sábado, 30 de agosto de 2008

Vale la Pena Esperar


Hoy se cumplen dos años, dos meses y diez días de aquel en el que Aníbal y Mariella no pudieron aguantar sus ganas y se dejaron de rodeos. Una calurosa tarde de agosto, en un lujoso restaurante de platillos afrodisíacos y límpida vista al mar que fue testigo mudo de múltiples miradas cómplices y caricias por debajo de la mesa.

El restaurante estaba lleno de gente conocida que sólo los relacionaba como amigos de negocios. Ambos tenían mucho que perder: matrimonio, hijos, trabajo; una situación muy complicada, y por complicada, reprimida y condenada desde hacía mucho al terreno de lo prohibido, allí donde se guardan los sueños imposibles.

Aníbal suponía que su deseo era sólo suyo, mientras que Mariella, soñadora como siempre, lo veía como un ser inalcanzable y enigmático que jamás podría fijarse en ella como mujer. Pero esa tarde, el húmedo calor del verano ecuatorial lavó todo prejuicio y fue cediendo con pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de ambos cada vez que se rozaban.

La tarde se iba, dándole paso a una noche de luna llena que dibujaba una raya plateada sobre el mar, como dividiendo el terreno, como marcando los límites de cada uno. Pero había demasiado vino, demasiada buena música, demasiada agradable conversación. Tal vez hubiese sido prudente que Mariella se despidiera cuando el resto de los invitados comenzaron a hacer lo propio luego del café, pero los mariscos del almuerzo, el licor en sus venas y el ritmo cadencioso de los boleros le daban una valentía absurda que la hacía creerse dueña del mundo y, peor aún, dueña de sus actos.

Tranquila, tengo el control de la situación, sé hasta dónde puedo llegar” se decía con cada sorbo de vino, mientras orinaba en el baño, mientras se retocaba el maquillaje… y dejó de decírselo cuando vio a Aníbal reflejado en el espejo.

- Estás bellísima hoy, le dijo. Mucho más bella de lo que te veo en mis sueños.

- Yo también te he soñado, contestó Mariella. Es más, el otro día me desperté jurando que no había sido un sueño, fue demasiado real.

- Ah, sí? ¿Y qué soñabas?, le preguntó curioso mientras se le acercaba por detrás.

Mariella fue contándole los detalles de su sueño, mientras Aníbal la arrinconaba hacia uno de los cubículos, cerrándolo tras de sí. Mariella le decía que soñaba que él la acariciaba toda, mientras en aquel reducido espacio Aníbal metía la mano por debajo de la falda y le arrancaba de un jalón el bikini. Mariella le hablaba de la forma en que él la besaba en sus sueños, al tiempo que Aníbal le lamía el cuello y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, haciendo caer uno de los pendientes dentro de la poceta. Ella le explicaba la onírica embestida de un enorme miembro, justo en el instante en que Aníbal realmente la penetraba, decididamente, profundamente, completamente.

Aníbal quería seguir escuchando sobre el sueño, pero tuvo que taparle la boca a Mariella para que sus gemidos no se oyeran en la sala del restaurante, ahora casi vacío y próximo a cerrar.

Un orgasmo unívoco de gritos ahogados convirtió el sueño en realidad, o la realidad en un hermoso sueño que recordaría Mariella todos y cada uno de los días y las noches de los últimos dos años, dos meses y diez días, a lo largo de los cuales, los encuentros con Aníbal –cada vez más esporádicos- se llenaban de esperanza, pero al mismo tiempo de promesas imposibles de cumplir.

Con ese amor guardado allí, donde se guardan los sueños imposibles, Mariella continuó con su monótona vida, sacando cada vez menos el recuerdo de aquella noche de locura. Hasta hoy.

Esta tarde, una llamada telefónica sacó a Mariella del sopor dominical. Era Aníbal, como otras veces, deseándola a través del hilo telefónico, ofreciéndole su amor desmesurado, prometiéndole verla para darle todo el deseo acumulado en tantas noches de insomnio pensando en ella.

Mariella se había vuelto incrédula después de tantos juramentos incumplidos y le demostró su escepticismo por primera vez:

- “Si tanto quisieras verme, hubieras encontrado algún momento a lo largo de todos estos años, no crees?”

