisrcundantes y hundir repetidamente su lengua en el firme botón del clítoris de Gaby, quien jadeaba y se retorcía abandonada en un placer infinito.
Diego entonces tomó otra fresa y la colocó esta vez en el culo de Vero, mientras ella seguía afanada, de rodillas frente a la otra mujer, comiendo y bebiendo de todo lo que encontraba a su paso, como un vagabundo en inanición. Con la punta de la lengua, Diego lubricó el ano de su novia y jugueteó con dedos, boca y fresa en el hermoso culo de su mujer…. Tomó otra fruta más, chorreante y rojísima y coloreó con ella sus redondas y blancas nalgas, para luego limpiarlas con su saliva. Bajó hasta su vulva y repitió la operación, definitivamente eran las fresas más deliciosas que había degustado en su vida.
Pero Vero no interactuaba con Diego. Su atención estaba totalmente volcada hacia su nueva amiga, que sabía a ángeles y dioses, que olía a montaña virgen y a templo pagano, que se sentía como piel de durazno y como nube de verano. A esas alturas, se habían besado todo, tocado todo y había docenas de orgasmos regados por la alfombra de aquel salón. Diego entendió que esa no era su noche, sino la de su novia… que debía dejarla disfrutar su regalo como a los niños en la mañana de Navidad: hasta que se aburriera y entonces volviera a su juguete consentido, al viejo juguete preferido por encima de todos, a él.
Tomó de la mesa la botella de champán y se sentó entonces en el puf de cuero blanco a una distancia prudencial, para contemplar aquella película que él mismo había ayudado a producir. Vero y Gaby completamente desnudas; una blanquísima, la otra morena, desconocidas entre sí pero más unidas y conectadas que un par de siamesas. Sobre la alfombra parecían conocer en detalle el siguiente movimiento, la intensidad, la fuerza específica que necesitaba cada caricia. Cada una sabía cuándo y dónde besar, cómo y dónde tocar para llegar una y otra vez a orgasmos agónicos, celestiales, únicos e irrepetibles, aunque volvieran a repetirse cada minuto.
Diego quería participar, pero se conformó con contemplar la maravillosa escena con su endurecido falo entre las manos hasta que explotó solo, pero acompañado también por la explosión del enésimo orgasmo de sus invitadas, un par de metros más allá.
Exhaustos, entraron a la ducha para bañarse mutuamente, dejando que el agua lavara el almíbar, el sudor, el semen… y también los miedos, los tabúes y las barreras.
“Gracias”, le dijo Vero a Diego, besándolo tiernamente… “Ha sido el mejor regalo de aniversario”.
Vero salió de la ducha chorreando agua y más atrás salió Gaby. Diego tardó unos minutos más, rememorando todo lo vivido aquella noche y masturbándose para sacar del cuerpo el resto de su deseo. Cuando salió de la ducha, envuelto en una toalla… no encontró a sus mujeres por ninguna parte… Las velas de la cena se extinguían mientras las chicas caminaban abrasadas por la avenida, para continuar amándose sin estorbos en el apartamento de Vero.

domingo, 23 de agosto de 2009

Calor...


Calor único, rúbrica personal.
Tu boca es lava hirviente en la que mi lengua se derrite
mientras mis deseos se moldean lentamente con los tuyos.
Fiebre de ganas, delirio idílico.
Tus brazos abrasan, tus ojos atizan, tus besos sofocan.
Ardor de piel, insolación del alma.
Tu amor es sol que me quema.
Irradia hasta el tuétano, me enciende, me excita…
y sólo tú eres capaz de apaciguar ese ardor.
Con tu voz, con tu presencia, así sea sólo en mis pensamientos…

