jueves, 23 de noviembre de 2017

Reafirmando mi pasión

Una vez más resulté ganadora del primer lugar en el Concurso de Narrativa Erótica Karma Sensual en su décima tercera edición. Es el quinto premio en mis casi diez años escribiendo relatos eróticos solo porque me da placer hacerlo. Mi intención nunca ha sido ganar premios ni medirme con otros escritores, pero este reconocimiento llega en un momento en el que mi pluma está particularmente seca, por lo que tiene para mí un significado muy especial.
Por otra parte, es la tercera vez que participo y soy seleccionada entre los ganadores de este concurso (primer lugar en la tercera edición, segundo lugar en la octava edición), pero es la primera vez que puedo asistir a la premiación, ya que este concurso, si bien es internacional, se organiza en Argentina y yo vivía en Venezuela.
Tal vez este premio le dé una nueva “inyección de tinta” a mi pluma y este blog comience a nutrirse de nuevo con más historias para compartir.
Por lo pronto, comparto con mis lectores el cuento premiado, uno que ya está publicado en este blog, pero que edité especialmente para el concurso.
¡Todos los comentarios serán más que bienvenidos!

UN MASAJE CON NINA SIMONE

Ganador del Primer Lugar en el Concurso de Narrativa Erótica Karma Sensual 13.


Me había mandado un Whatsapp que decía: “8 pm en la 305 de mi hotel de siempre. Te quitaré la ropa y el cansancio de toda la semana”. Y allí estaba yo, obediente como siempre, a las 8:03, golpeando la puerta y temblando por dentro, mezcla de nervios y de un deseo irrefrenable.
Abrió la puerta y sonreímos los dos. Él vestía la gruesa bata de paño típica de un “cinco estrellas”; su rizado cabello negro azabache estaba dividido en finos mechones que terminaban en diminutas gotas de agua que resbalaban como en un tobogán y caían en el cuello afelpado.
Me sentí ridícula con tanto maquillaje, joyas y tacos altos, ante él, casi desnudo y sin más accesorios que su olor a limpio. Sin dudas, él lucía mucho más hermoso que yo, que había pasado horas intentando parecerme a cualquier cosa menos a mí misma.
Me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con un beso interminable. No sabía cómo actuar. No quería parecer una “profesional” en estas lides, pero tampoco una mojigata. Me senté en el sillón lleno de almohadones, mientras él conectaba su Ipod a unos pequeños parlantes portátiles y hacía sonar a Nina Simone… nada más apropiado… Fish in the sea you know how I feel… River running free you know how I feel.
Descorchó un “Blanc de Noir” Brut Nature… color de almíbar de durazno, pero astringente en la lengua y chispeante en la garganta… Bebimos el primer sorbo mientras Nina hablaba por mí… It's a new dawn, it's a new day, it's a new life for me. Ohh… And I'm feeling good.
Hablé de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Hablaba de más. Él me miraba fijamente; le hipnotizaba verme gesticular, la forma en que se movían mis labios al pronunciar las vocales redondas, el pliegue de mis comisuras al sonreír… a mí me fascinaban sus ojos brillantes posados en mis labios como una mariposa en busca de néctar sobre una flor.
Has tenido una semana complicada”, me dijo, al tiempo que se paraba y caminaba por detrás del sillón para tomarme del cuello con ambas manos y comenzar a acariciarlo suavemente. “Permíteme relajarte”, continuó, mientras las yemas de sus diez dedos escudriñaban por dentro de mi melena y me la desordenaban totalmente. ¡Al diablo la peluquería!
Yo sólo pude soltar un gemido parecido a un sí… porque tan solo con ese toque mágico de sus dedos en mi cabeza, yo ya no podía articular palabra. Mis ojos se habían cerrado dejando en evidencia lo poseída que ya estaba por la voluntad de aquel hombre.
Sin dejar de acariciarme, dio la vuelta al sillón y se colocó frente a mí, digitando ahora sobre mi cara, bordeando mis ojos, presionando suavemente mis globos oculares, pellizcando los lóbulos de mis orejas, rozando mis labios, casi sin tocarlos; haciendo la presión justa y necesaria en cada parte de mi rostro para sentir mensajes diferentes que producían una sola respuesta en mí: entrega total y unas ganas irrefrenables de avanzar.
Me ayudó a incorporarme. Casi sin darme cuenta, se habían ido la timidez y la angustia por parecer una buena-chica-no-tan-buena… Camino hacia el dormitorio también fueron quedando los zapatos charolados, las pulseras tintineantes y la blusa de seda en una estela, como la Hansel y Gretel, a lo largo de toda la suite. Bebí un sorbo más, al tiempo que los hermanitos perdidos en el bosque seguían dejando su rastro de ropa por toda la habitación. La oscura voz de Nina Simone seguía alumbrando el sendero que ya habíamos comenzado a transitar.
Desnuda y entregada, me tiré boca abajo y de forma transversal en la cama súper King Size con doble pillow top y un edredón de plumas de ganso que me hizo sentir como si caía, literalmente, sobre una nube blanca y espumosa. Mi cuerpo se hundió y quedé allí, atravesada en la cama y dispuesta a lo que viniera. ¡Qué importaban a esas alturas el peinado, el maquillaje, la pose! Allí, mi único atavío era el perfume que horas antes me había colocado en las muñecas, detrás de las orejas y detrás de las rodillas, tal como me había enseñado mi hermana hace tantos años “porque es el lugar donde late el pulso y el aroma se potencia”. No sabía ella, y tampoco yo, que en ese momento el pulso me latía en todo el cuerpo y el costoso perfume francés había mutado a un almizcle espeso que se desparramó por toda la cama, llamando al sexo y al amor.
Boca abajo y con la cara hundida en la nube de plumas, era toda piel. No veía, no escuchaba más que a Nina que allá, desde el fondo de la habitación decía “I've got life, I've got my freedom. And I'm gonna keep it, and nobody's gonna take it away”. ¿Me lo decía Nina… o se lo decía yo?
Sus manos tibias me sorprendieron al posarse, llenas de aceite esencial de lavanda, sobre mis hombros… Lentamente, comenzaron a resbalar a lo largo de mi espalda en movimientos que variaban de lineales a circulares, modulando la presión: fuerte sobre mi columna vertebral, más suave hacia los costados, casi imperceptible cuando llegaban a mis caderas. Subían y bajaban a ritmo acompasado, abarcando con sus grandes palmas mis contundentes nalgas y abriendo, distraídamente, ambas mitades como quien quiere cortar un melón para sorber toda su dulzura de miel.
Paró unos segundos, dio la vuelta hasta el otro lado del colchón y retomó su labor desde los pies. Deteniéndose en cada dedo, en cada pliegue entre ellos, presionando el arco de cada pie, los talones, caracoleando sobre los gemelos, presionando fuertemente la parte posterior de mis muslos, resbalando con todos sus antebrazos hasta llegar, otra vez como sin darse cuenta, a chocar son sus puños cerrados contra la contundencia de mis nalgas.
Pidió permiso para abrir mis piernas en un ángulo que le permitiera colocarse de rodillas entre ellas. Desde allí, el sensual alcance del masaje iba desde la mitad de mis muslos, que agarraba con las manos abiertas, hacia arriba. Lentamente pero con ahínco, subía milímetro a milímetro y sus dedos pulgares entraban sin timidez entre mis nalgas, abriéndose cada vez más paso, quedándose cada vez más tiempo, llegando cada vez más hondo.

Hasta Nina Simone dejó de cantar para acercarse a observar aquella maravilla. Una mujer de espaldas, abandonada a la voluntad de un hombre de rodillas, con sus manos juntas como para rezar un credo cristiano, pero balanceándose hacia adelante y hacia atrás como un judío leyendo su Torá. En definitiva, un solo acto de fe. La expiación de todos los pecados, la lectura de mil salmos en susurros, quejidos y el sonido viscoso de los dedos entrando y saliendo de todas las hendiduras que iban encontrando a lo largo de su oración. Un AMÉN de orgasmos se ahogó en mis poros embebidos de sudor, almizcle y aceite de lavanda y entre los pringados dedos de mi amante que, sin darme tregua, me pidió darme vuelta para continuar. La noche apenas comenzaba…

Enlaces a canciones de Nina Simone: 
https://youtu.be/OfJRX-8SXOs
https://youtu.be/L5jI9I03q8E

domingo, 2 de abril de 2017

Cena de tres pasos


Nunca le había pasado esto de ser encarada en el baño de un restaurant serio y formal por una desconocida.

