domingo, 28 de septiembre de 2008

Desafiando el Rating





Esta noche el programa de televisión parecía estar más interesante que de costumbre. En lugar del habitual “zapping”, él estaba concentradísimo en un programa que investigaba el caso de una mujer desaparecida años atrás.

Yo le hablaba intentando sacarlo de su ensimismamiento, pero contestaba con monosílabos y era evidente que no me ponía ninguna atención. Mi interés no estaba en el programa de TV sino en su espectador; había sido un día ajetreado y yo necesitaba liberar mi estrés de la mejor manera: haciendo el amor con mi hombre.

La tarea que siempre resultaba fácil, esta vez parecía titánica; me desnudé casi frente a él, me coloqué crema en todo el cuerpo -a él lo vuelve loco ver cómo me acicalo-, me acostaba de lado mirándolo fijamente, me daba vuelta y empinaba mi culo hasta casi rozar sus muslos y apenas lo que lograba era una breve caricia, una mirada instantánea o un beso prófugo.

Luego de ronronear como gata y desarreglar las sábanas con tantas vueltas, me quedé boca abajo, con la cara ladeada, mirando su cuerpo de chocolate, sus pestañas rizadas, sus lunares, su respiración lenta y acompasada, sus pies relajados al final del colchón. Todo lo que veía me gustaba y me excitaba. Era imposible no pensarlo en esa misma posición pero conmigo sobre él, penetrando mis entrañas, haciéndome bailar en la pista gigante de mi cama king size. Era inevitable ver sus manos y no recordarlas apretando mis senos como medias naranjas y lamiendo mis pezones para beber su jugo. Era irremediable no querer sentir el calor de su cuerpo y a esas alturas, era impostergable mi ardor.

Así que, decidida y a la vez un poco desinteresada, le pregunté: ¿“Me puedes hacer un favor?”. Claro, dime, contestó sin despegar la vista de la pantalla. “Permíteme tu mano un momento”, dije, al tiempo que yo misma la tomaba y la trasladaba hasta mi bajo vientre, con la palma hacia arriba.
Sus dedos comenzaron inmediatamente a hurgar el sector, a “apoltronarse” en aquel lugar mullido, tibio y conocido en el que cualquier parte de su cuerpo siempre encontraba la gloria.

Las yemas de los dedos parecían sofisticados sensores que encontraron en breves segundos el centro de mi placer. La ventaja de conocernos tanto es que no tengo que hablar para que él sepa lo que quiero y necesito en cada evento. Esta vez él sabía que lo que necesitaba era un movimiento tan suave, tan lento que fuera casi imperceptible. Más que hacer algo, debía no hacer nada y simplemente esperar a que llegara “el momento”.

Una vez encajada su mano en mi vulva -cómoda, cálida, calzada a la perfección entre mis pliegues y cavidades-, cerré mis ojos, abracé una almohada, estiré todos los músculos, respiré profundamente y me entregué a pensar y sentir, a fantasear y dejarme llevar con cada uno de los pensamientos que llegaran a mi cerebro, no importaba cuáles fueran.

Con mis ojos cerrados y mi imaginación abierta, las imágenes corrían a mil por segundo mientras sentía el levísimo movimiento de los dedos de mi hombre haciendo presión en mi clítoris como en cámara lenta. Cada presión parecía activar el botón para cambiar de imagen; así, en un minuto estaba en la sala de exámenes de mi ginecólogo, y al siguiente en el banco de una iglesia vacía y en penumbras al lado de un desconocido que tardó horas en llevar su mano desde su rodilla hasta mi sexo. Tan pronto me encontraba en la cama de un prostíbulo con un recién iniciado al que le daba lentas y precisas instrucciones para hacer sentir a una mujer, como al siguiente me encontraba en manos de un científico que colocaba en mi vulva un sofisticado aparato para medir la intensidad del orgasmo femenino.

Mi respiración se hacía cada vez más profunda y frenética. Aspiraba el aire y lo expulsaba haciendo un fuerte sonido y mi cuerpo comenzaba a moverse en espasmos y contorsiones que seguían el compás del suave vals de sus dedos, ahora un poco “in crescendo”. Mientras tanto, seguían visitando mi mente los más variados personajes y situaciones: un extraterrestre que me explicaba telepáticamente cómo hacían el amor en su galaxia y yo me asombraba de sentir tanto placer con un toque tan indirecto y delicado; un hombre hermoso al que yo era capaz de hacer eyacular sólo con ver mi cara de placer al masturbarme; una mujer que como mujer, sabía perfectamente lo que yo sentía y sólo se ocupaba de hacer lo exacto y preciso en el segundo siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente... el caballito de madera en el que tanto me gustaba balancearme de pequeña porque me hacía sentir –ahora lo sé- sensaciones emparentadas por consanguinidad con éstas que estaba sintiendo; la lengua del primer hombre que me hizo sexo oral y que me produjo unos temblores incontrolables y un hormigueo en las manos y la cara que me hicieron pensar que moriría en el acto.

Mis ojos se entreabrieron y encontré a los de mi hombre mirándome fijamente, como traduciendo cada gesto mío, cada respiración, cada apretón de dientes en un movimiento –ya nada suave- de su mano dentro de mí. No quería abrir más los ojos, no quería distraer mis fantasías, pero por el movimiento de la cama intuía que él también se autocomplacía con la otra mano.

Me aislé nuevamente del espacio exterior para seguir vagando en mi particular, lujurioso y superpoblado mundo interno. A esas alturas mi cuerpo se contraía y se estiraba de una manera inexplicable, la respiración de mi hombre estaba tan agitada como la mía y ambos nos zambullimos en un orgasmo brutal, visceral, incontenible como un río desbordado.

Lentamente retiró su mano de mi cueva, se la llevó a su boca y se alimentó de toda mi fuerza. Yo hice lo propio y tomé su otra mano para limpiar con mi lengua sus gotas de semen tibio, valeriana que lo calma todo. Nos miramos, sonreímos, nos besamos juguetonamente y sin mediar más palabras yo me entregué a un sueño profundo y él a develar el secreto de la mujer desaparecida.

4 comentarios:

Erotismo dijo...

Impresionante.... y qué veía el tio como para ni inmutarse????

lorenzo dijo...

no hay nada mejor de la escritura para vivir sensaciones... y tu eres muy buena... y lo mejor es que siempre hay la duda que sean hechos reales o fantasias, pero cuando estan tan bien escritos opino por la fantasia... quizas se un dìa sabre' la verdad...

La Negra dijo...

Me encantaron tus fantasías! Eres una fuente de placer imaginativo, o quizás podría decir, de imaginación placentera... o un poco de ambas cosas.

20 sobre 20, una vez más!

La Negra dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.