sábado, 16 de agosto de 2008

El Invasor


Caminaba en la oscuridad guiada únicamente por la vaga memoria de aquella casa recién estrenada... El miedo a tropezar la hacía andar con pasos muy cortos, arrastrando los pies descalzos uno delante del otro, como novia indecisa camino al altar. Su respiración agitada era casi un jadeo que le secaba la garganta y le pegaba la lengua al paladar y la sensación de un millón de hormigas caminando afanosas por sus manos y su cara, la acompañaba en aquel camino incierto.


No estaba segura de lo que estaba pasando, pero intuyó de inmediato que algo tenía que ver con aquel mensaje de voz que había encontrado una hora antes, al encender su móvil luego de una interminable guardia nocturna en el hospital municipal. En él, una voz gruesa, familiar pero difícil de identificar le decía: “Por fin di con usted, doctorcita. Le tengo una sorpresa cuando llegue a su casa. Espero le guste. Sólo haga lo que se le pide y todo saldrá bien. Un beso”.


El tono de aquella voz no era amenazante; por el contrario, sonaba juguetona y divertida. Le preocupó sólo un poco, pues estaba habituada a recibir llamadas anónimas o subidas de tono. Eran muchos los hombres heridos o enfermos que iban a buscar ayuda en las manos benditas de aquella hermosa cirujana. A casi todos debía darles el número de su móvil para que pudieran contactarla por cualquier emergencia. En el noventa y nueve por ciento de los casos, las “emergencias” eran de índole muy distinta a la dolencia inicial. Algunos la llamaban para agradecerle su paciencia y buen trato -tan poco común en hospitales públicos-, otros, más directos, la invitaban a tomar un café después de su guardia. En una oportunidad incluso, la llamó un paciente quejándose de un fuerte dolor, y cuando ella comenzó a hacerle las preguntas necesarias para poder dar un diagnóstico, descubrió que en realidad lo que estaba haciendo el “paciente” era masturbarse con el sonido de la voz de su doctora a través del hilo telefónico.


Tales antecedentes hicieron que el mensaje de voz de esta noche no la alterara más de lo necesario y pensó, en todo caso, que encontraría en la puerta de su apartamento una flor o alguna nota indecorosa, que ella, por enésima vez, ignoraría con una sonrisa en los labios.


Exactamente eso fue lo que encontró. Pero no en la puerta de su apartamento, sino en su propia habitación, sobre la almohada de plumas de su cama, mientras se quitaba la ropa para darse un relajante y merecido baño caliente.


A que no adivinas dónde estoy y quién soy”... alcanzó a leer justo antes que, súbitamente, se fuera la luz en toda la casa, convirtiéndola en un hueco negro y mudo sin puntos de referencia.


A pesar del silencio ensordecedor que sólo era molestado por su propia disnea, ella sabía que él estaba allí, en cualquier rincón, tal vez observando con cierta burla sus movimientos erráticos intentando encontrar el tablero eléctrico y una explicación a aquel inusitado apagón. Apenas se escuchaba el ladrido de un perro lejano y más lejos aún, el golpe de las olas en el acantilado. Pero ella no escuchaba nada de eso. Sus oídos descartaban todo ruido innecesario para concentrarse en cualquier señal que le indicara las coordenadas de aquel huésped no invitado. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Le haría daño? ¿Cómo podría defenderse? Eran preguntas que la inquietaban mientras vagaba desnuda tanteando las paredes.


Llegó a la salita de estar, justo entre la habitación principal y la cocina, donde ella planificaba crear su estudio y donde se encontraba el tablero eléctrico. Súbitamente volvió la luz, obligándola a cerrar los párpados casi por completo, mientras sus pupilas se adaptaban nuevamente a la claridad. Con los ojos arrugados y apenas abiertos pudo divisar una silueta frente a ella, sentada en el sillón de lectura, sonriéndole y sosteniendo en la mano un pequeño interruptor.


El susto y la adrenalina que corría por su cuerpo hicieron darle la espalda a aquel sujeto para salir corriendo en sentido contrario a su presencia. Pero cuando apenas emprendía la huida, se hizo la oscuridad nuevamente, dejándola ciega otra vez.


“No tema doctorcita... le dije que todo iba a salir bien... prométame que cuando vuelva la luz no saldrá corriendo... Además, el paisaje de su cuerpo desnudo es un regalo que quiero darme con tranquilidad”.

Fue en ese momento, en medio de la confusión y el terror, que ella se percató de su desnudez. Ahora, además de asustada, estaba también avergonzada frente a aquel desconocido y sus confusas intenciones. Quiso correr con más fuerzas aún, pero no veía nada; con seguridad se haría daño si lo intentaba.


