martes, 27 de mayo de 2008

Voyeurismo


¿A quién no le gusta ver? Siendo la vista el sentido más desarrollado y más utilizado por el ser humano, es un acto casi reflejo.

Miramos millones de elementos a nuestro alrededor a cada minuto, pero ver... lo que se dice VER, como un acto consciente, es en mi opinión una de las cosas más enriquecedoras y placenteras que hay.

Cuando uno ejercita ese acto, lo comprende y lo disfruta, es capaz de ver más allá de lo estrictamente visible; ves a través de tu experiencia, le agregas características y sensaciones a aquello que es mirado. Lo personalizas y entonces todo adquiere una nueva dimensión, subjetiva, tal vez un poco menos real, pero definitivamente más propia, única y especial.

Un paso más allá se da cuando se intenta ver con los otros sentidos. Cuántas veces sólo escuchamos un sonido, una voz, y enseguida le ponemos forma y cuerpo? Quién no ha jugado aquello de vendarse los ojos y sentir objetos de diferentes tamaños, formas o texturas y sorprenderse con los desaciertos?

El acto de VER adquiere su máxima dimensión cuando somos capaces de hacerlo con todos los sentidos, hasta el punto de poder incluso prescindir del de la vista... VER ES SENTIR CON LOS OJOS, incluso cuando estos estén cerrados.

Es en ese momento cuando el término “Voyeurismo” se sale de los arquetipos meramente sexuales y adquiere una dimensión profunda y completamente placentera.

Si consideran esta reflexión un tanto “romántica”, los invito a leer el relato que sigue lleno de imágenes –no siempre visuales- y su inesperado final.

Tisana Voyeur participó y ganó el segundo lugar en el Concurso "Sexo para Leer" de la revista venezolana Urbe Bikini y salió publicado en la edición del mes de Abril 2008.

Siendo el segundo concurso en el que participaba y el segundo en el que quedaba entre los ganadores, fue el empuje necesario para tomarme más en serio lo que desde siempre ha sido una afición y tomar iniciativas como este Blog, entre otras.

TISANA VOYEUR


Las empleadas de la Frutería La Tisana se divertían fantaseando sobre la vida de sus clientes, según cómo lucían o el tipo de mercancía que compraban. De la señora Gordons, por ejemplo –la bautizaron así porque pesaba como 150 kilos- suponían que era una estreñida, pues siempre compraba lechosas, tamarindos y uvas pasas. Don Paquito –mote dado por el “paquete” que se insinuaba a través de sus pantalones- iba por pepinos, plátanos y berenjenas. Lo imaginaban entonces como un multifacético amante homosexual.

La Tisana estaba llena de historias y fantasías sobre gente común. Una de ellas fue protagonizada por la hermosa Manuela, encargada de acomodar las frutas en los anaqueles y ayudar a los clientes con sus compras. El dueño la contrató por su trato amable y su rostro como iluminado desde adentro.

Hace algunas semanas comenzó a ir a La Tisana un cliente al que apodaron Mister Mistery. Alto y atlético, llegaba cada jueves por la mañana, ataviado de negro y con unos lentes oscurísimos que no se quitaba jamás, lo que ponía a las chicas muy nerviosas, pues nunca sabían cuándo las estaba mirando.

Con el paso de las semanas Manuela llegaba cada jueves más arreglada de lo usual, con el cabello recién lavado y recogido en una horquilla de carey, rubor en las mejillas y ropa dominguera que, aún semi tapada por el delantal de trabajo, se notaba recién planchada y especialmente combinada.

Mistery la saludaba con un “buenos días” largo y pegajoso, y Manuela le contestaba con uno corto y ahogado en su propia respiración. Esos buenos días le decían cosas prohibidas, a juzgar por los colores que se le subían al rostro y la hiperventilación que le producía la proximidad de aquel cuerpo magro y varonil.

Aunque su trabajo era atender a los clientes, intentaba evitar a Mistery manteniendo una prudente distancia. Él pasaba horas escogiendo meticulosamente la mercancía. Sus manos fuertes acariciaban de manera particular cada fruta antes de decidir meterla en el canasto. Sopesaba los melones, uno en cada mano, y a Manuela se le antojaba imaginarlo haciendo lo mismo con sus pechos. Olfateaba los nísperos y a Manuela se le erizaba la piel detrás del cuello imaginando ser uno de ellos, absorbida entera por la pituitaria de aquel extraño comprador. Agitaba un coco para verificar si tenía agua dentro, mientras las entrañas de Manuela se sofocaban, haciéndose ella agua para calmar su íntimo ardor.