domingo, 2 de agosto de 2009

Sueño de una noche de verano


El lugar estaba abarrotado de gente; era sábado, día de pago y comienzo oficial del verano. En aquel inmenso restaurante ubicado frente a la bahía, no sólo había lugareños, sino también –y sobre todo- turistas que ya empezaban a colapsar la isla con su voraz apetito consumista, un mal necesario, como dicen los de aquí.
Al llegar, desde la puerta hizo un paneo para divisar algún puesto libre en la barra, o alguna mesa pequeña bien ubicada dentro de aquel imposible mar de gente que comía, bebía y hablaba en voz alta. Apenas comenzando su recorrido visual se topó con aquel desconocido que la miraba fijamente desde una esquina de la gigantesca barra rectangular, campaneando su whisky y haciendo una mueca que le elevaba la comisura de los labios y le marcaba en las mejillas un par de hoyuelos seductores e ingenuos a la vez.
Ella intentó ignorarlo, pero su mirada era penetrante, intimidante; aún cuando no lo viera, sabía que la estaba mirando y eso le provocaba un leve escalofrío en el centro de la espalda y un temblor tibio en sus entrañas. Esa noche ella se sentía despampanante, con su bronceado del día, su blusa vaporosa y de espalda al aire, sus cabellos perfectamente recogidos en una cola de caballo, su maquillaje impecable y sus altos tacones que la hacían sobresalir del promedio de las mujeres. Hizo su típico ademán de cuando está un poco nerviosa –pasar los dedos entre sus cabellos como quien desea peinarlo- e intentó ubicarse de pie en una de las esquinas de la barra, donde rápidamente la atendieron colocándole un taburete y sirviéndole un whisky en las rocas.
Wow… ya me conocen en este lugar –pensó- aún no llego y ya me están sirviendo un trago”.
Pero la respuesta vino inmediatamente de boca del bartender: “este trago se lo invita el caballero de allá”, dijo señalando a aquel hombre de sonrisa divina y ojos –desde allí podía verlos ahora- del mismo azul profundo del mar que afuera y a oscuras rompía bravamente contra las rocas del malecón. A pesar de su sonrisa y su indiscutible atractivo, ella no se sentía cómoda con aquel admirador. Es decir, eran pocas, poquísimas las personas que la hacían sentir esa sensación de incomodidad, a las que no podía sostenerles una mirada. Ella esperaba por su novio, habían quedado en encontrarse allí para cenar, pero como siempre, él estaba retrasado, así que pensó que mientras tanto podría hacer un pequeño juego, más bien como una prueba para ella misma e indagar qué era lo que tenía aquel misterioso hombre solitario que no le quitaba la mirada de encima.
Levantó entonces su vaso en señal de brindis y lo miró fijamente; él hizo lo propio y ambos bebieron un largo sorbo de alcohol sin desviar las miradas del objetivo. El corpóreo sabor de aquel dieciocho años le dieron a ella el valor para detallar aquel hombre con paciencia: vestía camisa deportiva blanca, impoluta, planchada, definitivamente recién estrenada; su reloj era grande, también deportivo y a todas luces costoso; su cabello ondulado pero corto, tomaba formas y direcciones forzadas a punta de gel y la piel de su rostro era como la de un ángel, suave y perfecta; ella entrecerró sólo un poco los ojos y pudo sentir la suavidad de su barba lampiña al tacto de sus dedos y la intensidad de su perfume varonil e irresistiblemente sensual… aspiró profundamente… Armani, concluyó… Se permitió ir más allá y hundió su nariz en el cuello de aquel desconocido, aspirando larga y lentamente como para llenar todas las fibras de su olfato con aquel olor de macho que le disparaba las más alocadas fantasías.
Una mano tibia, firme y masculina la sujetó por la cintura haciéndola salir rápidamente de su ensoñación, para encontrar frente a sí la otra mano, de uñas limpias y perfectamente recortadas con aquel reloj incandescente que chispeaba mientras sujetaba a la altura de su rostro el trago que segundos antes ella había empezado a beber. Sin decir nada y casi sin voltear a ver quién era –ella sabía quién era- aceptó la invitación de otro sorbo, mientras la mano en su cintura se escabullía con destreza y disimulo por dentro de su falda de sabia y oportuna pretina elástica. En un viaje corto, sin escalas ni turbulencias, aquella diestra mano traspasó el delgadísimo hilo de algodón de su panty y llegó en aterrizaje perfecto a la gran pista de sus redondas nalgas. Rápidamente encontró manga libre y se enchufó, sin esperar aprobación de la torre de control, en la estrecha y gloriosa puerta de su ano.
Ella cerró completamente los ojos para sentir mejor aquel experto masaje, mientras bebía y bebía de aquel vaso empañado y húmedo como sus pensamientos, como su sexo y como su razón. Simplemente bebía y se dejaba llevar, escuchando la música de la banda, las risas de los comensales, los gritos de los mesoneros, el chocar de vasos y cubiertos y… sobre todo… su corazón, que latía fuertemente, ya no dentro de su pecho, sino en sus sienes y en el aro que en aquel instante rodeaba el dedo medio de su inesperado acompañante.
Sus cuerpos estaban muy pegados el uno del otro; ella casi podía recostar su cabeza en el pecho o el hombro de aquel hombre alto y corpulento que la había escogido esa noche para hacer una deliciosa locura, y a ratos lo hacía, para llenarse de su almizcle, para lamerle el cuello o susurrarle al oído “ahí, ahí…si…” mientras él, con ritmo suave y constante, hurgaba más y más dentro del oscuro túnel.
Mastúrbate para mí”, le dijo él en el oído, mientras le besaba inocentemente la oreja, sin saber que aquel chasquido de saliva y lengua le producía a ella una excitación sin parangón. Como hipnotizada que cumple a cabalidad las órdenes de su maestro, ella dejó el whisky sobre el tablón de madera y llevó su mano derecha por dentro de su falda y su ya empapada panty, para encontrar sin tropiezos a una vulva henchida y expectante y un botón rojo que con sólo rozarlo la eyectaría hacia un placer infinito y sin retorno. Él notó la excitación de su invitada cuando le habló al oído, así que se quedó allí, dándole suaves instrucciones y lamiendo a ratos el lóbulo auricular como si más bien tuviera frente a sí el espumoso manjar de aquel sexo femenino y ardiente.
Te encontraste?... te gusta?...” le preguntaba una voz profunda y grave, mientras ella sólo podía emitir un sonido similar a un leve gemido al tiempo que inhalaba y exhalaba , cada vez con más rapidez y arritmia. De pronto la mano libre de él tomó la mano libre de ella y la colocó en la pretina de su pantalón de lino, también de sabias elásticas, con un par de cintas que su dueño ya se había encargado de desatar. Como quien guía a un invidente, él le indicó el camino para llegar con prisas y sin tropiezos al suave mástil enhiesto de su sexo, largo, grueso, hirviente… hermoso.
Ahora la mano derecha de ella trabajaba en su propio punto de placer, mientras la izquierda hacía lo propio en el de aquel hombre que a cada segundo la atrapaba más y más en un juego peligroso y divino. Mientras tanto, la mano derecha de él continuaba tentando lo prohibido, sintiendo sus espasmos, bailando al ritmo del deseo de aquella mujer que a pesar de acabarla de conocer, la entendía tan bien. Su mano izquierda era la única consciente en este juego, con ella acariciaba el cabello de su cómplice, le acercaba el vaso y la hacía beber, bebía él también y controlaba que la situación desde afuera siguiera pareciendo normal.
El trajinar se hizo más afanoso, más letal, más agónico en ambas extremidades. Hundidos en un beso profundo y un sonido gutural que se confundió con los ruidos externos, las dos manos femeninas se llenaron al unísono de sendos líquidos lechosos y tibios. Tenía el génesis y el apocalipsis entre sus dedos, el origen y el destino, la causa y el efecto, los medios y el fin… Era la reina del mundo, la dueña de la Verdad… y nadie allí lo había notado…
Estás bellísima hoy…tengo rato haciéndote señas desde aquella mesa, pero no parecías verme… tu rostro estaba iluminado, radiante, llegué a dudar que fueras tú… qué te hiciste hoy, novia mía, que estás tan hermosa?”…
Ella no pudo responder… sólo mirar sorprendida a su novio, mientras caminaba a su lado rumbo a la mesa reservada para cenar. A mitad de camino observó sus manos, limpias y secas; giró la cabeza hacia atrás y divisó entre la multitud un par de hoyuelos seductores e ingenuos que le sonreían desde el otro lado de la barra, alzando un vaso corto, rebosado de whisky dieciocho años…

jueves, 2 de julio de 2009

La Historia tras el tatuaje 2

Matilde regresó totalmente renovada de su viaje de vacaciones. Jamás pensó que aquella decisión de tatuarse el vientre le traería cinco días de diversión y sexo desenfrenado con dos hombres, por separado y juntos. A veces se sentía como una recién iniciada en las drogas: loca, desenfrenada, incrédula de que pudiera haber tanto placer en el mundo y que ella se lo estuviera perdiendo. Pero tenía a Saúl y a Luis, dos hedonistas por naturaleza que amaban la vida y veían el sexo como la forma más natural y lógica de expresar sus deseos más íntimos y primitivos.

Saúl, el mesero del bar latino, era apenas un chico; tal vez no pasaba de los 25 años. Su energía y vitalidad la hacían recordar a la Matilde adolescente que se fue desdibujando conforme llegaron los compromisos laborales, la familia y la imagen que cuidar. Luis, sin embargo, lucía mayor que la propia Matilde, tal vez entrando a sus cuarenta, interesante, sereno, con completo control de su vida y con la sonrisa permanente de aquel que logra ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Buena parte de su filosofía y actitud le impactó a Matilde aquella noche en que la masturbó delicadamente para que se relajara y permitiera tatuarle un rosal en su vientre. Aquel orgasmo lento pero avasallante desencadenó el giro que dio no sólo la semana de vacaciones de Matilde en Miami, sino su vida misma y su forma de encararla.

Una semana de libertad total, de bailar y beber mojitos hasta la madrugada, de dormir hasta mediodía y tomar el sol en South Beach hasta que éste se cansaba de tostarla y se acostaba en el mar, la apartaron por completo de su cotidianidad. Noches interminables de experimentación, de dejarse llevar por la lujuria y la experiencia de aquellos hombres tan hermosos y distintos entre sí, de sentir en su propia piel cosas que creía estaban sólo en las páginas de los libros eróticos que le robaba a su hermana, le causaron a Matilde un shock sin precedentes de vuelta al caos de su trabajo, que se había acumulado a niveles himaláyicos sobre la superficie de su escritorio.

En un principio la invadió el pánico. Pensó que tal vez no había sido buena idea ausentarse tantos días de la oficina y que necesitaría muchas horas extras para poner en orden aquel campo de batalla. Pero Matilde ya no era la misma; por primera vez había decidido irse de viaje sola, y contra todo pronóstico, había estado más acompañada que nunca, no sólo por la presencia del par de amigos iniciadores, sino porque inéditamente, Matilde había logrado acompañarse a sí misma.

Borró enseguida de su mente cualquier pensamiento recriminatorio, respiró profundo y se dio cuenta que nada era realmente urgente, si había logrado sobrevivir tantos días dentro de su oficina sin que nadie lo moviera. Así que echó un ojo fugaz a algunas carpetas, las colocó en exacta posición y decidió ir al café de la esquina a desayunar algo.

