jueves 2 de julio de 2009

La Historia tras el tatuaje 2

Matilde regresó totalmente renovada de su viaje de vacaciones. Jamás pensó que aquella decisión de tatuarse el vientre le traería cinco días de diversión y sexo desenfrenado con dos hombres, por separado y juntos. A veces se sentía como una recién iniciada en las drogas: loca, desenfrenada, incrédula de que pudiera haber tanto placer en el mundo y que ella se lo estuviera perdiendo. Pero tenía a Saúl y a Luis, dos hedonistas por naturaleza que amaban la vida y veían el sexo como la forma más natural y lógica de expresar sus deseos más íntimos y primitivos.

Saúl, el mesero del bar latino, era apenas un chico; tal vez no pasaba de los 25 años. Su energía y vitalidad la hacían recordar a la Matilde adolescente que se fue desdibujando conforme llegaron los compromisos laborales, la familia y la imagen que cuidar. Luis, sin embargo, lucía mayor que la propia Matilde, tal vez entrando a sus cuarenta, interesante, sereno, con completo control de su vida y con la sonrisa permanente de aquel que logra ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Buena parte de su filosofía y actitud le impactó a Matilde aquella noche en que la masturbó delicadamente para que se relajara y permitiera tatuarle un rosal en su vientre. Aquel orgasmo lento pero avasallante desencadenó el giro que dio no sólo la semana de vacaciones de Matilde en Miami, sino su vida misma y su forma de encararla.

Una semana de libertad total, de bailar y beber mojitos hasta la madrugada, de dormir hasta mediodía y tomar el sol en South Beach hasta que éste se cansaba de tostarla y se acostaba en el mar, la apartaron por completo de su cotidianidad. Noches interminables de experimentación, de dejarse llevar por la lujuria y la experiencia de aquellos hombres tan hermosos y distintos entre sí, de sentir en su propia piel cosas que creía estaban sólo en las páginas de los libros eróticos que le robaba a su hermana, le causaron a Matilde un shock sin precedentes de vuelta al caos de su trabajo, que se había acumulado a niveles himaláyicos sobre la superficie de su escritorio.

En un principio la invadió el pánico. Pensó que tal vez no había sido buena idea ausentarse tantos días de la oficina y que necesitaría muchas horas extras para poner en orden aquel campo de batalla. Pero Matilde ya no era la misma; por primera vez había decidido irse de viaje sola, y contra todo pronóstico, había estado más acompañada que nunca, no sólo por la presencia del par de amigos iniciadores, sino porque inéditamente, Matilde había logrado acompañarse a sí misma.

Borró enseguida de su mente cualquier pensamiento recriminatorio, respiró profundo y se dio cuenta que nada era realmente urgente, si había logrado sobrevivir tantos días dentro de su oficina sin que nadie lo moviera. Así que echó un ojo fugaz a algunas carpetas, las colocó en exacta posición y decidió ir al café de la esquina a desayunar algo.

Caminando por entre los pasillos repletos de cubículos tabicados a media altura y oficinas de paredes de vidrio, observaba cómo sus compañeros de trabajo -algunos que tal vez nunca habían cruzado palabra con ella- volteaban a mirarla. Era como si se leyera en su frente todo el sexo que había tenido en Miami, como si su taconear reprodujera todos los gritos de placer que Saúl y Luis arrancaron de su garganta, como si los colores de su tatuaje se reflejaran en su cuerpo entero y aquellas rosas despidieran desde su vientre un perfume embriagador. Y de alguna manera, así era. Matilde era otra persona ahora, y se notaba.

En el ascensor se encontró a Luis Miguel, el director de Compras de la corporación. Siempre le había gustado aquel hombre, pero nunca había pasado de los buenos días o buenas tardes en el ascensor. Antes de su viaje, a Matilde le gustaba su piel aceitunada, su pelo canoso cortado casi a ras y el perfume varonil que usaba y que dejaba impregnada aquella pequeña cabina incluso después de haber salido de ella.

Pero ahora Matilde veía otras cosas. Observaba de reojo sus largos dedos e imaginaba los recovecos a los que podría llegar dentro de ella, arrancándole orgasmos aún en gestación. Dio un paso atrás y pudo mirar su hermoso trasero, disimulado por la chaqueta, pero evidentemente firme. También miró sus orejas, pequeñas en comparación al tamaño de su cabeza, deliciosas para recorrerlas con sus labios de arriba hacia abajo, terminando en un travieso mordisco en el lóbulo que lo hiciera saltar de sorpresa y un tanto de dolor. El trayecto entre el piso ocho y la planta baja fue suficiente para que Matilde lo imaginara estrujándola contra las paredes del ascensor, ahogándola con su lengua y con sus manos apretándole los senos y arrugándole la blusa de seda recién estrenada.

Pero repito. Matilde era otra mujer, y por eso se atrevió a decirle: “Disculpa, acabo de mirar en mi escritorio una orden de compra para Mac Dickens, pero acabo de llegar de una reunión en Philadelphia y tengo proveedores bastante más competitivos; voy camino al café de la esquina, si no estás muy apurado, podría adelantarte algo de lo que investigué”.

Luis Miguel aceptó encantado. Se sentaron en una mesa del fondo y Matilde lo pudo ver más de cerca: sus labios carnosos y el gesto que hacían sus comisuras mientras hablaba, sus uñas perfectas y oh… ¿qué veía?, ¿acaso era un tatuaje aquello que sobresalía entre la pulsera de su reloj y el puño de su camisa? Matilde no pudo disimular su curiosidad y Luis Miguel lo notó; siguió el recorrido de su mirada y vio que se posaba en la tinta negra que se asomaba en su muñeca.

- Sí, es un tatuaje -dijo sonriendo-. ¿Te sorprende? Tal vez no parezca hombre de tener tatuajes, pero los tengo. Sólo que a veces tenemos que “tapar” lo que verdaderamente somos.

Matilde estaba perpleja, pero a duras penas le pudo decir que tal perplejidad no se debía a que él tuviera un tatuaje, sino que ella también lo tenía y que apenas comenzaba a pensar exactamente como él.

- ¿Qué tienes tatuado? -le preguntó ella-.
- En este brazo tengo un tigre, pero en este otro tengo un dragón… la fuerza y la inteligencia. ¿Y tú? ¿Dónde y qué te tatuaste?, -repreguntó Luis Miguel-. Y Matilde vio la oportunidad perfecta para trasladar todo aquello que había vivido en Miami a su nueva vida en casa.
- Me encantaría que lo adivinaras… -dijo pausadamente y con una sonrisa pícara-.

Luis Miguel entendió el juego y lo siguió.

- Pues si fue tu primera vez, seguramente no te aventuraste con algo grande… tal vez un símbolo chino –típico entre principiantes- en el tobillo.

Matilde levantó las botas de su pantalón y le mostró sus tobillos limpios de toda tinta.

- Mmmmm…. Entonces seguramente al comienzo de la espalda, un lugar sexy, pero discreto y femenino.

El juego le estaba gustando a Matilde, aunque sospechaba que mientras estuviera allí, no podría llegar muy lejos. Sin embargo, rotó en la silla poniéndose de espaldas a su interlocutor, con una mano elevó la mata de pelo rojizo y con la otra bajó el cuello de su camisa, dejando al descubierto su cuello y el comienzo de su espalda, tan sólo tatuada de pecas que a Luis Miguel le provocó besar.

- Me rindo –dijo-.
- No puedes rendirte tan pronto. Hagamos algo: antes de irte esta tarde, pasa por mi oficina en el ocho, así te doy tiempo para que pienses y aprovecho de darte la información de los nuevos proveedores.

Luis Miguel entendió todo y aceptó de inmediato.

Caía ya la noche cuando Matilde lograba al fin poner cierto orden en su oficina. El departamento ya estaba vacío y en penumbras. El toc toc en el tabique de vidrio la sobresaltó. Desde la puerta

Luis Miguel le dijo:

- Se me ha ocurrido algo para adivinar dónde tienes tu hermoso tatuaje.
- A ver…. –le contestó ella, intrigada y cómplice de antemano-.
- Si es algo reciente, debe tener relieve, tal vez aún algo de costra. Te propongo que apagues la luz… yo buscaré a tientas y con mi lengua el sitio exacto de tu obra de arte.

Matilde no respondió. Sólo se acercó a la puerta, apagó la luz, tomó al creativo hombre por la corbata y lo atrajo hacia ella en un largo y apasionado beso.

- Está bien -le dijo sonriendo-. Acabo de certificar tu lengua. Está en condiciones de inspeccionar mi cuerpo.

Luis Miguel la recostó en el escritorio aún lleno de papeles y carpetas, se arrodilló, la descalzó y comenzó a besarle la planta de los pies.

- !Nadie se tatúa allí! -dijo Matilde-.
- Ssshhh… -la acalló Luis Miguel-. Por obvio y predecible estoy aquí, así que deja que lo intente todo…

Aún arrodillado, siguió besándola en los tobillos. “Ya te enseñé los tobillos…” – “Sssshhhh…” – “Jajajaja”… A Matilde le estaba divirtiendo el juego, pero a medida que subía y cuando llegó a sus rodillas, también le comenzó a excitar.

Los pantalones no subían más, así que Luis Miguel los desabrochó y ayudó a quitárselos. La puso de espaldas, con sus manos apoyadas sobre la mesa; le acarició las nalgas y le besó el coxis y las caderas… No sentía nada y su intriga fue creciendo. Recorrió su cintura, el camino sinuoso de su columna, sus omoplatos… nada. Mientras besaba y lamía, Luis Miguel acariciaba con experticia los senos de Matilde, por debajo de la blusa. Matilde estaba ya ardiendo de deseo.

La puso de nuevo frente a él, le besó con pasión los labios para luego bajar por su cuello y recorrerlo con su lengua bajando hasta sus hombros. Lamió su brazo derecho chupando uno a uno sus delgados dedos. Sabía que sus manos no estaban tatuadas, pero a esas alturas ya él lo que quería era comérsela toda. Hizo lo mismo con su brazo y su mano izquierda y volvió a su boca, mientras su mano fue directamente hasta su vulva cubierta de encaje negro. Llegó con precisión de experto a su punto más sensible, pero Matilde lo paró en seco, le sostuvo la mano, dejó de besarlo y le dijo: “Imposible que esté tatuada allí. Termina tu tarea y luego tendrás tu recompensa”.

Luis Miguel continuó entonces; desabotonó la blusa de seda y besó la poca piel que aún no había explorando en aquella mujer. Sus hermosos senos que resplandecían en la oscuridad, delimitando claramente la zona no bronceada; sus pezones oscuros y duros, que mordisqueó con gula; sus costillas marcadas y el hoyuelo de su ombligo. Volvió a arrodillarse y tomó a su mujer por las nalgas, atrayéndolo hacia él para lamer su bajo vientre. Y allí lo encontró, finalmente, explayado y surcado de líneas rugosas. Tal vez era por la sensibilidad exacerbada de la zona, o porque el deseo de Matilde ya no cabía en ella, pero justo en el momento en que su invitado encontró lo buscado, ella ya se ahogaba en gemidos.



Flanqueado por los huesos de su cadera, una enredadera de flores multicolores le daba la bienvenida a una eterna primavera en el vientre de Matilde. Luis Miguel besó todos y cada uno de sus pétalos y hojas, hasta que ella, sedienta de él, le desabrochó el pantalón diciéndole: “Vamos, es hora de regar estas flores desde la raíz…”

sábado 13 de junio de 2009

Hondo Silencio




Cayendo la tarde, Paula y David habían quedado agotados de discutir por una pelea que comenzó con la decisión de qué preparar para la cena y terminó sacando viejos trapos al sol, sobre infidelidades, supuestos engaños, monotonías y cansancios.

En el fondo, Paula y David se amaban con el mismo ardor de sus primeros años, pero ambos se habían cansado de buscar las brasas humeantes y atizarlas en busca de la pasión perdida entre deberes, deudas, niños y compromisos sociales.

Aquella tarde David optó por salir de la casa sin decir nada, dejando a Paula con mil palabras atropellándose en su lengua, una cebolla en la mano y las lágrimas a punto de estallar.

- ¡Estoy harto de escucharte!, fue lo único que dijo David antes de tirar la puerta tras de sí.

Paula, orgullosa y herida, después de rumiar su frustración y aliñarla con especies de la cocina, decidió que nunca más diría una palabra delante de su esposo.

Así de rotunda y drástica era Paula, así de apasionada y febril en todos los actos de su vida. Así cocinaba platos de Chef para doce personas, así dejaba la casa limpia y lustrada, así redactaba impecables informes para su jefe, así atendía dedicadamente a sus invitados, así amaba con desenfreno a su marido en la cama. De modo que no era descabellado pensar que, en efecto, Paula pudiera enmudecer por el resto de sus días, sólo para facilitarle las cosas a su marido.

Terminó de preparar la cena y comió con los niños; los ayudó a terminar sus deberes, preparó las meriendas del día siguiente, acomodó los uniformes y hasta escogió del ropero la combinación que llevaría al día siguiente a una importante reunión de trabajo. Tomó un largo baño, se exfolió la piel, se rasuró las piernas, se frotó el cabello con una cucharada de aceite de oliva, y David seguía sin aparecer.

Comenzó a impacientarse. Era la primera vez que pasaba algo parecido, así que desconocía por completo el protocolo en situaciones semejantes. Estuvo tentada a llamarlo al móvil, pero eso traicionaba su promesa de no hablarle más. Pensó llamarlo y no hablar, pero David sabría que era ella y quedaría como una niña estúpida ante tal acto. Así que no le quedó otra opción que esperar. Esperó viendo la televisión, leyendo una novela, jugando solitario en la computadora, fumando en el balcón, alimentando los peces, cambiando el orden de los cojines del sofá, actualizando su agenda, comiendo algo de las sobras de la cena, esperando en la ventana la llegada de su hombre... recordando los buenos momentos con David, su perfume de hombre limpio, las ondas de su cabello enredadas en sus manos, su mueca facial en la aproximación del orgasmo, el calor de sus jugos dentro de ella...

Paula se perdió en aquellos recuerdos vívidos y tan placenteros, que no escuchó el sonido de la puerta cuando David entró sigilosamente para no despertar a nadie. Eran las 4 de la mañana y Paula miraba sin mirar hacia la calle, con una mano acariciando su cuello y la otra refregando la entrepierna húmeda y llena de recuerdos.

Desde el pasillo del hall David notó la pose de su mujer y entendió lo que pasaba. Venía con el propósito de tomar la misma actitud con la que encontrara a Paula. Si ella le hablaba en buen tono, él le contestaría igual; si pretendía seguir discutiendo, lo encontraría dispuesto a dar la pelea; si no le hablaba, él también callaría. Pero nunca pensó encontrarse con una mujer caliente y deseosa de sexo. No estaba preparado para ese escenario.

Sin embargo, al ver la silueta de Paula a través de las transparencias de su lencería, sus curvas recortadas por la luz de la calle, sus caderas redondas por haber parido tres hijos, sus piernas contorneadas y firmes, su larga cabellera acariciándole la espalda, pronto recordó a la novia de la universidad, a aquella mujer llena de fuego que lo cautivó con su sonrisa, su actitud decidida y desenfadada y su desbordante sensualidad.

David caminó sigilosamente hasta la ventana. Faltando pocos centímetros para llegar hasta el cuerpo de Paula, aún imbuido en pensamientos húmedos y pecaminosos, ella lo intuyó e intentó voltearse, pero David apuró el paso atrapando sus manos para dejarlas en el lugar exacto donde se encontraban segundos antes: la izquierda en su nuca, la derecha en su pubis.

Tomó la izquierda, la besó dulcemente y la sustituyó por sus labios y su lengua que se dedicaron a besar y lamerle el cuello con suavidad y lujuria, mientras él dirigía esa mano libre hasta su miembro, erecto y alerta entre sus pantalones.

Los recuerdos de Paula habían borroneado la rabia, pero para ella una promesa era sagrada, aunque haya sido hecha para sí misma. Había jurado no hablar y esa decisión sería inquebrantable. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de la respiración de su hombre, por el suave vaivén de su lengua, por el movimiento de su bestia enjaulada que sentía moverse entre su mano.

David conocía aquel cuerpo de mujer mejor que el suyo propio, así que se dispuso a tocar uno a uno todos los botones que le encendían el placer y le proporcionaban siempre extraordinarios orgasmos.

Rápidamente David despojó a su mujer de la liviana ropa que la cubría y llevó sus manos a sus senos, turgentes y desafiantes. Tocó con las yemas de sus índices los duros pezones erectos y sensibles, hundiéndolos al nivel de sus areolas oscuras y rugosas. Repitió este movimiento varias veces para luego pellizcarlos, tomando finalmente la absoluta rotundidad entre sus manos ahuecadas, acariciándolos, apretándolos, masajeándolos con fruición.

David esperaba que su mujer le recriminara algo, o incluso que le pidiera perdón por la pelea de horas antes, pero en su lugar, encontraba un largo e inusual silencio que lo desconcertaba un poco.

Prosiguió su tarea, bajando sus manos en una lenta expedición por el vientre, la cintura, las caderas de Paula, hasta llegar a la maravillosa redondez de sus nalgas. Paula sentía un placer peculiar cuando la acariciaban allí y David sabía perfectamente cómo llevarla al clímax. Las caricias debían ser en extremo sutiles, casi un roce imperceptible y siempre en la parte baja de las nalgas, justo en el pliegue que las separa de los muslos, a todo lo largo y hacia adentro, hacia el ano, en ese vértice de líneas que delimitan la zona de un placer profundo y diferente a todo lo conocido.

Paula arqueó su espalda y acercó aún más su culo al cuerpo de David, a su asta erguida, a sus manos laboriosas y expertas que ahora hurgaban una entre sus pantalones para sacar al monstruo de su prisión de tela, y la otra entre las nalgas de Paula, buscando con sus dedos previamente lubricados con los propios fluidos de su vulva, el culo apretado y tibio.

Jugueteó con su culo hasta que la respiración de su amada le indicó el momento justo de excitación para penetrarla sin resistencia. Fue entonces cuando David hizo que apoyara sus codos sobre el marco de la ventana y abriera las piernas, exponiendo totalmente la caverna oscura y grandiosa donde a él tanto le gustaba extraviarse.

Cual periscopio, David dirigió con delicadeza y precisión su verga lisa y latente introduciéndola de a micras por aquel conducto que ayudaba con succiones y movimientos lentos a tragarse deliciosamente a su presa. Minuto a minuto los movimientos aumentaban de velocidad y de fuerza, hasta que poco después, no se veía nada de aquel pene y el cuerpo de Paula danzaba al compás de los sonidos guturales que salían de su garganta o de algún lugar aún más profundo de su hermosa anatomía.

Sus senos colgantes bailaban hacia todas direcciones, mientras David tomaba la negra y larga cabellera de Paula, como quien monta una yegua a pelo y la cabalga con maestría. Paula sentía desfallecer con cada orgasmo, intenso, hondo como su silencio, interminable, mítico. Las piernas le fallaban a ratos, y entonces David las sostenía elevándolas como una carretilla, mientras ella se asía al marco de la ventana con manos, dedos y uñas. Cuando recuperaba un poco las fuerzas, volvía a sostenerse por sí misma y entonces sus manos buscaban frenéticas el clítoris y se frotaba con aquel néctar que salía desde lo más profundo de su cuerpo y chorreaba por su entrepierna como cataratas de placer puro.

Así estuvieron por largo rato, sin mirarse, sin decirse ni una palabra. Sólo amándose, resarciendo errores, expiando culpas, redimiendo sus pecados de omisión y desidia, hasta que David explotó en un mar de semen que bañó las nalgas, la espalda, los muslos de su única y amada mujer...

Caminaron de la mano hasta el baño, se asearon juntos y se acostaron a dormir, en el más absoluto silencio. El más hondo de todos, el más placentero y productivo de los silencios.

domingo 31 de mayo de 2009

Ser o no Ser


Me encanta la cara de puta que pones”, le dijo Alberto a su mujer aquella tarde mientras hacían el amor y ella enfureció. Rápidamente lo apartó y se fue al baño dando un portazo tras de sí. Alberto no entendió la reacción y quedó atónito y con su miembro a media asta, tirado entre las sábanas desordenadas.

Así, ponte así, bien putita para mí”, susurró Pablo al oído de su novia mientras la penetraba lentamente por detrás. Pero los prejuicios pudieron más que el placer que en ese momento le estaba haciendo sentir aquella penetración, y ella enseguida cerró todas las puertas de entrada, como un cerrojo automático que se activo ante semejante frase que la hacía sentir la más baja de las mujeres. ¿Cómo podía su novio, con el que pensaba casarse en pocas semanas, decirle semejante grosería? Sus párpados se cerraron dejando correr dos lágrimas de indignación, y Pablo no encontró durante toda la noche ningún argumento que la hiciera dejar de llorar.

Te quiero bien puta”, le escupió sin anestesia aquel hombre desconocido a Carla, mientras entraban a su auto estacionado en la esquina de la disco donde se acababan de conocer. Carla simplemente retrocedió, dio media vuelta sobre sus talones, le propinó una sonora bofetada a aquel abusador y se marchó con pasos enfurecidos.

Estas “polémicas” cuatro letras desatan en los hombres sus instintos más animales, mientras que a algunas mujeres ­­parece activarles la falsa moral que las hace sentir pecadoras, inferiores o malignas, si admiten su condición en el breve momento del sexo.

Tal vez no existen sinónimos que describan mejor a una mujer sensual, sexual, excitada, entregada a su hombre, hambrienta y a la vez deseosa de alimentarlo con puro placer. Tal vez ningún otro adjetivo describa en su total dimensión a una mujer disfrutando del sexo, haciendo y dejándose hacer, disfrutando, experimentando, descubriendo a través de su cuerpo y el del hombre privilegiado que lo posee por completo. Tal vez ellas no estén mentalmente preparadas para que las describan con una palabra casi siempre peyorativa, en medio de un acto principalmente físico que incansablemente intentan recubrir con un manto místico y sentimental.

En una relación carnal “AMAR” es en un gran porcentaje disfrutar del sexo sin restricción alguna. Eso implica entregar el cuerpo, sí… pero también abrir la mente, olvidarse de los clichés y dejar a un lado los falsos pudores y las pendejadas. Cuando eso se logra, el sexo es más que maravilloso, conquistamos a nuestros hombres de por vida y hasta llegamos a sentir orgullo de que nos llamen “PUTAS”.

domingo 24 de mayo de 2009

Fiesta en la tina


El agua tibia me relaja y me excita al mismo tiempo. Indefectiblemente y casi sin darme cuenta, siempre acabo jugando con mi cuerpo desnudo y mi mente volando hacia fantasías y recuerdos que me ponen justo donde quiero estar.
Mis manos y mis juguetes son invitados habituales. Me acaricio primero, me manipulo después para acabar en un frenético frote que agita las aguas –todas- generando una corriente incontenible de calor y satisfacción.
Adoro mi tina y todo lo que sucede dentro de ella. Me encanta colocarme boca abajo, quedarme muy quieta sobre mi enorme consolador, sentir mis pezones rozando el agua tibia, mis cabellos goteando y haciendo ondas en el agua jabonosa, mis nalgas tensándose y distendiéndose al compás de mis espasmos y tú espiándome desde la puerta, casi sin respirar, contemplando cómo mi culo redondo baila en leche flotante, con tu pene durísimo entre tu mano, imaginándolo dentro de mí, sabiendo lo que siento, sonriendo al ver mis hermosos orgasmos en solitario. Orgulloso y completo, amo y esclavo de tu mujer.
Esperas todo el tiempo que sea necesario, y justo cuando caigo exhausta, siento tu mano acariciando mi grieta. La fiesta apenas empieza y ha llegado el invitado de honor. El agua se enfría, pero yo me vuelvo a calentar…

miércoles 20 de mayo de 2009

Dentro de ti...



Cómo quisiera ser parte del aire que respiras, ser respirada por ti e introducirme en tu interior; viajar como pequeña partícula de oxígeno por todo tu cuerpo tan conocido, tan mío y quedarme agazapada en un descuido, alojada en tu cerebro, en esa parte donde se guardan los pensamientos más recurrentes y los sentimientos más afianzados. Explorar ese laberíntico pasadizo de ideas que no dejan de correr de un lado a otro, de explotar en forma de corrientazos luminosos y cascadas de luz; contemplar curiosa y divertida ese amasijo de cosas que pasan por tu mente en una simple fracción de segundo y finalmente encontrarme allí, como quien encuentra un gran espejo.
Mirarme joven, espigada, sonriente y activa, tal como tus ojos me vieron la primera vez y como siguieron viéndome siempre, aún con el paso del tiempo. Desnuda, desinhibida ante ti, esperando tu abrazo, tu caricia certera, tu beso suave que más que tocar mis labios se dejaban tocar por ellos para llevarte a un éxtasis especial y único.
Me veo allí, en un cuarto de hotel limpio y sin lujos, con la luz eterna del día y el tiempo siempre corto para amarnos. Me observas y sonríes; no eres capaz de decir algún cumplido, pero ya no importa: estoy dentro de ti y escucho tus pensamientos. No sabía que me amaras tanto. ¿Por qué nunca lo dijiste?
Tus manos tocan mis pechos y tu lengua los recorre suavemente. Círculos de saliva fría endurecen mis pezones que entonces muerdes con malicia mientras subes la mirada para observar mis gestos de dolor. Subes besándome por el centro de mi pecho, por mi cuello hasta mi boca nuevamente. Te encanta mi boca; alguna vez me lo dijiste, pero ahora, en tu mente, puedo entender todas las sensaciones que podía producir un solo beso mío en toda tu humanidad. Por eso siempre fue mi boca personaje activo de nuestros encuentros, ya fuera para besarte a ti o para besar a otra. “Nada como el beso de una mujer” solía decirte, y tú lo entendías perfectamente, no sólo porque mis labios te embrujaban, sino porque observar a dos mujeres unidas por un largo y apasionado beso te hacía llegar al cielo, a ese mismo cielo donde apuntaba tu pene enhiesto y las pupilas de tus ojos cuando lo engullía por completo como un delicioso manjar.
Allí estás, recordando una y otra vez nuestros míticos encuentros. A solas, con otra, con dos más… dirigiendo la orquesta de gemidos, sensaciones y orgasmos; vigoroso, creativo, audaz. Confiado y confiable, seguro de mí, a salvo. Sin temor a ser juzgado por nada, sin pensar que nada estaba mal. Libre, sin frenos, auténticamente tú. Llevándome una y otra vez hasta la claraboya del ático a ver las estrellas, esas que sólo tú y yo alcanzábamos a ver.
Me amas, te amo. El orgasmo llega como bocanadas de aire fresco que condensan el calor empañando los espejos. Sábanas empapadas de sudor, saliva y semen, los tres platos de nuestra generosa degustación de placer.
Luego todo acaba rápidamente. Ducha, ropa, peine y chicle. Salimos del momentáneo paraíso eterno para introducirnos en la breve realidad de nuestras vidas ficticias. Si te he visto no me acuerdo. Y así es, hasta nuestro próximo encuentro.
Espera… qué veo? Es acaso eso una lágrima que huye rauda por tu mejilla? El deber ser pudo más que tus teorías y sistemas. Gigante con pies de arcilla, Partenón de pilares desgastados. No habrá próximo encuentro. Te entristece saber que no me verás más.
¿Cómo hago ahora para salir? Ya no quiero estar más aquí…

sábado 9 de mayo de 2009

Mother's Day en Blanco y Negro






Fedora había decidido pasar un Día de la Madres diferente. Dejó a su hijo con la abuela para que celebrara el típico y monótono fin de semana que transcurriría igual que todos los años sin modificación alguna: el sábado comprar los regalos en medio de la multitud frenética, ir al supermercado a comprar lo necesario para el día siguiente, y culminar con un domingo largo y espeso entre el olor de los fogones, el delicioso pero pesado almuerzo y una tarde interminable de dominó para los hombres, bingo para las mujeres y siesta para los niños de la familia.

Esta vez, de sólo pensarlo, a Fedora le daba sueño. Por eso no le importó lo que pensara nadie y, luego de depositar al nieto consentido en los brazos de la abuela, siguió camino al aeropuerto a tomar un avión que la llevaría a una cercana y a la vez remota isla del este caribeño. Tan sólo estaba a cuarenta minutos en avión, pero allí todo era distinto, desde el inglés con acento extraño y los automóviles con volante a la derecha, hasta el olor a especies del aire y las pieles más oscuras que alguna vez Fedora hubiera visto.

Aún en el aeropuerto, antes de partir, se había topado con una mujer -seguramente una nativa de regreso a su destino- que casualmente se sentó junto a ella en la sala de espera. Fedora sintió curiosidad por esa piel tan negra y tan brillante como ébano laqueado. Era una mujer delgada pero fuerte, maciza, con una cintura de avispa y unas nalgas redondas y respingadas que se meneaban libremente debajo de su falda ligera, como si no llevara nada que las sostuviera; sus labios eran inmensos y carnosos, así como sus senos, naturales, hermosos. A través de su fina blusa de algodón orgánico se intuían unos pezones inmensos, rugosos, apetitosos. Su cabello estaba plagado de un millón de trenzas de hilo semejante a su color natural, que le llegaban a la cintura. Fedora no podía dejar de verla, mientras desenredaba con sus largos dedos de uñas pulidas aquella crin intentando acomodarla de alguna manera, y se imaginaba el cuerpo de esa diosa africana desnudo y brillando en una oscuridad absoluta, iluminada sólo por su perfecta dentadura y lo blanco de sus ojos muy abiertos, mientras se inclinaba sobre ella para besarle el cuerpo también desnudo, transparente, ridículamente pálido e incrédulo, acariciado involuntariamente por el millón de trenzas como cascadas de seda.

Tal sería la cara de Fedora en medio de aquel impuro pensamiento, que la chica se quedó mirándola fijamente con una sonrisa en los labios. Fedora reaccionó con “delay” y sólo atinó a decirle: “me encanta tu cabello”. Esa simple frase dio pie a una larga conversación que se desarrolló sin esfuerzos, gracias a la simpatía y elocuencia de aquella mujer de piel de luna nueva.

En los minutos que esperaban para entrar al avión y en los otros que siguieron a bordo, al sentarse juntas, Fedora supo que Elaine era secretaria del agregado consular de su isla en Venezuela, que viajaba cada dos fines de semana para visitar a su familia, pero sobre todo, para estar con su novio Glenford, con quien llevaba ya cinco felices años.

Fedora la escuchaba y le hacía más y más preguntas, sólo para entretenerse con su español tan divertido y con el movimiento de sus gruesísimos labios que a ratos mordisqueaba sin razón aparente con sus dientes perfectos. No podía evitar quedarse mirando fijamente aquella boca tan oscura por fuera y tan rosada por dentro, el blanco amarillento del contorno de sus negrísimos ojos y la palidez de la palma de sus manos, señales inequívocas de que por dentro, todos somos iguales. Se perdía en aquellos labios hinchados y se preguntaba qué se sentiría besarlos. Fedora tenía una boca carnosa, pero junto a la de Elaine, seguramente se perdería en el primer beso.