Aunque Mistery sonreía a ratos, seguía siendo un hombre oscuro y enigmático. Se sabía poco de él, pero mucho menos al no conocer su mirada. ¡Si tan sólo hubieran podido quitarle alguna vez aquellos lentes oscuros! Ver si sus ojos eran negros, verdes o azules, si tenían muestras de haberle sonreído a la vida, o si por el contrario le circundaban aros violáceos, producto de insomnios y atormentados pensamientos.

El jueves antepasado, a la misma hora y con el mismo atuendo, comenzó el paseíllo de Mistery y la contradanza de Manuela buscando distancia. Pero como en un juego de ajedrez, esta vez el cliente movió magistralmente las piezas, para acorralar a Manuela contra la puerta batiente del almacén. Irremediablemente tuvo que empujarla y entrar.

Mistery la siguió con pasos lentos y relajados; la sonrisa volvía a aparecer en el rostro de aquel atractivísimo hombre. La respiración de Manuela se hacía ridículamente fuerte; del escote de su vestido de tirantes, se asomaban intermitentes sus pechos como un par de granadas a punto de estallar.

Mistery encontró unas uvas rojas importadas de Chile, inmensas y jugosas. Arrancó una del racimo a su alcance y la colocó entre las dos filas de blancos dientes de la chica. “Muérdela para mí”, le dijo, al tiempo que Manuela se sobresaltaba por escuchar tan cerca la voz de aquel hombre. Era una voz honda, empalagosa, tal como la había imaginado tantos jueves en la noche al llegar a su casa y masturbarse pensando en él.

- Muérdela para mí –repitió- y Manuela obedeció jadeando, partiendo por la mitad aquella fruta viva y entregándosela en su boca tibia y mentolada. Mistery masticó el manjar ofrendado y escupió sobre ella las semillas, como diminutos balines vegetales que la herían de puro placer.

Inmediatamente encontró un manojo de albahaca, que trituró sin compasión, llenando el recinto del aroma conocido de los guisos de la abuela. Las diminutas hojas machacadas rodaron por los hombros y brazos de Manuela, también por su escote entreabierto, colándose algunas entre el nacimiento de sus redondos pechos.

Mistery se acercó al cuello de Manuela para percibir el aroma limpio de su cabello y aspirar profundamente su olor almizclado de mujer en celo, de cervatillo asustado, pero sobre todo, excitado.

Mientras se alimentaba con su aroma, como un macho en su ritual de apareamiento, Manuela buscaba el equilibrio ante el mareo colosal que le producía aquel hombre. Se sostuvo como pudo de una caja de ciruelas que segundos más tarde aplastaba con sus brazos, sus codos, su espalda, cediendo ante el empuje de Mistery sobre ella, que la olfateaba y la lamía ya por todas partes. El delantal había desaparecido y los tirantes del vestido ahora colgaban inertes más abajo de sus pechos, que se mostraban francos, rotundos y firmes como melones chinos. Los pezones rugosos y purpúreos, semejaban un par de frambuesas que Mistery degustaba con la punta de la lengua, tanteando sus múltiples drupas.

Pronto se encontró Manuela totalmente desnuda sobre el frío acero de la mesa de trabajo. Al suelo habían ido a parar cajas con kiwis, mandarinas y fresas. Mistery, aún total e impecablemente vestido, recorría ese cuerpo tan femenino, palpando sin apuros sus prominencias y depresiones, adentrándose de a poco en su intrincado vello púbico, mientras Manuela se retorcía de placer.

Mientras una mano acariciaba el pubis de Manuela, la otra buscaba en el suelo alguna fruta. Encontró una mandarina, la peló con los dientes, separó los muslos de Manuela y tocó por primera vez su rojo y henchido clítoris, para luego exprimir de un sólo apretón el cítrico jugo que se derramó por entre los labios latentes de su sexo. Manuela no sabía si le incomodaba o le gustaba aquél ardor, pero definitivamente quería más.

Buscó entre las repisas algo más con qué jugar y encontró un pepino grueso y rugoso. Lo acercó a la boca de Manuela, para que ella misma lo lubricara con su escasa y espesa saliva; recorrió con él su vientre liso para finalmente penetrarla bruscamente, sin avisos, y sin piedad. El orgasmo de Manuela se evidenció en el arqueo poseso de su espalda, una mueca de sonrisa y una mirada blanca maravillada por lo que sus ojos veían dentro de si misma.

