martes, 28 de octubre de 2008

Transeúnte


Transeúnte de mis caminos,
viajero sin equipaje de todas mis rutas,
sigue recorriéndome, aunque sea en sueños,
porque aún en sueños, llegas mí,
claro, diáfano, unívoco.
Explorador de mis galaxias,
conquistador de mi vía láctea,
continúa volando alto, hasta encontrarte conmigo,
en cualquier estrella,
en cualquier nube que caerá como lluvia
para nuevamente mojar nuestros corazones.
Paramédico de almas moribundas,
resucitador de cuerpos yermos,
mantente en tu misión sanadora,
no me dejes morir,
porque si lo haces, tú morirás conmigo…

sábado, 18 de octubre de 2008

Seis Sentidos


Todo entra por los ojos. Es el sentido más evidente, el más obvio. Lo que los ojos ven, el cerebro lo completa y luego nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios –buenos o malos- le dan forma y significado.

Yo no fui la excepción. Primero entró por mis ojos y lo que vi no me disgustó en absoluto. Su piel morena, sus músculos firmes y definidos sin exageración, en la justa medida, como dándose su espacio propio, como ocupando su humanidad con el derecho que le han dado tantas horas de duro entrenamiento. Su cabeza afeitada al ras -no sé por qué me parece tan sexy ese “look”-, su energía contagiosa, su mirada de muchacho pícaro y ese dragón tatuado en su espalda, desafiante y retador: “Si te acercas te quemo” parece decir.

Fue una imagen agradable sin duda, pero yo me obligué a hacerla efímera. Las ideas en mi mente eran sugestivas pero las consideraba inalcanzables, así que deseché inmediatamente cualquier posibilidad de acercamiento entre él y yo. Todavía allí tenía el control de una situación que rápidamente se saldría de mis manos.

El asunto se complicó cuando esas imágenes guardadas en la trastienda se mezclaron con los sonidos. El tono ronco de su voz era agradable de por sí, sin contar con ese ademán de su boca al hablar. Pero lo verdaderamente cautivador era lo que decía. Su discurso, coherente y contundente reflejaba el intelecto apasionado y feroz del autodidacta, la serenidad y sapiencia del que ha rumiado muchas noches su ideología, la firmeza del que no se doblega ante nada y la emoción de aquel que siente que aún le falta todo por conocer.

Pensar en él ya no era sólo un cúmulo de músculos en movimiento; ahora era idea y músculo, imágenes con sonidos que me inspiraban una curiosidad pecaminosa. Quería saber más... ¡quería ir más allá!!

Una noche, en un acercamiento que sobrepasó los límites de lo “políticamente correcto” –si es que existen tales límites... ¿según quién?, en todo caso-, pude sentir su olor. El olfato tal vez sea mi sentido menos desarrollado, sin embargo me encantó su perfume. Sensual, masculino, limpio, divino. Sencillamente quería quedarme pegada a su cuello, aspirando ese aroma sensual que mezclado con su olor corporal me decía a gritos “Te deseo”.

Yo también quería contestarle... y a lo mejor lo hice con mi propio aroma, con mis feromonas disparadas, con todos mis poros erizados por la proximidad de su aliento. Y allí entramos en mi terreno, en mi gran debilidad, en el Sentido por antonomasia, al menos en mi caso: el tacto.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano, y para mí, definitivamente el más sensible. A veces creo que su mirada, su voz, su perfume incidieron directamente en mi piel, antes que en cualquier otro lugar. Su mirada, su voz, su perfume prepararon a mi piel para recibir su amor, para entregarle el mío, para construir este maravilloso micro mundo en el que ahora estamos inmersos. Su mirada, su voz y su perfume abrieron mis poros para la ofrenda, abonaron el terreno para las caricias, para el amor.

Cada mirada que él me da, incluso cuando no lo estoy viendo, se siente en mi espalda; cada palabra de amor, escuchada o leída, me lanza un corrientazo medular que me hace contorsionar, erguir mi cuerpo todo, respirar profundo como queriendo absorber su esencia. Su aroma de hombre encelado, su perfume varonil y seductor, penetra mi pituitaria e impregna la piel debajo de mi piel... de adentro hacia afuera, para expeler su mismo aroma a sexo y a pasión.

