martes, 30 de diciembre de 2008

Última Parada



Era navidad, y después de dos largos años volvía a su ciudad para encontrarse con su familia, sus amigos, sus costumbres. Dos años de éxito en otras latitudes donde supieron descubrir en sus letras lo que en su país tildaron de obscuras obscenidades. Nadie es profeta en su tierra, dicen… y en parte era cierto. Pero sólo en parte.

Días antes de su llegada, Sylvia había puesto al tanto a sus parientes más cercanos y a sus amigos de la infancia. Luego de pensarlo un par de días, de atreverse y arrepentirse una y otra vez, decidió finalmente avisarle también a Gabriel, su amor eterno… aquel que aunque juró esperarla, un año después se comprometía y casaba con otra, convirtiendo el idilio incendiario de otros días, el mismo que muchas veces sirvió de chispa para encender los más ardientes relatos de Sylvia, en tristes y melancólicos recuerdos.

Sylvia continuaba sola. Había tenido muchos romances, pero ninguno lograba compararse con aquel amor salvaje y lujurioso, pero a la vez tierno y delicado que compartió con Gabriel, besándose en la iglesia, tocándose debajo de la mesa en presencia de sus padres, desafiando la compostura y lo políticamente correcto.

Varias veces estuvo Gabriel a punto de perder su empleo, pues se encerraba durante días con Sylvia en una habitación de hotel y hacían el amor hasta desgastarse. Al amanecer, pedían desayuno en la cama y la pasión volvía entre sábanas embarradas de mermelada y fruta mallugada. Comían y se amaban, se bañaban y se amaban bajo la ducha caliente; luego Gabriel caía exhausto, mientras Sylvia escribía los relatos por los que ahora era reconocida en la mitad del mundo.

Cuando le escribió a Gabriel para informarle sobre su regreso, había pensado en todo eso: “Vuelvo a la ciudad por pocos días; me encantaría poder compartir mi éxito con el que lo ha hecho posible en gran medida. Avísame si podemos vernos. Besos. Syl.”.

Como si Gabriel hubiese estado esperando ese correo durante los dos últimos años, la respuesta llegó 3 minutos después: “!Qué grata noticia! Me encantaría verte, pero salgo para Argentina en viaje de negocios el mismo día de tu llegada, un par de horas después. Tal vez podamos encontrarnos en el aeropuerto y te invito un café sin azúcar y con el amor de siempre”.

Sylvia tenía una mezcla de sentimientos encontrados. Pensó en la mala coincidencia, aunque existía la posibilidad de verlo, si su vuelo no se retrasaba. Por un lado le alegraba, pero por el otro, sentía que un par de horas no serían suficientes con él. Finalmente dejó de lamentarse por sus carencias y aprovechó lo que el destino le estaba ofreciendo.

Comenzó entonces a preparar sus maletas y a escoger su ropa de viaje. Debía ser cómoda para soportar el largo vuelo, pero lo suficientemente sexy como para provocarlo apenas la viera. Encontrar ese punto intermedio en pleno invierno, era un verdadero reto. Optó por una falda de tweed verde botella, un sweater de lana blanco cuello tortuga y sin mangas, mallas de algodón gris semi traslúcido y botas negras con tacón de vértigo.

Envió un correo a su familia para notificarle un supuesto cambio en la hora del vuelo e informándole que no la buscaran en el aeropuerto, pues tenía cómo llegar a casa. Todo el vuelo se la pasó Sylvia entusiasmada, tramando su encuentro con Gabriel y las cosas se dieron tal como las planeó.

Al bajar del avión fue directo al baño para lavarse y maquillarse de nuevo. Acomodó los rizados cabellos y atomizó un par de veces aquel perfume que a Gabriel lo encelaba de inmediato. Cuando salió de allí camino a la correa del equipaje no parecía la misma que había atravesado el Atlántico minutos antes. Resplandecía de emoción, pero sobre todo, de deseo.

El universo conspiraba a su favor: su maleta fue la segunda en salir y su pasaporte europeo le dio rápida salida en la Aduana. Cuando las puertas automáticas se abrieron se tropezó con la sonrisa blanca, amplia y fresca del mismo Gabriel de hace un par de años. Sólo unas canas sueltas en las sienes evidenciaban el tiempo transcurrido, pero a Sylvia le parecieron irresistiblemente sexys.

Se fundieron en un abrazo eterno que pareció detener el tiempo, a pesar de los tropezones de la gente, las maletas y los taxistas ofreciendo casi a gritos sus servicios. Se separaron brevemente para reconocerse de nuevo. Sylvia tomó el rostro de Gabriel con sus dos manos y lo miró a los ojos; el brillo seguía allí, intacto, tal vez hasta más fuerte.

- ¿Vamos por el café?, preguntó él.

- Sí –respondió Sylvia- pero yo escojo el lugar, finalizó.

Tomó a Gabriel por una mano, miró entre la multitud y preguntó a un taxista joven y guapo que insistía en llevarlos: “Necesito tus servicios por un par de horas”, le dijo.

- ¿Hacia dónde se dirige la señorita?, preguntó.

- No me importa, sólo necesito que conduzcas y nos traigas de vuelta exactamente en dos horas.

El taxista aceptó por una tarifa alta que Sylvia pagó de inmediato y con un veinte por ciento adicional como propina. Gabriel no entendía lo que Sylvia tramaba, pero sabía que de sus inventos él siempre salía bien parado. Volvió a su paladar ese sabor rancio que le producía la excitación, la aventura de lo inesperado y el deseo sin frenos que le producía aquella mujer de cintura ínfima, piel de oro y labios carnosos y suaves. Se dejó llevar por su mano, como tantas otras veces, rumbo a lo deliciosamente desconocido.

Subieron al taxi. Sylvia se alegró de haber escogido sin saberlo uno grande y espacioso, con vidrios como espejos que reflejaban todo y no permitían ver el interior. Comenzó a avanzar por la gran autopista que conducía a la ciudad, al tiempo que Sylvia y Gabriel se tocaban y besaban la cara, las manos, los labios, los cabellos. Se miraban sin decir nada, sólo recordando tiempos mejores y celebrando aquel insólito encuentro. Además, no había mucho tiempo y las palabras en realidad, sobraban y estorbaban.

Comenzaron a desnudarse sin despegar sus labios, ni el taxista sus ojos del retrovisor. Lo más difícil fueron las botas, pero superada la dificultad, Gabriel acarició y besó cada dedo de sus pies perfectos, cosa que a Sylvia excitaba sin control. Siguió subiendo por sus piernas, recorriéndolas suavemente con la punta de su lengua. Hizo parada en sus rodillas para mordisquearlas suavemente y sentir los espasmos de Sylvia, mitad cosquillas, mitad placer.

El taxista se esforzaba para no serpentear entre los canales de la autopista. Sylvia cerraba los ojos invadida de placer, pero a ratos los abría y miraba fijamente los ojos verdes de pestañas rizadas que se clavaban en los suyos a través del espejo. Le gustaba aquella escena, sonreía levemente y se mordía los labios lanzando gemidos entrecortados.

Gabriel ya había llegado a la estación central del cuerpo de su amada. Bebía sediento el zumo de su fruta preferida. Nunca había podido olvidarla, pero ahora se percataba de su delicioso sabor, aderezado con la sal de sus dedos, que le ayudaban a abrirle el camino hasta la pulpa más jugosa y madura. Sí… Sylvia era ahora una mujer exquisita y madura, serena y centrada, segura de sí y más lujuriosa que nunca.Sylvia dirigía los movimientos de su amado con una mano, mientras con la otra apretaba sus senos liberados de la lana y a ratos la llevaba a su boca para ensalivar los dedos que recorrían su cuerpo con toda la intención de ser vista y deseada por el taxista, que ya conducía sin ver el camino, con una mano al volante y la otra restregando con fuerza su enhiesta verga liberada hace mucho del estrecho pantalón. Al principio él esquivaba la mirada de Sylvia, temiendo su enojo, y se conformaba con escuchar sus gemidos y el chasquido de los labios y la lengua de Gabriel en el sexo de su pasajera; pero al poco tiempo, al ver la mirada desafiante de Sylvia y su esbozo de sonrisa, reacomodó el espejo para apreciar mejor la escena. Veía los senos estrujados de pezones rígidos como los botones de su taxímetro, la boca húmeda y mordisqueada y la línea blanca en la que se convertían los ojos de aquella mujer mientras era saboreada, deglutida, engullida con avidez por ese hombre tan envidiado.

Llegando casi al caos citadino, cambiaron de posición y Sylvia montó a Gabriel sin piedad y con furia. El taxista podía ver la cabellera rizada saltando alegre sobre los hombros delicados de aquella mujer, los senos danzantes, la sonrisa ahogada en gritos al trote del placer. Agradeció el pesado tráfico del mediodía capitalino, pues pudo atender menos el camino y más aquella escena en vivo por la que no había pagado, mejor aún, por la que le habían pagado tan bien.

Mientras tanto, Gabriel estaba en la cúspide de la excitación. Había olvidado los límites a los que esa mujer podía llevarlo.

- Cuánto te extrañaba, mujer mía, dijo Gabriel con la respiración agitada y continuó: fuiste, eres y seguirás siendo siempre MI MUJER.

Seguidamente Sylvia pronunció, con pasmosa lentitud sus palabras, dejando un suspenso eterno entre cada frase:

- No, cariño mío… dejé de ser tuya… en el preciso instante… en que escogiste a otra… pero fíjate… qué paradoja…. Aaahhh… ahhhha… en el mismo momento… en que dejé de ser tu mujer… comencé a ser de otra persona…

Gabriel quiso parar, pero Sylvia arremetió con sexo duro y desenfrenado que la acercó al abismo de sus inmensos orgasmos. Justo al borde, casi sin aliento, concluyó:

- Dejé de ser tuya….. aaaaahhhhh…. Para comenzar a ser…. Completa y ….aaaah aaahaa aaaaaaahhhh absolutamente… aaahhh… dueña de míiiiiiiiiiii………..aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh…

El orgasmo de Sylvia fue brutal. Gabriel tenía las piernas empapadas de un líquido tibio y transparente y el ego de un agua helada y turbia que lo dejó totalmente desconcertado. No podía cerrar la boca ni espabilar, no podía reaccionar ante tan cortante e inoportuna confesión. Pero lo peor –o lo mejor- aún estaba por suceder. Sylvia acomodó sus rizos, desmontó a su semental desinflado y le dijo:

- Con tu permiso cariño, ya casi llegamos al aeropuerto. Espero que no te importe que mientras te vistes yo le pague al taxista por sus excelentes servicios.

Sin esperar respuesta, Sylvia alargó sus estilizadas piernas para acomodarse en el asiento delantero; se inclinó sobre el chofer atónito y engulló su más que lubricado falo que envolvió con lengua, paladar y garganta; una cueva caliente y deliciosa, estrecha y cómoda a la vez que lo llevó al borde de la agonía.