Caminando por entre los pasillos repletos de cubículos tabicados a media altura y oficinas de paredes de vidrio, observaba cómo sus compañeros de trabajo -algunos que tal vez nunca habían cruzado palabra con ella- volteaban a mirarla. Era como si se leyera en su frente todo el sexo que había tenido en Miami, como si su taconear reprodujera todos los gritos de placer que Saúl y Luis arrancaron de su garganta, como si los colores de su tatuaje se reflejaran en su cuerpo entero y aquellas rosas despidieran desde su vientre un perfume embriagador. Y de alguna manera, así era. Matilde era otra persona ahora, y se notaba.

En el ascensor se encontró a Luis Miguel, el director de Compras de la corporación. Siempre le había gustado aquel hombre, pero nunca había pasado de los buenos días o buenas tardes en el ascensor. Antes de su viaje, a Matilde le gustaba su piel aceitunada, su pelo canoso cortado casi a ras y el perfume varonil que usaba y que dejaba impregnada aquella pequeña cabina incluso después de haber salido de ella.

Pero ahora Matilde veía otras cosas. Observaba de reojo sus largos dedos e imaginaba los recovecos a los que podría llegar dentro de ella, arrancándole orgasmos aún en gestación. Dio un paso atrás y pudo mirar su hermoso trasero, disimulado por la chaqueta, pero evidentemente firme. También miró sus orejas, pequeñas en comparación al tamaño de su cabeza, deliciosas para recorrerlas con sus labios de arriba hacia abajo, terminando en un travieso mordisco en el lóbulo que lo hiciera saltar de sorpresa y un tanto de dolor. El trayecto entre el piso ocho y la planta baja fue suficiente para que Matilde lo imaginara estrujándola contra las paredes del ascensor, ahogándola con su lengua y con sus manos apretándole los senos y arrugándole la blusa de seda recién estrenada.

Pero repito. Matilde era otra mujer, y por eso se atrevió a decirle: “Disculpa, acabo de mirar en mi escritorio una orden de compra para Mac Dickens, pero acabo de llegar de una reunión en Philadelphia y tengo proveedores bastante más competitivos; voy camino al café de la esquina, si no estás muy apurado, podría adelantarte algo de lo que investigué”.

Luis Miguel aceptó encantado. Se sentaron en una mesa del fondo y Matilde lo pudo ver más de cerca: sus labios carnosos y el gesto que hacían sus comisuras mientras hablaba, sus uñas perfectas y oh… ¿qué veía?, ¿acaso era un tatuaje aquello que sobresalía entre la pulsera de su reloj y el puño de su camisa? Matilde no pudo disimular su curiosidad y Luis Miguel lo notó; siguió el recorrido de su mirada y vio que se posaba en la tinta negra que se asomaba en su muñeca.

- Sí, es un tatuaje -dijo sonriendo-. ¿Te sorprende? Tal vez no parezca hombre de tener tatuajes, pero los tengo. Sólo que a veces tenemos que “tapar” lo que verdaderamente somos.

Matilde estaba perpleja, pero a duras penas le pudo decir que tal perplejidad no se debía a que él tuviera un tatuaje, sino que ella también lo tenía y que apenas comenzaba a pensar exactamente como él.

- ¿Qué tienes tatuado? -le preguntó ella-.
- En este brazo tengo un tigre, pero en este otro tengo un dragón… la fuerza y la inteligencia. ¿Y tú? ¿Dónde y qué te tatuaste?, -repreguntó Luis Miguel-. Y Matilde vio la oportunidad perfecta para trasladar todo aquello que había vivido en Miami a su nueva vida en casa.
- Me encantaría que lo adivinaras… -dijo pausadamente y con una sonrisa pícara-.

Luis Miguel entendió el juego y lo siguió.

- Pues si fue tu primera vez, seguramente no te aventuraste con algo grande… tal vez un símbolo chino –típico entre principiantes- en el tobillo.

Matilde levantó las botas de su pantalón y le mostró sus tobillos limpios de toda tinta.

- Mmmmm…. Entonces seguramente al comienzo de la espalda, un lugar sexy, pero discreto y femenino.

El juego le estaba gustando a Matilde, aunque sospechaba que mientras estuviera allí, no podría llegar muy lejos. Sin embargo, rotó en la silla poniéndose de espaldas a su interlocutor, con una mano elevó la mata de pelo rojizo y con la otra bajó el cuello de su camisa, dejando al descubierto su cuello y el comienzo de su espalda, tan sólo tatuada de pecas que a Luis Miguel le provocó besar.

- Me rindo –dijo-.
- No puedes rendirte tan pronto. Hagamos algo: antes de irte esta tarde, pasa por mi oficina en el ocho, así te doy tiempo para que pienses y aprovecho de darte la información de los nuevos proveedores.

Luis Miguel entendió todo y aceptó de inmediato.

Caía ya la noche cuando Matilde lograba al fin poner cierto orden en su oficina. El departamento ya estaba vacío y en penumbras. El toc toc en el tabique de vidrio la sobresaltó. Desde la puerta

Luis Miguel le dijo:

- Se me ha ocurrido algo para adivinar dónde tienes tu hermoso tatuaje.
- A ver…. –le contestó ella, intrigada y cómplice de antemano-.
- Si es algo reciente, debe tener relieve, tal vez aún algo de costra. Te propongo que apagues la luz… yo buscaré a tientas y con mi lengua el sitio exacto de tu obra de arte.

Matilde no respondió. Sólo se acercó a la puerta, apagó la luz, tomó al creativo hombre por la corbata y lo atrajo hacia ella en un largo y apasionado beso.

- Está bien -le dijo sonriendo-. Acabo de certificar tu lengua. Está en condiciones de inspeccionar mi cuerpo.

Luis Miguel la recostó en el escritorio aún lleno de papeles y carpetas, se arrodilló, la descalzó y comenzó a besarle la planta de los pies.

- !Nadie se tatúa allí! -dijo Matilde-.
- Ssshhh… -la acalló Luis Miguel-. Por obvio y predecible estoy aquí, así que deja que lo intente todo…

Aún arrodillado, siguió besándola en los tobillos. “Ya te enseñé los tobillos…” – “Sssshhhh…” – “Jajajaja”… A Matilde le estaba divirtiendo el juego, pero a medida que subía y cuando llegó a sus rodillas, también le comenzó a excitar.

Los pantalones no subían más, así que Luis Miguel los desabrochó y ayudó a quitárselos. La puso de espaldas, con sus manos apoyadas sobre la mesa; le acarició las nalgas y le besó el coxis y las caderas… No sentía nada y su intriga fue creciendo. Recorrió su cintura, el camino sinuoso de su columna, sus omoplatos… nada. Mientras besaba y lamía, Luis Miguel acariciaba con experticia los senos de Matilde, por debajo de la blusa. Matilde estaba ya ardiendo de deseo.

La puso de nuevo frente a él, le besó con pasión los labios para luego bajar por su cuello y recorrerlo con su lengua bajando hasta sus hombros. Lamió su brazo derecho chupando uno a uno sus delgados dedos. Sabía que sus manos no estaban tatuadas, pero a esas alturas ya él lo que quería era comérsela toda. Hizo lo mismo con su brazo y su mano izquierda y volvió a su boca, mientras su mano fue directamente hasta su vulva cubierta de encaje negro. Llegó con precisión de experto a su punto más sensible, pero Matilde lo paró en seco, le sostuvo la mano, dejó de besarlo y le dijo: “Imposible que esté tatuada allí. Termina tu tarea y luego tendrás tu recompensa”.