Cuando Elaine desviaba la mirada de los ojos de Fedora, para recordar algo u observar al descuido a su rededor, Fedora aprovechaba para escudriñar con la mirada el nacimiento de sus senos grandes, lisos y pulidos, sus piernas contorneadas y sus pies de uñas de sangre, encarcelados en unas sandalias chatas con incrustaciones de caracoles blancos. Miraba sus pies negros enmarcados en blanco y luego miraba los propios, tan blancos y enfundados en zapatillas negras. Unos junto a los otros, parecían el teclado de un piano viejo y desgastado.

Justo al aterrizar, Fedora invitó a Elaine a tomarse un trago con ella esa noche en el bar del hotel. “Ve con tu novio”, le dijo, a lo cual la morena asintió encantada.

Fedora se chequeó en el hotel, dejó su equipaje y salió a caminar para conocer un poco la pintoresca isla. Muy cerca encontró un pequeño centro comercial y no pudo resistir entrar para comprar algunos “souvenirs”. En la tercera o cuarta tienda en la que entró, ya sin muchos ánimos de encontrar algo que le gustara, un caballero muy amable la recibió en un casi perfecto español; Fedora se mostró muy agradecida, pues el inglés caribeño le resultaba inentendible.

- ¿Cómo supo que hablaba español?, le preguntó Fedora.
- Por su color de piel no es de aquí, y por su forma de caminar tan sensual, tenía que ser latina, le respondió el hombre con picardía y una gran sonrisa de perfecta y blanquísima dentadura –será genético esto?, pensó-.

Pensó que también estaría en los genes de esta gente la elocuencia, pues el tendero no escatimó en elogios, comentarios y adjetivos, tanto para Fedora como para la mercancía que le mostraba. Más por agradecimiento a su amabilidad, que por gustarle realmente la mercancía, Fedora decidió comprar allí los regalos que llevaría de vuelta a las madres de la familia.

- ¿Cuándo regresas a tu país?, le preguntó el hombre.
- Mañana mismo, vine sólo por pasar un Día de la Madre diferente, respondió Fedora, e inmediatamente pensó que no sería mala idea invitarlo también a una copa esa noche, para así tener una pareja junto a Elaine y su novio. –Si quieres seguimos esta agradable conversación en el bar de mi hotel esta noche a las ocho, ¿te parece?
- Allí estaré, respondió el hombre mientras embolsaba la mercancía.

Más que gustarle, a Fedora le intrigaba aquel hombre, su piel tan oscura y lampiña que provocaba recorrerla con labios y lengua como a un chocolate a medio derretir. Se preguntaba si aquella piel tendría el mismo aroma, el mismo sabor que el de sus hombres conocidos, de tan diversos colores y tonalidades, pero ninguno como estos isleños. Mientras caminaba hacia el hotel, fantaseaba con que las copas de la noche la desinhibieran lo suficiente como para intentar tal degustación, imaginaba el color, el tamaño y la textura del miembro del tendero; seguramente no le cabría en la boca de lo grande y grueso que sería; duro, morado como berenjena y con el glande ligeramente más claro, redondo, suave al tacto, salado al gusto, delicioso…

Llegó al hotel con el tiempo justo para darse una larga ducha caliente y vestirse para sus recién conocidos amigos. Se puso un vestido corto de tirantes blanco y negro y unas sandalias playeras. Un grupo de Steelband amenizaba la noche tropical en el bar, mientras que algunas parejas de europeos que notablemente llevaban bastante tiempo bebiendo, bailaban sin ritmo ni vergüenza. Le provocaba una copa de vino blanco, pero recordó que debía entonarse bien si quería que alguna de sus fantasías del día se cumpliera, por lo que pidió entonces un Tequila Sunrise bien cargado.

A la mitad del segundo trago ya hasta sentía ganas de bailar junto a los europeos. Fue cuando reconoció de lejos la figura de Elaine acercándose al bar y, dos pasos más atrás, al tendero; en ese momento se dio cuenta que no sabía su nombre; ahora no sabría cómo presentarlo ante Elaine. Fedora hizo señas y ambos sonrieron iluminando automáticamente el salón. Elaine abrazó a Fedora con entusiasmo y la besó en la mejilla. Fedora pudo sentir la turgencia de los cuatro senos chocando entre sí y la humedad de los suaves e inmensos labios en su rostro; ambas cosas la excitaron de inmediato, pero debió salir rápidamente de aquella sensación para saludar al hombre que esperaba su turno detrás de Elaine.

Fedora se acercó al hombre con la intención de abrazarlo y besarlo también, pero un milisegundo antes de tomar tal iniciativa, escuchó la voz de Elaine que le decía: “Te presento a mi novio, Glenford”…

El frenazo del impulso que llevaba Fedora se escuchó por encima del sonido de los tambores martillados del Steelband. Los escasos quince centímetros que separaban su rostro del de Glenford, hicieron que Fedora reconociera en la sonrisa masculina más nervios y sorpresa que la alegría que había intuido cuando lo vio entrar.

La primera media hora transcurrió en medio de un ambiente tenso entre Fedora y Glenford, mientras Elaine, inocente de todo, hablaba sin parar. A Fedora le molestaba mucho que aquel hombre, comprometido con una buena mujer, coqueteara con otra y aceptara invitaciones. “Todos son iguales”, se decía a sí misma. Pero cinco Tequilas Sunrise hicieron que poco a poco y con el transcurrir de la noche, Fedora se relajara y se divirtiera con aquella encantadora pareja.

Ellos tomaban un coctel hecho con una bebida local, tan caliente como el tequila, pero más dulce y por lo tanto, mucho más peligrosa. Era casi media noche; Elaine y Glenford conversaban y a ratos se besaban y compartían caricias cada vez más audaces. Glenford, parado detrás del taburete donde se sentaba su novia, le acariciaba el cuello e iba bajando su mano hasta meterla sin ningún pudor por dentro del escote de Elaine, mientras observaba fijamente los ojos de Fedora. Nadie parecía intimidarse, por lo que Fedora intentó dar un paso más y comenzó a acariciarse la rodilla y el muslo, subiendo cada vez un poco más.

De pronto se dio cuenta que la conversación se había detenido segundos atrás; Glenford introducía su rosada lengua dentro de la oreja de Elaine y su mano frotaba fuertemente el botón negro de su seno; ambos miraban a Fedora, cuyos dedos entraban y salían de su entrepierna sin disimulo. Disparada por un gatillo invisible en donde el arma es el deseo y el alcohol la munición, Fedora increpó:

- Los invito a probar una botella de vino australiano que compré esta tarde… ¿vamos a mi habitación?

Sin mediar más palabras, los tres tomaron rumbo a la habitación, Glenford en medio, abrazando a ambas damas. Una parecía el negativo de la otra: labios carnosos, senos generosos, anchas caderas, hermosos pies… Glenford sonreía. Fedora había trasmutado su molestia en un deseo incontenible; Elaine se divertía al ver que había encontrado –muy fácilmente esta vez- una mujer con la cual disfrutar junto a su novio.

Fedora se sentó en el sillón a masturbarse viendo a aquellos gigantes amándose en su cama. Redondeces negras recortadas sobre la blancura de las sábanas, como moras sobre crema batida. Observó los pezones de Elaine y no evitó el impulso de chuparlos, e hizo lo propio cuando descubrió entre la oscuridad el portentoso falo de Glenford… tal como lo había imaginado. En una bacanal de voluptuosidades, Fedora descubrió que esa piel tan oscura y atractiva, olía diferente al sudar y sabía diferente a todo lo conocido, como diferentes fueron sus orgasmos esa noche y –definitivamente- el amanecer de aquel Día de las Madres.

miércoles 29 de abril de 2009

Un domingo en la playa



Relato ganador del Segundo Lugar en el 3er. Concurso Sexo Para Leer de la Revista Urbe Bikini, Venezuela




Algunos de mis seguidores ya conocen de este premio e incluso han leído el relato. De hecho es el segundo año consecutivo que gano el segundo lugar en el mismo concurso.
Estaba esperando que fuera publicado en la edición de abril de la revista para colgarlo aquí, y además poner la ilustración que lo acompaña. Lamentablemente la ilustración no me gustó, me pareció grotesca y no refleja en absoluto el espíritu del relato. Por otra parte, olvidaron colocar mi nombre como autora, lo cual será subsanado con una Fe de Erratas en la edición de junio. Y como no hay mal que por bien no venga, la omisión me permitió la oportunidad de hablar con el editor, quien me propuso publicar otro de mis relatos en dicha edición. Por lo pronto, aquí se los dejo, tal como salió en la revista, pero con una fotografía que me parece mucho más bonita y acorde con la historia...




La osadía y travesura de Eva se juntaron con la perversa y creativa sexualidad de Él, formando una dupla muy particular. Calzaban como piezas de un gran rompecabezas en el que amor, sexo, deseo y fantasías se mezclaban en colores tornasolados, confusos para aquellos que miraban desde afuera.

Él tenía su pareja -una morena pequeña de senos grandes, culo firme y muchos celos de su hombre- por lo que su relación con Eva debía ser secreta. Ella era una mujer madura, emancipada, guerrera y guardiana de su libertad; el principal valor era el respeto de los espacios. Esta relación poco ortodoxa los excitaba y liberaba, les permitía experimentar sin falsos pudores, incrementaba sus ganas de fantasear y los impulsaba a forzar las barreras de lo convencional.

Una mañana de domingo, coincidieron en la playa; Eva sola, Él con su pareja que, inocente de todo, escogió sentarse a escasos metros de su... “rival”… O se podría decir más bien, de su socia?

Estaban lo suficientemente cerca como para no perder detalle de ningún movimiento y lo suficientemente lejos como para no levantar sospechas. Además, la playa estaba bastante concurrida, cosa que les provocaba mayor excitación, al saberse secretamente conectados en medio de una multitud ignorante de aquel chorro incontenible de energía que fluía entre esos seres aparentemente desconocidos.

Con lentes oscuros y un libro como escudo, Eva observó cuando su hombre se quitó la franela dejando al descubierto su espalda tatuada, sus músculos definidos, sus brazos que abrasan y se derriten de placer al contacto de un beso. También pudo ver con detalle a su esposa, su piel acanelada, su cabello rizado, los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, su busto generoso, su cintura de mulata, su vientre plano y sus nalgas apretadas y redondas, expuestas sin censura en un hilo dental. Le gustó lo que vio... Por un momento quiso tenerla cerca, besar su piel lisa y prieta, perderse entre sus tetas, lamerla, comérsela despacito como se come un fino bombón.

La pareja comenzó un ritual de acicalamiento, doblando la ropa, extendiendo las toallas sobre la arena, colocándose mutuamente protector solar... Eva, mientras tanto, pasaba páginas sin leer, con la mirada clavada en ellos.

Cuando Él, como atento marido, se colocó tras su esposa para masajearla con protector 15, pocos metros más acá se desencadenó una explosión de poros encendidos. Sintió Eva las manos de su hombre, resbalando aceitosas por su espalda, bajando hasta sus nalgas, rozando suavemente la rendija que en tantas ocasiones había sido ungida con profanos aceites. Sintió sus manos tibias y expertas deslizándose hacia su cintura, clavándose en sus caderas, atrayéndolas para que sintieran y a la vez encubrieran su miembro erecto. Sintió también su aliento, muy cerca de su cuello, y su voz pausada preguntándole “¿qué quieres que haga?”...

“Quiero que me excites, quiero verte con ella
respondió telepáticamente. Comenzó entonces un flirteo discreto pero evidente para Eva, única espectadora de aquella función privada en la que la protagonista participaba sin saber, como en un juego de cámara escondida que hacía la escena aún más excitante.

Después de los masajes, los besos furtivos y la evidencia eréctil imposible de disimular, la pareja decidió entrar al mar. Eva hizo lo propio -guardando siempre prudente distancia- para no perderse ni una toma de su cortometraje particular. Dentro del agua pudo apreciar a la pareja estrechamente abrazada y no necesitó más estímulo que su propia imaginación para completar la parte sumergida de sus cuerpos, con seguridad tocándose, masturbándose y hasta penetrándose, mientras Él le contaba lo maravilloso de hacer un trío con otra mujer, situación colocada hasta entonces en la repisa más alta de sus fantasías no cumplidas.

Desde afuera todo parecía estar en perfecta normalidad. Ellos se bañaban abrazados y unos metros más adentro, el cuerpo de una mujer flotaba, al tiempo que el dedo medio jugueteaba con su clítoris hasta expeler una corriente cálida que temperaba las frías y tranquilas aguas de la bahía.

La pareja salió del agua contenta y sonriente; tomados de la mano caminaron en dirección a los baños. Eva terminó su trabajo dactilar, se acomodó el bikini y salió chapoteando tras ellos.

Apenas entró al baño de damas escuchó a la pareja dentro de uno de los amplios cubículos. Se agachó para mirar y sólo vio los pies de Él, haciendo movimientos de equilibrio, empinándose y cayendo sobre sus talones con fuerza, al ritmo de los jadeos femeninos que se ahogaban entre besos.

Eva se acercó sigilosamente y posó su mano sobre la puerta, la cual cedió con suavidad, dejando al descubierto la erótica imagen de dos cuerpos perfectos, acoplados, ensartados, excitados no sólo por el acto en sí, sino por la prohibida y peligrosa situación.

Cuando voltearon para mirar a la intrusa, la reacción de ambos fue antagónica. La bella morena intentó zafarse de los brazos de su marido, en una mezcla de susto y vergüenza, pero Él la atrajo con más fuerza hacia su cuerpo, clavándole sin piedad aquel miembro que no podía estar más duro, al tiempo que siseaba muy cerca de su oído, tratando de tranquilizarla.

De inmediato, y antes que la mágica visión se desvaneciera, Eva levantó sus manos en son de paz y dijo: “tranquilos, sólo quiero mirar, si ustedes me lo permiten”...

Las miradas se cruzaron y tras unos segundos aceptaron de buena gana el trato. Les encantaba ser vistos; sobre todo a Él, si quién lo veía era su secreta y verdadera Mujer; prohibida, anónima, pero absolutamente SUYA, más aún que aquella dentro de la cual navegaba, ahogándola de pasión.

Eva se acomodó discretamente en un ángulo de aquel cubículo sexual y sin pedir permiso ni perder tiempo, se quitó el bikini y comenzó a tocarse frenéticamente, mientras veía las nalgas de su amado, tensándose con cada embestida, los pies femeninos a modo de cinturón, las manos de ella rodeando su cuello y más allá, un rostro desencajado de placer, borroso entre rizos húmedos de sal, mordisqueando sus propios labios y lanzando miradas clandestinas hacia la vulva húmeda y palpitante de su invitada de honor.

Él lo advirtió enseguida. La escena se estaba tornando cada vez más excitante. Murmuraban... era poco lo que Eva escuchaba pero era evidente que Él estaba ayudándola a fantasear y a excitarse aún más. Mientras Él más susurraba, la respiración se aceleraba, y su cabeza se movía en señal de asentimiento.

Fue entonces cuando Él, con su esposa aún cabalgándolo, dio dos pasos hacia atrás para pegar su dorso al cuerpo de Eva que seguía recostada y con sus dedos caracoleándole el pubis. Sintió que sus pechos se derretían al contacto de esa espalda perfecta y conocida. El balanceo de su cuerpo penetrando al otro, la invitaba a participar en esa danza delirante. Él volteó su cara y le dijo a Eva: “mi esposa quiere besarte, dice que tienes unos labios hermosos”...

Entonces Eva se despegó rápidamente de la pared y se colocó junto al cuerpo suspendido y pequeño, sudoroso y tenso de aquella mujer. Con ternura retiró de su rostro el cabello chorreante de sudor y agua de mar y colocando una mano en su nuca, la atrajo hacia ella. Primero fueron besos suaves y cortos, infantiles; pero en seguida se convirtieron en apasionados y profundos, arabesco de lenguas, mordiscos, exploración... Todo bajo la mirada estupefacta y excitadísima del hombre compartido.

Esa simple y compleja sensación de dos bocas de mujer besándose con fruición las llevó al éxtasis instantáneo. Un orgasmo corto, intermitente, escurridizo, casi imperceptible... diferente; producido más por los ojos y por la mente que por los cuerpos mismos. Él, con la sola imagen tan sensual de sus dos mujeres unidas por un beso, se vino detrás de sus hembras en un espasmo largo, copioso y estremecedor.

Inmediatamente Eva se puso el bikini y regresó a su tumbona intentando ocultar la mueca de placer. Ellos se quedaron un par de minutos más en el baño: su esposa aún a horcajadas, aturdida, asombrada. Con la mayor de las ternuras, Él le preguntó: “¿te gustó?”, y ella contestó decidida: “Nunca nada me había gustado tanto”.

Una corriente de agua helada sobresaltó a Eva. La tarde caía y la marea crecida había enterrado su tumbona en la orilla. Mojada de sus jugos y del agua de mar, recogió sus cosas y se marchó, sonriente y satisfecha.


domingo 19 de abril de 2009

Estoy, estás...


Estoy…
Como el banco de la plaza en el que nunca te sientas, pero dispuesto a ofrecerte descanso cuando lo desees;
Como el perro callejero que olfatea la basura de tu casa esperando encontrar algo de tu olor;
Como los colores del atardecer, siempre a la misma hora, pero siempre distintos;
Como el farol que alumbra tu calle: nunca lo ves, pero ilumina todas tus madrugadas;
Como el café que tomas en la mañana, tan necesario para arrancar el día;
Estoy: con mi corazón abierto y mis ganas de ti intactas, con mi promesa inquebrantable de amarte con el cuerpo, con la mente y el corazón, con mis ansias perennes de ser mujer a través de ti.

Estás…
Como el pilar donde reposa el dintel de mis deseos;
Como el mejor libro de mi biblioteca, que siempre es bueno volver a leer y que siempre leo de forma diferente;
Como el paisaje azul y rojo que contemplo entre las nubes, sintiendo el calor de tu mano apretando la mía;
Como las notas de un pentagrama mudo, a la espera de una audición;
Como tus huellas en mi alma, en mi casa, en mi colchón;
Estás: con el recuerdo vivo de tus caricias, con el toque suave de tus labios, con la mirada indescifrable de tus ojos en el momento exacto de entregarme tu amor…

viernes 10 de abril de 2009

Qué Pecado!!



- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
- Absuélvame Padre, porque he pecado.
- Tranquila hija, Dios te escucha y te perdonará. Dime, ¿hace cuánto que no te confiesas?
- Pues… tengo 26 años… hice la Primera Comunión cuando tenía como 11… eso quiere decir que tengo unos 15 años sin confesarme, Padre. Estoy en el pueblo visitando a mi abuela y me ha obligado a confesarme por ser Semana Santa. Y bueno… caminando hacia acá tuve que pensar qué pecados podía haber cometido.
- Todos cometemos pecados constantemente, hija mía… de palabra, obra u omisión. Pero Dios siempre escucha y perdona, así que no temas, es Él quien te está escuchando ahora. A ver, cuéntame tus pecados.
- Está bien, Padre. Lo intentaré. Resulta que tengo mi novio en la ciudad, mi novio de toda la vida. Ocho años hace… desde la secundaria pues. Yo lo quiero y él me quiere a mí. Realmente nos llevamos bien y estamos planeando casarnos cuando ambos terminemos nuestros estudios de especialización. Hace una semana que llegué al pueblo, por las vacaciones de primavera y para estar un tiempo con mi abuela, que creo no le falta mucho para despedirse de este mundo…
- Al grano hija, tengo aún mucha gente que perdonar…
- Si, si… claro, disculpe. Fue la noche siguiente a mi llegada cuando vi aquel chico en el bar, al otro lado de la barra. Aún no entiendo cómo alguien tan apuesto estaba solo en aquel lugar.
- Cccjjjummmmm, cjmmmm…
- Disculpe… el caso Padre es que él me miraba y yo, por más que intentaba desviar la vista hacia otro lugar, siempre terminaba topándome con sus ojos. Yo comencé a sentir un calor tremendo, sentía las orejas calientes y el cabello suelto me empezaba a molestar, así que fui al baño a refrescarme la cara con agua y hacerme una cola. Cuando salí me topé de frente con el chico, que sin mediar palabra alguna, me tomó de la cintura, me atrajo hacia él y me dio el beso más apasionado que hombre alguno puede darle a una mujer. Sin dejar de abrazarme y besarme empujó con mi cuerpo la puerta del baño y entramos trastabillando. Continuamos besándonos y tocándonos por todas partes con tal excitación que por un momento olvidé a mi novio, dónde estaba y hasta quién era yo. Hasta que la puerta se abrió de nuevo y vi entrar a la vecina de mi abuela. Paramos enseguida, yo me tomé unos segundos para componerme y salí inmediatamente del baño y del bar… No…
- Eeeehhh….está…está bien, hija mí..mía. Reza 10 Padres Nuestros y 10 Ave Marías y arrepiéntete de corazón de tus pecados… Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén… puedes ir en paz.
- Gracias Padre…. (…) qué extraño…. El cura me puso la penitencia sin haber escuchado mi pecado. Me interrumpió justo en el momento en que le iba a decir que no entiendo cómo pude ser tan tonta y no haber tomado la mano de aquel hermoso chico para llevármelo lejos de allí a terminar lo que él empezó… ¿Cómo pude desaprovechar ese momento?? ¡QUÉ PECADO!!!

jueves 9 de abril de 2009

Santuario de Adoración

domingo 5 de abril de 2009

Veintidós Orgasmos Santos



Magdalena era su nombre. Irónico para esa época del año, cuando se recuerda la muerte y resurrección de Jesucristo, para algunos el Mesías, para otros un líder espiritual y hasta político de épocas muy remotas y confusas que la Iglesia Católica ha retorcido a su antojo y conveniencia, al punto de no poder separar ya los hechos de las leyendas, la Verdad del terror.

La misma María Magdalena, que durante siglos ha sido representada como una prostituta nefasta, es apenas en épocas recientes cuando comienza a aparecer –gracias a ciertas investigaciones- como la verdadera compañera de Jesús, su principal discípulo y tal vez, hasta su esposa.

Esta Magdalena del nuevo milenio, se había autocondenado a sentir remordimiento por ser dueña de una exacerbada sexualidad por la que muchos la llamaban puta y la trataban como tal. Ella se sentía infeliz, pues lo único que quería era un hombre a quien amar y que la amara y la respetara en su esencia, que la entendiera tal como era, en lugar de criticarla o intentarla cambiar y, si acaso era posible, que tuviera su misma concepción de la vida, de la pasión y del amor.

Ya andaba en sus cuarenta; un reciente divorcio la colocaba en el punto de partida de una nueva vida independiente y autosuficiente, en la que ya no buscaría un esposo, sino la felicidad como un vehículo para llegar al verdadero AMOR, con todas sus mayúsculas.

No fue fácil llegar a este punto; una y otra vez retrocedía y sin darse cuenta estaba de nuevo sentada frente a un hombre, tomando un café, compartiendo una cena o un polvo fugaz y pensando “tal vez éste sí sea”... para darse cuenta días o semanas más tarde, que ese no era el camino.

Magdalena transitó la Vía Dolorosa mil veces hasta que logró resucitar –no en tres días, por desgracia- y subir al cielo de su propia identidad como una Diosa del sexo, del placer y del Amor. Aún no lo sabía, pero rápidamente numerosos adeptos, fervorosos creyentes e incondicionales seguidores le hicieron darse cuenta que en realidad había logrado completar el nivel básico en el que muchos pasan la vida, para avanzar un peldaño hacia la satisfacción real, interna y sagrada.

Y aquél Viernes Santo, mientras miles de feligreses llenaban las iglesias con olor a cera e incienso, Magdalena llenaba su habitación con olor a sudor, saliva y semen, las tres ofrendas que su más afanado devoto le prodigaba. Mientras cientos de cristianos caminaban de rodillas hasta el templo en pago de alguna promesa, ella se ponía de cuclillas, o tumbada sobre su espalda con las piernas muy, muy abiertas para recibir la certeza de un placer infinito y casi místico.

Aquél Viernes Santo, en el santuario sagrado de su cama, Magdalena contó cada uno de los orgasmos que bañaban su vulva y corrían por su culo salpicando el cuerpo de su adorador. Fueron veintidós, a lo largo de cuatro horas de procesión sin tregua por un millón de estaciones de placer y delicias, antes que muriera ahogada con los brazos en cruz, en un último suspiro acompasado en dos gargantas secas.

Veintidós orgasmos santos, que la acercaron más a su propia religión hedonista y gnóstica, trashumante y mística, pragmática y divina.

domingo 29 de marzo de 2009

Taroterapia


Esmeralda se publicitaba como una Tarotista-Espiritista de fama mundial. Su consultorio era la trastienda de un lúgubre local de sahumerios y velones del centro de la ciudad; sin embargo, al entrar allí era fácil olvidar el calor, el olor nauseabundo de inciensos y tabacos y el desorden de santos y efigies amontonadas sin orden en aquel tarantín. A modo de tienda árabe, al mejor estilo de las Mil y Una Noches, Esmeralda había decorado los escasos seis metros cuadrados de su consultorio con alfombras persas de pésima imitación, pañuelos de seda, cómodos almohadones y una tabla casi a ras del piso donde desplegaba con elaborada parsimonia sus cartas del Tarot, sus caracoles, runas, baraja española o lo que el cliente solicitara para “visualizar” su futuro.

Se había hecho famosa entre el público masculino, particularmente escéptico ante este tipo de prácticas nada ortodoxas. Precisamente por esa recién ganada fama, Laura había decidido a llevar a la consulta a su novio Javier, el cual estaba confundido, estresado y desganado desde hacía semanas.

- Silvia me ha dicho que desde que su marido comenzó a consultarse con esa tal Esmeralda, le ha cambiado totalmente el humor, ahora se le ve animado y optimista y eso ha influido positivamente en su rendimiento en el trabajo, le comentaba Laura a Javier con inusitado entusiasmo.

Javier, con los ojos fijos en el partido de fútbol de la Champion que transmitía la televisión, se encogía de hombros como a quien le da lo mismo hacer o no lo que aquella voz femenina y filosa le conminaba.

Así, casi sin darse cuenta, fue a parar Javi, de la mano de Laura, a aquel cuartucho del centro. Allí se encontraba, incrédulo aún, con las piernas cruzadas a modo de yoga sobre un almohadón, con Laura a su derecha y Esmeralda mirándolo fijamente, al otro lado del mesón.

Esmeralda parecía una auténtica gitana. Piel rojiza, ojos verdes, cabello negro largo, medio cubierto por una pañoleta con flecos. En realidad, el color de la piel era fabricado en un salón de bronceado, usaba lentes de contacto de última generación que los hacía ver muy naturales y usaba una peluca cuyas raíces burdas ocultaba hábilmente con la pañoleta. Zarcillos, cadenas y pulseras de oropel completaban el cuadro, acompañando sonoramente cada movimiento al barajar las grandes cartas con dibujos absurdos que a Javi le intrigaban, pues era la primera vez que los veía. Pero lo que más le intrigaba a Javi era su busto firme y aprisionado entre una blusa exageradamente descotada, según su parecer.Eran unas tetas redondas y turgentes; hermosas, a decir verdad. Javi no podía dejar de mirarlas y ver como las múltiples cadenas que rodeaban el cuello de aquella extraña mujer se movían como serpientes en arena movediza con cada uno de sus gestos.

Laura, por otra parte, se distraía mirando la pintura de un Buda que decoraba la única pared de aquel cuartucho –otra era una ventana tapizada con papel de regalo para filtrar la luz del sol, otra un inmenso estante de roble, que dividía la estancia de lo que parecía ser un polvoriento depósito de mercancía y la otra una pesada cortina de terciopelo rojo que hacía las veces de puerta en aquel extraño “consultorio”.

Mientras barajaba, Esmeralda explicaba a sus clientes que la eficacia de su trabajo radicaba realmente en la conexión espiritual que lograra establecer con el consultado, por lo que le pidió a Javi que se relajara, abriera su mente y se entregara a la experiencia. Javi y Laura cruzaron las miradas, la de él, burlona, la de ella, de reprimenda.

- ¿Quién se consulta?, preguntó la espiritista, aún barajando con los ojos cerrados.

- “Él, -contestó Laura- yo sólo vine a acompañarlo”. Entonces Javi dijo en voz alta su nombre completo y comenzó la sesión.

Esmeralda desparramó media docena de cartas sobre la mesa; respiraba profunda y ruidosamente. Con cada inhalación sus pechos subían como la marea a las cinco de la tarde, y al exhalar sólo bajaban unos milímetros, como si mantuvieran dentro todo el aire de los pulmones de su dueña.

La mayor parte del tiempo tenía los ojos cerrados; únicamente los abría para mirar las figuras en la mesa y luego subir la mirada directo a los ojos de Javi para hacerle algún comentario o pregunta sobre su vida privada. Javi fue metiéndose sin darse cuenta en aquel juego “espiritual”. No sabía si era el fuerte olor a sándalo del incienso que ardía sobre el estante, los comentarios excesivamente punzantes de la tarotista –“eres un hombre muy caliente”, “estás comprometido, pero no estás seguro de lo que quieres en tu vida sentimental”, etc.- o aquellas tetas que parecían pedirle a gritos que las liberaran de aquella cárcel de algodón, pero Javi sudaba copiosamente, sentía la lengua pegada al paladar y su respiración se entrecortaba inexplicablemente. Con medio mazo de cartas ya sobre la mesa, ahora Javi reconocía una fuerte excitación y su miembro erecto, muy húmedo y rígido, luchaba entre el jean y un cojín que había tomado para que Laura no notara la evidente erección.

Las preguntas de Esmeralda eran agujas lanzadas a un globo, que al explotar sólo emitían monosílabos de los labios de Javi. Los temas cada vez se ponían más directos y comprometedores, más insinuantes y sexuales y ya hasta a la despistada de Laura le estaba incomodando la situación.

Esmeralda recogió las tarjetas de la mesa y volvió a barajarlas, esta vez frenéticamente, mientras murmuraba una especie de oración, un mantra o algo por el estilo, con los ojos a medio cerrar, dibujando una intimidante medialuna blanca detrás de sus párpados maquillados al carbón.