Ya había tenido encuentros cercanos del tercer tipo, y hasta más, en antros de mala muerte, borracha hasta el tuétano y siempre con candidatos del sexo opuesto: machos con los que ya había intercambiado miradas, sonrisas o hasta algunos pasos alocados en una atiborrada, oscura y sudorosa pista de baile. Ese era, básicamente, el objetivo final de aquellas noches locas de copas y polvos. Nunca tan bien aplicado el término, pues en esas noches de lujuria, abundaban el sexo y la coca.

Pero esas anécdotas nocturnas ya formaban parte de la historia. Ahora era una mujer madura, a la que no le atraían ni los antros, ni la música estridente, ni los encuentros furtivos con desconocidos. Tampoco buscaba amor, ni una relación duradera en el tiempo, pero disfrutaba mucho más de una amena charla -cena y vino por medio- con un buen candidato que le calentara primero el oído, luego el cerebro y, finalmente, si los planetas se alineaban, los genitales. Si astrológicamente el plan impedía ese tercer y último paso, al menos los otros dos la llevarían de regreso a casa con un buen sabor de boca.

La noche del pasado viernes, Martina estaba en una de esas cenas-citas de tres pasos (entrada-principal-postre/oído-cerebro-clítoris) en un elegante restaurant de la ciudad, lleno de turistas gracias a las recomendaciones de los recepcionistas de los hoteles y la publicidad poco original de los planos turísticos gratuitos. El lugar, demasiado iluminado y ruidoso, no ayudaba a crear una atmósfera romántica ni seductora, por lo que la conversación en la mesa era escasa, dificultosa y aburrida. Así que entre cada sorbo de vino y cada bocado de risotto, Martina se dedicaba a mirar a los comensales de las mesas cercanas y distraerse con su hobby favorito: crearle una historia a cada quien.

De esa forma encontró al galán engominado sin alianza en el dedo, con la viuda joven y dispuesta a todo; al octogenario y su señora a quien los hijos y nietos le celebraban las bodas de oro; la sesentona que se cree de veinte, enfundada en animal print, con la piel como cuero seco de tanta cama solar y dientes estrepitosamente blancos; y, más allá, dos mujeres contemporáneas, demasiado bien arregladas para ser locales: las típicas turistas cuarentonas, amigas del trabajo o de la infancia, regalándose un viaje a un lugar desconocido donde descansar, conocer y comer bien. Todos estaban en lo suyo, nadie reparaba en el recorrido de Martina, pero cuando pasó la mirada por la mesa de las dos turistas, una de las dos, tal vez tan aburrida como ella, también la miró fijamente.

Martina apartó de inmediato la mirada y retomó la charla con su acompañante; bebió un sorbo de vino y se acomodó el mechón de pelo que surcaba su frente, el típico acto reflejo cuando estaba nerviosa. Pero como si tuviera un disparador automático, empezó a mirar constantemente hacia esa mesa, encontrando siempre la devolución del vistazo. Directo, sostenido, decidido. Martina se sentía intimidada, avergonzada, un calor húmedo le recorría todo el cuerpo, pero no podía dejar de mirar. La charla en su mesa se hacía cada vez menos interesante, por lo que a la altura del plato principal ya su oído no atendía a su compañero, sino que intentaba posarse dos mesas más allá, junto a las dos mujeres. Así pudo saber que no hablaban español. Poco podía leer en sus labios, carnosos y glaseados…

¿Francés? No… ¡Portugués!... ¡Claro! si esta ciudad está desbordada de brasileros, se dijo.

Martina desistió de entender algo de lo que hablaban y comenzó a estimular su cerebro con cada detalle de lo que veía…las uñas perfectamente pintadas, el cabello ondulado y con rayitos dorados, pulseras de plata que tintineaban en cada movimiento, un escote sugerente mas no atrevido que atisbaban unas tetas aún firmes y esa sonrisa… la sonrisa pícara del que se sabe observado y le gusta, la sonrisa segura del que ya tiene perfectamente planeado el siguiente paso.

La velada transcurrió con más miradas furtivas. Martina intentando no evidenciar que su interés total estaba fuera del metro cuadrado de su mesa y la brasilera de ojos grandes y sonrisa astuta, abiertamente insinuándosele con su lenguaje corporal de mulata experta en estas lides. ¡Todo esto era tan raro para ella! En un lugar tan público, tan iluminado, tan lleno de gente tranquila que simplemente disfrutaba su cena, y ella revolucionada por la mirada de una mujer a tres metros de su mesa y sin entender una jota de lo que hablaba!

Llegó la hora de la cuenta y el limoncello, y Martina decidió pasar por el “toilette” antes de partir con su amigo a degustar el tercer paso de la cita…

Cuando salió del retrete rumbo al espejo para retocarse el maquillaje, encontró a la mulata y su sonrisa amplia mirándola de cuerpo entero.

Você é uma menina muito bonita, e eu quero provar tudo”, le dijo mientras se le acercaba al cuello y se lo lamía suave y lentamente. Martina solo entendió lo de “bonita”, pero esa forma de hablar como cantando una bossa-nova le ablandó las piernas… Ella intentó decirle que nunca había tenido nada con una mujer, pero que le agradaba la idea, que no sabía qué hacer con su amigo allá afuera, esperándola y mil cosas más… pero solo podía balbucear, porque los besos de la mulata, que ahora se alternaban entre sus orejas y sus labios, al compás de suaves caricias debajo de la falda, le nublaban el entendimiento y le adormecían el habla.


Siga-me… dijo la brasilera, tomando a Martina de la mano. Salieron rápidamente del baño, rumbo a la cocina del restaurant… la caminaron apresuradamente de punta a punta ante la mirada perpleja de cocineros y ayudantes, hasta atravesar la puerta trasera que las condujo a un callejón estrecho y oscuro donde las esperaba su otra amiga en un taxi para conducirlas al comienzo del mejor “tercer paso” en toda la vida de Martina.

sábado, 11 de marzo de 2017

Llegué

-    


-          ¿Quién es?
-          Soy yo…
-          ¿Quién es yo?
-          Labios que besan tus pies… pétalos de suave flor que te acariciarán el alma…carne suave como terciopelo…lengua bífida de fuego…lanza que te abrirá en dos para unirte en el cielo…
Hazme pasar. Estoy listo para entrar y cabalgar en tus delicias… derretirme entre tus mitades, fundirme contigo en una danza enajenada que nos lleve y nos traiga a donde nadie sabe.
Quédate así, no te muevas, no me distraigas con tus idas y vueltas… Sólo inhala profundamente y, al exhalar, regálame la melcocha de tu cuerpo, la miel de tu sexo, el merengue batido y azucarado de tus labios…todos…
Déjame entrar y salir…salir y entrar… entrar y salir de nuevo. No me llevaré nada, no te dejaré nada más que el placer infinito que merece tu ser, todo…

sábado, 18 de febrero de 2017

Más que un masaje


Llegué a la puerta de la habitación 305 sin tener muy claro con qué me iba a encontrar. Sabía, claro está, que del otro lado de la puerta me esperaba él, a quien sólo había visto un par de veces en agradables cenas románticas, rociadas con burbujas y palabras de dobles, triples, cuádruples sentidos que nos habían hecho arder. Hasta ese momento, nada más allá de un intenso beso de despedida había sucedido realmente, pero era lógico pensar que ya, en esta tercera cita, habría que avanzar. Y él avanzó…¡vaya que sí avanzó! El viernes pasado me mandó un whatsapp que decía: “8 pm en la 305 de mi hotel de siempre. Te quitaré la ropa y el cansancio de toda la semana”. Y allí estaba yo, obediente como siempre, a las 8:03, golpeando la puerta y temblando por dentro, mezcla de nervios y de un deseo irrefrenable.