Pudo haber sido el sabor a reto de sus palabras o la angustia de sentir que estaba perdiendo su amor, pero en ese instante Aníbal desvió el rumbo de su auto mientras continuaba al teléfono, intentando convencer a Mariella de la honestidad de sus deseos. La conversación se mantuvo hasta que el timbre en casa de Mariella sonó, sobresaltándola.

- Espera un momento, están llamando a la puerta, le dijo a Aníbal por teléfono, para tropezarse inmediatamente con su rostro de ángel moreno, sonriéndole aliviado.

- Tienes razón en lo que dices, amor, dijo Aníbal mientras rodeaba con sus brazos la cintura de su amada que, atónita, aún tenía el teléfono en la oreja. - Finalmente he encontrado el momento. ¿Puedo entrar?

Aníbal no sólo entró a la casa de Mariella, también entró a su habitación, a su cama, a su cuerpo y a su vida. Recorrió su cuerpo con caricias prodigadas con sus manos, con su boca y su lengua ávida, con su piel en contacto directo con aquella otra tan recordada y recreada en sus noches más largas. Paró en la estación central de su clítoris para contarle de cerca sus fantasías más secretas; como un feligrés en el confesionario, Aníbal expió sus culpas mientras el sexo de Mariella lo absolvía sin penitencia alguna. La expurgación continuó sin tregua durante horas; las ganas guardadas por tantas lunas se desbordaron entre sábanas arrugadas, gritos a garganta abierta, embestidas de antología y orgasmos sinfín. Aníbal y Mariella se amaron con lujuria, con pasión, con ferocidad, con ternura. Rieron primero, lloraron después y volvieron a reír al no entender por qué lloraban. Se durmieron exhaustos, salpicados de semen y saliva, se despertaron, se ducharon y se volvieron a amar hasta que el ardor en sus sexos no les permitió continuar.

Hace pocos minutos que Aníbal se marchó, no sin antes jurarle mil veces a Mariella que volvería mañana, que lo esperara, que a partir de hoy la amaría todos los días.

Nadie sabe qué pasará. Sólo el tiempo lo dirá. Puede que mañana llamen de nuevo a la puerta, o puede que pasen otros dos años, dos meses y diez días para volver a tocar el cielo. Pero siempre valdrá la pena esperar.

viernes, 22 de agosto de 2008

Verano Invisible


Salir tan sólo a la puerta de mi casa en temporada de verano es una tarea difícil, extenuante y casi imposible.


Mientras muchos de mis amigos “bloggers” se despiden para disfrutar de unas merecidas vacaciones en alguna playa paradisíaca o una isla ardiente, yo debo quedarme en donde vivo: una isla ardiente con miles de playas paradisíacas que se llena de gente buscando sol, alcohol, ofertas y diversión desenfrenada.


Es decir, que todos salen de sus ciudades a descansar y llegan a la mía para “caotizar” mi pacífica cotidianidad. El tráfico se hace insoportable, los centros de compras colapsan, las playas se alfombran de gente y uno trabaja más que en cualquier otra época del año.


Esta invasión que llega cual marea roja cada agosto, carnaval, semana santa o navidad, aísla al nativo dentro de su propia isla y lo obliga a olvidarse de sus siestas vespertinas, ceder su puesto de estacionamiento favorito, perder más de una hora para cobrar un cheque en el banco, anotarse en lista de espera en su restaurant de costumbre y olvidarse de los paseos a la playa hasta nuevo aviso.


Además, parece que nos volvernos transparentes e invisibles al ojo del turista. Al no vestir con pantalones cortos, ni portar un bronceado de camarón, como que perdemos la capacidad de ser vistos por el ojo del visitante. Pasamos a ser, sin aviso y sin protesto, los “raros” del lugar.


Esto lo pude constatar recientemente, cuando tuve que ir con mi novio al centro comercial más famoso y concurrido de la isla a encontrarnos con un cliente.


Previendo el caos vehicular, llegamos a la cita con suficiente antelación, lo cual nos dio tiempo para curiosear en una boutique de ropa playera artesanal que me encanta. El local estaba repleto de gente y las vendedoras no se daban abasto para atender las demandas de los potenciales compradores. Todos pedían colores, tallas y modelos diferentes; los puntos de venta estaban colapsados y el aire acondicionado renunciaba a su tarea de refrescar el lugar.