Seguidamente colocó el mazo entre sus manos, se quedó quieta y en silencio por unos segundos, siempre con los ojos cerrados; luego se llevó el fajo de cartas hacia su pecho, haciendo con ellas la señal de la cruz: Padre en la garganta, Hijo en la boca del estómago, Espíritu en el pezón izquierdo y Santo en el pezón derecho. Javi notó que estaban erectos y firmes como su pene y su deseo. Amén, con un beso suave y lento que desarmó a Javi de toda voluntad para disimular su delirio. Para finalizar el ritual, Esmeralda se acercó a Javi, por encima del tablón que fungía de mesa y con las cartas aún entre sus manos, le hizo también la señal de la cruz sobre su pecho. Javi pudo ver fijamente el verde bosque de sus ojos, el ligero sudor que perlaba su frente, percibió el aroma de su pelo y casi pudo sentir el palpitar de las venas de su cuello, si no hubiese sido por la estridencia con la que latían sus venas todas, llenando de sangre cada cavidad de su cuerpo incrédulo que ahora quería convertirse en el más fiel y devoto creyente de aquella hermosa mujer.

A estas alturas, Laura comenzaba a mostrar signos inequívocos de su incomodidad; por más ingenua que fuera, la lujuria que se respiraba en aquel cuartucho casi podía palparse. El lenguaje corporal de la chica demostraba su desasosiego: carraspeaaba la garganta, cambiaba intermitentemente las piernas cruzadas y su columna se irguió más de lo normal.

Esmeralda también notó la tensión y con la misma voz profunda y calmada de siempre, que inspiraba respeto y ceremonia, le pidió a Laura con amabilidad pero a la vez con autoridad que los dejara solos a ella y a Javi para la última parte de la sesión.

A disgusto, pero sin atreverse a discutir, Laura descorrió la pesada cortina de terciopelo rojo y salió hacia la maloliente tienda. Pronto el calor y la creciente clientela en aquel sucucho, la obligó a traspasar la puerta de la calle y esperar a Javi en la acera del frente, junto a un puesto de chicha.

Javi estaba evidentemente nervioso y la tarotista lo había notado desde el principio. Lo miró fijamente a los ojos y le preguntó sin rodeos: “¿Qué te trajo hasta aquí?”

Entre sonrisas nerviosas, tartamudeos eternos y cambios de pose, Javi logró articular una frase medianamente coherente: “Pues... varios amigos la han recomendado y al parecer han cambiado favorablemente su actitud luego de visitarla”, dijo.

- ¿Y tú quieres cambiar tu actitud?, preguntó Esmeralda, mientras se levantaba lentamente del almohadón, le daba la vuelta al mesón y se colocaba frente a su cliente, mirándolo desde arriba.

- Bueno... eehh... yo no... jeje... Más bien mi novia, Laura.

- Y... ¿te ha dicho ella por qué quiere que tú cambies de actitud?, inquirió de nuevo la gitana.

- No... no me ha dicho nada, pero evidentemente hay algo de mí que no la tiene del todo satisfecha o que piensa que podría mejorar. De otro modo no estaría aquí.

- Ya... respondió Esmeralda. Se agachó muy cerca de él y le dijo con tono suave: Pues bien, yo te voy a explicar por qué estás aquí, te voy a develar el secreto de por qué tus amigos han mejorado...

Acto seguido, Esmeralda desató el fino cordón de seda que entrelazaba su camisa de algodón y tiró hacia abajo el escote, dejando totalmente al descubierto la hermosura de sus pechos bronceados y de pezones oscuros y duros como botones de carey. En ese instante Javi entendió que no estaban aprisionados dentro de la blusa, sino que eran tan turgentes, redondos, apretados y firmes, que aún liberados de la tela parecían estallar.

Esmeralda abrió en abanico el mazo de cartas y le pidió a Javi que escogiera una al azar. “Esta carta develará el secreto”, le dijo mientras la tomaba en su mano, desechando el resto. Luego la colocó de canto en el centro de su pecho, introduciéndola lentamente en la raja de sus senos y dejándola suspendida allí, inmóvil, asfixiada entre el canela de su piel y el aroma lejano de la leche tibia que algún día brotó de sus pezones. Entonces la espiritista –ahora Diosa del amor ante los ojos del converso- tomó a Javi por la nuca y lo acercó hacia su pecho, incitándolo a que tomara la carta con sus labios.

Para lograrlo, Javi tuvo que bucear entre el atolón de aquella suave piel gitana, ahogado por sus carnes, hasta tocar fondo y salir a la superficie desorientado y jadeante, con la carta entre sus labios como snorkel de salvación. Hubiera muerto feliz si el ataúd llevaba el nombre de Esmeralda; quiso permanecer el resto de la tarde anclado en aquellos senos, pero el vestigio de cordura que aún le quedaba le hacía pensar en Laura, al otro lado de la cortina, sin saber que su novia disfrutaba despreocupada de su segunda chicha con leche condensada.

Pero allí estaba Javi, jadeando de deseo, bañado en sudor y con la carta entre sus labios. Parecía más un perro obediente y juguetón que un hombre en celo.

Esmeralda, aún agachada junto a Javi, acercó sus labios a los de él y sin tocarlos, tomó sensualmente la baraja, mordiéndola con suavidad. Luego la agarró y la miró: “Los Enamorados” -dijo-, seres opuestos que se desean y se atraen mutuamente. Alto voltaje de atracción e incertidumbre, que llega casi a la obsesión. Pasiones que pueden coronarse en amor verdadero o espejismos engañosos... He aquí el secreto, la razón del cambio, entiendes?, le preguntó.

Javi estaba confundido, excitado, trastornado. Titubeó y la miró buscando aclaratorias. Esmeralda se las dio.

- La idea es que mis clientes salgan de aquí plenamente satisfechos, renovados, recargados, o como dices tú: con otra “actitud”. Pon atención, le advirtió.

La gitana continuaba de cuclillas frente a él. Lentamente comenzó a subirse la falda amplia y larga que hasta ahora ocultaba un par de largas y contorneadas piernas y unos pies de diosa griega perfectamente cuidados dentro de unas sandalias sin tacón, amarradas al tobillo. Quedó entonces al descubierto una vulva grandiosa, libre de la prisión de cualquier lencería, de cualquier bello púbico, de cualquier indeseado pudor.

Esmeralda tomó la carta de Los Enamorados y la introdujo entre sus labios mayores como moneda en una alcancía. Poco a poco entraba y salía, cada vez más húmeda y blanda, sometida por los jugos de aquella vulva granate.

Javi miraba la escena, salivando y jadeando, agarrando a su bestia erecta a través del pantalón y masajeándola torpemente, intentando hacerle espacio en aquella apretada cárcel de tela.

En pocos minutos la carta era un engrudo inservible y eran ahora los largos dedos de la espiritista los que indicaban el camino: hacia el norte, hacia el centro, hacia el núcleo de la vida misma.

Javi no aguantaba más, ya no pensaba en Laura y el peligro de su posible regreso. Desabrochó torpemente su pantalón y cuando Esmeralda escuchó el sonido del cierre del pantalón, salió de inmediato del trance, se paró súbitamente y acomodó su ropa, poniendo todo nuevamente en su lugar.

Con la misma parsimonia de siempre, con su mismo tono tajante e intimidante, le dijo a Javi mientras caminaba hasta su almohadón: “Ha terminado la sesión por hoy; si quieres conocer más, deberás apuntar otra cita; ven solo la próxima vez”.

Javi intentó insistir, pero un único y definitivo gesto de la mano y una mirada de láser, lo paralizó en el acto, devolviéndolo hacia la puerta aterciopelada que lo separaba –sólo momentáneamente- del Paraíso.

Aún atolondrado Javi puso orden en su ropa y cabellos mientras salía de la tienda en busca de Laura. Desde ese día el cambio en la actitud de Javi fue más que notorio. Necesitó, claro está, muchas sesiones con la gran tarotista Esmeralda para reconocer que estaba final y completamente recuperado.

viernes 13 de marzo de 2009

Madrugando...


Me gusta despertar antes que tú y contemplarte dormida, profunda y entregada al sueño, al igual que unas horas antes te entregaste profundamente a mí.

Tu torso desnudo, tus nalgas empinadas como pidiendo mi calor. Tu pelo desordenado escondiendo la expresión plácida de tu rostro. Tu piel de porcelana como bañada de rocío.

Casi no aguanto la tentación de cubrirte con mi cuerpo, besar suavemente tus párpados cerrados y abrirme paso poco a poco en tus rincones. Pero debo irme a trabajar, así que despierto de mi ensueño, te arropo con la manta y deshago mi ilusión bajo la ducha fría.

sábado 7 de marzo de 2009

La Exhibicionista


Era una noche calurosa en la que no podía dormir. La ventana de mi habitación era muy pequeña, por lo que decidí asomarme en el balcón de la sala para tomar un poco más de aire. Tenía unos 15 o 16 años y vivía en el segundo piso de un edificio pequeño en una calle poco transitada, sobre todo a esa hora de la madrugada.

Abrí el ventanal de par en par y me recogí el cabello en una cola de caballo. Contemplé el limitado paisaje y me di cuenta de cuán silenciosa estaba la noche. Miré hacia el edificio de enfrente y observé todas las ventanas apagadas. Todos dormían, así que aproveché la soledad nocturna para quitarme el camisón de dormir.

Despojada de toda la ropa, asomé mi torso hacia fuera del balcón, intentando absorber cualquier partícula de aire en el ambiente. Fue entonces cuando un movimiento casi imperceptible captó mi atención: uno de los autos estacionados en la acera no estaba vacío. Había alguien allí, pero me era muy difícil distinguirlo.

Asustada, tapé mis senos con los brazos y di un paso atrás, pero la curiosidad fue más fuerte y me volvió a acercar. Enfoqué mejor la vista y pude apreciar a un hombre sentado en el asiento del conductor. Un movimiento acompasado y rítmico me hizo entender rápidamente lo que estaba haciendo. Se masturbaba mientras me veía.

Lo que al principio fue miedo y curiosidad se transformó de inmediato en una pícara lujuria. Estaba en la seguridad de mi hogar, mis padres dormían profundamente y yo podía ofrecerle un buen espectáculo a un conductor nocturno, necesitado y febril.

Me acerqué entonces sin miedo al borde de la baranda y comencé a acariciarme los pechos con ambas manos; me ensalivaba los dedos y con sus puntas circundaba mis pezones rosados y en extremo erectos. Mis pechos eran bastante grandes para mi edad, y sabía que eran hermosos pues se parecían a muchos de los que había visto en una revista porno que un día le había descubierto a mi hermano debajo de su colchón.

Mis movimientos no estaban estudiados, tampoco los había visto en ninguna parte. Ahora, con la perspectiva del tiempo, pienso que en aquel momento se estaba despertando mi sexualidad más salvaje y natural.

De tanto en tanto buscaba con la mirada al conductor anónimo y veía su cara difusa e irreconocible y su brazo agitándose a un ritmo cada vez más frenético, hasta que vi que el movimiento paró del todo; escuché el encendido del motor y vi a mi conductor cuando me lanzaba un beso al aire y hacía con la mano un gesto de agradecimiento.

Años más tarde, estaba en segundo semestre de la universidad y compartía un apartamento con dos compañeras en una zona muy cercana al campus y por ende, repleta de estudiantes. Un viernes por la noche, una de mis amigas y yo nos preparábamos para salir a bailar. Indecisas sobre qué ponernos, paseábamos desnudas de una habitación a la otra, intercambiándonos ropa, zapatos y accesorios.

El sonido de un silbido llamó mi atención afuera. Me asomé por la ventana, miré hacia abajo y no vi a nadie, pero un segundo antes de retirarme de la ventana vi un breve destello de luz en una ventana del edificio del frente, en un piso más o menos al mismo nivel del mío. No quise quedarme desnuda frente a la ventana observando, así que sin hacer ningún movimiento brusco, me retiré de allí, di un par de vueltas en mi habitación y apagué la luz. Con todo a oscuras me acerqué nuevamente a la ventana y miré hacia aquélla donde había visto el destello. Comprendí entonces que lo que había visto era el reflejo del lente de unos binoculares que apuntaban directamente a las ventanas de mi habitación y la de mi compañera. Alguien estaba dándose banquete con nuestra indecisión para vestirnos.

El juego me pareció divertido y acepté jugarlo e, incluso, darle un giro más excitante. Encendí de nuevo la luz y comencé a ponerme crema en todo el cuerpo, lenta y sensualmente y siempre ubicada de frente a la ventana y debajo de la lámpara. Pocos minutos después apareció mi amiga con una blusa en la mano y colocándosela sobre el torso, para que yo le dijera cómo se le veía. Me acerqué a ella y con la excusa de ponérsela mejor, tomé la blusa y la ponía y quitaba de su cuerpo, tocándola al descuido a ratos, poniéndome por detrás de ella para sujetarle los tirantes, casi abrazándola, pegando mi cuerpo desnudo al de ella; todo lo suficientemente discreto para que mi amiga no pensara que me había vuelto loca, pero lo suficientemente sugerente como para que mi vecino pudiera imaginarse cualquier cosa que lo excitara salvajemente.

Cuando mi amiga salió de mi habitación, caminé lentamente hacia mi ventana; con mi mano soné un beso y lo lancé con un soplido hacia la ventana oscura de mi espectador que, sorprendido, se retiró de un salto y desapareció.

Años más tarde, cuando la tecnología avanzó lo suficiente como para tener cámaras en las computadoras, me volví una adicta a los “video chats”. Me encantaba que me vieran, que me desearan, que me dijeran lo bella que me veía y, sobre todo, poder ver yo también cuánto excitaba a hombres, mujeres y parejas… Mi afición se tornó casi en una adicción que me desvelaba noches completas, por lo que al poco tiempo decidí parar en seco tales prácticas.

Un día, hace no mucho, llegué a mi oficina luego del almuerzo y me senté a trabajar en la computadora. De repente se abrió una ventana de chat, de un programa que no sabía que tenía instalado. Alguien llamado Miguel782 me saludaba. Sin entender muy bien qué pasaba, respondí el saludo y las subsiguientes frases introductorias.

Pregunté si lo conocía; respondió que no, pero que quería conocerme. Me preguntó si tenía cámara y le dije que no, que estaba en mi sitio de trabajo. Me pidió que me describiera; yo lo hice mejorando, por supuesto, algunas de mis características físicas… Sus respuestas eran inteligentes y con un toque de humor que me hacían quedarme allí, conversando con Miguel782, en lugar de terminar mi informe urgente.


El desconocido supo cómo encenderme en pocos minutos, diciéndome lo que me haría si me tuviera enfrente y pidiéndome que yo le describiera lo que sentiría. De pronto me dijo “tócate… ¿te estás tocando?”… yo le respondí que sí, aunque obviamente no lo estaba haciendo.

- No me mientas, me escribió… no te estás tocando, puedo sentirlo… quiero que te toques, quiero que mojes tus dedos con saliva, abras mucho tus piernas, hagas a un lado tu ropa interior y te toques para mí…

- No puedo, estoy en mi oficina, le respondí.

- Claro que puedes, siempre se puede. Vamos!! Quiero que me regales un orgasmo pequeño y húmedo para celebrar nuestro primer encuentro…

La idea me pareció divertida. Además, estaba super excitada y no me venía mal descargar toda esa presión. Así que me levanté de mi silla, caminé hacia la puerta, la cerré con seguro y volví a sentarme.

- Está bien, me tocaré, le escribí a mi interlocutor.

- Bien!! Como no podrás escribir, quiero que hagas lo que yo te vaya pidiendo.

Yo imaginaré cada uno de tus movimientos y también me tocaré recreándote aquí, frente a mí.

La situación me daba algo de risa, pero recordaba mis mejores tiempos de exhibicionista y me excitaba a más no poder. Así que fui siguiendo una a una las instrucciones de Miguel782.

- Quiero que desabotones tu blusa y me saques tus pechos fuera del sostén…

Cómo sabría él que llevaba blusa de botones, pensé… pero lo hice sin dudar.

- Ahora quiero que con tus pechos acaricies el teclado, que tus pezones rocen las teclas…

Lo hice, y hasta escribí con ellos unas pocas letras sin sentido.

- Mójate los labios, que hermosos labios tienes… bésame… sii, así, dame tu lengua… mmmm

Yo hacía todo lo que Miguel782 me pedía como si lo tuviera enfrente. De hecho cerraba los ojos y lo imaginaba, casi lo sentía allí, dentro de mi pequeño cubículo.

- Bien, muy bien… ahora quiero que mojes tus dedos y acaricies tu pubis… no me gustan depilados, apuesto que el tuyo está delicadamente recortado, mas no depilado…

Me sorprendía con esos comentarios tan atinados, como si me conociera realmente. Tal vez me conocía, pero… quién podría ser?

Hice lo que me pidió y acaricié mi pubis con mis dedos húmedos.

- Baja, baja un poco más… tócate allí, en ese botoncito rosa que te gusta tanto. Quiero verlo… quiero ver cómo se torna más rojo, más grande y brillante… imagina que no son tus dedos sino mi lengua la que te recorre toda…
Así estuvo mi cyber amante por unos 15 minutos, hasta que yo, con gemidos ahogados para que no traspasaran la delgada tabiquería, acabé en un loco orgasmo.

Con algo de vergüenza me despedí rápidamente y cerré aquella conversación para dirigirme al baño, lavarme y recuperar la compostura.

Cuando regresé a mi oficina encontré el monitor de la computadora apagado y pegado sobre él un “post-it” escrito a mano que decía:

Mi orgasmo de hoy fue el más delicioso de todos, tal vez porque “hoy” creías que no te veía. Fue más dulce que aquél del balcón, más intenso que el de la universidad… definitivamente eres increíble. Besos, tu voyeur”.

Caí en la silla temblando. Por mi mente pasaron los recuerdos en cámara rápida, recordando incluso aquellos episodios de adolescente, que había olvidado por completo. Había estado exhibiéndome toda la vida a la misma persona…!

lunes 23 de febrero de 2009

Una toma en picado



Apenas despertando, sintió los ojos arenosos, los brazos dormidos y la lengua áspera. Yacía boca arriba. Su sueño había sido tan pesado que no tenía idea de dónde estaba ni qué hora era. Abrió los ojos a duras penas y lo primero que vio fue una hermosa pintura que colgaba del techo justo frente a ella. La componía una chica blanquísima y delgada que le resultó deslumbrante y atractiva, abrazando a dos hombres, uno a cada lado, igualmente desnudos e igual de deslumbrantes. Uno era moreno y fornido, el otro un poco más claro pero bronceado, un poco menos atlético, sin llegar a ser gordo. La chica, con las piernas estiradas una sobre la otra y los brazos en cruz, flanqueada por aquellos hombres que dormían plácidamente acurrucados en su regazo, parecía un “i” encerrada entre corchetes.

A medida que contemplaba la pintura sus sentidos iban despertándose poco a poco y comenzó a recordar todo lo que pocas horas antes había experimentado. Giró su rostro hacia la derecha y luego hacia la izquierda; una vez más miró hacia el techo y fue cuando entendió que lo que creía una pintura, era más bien un espejo que reflejaba su propio cuerpo y el de su par de amantes exhaustos luego de una afanosa jornada.

Todo empezó a repetirse en su mente, de atrás hacia adelante y en cámara rápida. Sus ojos se paseaban por el espejo como quien mira una película de acción, mientras en el rostro de aquella chica se dibujaba una sonrisa de satisfacción y placer.

Realmente había sido una noche larga y extenuante, pero el sueño profundo le había devuelto la energía y también las ganas de repetir algunas escenas, tal vez para comprobar que todo aquello no había sido un sueño.

Sentía que sus brazos pesaban una tonelada, pero era el peso de las cabezas de sus sementales que los inmovilizaban. Intentó zafarse suavemente de aquellos pesados grilletes, cuidando no despertar a sus guardianes y con cuidadosa lentitud reacomodó sus extremidades estirándolas a lo largo de su propio cuerpo. Su sonrisa permanecía intacta y luminosa, pero ahora sus ojos despedían un brillo pícaro y delatador.

Hurgó entre las entrepiernas de sus compañeros hasta encontrar un par de miembros tímidos y flácidos, justo como a ella le gustaba tenerlos, quizás por lo difícil de encontrarlos en ese estado y por lo triunfante que se sentía al lograr, ella solita, hacerlos crecer como en un acto de magia. Comenzó a acariciarlos suavemente, con ternura y abnegación. Los dueños de aquellos manubrios comenzaron a contornearse y cambiar de posición. Ella giraba su cabeza hacia un lado y hacia el otro, encontrándose frente a frente con sus rostros que comenzaban a despabilarse; luego miraba de nuevo al techo, donde el espejo le devolvía la imagen de su propia película, en la que era productora, directora y actriz principal.

Rápidamente comenzó la transformación. Los pequeños y aterciopelados penes se iban convirtiendo en duros falos calientes que apenas cabían dentro de las palmas de aquella chica. A medida que cambiaba el tamaño de sus trofeos, ella aceleraba el ritmo del masaje, apretando intermitentemente las cabezas rojas y henchidas, haciendo derramar diminutas gotas de un líquido espeso y transparente que ella utilizaba para lubricar y mejorar el efecto de su poderosa terapia activadora.

A este punto, los dueños de aquellos hermosos instrumentos de placer estaban totalmente despiertos y excitados y ya participaban en la escena con labios, dientes y manos, recorriendo el delicado cuerpo de la espigada mujer, poniéndolo a punto, completando la labor que ya muy bien cumplía lo que veían sus ojos y lo que sentían sus manos.



Ella seguía dirigiendo su película de una sola toma, miraba por el visor de su cámara, daba instrucciones precisas que eran cabalmente cumplidas y no perdía ni un detalle de aquel lujurioso guión. Cambió de posición para arrodillarse entre los dos hombres y, sin dejar de frotar sus arietes, se acercaba a uno y a otro escupiéndolos, ensalivándolos, lamiéndolos, besándolos con suavidad, hincándoles algún diente, succionando sus cabezas, jugueteando con la punta de su lengua en las diminutas boquitas que las coronaban.

Escuchaba al mismo tiempo los sonidos guturales que formaban el “soundtrack” de su producción: gemidos y respiraciones entrecortadas que se mezclaban con el chasquido de sus besos, alguna que otra nalgada y el dedo de alguno de ellos, exprimiendo el placentero y dulce jugo que manaba de su carnosa y madura vulva.

Los cuerpos de sus dos hombres yacían de lado mirando hacia ella, siempre al centro de la acción. Ella les pidió que se acercaran más y más… y un poco más, hasta que los pies y las rodillas de ambos pudieran tocarse. Visto desde el espejo, parecían una “V” mayúscula con ella acunada en su vértice, en cuclillas y tomándolos por el centro de sus cuerpos, por el centro de sus energías vitales, por el mero centro donde nace el placer que sostiene al mundo.

Ellos le besaban el culo, la masturbaban, la acariciaban y movían sus cuerpos en un vaivén demencial que provocaban en ella asombrosos espasmos. Su habilidad era tal que podía variar el ritmo de una mano u otra, según sintiera que alguno de sus compañeros estaba más próximo a acabar. Ambos penes, estaban a poco menos de cinco centímetros de su rostro; ella se movía de izquierda a derecha propiciándoles placer intermitente e infinito a sus dueños que, agradecidos y voluntariosos, introdujeron cada uno y al mismo tiempo, los dedos índices y medios de las manos que le quedaban libres. Ella también ayudaba con sus caderas oscilantes y pronto la escena se convirtió en un baile frenético cuyo compás iba “in crescendo”.

Finalmente se logró la sincronía total. Tres orgasmos estallaron al unísono, tres gritos anunciaron el “The End”. Tres chorros de placer bañaron el cuerpo femenino: dos en el rostro lechoso y empegostado, uno más entre sus piernas, ligero tibio y torrencial.

Con el último suspiro de placer, ella se acurrucó como un ovillo entre las cuatro piernas de sus lanceros, que la rodearon con el resto de sus cuerpos sudorosos y exhaustos. El espejo empañado reflejaba desde arriba el espiral en el que ella era el centro y sus amantes las capas concéntricas de un placer infinito.

CORTEN!! Se imprime…

martes 3 de febrero de 2009

EROTISMO Vs. pornografía




La pornografía es una de las industrias más grandes y rentables del mundo occidental. Y para muestra, algunos botones:
* El 10% de los ingresos de cadenas de hoteles como Hilton, Marriot o Westin proviene de las películas eróticas pagadas en sus habitaciones.
* Según 'The New York Times Magazine', la industria de la pornografía ingresa más dinero que la NBA o cualquier deporte profesional de EEUU.

La industria pornográfica mueve, sólo en la Unión Americana, cerca de 13,000 millones de dólares anuales, desde películas censura “X” (más de 11.000 cintas sólo en el 2004, por ejemplo) hasta sitios de internet, pasando por clubes para hombres, revistas y toda una gama de productos creados para dar rienda suelta al apetito sexual. En muchos países existen Festivales de Cine Erótico y cada vez son más completas y frecuentes los salones internacionales que congregan a cientos de expositores del área para conocer y dar a conocer lo último en la materia.

Wikipedia define al cine porno como aquel en el que explícitamente se muestran los genitales mientras se realiza el acto sexual y cuyo propósito es el de excitar al espectador.

Ahora bien, he escuchado a muchas personas –hombres y mujeres- criticar las películas porno. Algunos creen que son fingidas y antinaturales (ni hablar de las llamadas “softcore” en las que ni siquiera se muestran los genitales y las escenas de sexo llegan a ser, en muchos casos, tediosas, bastante falsas y poco creíbles).

Pienso que lo que le gusta a los hombres –y a muchas mujeres- del cine porno es el ideal de perfección que se muestra en ellas: mujeres físicamente perfectas, lujuriosas, desinhibidas y dispuestas a todo, hombres bien dotados y capaces de satisfacer a plenitud, incansables y portentosos. A otros les gusta poder ver materializadas en la pantalla alguna de sus fantasías –tríos, orgías, relaciones homosexuales, etc.) y los más audaces las utilizan como una guía audiovisual para repetir “en vivo” lo que los actores realizan ante las cámaras.

Confieso que veo con cierta frecuencia alguna película porno, pero también debo admitir que cada vez me excito menos con ellas. Siento que al ver un par, ya las he visto todas: Escenas redundantes en las que TODAS las mujeres son delgadísimas con tetas “siliconeadas”, que nunca se quitan las sandalias de tacón aguja o las botas de cuero y plataforma y que gimen exactamente de la misma manera. Chicas que jamás ponen la cara fea cuando llega el orgasmo y que sólo dicen “Oh yes!” en momentos en los que esa frase se queda cortísima; hombres que sólo penetran, dan nalgadas y besan tetas como machos autómatas, como si no existiera otra forma de darle placer a una mujer.

El cine porno estereotipa, pone a veces metas difíciles de alcanzar que pueden llegar a causar estrés y frustración, y a fin de cuentas, aporta poco a la creatividad y a la exploración del infinito mundo de los placeres del cuerpo.

Como dice el cineasta “underground” español Jesús Franco “El porno es el erotismo hecho por imbéciles. Digamos que, en esta vida, el que más y el que menos ha tenido la oportunidad de echar un polvo, así que no es algo muy especial. El erotismo, sin embargo, es un elemento más esencial y más complejo. Al sistema no le gusta el erotismo porque le da miedo, es un sentimiento muy profundo que hay que conocer y practicar y que no debemos confundir con tonterías. Y no hay que sentir rechazo por él, porque es un mundo de sugerencias maravillosas en el que todo puede ser posible (…) En la atmósfera hay mucho erotismo. En el cine, muy poco. Hasta que la gente no sea más civilizada seguirá siendo un género restringido a unos pocos.

Comulgo absolutamente con Franco, y con Carmen Riera, escritora catalana que al hablar del erotismo opina: “Como feminista me dejan perpleja esas actitudes exentas de juego, de ironía, de sutilidad, ese aquí te pillo aquí te mato. El erotismo sugiere, no evidencia. Lo evidente tiene poco interés. Se están olvidando, sobre todo las propias mujeres, que nos son propios los prolegómenos más que la búsqueda del orgasmo. Hoy creo que chicos y chicas se han unificado, y no por la igualdad”.

La industria del porno mueve millones de dólares a nivel mundial. Sin duda mueve también algunos cerebros y muchos órganos genitales alrededor del orbe. Yo sólo sueño con el día en el que el Erotismo tenga, aunque sea, una décima parte del protagonismo del porno y también –¿por qué no?- de sus dividendos. ¡A ver si al fin logro vivir de lo que más me gusta hacer!

miércoles 28 de enero de 2009

Venerable



Puede que sea un sacrilegio. Me arriesgo. Pero lo quiero, lo admiro, lo adoro, lo venero…

Tótem sagrado, pilar que me sostiene, misil que me dispara a la estratosfera de los más inalcanzables placeres.

Lo degusto, lo degluto, lo devoro, me deleito, me demoro… lo disfruto… y él también.

Larguísimos minutos que podrían convertirse en horas. No me canso. Soy una golosa, una glotona o tal vez una gourmet del placer.

Llena mi boca y todos mis rincones, hago míos sus gemidos que me enseñan la ruta a seguir.

Barra de acero hirviente envuelta en pétalos de rosa; vena latente al ritmo de mi danzón; leche salada-dulce-y-amarga que moja de orgasmos mi trajinar.

¿Santa o sacrílega? Poco importa después de haber probado en mis labios un pedazo del cielo.

jueves 22 de enero de 2009

Buenas Obras...



Justo cuando el reloj marcó las seis de la tarde Julio se encontraba impecablemente vestido sentado en una mesa visible del Café acordado previamente. Las manos repasando una y otra vez el peinado y la mirada de reojo a la puerta cada diez segundos delataban su impaciencia. Cualquiera medianamente perspicaz lo hubiera notado; además de esa leve sonrisa, como quien recuerda vagamente alguna pícara travesura. Era la segunda vez que vería a Martha.

Ciertamente, Julio dejaba correr los minutos que lo separaban del inminente encuentro recordando aquella tarde de abril en la que, sin proponérselo, la conoció tanto.

Martha y Julio vivían en ciudades extrapoladas y sus posibilidades de conocerse eran casi nulas. Él era un joven y emprendedor industrial que comenzaba a levantar su propio negocio de importaciones; viajaba mucho, pero nunca al triste pueblo donde Martha, enviada por la oficina estatal de sanidad, administraba vacunas a niños raquíticos y aliviaba con los escasos recursos de los que disponía los males más comunes de su comunidad.

Tan distintos en sus oficios y tan similares en sus deseos, Martha y Julio se conocieron en medio de una catástrofe nacional: un terremoto en la zona septentrional del país los había llevado a ambos al aeropuerto nacional, él para llevar una importante donación de ropa para los damnificados, ella para aportar su ayuda como médico general. Ambos se montaron en el mismo avión, se sentaron juntos y tuvieron oportunidad de conocerse durante el vuelo y compartir algunos temas filosóficos y otros no tanto.

Al aterrizar, un taxi esperaba por Julio, quien se ofreció para llevar a Martha hasta el hotel, que, “casualmente”, era el mismo en el que se hospedaría Julio. En realidad, Martha no tenía ningún hotel reservado; pensaba llegar directamente hasta el lugar de la tragedia y ponerse a trabajar sin más. Pero haber conocido a Julio y haber sentido un avispero hirviendo en la boca del estómago, dejó espacio en su alma altruista, para la mujer ávida y sexual que también era.