Demoró un poco en abrir y eso me puso impaciente. Justo cuando me disponía a golpear por segunda vez y más fuerte, abrió la puerta y casi golpeé su frente con mis nudillos. Sonreímos los dos. Él vestía la gruesa bata de paño típica de un “cinco estrellas”; su rizado cabello negro azabache estaba dividido en finos mechones que terminaban en diminutas gotas de agua que resbalaban como en un tobogán y caían en el cuello afelpado. Sus dientes blanquísimos sonreían, pero más lo hacían sus ojos, verdaderamente contentos de verme.
Me sentí un poco ridícula con tanto maquillaje, joyas y tacos altos, ante él, casi desnudo y sin más artilugios que su olor a limpio. Sin dudas, él lucía mucho más hermoso que yo, que había pasado 3 horas intentando parecerme a cualquier cosa menos a mí misma.
Allí mismo, bajo el dintel de la puerta, me tomó de la cintura y me atrajo hacia él con un beso que me pareció demasiado largo para ser el primero de la noche. No me quedaba claro qué debía hacer, cómo debía actuar, qué esperaba él de mí a esa temprana altura de la noche. Abalanzarme sobre él y quitarme enseguida la ropa para estar “a tono” me parecía un acto demasiado parecido al de una prostituta, pero quedarme empinada a diez centímetros de mis propios pies y con tanto artificio, me hacía sentir como si llevara un disfraz de dama pudorosa y mojigata que nunca debió haber pisado la mullida alfombra de aquella habitación. Me debatía entre parecer natural, pero no tanto como para dar la idea de que esta fuera para mí una práctica habitual.
La suite era amplia, cómoda y hermosamente amoblada. Me senté en el amplio sillón lleno de almohadones, mientras el conectaba su Ipod a unos pequeños parlantes portátiles y hacía sonar a Nina Simone… nada más apropiado… Fish in the sea you know how I feel… River running free you know how I feel.

Descorchó una botella de espumante “Blanc de Noir” Brut Nature… con ese color que recuerda al almíbar de un dulce de durazno, pero que en la lengua astringe y chispea en la garganta… Me acercó una copa y brindamos…Bebimos el primer sorbo mientras Nina hablaba por mí…It's a new dawn, it's a new day, it's a new life for me.Ohh… And I'm feeling good.

Hablamos de mi día, de mi semana, de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Yo hablaba de más. Él me miraba fijamente, escuchaba y sonreía en la justa medida para hacerme entender que no era burla, sino fascinación por estar allí conmigo. A él le hipnotizaba verme gesticular, la forma en que se movían mis labios al pronunciar las vocales redondas y el pliegue de mis comisuras al sonreír… a mí me fascinaba ver sus ojos brillantes posados en mis labios como una mariposa en busca de néctar sobre una flor…revoloteando alrededor de mi rostro, pero siempre posándose al final sobre mi boca.

“Has tenido una semana complicada”, me dijo, al tiempo que se paraba y caminaba por detrás del sillón para tomarme del cuello con ambas manos y comenzar a acariciarlo suavemente. “Te voy a hacer un masaje, para que te relajes”, continuó, mientras las yemas de sus diez dedos escudriñaban por dentro de mi melena y me la desordenaban totalmente. ¡Al diablo la peluquería!

“¿Quieres?”, me preguntó. Y yo sólo pude soltar un gemido que quiso parecerse a un sí… porque tan solo con ese toque mágico de sus dedos en mi cabeza, yo ya no podía articular palabra. Mis ojos se habían cerrado dejando tal vez una pequeña línea blanca a la vista que ponía en total evidencia lo poseída que ya estaba por la voluntad de aquel hombre.

Sin dejar de acariciarme, dio la vuelta al sillón y se colocó frente a mí, digitando ahora sobre mi cara, bordeando mis ojos, presionando suavemente mis globos oculares, mis mejillas, dándole pequeños pellizcos a los lóbulos de mis orejas, rozando mis labios, casi sin tocarlos; haciendo la presión justa y necesaria en cada parte de mi rostro para sentir mensajes diferentes que producían una sola respuesta en mí: entrega total y unas ganas irrefrenables de avanzar, de sentir más.

Me tomó por los codos y me ayudó a incorporarme. Casi sin darme cuenta cómo ni cuándo, se habían ido la timidez y la angustia por parecer una buena-chica-no-tan-buena… Mientras me conducía hacia el dormitorio también se fueron los zapatos charolados, las pulseras tintineantes y la blusa de seda en un paseo que fue dejando su estela, como Hansel y Gretel, a lo largo de toda la suite. Me acercó la copa a los labios y sorbí un trago más, al tiempo que los hermanitos perdidos en el bosque seguían dejando su rastro de ropa por toda la habitación. La oscura voz de Nina Simone seguía alumbrando el sendero que ya habíamos comenzado a transitar.

Desnuda y entregada, me tiré boca abajo y de forma transversal en la cama súper King Size con doble pillow top y un edredón de plumas de ganso que me hizo sentir como si caía, literalmente, sobre una nube blanca y espumosa. Mi cuerpo se hundió y quedé allí, atravesada en la cama y dispuesta a lo que viniera. ¡Qué importaban a esas alturas el peinado, el maquillaje, la pose! Allí mi único atavío era el perfume que horas antes me había colocado en las muñecas, detrás de las orejas y detrás de las rodillas, tal como me había enseñado mi hermana hace tantos años “porque es el lugar donde late el pulso y el aroma se potencia”, me decía. No sabía ella, y tampoco yo, que en ese momento el pulso me latía en todo el cuerpo y el costoso perfume francés había mutado a un almizcle espeso que se desparramó por toda la cama, llamando al sexo y al amor.

Boca abajo y con la cara hundida en la nube de plumas, era toda piel. No veía, no escuchaba más que a Nina que allá, desde el fondo de la habitación decía “I've got life, I've got my freedom.And I'm gonna keep it, and nobody's gonna take it away”. ¿Me lo decía Nina… o se lo decía yo?

Sus manos tibias me sorprendieron al posarse, llenas de aceite esencial de lavanda, sobre mis hombros… Lentamente, comenzaron a resbalar a lo largo de mi espalda en movimientos que variaban de lineales a circulares, modulando la presión: fuerte sobre mi columna vertebral, más suave hacia los costados, casi imperceptible cuando llegaban a mis caderas. Subían y bajaban a ritmo acompasado, pero no siempre igual: a veces subían rápido y bajaban lento, otras veces al revés, y, eso sí, cada vez bajaban más y más, abarcando con sus grandes palmas mis contundentes nalgas y abriendo, distraídamente, ambas mitades como quien quiere cortar un melón para sorber toda su dulzura de miel.

Paró sólo unos segundos, los suficientes para dar la vuelta hasta el otro lado del colchón y retomar su labor desde los pies hacia arriba. 
Deteniéndose en cada dedo, en cada pliegue entre ellos, presionando el arco de cada pie, los talones, caracoleando sobre los gemelos, presionando fuertemente la parte posterior de mis muslos, resbalando con todos sus antebrazos hasta llegar, otra vez como sin darse cuenta, a chocar son sus puños cerrados contra la contundencia de mis nalgas.

Pidió permiso para abrir mis piernas en un ángulo que le permitiera colocarse de rodillas entre ellas. Desde allí, el sensual alcance del masaje iba desde la mitad de mis muslos, que agarraba con las manos abiertas, hacia arriba. Lentamente pero con ahínco, subía milímetro a milímetro y sus dedos pulgares entraban sin timidez entre mis nalgas, abriéndose cada vez más paso, quedándose cada vez más tiempo, llegando cada vez más hondo.

Hasta Nina Simone dejó de cantar para acercarse a observar aquella maravilla. Una mujer de espaldas, abandonada a la voluntad de un hombre de rodillas, con sus manos juntas como para rezar un credo cristiano, pero balanceándose hacia adelante y hacia atrás como un judío leyendo su Torá. En definitiva, un solo acto de fe. La expiación de todos los pecados, la lectura de mil salmos en susurros, quejidos y el sonido viscoso de los dedos entrando y saliendo de todas las hendiduras que iban encontrando a lo largo de su corta travesía que terminó en un AMÉN de orgasmos ahogados entre mi boca y el plumón, entre mis poros embebidos de sudor, almizcle y aceite de lavanda y entre los pringados dedos de mi amante que, sin darme tregua, me pidió dulcemente me diera vuelta en la cama para continuar “quitándome el cansancio de la semana”. La noche apenas comenzaba…

viernes, 19 de febrero de 2016

NO MIRES!


No mires, no me mires tan fijamente, que tus ojos son de fuego y me abrasan con solo posarse en mí.
Ni se te ocurra tocarme, el roce de tus dedos me dispara a la estratósfera. No soy capaz de mantener los ojos abiertos, pierdo el control de donde estoy, de lo que hago, de lo que digo, de lo que pienso, de lo que siento.
No me beses! La carne de mis más suaves y sensibles labios se vuelve turgente, roja, hinchada, a punto de explotar con el roce de tu boca húmeda y tu lengua juguetona.
Y si me miras, me tocas y me besas, con la pasión que sólo tú sabes darme, se abrirán las puertas de este infierno tan parecido al cielo donde las nubes son de fuego y el foso de algodón.
No mires!