Luis Miguel continuó entonces; desabotonó la blusa de seda y besó la poca piel que aún no había explorando en aquella mujer. Sus hermosos senos que resplandecían en la oscuridad, delimitando claramente la zona no bronceada; sus pezones oscuros y duros, que mordisqueó con gula; sus costillas marcadas y el hoyuelo de su ombligo. Volvió a arrodillarse y tomó a su mujer por las nalgas, atrayéndolo hacia él para lamer su bajo vientre. Y allí lo encontró, finalmente, explayado y surcado de líneas rugosas. Tal vez era por la sensibilidad exacerbada de la zona, o porque el deseo de Matilde ya no cabía en ella, pero justo en el momento en que su invitado encontró lo buscado, ella ya se ahogaba en gemidos.



Flanqueado por los huesos de su cadera, una enredadera de flores multicolores le daba la bienvenida a una eterna primavera en el vientre de Matilde. Luis Miguel besó todos y cada uno de sus pétalos y hojas, hasta que ella, sedienta de él, le desabrochó el pantalón diciéndole: “Vamos, es hora de regar estas flores desde la raíz…”

sábado, 13 de junio de 2009

Hondo Silencio




Cayendo la tarde, Paula y David habían quedado agotados de discutir por una pelea que comenzó con la decisión de qué preparar para la cena y terminó sacando viejos trapos al sol, sobre infidelidades, supuestos engaños, monotonías y cansancios.

En el fondo, Paula y David se amaban con el mismo ardor de sus primeros años, pero ambos se habían cansado de buscar las brasas humeantes y atizarlas en busca de la pasión perdida entre deberes, deudas, niños y compromisos sociales.

Aquella tarde David optó por salir de la casa sin decir nada, dejando a Paula con mil palabras atropellándose en su lengua, una cebolla en la mano y las lágrimas a punto de estallar.

- ¡Estoy harto de escucharte!, fue lo único que dijo David antes de tirar la puerta tras de sí.

Paula, orgullosa y herida, después de rumiar su frustración y aliñarla con especies de la cocina, decidió que nunca más diría una palabra delante de su esposo.

Así de rotunda y drástica era Paula, así de apasionada y febril en todos los actos de su vida. Así cocinaba platos de Chef para doce personas, así dejaba la casa limpia y lustrada, así redactaba impecables informes para su jefe, así atendía dedicadamente a sus invitados, así amaba con desenfreno a su marido en la cama. De modo que no era descabellado pensar que, en efecto, Paula pudiera enmudecer por el resto de sus días, sólo para facilitarle las cosas a su marido.

Terminó de preparar la cena y comió con los niños; los ayudó a terminar sus deberes, preparó las meriendas del día siguiente, acomodó los uniformes y hasta escogió del ropero la combinación que llevaría al día siguiente a una importante reunión de trabajo. Tomó un largo baño, se exfolió la piel, se rasuró las piernas, se frotó el cabello con una cucharada de aceite de oliva, y David seguía sin aparecer.

Comenzó a impacientarse. Era la primera vez que pasaba algo parecido, así que desconocía por completo el protocolo en situaciones semejantes. Estuvo tentada a llamarlo al móvil, pero eso traicionaba su promesa de no hablarle más. Pensó llamarlo y no hablar, pero David sabría que era ella y quedaría como una niña estúpida ante tal acto. Así que no le quedó otra opción que esperar. Esperó viendo la televisión, leyendo una novela, jugando solitario en la computadora, fumando en el balcón, alimentando los peces, cambiando el orden de los cojines del sofá, actualizando su agenda, comiendo algo de las sobras de la cena, esperando en la ventana la llegada de su hombre... recordando los buenos momentos con David, su perfume de hombre limpio, las ondas de su cabello enredadas en sus manos, su mueca facial en la aproximación del orgasmo, el calor de sus jugos dentro de ella...

Paula se perdió en aquellos recuerdos vívidos y tan placenteros, que no escuchó el sonido de la puerta cuando David entró sigilosamente para no despertar a nadie. Eran las 4 de la mañana y Paula miraba sin mirar hacia la calle, con una mano acariciando su cuello y la otra refregando la entrepierna húmeda y llena de recuerdos.

Desde el pasillo del hall David notó la pose de su mujer y entendió lo que pasaba. Venía con el propósito de tomar la misma actitud con la que encontrara a Paula. Si ella le hablaba en buen tono, él le contestaría igual; si pretendía seguir discutiendo, lo encontraría dispuesto a dar la pelea; si no le hablaba, él también callaría. Pero nunca pensó encontrarse con una mujer caliente y deseosa de sexo. No estaba preparado para ese escenario.

Sin embargo, al ver la silueta de Paula a través de las transparencias de su lencería, sus curvas recortadas por la luz de la calle, sus caderas redondas por haber parido tres hijos, sus piernas contorneadas y firmes, su larga cabellera acariciándole la espalda, pronto recordó a la novia de la universidad, a aquella mujer llena de fuego que lo cautivó con su sonrisa, su actitud decidida y desenfadada y su desbordante sensualidad.

David caminó sigilosamente hasta la ventana. Faltando pocos centímetros para llegar hasta el cuerpo de Paula, aún imbuido en pensamientos húmedos y pecaminosos, ella lo intuyó e intentó voltearse, pero David apuró el paso atrapando sus manos para dejarlas en el lugar exacto donde se encontraban segundos antes: la izquierda en su nuca, la derecha en su pubis.

Tomó la izquierda, la besó dulcemente y la sustituyó por sus labios y su lengua que se dedicaron a besar y lamerle el cuello con suavidad y lujuria, mientras él dirigía esa mano libre hasta su miembro, erecto y alerta entre sus pantalones.

Los recuerdos de Paula habían borroneado la rabia, pero para ella una promesa era sagrada, aunque haya sido hecha para sí misma. Había jurado no hablar y esa decisión sería inquebrantable. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de la respiración de su hombre, por el suave vaivén de su lengua, por el movimiento de su bestia enjaulada que sentía moverse entre su mano.

David conocía aquel cuerpo de mujer mejor que el suyo propio, así que se dispuso a tocar uno a uno todos los botones que le encendían el placer y le proporcionaban siempre extraordinarios orgasmos.

Rápidamente David despojó a su mujer de la liviana ropa que la cubría y llevó sus manos a sus senos, turgentes y desafiantes. Tocó con las yemas de sus índices los duros pezones erectos y sensibles, hundiéndolos al nivel de sus areolas oscuras y rugosas. Repitió este movimiento varias veces para luego pellizcarlos, tomando finalmente la absoluta rotundidad entre sus manos ahuecadas, acariciándolos, apretándolos, masajeándolos con fruición.

David esperaba que su mujer le recriminara algo, o incluso que le pidiera perdón por la pelea de horas antes, pero en su lugar, encontraba un largo e inusual silencio que lo desconcertaba un poco.

Prosiguió su tarea, bajando sus manos en una lenta expedición por el vientre, la cintura, las caderas de Paula, hasta llegar a la maravillosa redondez de sus nalgas. Paula sentía un placer peculiar cuando la acariciaban allí y David sabía perfectamente cómo llevarla al clímax. Las caricias debían ser en extremo sutiles, casi un roce imperceptible y siempre en la parte baja de las nalgas, justo en el pliegue que las separa de los muslos, a todo lo largo y hacia adentro, hacia el ano, en ese vértice de líneas que delimitan la zona de un placer profundo y diferente a todo lo conocido.

Paula arqueó su espalda y acercó aún más su culo al cuerpo de David, a su asta erguida, a sus manos laboriosas y expertas que ahora hurgaban una entre sus pantalones para sacar al monstruo de su prisión de tela, y la otra entre las nalgas de Paula, buscando con sus dedos previamente lubricados con los propios fluidos de su vulva, el culo apretado y tibio.

