domingo, 14 de diciembre de 2008

La Historia tras el tatuaje


Matilde viajaba sola por primera vez en sus treinta y ocho años de vida. Partía hacia Philadelphia a una importante reunión de trabajo y decidió gestionar con el jefe algunos días de sus muchas vacaciones acumuladas para hacer una parada en Miami y renovar su armario.

Viajar sola le preocupaba un poco, pero al mismo tiempo quería arrancarse esa fama de mojigata, de mujer siempre en el término medio de todo, ajena a los extremos de cualquier clase, clásica en demasía y aburridamente conservadora.

Miami podía ser un lugar para probar nuevas cosas, como podía serlo cualquier otro destino, pero en este caso, sería Miami el escenario de la cana que Matilde se atrevería a echar al aire.

Cuando las ruedas del avión chillaron en la pista del Miami International Airport, el corazón de Matilde dio un vuelco pensando en qué haría, que aprendería, qué experiencia se llevaría de vuelta a casa al finalizar ese viaje.

Soltó la maleta en el hotel y se fue de compras. Encontró que su talla era completa, que todo lo que se probaba le sentaba bien y le resultaba muy económico, por lo que las bolsas y paquetes en sus manos aumentaban vertiginosamente al mismo tiempo que su ánimo.

La tarde la sorprendió cansada de caminar el mall, por lo que decidió llegar hasta Miami Beach y pasear contemplando el ocaso. Ocean Drive la dejó ver la variopinta comunidad mayamera, excéntrica, opulenta, pero sobre todo, relajada, desprejuiciada, tan distinta a aquella mediocre y falsamente pudorosa que la esperaba al regreso.

Paró en un bar latino donde hermosas y jovencísimas chicas bailaban salsa casino con corpulentos cubanos. Se sentó en una de las mesas de la acera, para contemplar todo lo que sucediera a su alrededor. Pidió un mojito y lo bebió rápidamente; pidió el segundo, luego el tercero, mientras por la calzada transitaban Drag Queens, una mujer de cabello rosado, un negro con pinta de chulo que llevaba kilos de oro y diamantes guindados de su cuello. Volteó hacia la calle y vio pasar los más hermosos carros deportivos, así como los más extravagantes, como un Mazda cubierto totalmente de pequeños mosaicos de espejo, o los más costosos como un Rolls Royce blanco e imponente que estacionó justo frente a ella, al tiempo que el chofer, que permaneció en todo momento dentro del carro, hablaba por el celular y le enviaba a Matilde miradas lujuriosas y uno que otro beso.



El juego divertía a Matilde, y los mojitos ayudaban a desinhibirla cada vez más. El cruce de miradas, besos y sonrisas entre ella y el chofer, se vio súbitamente interrumpido por la mano de uno de los cubanos que la invitaba a la pista a bailar. Por un momento le dio vergüenza y rechazó la propuesta, pero cuando aquel moreno de sonrisa blanquísima le insistió, pensó en el propósito inicial de su viaje y accedió.

La pista estaba llena de latinos que bailaban muy bien y de gringos que lo hacían muy mal y sin embargo lo disfrutaban. Matilde se encontraba en un seguro término medio, como su vida misma, en la que no destacaba pero tampoco hacía el ridículo. La salsa pasó a merengue y el merengue pasó a bachata.

Los inmensos brazos tatuados de su pareja, la atrajeron fuertemente. Matilde pudo aspirar el amaderado aroma de su cuello, mientras sentía la mano de aquel hombre que bajaba sin permiso desde la cintura hasta las nalgas, primero suavemente, luego haciendo una leve presión que la empujaba sin freno hacia la endurecida pelvis de aquel experto bailarín.

- Me encantan las mujeres que usan hilo dental, le dijo a Matilde al oído. Ella sólo alcanzó a sonreír; se necesitarían unos cuantos mojitos para avanzar más de allí.

- A mí me encantan tus brazos tatuados, respondió ella tratando sin éxito de suavizar un poco la intención de la conversación.

- No sólo tengo los brazos tatuados, respondió con tono de picardía y continuó: cada año me hago un tatuaje, y ya llevo 17 años en Miami… ¿cuántos tienes tú?

- Yo no vivo aquí, respondió Matilde imaginando cuáles tatuajes tendría y dónde. Estoy de vacaciones, concluyó. El bailarín soltó una carcajada de niño y le replicó: “no me refería a los años, sino a cuántos tatuajes tienes tú”.

-¡¡NINGUNO!!, respondió Matilde casi indignada, estúpidamente indignada, como si tener un tatuaje fuera un delito. Se avergonzó de su infantil actitud y trató de enmendarlo sincerándose con su pareja de baile: “en realidad siempre me han atraido los tatuajes, pero nunca me he atrevido a hacerme uno.

La conversación enfrió un poco el calor de un instante atrás, pero al mismo tiempo se tornaba interesante para ambos. El chico la llevó de nuevo a su mesa y le invitó el cuarto mojito, esta vez de mango, más dulce, más traicionero. Lo bebió como un refresco y rápidamente llegó el quinto, nuevamente de la mano de Saúl (apenas ahora sabía cómo se llamaba aquel morenazo sensual), mientras continuaban con el tema del tatuaje.

-A la vuelta de la esquina está mi amigo Luis, el mejor tatuador de Miami -le explicó a Matilde-. Si quieres te puedo llevar, trabaja toda la noche.