Bajando apenas del cielo, avanzaron por del estropicio de frutas derramadas hasta el inmenso frigorífico donde se guardan las “joyas de la corona”. Manzanas, peras y melocotones, reposaban sobre cajas de cartón armado y papel de seda, semejando rubíes, esmeraldas y topacios en la bóveda de una joyería.

Mistery entronizó a Manuela inclinándola sobre aquellas gemas para penetrarla hasta el alma con su falo paciente y experimentado. Manuela tenía la piel erizada y podía ver el humo blanco que salía de su boca con cada exhalación. Temblaba por el frío, pero también por un placer infinito que convertía aquel frigorífico en un palacio real.

Otro orgasmo de ella sirvió de acompañante para la vaciada de él sobre sus nalgas tensas y sus piernas aún tiritando. Como leche de coco, Mistery le entregó su esperma con un corto y gutural gemido que marcó el final de la faena.

Recuperado a medias el aliento y con los labios morados como ciruelas, Manuela dijo entre dientes: “Antes de irte quiero ver tus ojos”. Mistery sonrió de nuevo y negó con la cabeza. Manuela se acercó pisando algunos mangos. “Por favor... por favor”, suplicó, mientras con sus propias manos temblorosas tomó los lentes oscuros y los retiró lentamente del rostro de su amante.

Se encontró con unos lagos negrísimos y muertos; opacos, sin pupilas, ni luz, que miraban todo y al mismo tiempo nada. No la miraban a ella, que buscaba sin éxito el fuego helado que minutos antes habían compartido.

- Soy ciego de nacimiento, dijo tranquilamente Mistery. Pero te he visto mucho más adentro, más profundo y más completo que todas las personas que has conocido en tu vida. He sentido tu aroma mezclado entre las frutas, he intuido tu deseo y he vislumbrado tus fantasías conmigo. Supe quién eras desde el primer momento y vine cada jueves por ti. Espero no haberte defraudado, agregó luego de una pausa infinita.

Manuela no pudo articular ni una sola palabra. Se quedó atónita mirando cómo aquel hombre que la había cautivado sin verla, daba media vuelta y salía del almacén para no volver jamás.

Permaneció quieta por horas, pasando el vaporón de semejante escena y preguntándose al tiempo, quién de los dos había visto más...

Yo también lo vi desde mi oficina, a través del circuito cerrado del local...

jueves, 22 de mayo de 2008

Las Apariencias Engañan (Relato Ganador del Concurso Karma Sensual 3: Amor y Humor)


A finales del año pasado participé en un concurso de relatos eróticos, vía internet. La tercera edición de “Karma Sensual”, cuyo tema en esa oportunidad fue “Amor y Humor”.

Se me presentó un reto interesante al intentar unir dos premisas que en principio pueden parecer antagónicas. Por otra parte me enfrenté al hecho de tener que utilizar un lenguaje -y por ende un humor- “universal”, tratándose de un concurso abierto a todo el mundo hispano parlante.

El resultado fue un texto que no dejó de tener su contenido muy “venezolano” –más por la situación descrita y las actitudes de los personajes, que por el lenguaje en sí- y la presencia del factor sorpresa que le dio la pizca de pimienta necesaria.

El veredicto del jurado me colocó en el primer lugar junto a una escritora uruguayo-española.
El premio fue la publicación, en marzo de este año, de una antología con los diez mejores relatos, editada por El Taller del Poeta (www.eltallerdelpoeta.com, tallerdelpoeta@mundo-r.com).

Vale la pena destacar que de los diez ganadores, seis fueron mujeres, ocupando cinco de ellas los primeros lugares, lo cual pone en evidencia la capacidad creativa de las féminas y acaba con el mito de que lo erótico es cosa de y para hombres...

Creo que una buena manera de arrancar con este blog, es entregándoles dicho relato, esperando sus comentarios de vuelta.



LAS APARIENCIAS ENGAÑAN


Cuando llegó su turno supe al instante que era diferente. No sabía muy bien por qué, pues a simple vista lucía como cualquier otro: más o menos alto, más o menos delgado, más o menos atractivo. Tal vez lo único fuera de lo común era su forma de vestir -muy formal para una cita casual de solteros- y su temperamento evidentemente tímido y reservado.

Seguro es por eso que no ha encontrado pareja”, me dije a mi misma y me corregí de inmediato: “Yo soy franca y extrovertida y estoy aquí por la misma razón que él...”
Intenté dejar a un lado los tontos prejuicios y avanzar en la conversación lo antes posible. Faltaba poco tiempo y yo no había tenido mucho éxito con los candidatos previos, ya fuera por tontos, prepotentes o empalagosos.

