martes, 30 de diciembre de 2008

Última Parada



Era navidad, y después de dos largos años volvía a su ciudad para encontrarse con su familia, sus amigos, sus costumbres. Dos años de éxito en otras latitudes donde supieron descubrir en sus letras lo que en su país tildaron de obscuras obscenidades. Nadie es profeta en su tierra, dicen… y en parte era cierto. Pero sólo en parte.

Días antes de su llegada, Sylvia había puesto al tanto a sus parientes más cercanos y a sus amigos de la infancia. Luego de pensarlo un par de días, de atreverse y arrepentirse una y otra vez, decidió finalmente avisarle también a Gabriel, su amor eterno… aquel que aunque juró esperarla, un año después se comprometía y casaba con otra, convirtiendo el idilio incendiario de otros días, el mismo que muchas veces sirvió de chispa para encender los más ardientes relatos de Sylvia, en tristes y melancólicos recuerdos.

Sylvia continuaba sola. Había tenido muchos romances, pero ninguno lograba compararse con aquel amor salvaje y lujurioso, pero a la vez tierno y delicado que compartió con Gabriel, besándose en la iglesia, tocándose debajo de la mesa en presencia de sus padres, desafiando la compostura y lo políticamente correcto.

Varias veces estuvo Gabriel a punto de perder su empleo, pues se encerraba durante días con Sylvia en una habitación de hotel y hacían el amor hasta desgastarse. Al amanecer, pedían desayuno en la cama y la pasión volvía entre sábanas embarradas de mermelada y fruta mallugada. Comían y se amaban, se bañaban y se amaban bajo la ducha caliente; luego Gabriel caía exhausto, mientras Sylvia escribía los relatos por los que ahora era reconocida en la mitad del mundo.

Cuando le escribió a Gabriel para informarle sobre su regreso, había pensado en todo eso: “Vuelvo a la ciudad por pocos días; me encantaría poder compartir mi éxito con el que lo ha hecho posible en gran medida. Avísame si podemos vernos. Besos. Syl.”.

Como si Gabriel hubiese estado esperando ese correo durante los dos últimos años, la respuesta llegó 3 minutos después: “!Qué grata noticia! Me encantaría verte, pero salgo para Argentina en viaje de negocios el mismo día de tu llegada, un par de horas después. Tal vez podamos encontrarnos en el aeropuerto y te invito un café sin azúcar y con el amor de siempre”.

Sylvia tenía una mezcla de sentimientos encontrados. Pensó en la mala coincidencia, aunque existía la posibilidad de verlo, si su vuelo no se retrasaba. Por un lado le alegraba, pero por el otro, sentía que un par de horas no serían suficientes con él. Finalmente dejó de lamentarse por sus carencias y aprovechó lo que el destino le estaba ofreciendo.

Comenzó entonces a preparar sus maletas y a escoger su ropa de viaje. Debía ser cómoda para soportar el largo vuelo, pero lo suficientemente sexy como para provocarlo apenas la viera. Encontrar ese punto intermedio en pleno invierno, era un verdadero reto. Optó por una falda de tweed verde botella, un sweater de lana blanco cuello tortuga y sin mangas, mallas de algodón gris semi traslúcido y botas negras con tacón de vértigo.

Envió un correo a su familia para notificarle un supuesto cambio en la hora del vuelo e informándole que no la buscaran en el aeropuerto, pues tenía cómo llegar a casa. Todo el vuelo se la pasó Sylvia entusiasmada, tramando su encuentro con Gabriel y las cosas se dieron tal como las planeó.

Al bajar del avión fue directo al baño para lavarse y maquillarse de nuevo. Acomodó los rizados cabellos y atomizó un par de veces aquel perfume que a Gabriel lo encelaba de inmediato. Cuando salió de allí camino a la correa del equipaje no parecía la misma que había atravesado el Atlántico minutos antes. Resplandecía de emoción, pero sobre todo, de deseo.