Finalmente... su sabor... el sabor salado de su piel, dulce de sus besos, amargo de su semen. Ese cóctel de texturas que combina la lisura de su piel, la humedad de su lengua, lo áspero de su barba de dos días, su glande esponjoso, sus testículos rugosos y huidizos dentro de mi boca. Esa degustación de placeres que produce su saliva cuando me besa, su sudor sobre mi cuerpo en una batalla de sexo infinito, la sal de una lágrima evaporada de emoción...

Él sabe a cielo, a gloria, a pasión y amor. Ha llegado a convertirse en mi platillo predilecto, el único que deseo probar cada día, él único que me alimenta y me llena de vida.

Ahora... luego de encontrarme en sus oscuros ojos y encelarme con su cálida voz; después de hacer mío su perfume y saborear su cuerpo entero, soy capaz de intuirlo sin haber llegado, de recrearlo en mi mente, sobre mi cuerpo, dentro de mi cama con sólo invocarlo. Ahora siento lo que él siente, amo lo que él ama, vivo y comparto su esencia más pura. Y ya no se trata de ese sexto sentido del que todas las mujeres alardeamos. Ahora es simplemente que soy él, y él, yo.

lunes, 6 de octubre de 2008

Solo Soy Luz


Si estuviéramos más cerca, y no hubiera obstáculos, esta noche hubiese llegado hasta tu casa, ataviada solo con un vestido camisero, abotonado al frente y unas sencillas sandalias; lo primero que encontré en el closet, luego de darme cuenta que estaba demasiado caliente para pretender drenar todo con una estúpida almohada.
Sin saber si estás, ni con quién, toco desesperadamente el timbre hasta ver tu cara de sorpresa, mitad nervios y mitad alegría. Por suerte estás solo, aunque no por mucho tiempo; solo están comprando en el supermercado lo necesario para la cena.
Casi sin mediar palabras, te tomo de la mano y te llevo por las escaleras al piso de abajo; allí encuentro la puerta del cuarto de basura convenientemente abierta. Tu rostro denota incredulidad, todo esto te parece muy arriesgado, y sin embargo (o tal vez, por eso mismo) te excita enormemente.
El olor es nauseabundo, aunque el lugar no parece sucio. Al entrar y cerrar la puerta, todo se vuelve totalmente oscuro. Que divino tocarte, besarte, sentir tu respiración entrecortada sin poder mirar tus negros ojos... ¡por fin hay algo más negro que ellos!
Sin perder tiempo, me alzas el vestido y notas que no llevo nada debajo... mientras tanto, yo libero del elástico de tus pantalones aquella bestia furiosa que busca hambrienta a su presa.
Todo el deseo, toda la excitación se convierte en una fuerza desmedida. Me tomas por las caderas y me alzas tan fácilmente, que siento que peso menos que una pluma... Encuentro apoyo en la pared y, con mis pies, en la manilla de la puerta y alguna tubería.
Quedo a la altura perfecta para ser fácilmente ensartada por esa enorme vara que parece relucir en la espesa oscuridad. Me penetras violentamente, profundamente, perfectamente.
Casi no puedo moverme, tú lo haces y mis nalgas rebotan alegres contra la fría pared.
Es un sexo intenso, rápido pero con la fuerza de un vendaval. Justo lo que necesitaba para saciar mi sed de ti.
Mis gritos ahogados se confunden con el sonido de la basura, dando tumbos ducto abajo.
- Tendrás que vaciarte dentro de mí -te digo al oído - no tenemos con qué limpiarnos...
Eso parece ser un detonante, o simplemente fue coincidencia, ya que en ese preciso instante te derramas dentro de mí y amainas el ritmo.
¿Yo? yo ya llevaba dos o tres orgasmos cortos pero tan intensos que produjeron calambres en mis entrañas.
Apenas recuperamos algo de aliento, salimos sigilosamente: tú, un piso hacia arriba... yo a esperar el ascensor. Mis ojos tardan un tiempo para acostumbrarse de nuevo a la luz.
Al llegar a planta baja... unas voces provenientes del estacionamiento y el sonido de las bolsas del supermercado, me obligan a acelerar la marcha y desaparecer como la sombra que soy, pues Sólo soy LUZ dentro de ti.