Éste tampoco era propiamente “mi tipo”. Mi hombre ideal era audaz y seguro de sí mismo, mientras que éste esquivaba mi mirada, parecía nervioso y hasta deprimido. Pero allí estaba yo otra vez con los juicios a priori. ¿Cómo podía saber todas esas cosas sin haber cruzado con él la primera palabra? Me reprendí severamente y tomé un sorbo de vino.

- Patricia, mucho gusto..., le dije extendiéndole la mano y mostrando una amplia sonrisa, una de mis mejores armas, según la opinión de todos los que habían pasado antes por mi mesa y por mi vida.

- Jacobo, Jacobo Fuster, encantado de conocerte, contestó.

Noté que mi sonrisa en efecto le había cautivado, pues se quedó mirando fijamente mi boca y no mis ojos. “Una a cero a favor mío”, pensé, y sentí más confianza para avanzar.

Hablamos de nuestros trabajos, de mi sueño de ser mi propio jefe, de su plan de recorrer el mundo antes de hacerse demasiado viejo para no recordarlo, de los desaciertos de Bush, del calentamiento global, de fútbol y hasta del aborto.

Realmente Jacobo era mucho más culto de lo que creía –¡otra vez los prejuicios!-; tenía una conversación agradable y un aire sexy en su forma de hablar que me excitaba. Yo trataba de no distraerme, pero no podía evitar abstraerme e imaginarlo desnudo, abrazándome en la cama, besándome toda, penetrándome sin piedad y matándome de placer.

Una bandeja de "brusquetas" llegó para sacarme del ensimismamiento. El tiempo se acababa y pronto sonaría el silbato para pasar a otro candidato. Yo no quería irme. Jacobo me gustaba y creí que yo a él también, a juzgar por el desvío de su mirada –que poco se posaba en la mía- directamente del mantel a mi escote.

Seguro me desea como yo a él, pensé, y decidí dar el zarpazo final haciendo uso de mi gran arma, mi sello personal y marca de fábrica: mi contoneo. Todo el sabor del trópico entre mis hombros y mis caderas. Decidí entonces ir al tocador, ubicado al otro extremo del salón, con el cliché de “empolvarme la nariz”, truco utilizado minutos antes con otro aspirante, con excelentes resultados para él -erección inmediata e interminable- más no tanto para mí, pues el muy bruto intentó meterme mano sin mi consentimiento, matando en el acto toda posibilidad de algo más.

Esta vez no fallará. Jacobo es mucho más inteligente. Se verá obligado a una segunda cita”, afirmé segura.

Exudando sexo, con pasos largos y acompasados, llegué victoriosa a mi destino. Entré al retrete no para orinar –lo había hecho minutos antes-, sino por una necesidad incontenible de sentirme.

Imaginé a Jacobo impaciente en la mesa, esperando ver de regreso mis caderas danzantes, delirando por mí, luchando con su timidez, practicando el discurso apropiado para retenerme sin espantarme. Lo vi masturbándose en su cama pensando en nuestro próximo encuentro, recordando mi sonrisa, completando el cuadro de mis senos luego de haber memorizado mi escote, asiéndose de mis caderas mientras lo cabalgaba como experta amazona dominando a un semental salvaje. De pie con la falda remangada a la cintura y una pierna flexionada sobre el inodoro para un mejor rango de acción, mi mano hacía camino entre mi arremolinado pubis, tocando intermitentemente el timbre de mi placer, para darle puerta franca a mis dedos hábiles y expertos, primero uno, luego dos, tres... Fantaseaba con Jacobo y su miembro henchido y expectante, inmenso y complaciente, absorto entre mis parajes, diciendo dentro de mí todo lo que su boca no se atrevía.

Más de una vez intentaron abrir la puerta, como apurándome, pero eso me excitaba más, pues imaginaba que era Jacobo, llegando impaciente con la intención de poseerme en ese mismo lugar e instante.

Creo que pasé más tiempo del prudente retocándome –en el más estricto y literal sentido de la palabra- pues cuando regresé, el silbato de cambio de pareja ya había sonado y Jacobo no se veía por ninguna parte.

Recorriendo el salón con la mirada, me topé con el mesonero y una nota: “No necesito buscar más. Para mí, eres TÚ. Espero que sientas lo mismo. Jacobo. 0443-999.5447".