Cuando el recepcionista le dijo a Martha que no aparecía en la lista de reservados, ella fingió estar un poco molesta con la situación, pero dijo entender que, en momentos de tanta confusión, existiera tal desorden. Encogió los hombros con resignación y dijo: “No vine aquí a dormir, sino a ayudar; ya encontraré algún lugar donde ducharme, que es lo único que necesitaré luego de un largo día de trabajo”.

Julio presenció toda la situación y no pudo hacer más que ofrecer su habitación para guardar el ligero equipaje de Martha y para que se aseara y descansara un poco, siempre que ello no la hiciera sentir incómoda. Martha aceptó, supuestamente apenada.

Luego de registrarse caminaron por el largo pasillo hasta la última habitación. El aire podía cortarse y con cada paso marcado en el piso de madera, se sentía el latir apresurado del corazón de Julio que miraba a la joven doctora caminando delante con una sensualidad que lo hipnotizaba.

Podía imaginar sus nalgas firmes balanceándose debajo de aquella ligera falda hippie; su larga y ondulada cabellera bailaba el mismo golpe de tambor de sus caderas, despidiendo un silvestre olor de aire limpio. Pero lo que más le gustaba a Julio era la piel canela y lisa de Martha, como recién untada con la cera más fina de un panal celestial. La piel de Martha era como un terciopelo finísimo, sin vellos, sin marcas, ni lunares ni pecas. Un mar de bronce infinito en el cual él soñaba, a sólo pasos de su habitación, con recorrer con sus manos, con sus labios, con su cuerpo todo.

Pero él era más bien tímido, no se atrevía a dar ningún paso que pudiera ponerlo ante los ojos de su recién conocida amiga como un acosador o un baboso. Por el contrario, quería inspirarle confianza, pues sabía por experiencia que ese es el primer paso necesario en toda mujer “seria”, y para Julio, Martha era una de ellas.

Para su sorpresa, justo cuando el botones terminó de dar las consabidas explicaciones sobre el uso del aire acondicionado, el control del televisor y el agua caliente del baño, luego de descorrer las cortinas, verificar el tono en el teléfono y recitar los números de extensión del ama de llaves, room service y llamadas locales, creyendo que mientras más explicara mayor sería su propina, Martha emprendió camino al cuarto de baño despojándose previamente de sus sandalias y desabrochando sin vergüenza alguna el botón de su holgada falda, la cual no tardó ni un segundo en caer al piso, revelando de inmediato lo que segundos antes Julio había visualizado como una premonición.

- No te importa que me dé un duchazo de una vez, verdad?, preguntó relajada. Hace un calor del demonio y quiero comenzar la faena lo más fresca posible.

- Po, po, poorr sssuppuesto que no, contestó torpemente Julio.


Martha dejó la puerta del baño deliberadamente entreabierta y Julio veía sin querer ver cómo se iba despojando de su camiseta de algodón y del sujetador, dejando al aire un par de maravillosas y firmes tetas, redondas como naranjas, pero con una caída natural que las hacía más provocadoras para tomarlas, una en cada palma y levantarlas hacia una boca que se hacía agua de sólo imaginar aquellos pezones morenos y duros jugueteando entre dientes y lengua.

A través del espejo Martha reconoció los ojos de su espía. Comenzó a hablar con un tono de voz un poco más alto para poder ser escuchada a pesar del ruido de la ducha recién abierta.

- Qué pena me da contigo, Julio. Apenas conociéndote y ya estoy hasta estrenándote la ducha. Espero que no te importe en verdad. Soy una total abusadora. Tal vez venías con ganas de refrescarte y no te dejé tiempo a nada. Si quieres puedes entrar, eh? No tengas pena. Mientras me ducho al menos debo dejarte la oportunidad para lavarte las manos o la cara.

Julio respondía tartamudeando y con monosílabos, mientras Martha insistía.

- Que sí hombre, que no te pares por mí. Pasa que ya yo estoy dentro de la ducha. Por favor sí? No me hagas sentir mal.

Ante la insistencia Julio entró al cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo, sólo para complacer a su amiga, cuya silueta pegada a la delgada cortina de baño dejaba poco a la imaginación. Julio observaba la sinuosidad de su cuerpo separado de su vista por un milímetro de tela plástica que súbitamente se descorrió haciéndolo dar un brinco de puro susto.

Martha quería un jabón, pero al ver el rostro impávido de Julio, mezcla de sorpresa, miedo de saberse descubierto y una incontrolable excitación –evidentísima, por cierto, a la altura de su entrepierna-, Martha optó por salir de la ducha y goteando hilos de agua tibia, tomó a Julio por la corbata y lo tiró fuertemente hacia su cuerpo mojado.

Julio no podía despreciar tan exquisito manjar puesto, sin pedirlo, en bandeja de plata. Pero no era hombre de estar acostumbrado a tan frontales ataques y no sabía bien qué hacer. Se debatía entre el “deber ser” y lo que sus hormonas de macho le ordenaban.

Martha permanecía inmóvil con su cuerpo goteando frente al de Julio, aún tomado por la corbata. “Qué? Tienes miedo de mojarte? No estás sanforizado o acaso eres de azúcar? Preguntaba pícaramente Martha. Julio no respondía, sólo balbuceaba sílabas sin sentido e intentaba contener una risita nerviosa que ya hasta a él le resultaba insoportable y fuera de lugar.

- Hagamos algo, dijo Martha. No quiero morirme de una pulmonía y mucho menos de la vergüenza. Yo entraré de nuevo a la ducha y tú harás lo que desees... volver a la habitación, salir de ella, continuar lavándote las manos... lo realmente quieras. Sea lo que sea, aquí no habrá pasado nada.

Julio sólo logró asentir, mientras un temblor en sus labios intentaba sacar palabras de su boca que no podían llegar a formarse en un cerebro atiborrado de impulsos sexuales. Todo lo que Julio podía decir, estaba concentrado en su pene, erectísimo, robusto y urgido de placer.

Tal vez pasaron unos cinco minutos en los que Martha no escuchaba ningún ruido que la orientara sobre lo que había decidido hacer Julio. Y era porque Julio aún permanecía sobre un charco de agua, parado frente a la cortina blanca traslúcida que contorneaba el cuerpo de su amante, intentando pensar.

Es ahora o nunca -se dijo a sí mismo-. Si no actúo quedaré como un pendejo y no podré verle a la cara nunca más". Comenzó a desvestirse rápidamente, torpemente, trastabillando, dejando la ropa sobre el charco de agua que minutos atrás y antes que él, había acariciado el cuerpo de su potencial amada.

Su estado nervioso lo hacía parecer un principiante y lo era en cierto modo. Nunca antes le había sucedido algo como esto. Tanta excitación le hizo olvidar quitarse las medias, y con ellas, ridículamente entró a la ducha para encontrar frente a sus ojos atónitos, el más hermoso cuerpo de mujer.

Una Afrodita tropical lo recibió con labios húmedos. Su piel brillaba como seda con hilos de plata que la bordaban de arriba a abajo. Ella lo miró con párpados pesados y lo recibió con una sonrisa ahogada. Sus tibios brazos lo acercaron hacia ella, hacia su cuerpo receptivo, hacia el agua purificadora y cómplice.

No te pares por nada... -le dijo jadeante al oído- p o r n a d a, repitió tajante y lentamente. Julio sintió que el piso se le movía. Tal vez era una réplica del terremoto o era tanta excitación en tan pocos centímetros cuadrados.

Julio y Martha se amaron con la fuerza de mil volcanes y la ingenuidad de la primera vez; con una pasión inédita y desconocida, pero a la vez, con el ritmo y la cadencia de quienes se conocen de siglos. Sin torpezas, sin estragos, Julio la poseyó por todos los rincones y con todas sus armas. Dedos, manos, boca, nariz, lengua, pene...traron en Martha una y otra vez haciéndola gemir de placer. Por delante primero, por detrás después, al unísono luego, recreándose en su piel erizada y mojada, en su espalda arqueada evidenciando sus vértebras como piedritas de un camino hacia el placer, en sus manos buscando equilibrio en la llave del agua caliente, en sus rizos negros e infinitos, colgando hacia el desagüe, en sus diminutos y perfectos pies, empinados para igualar la altura de su hombre y facilitar la penetración.

El agua se enfrió, pero el ambiente ardía. Los espejos se empañaron y ya no devolvían ninguna imagen. No era necesario, ya todo estaba visto y hecho. Martha sonreía agradecida mientras Julio chapoteaba con sus medias empapadas hacia la habitación. Exhausto, feliz, vacío pero completísimo, pensando... “nunca una obra de caridad había sido tan bien recompensada”...

Con una pícara sonrisa y la mirada perdida en un punto del horizonte, encontró Martha a Julio, quien parecía ya haberse olvidado de tan importante cita.

domingo 11 de enero de 2009

Diario de una Ninfómana


A finales del año pasado se estrenó en España con gran controversia el film “Diario de una Ninfómana”, basado en el libro homónimo de la francesa Valerie Tasso.

La cinta ha tenido críticas diversas y opuestas; pero más allá de ellas, puedo ver que se trata de una producción con impecable concepto artístico, una banda sonora sensual y sugerente, y un guión con el que me identifico y concuerdo en muchas de sus frases, tales como la siguiente:

Soy una mujer promiscua sí, porque pretendo utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y en definitiva, amor y cariño. ¿Qué hay de patológico en eso? Si queréis ponerme un nombre, adelante, no me importa, pero sabed que lo que soy en realidad es una nereida, una driada, una ninfa sencillamente”.

Canónigo Films, productora de la película, ideó el Concurso Nereidas de Micro Relatos Eróticos, para hacer un librillo con los ganadores e insertarlo en el CD de la banda sonora de la película.

A continuación el micro relato de mi autoría que resultó escogido entre los ganadores. Ojalá y pronto podamos ver este film en alguna sala venezolana o al menos llegue en DVD. Valdrá la pena verla.

Cuéntamelo tú

Cuéntamelo tú, que me ves desde afuera. Dime cómo luzco con la luz naranja de la tarde atravesando la persiana y rayando mi piel punteada de erizos. Cuéntame cómo es el aire cuando exhalo y empaño el techo y llueven gotas de deseo que calman mi sed. Dime qué códigos nuevos lees en mi cuerpo, en mi mano acariciando mi pubis, en mis nalgas prietas, en mi cuello tenso, en mis dientes apretados, en mis ojos en blanco.

Cuéntame a qué suena la música de mi vientre, mis suspiros convertidos en gemidos, y en jadeos, y en gritos y en silencio. Dime cómo se ve mi cuerpo rendido y exhausto sobre sábanas húmedas y a la vez sedientas de tu sudor...

lunes 5 de enero de 2009

Confesión


Aquí estoy… completamente desnuda, acicalándome con esmero para mi hombre. Me siento sensual, me siento bella, porque me sé deseada y amada. Escucho jazz y espero su llegada. Sé que está con otra, que tendrá sexo con ella y que cuando venga me lo contará mientras me hace el amor.

Tal vez piensen que es una locura. Yo también lo pienso a veces. Pero… cuántas mujeres no están, en este mismo instante, acicalándose para su hombre, sintiéndose bellas y sensuales, mientras él, a sus espaldas está con otra, haciendo lo mismo que está haciendo el mío?

Ellas lo ignoran, algunas prefieren ignorarlo. Yo prefiero saberlo, incluso con detalles. No sólo me excita, sino que me da poder. El poder de ejercer y dejar ejercer nuestra independencia sin menoscabar nuestros sentimientos. Me da libertad. La libertad de ser quien soy y dejarlo ser quien es; cada uno en su sitio, que a ratos unimos para hacerlo nuestro.

Fácil? No. Ni lo parece ni lo es. Es como echar sal en una herida abierta. Duele, pica, arde, pero al final, cicatriza, y como los animales, me relamo para nunca olvidar, pero luego camino sin cojear.

La mejor parte de la historia es que cuando él llega, o cuando llego yo, después de haber estado con otro, es un poco más mío y yo un poco más suya. Es esta complicidad, esta comprensión, esta libertad la que nos enlaza cada vez más fuerte.

Entiéndanlo o no, así soy FELIZ

martes 30 de diciembre de 2008

Última Parada



Era navidad, y después de dos largos años volvía a su ciudad para encontrarse con su familia, sus amigos, sus costumbres. Dos años de éxito en otras latitudes donde supieron descubrir en sus letras lo que en su país tildaron de obscuras obscenidades. Nadie es profeta en su tierra, dicen… y en parte era cierto. Pero sólo en parte.

Días antes de su llegada, Sylvia había puesto al tanto a sus parientes más cercanos y a sus amigos de la infancia. Luego de pensarlo un par de días, de atreverse y arrepentirse una y otra vez, decidió finalmente avisarle también a Gabriel, su amor eterno… aquel que aunque juró esperarla, un año después se comprometía y casaba con otra, convirtiendo el idilio incendiario de otros días, el mismo que muchas veces sirvió de chispa para encender los más ardientes relatos de Sylvia, en tristes y melancólicos recuerdos.

Sylvia continuaba sola. Había tenido muchos romances, pero ninguno lograba compararse con aquel amor salvaje y lujurioso, pero a la vez tierno y delicado que compartió con Gabriel, besándose en la iglesia, tocándose debajo de la mesa en presencia de sus padres, desafiando la compostura y lo políticamente correcto.

Varias veces estuvo Gabriel a punto de perder su empleo, pues se encerraba durante días con Sylvia en una habitación de hotel y hacían el amor hasta desgastarse. Al amanecer, pedían desayuno en la cama y la pasión volvía entre sábanas embarradas de mermelada y fruta mallugada. Comían y se amaban, se bañaban y se amaban bajo la ducha caliente; luego Gabriel caía exhausto, mientras Sylvia escribía los relatos por los que ahora era reconocida en la mitad del mundo.

Cuando le escribió a Gabriel para informarle sobre su regreso, había pensado en todo eso: “Vuelvo a la ciudad por pocos días; me encantaría poder compartir mi éxito con el que lo ha hecho posible en gran medida. Avísame si podemos vernos. Besos. Syl.”.

Como si Gabriel hubiese estado esperando ese correo durante los dos últimos años, la respuesta llegó 3 minutos después: “!Qué grata noticia! Me encantaría verte, pero salgo para Argentina en viaje de negocios el mismo día de tu llegada, un par de horas después. Tal vez podamos encontrarnos en el aeropuerto y te invito un café sin azúcar y con el amor de siempre”.

Sylvia tenía una mezcla de sentimientos encontrados. Pensó en la mala coincidencia, aunque existía la posibilidad de verlo, si su vuelo no se retrasaba. Por un lado le alegraba, pero por el otro, sentía que un par de horas no serían suficientes con él. Finalmente dejó de lamentarse por sus carencias y aprovechó lo que el destino le estaba ofreciendo.

Comenzó entonces a preparar sus maletas y a escoger su ropa de viaje. Debía ser cómoda para soportar el largo vuelo, pero lo suficientemente sexy como para provocarlo apenas la viera. Encontrar ese punto intermedio en pleno invierno, era un verdadero reto. Optó por una falda de tweed verde botella, un sweater de lana blanco cuello tortuga y sin mangas, mallas de algodón gris semi traslúcido y botas negras con tacón de vértigo.

Envió un correo a su familia para notificarle un supuesto cambio en la hora del vuelo e informándole que no la buscaran en el aeropuerto, pues tenía cómo llegar a casa. Todo el vuelo se la pasó Sylvia entusiasmada, tramando su encuentro con Gabriel y las cosas se dieron tal como las planeó.

Al bajar del avión fue directo al baño para lavarse y maquillarse de nuevo. Acomodó los rizados cabellos y atomizó un par de veces aquel perfume que a Gabriel lo encelaba de inmediato. Cuando salió de allí camino a la correa del equipaje no parecía la misma que había atravesado el Atlántico minutos antes. Resplandecía de emoción, pero sobre todo, de deseo.

El universo conspiraba a su favor: su maleta fue la segunda en salir y su pasaporte europeo le dio rápida salida en la Aduana. Cuando las puertas automáticas se abrieron se tropezó con la sonrisa blanca, amplia y fresca del mismo Gabriel de hace un par de años. Sólo unas canas sueltas en las sienes evidenciaban el tiempo transcurrido, pero a Sylvia le parecieron irresistiblemente sexys.

Se fundieron en un abrazo eterno que pareció detener el tiempo, a pesar de los tropezones de la gente, las maletas y los taxistas ofreciendo casi a gritos sus servicios. Se separaron brevemente para reconocerse de nuevo. Sylvia tomó el rostro de Gabriel con sus dos manos y lo miró a los ojos; el brillo seguía allí, intacto, tal vez hasta más fuerte.

- ¿Vamos por el café?, preguntó él.

- Sí –respondió Sylvia- pero yo escojo el lugar, finalizó.

Tomó a Gabriel por una mano, miró entre la multitud y preguntó a un taxista joven y guapo que insistía en llevarlos: “Necesito tus servicios por un par de horas”, le dijo.

- ¿Hacia dónde se dirige la señorita?, preguntó.

- No me importa, sólo necesito que conduzcas y nos traigas de vuelta exactamente en dos horas.

El taxista aceptó por una tarifa alta que Sylvia pagó de inmediato y con un veinte por ciento adicional como propina. Gabriel no entendía lo que Sylvia tramaba, pero sabía que de sus inventos él siempre salía bien parado. Volvió a su paladar ese sabor rancio que le producía la excitación, la aventura de lo inesperado y el deseo sin frenos que le producía aquella mujer de cintura ínfima, piel de oro y labios carnosos y suaves. Se dejó llevar por su mano, como tantas otras veces, rumbo a lo deliciosamente desconocido.

Subieron al taxi. Sylvia se alegró de haber escogido sin saberlo uno grande y espacioso, con vidrios como espejos que reflejaban todo y no permitían ver el interior. Comenzó a avanzar por la gran autopista que conducía a la ciudad, al tiempo que Sylvia y Gabriel se tocaban y besaban la cara, las manos, los labios, los cabellos. Se miraban sin decir nada, sólo recordando tiempos mejores y celebrando aquel insólito encuentro. Además, no había mucho tiempo y las palabras en realidad, sobraban y estorbaban.

Comenzaron a desnudarse sin despegar sus labios, ni el taxista sus ojos del retrovisor. Lo más difícil fueron las botas, pero superada la dificultad, Gabriel acarició y besó cada dedo de sus pies perfectos, cosa que a Sylvia excitaba sin control. Siguió subiendo por sus piernas, recorriéndolas suavemente con la punta de su lengua. Hizo parada en sus rodillas para mordisquearlas suavemente y sentir los espasmos de Sylvia, mitad cosquillas, mitad placer.

El taxista se esforzaba para no serpentear entre los canales de la autopista. Sylvia cerraba los ojos invadida de placer, pero a ratos los abría y miraba fijamente los ojos verdes de pestañas rizadas que se clavaban en los suyos a través del espejo. Le gustaba aquella escena, sonreía levemente y se mordía los labios lanzando gemidos entrecortados.

Gabriel ya había llegado a la estación central del cuerpo de su amada. Bebía sediento el zumo de su fruta preferida. Nunca había podido olvidarla, pero ahora se percataba de su delicioso sabor, aderezado con la sal de sus dedos, que le ayudaban a abrirle el camino hasta la pulpa más jugosa y madura. Sí… Sylvia era ahora una mujer exquisita y madura, serena y centrada, segura de sí y más lujuriosa que nunca.Sylvia dirigía los movimientos de su amado con una mano, mientras con la otra apretaba sus senos liberados de la lana y a ratos la llevaba a su boca para ensalivar los dedos que recorrían su cuerpo con toda la intención de ser vista y deseada por el taxista, que ya conducía sin ver el camino, con una mano al volante y la otra restregando con fuerza su enhiesta verga liberada hace mucho del estrecho pantalón. Al principio él esquivaba la mirada de Sylvia, temiendo su enojo, y se conformaba con escuchar sus gemidos y el chasquido de los labios y la lengua de Gabriel en el sexo de su pasajera; pero al poco tiempo, al ver la mirada desafiante de Sylvia y su esbozo de sonrisa, reacomodó el espejo para apreciar mejor la escena. Veía los senos estrujados de pezones rígidos como los botones de su taxímetro, la boca húmeda y mordisqueada y la línea blanca en la que se convertían los ojos de aquella mujer mientras era saboreada, deglutida, engullida con avidez por ese hombre tan envidiado.

Llegando casi al caos citadino, cambiaron de posición y Sylvia montó a Gabriel sin piedad y con furia. El taxista podía ver la cabellera rizada saltando alegre sobre los hombros delicados de aquella mujer, los senos danzantes, la sonrisa ahogada en gritos al trote del placer. Agradeció el pesado tráfico del mediodía capitalino, pues pudo atender menos el camino y más aquella escena en vivo por la que no había pagado, mejor aún, por la que le habían pagado tan bien.

Mientras tanto, Gabriel estaba en la cúspide de la excitación. Había olvidado los límites a los que esa mujer podía llevarlo.

- Cuánto te extrañaba, mujer mía, dijo Gabriel con la respiración agitada y continuó: fuiste, eres y seguirás siendo siempre MI MUJER.

Seguidamente Sylvia pronunció, con pasmosa lentitud sus palabras, dejando un suspenso eterno entre cada frase:

- No, cariño mío… dejé de ser tuya… en el preciso instante… en que escogiste a otra… pero fíjate… qué paradoja…. Aaahhh… ahhhha… en el mismo momento… en que dejé de ser tu mujer… comencé a ser de otra persona…

Gabriel quiso parar, pero Sylvia arremetió con sexo duro y desenfrenado que la acercó al abismo de sus inmensos orgasmos. Justo al borde, casi sin aliento, concluyó:

- Dejé de ser tuya….. aaaaahhhhh…. Para comenzar a ser…. Completa y ….aaaah aaahaa aaaaaaahhhh absolutamente… aaahhh… dueña de míiiiiiiiiiii………..aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh…

El orgasmo de Sylvia fue brutal. Gabriel tenía las piernas empapadas de un líquido tibio y transparente y el ego de un agua helada y turbia que lo dejó totalmente desconcertado. No podía cerrar la boca ni espabilar, no podía reaccionar ante tan cortante e inoportuna confesión. Pero lo peor –o lo mejor- aún estaba por suceder. Sylvia acomodó sus rizos, desmontó a su semental desinflado y le dijo:

- Con tu permiso cariño, ya casi llegamos al aeropuerto. Espero que no te importe que mientras te vistes yo le pague al taxista por sus excelentes servicios.

Sin esperar respuesta, Sylvia alargó sus estilizadas piernas para acomodarse en el asiento delantero; se inclinó sobre el chofer atónito y engulló su más que lubricado falo que envolvió con lengua, paladar y garganta; una cueva caliente y deliciosa, estrecha y cómoda a la vez que lo llevó al borde de la agonía.

Gabriel se vistió rápidamente y obcecado, salió del taxi dos cuadras antes de llegar al terminal aéreo, dando un portazo de indignación que ni chofer ni pasajera escucharon, pues se ahogó entre los gritos de placer de un orgasmo que dejó el parabrisas blanco como un papel, sobre el cual Sylvia escribió su siguiente historia.

domingo 14 de diciembre de 2008

La Historia tras el tatuaje


Matilde viajaba sola por primera vez en sus treinta y ocho años de vida. Partía hacia Philadelphia a una importante reunión de trabajo y decidió gestionar con el jefe algunos días de sus muchas vacaciones acumuladas para hacer una parada en Miami y renovar su armario.

Viajar sola le preocupaba un poco, pero al mismo tiempo quería arrancarse esa fama de mojigata, de mujer siempre en el término medio de todo, ajena a los extremos de cualquier clase, clásica en demasía y aburridamente conservadora.

Miami podía ser un lugar para probar nuevas cosas, como podía serlo cualquier otro destino, pero en este caso, sería Miami el escenario de la cana que Matilde se atrevería a echar al aire.

Cuando las ruedas del avión chillaron en la pista del Miami International Airport, el corazón de Matilde dio un vuelco pensando en qué haría, que aprendería, qué experiencia se llevaría de vuelta a casa al finalizar ese viaje.

Soltó la maleta en el hotel y se fue de compras. Encontró que su talla era completa, que todo lo que se probaba le sentaba bien y le resultaba muy económico, por lo que las bolsas y paquetes en sus manos aumentaban vertiginosamente al mismo tiempo que su ánimo.

La tarde la sorprendió cansada de caminar el mall, por lo que decidió llegar hasta Miami Beach y pasear contemplando el ocaso. Ocean Drive la dejó ver la variopinta comunidad mayamera, excéntrica, opulenta, pero sobre todo, relajada, desprejuiciada, tan distinta a aquella mediocre y falsamente pudorosa que la esperaba al regreso.

Paró en un bar latino donde hermosas y jovencísimas chicas bailaban salsa casino con corpulentos cubanos. Se sentó en una de las mesas de la acera, para contemplar todo lo que sucediera a su alrededor. Pidió un mojito y lo bebió rápidamente; pidió el segundo, luego el tercero, mientras por la calzada transitaban Drag Queens, una mujer de cabello rosado, un negro con pinta de chulo que llevaba kilos de oro y diamantes guindados de su cuello. Volteó hacia la calle y vio pasar los más hermosos carros deportivos, así como los más extravagantes, como un Mazda cubierto totalmente de pequeños mosaicos de espejo, o los más costosos como un Rolls Royce blanco e imponente que estacionó justo frente a ella, al tiempo que el chofer, que permaneció en todo momento dentro del carro, hablaba por el celular y le enviaba a Matilde miradas lujuriosas y uno que otro beso.



El juego divertía a Matilde, y los mojitos ayudaban a desinhibirla cada vez más. El cruce de miradas, besos y sonrisas entre ella y el chofer, se vio súbitamente interrumpido por la mano de uno de los cubanos que la invitaba a la pista a bailar. Por un momento le dio vergüenza y rechazó la propuesta, pero cuando aquel moreno de sonrisa blanquísima le insistió, pensó en el propósito inicial de su viaje y accedió.

La pista estaba llena de latinos que bailaban muy bien y de gringos que lo hacían muy mal y sin embargo lo disfrutaban. Matilde se encontraba en un seguro término medio, como su vida misma, en la que no destacaba pero tampoco hacía el ridículo. La salsa pasó a merengue y el merengue pasó a bachata.

Los inmensos brazos tatuados de su pareja, la atrajeron fuertemente. Matilde pudo aspirar el amaderado aroma de su cuello, mientras sentía la mano de aquel hombre que bajaba sin permiso desde la cintura hasta las nalgas, primero suavemente, luego haciendo una leve presión que la empujaba sin freno hacia la endurecida pelvis de aquel experto bailarín.

- Me encantan las mujeres que usan hilo dental, le dijo a Matilde al oído. Ella sólo alcanzó a sonreír; se necesitarían unos cuantos mojitos para avanzar más de allí.

- A mí me encantan tus brazos tatuados, respondió ella tratando sin éxito de suavizar un poco la intención de la conversación.

- No sólo tengo los brazos tatuados, respondió con tono de picardía y continuó: cada año me hago un tatuaje, y ya llevo 17 años en Miami… ¿cuántos tienes tú?

- Yo no vivo aquí, respondió Matilde imaginando cuáles tatuajes tendría y dónde. Estoy de vacaciones, concluyó. El bailarín soltó una carcajada de niño y le replicó: “no me refería a los años, sino a cuántos tatuajes tienes tú”.

-¡¡NINGUNO!!, respondió Matilde casi indignada, estúpidamente indignada, como si tener un tatuaje fuera un delito. Se avergonzó de su infantil actitud y trató de enmendarlo sincerándose con su pareja de baile: “en realidad siempre me han atraido los tatuajes, pero nunca me he atrevido a hacerme uno.

La conversación enfrió un poco el calor de un instante atrás, pero al mismo tiempo se tornaba interesante para ambos. El chico la llevó de nuevo a su mesa y le invitó el cuarto mojito, esta vez de mango, más dulce, más traicionero. Lo bebió como un refresco y rápidamente llegó el quinto, nuevamente de la mano de Saúl (apenas ahora sabía cómo se llamaba aquel morenazo sensual), mientras continuaban con el tema del tatuaje.

-A la vuelta de la esquina está mi amigo Luis, el mejor tatuador de Miami -le explicó a Matilde-. Si quieres te puedo llevar, trabaja toda la noche.

Nuevamente comenzó Matilde con sus remilgos de niña tonta, que luego de cinco mojitos, hasta a ella le resultaban insoportablemente tontos. Comenzó a poner excusas, por lo que Saúl le dijo: ve sin compromiso alguno, mira sus diseños, escucha sus sugerencias; si no quieres hacértelo, regresas y te invito otro mojito; si te atreves, regresa también y celebraremos tu primer tatuaje con un mojito!

Matilde apretó los labios en una sonrisa de duda, pero finalmente aceptó. Dejó la cuenta abierta, pues en cualquier caso regresaría al bar. Saúl la tomó de la mano y se fueron abrazados hasta la esquina.

Saúl presentó a Matilde y a Luis y regresó rápidamente al bar. Matilde vio los impresionantes diseños colgados de las paredes y explicó sus temores, que Luis, gracias a su vasta experiencia, interpretó como barreras mentales más que verdaderos miedos. En el fondo Matilde ansiaba un tatuaje que la hiciera única, que la ayudara a romper sus moldes y que secretamente la volviera un poco irreverente.

Finalmente se decidió por una enredadera de flores multicolores que adornara su bajo vientre y disimulara la cicatriz de su cesárea.

El efecto de media docena de mojitos en la cabeza de Matilde la hacía reírse de la situación y no pensar mucho en el dolor que se acercaba. Pero apenas la aguja comenzó su ronroneo sobre la piel virgen y lozana, Matilde apretó los ojos, los dientes y las manos y comenzó a sudar copiosamente.

Luis era un artista experto que trabajaba con rapidez y envidiable pulso, sin embargo ese diseño tardaría por lo menos una hora.

- Debes relajarte, trata de respirar profundo y no moverte, dijo Luis con tono casi paternal. Pero Matilde no lo lograba.

- No pensaba que dolería tanto!, gemía.

- El dolor es mental; fíjate que no hay memoria para el dolor. Por mucho que te duela un golpe, luego es difícil recordar cuánto realmente nos dolió. Mientras más relajada estés, menos dolor sentirás. Si quieres tomamos un pequeño receso y te ayudo a relajarte.

Matilde asintió con cara desencajada. Luis comenzó a ayudarla a respirar y concentrarse en su respiración, a que escuchara únicamente el sonido de sus inhalaciones y exhalaciones y no el motor de la aguja. Se quitó los guantes de látex y comenzó a ejercer pequeños puntos de presión en sus sienes, en su ceño, en su cuello y hombros, pidiéndole que se relajara y escuchara sólo su respiración.

