domingo, 23 de noviembre de 2008

Dos Meñiques


Entre tantos centímetros, metros cuadrados de piel, limpia, lisa y brillante por el tímido sudor que comenzaba a perlarla, destacaban los dedos meñiques de sus respectivas manos derechas. Danzaban por aquellos cuerpos como dos niños negritos perdidos en el norte de Finlandia. Vagaban inciertos por el cuerpo ajeno, dejándose llevar por las manos de las que formaban parte, ingenuos, desatentos, creyéndose imperceptibles, sin saber que, esa madrugada, eran dos manchas visibles que inocentemente iban marcando el recorrido de aquellos cuerpos tan conocidos y sedientos.

La tinta violeta en la que horas antes habían sido sumergidos los meñiques de sus manos derechas, no se borraría en un par de días, dejando constancia de lo que horas antes habían protagonizado: el ejercicio del voto, uno de los pocos derechos democráticos que aún quedaba incólume en aquel país con más coincidencias que diferencias, aunque estas últimas se hubieran marcado más profundamente, en el afán de su mandatario por gobernar a través del odio y el terror, y no mediante la paz y la unión de sus ciudadanos.

Allí estaban esos dos meñiques, horas después, luego de infinitos minutos de espera e incertidumbre, cruzados, restregados, mordidos de ansiedad frente al televisor a la espera de los resultados electorales. Allí estaban... liberando el estrés de aquellas interminables horas, paseándose ahora por esa otra piel, tan ajena y a la vez tan conocida, celebrando el triunfo con un encuentro terriblemente apasionado, que parecía descargar en él toda la tensión del día y de los días anteriores, arrancando quejidos liberadores de las gargantas y espasmos eléctricos de los cuerpos.

El meñique violeta de ella se asía débilmente al cabello de su amante, de sus mejillas cubiertas de un vello puntilloso y cano, de su cuello, para seguir luego un recorrido sinuoso y estremecedor por aquella llanura ancha y sosegada que era la espalda de su hombre.

El meñique índigo de él, dibujaba junto al anular, el medio y el índice, la circunferencia rosada de los pezones de su amada, para luego bajar lentamente hasta su sexo, haciéndose paso por entre la ropa interior. Como un cazador en medio de la selva, el oscuro meñique apoyó al pulgar en el trabajo de hacer espacio entre la maleza, para dejar al dedo medio hacer su impecable trabajo de iniciación al amor sin barreras. Entre aquella sombría espesura la punta de aquel pequeño dedo se camuflajeaba y se escondía... pero cumplía como un buen soldado.

Afuera, la noche se cubría de fuegos artificiales y el ruido de las caravanas apagaba el sonido del amor, que esta vez también sonaba a victoria, a alivio, a esperanza.

El meñique femenino, entintado y negruzco, recorrió una y otra vez la virilidad de aquel hombre excitado, primero lentamente, para luego y sin perder el compás, convertirse en un vaivén desaforado, en un borrón violáceo, en un celaje de tinta que fluía de arriba a abajo sobre aquel falo firme a punto de desbordarse.

Poco tiempo después el meñique robusto de aquél hombre acompañó al resto de sus iguales –hoy para nada iguales- en la decisión de tomar a aquella hembra en celo por las nalgas y levantarla en vilo para ser penetrada en el sitio, mientras que el débil y absorto meñique de ella se sostenía torpemente en la lisa y resbaladiza frialdad del concreto.

La acrobacia terminó en la cama, justo antes de perder el equilibrio, para dejar que las sábanas absorbieran la transparencia de sus sudores, sus salivas y sus espermas y se evaporaran con los primeros rayos del amanecer, mientras que los pequeños protagonistas de esta historia, se fundieron en otra mano limpia entrelazada y feliz, para entregarse a un orgasmo libre y lleno de energía, como el país que latía afuera.

2 comentarios:

Lydia dijo...

Dedos democráticos... dedos juguetones, dedos meñiques.

Muy bonito...

Anónimo dijo...

Un relato muy interesante y original, me gustó. Un saludo.

http://palabrasenllamas.wordpress.com