sábado, 18 de octubre de 2008

Seis Sentidos


Todo entra por los ojos. Es el sentido más evidente, el más obvio. Lo que los ojos ven, el cerebro lo completa y luego nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios –buenos o malos- le dan forma y significado.

Yo no fui la excepción. Primero entró por mis ojos y lo que vi no me disgustó en absoluto. Su piel morena, sus músculos firmes y definidos sin exageración, en la justa medida, como dándose su espacio propio, como ocupando su humanidad con el derecho que le han dado tantas horas de duro entrenamiento. Su cabeza afeitada al ras -no sé por qué me parece tan sexy ese “look”-, su energía contagiosa, su mirada de muchacho pícaro y ese dragón tatuado en su espalda, desafiante y retador: “Si te acercas te quemo” parece decir.

Fue una imagen agradable sin duda, pero yo me obligué a hacerla efímera. Las ideas en mi mente eran sugestivas pero las consideraba inalcanzables, así que deseché inmediatamente cualquier posibilidad de acercamiento entre él y yo. Todavía allí tenía el control de una situación que rápidamente se saldría de mis manos.

El asunto se complicó cuando esas imágenes guardadas en la trastienda se mezclaron con los sonidos. El tono ronco de su voz era agradable de por sí, sin contar con ese ademán de su boca al hablar. Pero lo verdaderamente cautivador era lo que decía. Su discurso, coherente y contundente reflejaba el intelecto apasionado y feroz del autodidacta, la serenidad y sapiencia del que ha rumiado muchas noches su ideología, la firmeza del que no se doblega ante nada y la emoción de aquel que siente que aún le falta todo por conocer.

Pensar en él ya no era sólo un cúmulo de músculos en movimiento; ahora era idea y músculo, imágenes con sonidos que me inspiraban una curiosidad pecaminosa. Quería saber más... ¡quería ir más allá!!

Una noche, en un acercamiento que sobrepasó los límites de lo “políticamente correcto” –si es que existen tales límites... ¿según quién?, en todo caso-, pude sentir su olor. El olfato tal vez sea mi sentido menos desarrollado, sin embargo me encantó su perfume. Sensual, masculino, limpio, divino. Sencillamente quería quedarme pegada a su cuello, aspirando ese aroma sensual que mezclado con su olor corporal me decía a gritos “Te deseo”.

Yo también quería contestarle... y a lo mejor lo hice con mi propio aroma, con mis feromonas disparadas, con todos mis poros erizados por la proximidad de su aliento. Y allí entramos en mi terreno, en mi gran debilidad, en el Sentido por antonomasia, al menos en mi caso: el tacto.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano, y para mí, definitivamente el más sensible. A veces creo que su mirada, su voz, su perfume incidieron directamente en mi piel, antes que en cualquier otro lugar. Su mirada, su voz, su perfume prepararon a mi piel para recibir su amor, para entregarle el mío, para construir este maravilloso micro mundo en el que ahora estamos inmersos. Su mirada, su voz y su perfume abrieron mis poros para la ofrenda, abonaron el terreno para las caricias, para el amor.

Cada mirada que él me da, incluso cuando no lo estoy viendo, se siente en mi espalda; cada palabra de amor, escuchada o leída, me lanza un corrientazo medular que me hace contorsionar, erguir mi cuerpo todo, respirar profundo como queriendo absorber su esencia. Su aroma de hombre encelado, su perfume varonil y seductor, penetra mi pituitaria e impregna la piel debajo de mi piel... de adentro hacia afuera, para expeler su mismo aroma a sexo y a pasión.

Finalmente... su sabor... el sabor salado de su piel, dulce de sus besos, amargo de su semen. Ese cóctel de texturas que combina la lisura de su piel, la humedad de su lengua, lo áspero de su barba de dos días, su glande esponjoso, sus testículos rugosos y huidizos dentro de mi boca. Esa degustación de placeres que produce su saliva cuando me besa, su sudor sobre mi cuerpo en una batalla de sexo infinito, la sal de una lágrima evaporada de emoción...

Él sabe a cielo, a gloria, a pasión y amor. Ha llegado a convertirse en mi platillo predilecto, el único que deseo probar cada día, él único que me alimenta y me llena de vida.

Ahora... luego de encontrarme en sus oscuros ojos y encelarme con su cálida voz; después de hacer mío su perfume y saborear su cuerpo entero, soy capaz de intuirlo sin haber llegado, de recrearlo en mi mente, sobre mi cuerpo, dentro de mi cama con sólo invocarlo. Ahora siento lo que él siente, amo lo que él ama, vivo y comparto su esencia más pura. Y ya no se trata de ese sexto sentido del que todas las mujeres alardeamos. Ahora es simplemente que soy él, y él, yo.

6 comentarios:

La Negra dijo...

Señora, yo con usted una vez más, me quito el sombrero. Dios, qué cosa más hermosa!

Alí dijo...

Sencilla y complejamente maravillosa, estoy donde estas. Cada palabra es una caricia que voy a retribuirte, cada letra es un beso que falta por darte.

Lydia dijo...

Me he colado en cada uno de esos sentidos... con el visual que dices en primer lugar, aunque hay quién asegura que sin darnos cuenta el primero es el olor, no lo sé, la verdad, pero está claro que la vista juega el papel de enlace y lo demás tal y como lo has ido contando, hasta ese último sentido imperceptible y que es la unión de todos los demás.

Erotismo dijo...

AMIGA, creo que es tu mejor pot hasta ahora!!! precioso

SantoelDiablo dijo...

Me gustó, pero mucho. Compite con el del ciego...

José dijo...

Muy excitante. Me ha hecho retomar mi antiguo hobbie de escribir relatos eroticos.


José
Isla de Margarita

http://homenajehembra.blogspot.com