Gabriel se vistió rápidamente y obcecado, salió del taxi dos cuadras antes de llegar al terminal aéreo, dando un portazo de indignación que ni chofer ni pasajera escucharon, pues se ahogó entre los gritos de placer de un orgasmo que dejó el parabrisas blanco como un papel, sobre el cual Sylvia escribió su siguiente historia.

domingo, 14 de diciembre de 2008

La Historia tras el tatuaje


Matilde viajaba sola por primera vez en sus treinta y ocho años de vida. Partía hacia Philadelphia a una importante reunión de trabajo y decidió gestionar con el jefe algunos días de sus muchas vacaciones acumuladas para hacer una parada en Miami y renovar su armario.

Viajar sola le preocupaba un poco, pero al mismo tiempo quería arrancarse esa fama de mojigata, de mujer siempre en el término medio de todo, ajena a los extremos de cualquier clase, clásica en demasía y aburridamente conservadora.

Miami podía ser un lugar para probar nuevas cosas, como podía serlo cualquier otro destino, pero en este caso, sería Miami el escenario de la cana que Matilde se atrevería a echar al aire.

Cuando las ruedas del avión chillaron en la pista del Miami International Airport, el corazón de Matilde dio un vuelco pensando en qué haría, que aprendería, qué experiencia se llevaría de vuelta a casa al finalizar ese viaje.

Soltó la maleta en el hotel y se fue de compras. Encontró que su talla era completa, que todo lo que se probaba le sentaba bien y le resultaba muy económico, por lo que las bolsas y paquetes en sus manos aumentaban vertiginosamente al mismo tiempo que su ánimo.

La tarde la sorprendió cansada de caminar el mall, por lo que decidió llegar hasta Miami Beach y pasear contemplando el ocaso. Ocean Drive la dejó ver la variopinta comunidad mayamera, excéntrica, opulenta, pero sobre todo, relajada, desprejuiciada, tan distinta a aquella mediocre y falsamente pudorosa que la esperaba al regreso.

Paró en un bar latino donde hermosas y jovencísimas chicas bailaban salsa casino con corpulentos cubanos. Se sentó en una de las mesas de la acera, para contemplar todo lo que sucediera a su alrededor. Pidió un mojito y lo bebió rápidamente; pidió el segundo, luego el tercero, mientras por la calzada transitaban Drag Queens, una mujer de cabello rosado, un negro con pinta de chulo que llevaba kilos de oro y diamantes guindados de su cuello. Volteó hacia la calle y vio pasar los más hermosos carros deportivos, así como los más extravagantes, como un Mazda cubierto totalmente de pequeños mosaicos de espejo, o los más costosos como un Rolls Royce blanco e imponente que estacionó justo frente a ella, al tiempo que el chofer, que permaneció en todo momento dentro del carro, hablaba por el celular y le enviaba a Matilde miradas lujuriosas y uno que otro beso.



El juego divertía a Matilde, y los mojitos ayudaban a desinhibirla cada vez más. El cruce de miradas, besos y sonrisas entre ella y el chofer, se vio súbitamente interrumpido por la mano de uno de los cubanos que la invitaba a la pista a bailar. Por un momento le dio vergüenza y rechazó la propuesta, pero cuando aquel moreno de sonrisa blanquísima le insistió, pensó en el propósito inicial de su viaje y accedió.

La pista estaba llena de latinos que bailaban muy bien y de gringos que lo hacían muy mal y sin embargo lo disfrutaban. Matilde se encontraba en un seguro término medio, como su vida misma, en la que no destacaba pero tampoco hacía el ridículo. La salsa pasó a merengue y el merengue pasó a bachata.

Los inmensos brazos tatuados de su pareja, la atrajeron fuertemente. Matilde pudo aspirar el amaderado aroma de su cuello, mientras sentía la mano de aquel hombre que bajaba sin permiso desde la cintura hasta las nalgas, primero suavemente, luego haciendo una leve presión que la empujaba sin freno hacia la endurecida pelvis de aquel experto bailarín.

- Me encantan las mujeres que usan hilo dental, le dijo a Matilde al oído. Ella sólo alcanzó a sonreír; se necesitarían unos cuantos mojitos para avanzar más de allí.

- A mí me encantan tus brazos tatuados, respondió ella tratando sin éxito de suavizar un poco la intención de la conversación.

- No sólo tengo los brazos tatuados, respondió con tono de picardía y continuó: cada año me hago un tatuaje, y ya llevo 17 años en Miami… ¿cuántos tienes tú?

- Yo no vivo aquí, respondió Matilde imaginando cuáles tatuajes tendría y dónde. Estoy de vacaciones, concluyó. El bailarín soltó una carcajada de niño y le replicó: “no me refería a los años, sino a cuántos tatuajes tienes tú”.

-¡¡NINGUNO!!, respondió Matilde casi indignada, estúpidamente indignada, como si tener un tatuaje fuera un delito. Se avergonzó de su infantil actitud y trató de enmendarlo sincerándose con su pareja de baile: “en realidad siempre me han atraido los tatuajes, pero nunca me he atrevido a hacerme uno.

La conversación enfrió un poco el calor de un instante atrás, pero al mismo tiempo se tornaba interesante para ambos. El chico la llevó de nuevo a su mesa y le invitó el cuarto mojito, esta vez de mango, más dulce, más traicionero. Lo bebió como un refresco y rápidamente llegó el quinto, nuevamente de la mano de Saúl (apenas ahora sabía cómo se llamaba aquel morenazo sensual), mientras continuaban con el tema del tatuaje.

-A la vuelta de la esquina está mi amigo Luis, el mejor tatuador de Miami -le explicó a Matilde-. Si quieres te puedo llevar, trabaja toda la noche.

Nuevamente comenzó Matilde con sus remilgos de niña tonta, que luego de cinco mojitos, hasta a ella le resultaban insoportablemente tontos. Comenzó a poner excusas, por lo que Saúl le dijo: ve sin compromiso alguno, mira sus diseños, escucha sus sugerencias; si no quieres hacértelo, regresas y te invito otro mojito; si te atreves, regresa también y celebraremos tu primer tatuaje con un mojito!

Matilde apretó los labios en una sonrisa de duda, pero finalmente aceptó. Dejó la cuenta abierta, pues en cualquier caso regresaría al bar. Saúl la tomó de la mano y se fueron abrazados hasta la esquina.

Saúl presentó a Matilde y a Luis y regresó rápidamente al bar. Matilde vio los impresionantes diseños colgados de las paredes y explicó sus temores, que Luis, gracias a su vasta experiencia, interpretó como barreras mentales más que verdaderos miedos. En el fondo Matilde ansiaba un tatuaje que la hiciera única, que la ayudara a romper sus moldes y que secretamente la volviera un poco irreverente.

Finalmente se decidió por una enredadera de flores multicolores que adornara su bajo vientre y disimulara la cicatriz de su cesárea.

El efecto de media docena de mojitos en la cabeza de Matilde la hacía reírse de la situación y no pensar mucho en el dolor que se acercaba. Pero apenas la aguja comenzó su ronroneo sobre la piel virgen y lozana, Matilde apretó los ojos, los dientes y las manos y comenzó a sudar copiosamente.

Luis era un artista experto que trabajaba con rapidez y envidiable pulso, sin embargo ese diseño tardaría por lo menos una hora.

- Debes relajarte, trata de respirar profundo y no moverte, dijo Luis con tono casi paternal. Pero Matilde no lo lograba.

- No pensaba que dolería tanto!, gemía.

- El dolor es mental; fíjate que no hay memoria para el dolor. Por mucho que te duela un golpe, luego es difícil recordar cuánto realmente nos dolió. Mientras más relajada estés, menos dolor sentirás. Si quieres tomamos un pequeño receso y te ayudo a relajarte.

Matilde asintió con cara desencajada. Luis comenzó a ayudarla a respirar y concentrarse en su respiración, a que escuchara únicamente el sonido de sus inhalaciones y exhalaciones y no el motor de la aguja. Se quitó los guantes de látex y comenzó a ejercer pequeños puntos de presión en sus sienes, en su ceño, en su cuello y hombros, pidiéndole que se relajara y escuchara sólo su respiración.

Continuó con su caricia potente pasando por el centro del pecho, el abdomen, los huesos de la pelvis. Acarició los primeros trazos de tinta, pero cuando la palma de su mano grande y gruesa tocaba aquellas flores, los dedos rozaban el comienzo de su pubis, al que le daba pequeñas palmaditas, cada vez más abajo.

Matilde seguía respirando, pero el ritmo había cambiado drásticamente. Luis se atrevió a abrirse paso dentro de la elástica del hilo dental de Matilde. Entraba y salía de aquel bosque tropical sin pedir permiso más que concedido por la sola expresión de placer en la que se había convertido el rostro de Matilde, surcado segundos antes por el más intenso dolor.

Un minuto más tarde el dedo medio de Luis ensortijaba el vello púbico de una mujer que no parecía estar allí, sino en la estratosfera. Cinco minutos más tarde aquellos inmensos dedos separaban los labios húmedos y carnosos de su vulva hambrienta. Con voz suave y ritmo constante, Luis seguía repitiéndole que respirara y se relajara, diciéndole que todo estaba bien… muy bien… pidiéndole que se liberara, que permitiera que entrara en aquella sala a la Matilde que ella era y que dejara salir a todas las Matildes que la coartaban y limitaban.

Como un mantra mágico Luis le decía a Matilde todas las cosas que por años había necesitado escuchar, mientras la experta mano del artista le tatuaba un orgasmo lento, profundo e infinito que la impregnó de una tinta invisible pero indeleble de liberación y encuentro con ella misma.

La energía que un momento atrás había servido sólo para producir dolor y pánico, se transformó en energía liberadora, emancipadora, enriquecedora. Matilde culminó su orgasmo con una sonrisa y una última exhalación larga y silente. Su respiración era lenta y controlada, casi imperceptible. Estaba relajada.

Luis lavó sus manos con solución desinfectante, se colocó un par de guantes nuevos y culminó su enredadera de flores en tiempo récord. Luis, Saúl y Matilde brindaron con mojitos hasta cerrar el bar, para luego practicar sus ejercicios de inhalaciones y exhalaciones con una gasa en el bajo vientre y dos hombres empeñados en continuar liberando a la nueva Matilde tatuada.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Profundo...





Profundo,
así es mi suspiro cuando te oigo,
así el escalofrío cuando te veo.
Profundo,
así es tu mirar y el mío al encontrarse,
así el hueco que deja la despedida.
Profundo,
así es nuestro diálogo eterno,
ya sea mudo, con murmullos o con palabras.
Profundo,
así es mi pensamiento cada noche,
subyugando a mi almohada y mis calores.
Profundo,
así es tu abrazo grande y tibio
así tu beso loco y sorpresivo.
Profundo,
así buceas en mis mares,
así, sin careta ni tanques…
Profundo…

domingo, 23 de noviembre de 2008

Dos Meñiques


Entre tantos centímetros, metros cuadrados de piel, limpia, lisa y brillante por el tímido sudor que comenzaba a perlarla, destacaban los dedos meñiques de sus respectivas manos derechas. Danzaban por aquellos cuerpos como dos niños negritos perdidos en el norte de Finlandia. Vagaban inciertos por el cuerpo ajeno, dejándose llevar por las manos de las que formaban parte, ingenuos, desatentos, creyéndose imperceptibles, sin saber que, esa madrugada, eran dos manchas visibles que inocentemente iban marcando el recorrido de aquellos cuerpos tan conocidos y sedientos.