Nuevamente comenzó Matilde con sus remilgos de niña tonta, que luego de cinco mojitos, hasta a ella le resultaban insoportablemente tontos. Comenzó a poner excusas, por lo que Saúl le dijo: ve sin compromiso alguno, mira sus diseños, escucha sus sugerencias; si no quieres hacértelo, regresas y te invito otro mojito; si te atreves, regresa también y celebraremos tu primer tatuaje con un mojito!

Matilde apretó los labios en una sonrisa de duda, pero finalmente aceptó. Dejó la cuenta abierta, pues en cualquier caso regresaría al bar. Saúl la tomó de la mano y se fueron abrazados hasta la esquina.

Saúl presentó a Matilde y a Luis y regresó rápidamente al bar. Matilde vio los impresionantes diseños colgados de las paredes y explicó sus temores, que Luis, gracias a su vasta experiencia, interpretó como barreras mentales más que verdaderos miedos. En el fondo Matilde ansiaba un tatuaje que la hiciera única, que la ayudara a romper sus moldes y que secretamente la volviera un poco irreverente.

Finalmente se decidió por una enredadera de flores multicolores que adornara su bajo vientre y disimulara la cicatriz de su cesárea.

El efecto de media docena de mojitos en la cabeza de Matilde la hacía reírse de la situación y no pensar mucho en el dolor que se acercaba. Pero apenas la aguja comenzó su ronroneo sobre la piel virgen y lozana, Matilde apretó los ojos, los dientes y las manos y comenzó a sudar copiosamente.

Luis era un artista experto que trabajaba con rapidez y envidiable pulso, sin embargo ese diseño tardaría por lo menos una hora.

- Debes relajarte, trata de respirar profundo y no moverte, dijo Luis con tono casi paternal. Pero Matilde no lo lograba.

- No pensaba que dolería tanto!, gemía.

- El dolor es mental; fíjate que no hay memoria para el dolor. Por mucho que te duela un golpe, luego es difícil recordar cuánto realmente nos dolió. Mientras más relajada estés, menos dolor sentirás. Si quieres tomamos un pequeño receso y te ayudo a relajarte.

Matilde asintió con cara desencajada. Luis comenzó a ayudarla a respirar y concentrarse en su respiración, a que escuchara únicamente el sonido de sus inhalaciones y exhalaciones y no el motor de la aguja. Se quitó los guantes de látex y comenzó a ejercer pequeños puntos de presión en sus sienes, en su ceño, en su cuello y hombros, pidiéndole que se relajara y escuchara sólo su respiración.

Continuó con su caricia potente pasando por el centro del pecho, el abdomen, los huesos de la pelvis. Acarició los primeros trazos de tinta, pero cuando la palma de su mano grande y gruesa tocaba aquellas flores, los dedos rozaban el comienzo de su pubis, al que le daba pequeñas palmaditas, cada vez más abajo.

Matilde seguía respirando, pero el ritmo había cambiado drásticamente. Luis se atrevió a abrirse paso dentro de la elástica del hilo dental de Matilde. Entraba y salía de aquel bosque tropical sin pedir permiso más que concedido por la sola expresión de placer en la que se había convertido el rostro de Matilde, surcado segundos antes por el más intenso dolor.

Un minuto más tarde el dedo medio de Luis ensortijaba el vello púbico de una mujer que no parecía estar allí, sino en la estratosfera. Cinco minutos más tarde aquellos inmensos dedos separaban los labios húmedos y carnosos de su vulva hambrienta. Con voz suave y ritmo constante, Luis seguía repitiéndole que respirara y se relajara, diciéndole que todo estaba bien… muy bien… pidiéndole que se liberara, que permitiera que entrara en aquella sala a la Matilde que ella era y que dejara salir a todas las Matildes que la coartaban y limitaban.

Como un mantra mágico Luis le decía a Matilde todas las cosas que por años había necesitado escuchar, mientras la experta mano del artista le tatuaba un orgasmo lento, profundo e infinito que la impregnó de una tinta invisible pero indeleble de liberación y encuentro con ella misma.

La energía que un momento atrás había servido sólo para producir dolor y pánico, se transformó en energía liberadora, emancipadora, enriquecedora. Matilde culminó su orgasmo con una sonrisa y una última exhalación larga y silente. Su respiración era lenta y controlada, casi imperceptible. Estaba relajada.

Luis lavó sus manos con solución desinfectante, se colocó un par de guantes nuevos y culminó su enredadera de flores en tiempo récord. Luis, Saúl y Matilde brindaron con mojitos hasta cerrar el bar, para luego practicar sus ejercicios de inhalaciones y exhalaciones con una gasa en el bajo vientre y dos hombres empeñados en continuar liberando a la nueva Matilde tatuada.

3 comentarios:

Lydia dijo...

Preciosa la historia de Matilde y su enredadera tatuada... asi como el desenredo de sus miedos, de sus temores liberados con mojitos y tatoos.

Besitos.

La Negra dijo...

Ufff!..... Ufff! Ufff! Ufff!

Sirenilla dijo...

Para devorarla de un sólo trago!. Me encantó ese relato de Matilde y su tatuaje. Son esas lineas las que te caracterizan. Me he convertido en tu fan Nro 1. BRAVO!!!