He perdido el control y no puedo permitírmelo. Ahora grito, me retuerzo, gimo y siento cómo la punta de mis pezones rozan ligeramente el techo de la habitación.

Foto: Alva Bernardine / Adele Cochrane, vía Pinterest

sábado, 7 de marzo de 2015

Entre Cielo y Tierra no hay nada oculto…



… dice el refrán, y yo lo certifico. Muy pocas veces he publicado material de terceros en mi Blog, únicamente cuando realmente vale la pena. Ésta es una de ellas. 
 
La Tierra da muchas vueltas y el Cielo siempre la envuelve. En el medio está el Aire que oxigena la vida, que fabrica los sueños, que alienta posibilidades, que explora galaxias, que reafirma esencias.
 
Diez, veinte, cien años después, la historia será la misma. Gracias a su autor por dejármela leer y permitirme compartirla. ¡Gracias, Maestro!

El relato que leerán a continuación esperó casi una década para salir de un cajón –o del archivo secreto de alguna computadora- y ver la luz, más allá de los tres pares de pupilas que, en su momento, pudieron leerlo por ser partícipes de la historia.


El Juego

Salí de la borrasca corporativa, llena de acciones y reacciones, sólo para llamar por teléfono y transportarme a mi mundo alterno, donde no dejo de ser yo, sino que, básicamente, lo soy más. Ese es mi juego diario, siempre simple, pero a veces parece que sólo yo lo entiendo.

A través del teléfono le propuse a la representante del Cielo si estaba dispuesta a formar parte de un universo distinto, que no es paralelo, sino que simplemente coexiste con el normal. La invité a un mundo que resalta sus luminarias y que podría crear nuevas estaciones en el planeta Tierra.

Su disposición al juego nunca deja de sorprenderme. Su capacidad histórica de seducir con una palabra o cualquiera de sus brillos, no se encuentra en su separación física del mundo, sino en la gnosis profunda que tiene de mis entrañas. Quizás porque son volátiles como las suyas, o porque vienen de la misma fuente emocional. Su “sí” directo y reafirmante de pactos pasados, fue suficiente detonante para la explosión de la tarde.

Por su parte, La Tierra es más lenta, pero dispuesta a fertilizar las ideas y las sensaciones profundas. Inteligente y analítica, prefiere esperar por los deseos de los pisatarios. Su movimiento de traslación la atrajo hacia mí y fue atrapada por mi mayor masa e intuición.
El Compartir

Recuerdo que cuando la volví a ver, luego de veinte años, vi que llevaba consigo el desequilibrio propio de quienes no se reconocen en un espejo o se protegen en demasía del sol que tanto ilumina al Cielo.

Vale la pena aclarar que la reconocí como una igual rápidamente, a pesar de su superficie diferente. Era notable que había logrado mantener exitosamente su simplicidad original, haciendo que los vientos soplasen hacia donde ella quisiese, moldeando perfectamente su cápsula de muñeca de porcelana.

A ella le propuse el mismo juego cósmico de no ver como contradicciones sus hermosos contrastes. Le propuse buscar el erotismo donde le fuese propicio y no donde simplemente le fuese permitido. También aceptó sin dudas, pero no sin temblar en una nueva escala.

El juego parecía haber comenzado, pero sin reglas. Por eso puse una de inmediato. Pedí a la Tierra llamar al Cielo por teléfono, en un movimiento celeste que parecía inapropiado. “Pónganse ustedes de acuerdo para nuestro encuentro, yo llegaré más tarde”.

Las primeras lecturas de la propuesta le daban error a la controlada Tierra, pero mantuvo abiertas sus posibilidades de jugar a un trío amoroso. Ser ella la que llamara a la otra dama, hacía que no hubiese vuelta atrás, la transformaba en cómplice y de ahí en adelante no podía ser sino culpable de todos los cargos. Sólo pensar en ello le daba calambres en las piernas y estremecimiento en sus partes íntimas.

La invitación telefónica puso de ánimo de inmediato a la representante del Cielo e inundó el ambiente con su sudor de olor agreste, lleno de esencias excitantes y sabores femeninos que invitan a libar, pero eso sería mucho más tarde.

Un profundo ritual de belleza íntima se apoderó de Cielo y Tierra: la primera depiló sus partes femeninas de todo vello, para atraer bocas y caricias sin reservas; ambas entregaron a artesanas sus pies y manos, para prepararse a disfrutar de fetiches lujuriosos; la Tierra podó a conciencia su monte de Venus rojo brillante, con el que esperaba sorprender hasta a los más avezados alienígenas, y el Cielo se tocó hasta alcanzar orgasmos pueriles concentrándose en las imágenes que aún estaban por venir.

El menage a trois había comenzado desde hacía rato y se estaba disfrutando acaloradamente, aunque nadie se había encontrado todavía.

Las Miradas

El tiempo no era mi amigo esa tarde, parecía correr en mi contra. El trabajo se complicaba, luego las calles se confundían en mi cabeza, todo se confabulaba para que no llegase a tiempo a mi cita con las representantes del Cielo y la Tierra, pero a la vez eso les daba a ellas tiempo para saldar sus agendas, marcar territorios, construir confianza, no en balde era un experimento inédito para una de ellas.

Llegué a duras penas, con la lengua afuera del estrés, pero con sólo confirmar que había llegado al sitio indicado, hizo que mi corazón se comportara como un radar, mandando señales y esperando a que los ecos dibujaran las figuras de dos mujeres hermosas.

Llegar a aquel edificio me hizo percatar de una extraña transición. La normalidad con que me miró el portero, la displicencia con la que me ignoraron unas ancianas que salían a pasear y el beso amigo que me dio la Tierra, me confundieron por minutos. Al llegar al apartamento, la actitud de coctel, era también evidente, a pesar de que era obvio que algunas confesiones intimas ya habían sido escuchadas, dichas e intuidas. Las miré profundamente, las medí en toda su extensión y vi su intención de seguir la tangente por donde iban, a pesar de coincidir en sus ganas y apetitos. No fui transigente e hice algo contrario a mis maneras: ser totalmente directo, osado, casi pornográfico. Las invité a mirar y a mirarse.

Mi primera invitación fue preguntarle al Cielo, si alguna vez había visto en un amanecer temprano en la mañana o en un atardecer, un tenue rojo de luces diversas, tonos dramáticos, pero de brillos definitivamente rojos.

Mi pregunta fue respondida con un silencio cómplice, que recorrió de pupila a pupila, trasegando posibilidades. La Tierra, con velocidad desconocida hasta entonces, le dijo al cielo “¿quieres ver?”, y la respuesta fue lapidaria: “Para eso estamos, no?” Esa respuesta inició un inusitado temblor en la Tierra, quien se quitó sus pantalones de una manera magistral y dejó ver su carnoso monte marciano (por rojo, nada más) para la delicia de los cuatro ojos restantes. Demostró sin ambigüedades que era una pelirroja de verdad.

Ella, a pesar de su movimiento osado, estaba de piernas cerradas y expectantes. Yo, en mi nueva actitud, las abrí para que el Cielo pudiera mirar sin restricciones la bellamente dibujada vagina de la Tierra e iluminar la tarde con su cara de excitación. El Cielo complementó a la Tierra con palabras elogiosas que sólo hablaban de la aceptación de la situación y de la promesa de todo lo que estaba por venir. La Tierra no dejaba de mirar a los ojos del Cielo para verificar que no se perdía de nada, que veía todo, que casi se relamía con futuras imágenes de libación y disfrute de esa miel que se empezaba a dejar ver.

Ambas en diferentes formas me retaron con una mirada de… “y tu qué?”. Pues las complací sin restricciones y lo saqué, erecto como estaba, ante la aceptación de todos mis juegos. La Tierra lo hizo suyo con su boca, pero sin perder de vista los ojos del Cielo, buscando respuestas a sus inquietudes y mayor excitación para su propio disfrute.

El Cielo tenía su mirada de puta retenida clavada en la acción sin hacer caso de los espectadores, con sus piernas cruzadas, como abrazando un orgasmo para que no se le fuera impunemente, sin pilotarlo a través de su turbulento azul. La contemplación paraba por momentos para chupar entre ambas con energía mi pene que era eco de sus fantasías, y mi radar empezó a captar pulsaciones de felicidad desconocida y distinta, que sólo dos mujeres inteligentes, premeditadas y decididas, pueden dar.

Los pies fueron objeto de miradas capciosas que revelaban el por qué habían sido tan cuidadosamente preparados. Eran parte de un paisaje erótico que sólo estaba in crescendo y sin posibilidades de mitigación.