La tinta violeta en la que horas antes habían sido sumergidos los meñiques de sus manos derechas, no se borraría en un par de días, dejando constancia de lo que horas antes habían protagonizado: el ejercicio del voto, uno de los pocos derechos democráticos que aún quedaba incólume en aquel país con más coincidencias que diferencias, aunque estas últimas se hubieran marcado más profundamente, en el afán de su mandatario por gobernar a través del odio y el terror, y no mediante la paz y la unión de sus ciudadanos.

Allí estaban esos dos meñiques, horas después, luego de infinitos minutos de espera e incertidumbre, cruzados, restregados, mordidos de ansiedad frente al televisor a la espera de los resultados electorales. Allí estaban... liberando el estrés de aquellas interminables horas, paseándose ahora por esa otra piel, tan ajena y a la vez tan conocida, celebrando el triunfo con un encuentro terriblemente apasionado, que parecía descargar en él toda la tensión del día y de los días anteriores, arrancando quejidos liberadores de las gargantas y espasmos eléctricos de los cuerpos.

El meñique violeta de ella se asía débilmente al cabello de su amante, de sus mejillas cubiertas de un vello puntilloso y cano, de su cuello, para seguir luego un recorrido sinuoso y estremecedor por aquella llanura ancha y sosegada que era la espalda de su hombre.

El meñique índigo de él, dibujaba junto al anular, el medio y el índice, la circunferencia rosada de los pezones de su amada, para luego bajar lentamente hasta su sexo, haciéndose paso por entre la ropa interior. Como un cazador en medio de la selva, el oscuro meñique apoyó al pulgar en el trabajo de hacer espacio entre la maleza, para dejar al dedo medio hacer su impecable trabajo de iniciación al amor sin barreras. Entre aquella sombría espesura la punta de aquel pequeño dedo se camuflajeaba y se escondía... pero cumplía como un buen soldado.

Afuera, la noche se cubría de fuegos artificiales y el ruido de las caravanas apagaba el sonido del amor, que esta vez también sonaba a victoria, a alivio, a esperanza.

El meñique femenino, entintado y negruzco, recorrió una y otra vez la virilidad de aquel hombre excitado, primero lentamente, para luego y sin perder el compás, convertirse en un vaivén desaforado, en un borrón violáceo, en un celaje de tinta que fluía de arriba a abajo sobre aquel falo firme a punto de desbordarse.

Poco tiempo después el meñique robusto de aquél hombre acompañó al resto de sus iguales –hoy para nada iguales- en la decisión de tomar a aquella hembra en celo por las nalgas y levantarla en vilo para ser penetrada en el sitio, mientras que el débil y absorto meñique de ella se sostenía torpemente en la lisa y resbaladiza frialdad del concreto.

La acrobacia terminó en la cama, justo antes de perder el equilibrio, para dejar que las sábanas absorbieran la transparencia de sus sudores, sus salivas y sus espermas y se evaporaran con los primeros rayos del amanecer, mientras que los pequeños protagonistas de esta historia, se fundieron en otra mano limpia entrelazada y feliz, para entregarse a un orgasmo libre y lleno de energía, como el país que latía afuera.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Antes del Gallo Cantar...

La larga noche finalmente daba paso a la luz tenue de la madrugada, aún imperceptible.
El músculo caliente bajo el cobertor comenzaba a despertarse con parsimonia; puntual despertador que siempre se levanta con la primera luz del día y busca aquellas caderas redondas y nalgas firmes que indefectiblemente lo esperan al otro lado de la cama.
Se asía a su cintura primero para luego halarla hasta encajar el mástil duro y perezoso en aquella cueva tibia y húmeda que lo absorbía sin preámbulos ni piedad.
Con el mismo silencio y lentitud conque transcurrió la noche, una batalla se desataba en las medianías de sus cuerpos, justo antes del gallo cantar...

sábado, 8 de noviembre de 2008

¿Realidad o imaginación?


Mientras más amigos conocen mi blog y leen mis relatos, suele hacerse más frecuente una pregunta: ¿Son historias reales?
Debo confesar que esa pregunta me desconcierta un poco, pues me hace a mí repreguntar: ¿En qué cambiaría las cosas si lo fueran?
Pareciera que lo bueno o malo del relato pasara a un segundo plano y fuera el morbo el que tomara protagonismo.
Escribir es un acto de imaginación pura; lo es al menos, mientras no se trate de una biografía, un trabajo científico o histórico.
Cuentos, novelas, relatos, poemas, son el producto de la imaginación, mezclado por supuesto con la experiencia del autor, con sus vivencias y conocimientos, que pueden haber sido adquiridos por cualquier vía: por la lectura de otros autores, por la realidad de terceros y también, claro está, por la experiencia propia.
Pero no debemos perder de vista, que por encima de todo, está la imaginación. Y no sólo la imaginación del que escribe, sino sobre todo, la del que lee. La magia de la escritura reside en la capacidad de convertir en imágenes, pequeños íconos negros sobre un papel blanco que por sí solos carecen de significado alguno.
Entonces, ¿qué importa si son o no historias reales? Lo que importa es que ustedes las crean, las sientan, las vivan y pongan en ellas las imágenes que les plazcan, los ambientes, las personas, los olores, las texturas con los que se sientan eróticamente conectados. Lo demás carece de total importancia.
Apuesto que los amigos de Stephen King o de J.K Rowlings jamás le han preguntado si las suyas son historias reales... simplemente leen con avidez sus libros y se asombran por su admirable IMAGINACIÓN.

Cierro esta reflexión con una cita de Diego Muñoz Valenzuela que encontré en www.escritores.cl

El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito”.

Hasta el próximo relato... real o imaginario...

lunes, 3 de noviembre de 2008

Ganadores de Karma Sensual 4


Finalmente se dieron a conocer los ganadores del Concurso de Relatos Eróticos KARMA SENSUAL 4: Amores que matan.


Casi 130 relatos que tuve el placer de leer y calificar en los días pasado (razón por la cual, entre otras, mis posts han estado escasos últimamente).

Desde que supe, a principios de este año, el tema central del concurso en esta oportunidad, sabía que sería un gran reto para los participantes, pues no es nada fácil mezclar un tema tan sublime como el erotismo, con algo generalmente ácido y escabroso, como lo es la muerte.


El trabajo de decidir los ganadores no fue fácil para mí, y creo que hablo también por el resto del jurado. Sin embargo puedo decir que los 13 relatos ganadores son, sin duda, excelentes.
Muy buena representación del erotismo español; tres ganadores latinoamericanos, entre ellos, una compatriota venezolana, un residente canadiense y uno inglés conforman el cuadro que demuestra, una vez más, que el erotismo está en todas partes.

Los interesados en leer los relatos ganadores, estén pendientes pues en febrero de 2009, la Editorial El Taller del Poeta publicará la antología.

Felicidades a todos los participantes y en especial a los trece ganadores que nombro a continuación:

1° “El diverso sabor de la muerte”, Carlos Pineda González, España
2° “Sacrificio”, Juan José Hidalgo Díaz, España
3° “Ella”, José Luis Cantos Martínez
4° “Todo tú cabías en mí”, Mamen Hernández Cobos, España
5° “Gotas como perlas”, Alicia Sánchez Martínez, España
6° “Su plato favorito”, Ana Pía Cárdenas Ricotti, Chile
7° “Un silencio que mata”, Mayte Campos Anglés, España
8° “Un simple viaje”, Jairo Ramos Jiménez, Colombia
9° “En sueños rotos”, Nilda Samiento, Venezuela
10° “Éxtasis Mortal”, Lorena Sanguino Hernández, España
11° “El mar es nuestro”, Raquel Villanueva Lorca, España
12° “La madrina”, Raúl Gatica, Canadá
13° “Un final feliz”, Ángela Alonso Amador, Inglaterra

martes, 28 de octubre de 2008

Transeúnte


Transeúnte de mis caminos,
viajero sin equipaje de todas mis rutas,
sigue recorriéndome, aunque sea en sueños,
porque aún en sueños, llegas mí,
claro, diáfano, unívoco.
Explorador de mis galaxias,
conquistador de mi vía láctea,
continúa volando alto, hasta encontrarte conmigo,
en cualquier estrella,
en cualquier nube que caerá como lluvia
para nuevamente mojar nuestros corazones.
Paramédico de almas moribundas,
resucitador de cuerpos yermos,
mantente en tu misión sanadora,
no me dejes morir,
porque si lo haces, tú morirás conmigo…

sábado, 18 de octubre de 2008

Seis Sentidos


Todo entra por los ojos. Es el sentido más evidente, el más obvio. Lo que los ojos ven, el cerebro lo completa y luego nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios –buenos o malos- le dan forma y significado.

Yo no fui la excepción. Primero entró por mis ojos y lo que vi no me disgustó en absoluto. Su piel morena, sus músculos firmes y definidos sin exageración, en la justa medida, como dándose su espacio propio, como ocupando su humanidad con el derecho que le han dado tantas horas de duro entrenamiento. Su cabeza afeitada al ras -no sé por qué me parece tan sexy ese “look”-, su energía contagiosa, su mirada de muchacho pícaro y ese dragón tatuado en su espalda, desafiante y retador: “Si te acercas te quemo” parece decir.

Fue una imagen agradable sin duda, pero yo me obligué a hacerla efímera. Las ideas en mi mente eran sugestivas pero las consideraba inalcanzables, así que deseché inmediatamente cualquier posibilidad de acercamiento entre él y yo. Todavía allí tenía el control de una situación que rápidamente se saldría de mis manos.

El asunto se complicó cuando esas imágenes guardadas en la trastienda se mezclaron con los sonidos. El tono ronco de su voz era agradable de por sí, sin contar con ese ademán de su boca al hablar. Pero lo verdaderamente cautivador era lo que decía. Su discurso, coherente y contundente reflejaba el intelecto apasionado y feroz del autodidacta, la serenidad y sapiencia del que ha rumiado muchas noches su ideología, la firmeza del que no se doblega ante nada y la emoción de aquel que siente que aún le falta todo por conocer.

Pensar en él ya no era sólo un cúmulo de músculos en movimiento; ahora era idea y músculo, imágenes con sonidos que me inspiraban una curiosidad pecaminosa. Quería saber más... ¡quería ir más allá!!

Una noche, en un acercamiento que sobrepasó los límites de lo “políticamente correcto” –si es que existen tales límites... ¿según quién?, en todo caso-, pude sentir su olor. El olfato tal vez sea mi sentido menos desarrollado, sin embargo me encantó su perfume. Sensual, masculino, limpio, divino. Sencillamente quería quedarme pegada a su cuello, aspirando ese aroma sensual que mezclado con su olor corporal me decía a gritos “Te deseo”.

Yo también quería contestarle... y a lo mejor lo hice con mi propio aroma, con mis feromonas disparadas, con todos mis poros erizados por la proximidad de su aliento. Y allí entramos en mi terreno, en mi gran debilidad, en el Sentido por antonomasia, al menos en mi caso: el tacto.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano, y para mí, definitivamente el más sensible. A veces creo que su mirada, su voz, su perfume incidieron directamente en mi piel, antes que en cualquier otro lugar. Su mirada, su voz, su perfume prepararon a mi piel para recibir su amor, para entregarle el mío, para construir este maravilloso micro mundo en el que ahora estamos inmersos. Su mirada, su voz y su perfume abrieron mis poros para la ofrenda, abonaron el terreno para las caricias, para el amor.