Jugueteó con su culo hasta que la respiración de su amada le indicó el momento justo de excitación para penetrarla sin resistencia. Fue entonces cuando David hizo que apoyara sus codos sobre el marco de la ventana y abriera las piernas, exponiendo totalmente la caverna oscura y grandiosa donde a él tanto le gustaba extraviarse.

Cual periscopio, David dirigió con delicadeza y precisión su verga lisa y latente introduciéndola de a micras por aquel conducto que ayudaba con succiones y movimientos lentos a tragarse deliciosamente a su presa. Minuto a minuto los movimientos aumentaban de velocidad y de fuerza, hasta que poco después, no se veía nada de aquel pene y el cuerpo de Paula danzaba al compás de los sonidos guturales que salían de su garganta o de algún lugar aún más profundo de su hermosa anatomía.

Sus senos colgantes bailaban hacia todas direcciones, mientras David tomaba la negra y larga cabellera de Paula, como quien monta una yegua a pelo y la cabalga con maestría. Paula sentía desfallecer con cada orgasmo, intenso, hondo como su silencio, interminable, mítico. Las piernas le fallaban a ratos, y entonces David las sostenía elevándolas como una carretilla, mientras ella se asía al marco de la ventana con manos, dedos y uñas. Cuando recuperaba un poco las fuerzas, volvía a sostenerse por sí misma y entonces sus manos buscaban frenéticas el clítoris y se frotaba con aquel néctar que salía desde lo más profundo de su cuerpo y chorreaba por su entrepierna como cataratas de placer puro.

Así estuvieron por largo rato, sin mirarse, sin decirse ni una palabra. Sólo amándose, resarciendo errores, expiando culpas, redimiendo sus pecados de omisión y desidia, hasta que David explotó en un mar de semen que bañó las nalgas, la espalda, los muslos de su única y amada mujer...

Caminaron de la mano hasta el baño, se asearon juntos y se acostaron a dormir, en el más absoluto silencio. El más hondo de todos, el más placentero y productivo de los silencios.

domingo, 31 de mayo de 2009

Ser o no Ser


Me encanta la cara de puta que pones”, le dijo Alberto a su mujer aquella tarde mientras hacían el amor y ella enfureció. Rápidamente lo apartó y se fue al baño dando un portazo tras de sí. Alberto no entendió la reacción y quedó atónito y con su miembro a media asta, tirado entre las sábanas desordenadas.

Así, ponte así, bien putita para mí”, susurró Pablo al oído de su novia mientras la penetraba lentamente por detrás. Pero los prejuicios pudieron más que el placer que en ese momento le estaba haciendo sentir aquella penetración, y ella enseguida cerró todas las puertas de entrada, como un cerrojo automático que se activo ante semejante frase que la hacía sentir la más baja de las mujeres. ¿Cómo podía su novio, con el que pensaba casarse en pocas semanas, decirle semejante grosería? Sus párpados se cerraron dejando correr dos lágrimas de indignación, y Pablo no encontró durante toda la noche ningún argumento que la hiciera dejar de llorar.

Te quiero bien puta”, le escupió sin anestesia aquel hombre desconocido a Carla, mientras entraban a su auto estacionado en la esquina de la disco donde se acababan de conocer. Carla simplemente retrocedió, dio media vuelta sobre sus talones, le propinó una sonora bofetada a aquel abusador y se marchó con pasos enfurecidos.

Estas “polémicas” cuatro letras desatan en los hombres sus instintos más animales, mientras que a algunas mujeres ­­parece activarles la falsa moral que las hace sentir pecadoras, inferiores o malignas, si admiten su condición en el breve momento del sexo.

Tal vez no existen sinónimos que describan mejor a una mujer sensual, sexual, excitada, entregada a su hombre, hambrienta y a la vez deseosa de alimentarlo con puro placer. Tal vez ningún otro adjetivo describa en su total dimensión a una mujer disfrutando del sexo, haciendo y dejándose hacer, disfrutando, experimentando, descubriendo a través de su cuerpo y el del hombre privilegiado que lo posee por completo. Tal vez ellas no estén mentalmente preparadas para que las describan con una palabra casi siempre peyorativa, en medio de un acto principalmente físico que incansablemente intentan recubrir con un manto místico y sentimental.

En una relación carnal “AMAR” es en un gran porcentaje disfrutar del sexo sin restricción alguna. Eso implica entregar el cuerpo, sí… pero también abrir la mente, olvidarse de los clichés y dejar a un lado los falsos pudores y las pendejadas. Cuando eso se logra, el sexo es más que maravilloso, conquistamos a nuestros hombres de por vida y hasta llegamos a sentir orgullo de que nos llamen “PUTAS”.

domingo, 24 de mayo de 2009

Fiesta en la tina


El agua tibia me relaja y me excita al mismo tiempo. Indefectiblemente y casi sin darme cuenta, siempre acabo jugando con mi cuerpo desnudo y mi mente volando hacia fantasías y recuerdos que me ponen justo donde quiero estar.
Mis manos y mis juguetes son invitados habituales. Me acaricio primero, me manipulo después para acabar en un frenético frote que agita las aguas –todas- generando una corriente incontenible de calor y satisfacción.
Adoro mi tina y todo lo que sucede dentro de ella. Me encanta colocarme boca abajo, quedarme muy quieta sobre mi enorme consolador, sentir mis pezones rozando el agua tibia, mis cabellos goteando y haciendo ondas en el agua jabonosa, mis nalgas tensándose y distendiéndose al compás de mis espasmos y tú espiándome desde la puerta, casi sin respirar, contemplando cómo mi culo redondo baila en leche flotante, con tu pene durísimo entre tu mano, imaginándolo dentro de mí, sabiendo lo que siento, sonriendo al ver mis hermosos orgasmos en solitario. Orgulloso y completo, amo y esclavo de tu mujer.
Esperas todo el tiempo que sea necesario, y justo cuando caigo exhausta, siento tu mano acariciando mi grieta. La fiesta apenas empieza y ha llegado el invitado de honor. El agua se enfría, pero yo me vuelvo a calentar…

miércoles, 20 de mayo de 2009

Dentro de ti...