Las miradas estaban hambrientas, querían ver más y mejores momentos. Llegó la invitación a ir al “cuarto de los sueños”. Era un sitió que se había preparado para el deleite, pero más para la relajación que para la agitación, sin embargo, la piel del sofá, las luces quedas, los motivos orientales, eran una invitación al sexo también.

Los cuerpos ya desnudos se tocaban, chupaban y acariciaban ante la mirada activa de los intrigantes del trío, que si bien gozaban de las caricias que se prodigaban, obtenían un “sur plus” de lo que veían y escuchaban.

Primero el Cielo disfrutó de cómo yo atacaba a la Tierra desde atrás, y luego de cómo la Tierra me montó como a un potro salvaje, pero que por su experiencia sabe medir su sabiduría en muecas y arcadas. El Cielo, como en un atardecer, unió su cara, ya roja, a la Tierra y preparó su ano con saliva, para introducir sus dedos y ocasionar un caos interno que culminó en un grito: “Me están cogiendo por todos lados”.

Pero el punto culminante de la tarde de miradas, llegó cuando tomé al El Cielo por sus caderas, lo puse en uno de los pasamanos del sofá de piel y lo penetré con alevosía, con las rodillas al aíre y cara de placer. Miradas de profunda satisfacción coronaron a la Tierra, que participaba con sus manos y boca en aquel festín de humores, sabores y visiones. Para ese momento, los orgasmos se podían contar con los dedos de ambas manos…

El Compartir

La Tierra nos invitó a su habitación. Allí nos esperaba una luz pícara que dejaba ver todos los detalles. Muchas almohadas para apuntalar cualquier resquicio que quedara al aire y sábanas dispuestas a dar resguardo nuestro sudor. Era una habitación pequeña, incongruente con los apetitos de la Tierra y las expectativas morbosas del resto del grupo. Pero ya nada importaba ante el derrumbe de caricias que mediaban la ausencia de conversación de las tres almas presentes.

Allí, aquellas dos hembras compartieron a un hombre, tomando turnos para observar y ser observadas, amar y ser amadas, pero en una cercanía provocadora que les hacía sentir que nunca dejaban de ser partícipes, penetradas, besadas...

El punto de conexión eran las bocas, sin duda, pues los besos profundos se alternaban sin importar quién era objeto de arremetidas taurinas. De hecho, llegó un momento que no sabía dónde empezaba yo y dónde seguían mis acompañantes, me sentía entregado a su placer inédito. Un esclavo exacerbado por las circunstancias, un ángel perdonador y dador de vida que se concentraba en una sensación de orar en sus vaginas y de ser templo para sus cuerpos.


Todas las partes se encontraban en éxtasis, como una orquesta en su momento de clímax, pero el cual es prolongado ad infinitum o, por lo menos, mucho más allá de mis fuerzas físicas.

El Cielo se perdió en su inmensidad de sensaciones, se volteó y se dejó penetrar con toda disposición, mostrando su retaguardia anhelante de refriega, mientras que por sus ojos pasaban cometas y estrellas.

El momento culminante de este compartir fue cuando la Tierra, aceptaba los besos ardientes del Cielo en su sexo, como un atardecer en la Isla de Skye, en Escocia, un día de primavera y con buen tiempo: el placer se dejaba ver a kilómetros de distancia. Para contar los orgasmos hacían ya falta los dedos de los pies. Pero, aunque parezca imposible, lo mejor de la Tierra estaba por venir.

En su apretado sexo, el mío la hizo venir 4 veces seguidas, a punta de persistencia y malos pensamientos. Yo no pude sino sacarlo de ella y perder completamente el juicio dentro del Cielo. Totalmente frenético, apenas pude esperar a su último orgasmo para regarme dentro de su cuerpo y dudar para siempre sobre quién era el verdadero protagonista de esa tarde.

El Cielo volvió a sus alturas celestes y yo llamé al planeta Tierra para confirmar si todo había sido cierto; ella me respondió que aún se encontraba envuelta, entre aquellas sábanas impregnadas de toda nuestra esencia. No pude sino pensar que era un privilegio ser parte de ese Universo.





sábado, 28 de febrero de 2015

¡BUENAS NUEVAS!

Al parecer no estuve sola en mi pensamiento. Es de sabios rectificar y Blogger ha rectificado.
Insisto: hay que atacar la prostitución, la trata, la pedofilia a toda costa, y si alguien tiene las herramientas y la capacidad política y financiera para hacerlo es una mega empresa como Google. Pero hay formas y formas para hacer eso. No podíamos pagar todos.
Por lo visto, tendré erotikmente para rato y como siempre. ¡Estas son muy buenas noticias!

http://cadenaser.com/ser/2015/02/27/ciencia/1425056747_819472.html

lunes, 23 de febrero de 2015

Llegó la Inquisición a la web



Esta mañana encontré en mi bandeja de “No deseados” (nunca mejor dicho) un correo en el que Blogger me informaba que cambiará su política de contenidos para adultos y que “es posible que ya no pueda compartir públicamente imágenes o videos sexualmente explícitos que muestren representaciones gráficas de desnudos”.
Más adelante me aclaran (oh, ¡qué alivio!) que “seguirán aceptando los desnudos en cont
extos artísticos, educativos, documentales o científicos, o cuando represente otra ventaja notable para el público” y, en ese caso, no retirarán esos contenidos.
 
La verdad, no sé en qué categoría encuadrarán a mi blog, ni quién determinará si representa o no una ventaja notable para mi público. En todo caso, mi cabeza no puede dejar de pensar en tópicos de vital importancia, más allá de la posibilidad cierta de que puedan bloquear mi espacio. 
 
Puedo entender que Blogger, la plataforma más importante del mundo de bitácoras independientes quiera hacer algo para frenar –entiendo que ese sería el objetivo de todo esto- la avalancha de sitios mal llamados “para adultos” en los que paradójicamente lo que prolifera es contenido de mal gusto y mamparas que protegen negocios de prostitución, trata de personas, pedofilia y otras monstruosidades. Lo que no puede aceptar mi cabeza es que porque en una de estas bitácoras aparezca un desnudo, esto la haga ya susceptible a ser bloqueada. Siendo millones los blogs activos en la actualidad, dudo mucho que exista un batallón de censores que analicen concienzudamente la naturaleza de cada contenido para subir o bajar su pulgar. Asumo entonces que esto se hará, como todo dentro de las insondables entrañas de la web, a través de robots que apuntarán sus índices acusadores hacia cualquier pezón, vulva o pene “mal ubicado” que encuentren a su paso.
En los tiempos de la libertad y la democracia de los contenidos, del libre acceso a las fuentes y el intercambio desinteresado de información por la información misma (¡razón de ser del nacimiento y supervivencia de los blogs!) sus principales promotores y responsables ahora se convierten en inquisidores y verdugos “ad hoc”…
Muy pocas son las imágenes propias u originales en mi blog, pero debo aclarar que he invertido muchas horas tratando de encontrar en la web aquéllas que mejor representen o ilustren el contenido de mis relatos. Que las bloqueen sería, además de una lamentable arbitrariedad, un cercenamiento de mi derecho a compartir información libre y desinteresadamente, algo que no pueden alegar muchos otros sites, donde la comercialización de cada bit, hace a veces imposible la lectura de algún contenido.
Blogger me da la opción de poner mi blog como “Privado”, con lo cual, miles de personas alrededor del mundo dejarían de “toparse” con él como un grato hallazgo y estaría llegando únicamente a los seguidores habituales o a aquéllos que yo pueda conocer y le dé acceso previo. Involución, retorno al oscurantismo, cruzadas, cacería de brujas… Estar desnudo es feo, es malo, y el Gran Dios Blogger castigará sin piedad el libre albedrío de cada individuo que ose mostrar o admirar la pureza y sublimidad del cuerpo humano.
Desde mis primeros posts aclaré siempre la diferencia que para mí existe entre Erotismo y pornografía (mayúsculas y minúsculas intencionales), una línea que a veces se torna muy delgada y difusa, pero que creo no haber cruzado jamás desde 2008 cuando toda esta aventura de “Erotikmente” comenzó. Por eso el lema del sitio siempre fue y será “Erotismo inteligente, inteligencia erótica”. Aquí los babosos pajizos no encuentran lo que buscan; la idea siempre ha sido estimular las neuronas, no (o al menos no únicamente) los vasos sanguíneos. Si Dios Blogger y su ejército de robots guardianes no logran ver la diferencia, es muy posible que “Erotikmente” tenga que mutar, jamás morir.