Luego de un par de meses saliendo juntos, supe que su timidez había sido su arma. Alegó que a las mujeres fuertes como yo nos gustan los hombres en apariencia mansos y desvalidos. El Jacobo “real” era apasionado, creativo y liberal. ¡Y ni hablar del sexo! Aunque allí yo también me doy parte del crédito, claro está.

Hace tres días celebramos nuestro primer aniversario en el restaurant de aquel célebre encuentro. Luego de un par de botellas de vino y mutuos masajes a la autoestima, le pregunté qué era lo que más le había cautivado aquella noche. Quería saber cuál de todas mis “armas” había causado mayor impacto.

- Seré sincero contigo, amor –dijo-. Lo que me encantó de ti fue tu candor.

- No te entiendo... titubeé. ¿Qué quieres decir con eso?, repliqué con la sonrisa congelada.

- De aquella cita de solteros, y de muchas otras anteriores, tú fuiste la única que no se preocupó por impresionarme, ni avasallarme con tácticas letales, ni demostrarme aptitudes de “femme fatale”. Fuiste auténtica, ingenua si se quiere, y eso fue precisamente lo que me desarmó.

A esas alturas mi sonrisa se había borrado por completo y un gran signo de interrogación ocupaba todo mi cerebro. Mi rostro debió haberlo dicho todo, pues Jacobo me tomó tiernamente de la mano y continuó explicándome:

- Cuando te presentaste, lo primero que vi fue un inmenso trozo de queso destellando entre tus dientes; tal vez debí advertirte, pero francamente no me pareció un buen comienzo. Más tarde, cuando el mesonero nos trajo aquellas deliciosas "brusquetas", un pedacito de jamón serrano cayó en tu escote, justo en el nacimiento de tus hermosos senos; yo hubiese sugerido quitártelo con mi boca, pero creí que sería un chiste inapropiado; luego tus propios movimientos hicieron que el envidiado jamoncito se perdiera por lugares que no pude yo conocer sino muchos días después.

Yo iba perdiendo con cada palabra la sonrisa y el color. Mi perplejidad era notoria.

- Pero la embestida final a mi corazón –prosiguió... ¡¡DIOS!! ¡¿Todavía había más?!- la diste en tu camino hacia el tocador. Tu falda estaba enredada ruedo con talle, como si no la hubieses acomodado bien la última vez que fuiste a orinar. Eso me dio una muy buena vista de tus contorneadas piernas y tus redondas y firmes nalgas, pero sobre todo me hizo tomar la decisión. Si eras una persona tan relajada, tan despreocupada por causar una buena impresión, entonces no tenías nada que esconder y podía confiar en ti. Y aquí estamos, un año después, celebrando nuestro amor y yo, esperando que nunca cambies... Salud!

Levanté temblorosa mi copa y brindé en silencio con una mueca por sonrisa, atónita y confundida. Definitivamente, las apariencias engañan...

miércoles, 21 de mayo de 2008

Hablemos Eroti-k-Mente

Por fin me atrevo a salir -no del closet, pero sí de un gran archivo de ideas- y crear este blog, esperando encontrar a otros que como yo, quieran compartir opiniones, creencias, dudas, anécdotas, investigaciones, experiencias y hasta chistes, si es el caso.

Eroti-k-Mente nace de una necesidad constante y muy personal de poner en blanco y negro mis ideas y de la insistencia de mis más allegados de compartirlas con otros, con el fin principal de enriquecernos mutuamente.

Eroti-k-Mente será en principio un foro de discusión abierta para temas que cualquiera de nosotros quiera tratar y que tengan que ver con el tema erótico y/o intelectual, ya vengan juntos o separados. Opino que, generalmente, cuando vienen cada uno por su lado, la cosa tiende a volverse bastante aburrida; la cosa se pone interesante justo cuando ambos se encuentran para lograr un intercambio valioso, enriquecedor y placentero.

No pretendo hacer un blog filosófico ni especializado. Sólo aspiro a que todos los que nos demos cita aquí tengamos mente abierta, ideas estructuradas y agallas desarrolladas como para establecer debates de altura, ofrecer información útil y divertirnos inteligentemente.

Eventualmente encontrarán aquí algún relato erótico de mi repertorio, así como enlaces a páginas relacionadas y otros datos de interés.

Desde ya les doy la bienvenida y les agradezco a ustedes, por ser los primeros que me acompañan en esta aventura. Juntos pasaremos ratos muy agradables, mientras lo hagamos todo Eroti-k-Mente ...