El universo conspiraba a su favor: su maleta fue la segunda en salir y su pasaporte europeo le dio rápida salida en la Aduana. Cuando las puertas automáticas se abrieron se tropezó con la sonrisa blanca, amplia y fresca del mismo Gabriel de hace un par de años. Sólo unas canas sueltas en las sienes evidenciaban el tiempo transcurrido, pero a Sylvia le parecieron irresistiblemente sexys.

Se fundieron en un abrazo eterno que pareció detener el tiempo, a pesar de los tropezones de la gente, las maletas y los taxistas ofreciendo casi a gritos sus servicios. Se separaron brevemente para reconocerse de nuevo. Sylvia tomó el rostro de Gabriel con sus dos manos y lo miró a los ojos; el brillo seguía allí, intacto, tal vez hasta más fuerte.

- ¿Vamos por el café?, preguntó él.

- Sí –respondió Sylvia- pero yo escojo el lugar, finalizó.

Tomó a Gabriel por una mano, miró entre la multitud y preguntó a un taxista joven y guapo que insistía en llevarlos: “Necesito tus servicios por un par de horas”, le dijo.

- ¿Hacia dónde se dirige la señorita?, preguntó.

- No me importa, sólo necesito que conduzcas y nos traigas de vuelta exactamente en dos horas.

El taxista aceptó por una tarifa alta que Sylvia pagó de inmediato y con un veinte por ciento adicional como propina. Gabriel no entendía lo que Sylvia tramaba, pero sabía que de sus inventos él siempre salía bien parado. Volvió a su paladar ese sabor rancio que le producía la excitación, la aventura de lo inesperado y el deseo sin frenos que le producía aquella mujer de cintura ínfima, piel de oro y labios carnosos y suaves. Se dejó llevar por su mano, como tantas otras veces, rumbo a lo deliciosamente desconocido.

Subieron al taxi. Sylvia se alegró de haber escogido sin saberlo uno grande y espacioso, con vidrios como espejos que reflejaban todo y no permitían ver el interior. Comenzó a avanzar por la gran autopista que conducía a la ciudad, al tiempo que Sylvia y Gabriel se tocaban y besaban la cara, las manos, los labios, los cabellos. Se miraban sin decir nada, sólo recordando tiempos mejores y celebrando aquel insólito encuentro. Además, no había mucho tiempo y las palabras en realidad, sobraban y estorbaban.

Comenzaron a desnudarse sin despegar sus labios, ni el taxista sus ojos del retrovisor. Lo más difícil fueron las botas, pero superada la dificultad, Gabriel acarició y besó cada dedo de sus pies perfectos, cosa que a Sylvia excitaba sin control. Siguió subiendo por sus piernas, recorriéndolas suavemente con la punta de su lengua. Hizo parada en sus rodillas para mordisquearlas suavemente y sentir los espasmos de Sylvia, mitad cosquillas, mitad placer.

El taxista se esforzaba para no serpentear entre los canales de la autopista. Sylvia cerraba los ojos invadida de placer, pero a ratos los abría y miraba fijamente los ojos verdes de pestañas rizadas que se clavaban en los suyos a través del espejo. Le gustaba aquella escena, sonreía levemente y se mordía los labios lanzando gemidos entrecortados.

Gabriel ya había llegado a la estación central del cuerpo de su amada. Bebía sediento el zumo de su fruta preferida. Nunca había podido olvidarla, pero ahora se percataba de su delicioso sabor, aderezado con la sal de sus dedos, que le ayudaban a abrirle el camino hasta la pulpa más jugosa y madura. Sí… Sylvia era ahora una mujer exquisita y madura, serena y centrada, segura de sí y más lujuriosa que nunca.Sylvia dirigía los movimientos de su amado con una mano, mientras con la otra apretaba sus senos liberados de la lana y a ratos la llevaba a su boca para ensalivar los dedos que recorrían su cuerpo con toda la intención de ser vista y deseada por el taxista, que ya conducía sin ver el camino, con una mano al volante y la otra restregando con fuerza su enhiesta verga liberada hace mucho del estrecho pantalón. Al principio él esquivaba la mirada de Sylvia, temiendo su enojo, y se conformaba con escuchar sus gemidos y el chasquido de los labios y la lengua de Gabriel en el sexo de su pasajera; pero al poco tiempo, al ver la mirada desafiante de Sylvia y su esbozo de sonrisa, reacomodó el espejo para apreciar mejor la escena. Veía los senos estrujados de pezones rígidos como los botones de su taxímetro, la boca húmeda y mordisqueada y la línea blanca en la que se convertían los ojos de aquella mujer mientras era saboreada, deglutida, engullida con avidez por ese hombre tan envidiado.