Cómo quisiera ser parte del aire que respiras, ser respirada por ti e introducirme en tu interior; viajar como pequeña partícula de oxígeno por todo tu cuerpo tan conocido, tan mío y quedarme agazapada en un descuido, alojada en tu cerebro, en esa parte donde se guardan los pensamientos más recurrentes y los sentimientos más afianzados. Explorar ese laberíntico pasadizo de ideas que no dejan de correr de un lado a otro, de explotar en forma de corrientazos luminosos y cascadas de luz; contemplar curiosa y divertida ese amasijo de cosas que pasan por tu mente en una simple fracción de segundo y finalmente encontrarme allí, como quien encuentra un gran espejo.
Mirarme joven, espigada, sonriente y activa, tal como tus ojos me vieron la primera vez y como siguieron viéndome siempre, aún con el paso del tiempo. Desnuda, desinhibida ante ti, esperando tu abrazo, tu caricia certera, tu beso suave que más que tocar mis labios se dejaban tocar por ellos para llevarte a un éxtasis especial y único.
Me veo allí, en un cuarto de hotel limpio y sin lujos, con la luz eterna del día y el tiempo siempre corto para amarnos. Me observas y sonríes; no eres capaz de decir algún cumplido, pero ya no importa: estoy dentro de ti y escucho tus pensamientos. No sabía que me amaras tanto. ¿Por qué nunca lo dijiste?
Tus manos tocan mis pechos y tu lengua los recorre suavemente. Círculos de saliva fría endurecen mis pezones que entonces muerdes con malicia mientras subes la mirada para observar mis gestos de dolor. Subes besándome por el centro de mi pecho, por mi cuello hasta mi boca nuevamente. Te encanta mi boca; alguna vez me lo dijiste, pero ahora, en tu mente, puedo entender todas las sensaciones que podía producir un solo beso mío en toda tu humanidad. Por eso siempre fue mi boca personaje activo de nuestros encuentros, ya fuera para besarte a ti o para besar a otra. “Nada como el beso de una mujer” solía decirte, y tú lo entendías perfectamente, no sólo porque mis labios te embrujaban, sino porque observar a dos mujeres unidas por un largo y apasionado beso te hacía llegar al cielo, a ese mismo cielo donde apuntaba tu pene enhiesto y las pupilas de tus ojos cuando lo engullía por completo como un delicioso manjar.
Allí estás, recordando una y otra vez nuestros míticos encuentros. A solas, con otra, con dos más… dirigiendo la orquesta de gemidos, sensaciones y orgasmos; vigoroso, creativo, audaz. Confiado y confiable, seguro de mí, a salvo. Sin temor a ser juzgado por nada, sin pensar que nada estaba mal. Libre, sin frenos, auténticamente tú. Llevándome una y otra vez hasta la claraboya del ático a ver las estrellas, esas que sólo tú y yo alcanzábamos a ver.
Me amas, te amo. El orgasmo llega como bocanadas de aire fresco que condensan el calor empañando los espejos. Sábanas empapadas de sudor, saliva y semen, los tres platos de nuestra generosa degustación de placer.
Luego todo acaba rápidamente. Ducha, ropa, peine y chicle. Salimos del momentáneo paraíso eterno para introducirnos en la breve realidad de nuestras vidas ficticias. Si te he visto no me acuerdo. Y así es, hasta nuestro próximo encuentro.
Espera… qué veo? Es acaso eso una lágrima que huye rauda por tu mejilla? El deber ser pudo más que tus teorías y sistemas. Gigante con pies de arcilla, Partenón de pilares desgastados. No habrá próximo encuentro. Te entristece saber que no me verás más.
¿Cómo hago ahora para salir? Ya no quiero estar más aquí…

sábado, 9 de mayo de 2009

Mother's Day en Blanco y Negro






Fedora había decidido pasar un Día de la Madres diferente. Dejó a su hijo con la abuela para que celebrara el típico y monótono fin de semana que transcurriría igual que todos los años sin modificación alguna: el sábado comprar los regalos en medio de la multitud frenética, ir al supermercado a comprar lo necesario para el día siguiente, y culminar con un domingo largo y espeso entre el olor de los fogones, el delicioso pero pesado almuerzo y una tarde interminable de dominó para los hombres, bingo para las mujeres y siesta para los niños de la familia.

Esta vez, de sólo pensarlo, a Fedora le daba sueño. Por eso no le importó lo que pensara nadie y, luego de depositar al nieto consentido en los brazos de la abuela, siguió camino al aeropuerto a tomar un avión que la llevaría a una cercana y a la vez remota isla del este caribeño. Tan sólo estaba a cuarenta minutos en avión, pero allí todo era distinto, desde el inglés con acento extraño y los automóviles con volante a la derecha, hasta el olor a especies del aire y las pieles más oscuras que alguna vez Fedora hubiera visto.

Aún en el aeropuerto, antes de partir, se había topado con una mujer -seguramente una nativa de regreso a su destino- que casualmente se sentó junto a ella en la sala de espera. Fedora sintió curiosidad por esa piel tan negra y tan brillante como ébano laqueado. Era una mujer delgada pero fuerte, maciza, con una cintura de avispa y unas nalgas redondas y respingadas que se meneaban libremente debajo de su falda ligera, como si no llevara nada que las sostuviera; sus labios eran inmensos y carnosos, así como sus senos, naturales, hermosos. A través de su fina blusa de algodón orgánico se intuían unos pezones inmensos, rugosos, apetitosos. Su cabello estaba plagado de un millón de trenzas de hilo semejante a su color natural, que le llegaban a la cintura. Fedora no podía dejar de verla, mientras desenredaba con sus largos dedos de uñas pulidas aquella crin intentando acomodarla de alguna manera, y se imaginaba el cuerpo de esa diosa africana desnudo y brillando en una oscuridad absoluta, iluminada sólo por su perfecta dentadura y lo blanco de sus ojos muy abiertos, mientras se inclinaba sobre ella para besarle el cuerpo también desnudo, transparente, ridículamente pálido e incrédulo, acariciado involuntariamente por el millón de trenzas como cascadas de seda.

Tal sería la cara de Fedora en medio de aquel impuro pensamiento, que la chica se quedó mirándola fijamente con una sonrisa en los labios. Fedora reaccionó con “delay” y sólo atinó a decirle: “me encanta tu cabello”. Esa simple frase dio pie a una larga conversación que se desarrolló sin esfuerzos, gracias a la simpatía y elocuencia de aquella mujer de piel de luna nueva.

En los minutos que esperaban para entrar al avión y en los otros que siguieron a bordo, al sentarse juntas, Fedora supo que Elaine era secretaria del agregado consular de su isla en Venezuela, que viajaba cada dos fines de semana para visitar a su familia, pero sobre todo, para estar con su novio Glenford, con quien llevaba ya cinco felices años.

Fedora la escuchaba y le hacía más y más preguntas, sólo para entretenerse con su español tan divertido y con el movimiento de sus gruesísimos labios que a ratos mordisqueaba sin razón aparente con sus dientes perfectos. No podía evitar quedarse mirando fijamente aquella boca tan oscura por fuera y tan rosada por dentro, el blanco amarillento del contorno de sus negrísimos ojos y la palidez de la palma de sus manos, señales inequívocas de que por dentro, todos somos iguales. Se perdía en aquellos labios hinchados y se preguntaba qué se sentiría besarlos. Fedora tenía una boca carnosa, pero junto a la de Elaine, seguramente se perdería en el primer beso.

Cuando Elaine desviaba la mirada de los ojos de Fedora, para recordar algo u observar al descuido a su rededor, Fedora aprovechaba para escudriñar con la mirada el nacimiento de sus senos grandes, lisos y pulidos, sus piernas contorneadas y sus pies de uñas de sangre, encarcelados en unas sandalias chatas con incrustaciones de caracoles blancos. Miraba sus pies negros enmarcados en blanco y luego miraba los propios, tan blancos y enfundados en zapatillas negras. Unos junto a los otros, parecían el teclado de un piano viejo y desgastado.

Justo al aterrizar, Fedora invitó a Elaine a tomarse un trago con ella esa noche en el bar del hotel. “Ve con tu novio”, le dijo, a lo cual la morena asintió encantada.

Fedora se chequeó en el hotel, dejó su equipaje y salió a caminar para conocer un poco la pintoresca isla. Muy cerca encontró un pequeño centro comercial y no pudo resistir entrar para comprar algunos “souvenirs”. En la tercera o cuarta tienda en la que entró, ya sin muchos ánimos de encontrar algo que le gustara, un caballero muy amable la recibió en un casi perfecto español; Fedora se mostró muy agradecida, pues el inglés caribeño le resultaba inentendible.

- ¿Cómo supo que hablaba español?, le preguntó Fedora.
- Por su color de piel no es de aquí, y por su forma de caminar tan sensual, tenía que ser latina, le respondió el hombre con picardía y una gran sonrisa de perfecta y blanquísima dentadura –será genético esto?, pensó-.

Pensó que también estaría en los genes de esta gente la elocuencia, pues el tendero no escatimó en elogios, comentarios y adjetivos, tanto para Fedora como para la mercancía que le mostraba. Más por agradecimiento a su amabilidad, que por gustarle realmente la mercancía, Fedora decidió comprar allí los regalos que llevaría de vuelta a las madres de la familia.