Yo hurgaba pacientemente un perchero, cuando una chica pasó muy cerca y con las bolsas que llevaba en la mano araño mis piernas sin darse ni cuenta. Allí comencé a pensar sobre esto de la “transparencia del nativo”. Se lo comenté a mi novio justo en el momento en que otra chica lo pisaba fuertemente, aunque ésta ni pareció notarlo.


Minutos más tarde una camisa pasaba volando por sobre mi cabeza despeinándome y una señora casi me arranca de la mano el bikini que yo estaba contemplando.


- Pero… ¿es que nadie me ve? Dije en voz bastante alta…


Nadie respondió ni pareció enterarse de mi molestia, mientras mi novio sonreía asombrado.
El barullo continuó unos minutos hasta que se hizo insoportable y le pedí a mi novio que nos fuéramos de allí; quería internarme en mi casa hasta octubre!


Él volvió a sonreír pícaramente, me tomó de la mano para detener mi estampida y me dijo:


-Cálmate… mira el lado positivo de este infierno. Nadie nos ve, no nos toman en cuenta… somos invisibles!! Podemos hacer lo que nos dé la gana y nadie lo notará.


Inmediatamente capté lo que su mente lujuriosa y traviesa estaba tramando y me relajé, dispuesta a divertirme en medio de aquel caos. Me dejé llevar por su mano, que me condujo disimulada pero decididamente hacia los probadores.


Tuvimos que esperar unos minutos hasta que se desocupara alguno, minutos que supe aprovechar, dándole besos suaves y tocando su entrepierna a través del pantalón, que no lograba disimular en nada su inminente erección.


Yo sonreía nerviosa, le decía que no iba a atreverme a hacerlo, pero en el fondo, era lo prohibido de la situación lo que detonaba en mí un impulso sexual desmedido e incontrolable.


Finalmente salió del probador una montaña de ropa con una chica atrás. Para no variar, nos tropezó, dejando caer al suelo buena parte de la mercancía. Como éramos invisibles, ni siquiera nos disculpamos, sino que entramos rápidamente al probador antes que alguien notara nuestras intenciones.


Aún no alcanzaba a cerrar la cortina tras de mí, cuando mi hombre ya estaba levantándome la falda y acariciándome las nalgas. Me tomó por las caderas y me dio vuelta con cierta brusquedad; rápidamente sonó el ruido de su cremallera, ese sonido que siempre me anuncia buenas nuevas.


Su pene estaba tan erecto que podía colgarse en él toda la mercancía de la tienda; lo lubricó con mis propios jugos y empujó dentro de mí sin perder tiempo. Mis manos y mi mejilla izquierda reposaban sobre el frío espejo, aguantando las salvajes embestidas y un halo de vapor lo empañaba intermitente, marcando el ritmo de mi respiración.


Al principio yo intentaba controlar mis gemidos y gritos; sólo una cortina y un panel de madera de dos centímetros de grosor nos separaban del resto del mundo.


Mi dulce y brioso amante me dio vuelta, tomó mis nalgas y me levantó en el aire. Ahora era mi espalda la que sentía la frialdad del espejo, en contraste con el calor de su cuerpo musculoso y sus besos de lava dulce.


Continuó la embestida mientras yo lo abrazaba con mis piernas y colaboraba con el trabajo, moviendo acompasadamente mis caderas.


La contienda se hacía cada vez más intensa, más placentera, más incontrolable. Por un momento nos olvidamos del lugar, del riesgo, del mundo, y el orgasmo de ambos vino acompañado con gritos de placer.


Justo en el último suspiro, cuando apenas intentábamos incorporarnos, se abrió súbitamente la cortina y apareció una señora con cara de amargura y mucha envidia.


- Salgan de allí inmediatamente o llamo a seguridad, dijo, a lo que yo simplemente contesté, mientras me acomodaba la falda:


- ¡Vaya!!! ¡Parece que no somos tan invisibles!! ¡Bendito sea el verano!!


Tomé de la mano a mi hombre, y salimos sudorosos y satisfechos a encontrarnos con nuestro cliente.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Amores Que Matan


Ya falta menos de un mes para cerrar el Concurso de Relatos Eróticos "Karma Sensual 4: Amores que matan"; concurso que me otorgó el primer premio en su pasada edición y por lo que en esta oportunidad tendré el honor y el placer de deliberar.

