viernes, 22 de agosto de 2008

Verano Invisible


Salir tan sólo a la puerta de mi casa en temporada de verano es una tarea difícil, extenuante y casi imposible.


Mientras muchos de mis amigos “bloggers” se despiden para disfrutar de unas merecidas vacaciones en alguna playa paradisíaca o una isla ardiente, yo debo quedarme en donde vivo: una isla ardiente con miles de playas paradisíacas que se llena de gente buscando sol, alcohol, ofertas y diversión desenfrenada.


Es decir, que todos salen de sus ciudades a descansar y llegan a la mía para “caotizar” mi pacífica cotidianidad. El tráfico se hace insoportable, los centros de compras colapsan, las playas se alfombran de gente y uno trabaja más que en cualquier otra época del año.


Esta invasión que llega cual marea roja cada agosto, carnaval, semana santa o navidad, aísla al nativo dentro de su propia isla y lo obliga a olvidarse de sus siestas vespertinas, ceder su puesto de estacionamiento favorito, perder más de una hora para cobrar un cheque en el banco, anotarse en lista de espera en su restaurant de costumbre y olvidarse de los paseos a la playa hasta nuevo aviso.


Además, parece que nos volvernos transparentes e invisibles al ojo del turista. Al no vestir con pantalones cortos, ni portar un bronceado de camarón, como que perdemos la capacidad de ser vistos por el ojo del visitante. Pasamos a ser, sin aviso y sin protesto, los “raros” del lugar.


Esto lo pude constatar recientemente, cuando tuve que ir con mi novio al centro comercial más famoso y concurrido de la isla a encontrarnos con un cliente.


Previendo el caos vehicular, llegamos a la cita con suficiente antelación, lo cual nos dio tiempo para curiosear en una boutique de ropa playera artesanal que me encanta. El local estaba repleto de gente y las vendedoras no se daban abasto para atender las demandas de los potenciales compradores. Todos pedían colores, tallas y modelos diferentes; los puntos de venta estaban colapsados y el aire acondicionado renunciaba a su tarea de refrescar el lugar.


Yo hurgaba pacientemente un perchero, cuando una chica pasó muy cerca y con las bolsas que llevaba en la mano araño mis piernas sin darse ni cuenta. Allí comencé a pensar sobre esto de la “transparencia del nativo”. Se lo comenté a mi novio justo en el momento en que otra chica lo pisaba fuertemente, aunque ésta ni pareció notarlo.


Minutos más tarde una camisa pasaba volando por sobre mi cabeza despeinándome y una señora casi me arranca de la mano el bikini que yo estaba contemplando.


- Pero… ¿es que nadie me ve? Dije en voz bastante alta…


Nadie respondió ni pareció enterarse de mi molestia, mientras mi novio sonreía asombrado.
El barullo continuó unos minutos hasta que se hizo insoportable y le pedí a mi novio que nos fuéramos de allí; quería internarme en mi casa hasta octubre!


Él volvió a sonreír pícaramente, me tomó de la mano para detener mi estampida y me dijo:


-Cálmate… mira el lado positivo de este infierno. Nadie nos ve, no nos toman en cuenta… somos invisibles!! Podemos hacer lo que nos dé la gana y nadie lo notará.


Inmediatamente capté lo que su mente lujuriosa y traviesa estaba tramando y me relajé, dispuesta a divertirme en medio de aquel caos. Me dejé llevar por su mano, que me condujo disimulada pero decididamente hacia los probadores.


Tuvimos que esperar unos minutos hasta que se desocupara alguno, minutos que supe aprovechar, dándole besos suaves y tocando su entrepierna a través del pantalón, que no lograba disimular en nada su inminente erección.


Yo sonreía nerviosa, le decía que no iba a atreverme a hacerlo, pero en el fondo, era lo prohibido de la situación lo que detonaba en mí un impulso sexual desmedido e incontrolable.


Finalmente salió del probador una montaña de ropa con una chica atrás. Para no variar, nos tropezó, dejando caer al suelo buena parte de la mercancía. Como éramos invisibles, ni siquiera nos disculpamos, sino que entramos rápidamente al probador antes que alguien notara nuestras intenciones.


Aún no alcanzaba a cerrar la cortina tras de mí, cuando mi hombre ya estaba levantándome la falda y acariciándome las nalgas. Me tomó por las caderas y me dio vuelta con cierta brusquedad; rápidamente sonó el ruido de su cremallera, ese sonido que siempre me anuncia buenas nuevas.


Su pene estaba tan erecto que podía colgarse en él toda la mercancía de la tienda; lo lubricó con mis propios jugos y empujó dentro de mí sin perder tiempo. Mis manos y mi mejilla izquierda reposaban sobre el frío espejo, aguantando las salvajes embestidas y un halo de vapor lo empañaba intermitente, marcando el ritmo de mi respiración.


Al principio yo intentaba controlar mis gemidos y gritos; sólo una cortina y un panel de madera de dos centímetros de grosor nos separaban del resto del mundo.


Mi dulce y brioso amante me dio vuelta, tomó mis nalgas y me levantó en el aire. Ahora era mi espalda la que sentía la frialdad del espejo, en contraste con el calor de su cuerpo musculoso y sus besos de lava dulce.


Continuó la embestida mientras yo lo abrazaba con mis piernas y colaboraba con el trabajo, moviendo acompasadamente mis caderas.


La contienda se hacía cada vez más intensa, más placentera, más incontrolable. Por un momento nos olvidamos del lugar, del riesgo, del mundo, y el orgasmo de ambos vino acompañado con gritos de placer.


Justo en el último suspiro, cuando apenas intentábamos incorporarnos, se abrió súbitamente la cortina y apareció una señora con cara de amargura y mucha envidia.


- Salgan de allí inmediatamente o llamo a seguridad, dijo, a lo que yo simplemente contesté, mientras me acomodaba la falda:


- ¡Vaya!!! ¡Parece que no somos tan invisibles!! ¡Bendito sea el verano!!


Tomé de la mano a mi hombre, y salimos sudorosos y satisfechos a encontrarnos con nuestro cliente.

3 comentarios:

Lydia dijo...

Muy bueno...
Es cierto, cuando quieres que te hagan caso, que te vean, que te escuchen nada... y para un momentillo que tienes para tí misma sin que nadie te moleste, siempre aparece alguien para importunar.

Teo Koan dijo...

caliente relato :)

La Negra dijo...

Buenísimo!!! Me moría de la risa con la tremendura. Me encanta siempre como describes las cosas, cito:
"...sonó el ruido de su cremallera, ese sonido que siempre me anuncia buenas nuevas."
y este ejemplo? "Su pene estaba tan erecto que podía colgarse en él toda la mercancía de la tienda" Maravilloso.
20 puntos amiga... y bienvenidos los sitios y situaciones no tan comunes para hacer el amor.