- ¿Cuándo regresas a tu país?, le preguntó el hombre.
- Mañana mismo, vine sólo por pasar un Día de la Madre diferente, respondió Fedora, e inmediatamente pensó que no sería mala idea invitarlo también a una copa esa noche, para así tener una pareja junto a Elaine y su novio. –Si quieres seguimos esta agradable conversación en el bar de mi hotel esta noche a las ocho, ¿te parece?
- Allí estaré, respondió el hombre mientras embolsaba la mercancía.

Más que gustarle, a Fedora le intrigaba aquel hombre, su piel tan oscura y lampiña que provocaba recorrerla con labios y lengua como a un chocolate a medio derretir. Se preguntaba si aquella piel tendría el mismo aroma, el mismo sabor que el de sus hombres conocidos, de tan diversos colores y tonalidades, pero ninguno como estos isleños. Mientras caminaba hacia el hotel, fantaseaba con que las copas de la noche la desinhibieran lo suficiente como para intentar tal degustación, imaginaba el color, el tamaño y la textura del miembro del tendero; seguramente no le cabría en la boca de lo grande y grueso que sería; duro, morado como berenjena y con el glande ligeramente más claro, redondo, suave al tacto, salado al gusto, delicioso…

Llegó al hotel con el tiempo justo para darse una larga ducha caliente y vestirse para sus recién conocidos amigos. Se puso un vestido corto de tirantes blanco y negro y unas sandalias playeras. Un grupo de Steelband amenizaba la noche tropical en el bar, mientras que algunas parejas de europeos que notablemente llevaban bastante tiempo bebiendo, bailaban sin ritmo ni vergüenza. Le provocaba una copa de vino blanco, pero recordó que debía entonarse bien si quería que alguna de sus fantasías del día se cumpliera, por lo que pidió entonces un Tequila Sunrise bien cargado.

A la mitad del segundo trago ya hasta sentía ganas de bailar junto a los europeos. Fue cuando reconoció de lejos la figura de Elaine acercándose al bar y, dos pasos más atrás, al tendero; en ese momento se dio cuenta que no sabía su nombre; ahora no sabría cómo presentarlo ante Elaine. Fedora hizo señas y ambos sonrieron iluminando automáticamente el salón. Elaine abrazó a Fedora con entusiasmo y la besó en la mejilla. Fedora pudo sentir la turgencia de los cuatro senos chocando entre sí y la humedad de los suaves e inmensos labios en su rostro; ambas cosas la excitaron de inmediato, pero debió salir rápidamente de aquella sensación para saludar al hombre que esperaba su turno detrás de Elaine.

Fedora se acercó al hombre con la intención de abrazarlo y besarlo también, pero un milisegundo antes de tomar tal iniciativa, escuchó la voz de Elaine que le decía: “Te presento a mi novio, Glenford”…

El frenazo del impulso que llevaba Fedora se escuchó por encima del sonido de los tambores martillados del Steelband. Los escasos quince centímetros que separaban su rostro del de Glenford, hicieron que Fedora reconociera en la sonrisa masculina más nervios y sorpresa que la alegría que había intuido cuando lo vio entrar.

La primera media hora transcurrió en medio de un ambiente tenso entre Fedora y Glenford, mientras Elaine, inocente de todo, hablaba sin parar. A Fedora le molestaba mucho que aquel hombre, comprometido con una buena mujer, coqueteara con otra y aceptara invitaciones. “Todos son iguales”, se decía a sí misma. Pero cinco Tequilas Sunrise hicieron que poco a poco y con el transcurrir de la noche, Fedora se relajara y se divirtiera con aquella encantadora pareja.

Ellos tomaban un coctel hecho con una bebida local, tan caliente como el tequila, pero más dulce y por lo tanto, mucho más peligrosa. Era casi media noche; Elaine y Glenford conversaban y a ratos se besaban y compartían caricias cada vez más audaces. Glenford, parado detrás del taburete donde se sentaba su novia, le acariciaba el cuello e iba bajando su mano hasta meterla sin ningún pudor por dentro del escote de Elaine, mientras observaba fijamente los ojos de Fedora. Nadie parecía intimidarse, por lo que Fedora intentó dar un paso más y comenzó a acariciarse la rodilla y el muslo, subiendo cada vez un poco más.

De pronto se dio cuenta que la conversación se había detenido segundos atrás; Glenford introducía su rosada lengua dentro de la oreja de Elaine y su mano frotaba fuertemente el botón negro de su seno; ambos miraban a Fedora, cuyos dedos entraban y salían de su entrepierna sin disimulo. Disparada por un gatillo invisible en donde el arma es el deseo y el alcohol la munición, Fedora increpó:

- Los invito a probar una botella de vino australiano que compré esta tarde… ¿vamos a mi habitación?

Sin mediar más palabras, los tres tomaron rumbo a la habitación, Glenford en medio, abrazando a ambas damas. Una parecía el negativo de la otra: labios carnosos, senos generosos, anchas caderas, hermosos pies… Glenford sonreía. Fedora había trasmutado su molestia en un deseo incontenible; Elaine se divertía al ver que había encontrado –muy fácilmente esta vez- una mujer con la cual disfrutar junto a su novio.

Fedora se sentó en el sillón a masturbarse viendo a aquellos gigantes amándose en su cama. Redondeces negras recortadas sobre la blancura de las sábanas, como moras sobre crema batida. Observó los pezones de Elaine y no evitó el impulso de chuparlos, e hizo lo propio cuando descubrió entre la oscuridad el portentoso falo de Glenford… tal como lo había imaginado. En una bacanal de voluptuosidades, Fedora descubrió que esa piel tan oscura y atractiva, olía diferente al sudar y sabía diferente a todo lo conocido, como diferentes fueron sus orgasmos esa noche y –definitivamente- el amanecer de aquel Día de las Madres.

miércoles, 29 de abril de 2009

Un domingo en la playa



Relato ganador del Segundo Lugar en el 3er. Concurso Sexo Para Leer de la Revista Urbe Bikini, Venezuela




Algunos de mis seguidores ya conocen de este premio e incluso han leído el relato. De hecho es el segundo año consecutivo que gano el segundo lugar en el mismo concurso.
Estaba esperando que fuera publicado en la edición de abril de la revista para colgarlo aquí, y además poner la ilustración que lo acompaña. Lamentablemente la ilustración no me gustó, me pareció grotesca y no refleja en absoluto el espíritu del relato. Por otra parte, olvidaron colocar mi nombre como autora, lo cual será subsanado con una Fe de Erratas en la edición de junio. Y como no hay mal que por bien no venga, la omisión me permitió la oportunidad de hablar con el editor, quien me propuso publicar otro de mis relatos en dicha edición. Por lo pronto, aquí se los dejo, tal como salió en la revista, pero con una fotografía que me parece mucho más bonita y acorde con la historia...




La osadía y travesura de Eva se juntaron con la perversa y creativa sexualidad de Él, formando una dupla muy particular. Calzaban como piezas de un gran rompecabezas en el que amor, sexo, deseo y fantasías se mezclaban en colores tornasolados, confusos para aquellos que miraban desde afuera.

Él tenía su pareja -una morena pequeña de senos grandes, culo firme y muchos celos de su hombre- por lo que su relación con Eva debía ser secreta. Ella era una mujer madura, emancipada, guerrera y guardiana de su libertad; el principal valor era el respeto de los espacios. Esta relación poco ortodoxa los excitaba y liberaba, les permitía experimentar sin falsos pudores, incrementaba sus ganas de fantasear y los impulsaba a forzar las barreras de lo convencional.

Una mañana de domingo, coincidieron en la playa; Eva sola, Él con su pareja que, inocente de todo, escogió sentarse a escasos metros de su... “rival”… O se podría decir más bien, de su socia?

