sábado, 30 de agosto de 2008

Vale la Pena Esperar


Hoy se cumplen dos años, dos meses y diez días de aquel en el que Aníbal y Mariella no pudieron aguantar sus ganas y se dejaron de rodeos. Una calurosa tarde de agosto, en un lujoso restaurante de platillos afrodisíacos y límpida vista al mar que fue testigo mudo de múltiples miradas cómplices y caricias por debajo de la mesa.

El restaurante estaba lleno de gente conocida que sólo los relacionaba como amigos de negocios. Ambos tenían mucho que perder: matrimonio, hijos, trabajo; una situación muy complicada, y por complicada, reprimida y condenada desde hacía mucho al terreno de lo prohibido, allí donde se guardan los sueños imposibles.

Aníbal suponía que su deseo era sólo suyo, mientras que Mariella, soñadora como siempre, lo veía como un ser inalcanzable y enigmático que jamás podría fijarse en ella como mujer. Pero esa tarde, el húmedo calor del verano ecuatorial lavó todo prejuicio y fue cediendo con pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de ambos cada vez que se rozaban.

La tarde se iba, dándole paso a una noche de luna llena que dibujaba una raya plateada sobre el mar, como dividiendo el terreno, como marcando los límites de cada uno. Pero había demasiado vino, demasiada buena música, demasiada agradable conversación. Tal vez hubiese sido prudente que Mariella se despidiera cuando el resto de los invitados comenzaron a hacer lo propio luego del café, pero los mariscos del almuerzo, el licor en sus venas y el ritmo cadencioso de los boleros le daban una valentía absurda que la hacía creerse dueña del mundo y, peor aún, dueña de sus actos.

Tranquila, tengo el control de la situación, sé hasta dónde puedo llegar” se decía con cada sorbo de vino, mientras orinaba en el baño, mientras se retocaba el maquillaje… y dejó de decírselo cuando vio a Aníbal reflejado en el espejo.

- Estás bellísima hoy, le dijo. Mucho más bella de lo que te veo en mis sueños.

- Yo también te he soñado, contestó Mariella. Es más, el otro día me desperté jurando que no había sido un sueño, fue demasiado real.

- Ah, sí? ¿Y qué soñabas?, le preguntó curioso mientras se le acercaba por detrás.

Mariella fue contándole los detalles de su sueño, mientras Aníbal la arrinconaba hacia uno de los cubículos, cerrándolo tras de sí. Mariella le decía que soñaba que él la acariciaba toda, mientras en aquel reducido espacio Aníbal metía la mano por debajo de la falda y le arrancaba de un jalón el bikini. Mariella le hablaba de la forma en que él la besaba en sus sueños, al tiempo que Aníbal le lamía el cuello y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, haciendo caer uno de los pendientes dentro de la poceta. Ella le explicaba la onírica embestida de un enorme miembro, justo en el instante en que Aníbal realmente la penetraba, decididamente, profundamente, completamente.

Aníbal quería seguir escuchando sobre el sueño, pero tuvo que taparle la boca a Mariella para que sus gemidos no se oyeran en la sala del restaurante, ahora casi vacío y próximo a cerrar.

Un orgasmo unívoco de gritos ahogados convirtió el sueño en realidad, o la realidad en un hermoso sueño que recordaría Mariella todos y cada uno de los días y las noches de los últimos dos años, dos meses y diez días, a lo largo de los cuales, los encuentros con Aníbal –cada vez más esporádicos- se llenaban de esperanza, pero al mismo tiempo de promesas imposibles de cumplir.

Con ese amor guardado allí, donde se guardan los sueños imposibles, Mariella continuó con su monótona vida, sacando cada vez menos el recuerdo de aquella noche de locura. Hasta hoy.

Esta tarde, una llamada telefónica sacó a Mariella del sopor dominical. Era Aníbal, como otras veces, deseándola a través del hilo telefónico, ofreciéndole su amor desmesurado, prometiéndole verla para darle todo el deseo acumulado en tantas noches de insomnio pensando en ella.

Mariella se había vuelto incrédula después de tantos juramentos incumplidos y le demostró su escepticismo por primera vez:

- “Si tanto quisieras verme, hubieras encontrado algún momento a lo largo de todos estos años, no crees?”

Pudo haber sido el sabor a reto de sus palabras o la angustia de sentir que estaba perdiendo su amor, pero en ese instante Aníbal desvió el rumbo de su auto mientras continuaba al teléfono, intentando convencer a Mariella de la honestidad de sus deseos. La conversación se mantuvo hasta que el timbre en casa de Mariella sonó, sobresaltándola.

- Espera un momento, están llamando a la puerta, le dijo a Aníbal por teléfono, para tropezarse inmediatamente con su rostro de ángel moreno, sonriéndole aliviado.

- Tienes razón en lo que dices, amor, dijo Aníbal mientras rodeaba con sus brazos la cintura de su amada que, atónita, aún tenía el teléfono en la oreja. - Finalmente he encontrado el momento. ¿Puedo entrar?

Aníbal no sólo entró a la casa de Mariella, también entró a su habitación, a su cama, a su cuerpo y a su vida. Recorrió su cuerpo con caricias prodigadas con sus manos, con su boca y su lengua ávida, con su piel en contacto directo con aquella otra tan recordada y recreada en sus noches más largas. Paró en la estación central de su clítoris para contarle de cerca sus fantasías más secretas; como un feligrés en el confesionario, Aníbal expió sus culpas mientras el sexo de Mariella lo absolvía sin penitencia alguna. La expurgación continuó sin tregua durante horas; las ganas guardadas por tantas lunas se desbordaron entre sábanas arrugadas, gritos a garganta abierta, embestidas de antología y orgasmos sinfín. Aníbal y Mariella se amaron con lujuria, con pasión, con ferocidad, con ternura. Rieron primero, lloraron después y volvieron a reír al no entender por qué lloraban. Se durmieron exhaustos, salpicados de semen y saliva, se despertaron, se ducharon y se volvieron a amar hasta que el ardor en sus sexos no les permitió continuar.

Hace pocos minutos que Aníbal se marchó, no sin antes jurarle mil veces a Mariella que volvería mañana, que lo esperara, que a partir de hoy la amaría todos los días.

Nadie sabe qué pasará. Sólo el tiempo lo dirá. Puede que mañana llamen de nuevo a la puerta, o puede que pasen otros dos años, dos meses y diez días para volver a tocar el cielo. Pero siempre valdrá la pena esperar.

2 comentarios:

Ali dijo...

Siempre, siempre vale la pena esperar....

Teo Koan dijo...

hola, nos estamos leyendo