Continuó con su caricia potente pasando por el centro del pecho, el abdomen, los huesos de la pelvis. Acarició los primeros trazos de tinta, pero cuando la palma de su mano grande y gruesa tocaba aquellas flores, los dedos rozaban el comienzo de su pubis, al que le daba pequeñas palmaditas, cada vez más abajo.

Matilde seguía respirando, pero el ritmo había cambiado drásticamente. Luis se atrevió a abrirse paso dentro de la elástica del hilo dental de Matilde. Entraba y salía de aquel bosque tropical sin pedir permiso más que concedido por la sola expresión de placer en la que se había convertido el rostro de Matilde, surcado segundos antes por el más intenso dolor.

Un minuto más tarde el dedo medio de Luis ensortijaba el vello púbico de una mujer que no parecía estar allí, sino en la estratosfera. Cinco minutos más tarde aquellos inmensos dedos separaban los labios húmedos y carnosos de su vulva hambrienta. Con voz suave y ritmo constante, Luis seguía repitiéndole que respirara y se relajara, diciéndole que todo estaba bien… muy bien… pidiéndole que se liberara, que permitiera que entrara en aquella sala a la Matilde que ella era y que dejara salir a todas las Matildes que la coartaban y limitaban.

Como un mantra mágico Luis le decía a Matilde todas las cosas que por años había necesitado escuchar, mientras la experta mano del artista le tatuaba un orgasmo lento, profundo e infinito que la impregnó de una tinta invisible pero indeleble de liberación y encuentro con ella misma.

La energía que un momento atrás había servido sólo para producir dolor y pánico, se transformó en energía liberadora, emancipadora, enriquecedora. Matilde culminó su orgasmo con una sonrisa y una última exhalación larga y silente. Su respiración era lenta y controlada, casi imperceptible. Estaba relajada.

Luis lavó sus manos con solución desinfectante, se colocó un par de guantes nuevos y culminó su enredadera de flores en tiempo récord. Luis, Saúl y Matilde brindaron con mojitos hasta cerrar el bar, para luego practicar sus ejercicios de inhalaciones y exhalaciones con una gasa en el bajo vientre y dos hombres empeñados en continuar liberando a la nueva Matilde tatuada.

domingo 30 de noviembre de 2008

Profundo...





Profundo,
así es mi suspiro cuando te oigo,
así el escalofrío cuando te veo.
Profundo,
así es tu mirar y el mío al encontrarse,
así el hueco que deja la despedida.
Profundo,
así es nuestro diálogo eterno,
ya sea mudo, con murmullos o con palabras.
Profundo,
así es mi pensamiento cada noche,
subyugando a mi almohada y mis calores.
Profundo,
así es tu abrazo grande y tibio
así tu beso loco y sorpresivo.
Profundo,
así buceas en mis mares,
así, sin careta ni tanques…
Profundo…

domingo 23 de noviembre de 2008

Dos Meñiques


Entre tantos centímetros, metros cuadrados de piel, limpia, lisa y brillante por el tímido sudor que comenzaba a perlarla, destacaban los dedos meñiques de sus respectivas manos derechas. Danzaban por aquellos cuerpos como dos niños negritos perdidos en el norte de Finlandia. Vagaban inciertos por el cuerpo ajeno, dejándose llevar por las manos de las que formaban parte, ingenuos, desatentos, creyéndose imperceptibles, sin saber que, esa madrugada, eran dos manchas visibles que inocentemente iban marcando el recorrido de aquellos cuerpos tan conocidos y sedientos.

La tinta violeta en la que horas antes habían sido sumergidos los meñiques de sus manos derechas, no se borraría en un par de días, dejando constancia de lo que horas antes habían protagonizado: el ejercicio del voto, uno de los pocos derechos democráticos que aún quedaba incólume en aquel país con más coincidencias que diferencias, aunque estas últimas se hubieran marcado más profundamente, en el afán de su mandatario por gobernar a través del odio y el terror, y no mediante la paz y la unión de sus ciudadanos.

Allí estaban esos dos meñiques, horas después, luego de infinitos minutos de espera e incertidumbre, cruzados, restregados, mordidos de ansiedad frente al televisor a la espera de los resultados electorales. Allí estaban... liberando el estrés de aquellas interminables horas, paseándose ahora por esa otra piel, tan ajena y a la vez tan conocida, celebrando el triunfo con un encuentro terriblemente apasionado, que parecía descargar en él toda la tensión del día y de los días anteriores, arrancando quejidos liberadores de las gargantas y espasmos eléctricos de los cuerpos.

El meñique violeta de ella se asía débilmente al cabello de su amante, de sus mejillas cubiertas de un vello puntilloso y cano, de su cuello, para seguir luego un recorrido sinuoso y estremecedor por aquella llanura ancha y sosegada que era la espalda de su hombre.

El meñique índigo de él, dibujaba junto al anular, el medio y el índice, la circunferencia rosada de los pezones de su amada, para luego bajar lentamente hasta su sexo, haciéndose paso por entre la ropa interior. Como un cazador en medio de la selva, el oscuro meñique apoyó al pulgar en el trabajo de hacer espacio entre la maleza, para dejar al dedo medio hacer su impecable trabajo de iniciación al amor sin barreras. Entre aquella sombría espesura la punta de aquel pequeño dedo se camuflajeaba y se escondía... pero cumplía como un buen soldado.

Afuera, la noche se cubría de fuegos artificiales y el ruido de las caravanas apagaba el sonido del amor, que esta vez también sonaba a victoria, a alivio, a esperanza.

El meñique femenino, entintado y negruzco, recorrió una y otra vez la virilidad de aquel hombre excitado, primero lentamente, para luego y sin perder el compás, convertirse en un vaivén desaforado, en un borrón violáceo, en un celaje de tinta que fluía de arriba a abajo sobre aquel falo firme a punto de desbordarse.

Poco tiempo después el meñique robusto de aquél hombre acompañó al resto de sus iguales –hoy para nada iguales- en la decisión de tomar a aquella hembra en celo por las nalgas y levantarla en vilo para ser penetrada en el sitio, mientras que el débil y absorto meñique de ella se sostenía torpemente en la lisa y resbaladiza frialdad del concreto.

La acrobacia terminó en la cama, justo antes de perder el equilibrio, para dejar que las sábanas absorbieran la transparencia de sus sudores, sus salivas y sus espermas y se evaporaran con los primeros rayos del amanecer, mientras que los pequeños protagonistas de esta historia, se fundieron en otra mano limpia entrelazada y feliz, para entregarse a un orgasmo libre y lleno de energía, como el país que latía afuera.

viernes 14 de noviembre de 2008

Antes del Gallo Cantar...

La larga noche finalmente daba paso a la luz tenue de la madrugada, aún imperceptible.
El músculo caliente bajo el cobertor comenzaba a despertarse con parsimonia; puntual despertador que siempre se levanta con la primera luz del día y busca aquellas caderas redondas y nalgas firmes que indefectiblemente lo esperan al otro lado de la cama.
Se asía a su cintura primero para luego halarla hasta encajar el mástil duro y perezoso en aquella cueva tibia y húmeda que lo absorbía sin preámbulos ni piedad.
Con el mismo silencio y lentitud conque transcurrió la noche, una batalla se desataba en las medianías de sus cuerpos, justo antes del gallo cantar...

sábado 8 de noviembre de 2008

¿Realidad o imaginación?


Mientras más amigos conocen mi blog y leen mis relatos, suele hacerse más frecuente una pregunta: ¿Son historias reales?
Debo confesar que esa pregunta me desconcierta un poco, pues me hace a mí repreguntar: ¿En qué cambiaría las cosas si lo fueran?
Pareciera que lo bueno o malo del relato pasara a un segundo plano y fuera el morbo el que tomara protagonismo.
Escribir es un acto de imaginación pura; lo es al menos, mientras no se trate de una biografía, un trabajo científico o histórico.
Cuentos, novelas, relatos, poemas, son el producto de la imaginación, mezclado por supuesto con la experiencia del autor, con sus vivencias y conocimientos, que pueden haber sido adquiridos por cualquier vía: por la lectura de otros autores, por la realidad de terceros y también, claro está, por la experiencia propia.
Pero no debemos perder de vista, que por encima de todo, está la imaginación. Y no sólo la imaginación del que escribe, sino sobre todo, la del que lee. La magia de la escritura reside en la capacidad de convertir en imágenes, pequeños íconos negros sobre un papel blanco que por sí solos carecen de significado alguno.
Entonces, ¿qué importa si son o no historias reales? Lo que importa es que ustedes las crean, las sientan, las vivan y pongan en ellas las imágenes que les plazcan, los ambientes, las personas, los olores, las texturas con los que se sientan eróticamente conectados. Lo demás carece de total importancia.
Apuesto que los amigos de Stephen King o de J.K Rowlings jamás le han preguntado si las suyas son historias reales... simplemente leen con avidez sus libros y se asombran por su admirable IMAGINACIÓN.

Cierro esta reflexión con una cita de Diego Muñoz Valenzuela que encontré en www.escritores.cl

El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito”.

Hasta el próximo relato... real o imaginario...

lunes 3 de noviembre de 2008

Ganadores de Karma Sensual 4


Finalmente se dieron a conocer los ganadores del Concurso de Relatos Eróticos KARMA SENSUAL 4: Amores que matan.


Casi 130 relatos que tuve el placer de leer y calificar en los días pasado (razón por la cual, entre otras, mis posts han estado escasos últimamente).

Desde que supe, a principios de este año, el tema central del concurso en esta oportunidad, sabía que sería un gran reto para los participantes, pues no es nada fácil mezclar un tema tan sublime como el erotismo, con algo generalmente ácido y escabroso, como lo es la muerte.


El trabajo de decidir los ganadores no fue fácil para mí, y creo que hablo también por el resto del jurado. Sin embargo puedo decir que los 13 relatos ganadores son, sin duda, excelentes.
Muy buena representación del erotismo español; tres ganadores latinoamericanos, entre ellos, una compatriota venezolana, un residente canadiense y uno inglés conforman el cuadro que demuestra, una vez más, que el erotismo está en todas partes.

Los interesados en leer los relatos ganadores, estén pendientes pues en febrero de 2009, la Editorial El Taller del Poeta publicará la antología.

Felicidades a todos los participantes y en especial a los trece ganadores que nombro a continuación:

1° “El diverso sabor de la muerte”, Carlos Pineda González, España
2° “Sacrificio”, Juan José Hidalgo Díaz, España
3° “Ella”, José Luis Cantos Martínez
4° “Todo tú cabías en mí”, Mamen Hernández Cobos, España
5° “Gotas como perlas”, Alicia Sánchez Martínez, España
6° “Su plato favorito”, Ana Pía Cárdenas Ricotti, Chile
7° “Un silencio que mata”, Mayte Campos Anglés, España
8° “Un simple viaje”, Jairo Ramos Jiménez, Colombia
9° “En sueños rotos”, Nilda Samiento, Venezuela
10° “Éxtasis Mortal”, Lorena Sanguino Hernández, España
11° “El mar es nuestro”, Raquel Villanueva Lorca, España
12° “La madrina”, Raúl Gatica, Canadá
13° “Un final feliz”, Ángela Alonso Amador, Inglaterra

martes 28 de octubre de 2008

Transeúnte


Transeúnte de mis caminos,
viajero sin equipaje de todas mis rutas,
sigue recorriéndome, aunque sea en sueños,
porque aún en sueños, llegas mí,
claro, diáfano, unívoco.
Explorador de mis galaxias,
conquistador de mi vía láctea,
continúa volando alto, hasta encontrarte conmigo,
en cualquier estrella,
en cualquier nube que caerá como lluvia
para nuevamente mojar nuestros corazones.
Paramédico de almas moribundas,
resucitador de cuerpos yermos,
mantente en tu misión sanadora,
no me dejes morir,
porque si lo haces, tú morirás conmigo…

sábado 18 de octubre de 2008

Seis Sentidos


Todo entra por los ojos. Es el sentido más evidente, el más obvio. Lo que los ojos ven, el cerebro lo completa y luego nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios –buenos o malos- le dan forma y significado.

Yo no fui la excepción. Primero entró por mis ojos y lo que vi no me disgustó en absoluto. Su piel morena, sus músculos firmes y definidos sin exageración, en la justa medida, como dándose su espacio propio, como ocupando su humanidad con el derecho que le han dado tantas horas de duro entrenamiento. Su cabeza afeitada al ras -no sé por qué me parece tan sexy ese “look”-, su energía contagiosa, su mirada de muchacho pícaro y ese dragón tatuado en su espalda, desafiante y retador: “Si te acercas te quemo” parece decir.

Fue una imagen agradable sin duda, pero yo me obligué a hacerla efímera. Las ideas en mi mente eran sugestivas pero las consideraba inalcanzables, así que deseché inmediatamente cualquier posibilidad de acercamiento entre él y yo. Todavía allí tenía el control de una situación que rápidamente se saldría de mis manos.

El asunto se complicó cuando esas imágenes guardadas en la trastienda se mezclaron con los sonidos. El tono ronco de su voz era agradable de por sí, sin contar con ese ademán de su boca al hablar. Pero lo verdaderamente cautivador era lo que decía. Su discurso, coherente y contundente reflejaba el intelecto apasionado y feroz del autodidacta, la serenidad y sapiencia del que ha rumiado muchas noches su ideología, la firmeza del que no se doblega ante nada y la emoción de aquel que siente que aún le falta todo por conocer.

Pensar en él ya no era sólo un cúmulo de músculos en movimiento; ahora era idea y músculo, imágenes con sonidos que me inspiraban una curiosidad pecaminosa. Quería saber más... ¡quería ir más allá!!

Una noche, en un acercamiento que sobrepasó los límites de lo “políticamente correcto” –si es que existen tales límites... ¿según quién?, en todo caso-, pude sentir su olor. El olfato tal vez sea mi sentido menos desarrollado, sin embargo me encantó su perfume. Sensual, masculino, limpio, divino. Sencillamente quería quedarme pegada a su cuello, aspirando ese aroma sensual que mezclado con su olor corporal me decía a gritos “Te deseo”.

Yo también quería contestarle... y a lo mejor lo hice con mi propio aroma, con mis feromonas disparadas, con todos mis poros erizados por la proximidad de su aliento. Y allí entramos en mi terreno, en mi gran debilidad, en el Sentido por antonomasia, al menos en mi caso: el tacto.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano, y para mí, definitivamente el más sensible. A veces creo que su mirada, su voz, su perfume incidieron directamente en mi piel, antes que en cualquier otro lugar. Su mirada, su voz, su perfume prepararon a mi piel para recibir su amor, para entregarle el mío, para construir este maravilloso micro mundo en el que ahora estamos inmersos. Su mirada, su voz y su perfume abrieron mis poros para la ofrenda, abonaron el terreno para las caricias, para el amor.

Cada mirada que él me da, incluso cuando no lo estoy viendo, se siente en mi espalda; cada palabra de amor, escuchada o leída, me lanza un corrientazo medular que me hace contorsionar, erguir mi cuerpo todo, respirar profundo como queriendo absorber su esencia. Su aroma de hombre encelado, su perfume varonil y seductor, penetra mi pituitaria e impregna la piel debajo de mi piel... de adentro hacia afuera, para expeler su mismo aroma a sexo y a pasión.

Finalmente... su sabor... el sabor salado de su piel, dulce de sus besos, amargo de su semen. Ese cóctel de texturas que combina la lisura de su piel, la humedad de su lengua, lo áspero de su barba de dos días, su glande esponjoso, sus testículos rugosos y huidizos dentro de mi boca. Esa degustación de placeres que produce su saliva cuando me besa, su sudor sobre mi cuerpo en una batalla de sexo infinito, la sal de una lágrima evaporada de emoción...

Él sabe a cielo, a gloria, a pasión y amor. Ha llegado a convertirse en mi platillo predilecto, el único que deseo probar cada día, él único que me alimenta y me llena de vida.

Ahora... luego de encontrarme en sus oscuros ojos y encelarme con su cálida voz; después de hacer mío su perfume y saborear su cuerpo entero, soy capaz de intuirlo sin haber llegado, de recrearlo en mi mente, sobre mi cuerpo, dentro de mi cama con sólo invocarlo. Ahora siento lo que él siente, amo lo que él ama, vivo y comparto su esencia más pura. Y ya no se trata de ese sexto sentido del que todas las mujeres alardeamos. Ahora es simplemente que soy él, y él, yo.

lunes 6 de octubre de 2008

Solo Soy Luz


Si estuviéramos más cerca, y no hubiera obstáculos, esta noche hubiese llegado hasta tu casa, ataviada solo con un vestido camisero, abotonado al frente y unas sencillas sandalias; lo primero que encontré en el closet, luego de darme cuenta que estaba demasiado caliente para pretender drenar todo con una estúpida almohada.
Sin saber si estás, ni con quién, toco desesperadamente el timbre hasta ver tu cara de sorpresa, mitad nervios y mitad alegría. Por suerte estás solo, aunque no por mucho tiempo; solo están comprando en el supermercado lo necesario para la cena.
Casi sin mediar palabras, te tomo de la mano y te llevo por las escaleras al piso de abajo; allí encuentro la puerta del cuarto de basura convenientemente abierta. Tu rostro denota incredulidad, todo esto te parece muy arriesgado, y sin embargo (o tal vez, por eso mismo) te excita enormemente.
El olor es nauseabundo, aunque el lugar no parece sucio. Al entrar y cerrar la puerta, todo se vuelve totalmente oscuro. Que divino tocarte, besarte, sentir tu respiración entrecortada sin poder mirar tus negros ojos... ¡por fin hay algo más negro que ellos!
Sin perder tiempo, me alzas el vestido y notas que no llevo nada debajo... mientras tanto, yo libero del elástico de tus pantalones aquella bestia furiosa que busca hambrienta a su presa.
Todo el deseo, toda la excitación se convierte en una fuerza desmedida. Me tomas por las caderas y me alzas tan fácilmente, que siento que peso menos que una pluma... Encuentro apoyo en la pared y, con mis pies, en la manilla de la puerta y alguna tubería.
Quedo a la altura perfecta para ser fácilmente ensartada por esa enorme vara que parece relucir en la espesa oscuridad. Me penetras violentamente, profundamente, perfectamente.
Casi no puedo moverme, tú lo haces y mis nalgas rebotan alegres contra la fría pared.
Es un sexo intenso, rápido pero con la fuerza de un vendaval. Justo lo que necesitaba para saciar mi sed de ti.
Mis gritos ahogados se confunden con el sonido de la basura, dando tumbos ducto abajo.
- Tendrás que vaciarte dentro de mí -te digo al oído - no tenemos con qué limpiarnos...
Eso parece ser un detonante, o simplemente fue coincidencia, ya que en ese preciso instante te derramas dentro de mí y amainas el ritmo.
¿Yo? yo ya llevaba dos o tres orgasmos cortos pero tan intensos que produjeron calambres en mis entrañas.
Apenas recuperamos algo de aliento, salimos sigilosamente: tú, un piso hacia arriba... yo a esperar el ascensor. Mis ojos tardan un tiempo para acostumbrarse de nuevo a la luz.
Al llegar a planta baja... unas voces provenientes del estacionamiento y el sonido de las bolsas del supermercado, me obligan a acelerar la marcha y desaparecer como la sombra que soy, pues Sólo soy LUZ dentro de ti.

domingo 28 de septiembre de 2008

Desafiando el Rating





Esta noche el programa de televisión parecía estar más interesante que de costumbre. En lugar del habitual “zapping”, él estaba concentradísimo en un programa que investigaba el caso de una mujer desaparecida años atrás.

Yo le hablaba intentando sacarlo de su ensimismamiento, pero contestaba con monosílabos y era evidente que no me ponía ninguna atención. Mi interés no estaba en el programa de TV sino en su espectador; había sido un día ajetreado y yo necesitaba liberar mi estrés de la mejor manera: haciendo el amor con mi hombre.

La tarea que siempre resultaba fácil, esta vez parecía titánica; me desnudé casi frente a él, me coloqué crema en todo el cuerpo -a él lo vuelve loco ver cómo me acicalo-, me acostaba de lado mirándolo fijamente, me daba vuelta y empinaba mi culo hasta casi rozar sus muslos y apenas lo que lograba era una breve caricia, una mirada instantánea o un beso prófugo.

Luego de ronronear como gata y desarreglar las sábanas con tantas vueltas, me quedé boca abajo, con la cara ladeada, mirando su cuerpo de chocolate, sus pestañas rizadas, sus lunares, su respiración lenta y acompasada, sus pies relajados al final del colchón. Todo lo que veía me gustaba y me excitaba. Era imposible no pensarlo en esa misma posición pero conmigo sobre él, penetrando mis entrañas, haciéndome bailar en la pista gigante de mi cama king size. Era inevitable ver sus manos y no recordarlas apretando mis senos como medias naranjas y lamiendo mis pezones para beber su jugo. Era irremediable no querer sentir el calor de su cuerpo y a esas alturas, era impostergable mi ardor.

Así que, decidida y a la vez un poco desinteresada, le pregunté: ¿“Me puedes hacer un favor?”. Claro, dime, contestó sin despegar la vista de la pantalla. “Permíteme tu mano un momento”, dije, al tiempo que yo misma la tomaba y la trasladaba hasta mi bajo vientre, con la palma hacia arriba.
Sus dedos comenzaron inmediatamente a hurgar el sector, a “apoltronarse” en aquel lugar mullido, tibio y conocido en el que cualquier parte de su cuerpo siempre encontraba la gloria.

Las yemas de los dedos parecían sofisticados sensores que encontraron en breves segundos el centro de mi placer. La ventaja de conocernos tanto es que no tengo que hablar para que él sepa lo que quiero y necesito en cada evento. Esta vez él sabía que lo que necesitaba era un movimiento tan suave, tan lento que fuera casi imperceptible. Más que hacer algo, debía no hacer nada y simplemente esperar a que llegara “el momento”.

Una vez encajada su mano en mi vulva -cómoda, cálida, calzada a la perfección entre mis pliegues y cavidades-, cerré mis ojos, abracé una almohada, estiré todos los músculos, respiré profundamente y me entregué a pensar y sentir, a fantasear y dejarme llevar con cada uno de los pensamientos que llegaran a mi cerebro, no importaba cuáles fueran.

Con mis ojos cerrados y mi imaginación abierta, las imágenes corrían a mil por segundo mientras sentía el levísimo movimiento de los dedos de mi hombre haciendo presión en mi clítoris como en cámara lenta. Cada presión parecía activar el botón para cambiar de imagen; así, en un minuto estaba en la sala de exámenes de mi ginecólogo, y al siguiente en el banco de una iglesia vacía y en penumbras al lado de un desconocido que tardó horas en llevar su mano desde su rodilla hasta mi sexo. Tan pronto me encontraba en la cama de un prostíbulo con un recién iniciado al que le daba lentas y precisas instrucciones para hacer sentir a una mujer, como al siguiente me encontraba en manos de un científico que colocaba en mi vulva un sofisticado aparato para medir la intensidad del orgasmo femenino.

Mi respiración se hacía cada vez más profunda y frenética. Aspiraba el aire y lo expulsaba haciendo un fuerte sonido y mi cuerpo comenzaba a moverse en espasmos y contorsiones que seguían el compás del suave vals de sus dedos, ahora un poco “in crescendo”. Mientras tanto, seguían visitando mi mente los más variados personajes y situaciones: un extraterrestre que me explicaba telepáticamente cómo hacían el amor en su galaxia y yo me asombraba de sentir tanto placer con un toque tan indirecto y delicado; un hombre hermoso al que yo era capaz de hacer eyacular sólo con ver mi cara de placer al masturbarme; una mujer que como mujer, sabía perfectamente lo que yo sentía y sólo se ocupaba de hacer lo exacto y preciso en el segundo siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente... el caballito de madera en el que tanto me gustaba balancearme de pequeña porque me hacía sentir –ahora lo sé- sensaciones emparentadas por consanguinidad con éstas que estaba sintiendo; la lengua del primer hombre que me hizo sexo oral y que me produjo unos temblores incontrolables y un hormigueo en las manos y la cara que me hicieron pensar que moriría en el acto.

Mis ojos se entreabrieron y encontré a los de mi hombre mirándome fijamente, como traduciendo cada gesto mío, cada respiración, cada apretón de dientes en un movimiento –ya nada suave- de su mano dentro de mí. No quería abrir más los ojos, no quería distraer mis fantasías, pero por el movimiento de la cama intuía que él también se autocomplacía con la otra mano.

Me aislé nuevamente del espacio exterior para seguir vagando en mi particular, lujurioso y superpoblado mundo interno. A esas alturas mi cuerpo se contraía y se estiraba de una manera inexplicable, la respiración de mi hombre estaba tan agitada como la mía y ambos nos zambullimos en un orgasmo brutal, visceral, incontenible como un río desbordado.

Lentamente retiró su mano de mi cueva, se la llevó a su boca y se alimentó de toda mi fuerza. Yo hice lo propio y tomé su otra mano para limpiar con mi lengua sus gotas de semen tibio, valeriana que lo calma todo. Nos miramos, sonreímos, nos besamos juguetonamente y sin mediar más palabras yo me entregué a un sueño profundo y él a develar el secreto de la mujer desaparecida.

martes 23 de septiembre de 2008

Debate: Romanticismo vs. Erotismo


Frases como “sexo con amor es lo mejor” podrían reflejar el punto de vista de aquellos que opinan que el sentimiento en una relación optimiza sus resultados, sexualmente hablando.
Sin embargo, hay otros que dicen “enfriarse” cuando su pareja se pone excesivamente cariñosa o romántica. Eso, sin hablar de los más recalcitrantes detractores del romanticismo; aquéllos que lo consideran “cursi”, anticuado y hasta aburrido. En esta última categoría debe incluirse también el factor miedo, que puede llegar a convertirse en pánico cuando una relación que comenzó siendo meramente –y óptimamente- sexual, apasionadamente roja, va tomando distintas tonalidades de un rosa empalagoso, incómodo o tal vez, demasiado comprometedor.

¿Qué opinan ustedes, lectores?
El romanticismo ¿mata el erotismo o lo potencia?... Estos términos ¿van mejor juntos o separados?
¿Cambia esta opinión entre hombres y mujeres?
¿Cambiará también dependiendo de la edad?

A ver... ¿qué piensan?

miércoles 17 de septiembre de 2008

El Arte de Desnudarse



Encontrar fotos de desnudos en la web es tan fácil como encontrar el sol en el cielo. Pero toparse con fotografías verdaderamente artísticas, sensuales y creativas que incluyan un desnudo, suele ser una tarea ardua y en ocasiones, infructuosa.


Por eso cuando me topo con buenos hallazgos no dejo de compartirlos para que todos puedan apreciarlos y deleitarse con valiosos trabajos de profesionales de la fotografía que logran captar la verdadera esencia femenina a través de sus cuerpos y el entorno.


Tal es el caso de Anthony Gordon, veterano en estas lides, consuetudinario en páginas como Fine Art Nudes y participante de numerosas exhibiciones. Gordon juega sobre todo con texturas y formas, logrando fabulosos contrastes entre la hermosura de la piel femenina y otras superficies naturales –como los tonos terracotas de zonas desérticas- o artificiales, como en su serie “Concrete Angel”, donde lo divino –la mujer- y lo humano –construcciones- se enfrentan y a la vez se complementan.


Los invito a que visiten la galería en: http://www.inspiringform.com/

viernes 12 de septiembre de 2008

Métemelo...


Comenzaste por los ojos… tu mirada me penetraba hasta el alma, produciéndome escalofríos. Era tan penetrante e intimidante que la sentía recorriéndome la espalda mientras caminaba hacia el baño. Me recorrías de arriba abajo, como queriendo estar por debajo de mi vestido.

Continuó más tarde, la mano en la cintura que apretabas y acercabas a tu cuerpo más de lo necesario en medio de la pista de baile. Al segundo o tercer merengue, conseguí la respuesta a mi pregunta de “¿qué será lo que le ven a éste tantas chicas lindas?”… Allí, en medio de la pista, con tu brazo acercándome peligrosamente a tu cuerpo, pude “sentir” la respuesta y lo entendí todo. Yo también sucumbía a tus encantos…

Luego en el auto… antes de arrancar y perdernos en la locura de las madrugadas citadinas. Allí fue la lengua… hábil y curiosa, ávida, hambrienta. Labios que succionaban, dientes que mordisqueaban, lengua que penetraba, ojos que se perdían detrás de mis propios párpados, respiración que se agitaba.

Llegamos a la disco, un par de tragos más y una demanda osada para una mujer osada. “Quiero tener algo tuyo -me dijiste- algo con qué recordarte”. No entendía por dónde venías, pero rápidamente me lo hiciste saber. Segundos más tarde, en plena pista de baile y en medio de la multitud frenética, ponías inocentemente tus manos sobre mis caderas, y en un suave movimiento me quitabas el bikini de encaje blanco, haciéndolo deslizar piernas abajo, para tomarlo disimuladamente en mis tobillos y guardarlo como trofeo de conquista en el bolsillo de tu chaqueta.

Después de eso ya nada volvió a ser igual. Eran ridículas ahora las poses puritanas o conservadoras. Mi deseo y el tuyo estaban ya a punto de ebullición. No había por qué esperar.

- ¿Mi casa o la tuya?, preguntaste. Pero no pudimos llegar a ninguna de las dos. Sólo esperando al Valet Parking con tu auto, en medio de un beso apasionado, metiste tu mano por mi escote y tanteaste mis pezones en estado de alerta. Apretaste mis senos con lujuria, al tiempo que mordiste mi labio inferior, haciéndome brincar del dolor. Ahora mis labios todos latían rojos y calientes.

Subimos al auto y avanzaste algunos metros para alejarnos de la luz y las miradas, inquisidoras unas, envidiosas otras. Paramos en una zona residencial tranquila y convenientemente oscura. ¿Peligrosa? Tal vez… pero eso sólo incrementaba el deseo.

Sin mediar palabra desabrochaste tu cinturón y abriste el pantalón. El sonido metálico de la hebilla y el ronronear de la cremallera deslizándose provocó en mi cerebro un impulso que me disparó automáticamente hacia delante, volcándome sobre tu inmenso y flamante mástil, que me esperaba ansioso y expectante.

Era un falo espectacular. Entendí que lo que había sentido horas antes en la fiesta había sido al gigante en reposo. Ahora lo contemplaba erguido ante mis ojos, liso, brillante y moreno, invitándome a demostrarle todas mis habilidades en el sexo oral.

“Trágatelo”, me pediste jadeando, mientras yo practicaba un afanado ejercicio para que semejante portento entrara completo en mi boca. Por momentos tanta inmensidad me producía arcadas; debía concentrarme para relajar mi laringe y a la vez succionar, respirar pausadamente a pesar de tanta excitación, abstraerme del mundo para proporcionarte placer.