El “dead line” es el 23 de marzo. A partir de entonces veremos si pasé la prueba de la Santa Inquisición o si tendré que ilustrar mi producción con fotografías de Martin Lutero, Benedicto XVI o la Madre Teresa… apropiadísimo, no creen? Altamente estimulante! 

lunes, 2 de febrero de 2015

Mi Vecina


Conocí a mi vecina del piso de arriba hace unos cuantos meses cuando, totalmente fuera de sí, golpeaba con un palo de escoba desde su balcón al balcón de arriba y vociferaba como una enajenada. Yo me asomé para ver qué pasaba y, con un poco de vergüenza ajena, volví a entrar rápidamente. Ella vio cuando me asomé y (con vergüenza propia) bajó hasta mi puerta y tocó el timbre, un poco para excusarse por la descabellada acción cometida minutos antes, y un poco también buscando algún apoyo moral a su desesperación.

Al parecer, su vecino de arriba ponía música a un volumen muy alto; lo más desesperante de todo eran los efectos sonoros de los videojuegos hasta altas horas de la noche que no la dejaban descansar. Me preguntó si yo los escuchaba. Francamente no. Su piso amortiguaba el estruendo… Se lo comía ella solita.

Desde entonces nos reconocemos en el ascensor, nos saludamos, ella juguetea con mi perro, yo pregunto lacónicamente si la situación con su vecino mejoró y no mucho más. Mi vecina es una mujer de mediana edad, de buena contextura física, cabellos oscuros, mirada penetrante y voz aguda y chillona. Podría decir que es una mujer agradable, simpática y bonita sin superlativos. Asumí que vivía sola, pues todos los departamentos de este edificio son chicos y porque nunca la he visto acompañada. Pensaba además –un poco machista yo–que, de tener una pareja, debía ser ésta quien solucionara el impasse con el vecino.

Las quejas y los gritos cesaron por un tiempo. Pero desde hace algunas semanas, comencé a escucharla de nuevo. Otra vez vociferando con su tono agudo, otra vez enajenada, sacada, pero con algunas diferencias: mi vecina ya no grita en el balcón ni golpea nada con el palo de la escoba. 

Mi vecina ahora grita sobre su cama y el palo que la golpea ya no es el de una escoba sino el de un hincha de Boca Juniors al que sólo se le escucha la voz en dos oportunidades: cuando los “bosteros” hacen un gol y cuando se viene a mares dentro de ella.

Yo no puedo evitar imaginarla. Como la conozco puedo recrearla perfectamente. Su apartamento es exactamente igual al mío, por lo que ella hace el amor, literalmente, sobre mí. Sus gemidos y el chirriar de las patas de la cama que parecieran querer hacer una zanja en el piso, me dan todas las herramientas que necesito para unirme a ellos y lograr un orgasmo entre tres.

Me encanta sentir el momento exacto en el que él se vacía. Saber que en ese preciso instante se está descargando tantísima energía, la más primigenia y pura, la que mantiene al mundo dando vueltas. Una energía tan avasalladora que es capaz de lograr que las paredes de mi vagina –a todas luces, más gruesas que las de mi humilde morada– se contraiga a 4 metros de distancia.

Me alegra saber que mi vecina disfruta, tanto que ya no le importan los ruidos externos. Sus gritos lo absorben y su amargura se convierte en placer.

Pero sobre todo me gusta saber cuándo lo hace, qué horarios prefiere, cuál es el ritmo que la vuelve loca, cuánto duran sus orgasmos… una especie de “voyeurismo auditivo” mucho más potente que cualquier imagen en alta definición.


Con los gemidos finales limpio mis dedos y sonrío al pensar qué barata sale mi diversión. 

¡Hasta la próxima, vecina!

domingo, 18 de enero de 2015

Reencuentro



Yo solo quiero sentir la liviandad de espíritu que antes me permitía gravitar, incluso con mi cuerpo,por encima del aire; posarme de nuevo sobre la balanza inversa que es capaz de pesar el alma, la esperanza, las ganas de vivir.

Volver a los días en los que podía vibrar hasta la última fibra de mi cuerpo con el simple aleteo de tu aliento, descorchar mi ansiedad, derramar todas mis burbujas, por la simple fiesta desenfrenada de tu presencia.
Sólo quiero repetir los días que se hacían noches, las noches que se hacían días, las cuentas que se perdían por no saber cuándo terminaba un orgasmo y comenzaba otro. Darte mis labios, todos, en pos de tu gula insaciable, producirte más hambre mientras más te doy de comer.
Hundirme exhausta, rendida, exprimida… y rehidratarme en instantes con el suave toque de tus dedos tibios y juguetones, que comienzan con un leve roce, casi imperceptible, hasta terminar en una refriega feroz que me hace traspasar todos los límites, corroborar que no todo lo que cuentan son leyendas.
Solo quiero hallar de nuevo el camino a casa, reconocer las esquinas, desandar el camino hasta identificar el punto en el que me perdí. Memorizar la ruta, dejar nuevas pistas para nunca más extraviarme. Reencontrarme en aquel pequeño y oscuro rincón tan mío, poner de nuevo mi nombre en la puerta, y esperar el momento justo para abrirla, al primer toque, y llenarme otra vez de luz.
Asombrarme de nuevo con mi vuelo tímido, rasante, lento, seguramente torpe… pero remontar rápidamente hasta llegar incluso más alto de lo que alguna vez volé. Recorrer otras cimas, contemplar nuevas vistas, dejar atrás lo vivido y maravillarme una vez más con lo que me queda por vivir…


Lo único bueno de perderse, es encontrarse.

jueves, 23 de enero de 2014

Cuando envejezca...


Cuando esté vieja y ya nadie me mire, entornaré los ojos y recordaré tu amor, ése que te salía a borbotones, que no parecía tener fin, ni principio, ni mitad.
Mis ojos se rayarán de arrugas cuando pícaros sonrían evocando la furia, el descontrol, el desparpajo de aquellos días que no contábamos por horas, sino por orgasmos.
Cuando envejezca y esté cansada, me vigorizará la imagen de mis cabalgatas frenéticas a orillas de una playa sin fin, el dolor en mis muslos intentando dominar a la fiera, el ardor de mi vulva ante tanta fruición.
Cuando me ponga más vieja y mis sentidos se apaguen, degustará mi lengua el chocolate amargo, la acidez lechosa; revivirán mis labios el temblor de tus brazos y volverá a mis pupilas tu retrato en el último fragor.
Cuando me vuelva una vieja achacosa y demente, recordaré que fui más loca en tus brazos y que calmaste mis delirios con recetas de amor.
Cuando esté vieja y me sienta sin fuerzas, volveré a la vida al comprobar que alguna vez unimos la noche y el día, y el día y la noche con puro placer.
Cuando me haga vieja y me sienta perdida, no olvidaré la brújula mágica de tus dedos diestros, capaces de convertir en lagos extensos desiertos y encontrar la aguja al fondo del pajar.
Cuando los años me arropen y olvide las cosas, tararearé la música de nuestra banda sonora, repetiré los versos de Becquer, colorearé de nuevo cada atardecer.
Y cuando sienta frío tu dragón exhalará su aliento y cuando tenga miedo tus brazos me protegerán. Me acostaré en tu recuerdo, sonreiré agradecida, cerraré los ojos y esperaré tranquila hasta verte volver.

miércoles, 10 de julio de 2013

De peces y galletitas...



Era la fría mañana de un sábado de julio en la estación de ómnibus de Retiro. Cada semana se me hacía más difícil madrugar, luego de cinco días de intenso trabajo en la oficina, para rodar poco más de una hora y llegar a la aún más fría ciudad de La Plata, meterme en un sucucho que mal llamaban salón de clases y pasar todo el día escuchando más doctrina que conocimientos en aquel posgrado que había decidido tomar. No veía la hora de terminar ese suplicio. Por suerte, faltaban solo dos semanas para culminar –con éxito o sin él- mi primer semestre.

Lo que más me pesaba era levantarme tan temprano un sábado y tener que soportar el inclemente frío que hacía trizas mis huesitos tropicales. Cuatro capas de ropa con las que luego no podía lidiar cuando entraba al autobús o al salón de clases, debidamente calefaccionados.

Pero esa mañana sentí algo distinto en el aire, más allá de la particular acústica en las inmediaciones de la estación del tren. Es muy fácil para mí imaginar lo que fue esta ciudad en su verdadera época dorada, pero en Retiro, es aún más fácil: el reloj de la torre en la plaza, las fachadas antiguas, la calle adoquinada… casi puedo escuchar el ruido de las carretas y los caballos a través de la espesa neblina y, al fondo, los ruidos del puerto repleto de inmigrantes. Imaginaba todo eso, como cada vez que caminaba hacia el andén, pero ese sábado, además de mis desvaríos, había algo más.


