viernes, 6 de junio de 2008

El Placer llegó en una Harley


El domingo por la tarde se propuso finalmente descansar en la cama. Había pasado el fin de semana entero allí, aunque no precisamente descansando. Luego de tomar un almuerzo ligero, poner en orden la casa y tomar una larga y relajante ducha, se dispuso a extender el estropicio de sábanas y almohadones regados a lo largo y ancho de la habitación, para reposar los agitados músculos y dormir un poco.

Justo en la faena de acomodo, encontró escondido entre las mantas el boxer de su amante: un pequeño pantalón de algodón gris, con la frase “Harley Davidson” impresa en la liga y, en la tela, la imagen de siete sonrientes motociclistas en sus flamantes naves. Ella también sonrió por el hallazgo y a manera de paradoja, pensó que ese fin de semana habían visitado su cama cada uno de esos siete apuestos hombres, experimentando con todos las más intensas sensaciones. Se acercó a la nariz aquel pequeño trozo de tela, para percibir un penetrante y ácido perfume que trajo a su mente en atropellado flash back, todas las imágenes y sensaciones de las últimas 48 horas; no sólo las vividas con aquel incansable amante, sino aquellas –docenas, centenas, miles- imaginadas, fantaseadas, recreadas y contadas al oído por cualquiera de los dos, con la única intención de acrecentar la intensidad de sus múltiples orgasmos.

Aspiró profundamente, dejándose invadir por aquel cóctel de colonia, sudor, semen, rastros de saliva y gotas de orina. Sus ojos se cerraron levemente y sus dientes mordieron con suavidad el labio inferior, transformando una discreta sonrisa en una mueca lujuriosa y cómplice.

Recordó entonces sus besos: tiernos y suaves al comienzo, fogosos, húmedos y penetrantes después; recordó aquellos labios tersos y carnosos, la lengua que él le entregaba sin reservas para que ambos imaginaran que era el falo de otro invitado a la fiesta. Recordó sus ojos cerrados durante el beso, entregado, desarmado, confiado entre los brazos de la mujer que ama. Recordó sus hábiles manos desabrochando su sostén en un par de segundos y despojándola de toda su ropa sin encontrar resistencia alguna.

Continuó aspirando aquel espeso almizcle mientras se colocaba en su posición preferida para auto complacerse. Su cuerpo se tensó como si una ráfaga eléctrica la estuviera atravesando desde la punta de los pies hasta la coronilla. Decidió meter la cabeza entre aquellos calzones suaves, para respirar su aroma sin interrupciones e imaginar que era él quien estaba frente a ella, como horas antes había estado en efecto, de pie y al pie de la cama, ofreciéndole aquel manjar firme y suave de su miembro erecto y deseoso de desaparecerse en su garganta.

El pasamontañas de algodón rodeaba el rostro femenino, mientras los siete jinetes –del Apocalipsis o del Génesis, según cómo y cuándo se le mire- sonreían al verla y la liga bordada con el nombre de aquella legendaria marca rodeaba irónicamente su cabeza, por donde transitaban a cientos de kilómetros por hora los pensamientos más pecaminosos e intensos, carburando el placer inagotable entre ruidos guturales, al tiempo que una y mil veces combustionaba un orgasmo efervescente y lascivo.

Olfateaba y recordaba... Recordaba y vibraba... Vibraba y moría para nacer cada vez más fuerte, más joven, más mujer.

Olfateaba y veía aquel cuerpo definido y firme caminando desnudo por la habitación, aquella piel lisa y achocolatada que le aguaba la boca y la impulsaba a besarlo en cualquier lugar y de cualquier modo: besos cortos, suaves mordiscos, húmedos recorridos con una lengua traviesa y curiosa.

Olía y sentía de nuevo cada embestida de su robusta esencia dentro de su boca, de su vagina, de su culo. Revivía el sabor salado de sus pliegues, el amolde perfecto de los sexos, la invasión sin tregua de los más oscuros pasadizos, a los que llegaba sin dificultad para llevar la Luz.

Husmeaba y regresaba al instante el sudor y el sofoco, las uñas clavadas, las piernas en alto, las gargantas secas, la respiración agitada y el sonido de su voz, tan excitante, contando experiencias o inventando fantasías, que la llevaban al límite del placer conocido, un límite que cada minuto alargaba un poco más sus predios.

Olfateó, aspiró y olió por horas, montada en aquella motocicleta de lujo que era su mente, aferrada a la cintura del conductor más experimentado y ella, protegida del viento por aquel mágico pasamontañas, escondía un gesto de satisfacción que permaneció en su rostro hasta el amanecer, cuando el despertador la encontró asida a un par de almohadas húmedas, exhausta y feliz por aquel paseo dominical.

1 comentario:

gustavo dijo...

Eres lo maximo sencillamente MUCHO CON DEMASIADO!!!!