Tú sólo decías “mételo todo en tu boca, así… así”. Me tomabas por el pelo y con acompasados jalones me ayudabas a deglutir tu maravillosa masculinidad.

Tal vez sólo un par de segundos antes que fuera demasiado tarde, paré en seco mi faena. Levanté la cabeza para mirarte y sonreí al ver tu cara, mitad placer, mitad desesperación. “Ahora me toca a mi, papito”, te dije al tiempo que de un jalón tiraba hacia atrás tu asiento y me colocaba a horcajadas sobre ti, como un experimentado jinete de rodeo.

La ropa interior no fue un estorbo; era un problema resuelto por ti hace mucho rato. Besaste mis labios con pasión, pero a la vez con ternura, o al menos así lo sentía yo, después de tanta fricción y calambres aguas abajo.

Yo estaba más que lista… desde la disco, desde la fiesta antes de la disco… tal vez desde la primera mirada con la que me habías dicho “estás bellísima”… no lo sé. El punto es que sólo dije “Métemelo” y no hizo falta nada más para que, en un solo movimiento, me ensartaras y me acoplaras a tu mástil que ahora, dentro de mí, se sentía más inmenso y desbordado que nunca.

Mi rodilla derecha flexionada sobre tu asiento y pegada a tu cadera hacía el trabajo de balance y ritmo, mientras que mi pierna izquierda estirada y con mi sandalia de tacón apoyada en el asiento trasero, me daba el apoyo y la fuerza para embestirte. Mis manos desabrocharon los botones de tu camisa y mis dedos comenzaron a juguetear con tus tetillas y a enredarse en tu velludo pecho. Mis labios pegados a los tuyos, sólo se alejaban de tu boca para recorrer tu cuello, para lamer el lóbulo de tu oreja y decirte casi sin voz… “así, así… métemelo, métemelo”.

Tus caderas y las mías bailaban un ritmo ancestral, innato e inédito. Un ritual de placer, reciprocidad y agradecimiento, mientras nuestras gargantas emitían sonidos repetitivos y guturales, una especie de mantra que nos llevaba a un estado alterado de conciencia, permitiéndonos, finalmente, liberarnos en un grito espasmódico y purificador, una sola exclamación a través de dos gargantas; dos chorros de semen en un solo canal, mil latidos por segundo que ensordecieron al mundo… subir al cielo y al bajar, notar que la tierra no estaba tan lejos.

Morir y renacer más completos, más sabios, mucho más felices...

Y seguir andando la vida, a la espera de otro encuentro, de otra fiesta en la que me comas con la mirada, en la que me roces con tu miembro épico en la pista de baile. Otra noche en la que me conquistes con una locura y me hagas nuevamente gritar: “¡¡Métemelo… métemelo!!..”




sábado 6 de septiembre de 2008

Tu boca


Tu boca es la almohada de mis labios;
tus besos, los sueños en los que me pierdo.
En tu lengua viajo y transito,
alfombra mágica que siempre me regresa a casa.
Te he besado tantas veces.
En cortes y cruzadas, en batallas y paz,
como diosa y chamana,
reina o plebeya mortal.
Mira mis ojos, ¿no me reconoces?
¿no sientes que ya has estado aquí?
Yo sí.
Lo sé por tu calor que me funde en éxtasis,
por el perfecto acople de nuestras bocas,
por el néctar de tu saliva y la brisa de tu aliento.
Más allá de las oscuras barreras,
más allá de las sentencias imposibles,
por encima de lo políticamente correcto,
estallan las chispas inevitables de nuestros besos.

sábado 30 de agosto de 2008

Vale la Pena Esperar


Hoy se cumplen dos años, dos meses y diez días de aquel en el que Aníbal y Mariella no pudieron aguantar sus ganas y se dejaron de rodeos. Una calurosa tarde de agosto, en un lujoso restaurante de platillos afrodisíacos y límpida vista al mar que fue testigo mudo de múltiples miradas cómplices y caricias por debajo de la mesa.

El restaurante estaba lleno de gente conocida que sólo los relacionaba como amigos de negocios. Ambos tenían mucho que perder: matrimonio, hijos, trabajo; una situación muy complicada, y por complicada, reprimida y condenada desde hacía mucho al terreno de lo prohibido, allí donde se guardan los sueños imposibles.

Aníbal suponía que su deseo era sólo suyo, mientras que Mariella, soñadora como siempre, lo veía como un ser inalcanzable y enigmático que jamás podría fijarse en ella como mujer. Pero esa tarde, el húmedo calor del verano ecuatorial lavó todo prejuicio y fue cediendo con pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de ambos cada vez que se rozaban.

La tarde se iba, dándole paso a una noche de luna llena que dibujaba una raya plateada sobre el mar, como dividiendo el terreno, como marcando los límites de cada uno. Pero había demasiado vino, demasiada buena música, demasiada agradable conversación. Tal vez hubiese sido prudente que Mariella se despidiera cuando el resto de los invitados comenzaron a hacer lo propio luego del café, pero los mariscos del almuerzo, el licor en sus venas y el ritmo cadencioso de los boleros le daban una valentía absurda que la hacía creerse dueña del mundo y, peor aún, dueña de sus actos.

Tranquila, tengo el control de la situación, sé hasta dónde puedo llegar” se decía con cada sorbo de vino, mientras orinaba en el baño, mientras se retocaba el maquillaje… y dejó de decírselo cuando vio a Aníbal reflejado en el espejo.

- Estás bellísima hoy, le dijo. Mucho más bella de lo que te veo en mis sueños.

- Yo también te he soñado, contestó Mariella. Es más, el otro día me desperté jurando que no había sido un sueño, fue demasiado real.

- Ah, sí? ¿Y qué soñabas?, le preguntó curioso mientras se le acercaba por detrás.

Mariella fue contándole los detalles de su sueño, mientras Aníbal la arrinconaba hacia uno de los cubículos, cerrándolo tras de sí. Mariella le decía que soñaba que él la acariciaba toda, mientras en aquel reducido espacio Aníbal metía la mano por debajo de la falda y le arrancaba de un jalón el bikini. Mariella le hablaba de la forma en que él la besaba en sus sueños, al tiempo que Aníbal le lamía el cuello y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, haciendo caer uno de los pendientes dentro de la poceta. Ella le explicaba la onírica embestida de un enorme miembro, justo en el instante en que Aníbal realmente la penetraba, decididamente, profundamente, completamente.

Aníbal quería seguir escuchando sobre el sueño, pero tuvo que taparle la boca a Mariella para que sus gemidos no se oyeran en la sala del restaurante, ahora casi vacío y próximo a cerrar.

Un orgasmo unívoco de gritos ahogados convirtió el sueño en realidad, o la realidad en un hermoso sueño que recordaría Mariella todos y cada uno de los días y las noches de los últimos dos años, dos meses y diez días, a lo largo de los cuales, los encuentros con Aníbal –cada vez más esporádicos- se llenaban de esperanza, pero al mismo tiempo de promesas imposibles de cumplir.

Con ese amor guardado allí, donde se guardan los sueños imposibles, Mariella continuó con su monótona vida, sacando cada vez menos el recuerdo de aquella noche de locura. Hasta hoy.

Esta tarde, una llamada telefónica sacó a Mariella del sopor dominical. Era Aníbal, como otras veces, deseándola a través del hilo telefónico, ofreciéndole su amor desmesurado, prometiéndole verla para darle todo el deseo acumulado en tantas noches de insomnio pensando en ella.

Mariella se había vuelto incrédula después de tantos juramentos incumplidos y le demostró su escepticismo por primera vez:

- “Si tanto quisieras verme, hubieras encontrado algún momento a lo largo de todos estos años, no crees?”

Pudo haber sido el sabor a reto de sus palabras o la angustia de sentir que estaba perdiendo su amor, pero en ese instante Aníbal desvió el rumbo de su auto mientras continuaba al teléfono, intentando convencer a Mariella de la honestidad de sus deseos. La conversación se mantuvo hasta que el timbre en casa de Mariella sonó, sobresaltándola.

- Espera un momento, están llamando a la puerta, le dijo a Aníbal por teléfono, para tropezarse inmediatamente con su rostro de ángel moreno, sonriéndole aliviado.

- Tienes razón en lo que dices, amor, dijo Aníbal mientras rodeaba con sus brazos la cintura de su amada que, atónita, aún tenía el teléfono en la oreja. - Finalmente he encontrado el momento. ¿Puedo entrar?

Aníbal no sólo entró a la casa de Mariella, también entró a su habitación, a su cama, a su cuerpo y a su vida. Recorrió su cuerpo con caricias prodigadas con sus manos, con su boca y su lengua ávida, con su piel en contacto directo con aquella otra tan recordada y recreada en sus noches más largas. Paró en la estación central de su clítoris para contarle de cerca sus fantasías más secretas; como un feligrés en el confesionario, Aníbal expió sus culpas mientras el sexo de Mariella lo absolvía sin penitencia alguna. La expurgación continuó sin tregua durante horas; las ganas guardadas por tantas lunas se desbordaron entre sábanas arrugadas, gritos a garganta abierta, embestidas de antología y orgasmos sinfín. Aníbal y Mariella se amaron con lujuria, con pasión, con ferocidad, con ternura. Rieron primero, lloraron después y volvieron a reír al no entender por qué lloraban. Se durmieron exhaustos, salpicados de semen y saliva, se despertaron, se ducharon y se volvieron a amar hasta que el ardor en sus sexos no les permitió continuar.

Hace pocos minutos que Aníbal se marchó, no sin antes jurarle mil veces a Mariella que volvería mañana, que lo esperara, que a partir de hoy la amaría todos los días.

Nadie sabe qué pasará. Sólo el tiempo lo dirá. Puede que mañana llamen de nuevo a la puerta, o puede que pasen otros dos años, dos meses y diez días para volver a tocar el cielo. Pero siempre valdrá la pena esperar.

viernes 22 de agosto de 2008

Verano Invisible


Salir tan sólo a la puerta de mi casa en temporada de verano es una tarea difícil, extenuante y casi imposible.


Mientras muchos de mis amigos “bloggers” se despiden para disfrutar de unas merecidas vacaciones en alguna playa paradisíaca o una isla ardiente, yo debo quedarme en donde vivo: una isla ardiente con miles de playas paradisíacas que se llena de gente buscando sol, alcohol, ofertas y diversión desenfrenada.


Es decir, que todos salen de sus ciudades a descansar y llegan a la mía para “caotizar” mi pacífica cotidianidad. El tráfico se hace insoportable, los centros de compras colapsan, las playas se alfombran de gente y uno trabaja más que en cualquier otra época del año.


Esta invasión que llega cual marea roja cada agosto, carnaval, semana santa o navidad, aísla al nativo dentro de su propia isla y lo obliga a olvidarse de sus siestas vespertinas, ceder su puesto de estacionamiento favorito, perder más de una hora para cobrar un cheque en el banco, anotarse en lista de espera en su restaurant de costumbre y olvidarse de los paseos a la playa hasta nuevo aviso.


Además, parece que nos volvernos transparentes e invisibles al ojo del turista. Al no vestir con pantalones cortos, ni portar un bronceado de camarón, como que perdemos la capacidad de ser vistos por el ojo del visitante. Pasamos a ser, sin aviso y sin protesto, los “raros” del lugar.


Esto lo pude constatar recientemente, cuando tuve que ir con mi novio al centro comercial más famoso y concurrido de la isla a encontrarnos con un cliente.


Previendo el caos vehicular, llegamos a la cita con suficiente antelación, lo cual nos dio tiempo para curiosear en una boutique de ropa playera artesanal que me encanta. El local estaba repleto de gente y las vendedoras no se daban abasto para atender las demandas de los potenciales compradores. Todos pedían colores, tallas y modelos diferentes; los puntos de venta estaban colapsados y el aire acondicionado renunciaba a su tarea de refrescar el lugar.


Yo hurgaba pacientemente un perchero, cuando una chica pasó muy cerca y con las bolsas que llevaba en la mano araño mis piernas sin darse ni cuenta. Allí comencé a pensar sobre esto de la “transparencia del nativo”. Se lo comenté a mi novio justo en el momento en que otra chica lo pisaba fuertemente, aunque ésta ni pareció notarlo.


Minutos más tarde una camisa pasaba volando por sobre mi cabeza despeinándome y una señora casi me arranca de la mano el bikini que yo estaba contemplando.


- Pero… ¿es que nadie me ve? Dije en voz bastante alta…


Nadie respondió ni pareció enterarse de mi molestia, mientras mi novio sonreía asombrado.
El barullo continuó unos minutos hasta que se hizo insoportable y le pedí a mi novio que nos fuéramos de allí; quería internarme en mi casa hasta octubre!


Él volvió a sonreír pícaramente, me tomó de la mano para detener mi estampida y me dijo:


-Cálmate… mira el lado positivo de este infierno. Nadie nos ve, no nos toman en cuenta… somos invisibles!! Podemos hacer lo que nos dé la gana y nadie lo notará.


Inmediatamente capté lo que su mente lujuriosa y traviesa estaba tramando y me relajé, dispuesta a divertirme en medio de aquel caos. Me dejé llevar por su mano, que me condujo disimulada pero decididamente hacia los probadores.


Tuvimos que esperar unos minutos hasta que se desocupara alguno, minutos que supe aprovechar, dándole besos suaves y tocando su entrepierna a través del pantalón, que no lograba disimular en nada su inminente erección.


Yo sonreía nerviosa, le decía que no iba a atreverme a hacerlo, pero en el fondo, era lo prohibido de la situación lo que detonaba en mí un impulso sexual desmedido e incontrolable.


Finalmente salió del probador una montaña de ropa con una chica atrás. Para no variar, nos tropezó, dejando caer al suelo buena parte de la mercancía. Como éramos invisibles, ni siquiera nos disculpamos, sino que entramos rápidamente al probador antes que alguien notara nuestras intenciones.


Aún no alcanzaba a cerrar la cortina tras de mí, cuando mi hombre ya estaba levantándome la falda y acariciándome las nalgas. Me tomó por las caderas y me dio vuelta con cierta brusquedad; rápidamente sonó el ruido de su cremallera, ese sonido que siempre me anuncia buenas nuevas.


Su pene estaba tan erecto que podía colgarse en él toda la mercancía de la tienda; lo lubricó con mis propios jugos y empujó dentro de mí sin perder tiempo. Mis manos y mi mejilla izquierda reposaban sobre el frío espejo, aguantando las salvajes embestidas y un halo de vapor lo empañaba intermitente, marcando el ritmo de mi respiración.


Al principio yo intentaba controlar mis gemidos y gritos; sólo una cortina y un panel de madera de dos centímetros de grosor nos separaban del resto del mundo.


Mi dulce y brioso amante me dio vuelta, tomó mis nalgas y me levantó en el aire. Ahora era mi espalda la que sentía la frialdad del espejo, en contraste con el calor de su cuerpo musculoso y sus besos de lava dulce.


Continuó la embestida mientras yo lo abrazaba con mis piernas y colaboraba con el trabajo, moviendo acompasadamente mis caderas.


La contienda se hacía cada vez más intensa, más placentera, más incontrolable. Por un momento nos olvidamos del lugar, del riesgo, del mundo, y el orgasmo de ambos vino acompañado con gritos de placer.


Justo en el último suspiro, cuando apenas intentábamos incorporarnos, se abrió súbitamente la cortina y apareció una señora con cara de amargura y mucha envidia.


- Salgan de allí inmediatamente o llamo a seguridad, dijo, a lo que yo simplemente contesté, mientras me acomodaba la falda:


- ¡Vaya!!! ¡Parece que no somos tan invisibles!! ¡Bendito sea el verano!!


Tomé de la mano a mi hombre, y salimos sudorosos y satisfechos a encontrarnos con nuestro cliente.

miércoles 20 de agosto de 2008

Amores Que Matan


Ya falta menos de un mes para cerrar el Concurso de Relatos Eróticos "Karma Sensual 4: Amores que matan"; concurso que me otorgó el primer premio en su pasada edición y por lo que en esta oportunidad tendré el honor y el placer de deliberar.

La participación es totalmente gratuita, vía web y podrás medirte con escritores de todo el mundo hispano parlante.

El premio es la publicación de los doce mejores relatos en una antología editada por El Taller del Poeta (Pontevedra, España).

Si quieres conocer más sobre el concurso y sus bases, accede al link pinchando el título de este post, o consulta en mis posts del mes de junio.

Anímate!! Espero leerte pronto.

sábado 16 de agosto de 2008

El Invasor


Caminaba en la oscuridad guiada únicamente por la vaga memoria de aquella casa recién estrenada... El miedo a tropezar la hacía andar con pasos muy cortos, arrastrando los pies descalzos uno delante del otro, como novia indecisa camino al altar. Su respiración agitada era casi un jadeo que le secaba la garganta y le pegaba la lengua al paladar y la sensación de un millón de hormigas caminando afanosas por sus manos y su cara, la acompañaba en aquel camino incierto.


No estaba segura de lo que estaba pasando, pero intuyó de inmediato que algo tenía que ver con aquel mensaje de voz que había encontrado una hora antes, al encender su móvil luego de una interminable guardia nocturna en el hospital municipal. En él, una voz gruesa, familiar pero difícil de identificar le decía: “Por fin di con usted, doctorcita. Le tengo una sorpresa cuando llegue a su casa. Espero le guste. Sólo haga lo que se le pide y todo saldrá bien. Un beso”.


El tono de aquella voz no era amenazante; por el contrario, sonaba juguetona y divertida. Le preocupó sólo un poco, pues estaba habituada a recibir llamadas anónimas o subidas de tono. Eran muchos los hombres heridos o enfermos que iban a buscar ayuda en las manos benditas de aquella hermosa cirujana. A casi todos debía darles el número de su móvil para que pudieran contactarla por cualquier emergencia. En el noventa y nueve por ciento de los casos, las “emergencias” eran de índole muy distinta a la dolencia inicial. Algunos la llamaban para agradecerle su paciencia y buen trato -tan poco común en hospitales públicos-, otros, más directos, la invitaban a tomar un café después de su guardia. En una oportunidad incluso, la llamó un paciente quejándose de un fuerte dolor, y cuando ella comenzó a hacerle las preguntas necesarias para poder dar un diagnóstico, descubrió que en realidad lo que estaba haciendo el “paciente” era masturbarse con el sonido de la voz de su doctora a través del hilo telefónico.


Tales antecedentes hicieron que el mensaje de voz de esta noche no la alterara más de lo necesario y pensó, en todo caso, que encontraría en la puerta de su apartamento una flor o alguna nota indecorosa, que ella, por enésima vez, ignoraría con una sonrisa en los labios.


Exactamente eso fue lo que encontró. Pero no en la puerta de su apartamento, sino en su propia habitación, sobre la almohada de plumas de su cama, mientras se quitaba la ropa para darse un relajante y merecido baño caliente.


A que no adivinas dónde estoy y quién soy”... alcanzó a leer justo antes que, súbitamente, se fuera la luz en toda la casa, convirtiéndola en un hueco negro y mudo sin puntos de referencia.


A pesar del silencio ensordecedor que sólo era molestado por su propia disnea, ella sabía que él estaba allí, en cualquier rincón, tal vez observando con cierta burla sus movimientos erráticos intentando encontrar el tablero eléctrico y una explicación a aquel inusitado apagón. Apenas se escuchaba el ladrido de un perro lejano y más lejos aún, el golpe de las olas en el acantilado. Pero ella no escuchaba nada de eso. Sus oídos descartaban todo ruido innecesario para concentrarse en cualquier señal que le indicara las coordenadas de aquel huésped no invitado. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Le haría daño? ¿Cómo podría defenderse? Eran preguntas que la inquietaban mientras vagaba desnuda tanteando las paredes.


Llegó a la salita de estar, justo entre la habitación principal y la cocina, donde ella planificaba crear su estudio y donde se encontraba el tablero eléctrico. Súbitamente volvió la luz, obligándola a cerrar los párpados casi por completo, mientras sus pupilas se adaptaban nuevamente a la claridad. Con los ojos arrugados y apenas abiertos pudo divisar una silueta frente a ella, sentada en el sillón de lectura, sonriéndole y sosteniendo en la mano un pequeño interruptor.


El susto y la adrenalina que corría por su cuerpo hicieron darle la espalda a aquel sujeto para salir corriendo en sentido contrario a su presencia. Pero cuando apenas emprendía la huida, se hizo la oscuridad nuevamente, dejándola ciega otra vez.


“No tema doctorcita... le dije que todo iba a salir bien... prométame que cuando vuelva la luz no saldrá corriendo... Además, el paisaje de su cuerpo desnudo es un regalo que quiero darme con tranquilidad”.

Fue en ese momento, en medio de la confusión y el terror, que ella se percató de su desnudez. Ahora, además de asustada, estaba también avergonzada frente a aquel desconocido y sus confusas intenciones. Quiso correr con más fuerzas aún, pero no veía nada; con seguridad se haría daño si lo intentaba.


Volvió la luz y emprendió el escape. Pero un par de segundos más tarde retornó la oscuridad. Comprendió entonces que aquel hombre tenía el control de los apagones y entonces permaneció quieta bajo el dintel de la puerta, tapándose con manos temblorosas sus partes más íntimas.


“Espero que haya entendido que si huye volverá a apagarse todo... así que le suplico se quede quieta donde está y me deje mirarla. Cierre los ojos por favor, y no los abra aunque vuelva la luz”, le ordenó suave, pero tajantemente, aquella voz masculina.


El invasor presionó de nuevo el interruptor que llevaba en la mano y la luz se hizo. Encontró a una niña desvalida con ojos apretados, una mano tapándole los diminutos senos y la otra presionando su sexo de vello coquetamente recortado. La curiosidad le hizo desacatar la orden y abrió los ojos; inmediatamente todo se oscureció de nuevo. El juego ya la estaba impacientando demasiado; por un lado quería obedecer para poder saber de qué se trataba todo aquello, pero por el otro, quería salir corriendo de allí o pensar en algún plan que le sirviera para defenderse. Mientras se debatía entre una cosa o la otra, escuchó nuevamente la voz, que cada vez se le hacía más familiar y agradable.


Veo que es una chica desobediente... tendré que castigarla entonces... ¡Dése la vuelta!”, le increpó. El hombre intuyó que su presa permanecía inmóvil, entonces le gritó violentamente esta vez: “Que se dé la vuelta, dije!!”.


El brinco fue tal, que sus pies se despegaron del piso por una fracción de segundo y giraron en el aire para colocarla de espaldas al invasor. Ella aún no lo sabía, pero en aquel momento, su cuerpo estaba impulsado más que por el miedo, por un deseo animal, desenfrenado e inconsciente. Ella nunca podría reconocerlo, pero en el fondo, le gustaba estar siendo observada por los ojos de un extraño; le había excitado enormemente esa intrusión, ese juego de luces y sombras, la orden militar que segundos antes la había asustado tanto; en el fondo, se despertaba un deseo irreconocible por su brutalidad y novedad.


Sintió correr un calor líquido por su entrepierna y pensó que el miedo la había hecho orinarse. Pero en el fondo.... muy en el fondo, eran sus entrañas desahogando un ardor por mucho tiempo reprimido. El verdadero deseo. Ése que a veces adopta formas impensadas.


Mientras esto sucedía, lo escuchó levantarse del sillón y caminar hacia la puerta de la habitación, donde ella permanecía tiritando de miedo por fuera y derritiéndose de pasión por dentro. La irracionalidad del miedo le decía que huyera, aún a riesgo de caer o tropezar con algo. Pero su deseo, igualmente irracional, la anclaban al piso helado, como un árbol en mitad del desierto incapaz de llegar andando hasta el oasis.


Tener los ojos abiertos o cerrados era lo mismo: la visión era completamente nula. Así que prefirió cerrarlos muy fuerte, como si al protegerlos con sus párpados también se cubría ella con un manto invisible de seguridad. Cual condenado esperando el sonido del disparo, se preparó para el inminente acercamiento. Pero nunca pudo prepararse para lo que sintió cuando aquel cuerpo de hombre la arropó suavemente por detrás, percibiendo el aroma varonil de su perfume, sintiendo el vapor leve de la respiración cerca de su nuca, el frío de la camisa de seda y más abajo, el hirviente demonio que al tocarla, la hizo curvar su espalda y sostener la respiración por un instante.


Una mano de él le recogió en alto la negra cabellera para recorrer con su lengua húmeda y tibia aquel cuello de cisne, grácil y erizado, mientras la otra buscaba la selva húmeda de su pubis, aún protegida entre dedos femeninos y asustados, bañados de sus propios jugos.


Ya sabes dónde estoy... ahora intenta adivinar quién soy, mi doctorcita”, susurró sensualmente al oído de la invadida.


Su voz tan familiar, el olor de su piel, la inexplicable comodidad que sentía pegada al cuerpo de aquel extraño, el calor que emanaba de sus profundidades... todo le decía que era alguien conocido. ¡Pero Dios! ¿De quién se trataba? Miles de ideas chocaban unas con otras en su mente, sin conformar una imagen, un nombre, una historia que le diera alguna pista.


Negó fuertemente con la cabeza, poniendo de manifiesto su incapacidad para adivinar y su desesperación por despejar de una vez la incógnita. Hizo un amago de darse la vuelta que él paró en seco. Con cierta violencia pero sin llegar a hacerle daño, la tomó con una mano por ambas muñecas, poniéndolas en alto y sometidas contra la pared, al tiempo que continuaba masajeando con fruición los más recónditos y olvidados pasadizos del placer vaginal.


“¿No adivinas todavía?, preguntó, y agregó luego de una pausa: “Entonces tendré que ayudarte un poco”.


Sacó la mano de la cómoda vulva para desabrochar su pantalón y dejar expuesta su majestuosa virilidad, que, tras lubricarla con su propia saliva, comenzó a penetrarla por el culo, con presión y sin preámbulos.


Ella se resistía, se retorcía, se negaba con el cuerpo y con la voz: “No, no por favor, por allí no!!”, suplicaba, pero la fuerza de aquel hombre encelado sometía su delicado cuerpo de señorita victoriana, dejándola con muy pocas fuerzas para luchar.


- ¿Por qué no?, preguntaba una y otra vez sin dar pausa en la penetración... Dime, dime... ¿por qué no? ¿Acaso es la primera vez que lo haces?... Ella negaba con la cabeza.


- ¿Con cuántos lo has hecho así?, ¿a cuántos hombres le has dado el culo? Ah? ¡Contesta!, continuaba increpándola en medio de su excitación.


- Sólo a uno..., contestó ella finalmente con un hilo de voz.


- ¿Cuándo?... ¡¿CUÁNDO?!


- Hace mucho tiempo... cuando era apenas una adolescente...


- ¿Con quién lo hiciste?, insistía, con la misma vehemencia con la que desaparecía su miembro dentro de aquella caverna oscura.


- No quiero hablar de eso... respondió con voz entrecortada, casi llorando.


Él no se apiadó de su actitud compasiva. Por el contrario, la embistió con más fuerza y volvió a preguntar separando cada sílaba con un empujón: “¿CON-QUIÉN-LO-HI-CIS-TE???”


- Con mi primer novio... soltó con un hondo gemido.


- ¿Y qué pasó?, ¿por qué no lo hiciste nunca más?


- Él se fue a estudiar al extranjero. Yo me quedé muy enamorada y triste. Lo amaba...


Luego de una larga pausa plagada de sollozos y jadeos que anunciaban la pronta llegada del orgasmo, continuó:


- Yo le dije que no sabía si podría esperarlo, pero le prometí que jamás le entregaría mi culo a ningún otro hombre para honrar nuestro amor...


Lo que siguió fue el estallido de ambos en un mar de gemidos y semen. La oscuridad en sus ojos se convirtió en una luz interna que iluminó por un breve instante todo el lugar.


- Has sido una mujer de palabra, doctorcita. Y aún hoy lo sigues siendo... dijo el invasor, al tiempo que la besaba tiernamente en el cuello y sacaba su falo satisfecho de aquella cavidad rememorada durante tantos años. Seguidamente accionó de nuevo el interruptor para descubrirse ante los ojos -encandilados por el brillo y la sorpresa- de la mujer de su vida.

domingo 10 de agosto de 2008

Intruso Nocturno



Vena latente que me pone alerta,
monstruo dormido que se despierta.
Ojos abiertos, pupilas dilatadas,
oídos expectantes, respiración suspendida.
Frío y calor que me recorre el cuerpo.
Frío de arriba hacia abajo,
calor de adentro hacia fuera.
Poros como púas, piel al acecho.
Blanca oscuridad que me impide ver tu sombra.
¿Estás aquí o sólo en mi mente?
No importa, siempre eres tú, omnipresente.
Extiendo la mano, busco a tientas a mi almohada,
eterna compañera, fiel confidente.
La despierto, la someto entre mis muslos.
Suave y moldeable al comienzo,
rígida, húmeda y complaciente después.
Mis piernas se tensan,
micuerpo es un hierro firme y candente.
Mi pelvis empuja, mis labios te sienten.
Cierro los ojos mientras te veo,
mi garganta se traga tu respiración.
Mis labios recorren tus depresiones y altitudes.
Geografía tan conocida, tan placentera.
Topógrafa de tu cuerpo, cartógrafa de tu corazón.
Mis entrañas exhalan, finalmente,
en un largo e intermitente suspiro,
exponiendo al rubí, perlando mi piel,
llenando de joyas mi interior.
Te beso en la frente, extiendo mi almohada
y cierro otra vez los ojos mientras te vas…
pero sólo por un rato, pronto regresarás...

miércoles 6 de agosto de 2008

Mercancía Intelectual

Un amigo me envió por correo un chiste en cadena, titulado “Grandes Inventos (Mercancía Intelectual)”, un texto jocoso pero bastante machista.

No suelo reaccionar ante este tipo de mensajes, ni me considero una feminista a ultranza, pues opino que ellas son las más machistas de todo el universo. Sin embargo, el texto me llevó a escribir una contraparte.

Ambos escritos (el de la cadena y el mío) se reproducen a continuación. Díganme ustedes con cuál están más de acuerdo?