Cada mirada que él me da, incluso cuando no lo estoy viendo, se siente en mi espalda; cada palabra de amor, escuchada o leída, me lanza un corrientazo medular que me hace contorsionar, erguir mi cuerpo todo, respirar profundo como queriendo absorber su esencia. Su aroma de hombre encelado, su perfume varonil y seductor, penetra mi pituitaria e impregna la piel debajo de mi piel... de adentro hacia afuera, para expeler su mismo aroma a sexo y a pasión.

Finalmente... su sabor... el sabor salado de su piel, dulce de sus besos, amargo de su semen. Ese cóctel de texturas que combina la lisura de su piel, la humedad de su lengua, lo áspero de su barba de dos días, su glande esponjoso, sus testículos rugosos y huidizos dentro de mi boca. Esa degustación de placeres que produce su saliva cuando me besa, su sudor sobre mi cuerpo en una batalla de sexo infinito, la sal de una lágrima evaporada de emoción...

Él sabe a cielo, a gloria, a pasión y amor. Ha llegado a convertirse en mi platillo predilecto, el único que deseo probar cada día, él único que me alimenta y me llena de vida.

Ahora... luego de encontrarme en sus oscuros ojos y encelarme con su cálida voz; después de hacer mío su perfume y saborear su cuerpo entero, soy capaz de intuirlo sin haber llegado, de recrearlo en mi mente, sobre mi cuerpo, dentro de mi cama con sólo invocarlo. Ahora siento lo que él siente, amo lo que él ama, vivo y comparto su esencia más pura. Y ya no se trata de ese sexto sentido del que todas las mujeres alardeamos. Ahora es simplemente que soy él, y él, yo.

lunes, 6 de octubre de 2008

Solo Soy Luz


Si estuviéramos más cerca, y no hubiera obstáculos, esta noche hubiese llegado hasta tu casa, ataviada solo con un vestido camisero, abotonado al frente y unas sencillas sandalias; lo primero que encontré en el closet, luego de darme cuenta que estaba demasiado caliente para pretender drenar todo con una estúpida almohada.
Sin saber si estás, ni con quién, toco desesperadamente el timbre hasta ver tu cara de sorpresa, mitad nervios y mitad alegría. Por suerte estás solo, aunque no por mucho tiempo; solo están comprando en el supermercado lo necesario para la cena.
Casi sin mediar palabras, te tomo de la mano y te llevo por las escaleras al piso de abajo; allí encuentro la puerta del cuarto de basura convenientemente abierta. Tu rostro denota incredulidad, todo esto te parece muy arriesgado, y sin embargo (o tal vez, por eso mismo) te excita enormemente.
El olor es nauseabundo, aunque el lugar no parece sucio. Al entrar y cerrar la puerta, todo se vuelve totalmente oscuro. Que divino tocarte, besarte, sentir tu respiración entrecortada sin poder mirar tus negros ojos... ¡por fin hay algo más negro que ellos!
Sin perder tiempo, me alzas el vestido y notas que no llevo nada debajo... mientras tanto, yo libero del elástico de tus pantalones aquella bestia furiosa que busca hambrienta a su presa.
Todo el deseo, toda la excitación se convierte en una fuerza desmedida. Me tomas por las caderas y me alzas tan fácilmente, que siento que peso menos que una pluma... Encuentro apoyo en la pared y, con mis pies, en la manilla de la puerta y alguna tubería.
Quedo a la altura perfecta para ser fácilmente ensartada por esa enorme vara que parece relucir en la espesa oscuridad. Me penetras violentamente, profundamente, perfectamente.
Casi no puedo moverme, tú lo haces y mis nalgas rebotan alegres contra la fría pared.
Es un sexo intenso, rápido pero con la fuerza de un vendaval. Justo lo que necesitaba para saciar mi sed de ti.
Mis gritos ahogados se confunden con el sonido de la basura, dando tumbos ducto abajo.
- Tendrás que vaciarte dentro de mí -te digo al oído - no tenemos con qué limpiarnos...
Eso parece ser un detonante, o simplemente fue coincidencia, ya que en ese preciso instante te derramas dentro de mí y amainas el ritmo.
¿Yo? yo ya llevaba dos o tres orgasmos cortos pero tan intensos que produjeron calambres en mis entrañas.
Apenas recuperamos algo de aliento, salimos sigilosamente: tú, un piso hacia arriba... yo a esperar el ascensor. Mis ojos tardan un tiempo para acostumbrarse de nuevo a la luz.
Al llegar a planta baja... unas voces provenientes del estacionamiento y el sonido de las bolsas del supermercado, me obligan a acelerar la marcha y desaparecer como la sombra que soy, pues Sólo soy LUZ dentro de ti.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Desafiando el Rating





Esta noche el programa de televisión parecía estar más interesante que de costumbre. En lugar del habitual “zapping”, él estaba concentradísimo en un programa que investigaba el caso de una mujer desaparecida años atrás.

Yo le hablaba intentando sacarlo de su ensimismamiento, pero contestaba con monosílabos y era evidente que no me ponía ninguna atención. Mi interés no estaba en el programa de TV sino en su espectador; había sido un día ajetreado y yo necesitaba liberar mi estrés de la mejor manera: haciendo el amor con mi hombre.

La tarea que siempre resultaba fácil, esta vez parecía titánica; me desnudé casi frente a él, me coloqué crema en todo el cuerpo -a él lo vuelve loco ver cómo me acicalo-, me acostaba de lado mirándolo fijamente, me daba vuelta y empinaba mi culo hasta casi rozar sus muslos y apenas lo que lograba era una breve caricia, una mirada instantánea o un beso prófugo.

Luego de ronronear como gata y desarreglar las sábanas con tantas vueltas, me quedé boca abajo, con la cara ladeada, mirando su cuerpo de chocolate, sus pestañas rizadas, sus lunares, su respiración lenta y acompasada, sus pies relajados al final del colchón. Todo lo que veía me gustaba y me excitaba. Era imposible no pensarlo en esa misma posición pero conmigo sobre él, penetrando mis entrañas, haciéndome bailar en la pista gigante de mi cama king size. Era inevitable ver sus manos y no recordarlas apretando mis senos como medias naranjas y lamiendo mis pezones para beber su jugo. Era irremediable no querer sentir el calor de su cuerpo y a esas alturas, era impostergable mi ardor.

Así que, decidida y a la vez un poco desinteresada, le pregunté: ¿“Me puedes hacer un favor?”. Claro, dime, contestó sin despegar la vista de la pantalla. “Permíteme tu mano un momento”, dije, al tiempo que yo misma la tomaba y la trasladaba hasta mi bajo vientre, con la palma hacia arriba.
Sus dedos comenzaron inmediatamente a hurgar el sector, a “apoltronarse” en aquel lugar mullido, tibio y conocido en el que cualquier parte de su cuerpo siempre encontraba la gloria.

Las yemas de los dedos parecían sofisticados sensores que encontraron en breves segundos el centro de mi placer. La ventaja de conocernos tanto es que no tengo que hablar para que él sepa lo que quiero y necesito en cada evento. Esta vez él sabía que lo que necesitaba era un movimiento tan suave, tan lento que fuera casi imperceptible. Más que hacer algo, debía no hacer nada y simplemente esperar a que llegara “el momento”.

Una vez encajada su mano en mi vulva -cómoda, cálida, calzada a la perfección entre mis pliegues y cavidades-, cerré mis ojos, abracé una almohada, estiré todos los músculos, respiré profundamente y me entregué a pensar y sentir, a fantasear y dejarme llevar con cada uno de los pensamientos que llegaran a mi cerebro, no importaba cuáles fueran.

Con mis ojos cerrados y mi imaginación abierta, las imágenes corrían a mil por segundo mientras sentía el levísimo movimiento de los dedos de mi hombre haciendo presión en mi clítoris como en cámara lenta. Cada presión parecía activar el botón para cambiar de imagen; así, en un minuto estaba en la sala de exámenes de mi ginecólogo, y al siguiente en el banco de una iglesia vacía y en penumbras al lado de un desconocido que tardó horas en llevar su mano desde su rodilla hasta mi sexo. Tan pronto me encontraba en la cama de un prostíbulo con un recién iniciado al que le daba lentas y precisas instrucciones para hacer sentir a una mujer, como al siguiente me encontraba en manos de un científico que colocaba en mi vulva un sofisticado aparato para medir la intensidad del orgasmo femenino.

Mi respiración se hacía cada vez más profunda y frenética. Aspiraba el aire y lo expulsaba haciendo un fuerte sonido y mi cuerpo comenzaba a moverse en espasmos y contorsiones que seguían el compás del suave vals de sus dedos, ahora un poco “in crescendo”. Mientras tanto, seguían visitando mi mente los más variados personajes y situaciones: un extraterrestre que me explicaba telepáticamente cómo hacían el amor en su galaxia y yo me asombraba de sentir tanto placer con un toque tan indirecto y delicado; un hombre hermoso al que yo era capaz de hacer eyacular sólo con ver mi cara de placer al masturbarme; una mujer que como mujer, sabía perfectamente lo que yo sentía y sólo se ocupaba de hacer lo exacto y preciso en el segundo siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente... el caballito de madera en el que tanto me gustaba balancearme de pequeña porque me hacía sentir –ahora lo sé- sensaciones emparentadas por consanguinidad con éstas que estaba sintiendo; la lengua del primer hombre que me hizo sexo oral y que me produjo unos temblores incontrolables y un hormigueo en las manos y la cara que me hicieron pensar que moriría en el acto.

Mis ojos se entreabrieron y encontré a los de mi hombre mirándome fijamente, como traduciendo cada gesto mío, cada respiración, cada apretón de dientes en un movimiento –ya nada suave- de su mano dentro de mí. No quería abrir más los ojos, no quería distraer mis fantasías, pero por el movimiento de la cama intuía que él también se autocomplacía con la otra mano.

Me aislé nuevamente del espacio exterior para seguir vagando en mi particular, lujurioso y superpoblado mundo interno. A esas alturas mi cuerpo se contraía y se estiraba de una manera inexplicable, la respiración de mi hombre estaba tan agitada como la mía y ambos nos zambullimos en un orgasmo brutal, visceral, incontenible como un río desbordado.

Lentamente retiró su mano de mi cueva, se la llevó a su boca y se alimentó de toda mi fuerza. Yo hice lo propio y tomé su otra mano para limpiar con mi lengua sus gotas de semen tibio, valeriana que lo calma todo. Nos miramos, sonreímos, nos besamos juguetonamente y sin mediar más palabras yo me entregué a un sueño profundo y él a develar el secreto de la mujer desaparecida.

martes, 23 de septiembre de 2008

Debate: Romanticismo vs. Erotismo


Frases como “sexo con amor es lo mejor” podrían reflejar el punto de vista de aquellos que opinan que el sentimiento en una relación optimiza sus resultados, sexualmente hablando.
Sin embargo, hay otros que dicen “enfriarse” cuando su pareja se pone excesivamente cariñosa o romántica. Eso, sin hablar de los más recalcitrantes detractores del romanticismo; aquéllos que lo consideran “cursi”, anticuado y hasta aburrido. En esta última categoría debe incluirse también el factor miedo, que puede llegar a convertirse en pánico cuando una relación que comenzó siendo meramente –y óptimamente- sexual, apasionadamente roja, va tomando distintas tonalidades de un rosa empalagoso, incómodo o tal vez, demasiado comprometedor.