Volvió la luz y emprendió el escape. Pero un par de segundos más tarde retornó la oscuridad. Comprendió entonces que aquel hombre tenía el control de los apagones y entonces permaneció quieta bajo el dintel de la puerta, tapándose con manos temblorosas sus partes más íntimas.


“Espero que haya entendido que si huye volverá a apagarse todo... así que le suplico se quede quieta donde está y me deje mirarla. Cierre los ojos por favor, y no los abra aunque vuelva la luz”, le ordenó suave, pero tajantemente, aquella voz masculina.


El invasor presionó de nuevo el interruptor que llevaba en la mano y la luz se hizo. Encontró a una niña desvalida con ojos apretados, una mano tapándole los diminutos senos y la otra presionando su sexo de vello coquetamente recortado. La curiosidad le hizo desacatar la orden y abrió los ojos; inmediatamente todo se oscureció de nuevo. El juego ya la estaba impacientando demasiado; por un lado quería obedecer para poder saber de qué se trataba todo aquello, pero por el otro, quería salir corriendo de allí o pensar en algún plan que le sirviera para defenderse. Mientras se debatía entre una cosa o la otra, escuchó nuevamente la voz, que cada vez se le hacía más familiar y agradable.


Veo que es una chica desobediente... tendré que castigarla entonces... ¡Dése la vuelta!”, le increpó. El hombre intuyó que su presa permanecía inmóvil, entonces le gritó violentamente esta vez: “Que se dé la vuelta, dije!!”.


El brinco fue tal, que sus pies se despegaron del piso por una fracción de segundo y giraron en el aire para colocarla de espaldas al invasor. Ella aún no lo sabía, pero en aquel momento, su cuerpo estaba impulsado más que por el miedo, por un deseo animal, desenfrenado e inconsciente. Ella nunca podría reconocerlo, pero en el fondo, le gustaba estar siendo observada por los ojos de un extraño; le había excitado enormemente esa intrusión, ese juego de luces y sombras, la orden militar que segundos antes la había asustado tanto; en el fondo, se despertaba un deseo irreconocible por su brutalidad y novedad.


Sintió correr un calor líquido por su entrepierna y pensó que el miedo la había hecho orinarse. Pero en el fondo.... muy en el fondo, eran sus entrañas desahogando un ardor por mucho tiempo reprimido. El verdadero deseo. Ése que a veces adopta formas impensadas.


Mientras esto sucedía, lo escuchó levantarse del sillón y caminar hacia la puerta de la habitación, donde ella permanecía tiritando de miedo por fuera y derritiéndose de pasión por dentro. La irracionalidad del miedo le decía que huyera, aún a riesgo de caer o tropezar con algo. Pero su deseo, igualmente irracional, la anclaban al piso helado, como un árbol en mitad del desierto incapaz de llegar andando hasta el oasis.


Tener los ojos abiertos o cerrados era lo mismo: la visión era completamente nula. Así que prefirió cerrarlos muy fuerte, como si al protegerlos con sus párpados también se cubría ella con un manto invisible de seguridad. Cual condenado esperando el sonido del disparo, se preparó para el inminente acercamiento. Pero nunca pudo prepararse para lo que sintió cuando aquel cuerpo de hombre la arropó suavemente por detrás, percibiendo el aroma varonil de su perfume, sintiendo el vapor leve de la respiración cerca de su nuca, el frío de la camisa de seda y más abajo, el hirviente demonio que al tocarla, la hizo curvar su espalda y sostener la respiración por un instante.


Una mano de él le recogió en alto la negra cabellera para recorrer con su lengua húmeda y tibia aquel cuello de cisne, grácil y erizado, mientras la otra buscaba la selva húmeda de su pubis, aún protegida entre dedos femeninos y asustados, bañados de sus propios jugos.


Ya sabes dónde estoy... ahora intenta adivinar quién soy, mi doctorcita”, susurró sensualmente al oído de la invadida.


Su voz tan familiar, el olor de su piel, la inexplicable comodidad que sentía pegada al cuerpo de aquel extraño, el calor que emanaba de sus profundidades... todo le decía que era alguien conocido. ¡Pero Dios! ¿De quién se trataba? Miles de ideas chocaban unas con otras en su mente, sin conformar una imagen, un nombre, una historia que le diera alguna pista.


Negó fuertemente con la cabeza, poniendo de manifiesto su incapacidad para adivinar y su desesperación por despejar de una vez la incógnita. Hizo un amago de darse la vuelta que él paró en seco. Con cierta violencia pero sin llegar a hacerle daño, la tomó con una mano por ambas muñecas, poniéndolas en alto y sometidas contra la pared, al tiempo que continuaba masajeando con fruición los más recónditos y olvidados pasadizos del placer vaginal.