Compré, como cada sábado, el boleto de ida y vuelta y me fui a la plataforma 21 a esperar el ómnibus de la Nueva Chevalier vía a La Plata, directo por la autopista. Me esperaba una hora de camino que aprovecharía para intentar leer la bibliografía recomendada la semana anterior, y que yo fui aplazando día tras día.

No me senté a esperar la llegada del bus, necesitaba caminar de un lado al otro de la estación para mantener mis músculos con algo de calor. Largos metros que recorría con rapidez una y otra vez con las manos enfundadas dentro del abrigo. Al regreso de mi segunda vuelta, levanté la mirada del piso como si un anzuelo hubiese enganchado mis párpados, halándolos hacia arriba y obligando a mis pupilas a enfocar en línea recta hacia el pescador que, desde el banco de madera, maniobraba su caña para que yo, su pez escurridizo, llegara sin problemas hasta él.

Y así fue. Casi sin voluntad, pero sin despegar la mirada de aquellos ojos grises como el agua turbia, caminé como una autómata y me senté a su lado en el banco. De inmediato extendió su brazo para mostrarme su “caña de pescar”, que en realidad no era otra cosa que un paquete tubular de galletitas dulces que gentilmente me ofreció, a lo cual –por supuesto- me negué.

-Hace frío, ¿no? , me dijo intentando iniciar algún tipo de conversación.

- Umjú , contesté, dejando muy en claro mi negativa a establecer dialogo alguno, pero cual pez fuera del agua, yo boqueaba buscando respirar y mis entrañas saltaban haciéndome tiritar de una forma incontrolable. Hacía frío, sí. Pero la reacción de mi cuerpo era desmedida. Sabía que caminar disimularía mis temblores, pero una atracción magnética me pegaba al banco de madera y al cuerpo tibio y perfumado de mi vecino pescador.

Había mucho ruido en la abarrotada terminal, pero yo sólo escuchaba sus fuertes mandíbulas triturando el amasijo harinoso y los latidos de mi corazón, que bailaba al ritmo de tambores africanos, a mayor volumen que los anuncios en los parlantes de la estación. Rezaba porque llegara pronto mi bus, y sobre todo, porque no fuera el mismo de mi vecino de banco… o ¿tal vez rogaba por justamente lo contrario?

Finalmente llegó mi ómnibus y yo salí eyectada del banco para ser la primera en entrar. Busqué un asiento entre las últimas filas, al lado de la ventana, al tiempo que empezaba a quitarme las múltiples capas de ropa y me erguía cada tanto para ver a los que iban entrando. Sin darme cuenta fui relajándome y hasta me burlé de mi misma, por la reacción tan descontrolada e inusual ante el “pescador” de miradas.

Salimos de la estación y saqué de mi bolso las fotocopias para comenzar a estudiar. Al tomar la autopista, me sobresaltó una mano que, desde atrás, se coló entre la rendija de mi asiento y el de al lado, que permanecía vacío. Una mano masculina portando un paquete tubular de galletas, y una voz que, muy cerquita, me susurraba:

-Ahora que tiene menos frío, ¿me aceptaría una galletita?

Siempre me pareció gracioso que los argentinos no le digan galletas a las galletas. No importa su tamaño, sean dulces o saladas, rellenas o simples, todas son “galletitas”, así, con el diminutivo incluso impreso en el empaque. Pero este hombre, de voz gruesa y melodiosa, hizo que me recorriera un corrientazo desde la nuca hasta el coxis cuando dijo esa palabra, lenta, arrastrada y picarona… “gaasheetitaaa”. Casi como reacción al shock eléctrico que causaron sus palabras, agarré una y le di las gracias sin voltear.

Dos minutos después, la mano volvió a aparecer y le dije “No, gracias” con un tono nervioso y titubeante. Cinco minutos después, la mano apareció de nuevo, esta vez despojada del carbohidrato empacado y se posó sin titubear sobre mi hombro. Me sobresalté. Quise evadirla pero sentí el mismo magnetismo que minutos atrás me había paralizado en el banco del andén. Pesca de arrastre, pensé. Esta vez lanzó sobre mí una red invisible y me dejó sin voluntad de movimiento. Entonces me dejé tocar, y los tambores retomaron su estruendo.

Estaba paralizada entre el miedo y el placer, y él entendió eso como el permiso para dar el siguiente paso. Su mano suave y tibia pasó a través de mis cabellos buscando mi cuello y lo acarició con ternura. Luego me masajeó el lóbulo y calcó con su dedo índice el espiral de mi oreja. Rastrilló con sus yemas mi cuero cabelludo, desordenando mi cabello y mis sensaciones.

Cerré los ojos y me dediqué solo a sentir. Ya no era una mano, sino las dos, que desde atrás me tocaban con firmeza y a la vez con una ternura implacable. Él ya no estaba sentado, sino parado en la fila trasera, aprovechando la relativa soledad de los últimos puestos. De pie su movilidad era mayor y sus brazos parecían ahora un par de bicheros rodeando mis hombros, deslizándose hasta mis pechos, primero por encima de la camisa, luego por debajo de ella.

Mis pezones durísimos y rugosos se erosionaban debajo de sus palmas ásperas de pescador experimentado. Dos corales rosa en el fondo del mar. Mis manos ahora podían moverse, pero en su dirección: alcé los brazos y tomé los suyos, fuertes y musculosos, y seguía con ellos el ritmo de aquél masaje que ablandaba rápidamente mi postura de “chica decente” y me entregaba a la energía desmesurada e incontrolable de su cuerpo desconocido, pero deseado. 

De pronto pararon las caricias. Temí que alguien nos hubiese descubierto. Pero la pausa fue para sentarse a mi lado. Me miraba con una sonrisa tan dulce como sus “gashetitas” y yo boqueaba como un pez fuera del agua, creyendo agonizar.

Su brazo se extendió y el botón de mi jean saltó de inmediato. La cremallera se deslizó sola, como si el calor que emanaba desde mi centro, hubiera derretido el metal. Sin preámbulos ni códigos, metió sus cuatro dedos por debajo de mi ropa interior, delgadísima y ya empapada, y comenzó a masajearme como un verdadero experto. En forma de cortos espasmos, mis orgasmos llegaron rápidos y encadenados, húmedos y silenciosos… lisos como el asfalto que crujía debajo de las ruedas del pesado autobús.

Su mano salió bañada de mis aguas saladas y furiosas. Yo arranqué una hoja de mis fotocopias para secarla…

Sería justo esa la hoja que contendría la respuesta a la primera pregunta que me hizo el profesor apenas entré al salón, tarde, caminado con piernas de trapo, el pelo hecho un nudo y un calor de verano que nadie más parecía notar.

Ya decía yo, que esa mañana de sábado tenía algo distinto.

lunes, 24 de junio de 2013

Maestros del placer


Dile a un pintor que pinte un paisaje, y dale para ello un pincel de un pelo y la cabeza de un alfiler.
Pídele a un escritor que escriba su obra maestra, y ofrécele sólo un centímetro de papel.
Dale a un escultor un bloque de mármol y una cuchara, o a un bailarín, una cornisa para bailar.
Algunos no podrán darte nada, otros harán un vano intento y claudicarán. Sólo unos pocos, los verdaderos artistas, pondrán conocimiento, voluntad, inspiración e ingenio, para lograr un resultado insuperable.
Ahora pídele a un hombre que te lleve al cielo únicamente con posar su lengua sobre el milimétrico y escurridizo botón de tu cuerpo.
Unos no podrán darte nada, otros harán un vano intento y claudicarán. Sólo unos pocos, los verdaderos artistas, pondrán conocimiento, voluntad, inspiración e ingenio, para lograr un resultado insuperable.