¿Qué opinan ustedes, lectores?
El romanticismo ¿mata el erotismo o lo potencia?... Estos términos ¿van mejor juntos o separados?
¿Cambia esta opinión entre hombres y mujeres?
¿Cambiará también dependiendo de la edad?

A ver... ¿qué piensan?

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El Arte de Desnudarse



Encontrar fotos de desnudos en la web es tan fácil como encontrar el sol en el cielo. Pero toparse con fotografías verdaderamente artísticas, sensuales y creativas que incluyan un desnudo, suele ser una tarea ardua y en ocasiones, infructuosa.


Por eso cuando me topo con buenos hallazgos no dejo de compartirlos para que todos puedan apreciarlos y deleitarse con valiosos trabajos de profesionales de la fotografía que logran captar la verdadera esencia femenina a través de sus cuerpos y el entorno.


Tal es el caso de Anthony Gordon, veterano en estas lides, consuetudinario en páginas como Fine Art Nudes y participante de numerosas exhibiciones. Gordon juega sobre todo con texturas y formas, logrando fabulosos contrastes entre la hermosura de la piel femenina y otras superficies naturales –como los tonos terracotas de zonas desérticas- o artificiales, como en su serie “Concrete Angel”, donde lo divino –la mujer- y lo humano –construcciones- se enfrentan y a la vez se complementan.


Los invito a que visiten la galería en: http://www.inspiringform.com/

viernes, 12 de septiembre de 2008

Métemelo...


Comenzaste por los ojos… tu mirada me penetraba hasta el alma, produciéndome escalofríos. Era tan penetrante e intimidante que la sentía recorriéndome la espalda mientras caminaba hacia el baño. Me recorrías de arriba abajo, como queriendo estar por debajo de mi vestido.

Continuó más tarde, la mano en la cintura que apretabas y acercabas a tu cuerpo más de lo necesario en medio de la pista de baile. Al segundo o tercer merengue, conseguí la respuesta a mi pregunta de “¿qué será lo que le ven a éste tantas chicas lindas?”… Allí, en medio de la pista, con tu brazo acercándome peligrosamente a tu cuerpo, pude “sentir” la respuesta y lo entendí todo. Yo también sucumbía a tus encantos…

Luego en el auto… antes de arrancar y perdernos en la locura de las madrugadas citadinas. Allí fue la lengua… hábil y curiosa, ávida, hambrienta. Labios que succionaban, dientes que mordisqueaban, lengua que penetraba, ojos que se perdían detrás de mis propios párpados, respiración que se agitaba.

Llegamos a la disco, un par de tragos más y una demanda osada para una mujer osada. “Quiero tener algo tuyo -me dijiste- algo con qué recordarte”. No entendía por dónde venías, pero rápidamente me lo hiciste saber. Segundos más tarde, en plena pista de baile y en medio de la multitud frenética, ponías inocentemente tus manos sobre mis caderas, y en un suave movimiento me quitabas el bikini de encaje blanco, haciéndolo deslizar piernas abajo, para tomarlo disimuladamente en mis tobillos y guardarlo como trofeo de conquista en el bolsillo de tu chaqueta.

Después de eso ya nada volvió a ser igual. Eran ridículas ahora las poses puritanas o conservadoras. Mi deseo y el tuyo estaban ya a punto de ebullición. No había por qué esperar.

- ¿Mi casa o la tuya?, preguntaste. Pero no pudimos llegar a ninguna de las dos. Sólo esperando al Valet Parking con tu auto, en medio de un beso apasionado, metiste tu mano por mi escote y tanteaste mis pezones en estado de alerta. Apretaste mis senos con lujuria, al tiempo que mordiste mi labio inferior, haciéndome brincar del dolor. Ahora mis labios todos latían rojos y calientes.

Subimos al auto y avanzaste algunos metros para alejarnos de la luz y las miradas, inquisidoras unas, envidiosas otras. Paramos en una zona residencial tranquila y convenientemente oscura. ¿Peligrosa? Tal vez… pero eso sólo incrementaba el deseo.

Sin mediar palabra desabrochaste tu cinturón y abriste el pantalón. El sonido metálico de la hebilla y el ronronear de la cremallera deslizándose provocó en mi cerebro un impulso que me disparó automáticamente hacia delante, volcándome sobre tu inmenso y flamante mástil, que me esperaba ansioso y expectante.

Era un falo espectacular. Entendí que lo que había sentido horas antes en la fiesta había sido al gigante en reposo. Ahora lo contemplaba erguido ante mis ojos, liso, brillante y moreno, invitándome a demostrarle todas mis habilidades en el sexo oral.

“Trágatelo”, me pediste jadeando, mientras yo practicaba un afanado ejercicio para que semejante portento entrara completo en mi boca. Por momentos tanta inmensidad me producía arcadas; debía concentrarme para relajar mi laringe y a la vez succionar, respirar pausadamente a pesar de tanta excitación, abstraerme del mundo para proporcionarte placer.

Tú sólo decías “mételo todo en tu boca, así… así”. Me tomabas por el pelo y con acompasados jalones me ayudabas a deglutir tu maravillosa masculinidad.

Tal vez sólo un par de segundos antes que fuera demasiado tarde, paré en seco mi faena. Levanté la cabeza para mirarte y sonreí al ver tu cara, mitad placer, mitad desesperación. “Ahora me toca a mi, papito”, te dije al tiempo que de un jalón tiraba hacia atrás tu asiento y me colocaba a horcajadas sobre ti, como un experimentado jinete de rodeo.

La ropa interior no fue un estorbo; era un problema resuelto por ti hace mucho rato. Besaste mis labios con pasión, pero a la vez con ternura, o al menos así lo sentía yo, después de tanta fricción y calambres aguas abajo.

Yo estaba más que lista… desde la disco, desde la fiesta antes de la disco… tal vez desde la primera mirada con la que me habías dicho “estás bellísima”… no lo sé. El punto es que sólo dije “Métemelo” y no hizo falta nada más para que, en un solo movimiento, me ensartaras y me acoplaras a tu mástil que ahora, dentro de mí, se sentía más inmenso y desbordado que nunca.

Mi rodilla derecha flexionada sobre tu asiento y pegada a tu cadera hacía el trabajo de balance y ritmo, mientras que mi pierna izquierda estirada y con mi sandalia de tacón apoyada en el asiento trasero, me daba el apoyo y la fuerza para embestirte. Mis manos desabrocharon los botones de tu camisa y mis dedos comenzaron a juguetear con tus tetillas y a enredarse en tu velludo pecho. Mis labios pegados a los tuyos, sólo se alejaban de tu boca para recorrer tu cuello, para lamer el lóbulo de tu oreja y decirte casi sin voz… “así, así… métemelo, métemelo”.

Tus caderas y las mías bailaban un ritmo ancestral, innato e inédito. Un ritual de placer, reciprocidad y agradecimiento, mientras nuestras gargantas emitían sonidos repetitivos y guturales, una especie de mantra que nos llevaba a un estado alterado de conciencia, permitiéndonos, finalmente, liberarnos en un grito espasmódico y purificador, una sola exclamación a través de dos gargantas; dos chorros de semen en un solo canal, mil latidos por segundo que ensordecieron al mundo… subir al cielo y al bajar, notar que la tierra no estaba tan lejos.

Morir y renacer más completos, más sabios, mucho más felices...

Y seguir andando la vida, a la espera de otro encuentro, de otra fiesta en la que me comas con la mirada, en la que me roces con tu miembro épico en la pista de baile. Otra noche en la que me conquistes con una locura y me hagas nuevamente gritar: “¡¡Métemelo… métemelo!!..”




sábado, 6 de septiembre de 2008

Tu boca


Tu boca es la almohada de mis labios;
tus besos, los sueños en los que me pierdo.
En tu lengua viajo y transito,
alfombra mágica que siempre me regresa a casa.
Te he besado tantas veces.
En cortes y cruzadas, en batallas y paz,
como diosa y chamana,
reina o plebeya mortal.
Mira mis ojos, ¿no me reconoces?
¿no sientes que ya has estado aquí?
Yo sí.
Lo sé por tu calor que me funde en éxtasis,
por el perfecto acople de nuestras bocas,
por el néctar de tu saliva y la brisa de tu aliento.
Más allá de las oscuras barreras,
más allá de las sentencias imposibles,
por encima de lo políticamente correcto,
estallan las chispas inevitables de nuestros besos.

sábado, 30 de agosto de 2008

Vale la Pena Esperar


Hoy se cumplen dos años, dos meses y diez días de aquel en el que Aníbal y Mariella no pudieron aguantar sus ganas y se dejaron de rodeos. Una calurosa tarde de agosto, en un lujoso restaurante de platillos afrodisíacos y límpida vista al mar que fue testigo mudo de múltiples miradas cómplices y caricias por debajo de la mesa.

El restaurante estaba lleno de gente conocida que sólo los relacionaba como amigos de negocios. Ambos tenían mucho que perder: matrimonio, hijos, trabajo; una situación muy complicada, y por complicada, reprimida y condenada desde hacía mucho al terreno de lo prohibido, allí donde se guardan los sueños imposibles.

Aníbal suponía que su deseo era sólo suyo, mientras que Mariella, soñadora como siempre, lo veía como un ser inalcanzable y enigmático que jamás podría fijarse en ella como mujer. Pero esa tarde, el húmedo calor del verano ecuatorial lavó todo prejuicio y fue cediendo con pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de ambos cada vez que se rozaban.

La tarde se iba, dándole paso a una noche de luna llena que dibujaba una raya plateada sobre el mar, como dividiendo el terreno, como marcando los límites de cada uno. Pero había demasiado vino, demasiada buena música, demasiada agradable conversación. Tal vez hubiese sido prudente que Mariella se despidiera cuando el resto de los invitados comenzaron a hacer lo propio luego del café, pero los mariscos del almuerzo, el licor en sus venas y el ritmo cadencioso de los boleros le daban una valentía absurda que la hacía creerse dueña del mundo y, peor aún, dueña de sus actos.

Tranquila, tengo el control de la situación, sé hasta dónde puedo llegar” se decía con cada sorbo de vino, mientras orinaba en el baño, mientras se retocaba el maquillaje… y dejó de decírselo cuando vio a Aníbal reflejado en el espejo.

- Estás bellísima hoy, le dijo. Mucho más bella de lo que te veo en mis sueños.

- Yo también te he soñado, contestó Mariella. Es más, el otro día me desperté jurando que no había sido un sueño, fue demasiado real.

- Ah, sí? ¿Y qué soñabas?, le preguntó curioso mientras se le acercaba por detrás.

Mariella fue contándole los detalles de su sueño, mientras Aníbal la arrinconaba hacia uno de los cubículos, cerrándolo tras de sí. Mariella le decía que soñaba que él la acariciaba toda, mientras en aquel reducido espacio Aníbal metía la mano por debajo de la falda y le arrancaba de un jalón el bikini. Mariella le hablaba de la forma en que él la besaba en sus sueños, al tiempo que Aníbal le lamía el cuello y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, haciendo caer uno de los pendientes dentro de la poceta. Ella le explicaba la onírica embestida de un enorme miembro, justo en el instante en que Aníbal realmente la penetraba, decididamente, profundamente, completamente.