“¿No adivinas todavía?, preguntó, y agregó luego de una pausa: “Entonces tendré que ayudarte un poco”.


Sacó la mano de la cómoda vulva para desabrochar su pantalón y dejar expuesta su majestuosa virilidad, que, tras lubricarla con su propia saliva, comenzó a penetrarla por el culo, con presión y sin preámbulos.


Ella se resistía, se retorcía, se negaba con el cuerpo y con la voz: “No, no por favor, por allí no!!”, suplicaba, pero la fuerza de aquel hombre encelado sometía su delicado cuerpo de señorita victoriana, dejándola con muy pocas fuerzas para luchar.


- ¿Por qué no?, preguntaba una y otra vez sin dar pausa en la penetración... Dime, dime... ¿por qué no? ¿Acaso es la primera vez que lo haces?... Ella negaba con la cabeza.


- ¿Con cuántos lo has hecho así?, ¿a cuántos hombres le has dado el culo? Ah? ¡Contesta!, continuaba increpándola en medio de su excitación.


- Sólo a uno..., contestó ella finalmente con un hilo de voz.


- ¿Cuándo?... ¡¿CUÁNDO?!


- Hace mucho tiempo... cuando era apenas una adolescente...


- ¿Con quién lo hiciste?, insistía, con la misma vehemencia con la que desaparecía su miembro dentro de aquella caverna oscura.


- No quiero hablar de eso... respondió con voz entrecortada, casi llorando.


Él no se apiadó de su actitud compasiva. Por el contrario, la embistió con más fuerza y volvió a preguntar separando cada sílaba con un empujón: “¿CON-QUIÉN-LO-HI-CIS-TE???”


- Con mi primer novio... soltó con un hondo gemido.


- ¿Y qué pasó?, ¿por qué no lo hiciste nunca más?


- Él se fue a estudiar al extranjero. Yo me quedé muy enamorada y triste. Lo amaba...


Luego de una larga pausa plagada de sollozos y jadeos que anunciaban la pronta llegada del orgasmo, continuó:


- Yo le dije que no sabía si podría esperarlo, pero le prometí que jamás le entregaría mi culo a ningún otro hombre para honrar nuestro amor...


Lo que siguió fue el estallido de ambos en un mar de gemidos y semen. La oscuridad en sus ojos se convirtió en una luz interna que iluminó por un breve instante todo el lugar.


- Has sido una mujer de palabra, doctorcita. Y aún hoy lo sigues siendo... dijo el invasor, al tiempo que la besaba tiernamente en el cuello y sacaba su falo satisfecho de aquella cavidad rememorada durante tantos años. Seguidamente accionó de nuevo el interruptor para descubrirse ante los ojos -encandilados por el brillo y la sorpresa- de la mujer de su vida.

4 comentarios:

La Negra dijo...

Me ha fascinado este cuento, con todo su suspenso tan bien logrado. Además, me encanta descubrir entrelíneas los deseos de los personajes, quienes son absoluta creación del escritor y por ende, en mayor o menor grado, parte de ellos. Algo que nos diferencia notablemente de los animales es que muchas veces actuamos de una forma persiguiendo varios resultados. Es nuestra mente que nos ayuda a sobrepasar experiencias, aunque otras pocas veces ella se juegue con nosotros y nos tienda trampas. Me refiero a esta parte:

"Tener los ojos abiertos o cerrados era lo mismo: la visión era completamente nula. Así que prefirió cerrarlos muy fuerte, como si al protegerlos con sus párpados también se cubría ella con un manto invisible de seguridad."

A mi entender ella cerraba los ojos porque de nada le servía tenerlos abiertos, no veía en la oscuridad, pero también los cerraba para sentirse segura en medio de esa experiencia desconocida e inusual, apasionante y aterradora al mismo tiempo. A esa dualidad me refiero.

Por otra parte, también he disfrutado los excitantes momentos de pasión con tu descriptiva, me ha entrado un calorcito! Sigue creando y deleitándome, que yo seguiré viniendo.

MentesSueltas dijo...

Hola, paso, saludo desde Buenos Aires y prometo volver.


Te abrazo.
MentesSueltas

Susy dijo...

Me ha encantado leerte...Fantástico el relato..
Seguiré visitándote..

Besos dulces..

Theo Koan dijo...

Hola, Recien conozco tu blog, espero volver y leerte mas, estar en contacto, saludos.
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