La participación es totalmente gratuita, vía web y podrás medirte con escritores de todo el mundo hispano parlante.

El premio es la publicación de los doce mejores relatos en una antología editada por El Taller del Poeta (Pontevedra, España).

Si quieres conocer más sobre el concurso y sus bases, accede al link pinchando el título de este post, o consulta en mis posts del mes de junio.

Anímate!! Espero leerte pronto.

sábado, 16 de agosto de 2008

El Invasor


Caminaba en la oscuridad guiada únicamente por la vaga memoria de aquella casa recién estrenada... El miedo a tropezar la hacía andar con pasos muy cortos, arrastrando los pies descalzos uno delante del otro, como novia indecisa camino al altar. Su respiración agitada era casi un jadeo que le secaba la garganta y le pegaba la lengua al paladar y la sensación de un millón de hormigas caminando afanosas por sus manos y su cara, la acompañaba en aquel camino incierto.


No estaba segura de lo que estaba pasando, pero intuyó de inmediato que algo tenía que ver con aquel mensaje de voz que había encontrado una hora antes, al encender su móvil luego de una interminable guardia nocturna en el hospital municipal. En él, una voz gruesa, familiar pero difícil de identificar le decía: “Por fin di con usted, doctorcita. Le tengo una sorpresa cuando llegue a su casa. Espero le guste. Sólo haga lo que se le pide y todo saldrá bien. Un beso”.


El tono de aquella voz no era amenazante; por el contrario, sonaba juguetona y divertida. Le preocupó sólo un poco, pues estaba habituada a recibir llamadas anónimas o subidas de tono. Eran muchos los hombres heridos o enfermos que iban a buscar ayuda en las manos benditas de aquella hermosa cirujana. A casi todos debía darles el número de su móvil para que pudieran contactarla por cualquier emergencia. En el noventa y nueve por ciento de los casos, las “emergencias” eran de índole muy distinta a la dolencia inicial. Algunos la llamaban para agradecerle su paciencia y buen trato -tan poco común en hospitales públicos-, otros, más directos, la invitaban a tomar un café después de su guardia. En una oportunidad incluso, la llamó un paciente quejándose de un fuerte dolor, y cuando ella comenzó a hacerle las preguntas necesarias para poder dar un diagnóstico, descubrió que en realidad lo que estaba haciendo el “paciente” era masturbarse con el sonido de la voz de su doctora a través del hilo telefónico.


Tales antecedentes hicieron que el mensaje de voz de esta noche no la alterara más de lo necesario y pensó, en todo caso, que encontraría en la puerta de su apartamento una flor o alguna nota indecorosa, que ella, por enésima vez, ignoraría con una sonrisa en los labios.


Exactamente eso fue lo que encontró. Pero no en la puerta de su apartamento, sino en su propia habitación, sobre la almohada de plumas de su cama, mientras se quitaba la ropa para darse un relajante y merecido baño caliente.


A que no adivinas dónde estoy y quién soy”... alcanzó a leer justo antes que, súbitamente, se fuera la luz en toda la casa, convirtiéndola en un hueco negro y mudo sin puntos de referencia.


A pesar del silencio ensordecedor que sólo era molestado por su propia disnea, ella sabía que él estaba allí, en cualquier rincón, tal vez observando con cierta burla sus movimientos erráticos intentando encontrar el tablero eléctrico y una explicación a aquel inusitado apagón. Apenas se escuchaba el ladrido de un perro lejano y más lejos aún, el golpe de las olas en el acantilado. Pero ella no escuchaba nada de eso. Sus oídos descartaban todo ruido innecesario para concentrarse en cualquier señal que le indicara las coordenadas de aquel huésped no invitado. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Le haría daño? ¿Cómo podría defenderse? Eran preguntas que la inquietaban mientras vagaba desnuda tanteando las paredes.


Llegó a la salita de estar, justo entre la habitación principal y la cocina, donde ella planificaba crear su estudio y donde se encontraba el tablero eléctrico. Súbitamente volvió la luz, obligándola a cerrar los párpados casi por completo, mientras sus pupilas se adaptaban nuevamente a la claridad. Con los ojos arrugados y apenas abiertos pudo divisar una silueta frente a ella, sentada en el sillón de lectura, sonriéndole y sosteniendo en la mano un pequeño interruptor.