Aníbal quería seguir escuchando sobre el sueño, pero tuvo que taparle la boca a Mariella para que sus gemidos no se oyeran en la sala del restaurante, ahora casi vacío y próximo a cerrar.

Un orgasmo unívoco de gritos ahogados convirtió el sueño en realidad, o la realidad en un hermoso sueño que recordaría Mariella todos y cada uno de los días y las noches de los últimos dos años, dos meses y diez días, a lo largo de los cuales, los encuentros con Aníbal –cada vez más esporádicos- se llenaban de esperanza, pero al mismo tiempo de promesas imposibles de cumplir.

Con ese amor guardado allí, donde se guardan los sueños imposibles, Mariella continuó con su monótona vida, sacando cada vez menos el recuerdo de aquella noche de locura. Hasta hoy.

Esta tarde, una llamada telefónica sacó a Mariella del sopor dominical. Era Aníbal, como otras veces, deseándola a través del hilo telefónico, ofreciéndole su amor desmesurado, prometiéndole verla para darle todo el deseo acumulado en tantas noches de insomnio pensando en ella.

Mariella se había vuelto incrédula después de tantos juramentos incumplidos y le demostró su escepticismo por primera vez:

- “Si tanto quisieras verme, hubieras encontrado algún momento a lo largo de todos estos años, no crees?”

Pudo haber sido el sabor a reto de sus palabras o la angustia de sentir que estaba perdiendo su amor, pero en ese instante Aníbal desvió el rumbo de su auto mientras continuaba al teléfono, intentando convencer a Mariella de la honestidad de sus deseos. La conversación se mantuvo hasta que el timbre en casa de Mariella sonó, sobresaltándola.

- Espera un momento, están llamando a la puerta, le dijo a Aníbal por teléfono, para tropezarse inmediatamente con su rostro de ángel moreno, sonriéndole aliviado.

- Tienes razón en lo que dices, amor, dijo Aníbal mientras rodeaba con sus brazos la cintura de su amada que, atónita, aún tenía el teléfono en la oreja. - Finalmente he encontrado el momento. ¿Puedo entrar?

Aníbal no sólo entró a la casa de Mariella, también entró a su habitación, a su cama, a su cuerpo y a su vida. Recorrió su cuerpo con caricias prodigadas con sus manos, con su boca y su lengua ávida, con su piel en contacto directo con aquella otra tan recordada y recreada en sus noches más largas. Paró en la estación central de su clítoris para contarle de cerca sus fantasías más secretas; como un feligrés en el confesionario, Aníbal expió sus culpas mientras el sexo de Mariella lo absolvía sin penitencia alguna. La expurgación continuó sin tregua durante horas; las ganas guardadas por tantas lunas se desbordaron entre sábanas arrugadas, gritos a garganta abierta, embestidas de antología y orgasmos sinfín. Aníbal y Mariella se amaron con lujuria, con pasión, con ferocidad, con ternura. Rieron primero, lloraron después y volvieron a reír al no entender por qué lloraban. Se durmieron exhaustos, salpicados de semen y saliva, se despertaron, se ducharon y se volvieron a amar hasta que el ardor en sus sexos no les permitió continuar.

Hace pocos minutos que Aníbal se marchó, no sin antes jurarle mil veces a Mariella que volvería mañana, que lo esperara, que a partir de hoy la amaría todos los días.

Nadie sabe qué pasará. Sólo el tiempo lo dirá. Puede que mañana llamen de nuevo a la puerta, o puede que pasen otros dos años, dos meses y diez días para volver a tocar el cielo. Pero siempre valdrá la pena esperar.

viernes, 22 de agosto de 2008

Verano Invisible


Salir tan sólo a la puerta de mi casa en temporada de verano es una tarea difícil, extenuante y casi imposible.


Mientras muchos de mis amigos “bloggers” se despiden para disfrutar de unas merecidas vacaciones en alguna playa paradisíaca o una isla ardiente, yo debo quedarme en donde vivo: una isla ardiente con miles de playas paradisíacas que se llena de gente buscando sol, alcohol, ofertas y diversión desenfrenada.


Es decir, que todos salen de sus ciudades a descansar y llegan a la mía para “caotizar” mi pacífica cotidianidad. El tráfico se hace insoportable, los centros de compras colapsan, las playas se alfombran de gente y uno trabaja más que en cualquier otra época del año.


Esta invasión que llega cual marea roja cada agosto, carnaval, semana santa o navidad, aísla al nativo dentro de su propia isla y lo obliga a olvidarse de sus siestas vespertinas, ceder su puesto de estacionamiento favorito, perder más de una hora para cobrar un cheque en el banco, anotarse en lista de espera en su restaurant de costumbre y olvidarse de los paseos a la playa hasta nuevo aviso.


Además, parece que nos volvernos transparentes e invisibles al ojo del turista. Al no vestir con pantalones cortos, ni portar un bronceado de camarón, como que perdemos la capacidad de ser vistos por el ojo del visitante. Pasamos a ser, sin aviso y sin protesto, los “raros” del lugar.


Esto lo pude constatar recientemente, cuando tuve que ir con mi novio al centro comercial más famoso y concurrido de la isla a encontrarnos con un cliente.


Previendo el caos vehicular, llegamos a la cita con suficiente antelación, lo cual nos dio tiempo para curiosear en una boutique de ropa playera artesanal que me encanta. El local estaba repleto de gente y las vendedoras no se daban abasto para atender las demandas de los potenciales compradores. Todos pedían colores, tallas y modelos diferentes; los puntos de venta estaban colapsados y el aire acondicionado renunciaba a su tarea de refrescar el lugar.


Yo hurgaba pacientemente un perchero, cuando una chica pasó muy cerca y con las bolsas que llevaba en la mano araño mis piernas sin darse ni cuenta. Allí comencé a pensar sobre esto de la “transparencia del nativo”. Se lo comenté a mi novio justo en el momento en que otra chica lo pisaba fuertemente, aunque ésta ni pareció notarlo.


Minutos más tarde una camisa pasaba volando por sobre mi cabeza despeinándome y una señora casi me arranca de la mano el bikini que yo estaba contemplando.


- Pero… ¿es que nadie me ve? Dije en voz bastante alta…


Nadie respondió ni pareció enterarse de mi molestia, mientras mi novio sonreía asombrado.
El barullo continuó unos minutos hasta que se hizo insoportable y le pedí a mi novio que nos fuéramos de allí; quería internarme en mi casa hasta octubre!


Él volvió a sonreír pícaramente, me tomó de la mano para detener mi estampida y me dijo:


-Cálmate… mira el lado positivo de este infierno. Nadie nos ve, no nos toman en cuenta… somos invisibles!! Podemos hacer lo que nos dé la gana y nadie lo notará.


Inmediatamente capté lo que su mente lujuriosa y traviesa estaba tramando y me relajé, dispuesta a divertirme en medio de aquel caos. Me dejé llevar por su mano, que me condujo disimulada pero decididamente hacia los probadores.


Tuvimos que esperar unos minutos hasta que se desocupara alguno, minutos que supe aprovechar, dándole besos suaves y tocando su entrepierna a través del pantalón, que no lograba disimular en nada su inminente erección.


Yo sonreía nerviosa, le decía que no iba a atreverme a hacerlo, pero en el fondo, era lo prohibido de la situación lo que detonaba en mí un impulso sexual desmedido e incontrolable.


Finalmente salió del probador una montaña de ropa con una chica atrás. Para no variar, nos tropezó, dejando caer al suelo buena parte de la mercancía. Como éramos invisibles, ni siquiera nos disculpamos, sino que entramos rápidamente al probador antes que alguien notara nuestras intenciones.


Aún no alcanzaba a cerrar la cortina tras de mí, cuando mi hombre ya estaba levantándome la falda y acariciándome las nalgas. Me tomó por las caderas y me dio vuelta con cierta brusquedad; rápidamente sonó el ruido de su cremallera, ese sonido que siempre me anuncia buenas nuevas.


Su pene estaba tan erecto que podía colgarse en él toda la mercancía de la tienda; lo lubricó con mis propios jugos y empujó dentro de mí sin perder tiempo. Mis manos y mi mejilla izquierda reposaban sobre el frío espejo, aguantando las salvajes embestidas y un halo de vapor lo empañaba intermitente, marcando el ritmo de mi respiración.


Al principio yo intentaba controlar mis gemidos y gritos; sólo una cortina y un panel de madera de dos centímetros de grosor nos separaban del resto del mundo.


Mi dulce y brioso amante me dio vuelta, tomó mis nalgas y me levantó en el aire. Ahora era mi espalda la que sentía la frialdad del espejo, en contraste con el calor de su cuerpo musculoso y sus besos de lava dulce.


Continuó la embestida mientras yo lo abrazaba con mis piernas y colaboraba con el trabajo, moviendo acompasadamente mis caderas.


La contienda se hacía cada vez más intensa, más placentera, más incontrolable. Por un momento nos olvidamos del lugar, del riesgo, del mundo, y el orgasmo de ambos vino acompañado con gritos de placer.


Justo en el último suspiro, cuando apenas intentábamos incorporarnos, se abrió súbitamente la cortina y apareció una señora con cara de amargura y mucha envidia.


- Salgan de allí inmediatamente o llamo a seguridad, dijo, a lo que yo simplemente contesté, mientras me acomodaba la falda:


- ¡Vaya!!! ¡Parece que no somos tan invisibles!! ¡Bendito sea el verano!!


Tomé de la mano a mi hombre, y salimos sudorosos y satisfechos a encontrarnos con nuestro cliente.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Amores Que Matan


Ya falta menos de un mes para cerrar el Concurso de Relatos Eróticos "Karma Sensual 4: Amores que matan"; concurso que me otorgó el primer premio en su pasada edición y por lo que en esta oportunidad tendré el honor y el placer de deliberar.

La participación es totalmente gratuita, vía web y podrás medirte con escritores de todo el mundo hispano parlante.

El premio es la publicación de los doce mejores relatos en una antología editada por El Taller del Poeta (Pontevedra, España).

Si quieres conocer más sobre el concurso y sus bases, accede al link pinchando el título de este post, o consulta en mis posts del mes de junio.

Anímate!! Espero leerte pronto.

sábado, 16 de agosto de 2008

El Invasor


Caminaba en la oscuridad guiada únicamente por la vaga memoria de aquella casa recién estrenada... El miedo a tropezar la hacía andar con pasos muy cortos, arrastrando los pies descalzos uno delante del otro, como novia indecisa camino al altar. Su respiración agitada era casi un jadeo que le secaba la garganta y le pegaba la lengua al paladar y la sensación de un millón de hormigas caminando afanosas por sus manos y su cara, la acompañaba en aquel camino incierto.


No estaba segura de lo que estaba pasando, pero intuyó de inmediato que algo tenía que ver con aquel mensaje de voz que había encontrado una hora antes, al encender su móvil luego de una interminable guardia nocturna en el hospital municipal. En él, una voz gruesa, familiar pero difícil de identificar le decía: “Por fin di con usted, doctorcita. Le tengo una sorpresa cuando llegue a su casa. Espero le guste. Sólo haga lo que se le pide y todo saldrá bien. Un beso”.