OJO: Todo es broma. Nada en serio ;)

EL HOMBRE descubrió el VIDRIO e inventó la BOTELLA; LA MUJER tomó el VIDRIO e inventó el ESPEJO.
El HOMBRE descubrió la BARAJA y ahí mismo inventó el JUEGO; LA MUJER agarró la BARAJA e inventó la BRUJERÍA.
EL HOMBRE descubrió la PALABRA e inventó la CONVERSACIÓN; LA MUJER transformó la CONVERSACIÓN y ahí mismo inventó el CHISME.
El HOMBRE descubrió el DINERO e inventó el COMERCIO; LA MUJER descubrió el COMERCIO e inventó el CRÉDITO.
El HOMBRE descubrió las TRANSACCIONES y creó las TARJETAS DE CRÉDITO; La MUJER descubrió las TARJETAS DE CRÉDITO y nos JODIMOS!
El HOMBRE descubrió el TRABAJO e inventó el SALARIO; LA MUJER descubrió el SALARIO y nos jodieron otra vez!!
EL HOMBRE descubrió a LA MUJER e inventó el SEXO; LA MUJER descubrió El SEXO e inventó el MATRIMONIO, LOS COMPROMISOS, LA LLAMADERA y ahí se cagó todo.
DESPUÉS DE ESTO EL HOMBRE NO INVENTO MÁS.
______________________________________________________

La humanidad descubrió el vidrio, inventó la botella y el hombre la llenó de whiskey, cerveza, ron, vodka, ginebra, tequila… se las bebió todas y ya vacías, las lanzó a la calle, al mar, a la arena, a los ríos, contaminándolo todo.

La humanidad inventó la baraja, el hombre la usó para jugar y dejar en la mesa más de su salario; la mujer intenta descifrar en ella, a través de la quiromancia, lo que los hombres no son capaces de expresar con palabras o sentimientos.

La humanidad descubrió la palabra e inventó la conversación: la forma de comunicación que diferencia a los humanos de los animales. Sólo que los hombres parecieran estar aún en etapa de transición, pues les cuesta mucho utilizarla.

La humanidad inventó el dinero, el hombre aprendió a gastarlo y la mujer, a administrarlo.

La humanidad descubrió el trabajo, el hombre inventó el salario y como nunca llegaba completo a la casa, las mujeres tuvimos que salir a buscar el propio para poder vivir como nos merecemos.

El hombre y la mujer descubrieron el sexo. Ellos se lo beben de un trago y lo desechan como una botella de cerveza, juegan y se divierten con él como en un juego de póquer, aprovechan para no decir una sola palabra mientras lo practican y en muchas ocasiones, necesitan dar parte de su salario para practicarlo. Sólo nosotras, las MUJERES, sabemos DISFRUTARLO en toda su dimensión.

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jueves 31 de julio de 2008

BESAR...


Según el diccionario se trata de “oprimir o tocar con los labios juntos, contrayéndolos y separándolos con una pequeña aspiración”; “hacer el gesto propio del beso, sin tocar con los labios” y otro par de acepciones bastante más insípidas y absurdas.

Si bien el diccionario ha sido y será mi libro de cabecera, debo confesar que nunca he sentido como ahora que ese libraco se quede tan corto describiendo alguna palabra.

Besar, ya sea verbo o sustantivo, es un gesto que puede encerrar un millón de significados, interpretaciones o mensajes, según sea el sujeto que ejerce la acción o el que la recibe, la intencionalidad, el lugar, el momento y tantas otras cosas que influyen en este acto, precedente y concluyente de los mejores momentos del ser humano.

Besamos al recién nacido y despedimos con un beso a nuestros muertos. Podemos hablar de besos entre padres e hijos, entre hermanos y entre amigos, pero ese no es el tema que aquí interesa. Hablamos de besos entre personas –del mismo sexo o no- sin lazos consanguíneos, unidas más bien por sentimientos o intenciones relacionadas con el amor, el deseo, lo sensual o lo sexual. No digo carnal, porque es ponerle una camisa de fuerza, ni digo espiritual, porque suena muy elevado, pero definitivamente, la clase de besos de los que hablo, tienen mucho de ambas cosas.

El beso es una especie de paréntesis que abre un encuentro y lo cierra; sin querer esto decir que no puedan haber innumerables besos en medio. El beso puede ser tan inocente como el que se le da a un niño, o tan lujurioso como aquel que enciende pasiones y desata los más profundos instintos sexuales. Un beso marca el antes y el después de una relación que comienza; luego de un primer beso apasionado entre una pareja recién conocida, se cruza el punto de no retorno.

En muchos casos, un beso es el primer recuerdo erótico que tenemos de nuestra adolescencia. En mi mente sigue vivo el recuerdo de un sueño de mi pubertad, en el que un chico de la cuadra llegaba hasta mi cama y me besaba suavemente en la boca. La sensación fue tan real que me desperté sintiendo aún su aliento. Luego de un tiempo, cuando tuve la oportunidad de sentir despierta un beso de verdad –del mismo chico, por cierto- me impresioné al constatar tanta semejanza con la sensación vivida en aquel sueño. ¡Yo sabía cómo se sentía incluso antes de ser besada por primera vez!

¿Será acaso que el beso y la sensación que produce tanto en el cuerpo como en el intelecto, es una especie de impronta grabada profundamente desde el origen mismo de nuestra especie? ¿Será que sabemos cómo besar y cómo recibir un beso, tan instintivamente como sabemos tragar sin ahogarnos, respirar o parpadear desde el mismísimo momento de nuestro nacimiento?

Tal vez estas preguntas no tengan respuestas científicas, pero sin duda alguna que el beso es un tema que puede ser muy fatuo o muy apasionante, según cómo se le aborde. Un tema, en todo caso, que da para llenar miles de hojas…

Por lo pronto les invito a leer un poco sobre la historia del beso, esperando que me ayuden a alimentar con sus comentarios, futuras entradas relacionadas al tema.

HISTORIA DEL BESO
La palabra “beso” proviene del latín “basiare” que a su vez viene del sánscrito “bhadd” que significa abrir la boca.
Algunos estudiosos aseguran que el beso pudo nacer en la Edad de Piedra, cuando el hombre de las cavernas lamía el rostro de sus congéneres para satisfacer su necesidad de sal. Otros hablan de la era del Cromagnon, donde las mujeres –sin piedra ni mortero y con poca habilidad manual- mascaban la comida hasta hacerla una papilla que pasaban directamente a la boca de sus crías.
Antiguas referencias dicen que los besos fueron esculpidos 2.500 años antes de Cristo en las paredes de los templos de Khajuraho, en la India, mientras que los hombres persas de la Antigüedad se daban besos en la boca si pertenecían a un mismo nivel social.
Hasta la segunda mitad del siglo IV a.C., los griegos sólo permitían besos en la boca entre padres e hijos, hermanos o amigos muy próximos. El filósofo Platón declaraba "sentir gozo al besar".
En la época de los romanos había tres términos para designar la palabra “beso”: “Suavium”, o beso de amor; “Osculum”, beso amistoso y religioso y “Basium”, beso entre amantes y de saludo.
El Kamasutra, por su parte, describe otras tres clases de besos: el "nominal", en el que los labios apenas se tocan; el "palpitante" en el que se mueve el labio inferior, pero no el superior; y el "beso de tocamiento", en el que participan labios y lengua.
El beso es común a todas las culturas y a todas las civilizaciones de la Tierra. Sin embargo su intencionalidad o propósito, así como su aceptación social han variado a lo largo de la historia y a lo ancho del globo terráqueo.
Antiguamente, en Inglaterra, un visitante debía besar al anfitrión y toda su familia al llegar a la casa. En Escocia, el padre besaba los labios de la novia al final de la ceremonia de casamiento. Decíase que la felicidad conyugal dependía de esa “bendición”. Después, en la fiesta, la novia debía circular entre los invitados y besar en la boca a todos los hombres, los que a cambio le daban algún dinero. (Esta práctica se ve representada en una escena de la reciente película “Made of Honor”, una comedia romántica protagonizada por Patrick Dempsey y Michelle Monaghan).
En el Renacimiento el beso en la boca era una forma de salutación común. En el siglo XV los nobles franceses podían besar a la mujer que quisiesen, pero en Italia, por ejemplo, si un hombre besaba a una doncella en público, debía desposarla de inmediato.
Fue hacia el siglo VI que finalmente la sociedad aceptó el beso entre personas adultas como una expresión de afecto y fue Francia la que instauró la costumbre del beso como parte del cortejo entre dos amantes. Luego en Rusia se consolidó el beso en el altar como una demostración de amor eterno entre los desposados.
La Revolución Industrial y el racionalismo de la época, reprimieron las manifestaciones públicas de amor, y el beso quedó replegado al ámbito de lo privado hasta el siglo XX y la invención del cine, que devolvió a la palestra pública el acto privado de besar.
El primer beso cinematográfico fue en 1896; duró cuatro segundos y provocó un escándalo. Unas décadas después, los tan famosos “Comités de Censura” provocaron un nuevo retroceso en aquello de los besos en público. Hubo que esperar a que finalizara el período de entre guerras y se acabara con los regímenes dictatoriales que imperaron en Europa y algunos países de Latinoamérica, para que el movimiento hippie, el feminista y el ecologista le devolvieran la libertad al arte de besar.

Fuentes para “La Historia del Beso”:
http://foros.enplenitud.com; Vicente Battista en: http://es.answers.yahoo.com; http://noticiasinteresantes.blogcindario.com; www.la-arania.com; www.ymipollo.com

viernes 25 de julio de 2008

Fiebre de Viernes en la Noche


La otra noche lo oí llegar muy tarde. No me moví de la cama, no quería que supiera que estaba despierta, aunque no entiendo cómo no captó que fingía dormir: con el alboroto que hizo hasta una piedra hubiera despertado.

Abrió y cerró la puerta del dormitorio sin ningún sigilo. Sus botas taconeaban fuerte el piso de madera flotante, haciéndolo crujir. Se quitó el reloj y el anillo y lo estrelló desde lejos en la mesita de noche.

Caminó hasta el cuarto de baño, encendió la luz que me hizo fruncir el ceño y apretar los párpados. Sin cerrar la puerta abrió la ducha y se dio un baño corto. Se lavó los dientes, se peinó el cabello con los dedos y vino a acostarse.

Yo estaba molesta, como todos los viernes. Harta de sus salidas “sólo para hombres” que, según me juraba, eran sólo para jugar póquer o ver algún partido en el plasma de sesenta pulgadas de su amigo Alex.

Eso de los viernes para él y los jueves para mí –“Ladies Night”- había sido un acuerdo pactado incluso antes de decidir vivir juntos. Pero… ¿cómo hacía cuando las ganas de hacer el amor venían justamente el viernes por la noche?

Los últimos meses se había convertido en un hábito, casi un ritual. El se iba directo del trabajo y yo aprovechaba la soledad del departamento para “consentirme”. Abría una botella de Cava, tomaba una lata de almendras, aceitunas o lo que tuviera a mano y me llevaba mis provisiones hasta la bañera. Encendía velas aromáticas, ponía música “chill out” y me entregaba a las caricias del agua tibia y jabonosa abrazándome la piel.

Las burbujas de jabón hacían sobre mi piel el mismo efecto que las del vino en mi cabeza. Me encendían, me excitaban, y sin darme cuenta cómo ni cuando, me encontraba a la vuelta de una media hora, acariciando mi pubis y recorriendo con mis manos mis pezones duros y flotantes.

Mi piel se tornaba tan sensible que podía sentir el recorrido de cada burbuja buscando la superficie, rozando intermitentemente mis nalgas, la cara interna de mis muslos o mi cintura.

El agua bien caliente y la reacción de mis músculos contraídos provocaba un ligero sudor que me perlaba el rostro. Se me antojaba verme como una virgen de cera, iluminada por las velas en un altar pagano.

Mis fantasías eran de lo más variadas. Comenzaban siendo inocentes, pero el ritmo frenético de mi mano en el clítoris subía también la clasificación de mis pensamientos, para luego de muchos orgasmos, terminar indefectiblemente pensando en Tom, necesitándolo, ansiando urgentemente la penetración de su inmenso miembro, sacando el resto de mi lujuria para diluirla en el agua hasta soltar el tapón y dejarla correr en centrífuga fuga.

En mi imaginación habían duetos, tríos, orgías descomunales, mujeres, negros esclavos, animales con rostros humanos y una variedad infinita de juguetes, algunos de los cuales, ni siquiera creo haber visto alguna vez. Pero siempre… SIEMPRE necesitaba a Tom y sus demoníacas embestidas, llevándome al inicio de los tiempos, al comienzo de la vida, donde todo era uno y nada era pecado.

Horas después lograba calmarme, reunir fuerzas para salir de la tina sin tropezones mortales, colocarme la bata de paño y caminar a tientas hasta la cama. La botella de Cava que llevaba entre cabeza y pelvis, hacía su trabajo, abandonándome en un sueño profundo y aletargado que sólo era interrumpido con la llegada de Tom, muy tarde en la noche.

Era difícil despabilarme después de tamaña batalla. Por eso me hacía la dormida y Tom creía que realmente me despertaba cuando, después de una dedicada sesión de besos en el cuello y la oreja y caricias magistrales en mi entrepierna, encontraba, como quien no está buscando, mi clítoris. Yo me retorcía y me daba vuelta entre las sábanas para recibir lo que durante horas había estado esperando.

Llegaba así el momento de la verdadera culminación, el acto último de mi ópera. Tom, recostado detrás de mí, humedecía con su lengua el lóbulo de mi oreja izquierda mientras me masturbaba suave y rítmicamente. El sonido de su respiración tan cerca y el chasquido de su lengua ensalivada me producía un cosquilleo eléctrico a lo largo de la espina dorsal, convirtiéndome en una aprendiz de contorsionista. Su dedo medio frotaba mi clítoris, al tiempo que el pulgar masajeaba mi ano, distendiéndolo. Poco después, su dedo medio penetraba en mi vagina, empapada y lista para recibirlo, y su pulgar entraba y salía acompasadamente de mi culo, haciendo un ruido similar al de las botellas de refresco cuando se le hace lo mismo que me hacía Tom a mí.

Tom podía hacer eso por horas, y cuando ya estaba al borde, me daba vuelta para encontrar su portentoso falo que nunca dejaba de impresionarme. Su aliento mentolado, su olor a jabón de avena, sus mechones de pelo goteando sobre mi cara, cada detalle era para mí una razón más para excitarme hasta el límite.

Cuando finalmente Tom decidía penetrarme, tanto él como yo estábamos exhaustos, de a toque, listos para entregar en un gemido largo y profundo el más intenso de los orgasmos.

Su semen y el mío le daban la bienvenida al amanecer. ¡Menos mal que es sábado! Tom me ovaciona con un largo beso y un “te amo” sin aliento. Yo me doy la vuelta y le respondo: “Odio tus viernes por la noche…

viernes 18 de julio de 2008

EROTISMO MUTILADO

No dejo de asombrarme al ver, en mi paseíllo por los temas eróticos en general, cómo el occidentalismo y la tradición judeo-cristiana han deteriorado expresiones artísticas, tradiciones y creencias de civilizaciones antiquísimas, mutilándolas e incluso desapareciéndolas del todo en algunos casos.
Las dimensiones del poder de la iglesia y sus rígidos preceptos es algo que no puede menospreciarse. La mejor muestra de su fuerza moral y psicológica puede ser medida con la extinción total de muchas manifestaciones que permanecieron por siglos dentro de sólidas sociedades y que luego se perdieron casi por completo.

Tal es el caso del Arte Shunga (浮世絵, Ukiyo-e), un tipo de grabados realizados mediante xilografía o técnica de grabado en madera o, más raramente, como pergaminos pintados que describían posiciones y prácticas sexuales de manera explícita, representando motivos y temas diversos como cortesanas, homosexualidad, heterosexualidad, juventud, vejez, fantasía, altas y bajas clases sociales, etc. La temática del Shunga no sólo trataba los amoríos de los samuráis con famosas cortesanas o jóvenes edokkos, sino que también tenía una relación muy estrecha con la literatura y los sucesos de la época, siendo un reflejo de los gustos y costumbres de esos tiempos; de allí, por ejemplo, la tendencia a la exageración del tamaño de los genitales, el uso de los colores, etc.

La traducción literal del vocablo japonés “shunga” significa “imagen de primavera”; siendo primavera un eufemismo común para las relaciones sexuales. El Arte Shunga convirtió a Japón en uno de los máximos exponentes del arte erótico entre los siglos XVII y XIX (aunque sus orígenes se remontan al siglo XIV). Las pinturas, de carácter explícito, ilustraban los "libros de almohada": pequeños manuales de sexo que eran celosamente guardados en cajas laqueadas, bajo la almohada de los amantes.

La novia del daimyo (soberano feudal) y la del hatamoto (samurai) frecuentemente traía consigo un waraie, una serie de doce imágenes eróticas adosadas junto a sus muebles nupciales. Asimismo tanto para el daimyo como para el hatamoto, se acostumbraba poner un pergamino de shunga en el cofre del yelmo cuando estos encargaban una armadura, representando en este caso, el deseo de la gente por la eterna felicidad. Además de este uso, las piezas Shunga eran consideradas como talismanes contra la muerte entre los samurai y también servían de guía sexual para hijos e hijas de las familias adineradas.

Según Peter Webb, en su libro El Arte Erótico, “Después de la apertura de Japón hacia Occidente en 1853, comienza un largo proceso que acabó con la sexualidad explícita del Shunga. Japón adoptó la moral de la cultura Victoriana, y el Shunga fue declarado, oficialmente, pornográfico. Censura que terminó, lamentablemente, con la más importante escuela de arte erótico de todos los tiempos".

La palabra "pornografía" comienza a emplearse en el siglo XIX para definir toda producción literaria o visual, de contenido sexual, carente de atributos artísticos. Es allí donde se produce la trágica escisión que por designio exclusivo de la moral occidental transformó lo “erótico” en “pornográfico”. Desde entonces y hasta ahora, se ha hecho muy cuesta arriba diferenciar estos dos términos y reconocer la delgada línea que los separa, sobre todo cuando ambos términos están cubiertos por el confuso velo de la censura, de lo prohibido o pecaminoso, lo que hace que algunas mentes facilistas de nuestros tiempos prefieran poner todo en un mismo oscuro y asqueroso saco, sin decantar lo que verdaderamente tiene luz propia dentro del maravilloso mundo del erotismo.

El caso del Arte Shunga es un clarísimo ejemplo de cómo la sexualidad abierta y el derecho de todo mortal de explorarla y ejercerla, ha ido poco a poco convirtiéndose en una práctica oscura, pecaminosa y vergonzosa. Una involución alarmante y contrapuesta a la supuesta “evolución” de los tiempos modernos. Parafraseando al historiador, filósofo, psicólogo y sociólogo francés, Michel Foucault "la historia de la sexualidad debería leerse en primer término como la crónica de una represión creciente".

EL ARTE SHUNGA EN NUESTROS DÍAS


El artista norteamericano(?) Bob Kessel ha reinterpretado y adaptado a nuestros tiempos el Arte Shunga, no sólo en su simplicidad gráfica, sino que carece casi por completo de esa forma explícita de las imágenes japonesas, mostrando sólo lo esencial para que el espectador complete la escena, librándose así de toda culpa que pueda tildarlo de arte pornográfico.

Sus grandes formatos, formas geométricas, vivos colores y gruesas líneas negras le dan un aire “comic” que a mí me parece divertido y fresco. En todo caso un trabajo interesante, que anexo aquí y que pueden observar completamente en el enlace: http://www.bobkessel.com/shunga.htm






Fuentes consultadas:
Wikipedia
http:// el-confeti.blogspot.com
http://groups.msn.com/PedagogiayEducacionSexual/losshunga.msnw
www.bobkessel.com

sábado 12 de julio de 2008

PPP (Primerísimos Primeros Planos)


Los surcos perfectos de tus huellas dactilares arando el ancho campo de mi piel
El ejército de vellos en posición firme, saludando el honor de tus caricias
El toque de la punta de mi lengua en el lóbulo de tu oreja, bosque de poros erizados en tu cuello
El hilo de saliva pendiendo entre nuestros labios como puente tembloroso que comunica nuestro amor
Mis uñas asesinando a las plumas de la almohada
El movimiento telúrico registrado en la pared con el esmalte rojo de mis uñas
Mis pupilas de murciélago mirando fijamente las tuyas un minuto antes de la explosión
El bebé respingado, regordete y rozagante en el que se convierte mi vulva
El lago tibio de sudor que reposa en mi ombligo
Las ondas, cada vez más suaves, de tu respiración
La marca sinuosa de mis vértebras sobre el colchón
El círculo perfecto de mis efluvios en las sábanas, indicando el epicentro del temblor
Dos hileras de pestañas que se cierran entregadas al cansancio...
Fade out...

domingo 6 de julio de 2008

Viéndonos de cerca






Explorando la web en la búsqueda de buenas fotos que soporten mis artículos, me topé con Fabien de Cugnac, un maravilloso fotógrafo que utiliza de manera impresionante el recurso del blanco y negro y el juego de luces y sombras.
Además centra su trabajo en lo que me apasiona tanto visual como literariamente: los Primerísimos Primeros Planos, jugando con el espectador y su interpretación y el ejercicio mental de completar imágenes que, en muchos casos no son lo que en realidad parecen, y en otros sí, aunque se nos presenta de una forma verdaderamente impactante.
No es más que el cuerpo humano y su belleza innata, pero visto desde ángulos y formas en las que rara vez nos permitimos verlo; esto es… muy, muy de cerca…

Los invito a conocer su portafolio, en http://corps.nu/index2EN.html, o haz clic en el título de esta entrada.

viernes 4 de julio de 2008

Menage à Trois


El tema de los tríos en una relación sexual se está haciendo cada vez más común en todo el mundo. El mítico “Menage à Trois" (o “Threesome” en inglés) que antes estaba reservado exclusivamente a películas porno y literatura “hardcore”, hoy forma parte al menos de las fantasías – expresas o no- de cualquier pareja promedio, sin importar edad, raza, estrato social o creencia política o religiosa.

Si bien no todos se atreven a hablar del tema, es innegable que cada vez más es tratado como algo “normal”, posible o al menos deseable y factible. Sin embargo, esto de tener sexo con dos o más personas a la vez, más que un tema de moda, es una práctica tan añeja como el sexo mismo, encontrando historia y ejemplos en antiquísimas civilizaciones y épocas remotas y hasta en la propia sabia naturaleza.

Quiere decir entonces, que el sexo múltiple, grupal, compartido o como se le quiera llamar, fue en algunas épocas y algunos lugares, algo realmente normal, sin las comillas.

Una amiga relataba hace poco su experiencia en un viaje a China donde pudo presenciar la ceremonia de llegada de una “Laitong” a la remota localidad de Xi’an. La “Laitong” es una joven que, previo acuerdo notariado entre los padres de ambas familias y el pago de una importante dote, se convierte en una especie de “novia” de otra. La joven y su “Laitong” aprenden las artes del amor entre ellas, dirigidas por una vieja matrona, para llegar al matrimonio con cierta experiencia y poder complacer con devoción al futuro cónyuge. Las “Laitong” adquiere una condición de honorabilidad; una vez casadas, tendrán la fortuna de viajar solas un mes por año para visitarse mutuamente y durante su estadía, compartir la cama y los placeres del sexo los tres: las dos “Laitong” y el marido.

Ejemplos como estos, habrán miles en culturas no occidentales y hubo muchas en el occidente pre-románico y románico, como por ejemplo la poligamia, el homosexualismo abierto y otros controvertidos temas.

Es indiscutible que el oscurantismo provocado por tantos años de inquisición cristiana, la falsa moralidad y la errónea interpretación que la sociedad –movida por los preceptos religiosos- le ha dado a diversos tópicos, ha colaborado en mucho a la represión de nuestra sexualidad y a la aproximación tan tangencial y errónea de un tema tan protagónico en la vida de cualquier ser humano.

Cientos de años de manipulación moral y psicológica han hecho mella en nuestra capacidad de ver, entender, aceptar, practicar y disfrutar nuestra sexualidad abiertamente y sin cortapisas. La presión del colectivo y el temor al qué dirán nos cohíbe de hacer y sentir cosas que por milenios fueron prácticas aceptadas sin ningún tipo de censura.

Ahora bien, esa represión prolongada nos ha llevado a la mal interpretar la libertad sexual en nuestros días, acercándola más a los campos del libertinaje, o para decirlo mejor, a la práctica desmedida y desviada de la sexualidad, convirtiéndola entonces nuevamente en un vicio, poniéndole de nuevo las comillas a la palabra “normal”.

Para muestra, bástese con echar una ojeada a la España post franquista, a la Alemania post muro o a tantas otras sociedades luego de una prolongada represión. La imposibilidad de poder disfrutar de algo, hace que los diques se desborden. Eso aplica para temas económicos, políticos, sociales y también sexuales… y el “destape” no trae siempre resultados positivos (drogas, prostitución, corrupción, etc.)

Hablemos -para no ir tan lejos- de nuestra sociedad actual. En los liceos venezolanos es común encontrar chicas adolescentes que tienen novio y novia y los tres comparten una relación que me gustaría saber si con su escasa edad y limitada experiencia son capaces de manejar y entender en su completa y delicada dimensión.

Ahora pareciera haber más bisexuales que heterosexuales, sobre todo entre las mujeres, no sé si por naturaleza o porque éstas se permiten mayores posibilidades de experimentar que los hombres, por razones que sería interesante exponer en futuros temas.

En mi opinión personal, fuimos creados con dos sexos definidos y distintos FÍSICAMENTE, sin embargo creo que lo masculino y lo femenino está incluido GENÉTICAMENTE en cada ser humano. Además, en nuestro “manual de instrucciones” no dice “Úsese sólo con una sola persona de distinto sexo, con una sola a la vez, o de “equis” manera exclusivamente”… Esas indicaciones las puso otro, en algún momento de la historia y aún no logramos cortarnos esa etiqueta que tanto molesta y que ya nada aporta.

Es –si me permiten tan blasfema comparación- como el Mc Pollo de Mc Donalds: siempre estarás comiendo un sándwich de pollo, pero puedes elegir comerlo grill, crispy, picante y con diferentes salsas… ;D

Me encantaría saber qué opinas tú.

domingo 22 de junio de 2008

Karma Sensual 4: Amores que Matan


El Concurso de Relatos Karma Sensual, fue el primer intento público de compartir mis escritos y el primer triunfo literario. Por haber quedado entre los primeros lugares, tendré el honor de ser jurado en la edición de este año y el placer de poder leer numerosos y excelentes relatos.
En esta cuarta edición del concurso girará en torno al tema “Amores que matan”. A continuación encontrarán toda la información del concurso.

Un poco de historia: este concurso fue "hecho en casa", gracias a una primera idea de Sonia Aldama en el 2005, en la ex Lista de Escritura Creativa, quien propuso escribir acerca de los siete pecados capitales impulsada por un anterior debate-discusión desarrollado entre algunos miembros de dicha lista. Javier Muñoz y yo, Marta Roldán (Carmiña), decidimos expresarnos en forma conjunta sobre la Lujuria y, a medida que nuestro relato cobraba vida, surgió la necesidad de hacerlo público. Allí fue cuando Israel Benavidez propuso organizar un concurso de relatos eróticos.
Aquí tienen las bases:
1) Pueden participar solamente personas mayores de 18 años de edad, residentes en cualquier país del mundo. Prohibida la participación a los miembros del Jurado, pueden participar (siempre de forma anónima encubierta con seudónimo diverso) los ganadores incluidos en antologías "Karma Sensual" de años anteriores a esta edición.
2) Los relatos deberán estar escritos en español global, sin modismos territoriales, cumpliendo con un discreto y adecuado nivel erótico literario, no se aceptarán vulgaridades. No a la apología de la violencia sexual, no a la pornografía, no a la pedofilia ni a la prostitución.
3) Se puede presentar una obra por persona, inédita, que no esté participando ni haya obtenido premios en otros concursos. El jurado de "Karma Sensual" lleva adelante este concurso de buena fe, esperamos que los participantes cumplan con las bases o de lo contrario se hagan responsables de sus actos y las consecuencias de sus actos. Los derechos quedan en posesión del autor.
Tema: el erotismo. Subtema: "Amores que matan". Para dar a conocer los ganadores el 31 de octubre en la noche de brujas.Participación gratuita.
4) Extensión: mínima 50 líneas, máxima 100 líneas, a doble espacio, fuente: Arial 12. Firmar con seudónimo.
5) Enviar solamente por e-mail a: mailto:karmasensual3@friulinelweb.it . Presentar los textos en el cuerpo del mensaje, firmados con seudónimo y, en archivo adjunto de Word, detallar los datos personales agregando indefectiblemente una copia del Documento de Identidad: nombre y apellido, dirección, país de procedencia y de residencia, número de teléfono, dirección de correo electrónico alternativo, página web personal o weblog y breve curriculum literario.Asunto obligatorio del e-mail: Concurso "Karma sensual4"y nombre del relato.
6) Premio:- Publicación gratuita de una antología con los 12 mejores relatos a cargo de la editorial "El Taller del poeta" de Fernando Luis Pérez Poza, Pontevedra, España.- Diploma- Participación opcional como Jurado Ambulativo del concurso "Karma Sensual5 2009".
7) Fecha límite de cierre del concurso y recepción de trabajos: 15 de septiembre de 2008.
8) Fecha límite para hacer público el fallo del jurado e informar personalmente a los ganadores: 31 de octubre de 2008.El resultado del concurso será publicado en la siguiente página web: www.friulinelweb.it/crearparaleerLos seleccionados serán notificados por e-mail.
9) Los textos no incluidos en la antología serán eliminados de nuestros archivos.
10) Cada autor que forme parte del libro de edición gratuita sólo deberá comprar, si lo desea, la cantidad de ejemplares que necesite directamente a la Editorial "El taller del poeta" con el 20% de descuento sobre el precio final por derecho de autor y beneficio de reventa.
11) Será competencia de cada autor integrante de la antología el hecho de organizar, si es su deseo, armar y llevar a cabo la presentación del libro donde, cuando y como quiera.
12) El libro será publicado en febrero de 2009, luego de las correcciones pertinentes al caso y con la autorización de los autores seleccionados.
Madrina: Sonia Aldama(España)
Organizadora general: Marta Roldan (Italia)
Jurado Estable: Israel Benavidez (Alemania), Fernando Lobaina (Canadá). Graciela Pucci (Argentina)
Jurado Ambulativo (cambiará cada año): Sara Veiras (España), Milena Wetto (Venezuela), Pilar Pedraza (Bolivia) y Alice Carroll (España).
13) Los autores ganadores, por participar en el concurso, ceden el derecho de publicar su obra seleccionada en el libro "Karma sensual4: Amores que matan" sin requerir remuneración alguna por tal publicación. De todas maneras los derechos quedan siempre en posesión del autor, indiscutiblemente.
14) La participación en este concurso presupone la aceptación de sus bases.

Seguramente habrá cosas que no se han dejado en claro, pueden comunicarse ante cualquier duda, especificando el asunto, a: roldan.marta@gmail.com
Marta Roldan. E-mail: fama@friulinelweb.itSitio: www.friulinelweb.it/crearparaleer

sábado 14 de junio de 2008

TOCAR


Warner Channel (en Venezuela, ABC en USA) transmite una serie llamada “Pushing Daisies” que trata de un joven con el poder de revivir a los muertos con el simple toque de su dedo. La mala noticia es que si los vuelve a tocar de la forma que sea, la persona muere de nuevo y esta vez definitivamente.