El susto y la adrenalina que corría por su cuerpo hicieron darle la espalda a aquel sujeto para salir corriendo en sentido contrario a su presencia. Pero cuando apenas emprendía la huida, se hizo la oscuridad nuevamente, dejándola ciega otra vez.


“No tema doctorcita... le dije que todo iba a salir bien... prométame que cuando vuelva la luz no saldrá corriendo... Además, el paisaje de su cuerpo desnudo es un regalo que quiero darme con tranquilidad”.

Fue en ese momento, en medio de la confusión y el terror, que ella se percató de su desnudez. Ahora, además de asustada, estaba también avergonzada frente a aquel desconocido y sus confusas intenciones. Quiso correr con más fuerzas aún, pero no veía nada; con seguridad se haría daño si lo intentaba.


Volvió la luz y emprendió el escape. Pero un par de segundos más tarde retornó la oscuridad. Comprendió entonces que aquel hombre tenía el control de los apagones y entonces permaneció quieta bajo el dintel de la puerta, tapándose con manos temblorosas sus partes más íntimas.


“Espero que haya entendido que si huye volverá a apagarse todo... así que le suplico se quede quieta donde está y me deje mirarla. Cierre los ojos por favor, y no los abra aunque vuelva la luz”, le ordenó suave, pero tajantemente, aquella voz masculina.


El invasor presionó de nuevo el interruptor que llevaba en la mano y la luz se hizo. Encontró a una niña desvalida con ojos apretados, una mano tapándole los diminutos senos y la otra presionando su sexo de vello coquetamente recortado. La curiosidad le hizo desacatar la orden y abrió los ojos; inmediatamente todo se oscureció de nuevo. El juego ya la estaba impacientando demasiado; por un lado quería obedecer para poder saber de qué se trataba todo aquello, pero por el otro, quería salir corriendo de allí o pensar en algún plan que le sirviera para defenderse. Mientras se debatía entre una cosa o la otra, escuchó nuevamente la voz, que cada vez se le hacía más familiar y agradable.


Veo que es una chica desobediente... tendré que castigarla entonces... ¡Dése la vuelta!”, le increpó. El hombre intuyó que su presa permanecía inmóvil, entonces le gritó violentamente esta vez: “Que se dé la vuelta, dije!!”.


El brinco fue tal, que sus pies se despegaron del piso por una fracción de segundo y giraron en el aire para colocarla de espaldas al invasor. Ella aún no lo sabía, pero en aquel momento, su cuerpo estaba impulsado más que por el miedo, por un deseo animal, desenfrenado e inconsciente. Ella nunca podría reconocerlo, pero en el fondo, le gustaba estar siendo observada por los ojos de un extraño; le había excitado enormemente esa intrusión, ese juego de luces y sombras, la orden militar que segundos antes la había asustado tanto; en el fondo, se despertaba un deseo irreconocible por su brutalidad y novedad.


Sintió correr un calor líquido por su entrepierna y pensó que el miedo la había hecho orinarse. Pero en el fondo.... muy en el fondo, eran sus entrañas desahogando un ardor por mucho tiempo reprimido. El verdadero deseo. Ése que a veces adopta formas impensadas.


Mientras esto sucedía, lo escuchó levantarse del sillón y caminar hacia la puerta de la habitación, donde ella permanecía tiritando de miedo por fuera y derritiéndose de pasión por dentro. La irracionalidad del miedo le decía que huyera, aún a riesgo de caer o tropezar con algo. Pero su deseo, igualmente irracional, la anclaban al piso helado, como un árbol en mitad del desierto incapaz de llegar andando hasta el oasis.


Tener los ojos abiertos o cerrados era lo mismo: la visión era completamente nula. Así que prefirió cerrarlos muy fuerte, como si al protegerlos con sus párpados también se cubría ella con un manto invisible de seguridad. Cual condenado esperando el sonido del disparo, se preparó para el inminente acercamiento. Pero nunca pudo prepararse para lo que sintió cuando aquel cuerpo de hombre la arropó suavemente por detrás, percibiendo el aroma varonil de su perfume, sintiendo el vapor leve de la respiración cerca de su nuca, el frío de la camisa de seda y más abajo, el hirviente demonio que al tocarla, la hizo curvar su espalda y sostener la respiración por un instante.