Llegando casi al caos citadino, cambiaron de posición y Sylvia montó a Gabriel sin piedad y con furia. El taxista podía ver la cabellera rizada saltando alegre sobre los hombros delicados de aquella mujer, los senos danzantes, la sonrisa ahogada en gritos al trote del placer. Agradeció el pesado tráfico del mediodía capitalino, pues pudo atender menos el camino y más aquella escena en vivo por la que no había pagado, mejor aún, por la que le habían pagado tan bien.

Mientras tanto, Gabriel estaba en la cúspide de la excitación. Había olvidado los límites a los que esa mujer podía llevarlo.

- Cuánto te extrañaba, mujer mía, dijo Gabriel con la respiración agitada y continuó: fuiste, eres y seguirás siendo siempre MI MUJER.

Seguidamente Sylvia pronunció, con pasmosa lentitud sus palabras, dejando un suspenso eterno entre cada frase:

- No, cariño mío… dejé de ser tuya… en el preciso instante… en que escogiste a otra… pero fíjate… qué paradoja…. Aaahhh… ahhhha… en el mismo momento… en que dejé de ser tu mujer… comencé a ser de otra persona…

Gabriel quiso parar, pero Sylvia arremetió con sexo duro y desenfrenado que la acercó al abismo de sus inmensos orgasmos. Justo al borde, casi sin aliento, concluyó:

- Dejé de ser tuya….. aaaaahhhhh…. Para comenzar a ser…. Completa y ….aaaah aaahaa aaaaaaahhhh absolutamente… aaahhh… dueña de míiiiiiiiiiii………..aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh…

El orgasmo de Sylvia fue brutal. Gabriel tenía las piernas empapadas de un líquido tibio y transparente y el ego de un agua helada y turbia que lo dejó totalmente desconcertado. No podía cerrar la boca ni espabilar, no podía reaccionar ante tan cortante e inoportuna confesión. Pero lo peor –o lo mejor- aún estaba por suceder. Sylvia acomodó sus rizos, desmontó a su semental desinflado y le dijo:

- Con tu permiso cariño, ya casi llegamos al aeropuerto. Espero que no te importe que mientras te vistes yo le pague al taxista por sus excelentes servicios.

Sin esperar respuesta, Sylvia alargó sus estilizadas piernas para acomodarse en el asiento delantero; se inclinó sobre el chofer atónito y engulló su más que lubricado falo que envolvió con lengua, paladar y garganta; una cueva caliente y deliciosa, estrecha y cómoda a la vez que lo llevó al borde de la agonía.

Gabriel se vistió rápidamente y obcecado, salió del taxi dos cuadras antes de llegar al terminal aéreo, dando un portazo de indignación que ni chofer ni pasajera escucharon, pues se ahogó entre los gritos de placer de un orgasmo que dejó el parabrisas blanco como un papel, sobre el cual Sylvia escribió su siguiente historia.

5 comentarios:

Castigador dijo...

Muy bueno tu relato, cargado de erotismo y pasión. Te invito a mi blog, desde ahora habrá un enlace al tuyo, porque me parece muy interesante.

http://amantesdelsado.blogspot.com

La Negra dijo...

Absolutamente feminista.
Alzo mi copa para brindar por Silvia!
Mujeres al poder, jajajajajajaj

Anónimo dijo...

Me encantó tu relato. En extremo sensual e inesperado. Pero lo que más me gustó fue el título y su doble sentido. En realidad fue la "última parada" del pobre Gabriel... bravo por la creatividad!

Alí dijo...

Mucho con demasiado, esta de concurso, eres la mejor!!!!

Oscuridad dijo...

Sencillamente, me encantó. Demasiado excitante...