El tono de aquella voz no era amenazante; por el contrario, sonaba juguetona y divertida. Le preocupó sólo un poco, pues estaba habituada a recibir llamadas anónimas o subidas de tono. Eran muchos los hombres heridos o enfermos que iban a buscar ayuda en las manos benditas de aquella hermosa cirujana. A casi todos debía darles el número de su móvil para que pudieran contactarla por cualquier emergencia. En el noventa y nueve por ciento de los casos, las “emergencias” eran de índole muy distinta a la dolencia inicial. Algunos la llamaban para agradecerle su paciencia y buen trato -tan poco común en hospitales públicos-, otros, más directos, la invitaban a tomar un café después de su guardia. En una oportunidad incluso, la llamó un paciente quejándose de un fuerte dolor, y cuando ella comenzó a hacerle las preguntas necesarias para poder dar un diagnóstico, descubrió que en realidad lo que estaba haciendo el “paciente” era masturbarse con el sonido de la voz de su doctora a través del hilo telefónico.


Tales antecedentes hicieron que el mensaje de voz de esta noche no la alterara más de lo necesario y pensó, en todo caso, que encontraría en la puerta de su apartamento una flor o alguna nota indecorosa, que ella, por enésima vez, ignoraría con una sonrisa en los labios.


Exactamente eso fue lo que encontró. Pero no en la puerta de su apartamento, sino en su propia habitación, sobre la almohada de plumas de su cama, mientras se quitaba la ropa para darse un relajante y merecido baño caliente.


A que no adivinas dónde estoy y quién soy”... alcanzó a leer justo antes que, súbitamente, se fuera la luz en toda la casa, convirtiéndola en un hueco negro y mudo sin puntos de referencia.


A pesar del silencio ensordecedor que sólo era molestado por su propia disnea, ella sabía que él estaba allí, en cualquier rincón, tal vez observando con cierta burla sus movimientos erráticos intentando encontrar el tablero eléctrico y una explicación a aquel inusitado apagón. Apenas se escuchaba el ladrido de un perro lejano y más lejos aún, el golpe de las olas en el acantilado. Pero ella no escuchaba nada de eso. Sus oídos descartaban todo ruido innecesario para concentrarse en cualquier señal que le indicara las coordenadas de aquel huésped no invitado. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Le haría daño? ¿Cómo podría defenderse? Eran preguntas que la inquietaban mientras vagaba desnuda tanteando las paredes.


Llegó a la salita de estar, justo entre la habitación principal y la cocina, donde ella planificaba crear su estudio y donde se encontraba el tablero eléctrico. Súbitamente volvió la luz, obligándola a cerrar los párpados casi por completo, mientras sus pupilas se adaptaban nuevamente a la claridad. Con los ojos arrugados y apenas abiertos pudo divisar una silueta frente a ella, sentada en el sillón de lectura, sonriéndole y sosteniendo en la mano un pequeño interruptor.


El susto y la adrenalina que corría por su cuerpo hicieron darle la espalda a aquel sujeto para salir corriendo en sentido contrario a su presencia. Pero cuando apenas emprendía la huida, se hizo la oscuridad nuevamente, dejándola ciega otra vez.


“No tema doctorcita... le dije que todo iba a salir bien... prométame que cuando vuelva la luz no saldrá corriendo... Además, el paisaje de su cuerpo desnudo es un regalo que quiero darme con tranquilidad”.

Fue en ese momento, en medio de la confusión y el terror, que ella se percató de su desnudez. Ahora, además de asustada, estaba también avergonzada frente a aquel desconocido y sus confusas intenciones. Quiso correr con más fuerzas aún, pero no veía nada; con seguridad se haría daño si lo intentaba.


Volvió la luz y emprendió el escape. Pero un par de segundos más tarde retornó la oscuridad. Comprendió entonces que aquel hombre tenía el control de los apagones y entonces permaneció quieta bajo el dintel de la puerta, tapándose con manos temblorosas sus partes más íntimas.


“Espero que haya entendido que si huye volverá a apagarse todo... así que le suplico se quede quieta donde está y me deje mirarla. Cierre los ojos por favor, y no los abra aunque vuelva la luz”, le ordenó suave, pero tajantemente, aquella voz masculina.


El invasor presionó de nuevo el interruptor que llevaba en la mano y la luz se hizo. Encontró a una niña desvalida con ojos apretados, una mano tapándole los diminutos senos y la otra presionando su sexo de vello coquetamente recortado. La curiosidad le hizo desacatar la orden y abrió los ojos; inmediatamente todo se oscureció de nuevo. El juego ya la estaba impacientando demasiado; por un lado quería obedecer para poder saber de qué se trataba todo aquello, pero por el otro, quería salir corriendo de allí o pensar en algún plan que le sirviera para defenderse. Mientras se debatía entre una cosa o la otra, escuchó nuevamente la voz, que cada vez se le hacía más familiar y agradable.


Veo que es una chica desobediente... tendré que castigarla entonces... ¡Dése la vuelta!”, le increpó. El hombre intuyó que su presa permanecía inmóvil, entonces le gritó violentamente esta vez: “Que se dé la vuelta, dije!!”.


El brinco fue tal, que sus pies se despegaron del piso por una fracción de segundo y giraron en el aire para colocarla de espaldas al invasor. Ella aún no lo sabía, pero en aquel momento, su cuerpo estaba impulsado más que por el miedo, por un deseo animal, desenfrenado e inconsciente. Ella nunca podría reconocerlo, pero en el fondo, le gustaba estar siendo observada por los ojos de un extraño; le había excitado enormemente esa intrusión, ese juego de luces y sombras, la orden militar que segundos antes la había asustado tanto; en el fondo, se despertaba un deseo irreconocible por su brutalidad y novedad.


Sintió correr un calor líquido por su entrepierna y pensó que el miedo la había hecho orinarse. Pero en el fondo.... muy en el fondo, eran sus entrañas desahogando un ardor por mucho tiempo reprimido. El verdadero deseo. Ése que a veces adopta formas impensadas.


Mientras esto sucedía, lo escuchó levantarse del sillón y caminar hacia la puerta de la habitación, donde ella permanecía tiritando de miedo por fuera y derritiéndose de pasión por dentro. La irracionalidad del miedo le decía que huyera, aún a riesgo de caer o tropezar con algo. Pero su deseo, igualmente irracional, la anclaban al piso helado, como un árbol en mitad del desierto incapaz de llegar andando hasta el oasis.


Tener los ojos abiertos o cerrados era lo mismo: la visión era completamente nula. Así que prefirió cerrarlos muy fuerte, como si al protegerlos con sus párpados también se cubría ella con un manto invisible de seguridad. Cual condenado esperando el sonido del disparo, se preparó para el inminente acercamiento. Pero nunca pudo prepararse para lo que sintió cuando aquel cuerpo de hombre la arropó suavemente por detrás, percibiendo el aroma varonil de su perfume, sintiendo el vapor leve de la respiración cerca de su nuca, el frío de la camisa de seda y más abajo, el hirviente demonio que al tocarla, la hizo curvar su espalda y sostener la respiración por un instante.


Una mano de él le recogió en alto la negra cabellera para recorrer con su lengua húmeda y tibia aquel cuello de cisne, grácil y erizado, mientras la otra buscaba la selva húmeda de su pubis, aún protegida entre dedos femeninos y asustados, bañados de sus propios jugos.


Ya sabes dónde estoy... ahora intenta adivinar quién soy, mi doctorcita”, susurró sensualmente al oído de la invadida.


Su voz tan familiar, el olor de su piel, la inexplicable comodidad que sentía pegada al cuerpo de aquel extraño, el calor que emanaba de sus profundidades... todo le decía que era alguien conocido. ¡Pero Dios! ¿De quién se trataba? Miles de ideas chocaban unas con otras en su mente, sin conformar una imagen, un nombre, una historia que le diera alguna pista.


Negó fuertemente con la cabeza, poniendo de manifiesto su incapacidad para adivinar y su desesperación por despejar de una vez la incógnita. Hizo un amago de darse la vuelta que él paró en seco. Con cierta violencia pero sin llegar a hacerle daño, la tomó con una mano por ambas muñecas, poniéndolas en alto y sometidas contra la pared, al tiempo que continuaba masajeando con fruición los más recónditos y olvidados pasadizos del placer vaginal.


“¿No adivinas todavía?, preguntó, y agregó luego de una pausa: “Entonces tendré que ayudarte un poco”.


Sacó la mano de la cómoda vulva para desabrochar su pantalón y dejar expuesta su majestuosa virilidad, que, tras lubricarla con su propia saliva, comenzó a penetrarla por el culo, con presión y sin preámbulos.


Ella se resistía, se retorcía, se negaba con el cuerpo y con la voz: “No, no por favor, por allí no!!”, suplicaba, pero la fuerza de aquel hombre encelado sometía su delicado cuerpo de señorita victoriana, dejándola con muy pocas fuerzas para luchar.


- ¿Por qué no?, preguntaba una y otra vez sin dar pausa en la penetración... Dime, dime... ¿por qué no? ¿Acaso es la primera vez que lo haces?... Ella negaba con la cabeza.


- ¿Con cuántos lo has hecho así?, ¿a cuántos hombres le has dado el culo? Ah? ¡Contesta!, continuaba increpándola en medio de su excitación.


- Sólo a uno..., contestó ella finalmente con un hilo de voz.


- ¿Cuándo?... ¡¿CUÁNDO?!


- Hace mucho tiempo... cuando era apenas una adolescente...


- ¿Con quién lo hiciste?, insistía, con la misma vehemencia con la que desaparecía su miembro dentro de aquella caverna oscura.


- No quiero hablar de eso... respondió con voz entrecortada, casi llorando.


Él no se apiadó de su actitud compasiva. Por el contrario, la embistió con más fuerza y volvió a preguntar separando cada sílaba con un empujón: “¿CON-QUIÉN-LO-HI-CIS-TE???”


- Con mi primer novio... soltó con un hondo gemido.


- ¿Y qué pasó?, ¿por qué no lo hiciste nunca más?


- Él se fue a estudiar al extranjero. Yo me quedé muy enamorada y triste. Lo amaba...


Luego de una larga pausa plagada de sollozos y jadeos que anunciaban la pronta llegada del orgasmo, continuó:


- Yo le dije que no sabía si podría esperarlo, pero le prometí que jamás le entregaría mi culo a ningún otro hombre para honrar nuestro amor...


Lo que siguió fue el estallido de ambos en un mar de gemidos y semen. La oscuridad en sus ojos se convirtió en una luz interna que iluminó por un breve instante todo el lugar.