Una mano de él le recogió en alto la negra cabellera para recorrer con su lengua húmeda y tibia aquel cuello de cisne, grácil y erizado, mientras la otra buscaba la selva húmeda de su pubis, aún protegida entre dedos femeninos y asustados, bañados de sus propios jugos.


Ya sabes dónde estoy... ahora intenta adivinar quién soy, mi doctorcita”, susurró sensualmente al oído de la invadida.


Su voz tan familiar, el olor de su piel, la inexplicable comodidad que sentía pegada al cuerpo de aquel extraño, el calor que emanaba de sus profundidades... todo le decía que era alguien conocido. ¡Pero Dios! ¿De quién se trataba? Miles de ideas chocaban unas con otras en su mente, sin conformar una imagen, un nombre, una historia que le diera alguna pista.


Negó fuertemente con la cabeza, poniendo de manifiesto su incapacidad para adivinar y su desesperación por despejar de una vez la incógnita. Hizo un amago de darse la vuelta que él paró en seco. Con cierta violencia pero sin llegar a hacerle daño, la tomó con una mano por ambas muñecas, poniéndolas en alto y sometidas contra la pared, al tiempo que continuaba masajeando con fruición los más recónditos y olvidados pasadizos del placer vaginal.


“¿No adivinas todavía?, preguntó, y agregó luego de una pausa: “Entonces tendré que ayudarte un poco”.


Sacó la mano de la cómoda vulva para desabrochar su pantalón y dejar expuesta su majestuosa virilidad, que, tras lubricarla con su propia saliva, comenzó a penetrarla por el culo, con presión y sin preámbulos.


Ella se resistía, se retorcía, se negaba con el cuerpo y con la voz: “No, no por favor, por allí no!!”, suplicaba, pero la fuerza de aquel hombre encelado sometía su delicado cuerpo de señorita victoriana, dejándola con muy pocas fuerzas para luchar.


- ¿Por qué no?, preguntaba una y otra vez sin dar pausa en la penetración... Dime, dime... ¿por qué no? ¿Acaso es la primera vez que lo haces?... Ella negaba con la cabeza.


- ¿Con cuántos lo has hecho así?, ¿a cuántos hombres le has dado el culo? Ah? ¡Contesta!, continuaba increpándola en medio de su excitación.


- Sólo a uno..., contestó ella finalmente con un hilo de voz.


- ¿Cuándo?... ¡¿CUÁNDO?!


- Hace mucho tiempo... cuando era apenas una adolescente...


- ¿Con quién lo hiciste?, insistía, con la misma vehemencia con la que desaparecía su miembro dentro de aquella caverna oscura.


- No quiero hablar de eso... respondió con voz entrecortada, casi llorando.


Él no se apiadó de su actitud compasiva. Por el contrario, la embistió con más fuerza y volvió a preguntar separando cada sílaba con un empujón: “¿CON-QUIÉN-LO-HI-CIS-TE???”


- Con mi primer novio... soltó con un hondo gemido.


- ¿Y qué pasó?, ¿por qué no lo hiciste nunca más?


- Él se fue a estudiar al extranjero. Yo me quedé muy enamorada y triste. Lo amaba...


Luego de una larga pausa plagada de sollozos y jadeos que anunciaban la pronta llegada del orgasmo, continuó:


- Yo le dije que no sabía si podría esperarlo, pero le prometí que jamás le entregaría mi culo a ningún otro hombre para honrar nuestro amor...


Lo que siguió fue el estallido de ambos en un mar de gemidos y semen. La oscuridad en sus ojos se convirtió en una luz interna que iluminó por un breve instante todo el lugar.


- Has sido una mujer de palabra, doctorcita. Y aún hoy lo sigues siendo... dijo el invasor, al tiempo que la besaba tiernamente en el cuello y sacaba su falo satisfecho de aquella cavidad rememorada durante tantos años. Seguidamente accionó de nuevo el interruptor para descubrirse ante los ojos -encandilados por el brillo y la sorpresa- de la mujer de su vida.