El tema de la serie es, en mi opinión un poco rebuscado. De hecho no me ha llamado la atención ver un capítulo completo, aunque debo reconocer que técnicamente es surrealista y extraña. El uso de los colores y las luces, la hace parecer lo que realmente es: una mezcla de comedia, drama y ciencia ficción.

Pero el punto que quiero “tocar” nada tiene que ver con el aspecto técnico de la serie, sino con lo que el tema me puso a pensar sobre la importancia del tacto, del tocar a otras personas e incluso tocarse uno mismo, y todo lo que de ello se deriva.

En Pushing Daisies el protagonista resucita a su novia. Pero luego se encuentra con el gran conflicto de que no puede tocarla nunca más. No puede acariciarla, besarla, mucho menos hacerle el amor. Inventa entonces innumerables alternativas que van desde besarse a través de un papel film, hasta pedirle a un tercero que acaricie a su novia y, a la novia, pedirle que imagine que es él. Alternativas y técnicas que, en mi opinión, no sirven de nada, pues besar la boca de tu amante a través de un plástico es besar un plástico, y para abrazar a otro imaginando que es la persona amada, no es necesaria una trama tan rebuscada; simplemente bastaría con buscarse a ese(a) substituto(a), cerrar los ojos y dejar trabajar a la imaginación.

El punto es que el tema de la serie me ha servido para pensar cuán importante –por no decir imprescindible- es el contacto entre las personas, más aún, entre las que se aman. Y al mismo tiempo, cuán mecánicos pueden hacerse muchos de estos contactos, al punto de no darle la importancia que merecen.

¿Cuántos de nosotros, por ejemplo, no se levanta de la cama al sonar el despertador, directo a la ducha sin besar a tu pareja? ¿O cuántos lo hacen, pero sólo como un acto mecánico y reflejo, sin verdadera intencionalidad o significado?

¿Cuántos de nosotros –especialmente los hombres- acortan o simplemente pasan por alto la encantadora fase de besos y caricias pre-coitales, que tanto nos gusta a las mujeres y nos pone a punto? ¿O cuántos hombres se atreven a decirle a su pareja que quieren ser acariciados, dónde o de qué manera?

Voy más allá... ¿Cuántos de nosotros –hombres o mujeres- se toman un tiempo para tocarse, sentir su propia piel y explorar dónde sienten más, dónde menos y de qué forma? ¿Cuántos de nosotros nos tomamos en serio el sentirnos, más allá de la masturbación?

Pensemos por un momento que nos pasa lo que al protagonista de Pushing Daisies, y que por alguna razón, no pudiéramos tocar nunca más a nuestros seres queridos, o ellos a nosotros. Pensemos de cuántas cosas nos perderíamos, y pongamos entonces más conciencia e intención en el acto de TOCAR, ya sea nuestro propio cuerpo o el de otros.

Pushing Daisies ABC Trailer

viernes 6 de junio de 2008

El Imperio de los Sentidos


El ser humano dista mucho de ser un diseño perfecto. Si es cierta la teoría de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, habría que aceptar que ese Dios –cualquiera que sea- es bastante imperfecto. A mí no me incomoda esa idea; por el contrario, me acerca más a ese Dios y lo hace más amigable, entendible, aceptable.
Pero a pesar de la larga lista de imperfecciones –físicas, mentales y espirituales- de las que padece hasta el más ejemplar de los humanos, es justo y necesario admitir y reconocer que también hemos sido provistos de una cantidad infinita de atributos y cualidades para satisfacción y beneplácito de nosotros mismos y de nuestros semejantes.
Basta sólo con nombrar a nuestros cinco sentidos: la fuente primaria de nuestra percepción, de nuestro aprendizaje y de nuestros placeres.
La vista es el sentido por excelencia, el más usado y, si se quiere, el más necesario. De él ya he escrito y disertado en este Blog. Pero, no podemos ignorar el resto de nuestros sentidos, que, en mi humilde opinión, cumplen en materia de erotismo y sexualidad, un papel tan, si no más importante que el de la misma vista.
Para mí, el tacto es el sentido por antonomasia en lo que a sexo se refiere, aunque también debemos darle su justo valor al oído, por el que entran millones de estímulos, desde el sutil sonido de la respiración de nuestra pareja, hasta las palabras más irracionales en un momento cumbre, o el desgarrado gemido que acompaña a un intenso orgasmo.
El relato que leerán a continuación, le rinde culto al sentido del olfato, la “cenicienta” de los sentidos en mi caso, pero que cuando quiere, puede convertirse en el protagonista de un momento inolvidable, o en un vehículo efectivo para alcanzar la cúspide del placer.

Y para ustedes... ¿cuál es el sentido más importante, erotikmente hablando?

El Placer llegó en una Harley


El domingo por la tarde se propuso finalmente descansar en la cama. Había pasado el fin de semana entero allí, aunque no precisamente descansando. Luego de tomar un almuerzo ligero, poner en orden la casa y tomar una larga y relajante ducha, se dispuso a extender el estropicio de sábanas y almohadones regados a lo largo y ancho de la habitación, para reposar los agitados músculos y dormir un poco.

Justo en la faena de acomodo, encontró escondido entre las mantas el boxer de su amante: un pequeño pantalón de algodón gris, con la frase “Harley Davidson” impresa en la liga y, en la tela, la imagen de siete sonrientes motociclistas en sus flamantes naves. Ella también sonrió por el hallazgo y a manera de paradoja, pensó que ese fin de semana habían visitado su cama cada uno de esos siete apuestos hombres, experimentando con todos las más intensas sensaciones. Se acercó a la nariz aquel pequeño trozo de tela, para percibir un penetrante y ácido perfume que trajo a su mente en atropellado flash back, todas las imágenes y sensaciones de las últimas 48 horas; no sólo las vividas con aquel incansable amante, sino aquellas –docenas, centenas, miles- imaginadas, fantaseadas, recreadas y contadas al oído por cualquiera de los dos, con la única intención de acrecentar la intensidad de sus múltiples orgasmos.

Aspiró profundamente, dejándose invadir por aquel cóctel de colonia, sudor, semen, rastros de saliva y gotas de orina. Sus ojos se cerraron levemente y sus dientes mordieron con suavidad el labio inferior, transformando una discreta sonrisa en una mueca lujuriosa y cómplice.

Recordó entonces sus besos: tiernos y suaves al comienzo, fogosos, húmedos y penetrantes después; recordó aquellos labios tersos y carnosos, la lengua que él le entregaba sin reservas para que ambos imaginaran que era el falo de otro invitado a la fiesta. Recordó sus ojos cerrados durante el beso, entregado, desarmado, confiado entre los brazos de la mujer que ama. Recordó sus hábiles manos desabrochando su sostén en un par de segundos y despojándola de toda su ropa sin encontrar resistencia alguna.

Continuó aspirando aquel espeso almizcle mientras se colocaba en su posición preferida para auto complacerse. Su cuerpo se tensó como si una ráfaga eléctrica la estuviera atravesando desde la punta de los pies hasta la coronilla. Decidió meter la cabeza entre aquellos calzones suaves, para respirar su aroma sin interrupciones e imaginar que era él quien estaba frente a ella, como horas antes había estado en efecto, de pie y al pie de la cama, ofreciéndole aquel manjar firme y suave de su miembro erecto y deseoso de desaparecerse en su garganta.

El pasamontañas de algodón rodeaba el rostro femenino, mientras los siete jinetes –del Apocalipsis o del Génesis, según cómo y cuándo se le mire- sonreían al verla y la liga bordada con el nombre de aquella legendaria marca rodeaba irónicamente su cabeza, por donde transitaban a cientos de kilómetros por hora los pensamientos más pecaminosos e intensos, carburando el placer inagotable entre ruidos guturales, al tiempo que una y mil veces combustionaba un orgasmo efervescente y lascivo.

Olfateaba y recordaba... Recordaba y vibraba... Vibraba y moría para nacer cada vez más fuerte, más joven, más mujer.

Olfateaba y veía aquel cuerpo definido y firme caminando desnudo por la habitación, aquella piel lisa y achocolatada que le aguaba la boca y la impulsaba a besarlo en cualquier lugar y de cualquier modo: besos cortos, suaves mordiscos, húmedos recorridos con una lengua traviesa y curiosa.

Olía y sentía de nuevo cada embestida de su robusta esencia dentro de su boca, de su vagina, de su culo. Revivía el sabor salado de sus pliegues, el amolde perfecto de los sexos, la invasión sin tregua de los más oscuros pasadizos, a los que llegaba sin dificultad para llevar la Luz.

Husmeaba y regresaba al instante el sudor y el sofoco, las uñas clavadas, las piernas en alto, las gargantas secas, la respiración agitada y el sonido de su voz, tan excitante, contando experiencias o inventando fantasías, que la llevaban al límite del placer conocido, un límite que cada minuto alargaba un poco más sus predios.

Olfateó, aspiró y olió por horas, montada en aquella motocicleta de lujo que era su mente, aferrada a la cintura del conductor más experimentado y ella, protegida del viento por aquel mágico pasamontañas, escondía un gesto de satisfacción que permaneció en su rostro hasta el amanecer, cuando el despertador la encontró asida a un par de almohadas húmedas, exhausta y feliz por aquel paseo dominical.

martes 27 de mayo de 2008

Voyeurismo


¿A quién no le gusta ver? Siendo la vista el sentido más desarrollado y más utilizado por el ser humano, es un acto casi reflejo.

Miramos millones de elementos a nuestro alrededor a cada minuto, pero ver... lo que se dice VER, como un acto consciente, es en mi opinión una de las cosas más enriquecedoras y placenteras que hay.

Cuando uno ejercita ese acto, lo comprende y lo disfruta, es capaz de ver más allá de lo estrictamente visible; ves a través de tu experiencia, le agregas características y sensaciones a aquello que es mirado. Lo personalizas y entonces todo adquiere una nueva dimensión, subjetiva, tal vez un poco menos real, pero definitivamente más propia, única y especial.

Un paso más allá se da cuando se intenta ver con los otros sentidos. Cuántas veces sólo escuchamos un sonido, una voz, y enseguida le ponemos forma y cuerpo? Quién no ha jugado aquello de vendarse los ojos y sentir objetos de diferentes tamaños, formas o texturas y sorprenderse con los desaciertos?

El acto de VER adquiere su máxima dimensión cuando somos capaces de hacerlo con todos los sentidos, hasta el punto de poder incluso prescindir del de la vista... VER ES SENTIR CON LOS OJOS, incluso cuando estos estén cerrados.

Es en ese momento cuando el término “Voyeurismo” se sale de los arquetipos meramente sexuales y adquiere una dimensión profunda y completamente placentera.

Si consideran esta reflexión un tanto “romántica”, los invito a leer el relato que sigue lleno de imágenes –no siempre visuales- y su inesperado final.

Tisana Voyeur participó y ganó el segundo lugar en el Concurso "Sexo para Leer" de la revista venezolana Urbe Bikini y salió publicado en la edición del mes de Abril 2008.

Siendo el segundo concurso en el que participaba y el segundo en el que quedaba entre los ganadores, fue el empuje necesario para tomarme más en serio lo que desde siempre ha sido una afición y tomar iniciativas como este Blog, entre otras.

TISANA VOYEUR


Las empleadas de la Frutería La Tisana se divertían fantaseando sobre la vida de sus clientes, según cómo lucían o el tipo de mercancía que compraban. De la señora Gordons, por ejemplo –la bautizaron así porque pesaba como 150 kilos- suponían que era una estreñida, pues siempre compraba lechosas, tamarindos y uvas pasas. Don Paquito –mote dado por el “paquete” que se insinuaba a través de sus pantalones- iba por pepinos, plátanos y berenjenas. Lo imaginaban entonces como un multifacético amante homosexual.

La Tisana estaba llena de historias y fantasías sobre gente común. Una de ellas fue protagonizada por la hermosa Manuela, encargada de acomodar las frutas en los anaqueles y ayudar a los clientes con sus compras. El dueño la contrató por su trato amable y su rostro como iluminado desde adentro.

Hace algunas semanas comenzó a ir a La Tisana un cliente al que apodaron Mister Mistery. Alto y atlético, llegaba cada jueves por la mañana, ataviado de negro y con unos lentes oscurísimos que no se quitaba jamás, lo que ponía a las chicas muy nerviosas, pues nunca sabían cuándo las estaba mirando.

Con el paso de las semanas Manuela llegaba cada jueves más arreglada de lo usual, con el cabello recién lavado y recogido en una horquilla de carey, rubor en las mejillas y ropa dominguera que, aún semi tapada por el delantal de trabajo, se notaba recién planchada y especialmente combinada.

Mistery la saludaba con un “buenos días” largo y pegajoso, y Manuela le contestaba con uno corto y ahogado en su propia respiración. Esos buenos días le decían cosas prohibidas, a juzgar por los colores que se le subían al rostro y la hiperventilación que le producía la proximidad de aquel cuerpo magro y varonil.

Aunque su trabajo era atender a los clientes, intentaba evitar a Mistery manteniendo una prudente distancia. Él pasaba horas escogiendo meticulosamente la mercancía. Sus manos fuertes acariciaban de manera particular cada fruta antes de decidir meterla en el canasto. Sopesaba los melones, uno en cada mano, y a Manuela se le antojaba imaginarlo haciendo lo mismo con sus pechos. Olfateaba los nísperos y a Manuela se le erizaba la piel detrás del cuello imaginando ser uno de ellos, absorbida entera por la pituitaria de aquel extraño comprador. Agitaba un coco para verificar si tenía agua dentro, mientras las entrañas de Manuela se sofocaban, haciéndose ella agua para calmar su íntimo ardor.

Aunque Mistery sonreía a ratos, seguía siendo un hombre oscuro y enigmático. Se sabía poco de él, pero mucho menos al no conocer su mirada. ¡Si tan sólo hubieran podido quitarle alguna vez aquellos lentes oscuros! Ver si sus ojos eran negros, verdes o azules, si tenían muestras de haberle sonreído a la vida, o si por el contrario le circundaban aros violáceos, producto de insomnios y atormentados pensamientos.

El jueves antepasado, a la misma hora y con el mismo atuendo, comenzó el paseíllo de Mistery y la contradanza de Manuela buscando distancia. Pero como en un juego de ajedrez, esta vez el cliente movió magistralmente las piezas, para acorralar a Manuela contra la puerta batiente del almacén. Irremediablemente tuvo que empujarla y entrar.

Mistery la siguió con pasos lentos y relajados; la sonrisa volvía a aparecer en el rostro de aquel atractivísimo hombre. La respiración de Manuela se hacía ridículamente fuerte; del escote de su vestido de tirantes, se asomaban intermitentes sus pechos como un par de granadas a punto de estallar.

Mistery encontró unas uvas rojas importadas de Chile, inmensas y jugosas. Arrancó una del racimo a su alcance y la colocó entre las dos filas de blancos dientes de la chica. “Muérdela para mí”, le dijo, al tiempo que Manuela se sobresaltaba por escuchar tan cerca la voz de aquel hombre. Era una voz honda, empalagosa, tal como la había imaginado tantos jueves en la noche al llegar a su casa y masturbarse pensando en él.

- Muérdela para mí –repitió- y Manuela obedeció jadeando, partiendo por la mitad aquella fruta viva y entregándosela en su boca tibia y mentolada. Mistery masticó el manjar ofrendado y escupió sobre ella las semillas, como diminutos balines vegetales que la herían de puro placer.

Inmediatamente encontró un manojo de albahaca, que trituró sin compasión, llenando el recinto del aroma conocido de los guisos de la abuela. Las diminutas hojas machacadas rodaron por los hombros y brazos de Manuela, también por su escote entreabierto, colándose algunas entre el nacimiento de sus redondos pechos.

Mistery se acercó al cuello de Manuela para percibir el aroma limpio de su cabello y aspirar profundamente su olor almizclado de mujer en celo, de cervatillo asustado, pero sobre todo, excitado.

Mientras se alimentaba con su aroma, como un macho en su ritual de apareamiento, Manuela buscaba el equilibrio ante el mareo colosal que le producía aquel hombre. Se sostuvo como pudo de una caja de ciruelas que segundos más tarde aplastaba con sus brazos, sus codos, su espalda, cediendo ante el empuje de Mistery sobre ella, que la olfateaba y la lamía ya por todas partes. El delantal había desaparecido y los tirantes del vestido ahora colgaban inertes más abajo de sus pechos, que se mostraban francos, rotundos y firmes como melones chinos. Los pezones rugosos y purpúreos, semejaban un par de frambuesas que Mistery degustaba con la punta de la lengua, tanteando sus múltiples drupas.

Pronto se encontró Manuela totalmente desnuda sobre el frío acero de la mesa de trabajo. Al suelo habían ido a parar cajas con kiwis, mandarinas y fresas. Mistery, aún total e impecablemente vestido, recorría ese cuerpo tan femenino, palpando sin apuros sus prominencias y depresiones, adentrándose de a poco en su intrincado vello púbico, mientras Manuela se retorcía de placer.

Mientras una mano acariciaba el pubis de Manuela, la otra buscaba en el suelo alguna fruta. Encontró una mandarina, la peló con los dientes, separó los muslos de Manuela y tocó por primera vez su rojo y henchido clítoris, para luego exprimir de un sólo apretón el cítrico jugo que se derramó por entre los labios latentes de su sexo. Manuela no sabía si le incomodaba o le gustaba aquél ardor, pero definitivamente quería más.

Buscó entre las repisas algo más con qué jugar y encontró un pepino grueso y rugoso. Lo acercó a la boca de Manuela, para que ella misma lo lubricara con su escasa y espesa saliva; recorrió con él su vientre liso para finalmente penetrarla bruscamente, sin avisos, y sin piedad. El orgasmo de Manuela se evidenció en el arqueo poseso de su espalda, una mueca de sonrisa y una mirada blanca maravillada por lo que sus ojos veían dentro de si misma.

Bajando apenas del cielo, avanzaron por del estropicio de frutas derramadas hasta el inmenso frigorífico donde se guardan las “joyas de la corona”. Manzanas, peras y melocotones, reposaban sobre cajas de cartón armado y papel de seda, semejando rubíes, esmeraldas y topacios en la bóveda de una joyería.

Mistery entronizó a Manuela inclinándola sobre aquellas gemas para penetrarla hasta el alma con su falo paciente y experimentado. Manuela tenía la piel erizada y podía ver el humo blanco que salía de su boca con cada exhalación. Temblaba por el frío, pero también por un placer infinito que convertía aquel frigorífico en un palacio real.

Otro orgasmo de ella sirvió de acompañante para la vaciada de él sobre sus nalgas tensas y sus piernas aún tiritando. Como leche de coco, Mistery le entregó su esperma con un corto y gutural gemido que marcó el final de la faena.

Recuperado a medias el aliento y con los labios morados como ciruelas, Manuela dijo entre dientes: “Antes de irte quiero ver tus ojos”. Mistery sonrió de nuevo y negó con la cabeza. Manuela se acercó pisando algunos mangos. “Por favor... por favor”, suplicó, mientras con sus propias manos temblorosas tomó los lentes oscuros y los retiró lentamente del rostro de su amante.

Se encontró con unos lagos negrísimos y muertos; opacos, sin pupilas, ni luz, que miraban todo y al mismo tiempo nada. No la miraban a ella, que buscaba sin éxito el fuego helado que minutos antes habían compartido.

- Soy ciego de nacimiento, dijo tranquilamente Mistery. Pero te he visto mucho más adentro, más profundo y más completo que todas las personas que has conocido en tu vida. He sentido tu aroma mezclado entre las frutas, he intuido tu deseo y he vislumbrado tus fantasías conmigo. Supe quién eras desde el primer momento y vine cada jueves por ti. Espero no haberte defraudado, agregó luego de una pausa infinita.

Manuela no pudo articular ni una sola palabra. Se quedó atónita mirando cómo aquel hombre que la había cautivado sin verla, daba media vuelta y salía del almacén para no volver jamás.

Permaneció quieta por horas, pasando el vaporón de semejante escena y preguntándose al tiempo, quién de los dos había visto más...

Yo también lo vi desde mi oficina, a través del circuito cerrado del local...

jueves 22 de mayo de 2008

Las Apariencias Engañan (Relato Ganador del Concurso Karma Sensual 3: Amor y Humor)


A finales del año pasado participé en un concurso de relatos eróticos, vía internet. La tercera edición de “Karma Sensual”, cuyo tema en esa oportunidad fue “Amor y Humor”.

Se me presentó un reto interesante al intentar unir dos premisas que en principio pueden parecer antagónicas. Por otra parte me enfrenté al hecho de tener que utilizar un lenguaje -y por ende un humor- “universal”, tratándose de un concurso abierto a todo el mundo hispano parlante.

El resultado fue un texto que no dejó de tener su contenido muy “venezolano” –más por la situación descrita y las actitudes de los personajes, que por el lenguaje en sí- y la presencia del factor sorpresa que le dio la pizca de pimienta necesaria.

El veredicto del jurado me colocó en el primer lugar junto a una escritora uruguayo-española.
El premio fue la publicación, en marzo de este año, de una antología con los diez mejores relatos, editada por El Taller del Poeta (www.eltallerdelpoeta.com, tallerdelpoeta@mundo-r.com).

Vale la pena destacar que de los diez ganadores, seis fueron mujeres, ocupando cinco de ellas los primeros lugares, lo cual pone en evidencia la capacidad creativa de las féminas y acaba con el mito de que lo erótico es cosa de y para hombres...

Creo que una buena manera de arrancar con este blog, es entregándoles dicho relato, esperando sus comentarios de vuelta.



LAS APARIENCIAS ENGAÑAN


Cuando llegó su turno supe al instante que era diferente. No sabía muy bien por qué, pues a simple vista lucía como cualquier otro: más o menos alto, más o menos delgado, más o menos atractivo. Tal vez lo único fuera de lo común era su forma de vestir -muy formal para una cita casual de solteros- y su temperamento evidentemente tímido y reservado.

Seguro es por eso que no ha encontrado pareja”, me dije a mi misma y me corregí de inmediato: “Yo soy franca y extrovertida y estoy aquí por la misma razón que él...”
Intenté dejar a un lado los tontos prejuicios y avanzar en la conversación lo antes posible. Faltaba poco tiempo y yo no había tenido mucho éxito con los candidatos previos, ya fuera por tontos, prepotentes o empalagosos.

Éste tampoco era propiamente “mi tipo”. Mi hombre ideal era audaz y seguro de sí mismo, mientras que éste esquivaba mi mirada, parecía nervioso y hasta deprimido. Pero allí estaba yo otra vez con los juicios a priori. ¿Cómo podía saber todas esas cosas sin haber cruzado con él la primera palabra? Me reprendí severamente y tomé un sorbo de vino.

- Patricia, mucho gusto..., le dije extendiéndole la mano y mostrando una amplia sonrisa, una de mis mejores armas, según la opinión de todos los que habían pasado antes por mi mesa y por mi vida.

- Jacobo, Jacobo Fuster, encantado de conocerte, contestó.

Noté que mi sonrisa en efecto le había cautivado, pues se quedó mirando fijamente mi boca y no mis ojos. “Una a cero a favor mío”, pensé, y sentí más confianza para avanzar.

Hablamos de nuestros trabajos, de mi sueño de ser mi propio jefe, de su plan de recorrer el mundo antes de hacerse demasiado viejo para no recordarlo, de los desaciertos de Bush, del calentamiento global, de fútbol y hasta del aborto.

Realmente Jacobo era mucho más culto de lo que creía –¡otra vez los prejuicios!-; tenía una conversación agradable y un aire sexy en su forma de hablar que me excitaba. Yo trataba de no distraerme, pero no podía evitar abstraerme e imaginarlo desnudo, abrazándome en la cama, besándome toda, penetrándome sin piedad y matándome de placer.

Una bandeja de "brusquetas" llegó para sacarme del ensimismamiento. El tiempo se acababa y pronto sonaría el silbato para pasar a otro candidato. Yo no quería irme. Jacobo me gustaba y creí que yo a él también, a juzgar por el desvío de su mirada –que poco se posaba en la mía- directamente del mantel a mi escote.

Seguro me desea como yo a él, pensé, y decidí dar el zarpazo final haciendo uso de mi gran arma, mi sello personal y marca de fábrica: mi contoneo. Todo el sabor del trópico entre mis hombros y mis caderas. Decidí entonces ir al tocador, ubicado al otro extremo del salón, con el cliché de “empolvarme la nariz”, truco utilizado minutos antes con otro aspirante, con excelentes resultados para él -erección inmediata e interminable- más no tanto para mí, pues el muy bruto intentó meterme mano sin mi consentimiento, matando en el acto toda posibilidad de algo más.

Esta vez no fallará. Jacobo es mucho más inteligente. Se verá obligado a una segunda cita”, afirmé segura.

Exudando sexo, con pasos largos y acompasados, llegué victoriosa a mi destino. Entré al retrete no para orinar –lo había hecho minutos antes-, sino por una necesidad incontenible de sentirme.

Imaginé a Jacobo impaciente en la mesa, esperando ver de regreso mis caderas danzantes, delirando por mí, luchando con su timidez, practicando el discurso apropiado para retenerme sin espantarme. Lo vi masturbándose en su cama pensando en nuestro próximo encuentro, recordando mi sonrisa, completando el cuadro de mis senos luego de haber memorizado mi escote, asiéndose de mis caderas mientras lo cabalgaba como experta amazona dominando a un semental salvaje. De pie con la falda remangada a la cintura y una pierna flexionada sobre el inodoro para un mejor rango de acción, mi mano hacía camino entre mi arremolinado pubis, tocando intermitentemente el timbre de mi placer, para darle puerta franca a mis dedos hábiles y expertos, primero uno, luego dos, tres... Fantaseaba con Jacobo y su miembro henchido y expectante, inmenso y complaciente, absorto entre mis parajes, diciendo dentro de mí todo lo que su boca no se atrevía.

Más de una vez intentaron abrir la puerta, como apurándome, pero eso me excitaba más, pues imaginaba que era Jacobo, llegando impaciente con la intención de poseerme en ese mismo lugar e instante.

Creo que pasé más tiempo del prudente retocándome –en el más estricto y literal sentido de la palabra- pues cuando regresé, el silbato de cambio de pareja ya había sonado y Jacobo no se veía por ninguna parte.

Recorriendo el salón con la mirada, me topé con el mesonero y una nota: “No necesito buscar más. Para mí, eres TÚ. Espero que sientas lo mismo. Jacobo. 0443-999.5447".

Luego de un par de meses saliendo juntos, supe que su timidez había sido su arma. Alegó que a las mujeres fuertes como yo nos gustan los hombres en apariencia mansos y desvalidos. El Jacobo “real” era apasionado, creativo y liberal. ¡Y ni hablar del sexo! Aunque allí yo también me doy parte del crédito, claro está.

Hace tres días celebramos nuestro primer aniversario en el restaurant de aquel célebre encuentro. Luego de un par de botellas de vino y mutuos masajes a la autoestima, le pregunté qué era lo que más le había cautivado aquella noche. Quería saber cuál de todas mis “armas” había causado mayor impacto.

- Seré sincero contigo, amor –dijo-. Lo que me encantó de ti fue tu candor.

- No te entiendo... titubeé. ¿Qué quieres decir con eso?, repliqué con la sonrisa congelada.

- De aquella cita de solteros, y de muchas otras anteriores, tú fuiste la única que no se preocupó por impresionarme, ni avasallarme con tácticas letales, ni demostrarme aptitudes de “femme fatale”. Fuiste auténtica, ingenua si se quiere, y eso fue precisamente lo que me desarmó.

A esas alturas mi sonrisa se había borrado por completo y un gran signo de interrogación ocupaba todo mi cerebro. Mi rostro debió haberlo dicho todo, pues Jacobo me tomó tiernamente de la mano y continuó explicándome:

- Cuando te presentaste, lo primero que vi fue un inmenso trozo de queso destellando entre tus dientes; tal vez debí advertirte, pero francamente no me pareció un buen comienzo. Más tarde, cuando el mesonero nos trajo aquellas deliciosas "brusquetas", un pedacito de jamón serrano cayó en tu escote, justo en el nacimiento de tus hermosos senos; yo hubiese sugerido quitártelo con mi boca, pero creí que sería un chiste inapropiado; luego tus propios movimientos hicieron que el envidiado jamoncito se perdiera por lugares que no pude yo conocer sino muchos días después.

Yo iba perdiendo con cada palabra la sonrisa y el color. Mi perplejidad era notoria.

- Pero la embestida final a mi corazón –prosiguió... ¡¡DIOS!! ¡¿Todavía había más?!- la diste en tu camino hacia el tocador. Tu falda estaba enredada ruedo con talle, como si no la hubieses acomodado bien la última vez que fuiste a orinar. Eso me dio una muy buena vista de tus contorneadas piernas y tus redondas y firmes nalgas, pero sobre todo me hizo tomar la decisión. Si eras una persona tan relajada, tan despreocupada por causar una buena impresión, entonces no tenías nada que esconder y podía confiar en ti. Y aquí estamos, un año después, celebrando nuestro amor y yo, esperando que nunca cambies... Salud!

Levanté temblorosa mi copa y brindé en silencio con una mueca por sonrisa, atónita y confundida. Definitivamente, las apariencias engañan...

miércoles 21 de mayo de 2008

Hablemos Eroti-k-Mente

Por fin me atrevo a salir -no del closet, pero sí de un gran archivo de ideas- y crear este blog, esperando encontrar a otros que como yo, quieran compartir opiniones, creencias, dudas, anécdotas, investigaciones, experiencias y hasta chistes, si es el caso.

Eroti-k-Mente nace de una necesidad constante y muy personal de poner en blanco y negro mis ideas y de la insistencia de mis más allegados de compartirlas con otros, con el fin principal de enriquecernos mutuamente.

Eroti-k-Mente será en principio un foro de discusión abierta para temas que cualquiera de nosotros quiera tratar y que tengan que ver con el tema erótico y/o intelectual, ya vengan juntos o separados. Opino que, generalmente, cuando vienen cada uno por su lado, la cosa tiende a volverse bastante aburrida; la cosa se pone interesante justo cuando ambos se encuentran para lograr un intercambio valioso, enriquecedor y placentero.

No pretendo hacer un blog filosófico ni especializado. Sólo aspiro a que todos los que nos demos cita aquí tengamos mente abierta, ideas estructuradas y agallas desarrolladas como para establecer debates de altura, ofrecer información útil y divertirnos inteligentemente.

Eventualmente encontrarán aquí algún relato erótico de mi repertorio, así como enlaces a páginas relacionadas y otros datos de interés.

Desde ya les doy la bienvenida y les agradezco a ustedes, por ser los primeros que me acompañan en esta aventura. Juntos pasaremos ratos muy agradables, mientras lo hagamos todo Eroti-k-Mente ...