Estaban lo suficientemente cerca como para no perder detalle de ningún movimiento y lo suficientemente lejos como para no levantar sospechas. Además, la playa estaba bastante concurrida, cosa que les provocaba mayor excitación, al saberse secretamente conectados en medio de una multitud ignorante de aquel chorro incontenible de energía que fluía entre esos seres aparentemente desconocidos.

Con lentes oscuros y un libro como escudo, Eva observó cuando su hombre se quitó la franela dejando al descubierto su espalda tatuada, sus músculos definidos, sus brazos que abrasan y se derriten de placer al contacto de un beso. También pudo ver con detalle a su esposa, su piel acanelada, su cabello rizado, los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, su busto generoso, su cintura de mulata, su vientre plano y sus nalgas apretadas y redondas, expuestas sin censura en un hilo dental. Le gustó lo que vio... Por un momento quiso tenerla cerca, besar su piel lisa y prieta, perderse entre sus tetas, lamerla, comérsela despacito como se come un fino bombón.

La pareja comenzó un ritual de acicalamiento, doblando la ropa, extendiendo las toallas sobre la arena, colocándose mutuamente protector solar... Eva, mientras tanto, pasaba páginas sin leer, con la mirada clavada en ellos.

Cuando Él, como atento marido, se colocó tras su esposa para masajearla con protector 15, pocos metros más acá se desencadenó una explosión de poros encendidos. Sintió Eva las manos de su hombre, resbalando aceitosas por su espalda, bajando hasta sus nalgas, rozando suavemente la rendija que en tantas ocasiones había sido ungida con profanos aceites. Sintió sus manos tibias y expertas deslizándose hacia su cintura, clavándose en sus caderas, atrayéndolas para que sintieran y a la vez encubrieran su miembro erecto. Sintió también su aliento, muy cerca de su cuello, y su voz pausada preguntándole “¿qué quieres que haga?”...

“Quiero que me excites, quiero verte con ella
respondió telepáticamente. Comenzó entonces un flirteo discreto pero evidente para Eva, única espectadora de aquella función privada en la que la protagonista participaba sin saber, como en un juego de cámara escondida que hacía la escena aún más excitante.

Después de los masajes, los besos furtivos y la evidencia eréctil imposible de disimular, la pareja decidió entrar al mar. Eva hizo lo propio -guardando siempre prudente distancia- para no perderse ni una toma de su cortometraje particular. Dentro del agua pudo apreciar a la pareja estrechamente abrazada y no necesitó más estímulo que su propia imaginación para completar la parte sumergida de sus cuerpos, con seguridad tocándose, masturbándose y hasta penetrándose, mientras Él le contaba lo maravilloso de hacer un trío con otra mujer, situación colocada hasta entonces en la repisa más alta de sus fantasías no cumplidas.

Desde afuera todo parecía estar en perfecta normalidad. Ellos se bañaban abrazados y unos metros más adentro, el cuerpo de una mujer flotaba, al tiempo que el dedo medio jugueteaba con su clítoris hasta expeler una corriente cálida que temperaba las frías y tranquilas aguas de la bahía.

La pareja salió del agua contenta y sonriente; tomados de la mano caminaron en dirección a los baños. Eva terminó su trabajo dactilar, se acomodó el bikini y salió chapoteando tras ellos.

Apenas entró al baño de damas escuchó a la pareja dentro de uno de los amplios cubículos. Se agachó para mirar y sólo vio los pies de Él, haciendo movimientos de equilibrio, empinándose y cayendo sobre sus talones con fuerza, al ritmo de los jadeos femeninos que se ahogaban entre besos.

Eva se acercó sigilosamente y posó su mano sobre la puerta, la cual cedió con suavidad, dejando al descubierto la erótica imagen de dos cuerpos perfectos, acoplados, ensartados, excitados no sólo por el acto en sí, sino por la prohibida y peligrosa situación.

Cuando voltearon para mirar a la intrusa, la reacción de ambos fue antagónica. La bella morena intentó zafarse de los brazos de su marido, en una mezcla de susto y vergüenza, pero Él la atrajo con más fuerza hacia su cuerpo, clavándole sin piedad aquel miembro que no podía estar más duro, al tiempo que siseaba muy cerca de su oído, tratando de tranquilizarla.

De inmediato, y antes que la mágica visión se desvaneciera, Eva levantó sus manos en son de paz y dijo: “tranquilos, sólo quiero mirar, si ustedes me lo permiten”...

Las miradas se cruzaron y tras unos segundos aceptaron de buena gana el trato. Les encantaba ser vistos; sobre todo a Él, si quién lo veía era su secreta y verdadera Mujer; prohibida, anónima, pero absolutamente SUYA, más aún que aquella dentro de la cual navegaba, ahogándola de pasión.

Eva se acomodó discretamente en un ángulo de aquel cubículo sexual y sin pedir permiso ni perder tiempo, se quitó el bikini y comenzó a tocarse frenéticamente, mientras veía las nalgas de su amado, tensándose con cada embestida, los pies femeninos a modo de cinturón, las manos de ella rodeando su cuello y más allá, un rostro desencajado de placer, borroso entre rizos húmedos de sal, mordisqueando sus propios labios y lanzando miradas clandestinas hacia la vulva húmeda y palpitante de su invitada de honor.

Él lo advirtió enseguida. La escena se estaba tornando cada vez más excitante. Murmuraban... era poco lo que Eva escuchaba pero era evidente que Él estaba ayudándola a fantasear y a excitarse aún más. Mientras Él más susurraba, la respiración se aceleraba, y su cabeza se movía en señal de asentimiento.

Fue entonces cuando Él, con su esposa aún cabalgándolo, dio dos pasos hacia atrás para pegar su dorso al cuerpo de Eva que seguía recostada y con sus dedos caracoleándole el pubis. Sintió que sus pechos se derretían al contacto de esa espalda perfecta y conocida. El balanceo de su cuerpo penetrando al otro, la invitaba a participar en esa danza delirante. Él volteó su cara y le dijo a Eva: “mi esposa quiere besarte, dice que tienes unos labios hermosos”...

Entonces Eva se despegó rápidamente de la pared y se colocó junto al cuerpo suspendido y pequeño, sudoroso y tenso de aquella mujer. Con ternura retiró de su rostro el cabello chorreante de sudor y agua de mar y colocando una mano en su nuca, la atrajo hacia ella. Primero fueron besos suaves y cortos, infantiles; pero en seguida se convirtieron en apasionados y profundos, arabesco de lenguas, mordiscos, exploración... Todo bajo la mirada estupefacta y excitadísima del hombre compartido.

Esa simple y compleja sensación de dos bocas de mujer besándose con fruición las llevó al éxtasis instantáneo. Un orgasmo corto, intermitente, escurridizo, casi imperceptible... diferente; producido más por los ojos y por la mente que por los cuerpos mismos. Él, con la sola imagen tan sensual de sus dos mujeres unidas por un beso, se vino detrás de sus hembras en un espasmo largo, copioso y estremecedor.

Inmediatamente Eva se puso el bikini y regresó a su tumbona intentando ocultar la mueca de placer. Ellos se quedaron un par de minutos más en el baño: su esposa aún a horcajadas, aturdida, asombrada. Con la mayor de las ternuras, Él le preguntó: “¿te gustó?”, y ella contestó decidida: “Nunca nada me había gustado tanto”.

Una corriente de agua helada sobresaltó a Eva. La tarde caía y la marea crecida había enterrado su tumbona en la orilla. Mojada de sus jugos y del agua de mar, recogió sus cosas y se marchó, sonriente y satisfecha.