domingo, 10 de agosto de 2008

Intruso Nocturno



Vena latente que me pone alerta,
monstruo dormido que se despierta.
Ojos abiertos, pupilas dilatadas,
oídos expectantes, respiración suspendida.
Frío y calor que me recorre el cuerpo.
Frío de arriba hacia abajo,
calor de adentro hacia fuera.
Poros como púas, piel al acecho.
Blanca oscuridad que me impide ver tu sombra.
¿Estás aquí o sólo en mi mente?
No importa, siempre eres tú, omnipresente.
Extiendo la mano, busco a tientas a mi almohada,
eterna compañera, fiel confidente.
La despierto, la someto entre mis muslos.
Suave y moldeable al comienzo,
rígida, húmeda y complaciente después.
Mis piernas se tensan,
micuerpo es un hierro firme y candente.
Mi pelvis empuja, mis labios te sienten.
Cierro los ojos mientras te veo,
mi garganta se traga tu respiración.
Mis labios recorren tus depresiones y altitudes.
Geografía tan conocida, tan placentera.
Topógrafa de tu cuerpo, cartógrafa de tu corazón.
Mis entrañas exhalan, finalmente,
en un largo e intermitente suspiro,
exponiendo al rubí, perlando mi piel,
llenando de joyas mi interior.
Te beso en la frente, extiendo mi almohada
y cierro otra vez los ojos mientras te vas…
pero sólo por un rato, pronto regresarás...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Mercancía Intelectual

Un amigo me envió por correo un chiste en cadena, titulado “Grandes Inventos (Mercancía Intelectual)”, un texto jocoso pero bastante machista.

No suelo reaccionar ante este tipo de mensajes, ni me considero una feminista a ultranza, pues opino que ellas son las más machistas de todo el universo. Sin embargo, el texto me llevó a escribir una contraparte.

Ambos escritos (el de la cadena y el mío) se reproducen a continuación. Díganme ustedes con cuál están más de acuerdo?

OJO: Todo es broma. Nada en serio ;)

EL HOMBRE descubrió el VIDRIO e inventó la BOTELLA; LA MUJER tomó el VIDRIO e inventó el ESPEJO.
El HOMBRE descubrió la BARAJA y ahí mismo inventó el JUEGO; LA MUJER agarró la BARAJA e inventó la BRUJERÍA.
EL HOMBRE descubrió la PALABRA e inventó la CONVERSACIÓN; LA MUJER transformó la CONVERSACIÓN y ahí mismo inventó el CHISME.
El HOMBRE descubrió el DINERO e inventó el COMERCIO; LA MUJER descubrió el COMERCIO e inventó el CRÉDITO.
El HOMBRE descubrió las TRANSACCIONES y creó las TARJETAS DE CRÉDITO; La MUJER descubrió las TARJETAS DE CRÉDITO y nos JODIMOS!
El HOMBRE descubrió el TRABAJO e inventó el SALARIO; LA MUJER descubrió el SALARIO y nos jodieron otra vez!!
EL HOMBRE descubrió a LA MUJER e inventó el SEXO; LA MUJER descubrió El SEXO e inventó el MATRIMONIO, LOS COMPROMISOS, LA LLAMADERA y ahí se cagó todo.
DESPUÉS DE ESTO EL HOMBRE NO INVENTO MÁS.
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La humanidad descubrió el vidrio, inventó la botella y el hombre la llenó de whiskey, cerveza, ron, vodka, ginebra, tequila… se las bebió todas y ya vacías, las lanzó a la calle, al mar, a la arena, a los ríos, contaminándolo todo.

La humanidad inventó la baraja, el hombre la usó para jugar y dejar en la mesa más de su salario; la mujer intenta descifrar en ella, a través de la quiromancia, lo que los hombres no son capaces de expresar con palabras o sentimientos.

La humanidad descubrió la palabra e inventó la conversación: la forma de comunicación que diferencia a los humanos de los animales. Sólo que los hombres parecieran estar aún en etapa de transición, pues les cuesta mucho utilizarla.

La humanidad inventó el dinero, el hombre aprendió a gastarlo y la mujer, a administrarlo.

La humanidad descubrió el trabajo, el hombre inventó el salario y como nunca llegaba completo a la casa, las mujeres tuvimos que salir a buscar el propio para poder vivir como nos merecemos.

El hombre y la mujer descubrieron el sexo. Ellos se lo beben de un trago y lo desechan como una botella de cerveza, juegan y se divierten con él como en un juego de póquer, aprovechan para no decir una sola palabra mientras lo practican y en muchas ocasiones, necesitan dar parte de su salario para practicarlo. Sólo nosotras, las MUJERES, sabemos DISFRUTARLO en toda su dimensión.