- Has sido una mujer de palabra, doctorcita. Y aún hoy lo sigues siendo... dijo el invasor, al tiempo que la besaba tiernamente en el cuello y sacaba su falo satisfecho de aquella cavidad rememorada durante tantos años. Seguidamente accionó de nuevo el interruptor para descubrirse ante los ojos -encandilados por el brillo y la sorpresa- de la mujer de su vida.

domingo, 10 de agosto de 2008

Intruso Nocturno



Vena latente que me pone alerta,
monstruo dormido que se despierta.
Ojos abiertos, pupilas dilatadas,
oídos expectantes, respiración suspendida.
Frío y calor que me recorre el cuerpo.
Frío de arriba hacia abajo,
calor de adentro hacia fuera.
Poros como púas, piel al acecho.
Blanca oscuridad que me impide ver tu sombra.
¿Estás aquí o sólo en mi mente?
No importa, siempre eres tú, omnipresente.
Extiendo la mano, busco a tientas a mi almohada,
eterna compañera, fiel confidente.
La despierto, la someto entre mis muslos.
Suave y moldeable al comienzo,
rígida, húmeda y complaciente después.
Mis piernas se tensan,
micuerpo es un hierro firme y candente.
Mi pelvis empuja, mis labios te sienten.
Cierro los ojos mientras te veo,
mi garganta se traga tu respiración.
Mis labios recorren tus depresiones y altitudes.
Geografía tan conocida, tan placentera.
Topógrafa de tu cuerpo, cartógrafa de tu corazón.
Mis entrañas exhalan, finalmente,
en un largo e intermitente suspiro,
exponiendo al rubí, perlando mi piel,
llenando de joyas mi interior.
Te beso en la frente, extiendo mi almohada
y cierro otra vez los ojos mientras te vas…
pero sólo por un rato, pronto regresarás...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Mercancía Intelectual

Un amigo me envió por correo un chiste en cadena, titulado “Grandes Inventos (Mercancía Intelectual)”, un texto jocoso pero bastante machista.

No suelo reaccionar ante este tipo de mensajes, ni me considero una feminista a ultranza, pues opino que ellas son las más machistas de todo el universo. Sin embargo, el texto me llevó a escribir una contraparte.

Ambos escritos (el de la cadena y el mío) se reproducen a continuación. Díganme ustedes con cuál están más de acuerdo?

OJO: Todo es broma. Nada en serio ;)

EL HOMBRE descubrió el VIDRIO e inventó la BOTELLA; LA MUJER tomó el VIDRIO e inventó el ESPEJO.
El HOMBRE descubrió la BARAJA y ahí mismo inventó el JUEGO; LA MUJER agarró la BARAJA e inventó la BRUJERÍA.
EL HOMBRE descubrió la PALABRA e inventó la CONVERSACIÓN; LA MUJER transformó la CONVERSACIÓN y ahí mismo inventó el CHISME.
El HOMBRE descubrió el DINERO e inventó el COMERCIO; LA MUJER descubrió el COMERCIO e inventó el CRÉDITO.
El HOMBRE descubrió las TRANSACCIONES y creó las TARJETAS DE CRÉDITO; La MUJER descubrió las TARJETAS DE CRÉDITO y nos JODIMOS!
El HOMBRE descubrió el TRABAJO e inventó el SALARIO; LA MUJER descubrió el SALARIO y nos jodieron otra vez!!
EL HOMBRE descubrió a LA MUJER e inventó el SEXO; LA MUJER descubrió El SEXO e inventó el MATRIMONIO, LOS COMPROMISOS, LA LLAMADERA y ahí se cagó todo.
DESPUÉS DE ESTO EL HOMBRE NO INVENTO MÁS.
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La humanidad descubrió el vidrio, inventó la botella y el hombre la llenó de whiskey, cerveza, ron, vodka, ginebra, tequila… se las bebió todas y ya vacías, las lanzó a la calle, al mar, a la arena, a los ríos, contaminándolo todo.

La humanidad inventó la baraja, el hombre la usó para jugar y dejar en la mesa más de su salario; la mujer intenta descifrar en ella, a través de la quiromancia, lo que los hombres no son capaces de expresar con palabras o sentimientos.

La humanidad descubrió la palabra e inventó la conversación: la forma de comunicación que diferencia a los humanos de los animales. Sólo que los hombres parecieran estar aún en etapa de transición, pues les cuesta mucho utilizarla.

La humanidad inventó el dinero, el hombre aprendió a gastarlo y la mujer, a administrarlo.

La humanidad descubrió el trabajo, el hombre inventó el salario y como nunca llegaba completo a la casa, las mujeres tuvimos que salir a buscar el propio para poder vivir como nos merecemos.

El hombre y la mujer descubrieron el sexo. Ellos se lo beben de un trago y lo desechan como una botella de cerveza, juegan y se divierten con él como en un juego de póquer, aprovechan para no decir una sola palabra mientras lo practican y en muchas ocasiones, necesitan dar parte de su salario para practicarlo. Sólo nosotras, las MUJERES, sabemos DISFRUTARLO en toda su dimensión.

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jueves, 31 de julio de 2008

BESAR...


Según el diccionario se trata de “oprimir o tocar con los labios juntos, contrayéndolos y separándolos con una pequeña aspiración”; “hacer el gesto propio del beso, sin tocar con los labios” y otro par de acepciones bastante más insípidas y absurdas.

Si bien el diccionario ha sido y será mi libro de cabecera, debo confesar que nunca he sentido como ahora que ese libraco se quede tan corto describiendo alguna palabra.

Besar, ya sea verbo o sustantivo, es un gesto que puede encerrar un millón de significados, interpretaciones o mensajes, según sea el sujeto que ejerce la acción o el que la recibe, la intencionalidad, el lugar, el momento y tantas otras cosas que influyen en este acto, precedente y concluyente de los mejores momentos del ser humano.

Besamos al recién nacido y despedimos con un beso a nuestros muertos. Podemos hablar de besos entre padres e hijos, entre hermanos y entre amigos, pero ese no es el tema que aquí interesa. Hablamos de besos entre personas –del mismo sexo o no- sin lazos consanguíneos, unidas más bien por sentimientos o intenciones relacionadas con el amor, el deseo, lo sensual o lo sexual. No digo carnal, porque es ponerle una camisa de fuerza, ni digo espiritual, porque suena muy elevado, pero definitivamente, la clase de besos de los que hablo, tienen mucho de ambas cosas.

El beso es una especie de paréntesis que abre un encuentro y lo cierra; sin querer esto decir que no puedan haber innumerables besos en medio. El beso puede ser tan inocente como el que se le da a un niño, o tan lujurioso como aquel que enciende pasiones y desata los más profundos instintos sexuales. Un beso marca el antes y el después de una relación que comienza; luego de un primer beso apasionado entre una pareja recién conocida, se cruza el punto de no retorno.

En muchos casos, un beso es el primer recuerdo erótico que tenemos de nuestra adolescencia. En mi mente sigue vivo el recuerdo de un sueño de mi pubertad, en el que un chico de la cuadra llegaba hasta mi cama y me besaba suavemente en la boca. La sensación fue tan real que me desperté sintiendo aún su aliento. Luego de un tiempo, cuando tuve la oportunidad de sentir despierta un beso de verdad –del mismo chico, por cierto- me impresioné al constatar tanta semejanza con la sensación vivida en aquel sueño. ¡Yo sabía cómo se sentía incluso antes de ser besada por primera vez!

¿Será acaso que el beso y la sensación que produce tanto en el cuerpo como en el intelecto, es una especie de impronta grabada profundamente desde el origen mismo de nuestra especie? ¿Será que sabemos cómo besar y cómo recibir un beso, tan instintivamente como sabemos tragar sin ahogarnos, respirar o parpadear desde el mismísimo momento de nuestro nacimiento?

Tal vez estas preguntas no tengan respuestas científicas, pero sin duda alguna que el beso es un tema que puede ser muy fatuo o muy apasionante, según cómo se le aborde. Un tema, en todo caso, que da para llenar miles de hojas…

Por lo pronto les invito a leer un poco sobre la historia del beso, esperando que me ayuden a alimentar con sus comentarios, futuras entradas relacionadas al tema.

HISTORIA DEL BESO
La palabra “beso” proviene del latín “basiare” que a su vez viene del sánscrito “bhadd” que significa abrir la boca.
Algunos estudiosos aseguran que el beso pudo nacer en la Edad de Piedra, cuando el hombre de las cavernas lamía el rostro de sus congéneres para satisfacer su necesidad de sal. Otros hablan de la era del Cromagnon, donde las mujeres –sin piedra ni mortero y con poca habilidad manual- mascaban la comida hasta hacerla una papilla que pasaban directamente a la boca de sus crías.
Antiguas referencias dicen que los besos fueron esculpidos 2.500 años antes de Cristo en las paredes de los templos de Khajuraho, en la India, mientras que los hombres persas de la Antigüedad se daban besos en la boca si pertenecían a un mismo nivel social.
Hasta la segunda mitad del siglo IV a.C., los griegos sólo permitían besos en la boca entre padres e hijos, hermanos o amigos muy próximos. El filósofo Platón declaraba "sentir gozo al besar".
En la época de los romanos había tres términos para designar la palabra “beso”: “Suavium”, o beso de amor; “Osculum”, beso amistoso y religioso y “Basium”, beso entre amantes y de saludo.
El Kamasutra, por su parte, describe otras tres clases de besos: el "nominal", en el que los labios apenas se tocan; el "palpitante" en el que se mueve el labio inferior, pero no el superior; y el "beso de tocamiento", en el que participan labios y lengua.
El beso es común a todas las culturas y a todas las civilizaciones de la Tierra. Sin embargo su intencionalidad o propósito, así como su aceptación social han variado a lo largo de la historia y a lo ancho del globo terráqueo.
Antiguamente, en Inglaterra, un visitante debía besar al anfitrión y toda su familia al llegar a la casa. En Escocia, el padre besaba los labios de la novia al final de la ceremonia de casamiento. Decíase que la felicidad conyugal dependía de esa “bendición”. Después, en la fiesta, la novia debía circular entre los invitados y besar en la boca a todos los hombres, los que a cambio le daban algún dinero. (Esta práctica se ve representada en una escena de la reciente película “Made of Honor”, una comedia romántica protagonizada por Patrick Dempsey y Michelle Monaghan).
En el Renacimiento el beso en la boca era una forma de salutación común. En el siglo XV los nobles franceses podían besar a la mujer que quisiesen, pero en Italia, por ejemplo, si un hombre besaba a una doncella en público, debía desposarla de inmediato.
Fue hacia el siglo VI que finalmente la sociedad aceptó el beso entre personas adultas como una expresión de afecto y fue Francia la que instauró la costumbre del beso como parte del cortejo entre dos amantes. Luego en Rusia se consolidó el beso en el altar como una demostración de amor eterno entre los desposados.
La Revolución Industrial y el racionalismo de la época, reprimieron las manifestaciones públicas de amor, y el beso quedó replegado al ámbito de lo privado hasta el siglo XX y la invención del cine, que devolvió a la palestra pública el acto privado de besar.
El primer beso cinematográfico fue en 1896; duró cuatro segundos y provocó un escándalo. Unas décadas después, los tan famosos “Comités de Censura” provocaron un nuevo retroceso en aquello de los besos en público. Hubo que esperar a que finalizara el período de entre guerras y se acabara con los regímenes dictatoriales que imperaron en Europa y algunos países de Latinoamérica, para que el movimiento hippie, el feminista y el ecologista le devolvieran la libertad al arte de besar.

Fuentes para “La Historia del Beso”:
http://foros.enplenitud.com; Vicente Battista en: http://es.answers.yahoo.com; http://noticiasinteresantes.blogcindario.com; www.la-arania.com; www.ymipollo.com