A esos “Da Vincis” del placer, a esos “Cervantes” del Cunnilingus, a esos maestros del sexo oral, dedico mi post de hoy. 
No importa cuánto tiempo pase, son imposibles de olvidar.

lunes, 13 de mayo de 2013

Perfección


La prueba de que la naturaleza (o Dios, si lo prefieren) logró su momento de perfección cuando creó a la mujer, está en el hecho de que el clítoris existe única y exclusivamente para proporcionarnos placer. Ni más ni menos.
Siempre he pensado en el clítoris como en el pene femenino que, en lugar de crecer hacia afuera, se desarrolló entre la más obscura y húmeda intimidad femenina y que, precisamente por no estar expuesto al roce y contacto constante, ha hecho que conserve intacta su total sensibilidad, siendo ésta bastante mayor que la del órgano masculino.
Mi clítoris fue mi primer amor cuando aún ni sabía darle un nombre. Siempre discreto pero siempre alerta, dispuesto a darme placer en cualquier momento y lugar. Regordete, rozagante y bonachón, sin mezquindad me ayuda a subir a zancadas los escalones del placer sexual. Atleta de altísimo rendimiento, nunca ha necesitado de mucho para llegar a la meta, entregándome con una sonrisa el trofeo de ganador.
Esta es la semana sobre la Concientización del Clítoris, y a propósito quiero compartir un video que arroja cifras que te pondrán a pensar y seguramente te colocarán en un grupo reducido de privilegiad@s.
Si eres de las mujeres que, como yo, aman, entienden, consienten y son felices con su clítoris, o si eres hombre, y tienes a tu lado a una de estas selectísimas damas, te invito a que mires el video, tomes conciencia de la gran ventaja que tenemos entre nuestras piernas, lo aprovechemos, lo disfrutemos y lo agradezcamos. Si estás en el otro grupo, míralo también y trata de hacer algo para que cada día podamos ser más las honradas por ese placer íntimo, personal y único.
Mínimamente los invito a tomar conciencia de la realidad en este tema y si quieren, a ser multiplicadores de este mensaje.

Amo mi clítoris... Yo soy PERFECTA!


domingo, 31 de marzo de 2013

"RESURRECTANDO"




Todo comenzó con un café… un inocente café al finalizar la clase de tango. No sé por qué existe esa falsa creencia de que si te invitan a un café, nada “malo” puede pasar, que siendo una cita vespertina y frente a una bebida no alcohólica, existen menos riesgos de pasar barreras. Pero yo ya venía encendida desde aquel abrazo en mitad del salón, cuando su mano fuerte rodeó mi cintura y me llevó a través de la pista como si fuera una pluma, cuando olí el perfume suave de sus cabellos y comprobé que su estatura y su complexión se habían hecho a mi medida, al menos para bailar tango.

“Un jarrito apenas cortado”, pedí al mozo que debía tener ochocientos años atendiendo en ese lugar ancestral y de arquitectura exquisita, uno de esos salones que hacen que sea muy fácil imaginar la majestuosidad que debió tener Buenos Aires en los ‘40 y ’50. Él pidió un té en hebras y comenzamos a charlar para conocernos un poco más. El café me sabía a gloria pura, pero no me daba cuenta yo que estaba endulzado por los terrones de azúcar que salían de su boca con cada sonrisa juguetona ante cualquier comentario mío. Sus ojos de oliva apenas surcados por finísimas arrugas me miraban fijamente, destilando un aceite extra virgen que iba lubricando mi deseo minuto a minuto.  

El café y el té se entibiaron en la mesa, con la misma rapidez con la que se fue calentando la conversación, se acercaban sin querer los torsos y, al menos mi sangre, parecía hervir a borbotones ante aquella proximidad. Sentía que tan sólo teníamos 5 minutos conversando, pero ya la calle estaba oscura y comenzaban a llegar los clientes para la cena. Sin preguntarme nada, pidió al mozo una botella de vino, casualmente uno de mis malbec preferidos. También sentí que la bebimos instantáneamente. Con este hombre el tiempo tenía otro ritmo, como tenía otro ritmo su cadencia en el baile, su hablar pausado, y hasta la velocidad con la que parpadeaban sus rizadas pestañas negras al mirarme.

Nunca sabré si fue la mezcla de cafeína y alcohol, o el efecto narcótico que me producía su presencia…bah, tampoco puedo culpar de todo lo que pasó a factores externos… en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí gritaba sin remilgos que quería todo de ese hombre, aunque fuera por un fugaz momento, más allá de lo que dura un tango.  Era con él con quien quería sacudirme tanta modorra, tanta rutina, tanta mojigatería que llevaba pegada a la piel desde hace mucho, pero sobre todo, desde que comenzó esta Semana Santa eterna que me había tomado por sorpresa con mucho trabajo por hacer y poco dinero para inventar. La ciudad desierta y un calor poco usual para estos albores otoñales, jugaban en mi contra y me hacían sentir cada día una pesada cruz a cuestas y una corona de espinas a la hora de intentar cumplir con mis tareas retrasadas. Usé cualquier excusa para dilatarlas el jueves y el viernes santo y ayer…sábado de Gloria, había ido a mi clase de tango con la intención de despabilarme un poco y regresar a casa a retomar lo postergado… pero no me había percatado lo que en realidad significaba eso de “Sábado de Gloria”… hasta que los primeros acordes de Canaro sonaron en la pista y este hombre me abrazó para no soltarme…...hasta hoy.

Sí….

Luego del malbec, vino la milonga. Tango tras tango nuestras ropas se humedecían y nuestros cuerpos se pegaban más y más. Los pies me dolían y estaba verdaderamente exhausta, pero no quería separarme de él… Tal vez lo intuyó, o él también quería lo mismo, pero casi adivinando mis pensamientos, pagó la cuenta, me tomó del brazo y salimos del lugar.

Comenzamos a caminar la Avenida de Mayo… ¡Dios! no sé si es más hermosa de día o de noche. La brisa fresca me daba en la cara, devolviéndome un poco la sobriedad. Caminábamos tomados de la mano y riéndonos de cualquier cosa, cuando de repente, a las pocas cuadras, su mano hizo un giro que me forzó en su dirección. Cuando tuve chance de entender algo, ya estábamos en el salón de su departamento, tirados sobre el sofá de cuero que chillaba ante cada movimiento de nuestros cuerpos húmedos y medio desnudos ya.

Había sido una noche distinta, sin duda. Pero lo mejor aún estaba por llegar. El reloj marcaba las 3 de la madrugada del domingo de Resurrección y yo sin saberlo, me preparaba para renacer. La que saldría de allí, horas más tarde, nunca más sería la misma que entró.

El ritmo acompasado y cadencioso de aquel hombre sobre la pista de baile, se convirtió en una fruición feroz en la que bocas, torsos, brazos y piernas se fundían y confundían en posiciones que yo sólo creía posibles en el Kama Sutra Ilustrado de mi biblioteca… Su barba de lija enrojecía mi cuerpo con cada beso; sus manos, que más temprano me habían sostenido ingrávida, ahora me arañaban y sus dedos curiosos buscaban recovecos que ni yo ya recordaba tener. Nada de lo que aquella noche sentí, podía catalogarse dentro de los convencionalismos. No diré que todo me sorprendió, o que lo desconociera, pero lo que sí me sorprendía y, si se quiere, me intimidaba, era la naturalidad con la que él se desenvolvía, sin preguntar, sin pedir permiso, sin siquiera detenerse en mi mirada, buscando algún gesto de aprobación o desaprobación, sin importarle si me gustaba o no semejante posesión de cada centímetro de mi cuerpo, ausente de cualquier protocolo. Pero me gustaba, me encendía, me hacía jugar su juego y entregarme; lanzarme sin el temor de que pudiera no abrirse el paracaídas.


El cuerpo me ardía, las piernas me temblaban en cualquier posición y ya no quedaba ningún centímetro de mi cuerpo que él no hubiera explorado con minuciosidad. Me sentía desfallecer, de cansancio y de placer… y creo que por una fracción de segundos morí, pues no recuerdo en qué momento pasé del sofá al suelo, boca abajo y asida como podía de los largos flecos peludos de la mullida alfombra. Sin mediar palabra, sin tantear mi disposición, lo siguiente que sentí y lo que me trajo de nuevo a la vida fue su tiesa e hirviente asta penetrándome el culo, con la misma cadencia e intencionalidad que tuvo en el salón de clases y en la milonga horas atrás, con la misma determinación y confianza de que sabía cómo guiarme hasta el final.

Ni un solo quejido salió de mi boca. Mis ojos se cerraron suavemente, volví a sentir el olor a limpio de sus cabellos y nuevamente me dejé llevar en la ahora acotada pista de mi circunferencia anal, donde él bailó como los Dioses, arrancándole viruta al piso y a mí, decenas de orgasmos en serie, o tal vez fue uno solo que no terminó jamás.

Eran las tres de la tarde cuando salí de aquel lugar. La luz del sol doblegó mis párpados y mi cuerpo, aunque adolorido por semejante refriega, vibraba todo de pura felicidad. En definitiva era otra, más viva, más alegre, literalmente RESURRECTA.